Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.


Capítulo 14

Ella golpea a la puerta de nuevo minutos después.

Un torbellino con mejillas rojas y ojos brillantes, me empuja fuerte en el pecho. Es inesperado, y doy un paso hacia atrás.

—La noche en el puente, ¿por qué te molestaste? —Se encuentra sin aliento y acusatoria como si la hubiera engañado con algún propósito—. ¿Por qué me ayudaste? Necesito comprender antes de...

—¿Antes de qué?

—Edward, por favor.

Paso mis manos por mi cabello, mis razones tan evasivas como mi resolución de alejarme de ella.

—No lo sé. No podía dejarte allí.

—Algunas personas me hubieran dejado...

—¿Dejado qué? ¿Morir?

—Sí.

—¿Eso es lo que querías?

—No lo sé... y no sé lo que es esto. —Mueve su mano entre nosotros—. Pero... Necesito saber qué es lo que quieres.

—Bella —le advierto.

—Dime. ¿Qué quieres? —Camina alrededor del departamento en busca de algo. La sigo mientras revisa los libritos de fósforos—. ¿Es esto? Romy 515-1227 de The Blue Pig. —Suelta el libro al suelo, tomando otro—. Jane de Vito's. Lucy de Star and Garter. ¿Esto es lo que quieres? ¿Lo que soy? —Me acerca uno, sé cuál es antes de que lo coloque en mi mano. La Linterna Roja—. ¿Soy una de tu colección?

—No —digo, cementando su verdad en mi propia mente mientras la palabra sale de mi boca. Ella es más que eso. Ella es demasiado como para ser un momento en el tiempo, una distracción—. No eres una de esas.

—¿Entonces qué soy? ¿Una obra de caridad? ¿Un juego? ¿Por qué quieres estar cerca de mí?

—¿Por qué no? —Lanzo el librito sobre la mesa y me estiro hacia ella, pero se aparta.

—¿Por qué siempre haces eso?

—¿Qué?

—¿Responder con otra pregunta? Es molesto.

Abro mis brazos con súplica.

—¿Qué quieres saber?

Ella da un paso más cerca, baja su voz y su mirada, antes de volver a mí. Una intención peligrosa enfatiza cada palabra.

—¿Qué quieres?

—A ti.

Su respiración se atasca en su pecho con la certeza de mi respuesta.

—¿Y qué te detiene?

—Yo mismo.

—¿Por qué?

—Te deseo. Como nunca he he deseado a una mujer antes... a nada... con la excepción de solo una cosa.

Ella parpadea mientras doy un paso hacia adelante, mientras bajo el cierre de su abrigo y lo aparto de sus hombros. Esta vez, ella detiene mis manos, fríos dedos envolviéndose alrededor de mi muñeca.

—¿Crees que soy mala para ti?

—Sé que lo eres.

—Creo que eres malo para —dice.

—Eso también es verdad.

—Entonces no deberíamos hacer esto. —Pero en vez de apartarme, suelta mi muñeca, deja que mis manos y mis ojos avancen.

—No, no deberíamos —repito, pero somos sordos, nuestros oídos llenos con el rugido de hacer lo que deseamos. Encuentro el borde de su suéter y deslizo mi mano contra su cálida piel—. ¿Me detendrás?

Ella se estremece bajo mi toque.

—No creo que pueda.

La miro entonces. Le doy la oportunidad de parar esto. Ya he ido demasiado lejos. Ella corre por mis venas—solo la muerte detendrá eso. Creo que ella puede vivir sin mí. Si quiere. Pero entonces veo la manera que me mira, los labios separados, la piel sonrojada—ya estoy escrito sobre ella. Es mía, y no la dejaré ir.

—Entonces, no lo hagas.

No hay tiempo para ternura. Ni tiempo para saborearla. Nuestros dientes chocan y nuestros labios encuentran lo que sea que pueden en cuestión de segundos entre respiraciones. Deseo feroz mientras ella toma mis manos para quitarse la ropa, luego cuando no soy lo suficientemente rápido se aparta y se las arranca ella misma.

No llegamos más allá del pasillo. No nos desvestimos, sus prendas solo son removidas lo suficiente para permitirme entrar, mis jeans se enredan en el suelo mientras jalo su cuerpo hacia el mío. Sus dedos aún fríos se entierran en mis omóplatos. La levanto sobre la pequeña mesa. Tengo que aferrarme a la pared para bajar el ritmo. Considerar si puedo dar los pocos pasos hacia la oscura habitación. Ella gimotea cuando doy un paso hacia atrás, cruza sus tobillos a mi alrededor, obligándome a volver a sus brazos.

—Aquí —jadea.

Siento su mano envolverme, más caliente y más gentil. Suelto un gemido mientras me estremezco cuando ella se mueve lentamente, cada movimiento hacia abajo acercándome aún más. Toda la vacilación y todas las maneras en que había planeado extender esto abandonan mi cuerpo con una exhalación. La dejo guiarme, robando el último instante de tiempo antes de que los dos estemos jodidos.

La necesidad de estar dentro de ella me recorre como una corriente eléctrica. Enredo mis dedos en sus bragas y las hago a un costado, entrando con una embestida. Ella grita y levanta sus caderas, sus manos buscando agarre en mi espalda mientras salgo y entro. Otra vez. Otra vez. Otra vez.

El sonido llena mis oídos. El golpe seco de su espalda contra la pared, exhalaciones calientes contra mi cuello, mandíbula, y labios, el temblor de la mesa.

Quiero ver más de ella, ver mientras la toco y la desarmo desde adentro, así que la cargo hacia el cuarto.

Bajándola sobre la cama, ella gime ante la pérdida de contacto, jadeando y sonrojada, mojada con nuestro sudor. Sus pechos se estremecen con cada respiración. Me estiro y tomo uno en mi mano, pellizcando y retorciendo, provocando gemidos en ella.

—Edward, por favor.

Me arrodillo y tomo sus caderas mientras estas se elevan hacia mí de nuevo. Deslizándome dentro de ella y permitiéndome sentir más profundo de lo que me había atrevido a imaginar.

No hay nada más que ella y yo y esto. Cómo se siente, cómo me hace sentir. El aroma de su piel, su aliento. Los sonidos. No hay nada más. Nadie más. No hay razonamiento. Ni pensamientos. Solo deseo. Ella grita, tiembla a mi alrededor, aferrándose y sofocándose porque no hay nada más que respirar que al otro.

No pienso en la advertencia de Em. No pienso en los 12 pasos, o el riesgo de enamorarme de Bella—alguien que tiene menos estabilidad en su propia vida. Casi tan inestable como la mía. Me dirijo de una adicción a la otra. Creo que ella también. Ambos somos fugitivos sin dónde ir.

Ahora que sé lo que ella es capaz de hacerme sentir, jamás seré capaz de obtener lo suficiente.

Es el comienzo del fin.