Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.
Trece
Mi departamento está vacío cuando regreso. Pero ella está en todas partes. El aroma a café, la cama hecha mejor de lo que yo jamás la he hecho. El recipiente donde dejo los libritos de fósforos lucen exactamente igual, pero La Linterna Roja se encuentra en la encimera.
No me quedo a ver si algo más es diferente, dirigiéndome al trabajo como si nada hubiera cambiado. Intento imaginar cómo voy a pasar por su lado. No puedo decidir si dirigirme a otro de mis viejos lugares favoritos y recoger a una extraña, o si debería a unos viejos "amigos". Me pregunto qué diría Bella si me viera con otra mujer. Lo pienso detenidamente. Y de nuevo. Aún así, en cada escenario, la mujer con la que estoy es Bella. La idea de volver a casa para encontrarla aún allí es más poderosa que cualquier otra que pueda imaginar. Así es cómo sé que no lo lograré. Cómo sé que no volveré a ser el mismo de siempre. Casi siento alivio.
Solía ser fácil perder la noción del tiempo en palabras escritas—ya no. Algunos días estas salen como verter vino, en otros, la botella se seca. Pero por una vez, la carga de trabajo se pasa más rápido de lo que ha hecho en semanas. ¿La razón? Tengo adónde ir luego.
La puerta principal de su edificio está cerrada esta vez, pero solo requiere de una pequeña mentira piadosa para que la mujer en 450 me deje entrar. La puerta de Bella está cerrada también, así que golpeo. No hay respuesta, por lo que me dejo entrar. Me digo a mí mismo que ella estará bien con esto. Intento llamar a su número, pero solo suena, así que sigo con lo que vine a hacer aquí.
El picaporte podría ser reparado, pero supongo que ella querrá uno nuevo. Solo me lleva alrededor de una hora. Me mantengo alerta ante cualquier ruido, pero no hay señales de ella. Pienso en si debería esperarla afuera, pero decido no hacerlo. Me doy cuenta que es la decisión correcta, cuando escucho botas pesadas en la escalera.
Tahoe dobla en la esquina, sus ojos fijos en el teléfono en su mano. Cuando me ve parado frente a su puesta, de inmediato está alerta.
—¿Quién eres?
No me gusta responder preguntas, especialmente a cabrones como él. Flexiona sus dedos, los cierra en una bola mientras me mira de arriba abajo. Vacila cuando ve la llave inglesa a mis pies.
—¿Estás aquí para arreglar la puerta?
—Sí. —Señalo al picaporte roto—. ¿Cómo pasó?
Él pasa una mano por su cabello, siguiéndolo con un encogimiento de hombros.
—Unos chicos intentaron entrar.
—¿Chicos, eh? Esto no luce como chicos para mí.
—Oh, sí, ¿cómo luce?
—Tú dímelo.
—¿Por qué mierda haría eso? —Se endereza e infla su pecho, tratando de ganar unos milímetros, pero tengo la ventaja de no importarme un carajo, por todo—. ¿Quién mierda te llamó... Bella?
—Solo estoy dando mi ayuda. A un amigo —añado y sus ojos brillan con furia.
—¿Cómo dijiste que era tu nombre?
—No lo dije.
—Bueno, quién sea que eres, puedes irte. Puedo lidiar con esto yo mismo.
Me río. Tiene el efecto deseado y presiona sus botones.
—No sé quién mierda te crees que eres, amigo, pero necesitas salir de aquí, y aléjate de Bella también.
Me cruzo de brazos, y ladeo mi cabeza. Este tipo me mata con su estupidez.
—¿Eso es una amenaza?
—Tómalo como sea que quieras. ¿Edward, no? —Sonríe como un niño que ha descubierto dónde se esconde el frasco de galletas—. ¿Eres el que ella ha estado viendo? El borracho.
Su conocimiento me pone a la defensiva por un segundo, pero no le muestro mi pérdida de equilibrio.
—¿Y tú eres... su casero o quizás solo una cucaracha infestando su departamento?
—¿No tienes idea de quién soy?
—Nop. Quizás deberías ponerme al tanto. —Su rostro se endurece y espero que estalle.
—Lo haré fácil para ti. Mantente alejado de Bella, entonces no tendremos que ser presentados.
—¿Y si no lo hago?
Da un paso hacia mí, sus músculos colisionando con sus puños.
—Entonces tenemos un problema.
—Soy bueno con los problemas.
Se ríe de nuevo, y entonces arremete. Esquivo su movimiento pesado con facilidad. Su nariz está dilatada como un toro. Agito un pañuelo rojo.
—Es gracioso, porque ella nunca te mencionó y tuvo muchas oportunidades.
Él resopla, y lanza todo lo que tiene para espantarme.
—No le creería ni una palabra que sale de la boca de esa perra.
Me agacho debajo de otro puñetazo, e impacto un gancho de derecha en su mandíbula con un chasquido. He estado en mi jaula demasiado tiempo, y este maldito ha cometido el error de dejarme salir.
