INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.

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UNA JOYA PARA HITEN

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CAPITULO 5

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Un par de días más tarde, Sango acompañada nuevamente de su doncella salieron para el pueblo con una misión muy clara.

Visitar la tienda de vestidos y cintas en modo incognito y verificar con sus propios ojos el movimiento.

Sango recientemente había entregado, bajo el nombre falso de la pariente de Anne, un pedido de pañuelos y cintas bordadas y deseaba ver la reacción de las clientas con ellas.

La muchacha no tenía la misma confianza en su brocado como lo tenía su prima Kagome.

Saludó a la dependienta francesa, quien era una mujer amabilísima y Sango aprovechó para recorrer la estancia y fingir que admiraba los artículos del escaparate.

En un momento dado, tras el vidrio, sus ojos se perdieron hacia la dirección donde estaba el Lambert Flynn. Se preguntaba si el señor Whales ya regresó a Londres.

Claro que debió ya haberlo hecho.

¿Para qué quedarse en un pueblo como éste?

Cuando bien podía regresar a administrar su club nocturno.

En eso, las campanillas sonaron y varias clientas entraron. Eso la quitó de su ensoñación.

Mas cuando notó que reconocía a las recién llegadas.

Eran Claire, Diane y Casandra, miembros de la excelsa nobleza rural y conocidas suyas. Pero no amigas.

Por supuesto no pensaba saludarlas, más cuando Sango se daba perfecta cuenta que en los últimos meses le estuvieron dando cierto desprecio, porque era obvio que sabían que su familia pasaba por apuros económicos

Gente hipócrita que no sumaba a su vida, así que fingió estar muy interesada en unas telas que colgaban de unos anaqueles, mientras sentía cerca los pasos y los cuchicheos de aquellas mujeres.

Conversaciones banales y tontas.

―No pienso ir al baile de los Stich luciendo los mismos guantes del mes anterior

―No vas a cazar un partido adecuado si repites guantes o vestidos.

―Es por eso que yo he encargado media docena ―una de ellas se acercó a una repisa.

Curiosamente estaban admirando la fila de guantes bordados que Sango se había esmerado en preparar hace menos de una semana.

―Son de una nueva partida ¿no os parecen maravillosas? ―se oyó la voz de la dueña

―Compraré todas ―dijo una

―¡Yo la vi primero!

―Y tú no tienes tantos sitios donde estrenarlas, yo sí.

Sango sonrió al notar que su trabajo era bien recibido. Eso era una señal que debería comenzar a trabajar en nuevos patrones para pañuelos

Al cabo de un rato, sintió que reparaban en ella, porque bajaron el tono de voz a cuchicheos, pero que Sango era perfectamente capaz de distinguir.

― ¿Esa no es Sango Chandos?

― ¿Qué hace aquí?, todos dicen que su familia ni siquiera puede costearle un vestido nuevo.

―Debería asignarle una dependienta para que la vigile, que no se le ocurra robarse alguno de esos preciosos pañuelos…

Sango apretó los puños de rabia, pero hizo acopio de toda la calma que le sobraba para no saltar sobre aquellas muchachas.

―He oído que su padre intenta venderla a cualquier precio ―murmuró otra.

Eso sí fue un durísimo golpe bajo.

Era algo que no se alejaba de la realidad, pero sólo era ahora cuando se daba cuenta de cuan público se había convertido el asunto. Estaba convertida en un hazmerreír.

Ella, Sango Chandos digna y siempre orgullosa, dueña de un explosivo carácter y por cuya sangre corría la aristocrática sangre de los duques de Gloucester, antiquísima y noble, debía soportar el ser vilipendiada por la situación económica por la que atravesaba su familia.

―No es de esperar que su padre la case con cualquiera, él mismo lo es

Oir la forma en que se burlaban de los orígenes de su pobre padre, fue demasiado para ella y se hubiera acercado a arreglar cuentas con esas mequetrefes, de no ser porque Anne, su leal doncella le sostuvo el brazo.

La luz de la razón le decía que no era oportuno iniciar un escándalo, amén de que probablemente terminen vetándola de la tienda.

Respiró profundo y agradeció mentalmente que su doncella la conociera tanto. Haría de cuenta que no había oído nada.

Salió raudamente del sitio, seguida de Anne, y tratando de tapar las inoportunas lagrimas que amenazaban con colarse.

Lo que menos quería es que esas desgraciadas la vieran llorar, dándose cuenta que las había oído.

Aun así, fue incapaz de darse cuenta de los pasos que daba en su rauda huida, tanta era la premura que tenía de desaparecer, que frenó en seco cuando la enorme figura de alguien inesperado prácticamente se le puso en frente, causándole un susto.

― ¡Oh, por dios!

Hiten Whales había aparecido en su rango de visión y se apresuró en sostenerla para que no tropezara.

Fueron cortos los segundos cuando él le sostuvo un brazo con mucho cuidado, pero, aunque Hiten la soltó enseguida, en Sango permaneció una extraña sensación de apocamiento y timidez, tan insólita y singular en ella, que disimuló para que ese hombre inoportuno no se diera cuenta.

