Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.
Veintidós
Dos años atrás — El día que gané mi boleto de ida al Infierno.
Me despierto con un fuerte dolor de cabeza. Se vuelve cada vez más y más fuerte, entonces se divide en dos, antes de darme cuenta que hay unos golpes frenéticos en la puerta. Hago una mueca ante la intrusión y miro en dirección al ruido ofensivo. La puerta no se ve con claridad.
Gruño y estampo un almohadón sobre mi cabeza, pero no sin antes escuchar unas llaves en el picaporte.
El golpeteo se transforma en dolor real cuando unos puños se estrellan contra mi cabeza. Mi cuerpo exhausto se pone en modo lucha y logro apartarme del camino, el movimiento rápido agitando los contenidos en mi estómago para arder en mi garganta.
—¿Qué diablos? —Gruño mientras Alice continúa con su ataque. Intento tomar sus brazos pero ella es un torbellino violento de bofeteadas y patadas.
—¿Dónde estabas? —solloza. Sus palabras acortan su energía, y se deja caer en el suelo como una muñeca rota.
Mi cerebro es demasiado lento, nublado con la melaza de licor y obstruido con polvo. Se siente una eternidad cuando logro sentarme a su lado y tomarla en mis brazos, jalándola hacia mí.
—¿Qué pasó? ¿Es Jasper?
Ella me aparta y caigo fácilmente contra la mesa ratona, estrellando mi codo contra el cristal. No duele. No aún.
—¿Dónde estabas? —Se frota el brazo contra su rostro, secando sus lágrimas—. ¿Dónde estabas? —repite, un susurro esta vez.
—¿Cuándo?
Ella no contesta mi pregunta, acomodándose y poniéndose de pie. El esfuerzo sacude todo su cuerpo, y entonces veo que algo está mal. Muy mal.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, la niebla comienza a esfumarse, los recuerdos de anoche como clavos en mi pecho. Cosas que debería haber recordado. Responsabilidades que tenía—. Mierda, lo siento por anoche, Al. Solo... —Las palabras no son suficientes, por lo que no sigo.
Ella jadea, y su rostro se endurece, un eco importante al de mi madre.
—Eres un imbécil egoísta, Edward. No te importa nada más que tú mismo. Y ahora has... —Las lágrimas caen por sus mejillas; se las quita con el dorso de su mano—. No creo que pueda perdonarte esta vez.
Sus palabras son un balde de agua fría, mi última aliada se me escapa. Lucho por encontrar las palabras, las razones, los recuerdos de lo que he hecho ahora. Cosa que es el chiste más grande de todos. Me hago estas cosas a mí mismo, y aún así difícilmente puedo recordar lo que aquellos a mi alrededor jamás pueden olvidar. Ellos no tienen el lujo líquido de tener hoyos negros en sus recuerdos. Sé esto, pero no me detiene.
—Dime lo que he hecho —ruego con ella, estirándome, pero ella esquiva mi mano y se dirige hacia la puerta, donde pausa, sus labios una línea firme. Ella se concentra en algo sobre mi hombro, quizás una vieja foto nuestra en una ceremonia de premios donde yo volaba en lo alto en vez de arrastrarme por las alcantarillas.
—Hospital First Hill, tercer piso. —Ella deja que esas palabras surjan efecto—. Te daré la posibilidad de despedirte. Algo que no te mereces. —Y entonces, se va.
~ACOY~
Odio los jodidos hospitales.
Odio el olor, el ruido, las personas, y el azul. Arruinando jodidamente cada sombra de azul con su connotación a muerte.
Los monitores zumban y suenan, y las personas pasan a mi alrededor, haciéndome sentir náuseas a pesar de que no hay nada en mi estómago. Vomité segundos después de verlo acostado allí. Su rostro tieso y gris. El oxígeno bombeando dentro de él, la falsa elevación y caída de su pecho. Él luce cien años mayor a la última vez que lo vi. Alice me dijo que eso fue anoche.
No puedo recordarlo.
Mi madre no me mira. Alice llora cada vez que lo hace.
Me han dejado solo con él ahora, aunque los doctores nos dicen que él ya no se encuentra allí. Mi padre se fue anoche en un estacionamiento helado con nadie más que la oscuridad escuchando su dolor.
Palabras como aneurisma, hemorragia cerebral, se filtran entre las palabras suaves del doctor. Asiento mientras cada una golpean como un zapapico en mi cráneo.
Él me ofrece sus disculpas. Me pregunto si lo haría si supiera la verdad.
La culpa pesa demasiado. Lucho por respirar contra su peso mientras estrecho su fría mano. Se siente raro, como algo que ves que hacen las personas en las películas pero en la vida real no es natural. La vuelvo a bajar y descanso mi frente contra el borde de la cama, sintiendo las lágrimas arder mientras su respiración artificial sopla contra mi cabeza, un lento sube y baja. Un recuerdo de su mano revolviendo mi cabello mientras me deseaba buena suerte antes de cada juego de ligas para menores toma presencia, dejándome sin aliento.
Al final, no digo adiós o te amo.
Lo siento tampoco sale.
No digo nada.
Estoy ahogado con dolor y culpa que han ido de la mano desde entonces.
Apagan su respirador a las 7.32 PM.
Alrededor de esa hora, ordeno mi próximo trago en el Blue Jay.