Golpeo su rostro—una, dos veces. Sangre en sus labios, en mis nudillos. Toca la piel rota, saborea la herida, y entonces suena su cuello y se acuclilla para salir en segundos. Me salgo del camino, pero cometo el erro de moverme hacia la izquierda—le da la posibilidad de tomar la llave inglesa del suelo junto a la puerta.
El metal impacta contra mis costillas, haciéndome doblar, y mientras su puño alcanza mi sien, veo estrellas.
Desenvuelvo mi ira y embisto mi cuerpo contra el suyo. Lo hace tambalearse, y aprovecho la oportunidad para derribarlo. Su cabeza golpea contra el suelo con un ruido fuerte que lo atonta por un momento. Él suela la llave inglesa, y lo sujeto contra el suelo, mi rodilla en su brazo, mi codo contra su cuello, quitándole la lucha al ahogarlo.
Sangre en mi boca. Una sirena a la distancia. Una mujer grita desde arriba, diciéndonos que ha llamado a la policía. Escupo, manchando el concreto de rojo junto a su cabeza.
—Si ella quiere irse. La dejas. —Me estiro hacia mi bolsillo trasero y saco un fajo de billetes, estampándolo a su lado—. Eso debería cubrir su deuda.
Suelto mi agarre en él. Se encuentra demasiado aturdido como para luchar, así que me paro, dejándolo en el suelo. Es precavido ahora, pero aún así estúpido.
—Es toda tuya.
Él no tiene idea de lo que está dispuesto a renunciar o lo mucho que lo deseo.
—Aléjate —repito.
Bajo las escaleras antes que la policía llegue. Mi corazón está acelerado, mi cuerpo grita, pero lo único que escucho es la voz dentro de mi cabeza diciéndome que necesito encontrar a Bella.
~ACoY~
Ella aún no ha contestado al teléfono para cuando llego a casa. Me quito la ropa y examino los moretones que ya se expanden por debajo de mi piel, sangrando sobre mis costillas. Mierda. La ducha hace poco para aliviar mis dolores. Descanso mis manos contra los fríos azulejos, dejando que el agua hirviendo queme mi cabeza. La adrenalina se va con el agua, su ausencia me deja sintiéndome débil y exhausto. Y estúpido. Apoyo mi frente contra los azulejos también, y permanezco allí hasta que el agua se enfría.
He renunciado a intentar dormir. Estoy demasiado tenso, y no tengo la paciencia para esperar a que aparezca. El ruido del televisor es un zumbido, y las sirenas en las calles es mi única compañía hasta que Bella aparece, golpeando mi puerta.
Pasa por mi lado al entrar al departamento ni bien giro el picaporte, dejándome entrecerrando los ojos hacia la luz fluorescente del pasillo.
—Hola para ti también.
Cierro la puerta mientras ella enciende la luz principal. Se encuentra frente a mí ni bien volteo.
—¿Qué demonios pasó? —Sus ojos estudian la herida en mi mejilla, la sombra que se oscurece alrededor de mi ojo—. ¿Por qué tengo cien llamadas perdidas de Sam? Mensajes y correos de voz gritando sobre ti.
—Deberías hablar con él. —Un dolor de cabeza se asoma detrás de mis ojos. Los froto y apago la luz, llevándonos de vuelta a la luz baja de arrepentimientos y malas ideas. Intento caminar por su costado, pero ella me detiene con una mano contra mis costillas lastimadas. Maldigo con un siseo, y ella aparta su mano como si hubiera sido pinchada.
—¿Estás bien?
Me encojo de hombros y colapso sobre el sofá, tenso y sintiendo dolor en todos los huesos.
—Estoy bien.
—No lo estás, así que deja de decirme eso. —Ella se acerca y se sienta al borde de la mesa ratona, metiendo sus manos debajo de sus muslos, bloqueando la pantalla del televisor.
No puedo encontrar energía para mover mi cabeza para mirar a otro lado, así que me concentro en ella. Ella está cambiando de emociones como las páginas de un libro debajo de mi pulgar. Preocupación, furia, dolor, preocupación, furia, cansancio.
—Estoy bien. No es nada con lo que no pueda lidiar.
—¿Qué pasó? —pregunta de nuevo, esta vez bajando su tono para combinar con el presentador de noticias silenciado que habla sobre los precios del petróleo.
Quiero saber dónde me encuentro antes de decirle—sobre la línea o del otro lado.
—¿Has hablado con él ya?
—No, no tiene sentido cuando se encuentra así... pero tengo una idea. —Señala mi estado.
Estoy furioso de que él siga siendo un problema, pero todo lo que puedo hacer ahora es esperar y ver. Lo que él hace. Lo que ella hace.
—Fui a arreglar tu puerta.
—¿Y Sam estaba allí?
—No... al principio. Pero llegó no mucho después. —Apoyo mi cabeza contra los almohadones, su atención haciéndome consciente del estado de mi rostro. Le cuento todo. Me doy cuenta de lo malo que suena. Lo mal que yo suena. Veo que ha tomado decisiones que no eran mías. Moví sus piezas y la metí en un jaque mate. Cuando la miro de nuevo espero ver asco, no la tristeza que aparece. Soy un imbécil de primera clase.
—No debería haber hecho esto —digo, queriendo traer de vuelta el fuego en sus ojos.