El trozo de piel que él rozó sobre su ropa le había quedado temblando un poco.

Se escudó en su natural altivez.

― ¿Usted de nuevo? ¿Qué habré hecho para poseer tamaña mala fortuna?

Él se mostró imperturbable con su grosería.

― ¿En verdad no desea que la ayude?, la noto cansada.

La joven se acomodó el sombrero.

―Si no me hubiera topado con usted, sin duda que este resbale no ocurriría ―soltó sus brazos luego de liberar el sombrero―. Lo que sea, no es asunto suyo ¿Qué hace aun aquí? ¿no debería estar persiguiendo a la tal Panny?

Él pareció relajarse de reencontrarse con el feroz carácter conocido de la joven.

―Es Abby.

―Como sea.

Él se mostraba imperturbable y se quitó el sombrero.

―En realidad la estaba buscando.

― ¿A mí? ―eso si era nuevo para Sango

Él le hizo un gesto para que caminaran juntos.

Anne los seguía a respetuosa distancia, pero sin descuidar el decoro de su ama, al ser un encuentro público. Aún era su deber velar por la reputación de la señorita Chandos.

Él parecía ansioso de decirle un par de cosas, pero cuidó el detalle de que nadie más pudiera oírlo, cuando estaban pasando por los pasillos de los locales comerciales.

―No podía regresar a Londres, sin permitirme dejarle unas palabras, que espero no tome a mal y deseo que lo coja como un consejo de alguien, que es amigo de su familia más querida ―aludió él, en referencia a su prima Kagome.

La mención de su prima suavizó a Sango.

Hiten decidió continuar lo que estaba diciendo.

―Luche contra su padre ―al decir eso con el rostro lleno de seriedad, Sango levantó la mirada―. Usted no es una mercancía de la que otros pueden aprovecharse, y tampoco debería vender todo cuanto posee para complacer al señor Chandos ni dedicarse a comerciar sus talentos para ganar un dinero que él no sabe valorar.

Hiten le miró las manos marcadas con cicatrices de raspones de agujas al decir eso, lo que daba a entender que estaba al tanto de todo.

En un impulso, Sango ocultó sus manos llevándolas hacia atrás, avergonzada.

Pero lo peor fue notar la poderosa lástima que se leía en los ojos de aquel hombre.

Comenzó a temblar antes que pudiera evitarlo, pero la sensación de vergüenza la embargó.

Ser objeto de compasión de otros, pero en especial de aquel hombre se le mostraba especialmente insoportable e intolerable.

Los ojos azules de Hiten denotaban una conmiseración que ella no había pedido, y que no necesitaba porque siempre pudo arreglárselas sola.

La ira, la vieja y conocida ira estalló en su pecho sin que pudiera evitarlo, más al razonar sobre una cuestión.

El dinero que él le había dado hace un par de días y que dijo que fue un envío de Kagome.

Ya le pareció extraño que no le hubiera enviado una carta con ella, pero era ahora cuando se daba cuenta que era una falacia.

Ese dinero era de él.

Hiten notó el temblor en ella e intentó acercarse, pero ella se alejó abruptamente, sacando de la bolsa de costura lo que afortunadamente no había alcanzado a gastar.

Era la orden de pago que Hiten le diera y que aún no canjeaba. Frente a los sorprendidos ojos de Hiten, la rompió en pedacitos y se los arrojó en la cara.

― ¡Nadie le ha dicho que podía entrometerse en mi vida! ¿Quién se cree usted? ―explotó Sango, cuyos gritos se veían amortiguados ya que había poca gente caminando cerca―. Yo soy una dama y usted no es más que alguien salido de un burdel que nada tiene que ver con nuestra familia. No intente equipararse a nosotros, sólo porque el conde de Winchester es su amigo.

Al decir eso, Sango le dedicó una mirada de desprecio, decidida a ser cruel e hiriente, aunque sus lacerantes palabras realmente no condecían con su forma de pensar, pero era el único modo que encontró de protegerse de tanta exposición.

Antes que Hiten pudiera contestarle, se marchó raudamente del lugar, dejando un reguero de añicos en medio del polvo.

Sólo luego de que él no pudiera verla, dejó de frenar las lágrimas que la atosigaban hasta el cuello en una mezcla de su propia humillación y la culpabilidad por haber sido tan despiadada.

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A Hiten no le dolieron aquellas salvajes palabras de la joven.

Él más que nadie era consciente, que, a ojos de muchos, él no era un caballero. De hecho, no se consideraba uno y no pedía ser visto como uno.

Le apenaba más el estado de ella, cuya reciente explosión denotaba el verdadero estado de su alma, tan cansada de pelear todos los días ante un destino desgraciado.

Sólo por eso, se había tomado el atrevimiento de aconsejarla, y en ello no había una pizca de lastima. Se quedó, en la calle, viéndola desaparecer al cruzar la calle luego de tomar el carruaje de su familia.

De hecho, no acababa de comprender porque se había quedado.

Incluso podría haberle dejado aquel consejo en alguna carta, librándose de la escena, pero él no era estúpido.