Ella se encoje de hombros, poniéndose de pie y dirigiéndose hacia la cocina. En la oscuridad, ella es una sombra, como si se ha dejado atrás. La sigo, haciendo una mueca la punzada de mis costillas mientras me muevo.
—¿Tienes hielo? —Ella abre la puerta del congelador, revolviendo y encontrando nada más que una vieja botella vacía de Cuervo. Un recuerdo. Mi propio mensaje en una botella. Su mano le echa un vistazo, y espero una comentario sarcástico, pero se mantiene en silencio, tomando un puñado de cubos y envolviéndolos con un paño.
Se estira y lo presiona contra mi camiseta.
—¿Duele aquí?
Asiento, y ella presiona un poco más fuerte, su barbilla inclinándose con una pizca de nervios.
—Lo siento, Bella —vuelvo a decir, y no puedo evitar añadir—. Él no es bueno.
Ella suspira y se mantiene ocupada envolviendo y desenvolviendo el hielo.
—No... no lo es, pero... —Frunce el ceño y agacha la cabeza, preocupándose por el hielo por un segundo hasta que sacude la cabeza ante lo que sea que iba a decir, y vuelve a cuidar de mis heridas.
No puedo soportar tener su ayuda, pero no quiero que deje de tocarme. Me decido a cubrir su mano con la mía, presionando los bordes de hielo contra mis costillas hasta que estas gritan.
—Háblame.
—Es solo que dices que él no es bueno, pero... él es todo lo que tengo aquí y, bueno... luego dejas pasar las cosas, supongo.
—No deberías hacerlo.
—Sí, pero lo he conocido por mucho tiempo, e intentaba salir adelante, conseguir mi propio departamento.
—¿Crees que alguna vez te dejaría ir? Es un juego para él. Eres un juego.
—Él me ama. —Ella es feroz de nuevo, aferrándose a esta mentira como si fuera la última pieza de su armadura defectuosa.
—Quizás —digo.
No lo hace.
No como yo podría. No puedo descifrar si estoy mintiéndome o si es una semilla de verdad que podría crecer.
El ardor del hielo es reemplazado por el ardor de sus dedos mientras se deslizan debajo de mi camiseta. Ella levanta el borde con su otra mano, siguiendo las franjas rojas en mi costado. El daño a mi piel es vibrante bajo la luz tenue. Negro y azul. Rojo y delicado. Ella sube por mis costillas, las yemas de sus dedos agitándose tan suave como ella se atreve.
—Deberías hacer ver esto. Puede que estén rotas.
—No lo están —digo.
Ambos estamos dañados en lugares que no puedes ver o sentir, por personas y lugares que han dejado su grafiti debajo de nuestra piel. No saldrán; apenas podemos cubrirlos con nuestras propias marcas. Ella presiona en el lugar equivocado, contra una vieja herida, escondida debajo de una nueva. Me encojo como si ella hubiera pasado sus uñas sobre mí. Esto hace que se aparte.
—Lo siento, no quise lastimarte.
—Está bien. No lo hiciste. —Bajo mi camiseta y doy un paso hacia atrás. La conozco por lo que parece ser hace un minuto y una eternidad, dependiendo dónde deje caer mis barreras, pero esta última parece ser demasiado alta como para atravesar—. ¿Necesitas quedarte aquí esta noche?
—¿Quieres que lo haga?
Ella espera pacientemente una respuesta que no voy a dar, envolviendo sus brazos alrededor de sí misma mientras el silencio crece. Ya he dicho demasiado y creo que ella sabe lo que quiero. Ella se rinde y me muestra sus cartas. Es una mala mano.
—Necesito ver a Sam... para hablar.
—¿Y entonces qué?
Ella copia mi silencio. Por supuesto que lo haría. Está volviéndose buena jugando a mi propio juego.
—Ten cuidado —digo, conteniendo la urgencia de acercarla a mí, de tomar lo que quiero y hacerla mía.
Ella ronda como espera eso también, pero entonces se apresura a salir cuando la arena de nuestra reunión inesperada finalmente se acaba.
Es exactamente lo que quería.
Es exactamente lo que necesito.
¿O no?
Me quedo allí por un segundo, indeciso entre perseguirla pero me obligo a llenar esa urgencia con otro mal hábito en cambio. Salgo hacia la escalera de incendios y enciendo uno. Me da la posibilidad de verla alejarse. Pero la atracción de ir hacia ella solo crece, y me pregunto cuándo se romperá —si lo hará— o si simplemente somos un elástico enredado.
Consigo mi respuesta cuando ella se detiene en seco, haciendo que las personas en la acera giren a su alrededor. Voltea. Ni bien lo pienso, ella lo hace, cruzando la calle, ignorando el coche que se frena detrás de ella. Mi corazón cae al suelo pero entonces vuelve a acelerarse cuando ella desaparece en mi edificio. No puedo llegar a la puerta lo suficientemente rápido. La desea demasiado como para pensar en el daño. La necesito lo suficiente como para arriesgar todo lo que intento lograr porque, por primera vez, algo me hace sentir vivo. Ella me da una razón.