Sango Chandos estaba sola, demasiado sola con su orgullo y su necesidad de autosuficiencia, que sería incapaz de pedir ayuda.

Una ayuda que él estaría encantado de prestarle, aunque ella no se lo mereciera.

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Sango llegó a su casa pasada la tarde.

Ni siquiera Anne se animó a decirle nada más, porque su joven ama estaba completamente fracturada al verse descubierta y se encontraba en un estado demasiado sensible.

¿Pero quién hubiera imaginado que ese señor Whales iba a poner en evidencia a la señorita Chandos?

Se limitó a ayudarla a quitarle el chal y acomodarle el cabello y ya estaban por subir a la habitación, cuando el propio señor Chandos salió a su encuentro.

Venía del salón principal y traía una sonrisa dibujada en la cara, imposible de disimular.

―Hija, ven un momento. Deseo comunicarte una noticia fabulosa ―pidió el hombre.

Sango, quien aún se estaba limpiando el rostro, no tenía ánimos para oír nada, e intuía que la fabulosa noticia tenía que ver con algún nuevo negocio de su padre, que parecía llamar al fracaso.

Igual era mejor oírla ahora, así después podía retirarse con tranquilidad a su habitación a hundirse en la autocompasión y tratar de borrarse de la memoria el rostro de Hiten Whales mientras se atrevía a aconsejarla.

Hizo un gesto a Anne que se llevara su capa.

―Prepárame un té de jazmín ―le ordenó, segura que el sabor dulzón la haría dormir.

Sango siguió a su padre que atravesó la salita y se dirigieron al despacho, donde también funcionaba la biblioteca.

Cuando Sango levantó la mirada, el hombre se sorprendió de ver el rostro tan apagado de su hija.

― ¿Ocurre algo?

―Nada, solo estoy cansada, padre.

El señor Chandos se sirvió una copa de whisky, y era raro, porque él nunca bebía a esas horas.

Era claro que estaba festejando algo, aunque le pareció extraño que su madre no le acompañara.

―Padre, no es que desee apresurarte, pero ¿podría saber el motivo de la reunión?

El hombre vació su copa.

―Porque estoy en deuda contigo con respecto a las alianzas matrimoniales.

Sango enarcó una ceja.

¿Su padre mostrándose reflexivo?

―Sé que te has sentido incomoda con los últimos prospectos vistos y tengo que confesar que me he sentido igual ―siguió diciendo el hombre.

La muchacha pestañeó confusa. ¿Qué se había apoderado de su padre?

― ¿Te has sentido igual…? ―repitió ella

Él sonrió y llevó sus manos a los hombros de su hija, como si estuviera orgulloso de lo que estaba por decir.

―Finalmente estoy en condiciones de repararlo ―anunció―. El caballero más rico de Derby ha pedido tu mano y se lo he concedido. Sé que esta vez no te negarás, porque es imposible refutar a un hombre que reúne tales requisitos de fortuna, presencia y conexiones que ayudaran a tu propia familia, sin menoscabar tu honor.

― ¿De quién me estás hablando…?

―El señor Bojack, el propietario de la banca en Derby ―reveló el padre de Sango con mucho orgullo, esperando que su hija se contagiara de su alegría.

Pero Sango quedó inmóvil.

Esto debía ser una broma y de muy mal gusto.

El señor Bojack, además de tener pocos años menos que su propio padre, era su acreedor. Si no fuera por la necesidad de dinero, nunca hubiera buscando a aquel usurero taimado que tenía sus tentáculos en todo.

No supo por qué, pero le vino a la memoria que sólo hace unos días Hiten Whales rastreó un collar robado en Londres, en casa de aquel hombre.

¿Y porque justo ahora tenía que acordarse de él?

Pero a su memoria no sólo le llegaban imágenes de su imponente presencia, sino también del lacerante consejo que él se atrevió a darle.

Luche contra su padre. Usted no es una mercancía de la que otros pueden aprovecharse.

Un súbito valor la dominó.

Hizo un gesto para desasirse del toque de su padre, quien sonreía feliz por la adquisición de un yerno tan rico y envidiable.

―No lo haré ―replicó Sango, procurando imprimir calma a su voz. No tenía deseos de ser irrespetuosa con su progenitor.

― ¿Qué dices…?

―Lo que oíste, padre. No me casaré con el señor Bojack…ni con ningún otro que me escojas sin que yo dé mi aprobación ―alegó la joven, segura de sí misma y haciendo suyas parte de las palabras del propio Hiten Whales―. No soy una mercancía de la que se puedan aprovechar.

El rostro del señor Chandos cambió radicalmente.

Sabía que Sango era una joven explosiva, pero nunca la vio dirigir los embates de desafío de su carácter hacia él.

Al igual que su propia hija, el hombre no tenía mucha paciencia contra quien se le oponía y Sango se mostraba en abierta rebelión. No pensaba tolerarlo.

―Harás lo que se te ordene porque eres mi hija.

― ¡También soy la sobrina del duque de Gloucester! ―objetó Sango tratando de escudarse en su vínculo familiar y hacer desistir a su padre―. Como ves a nuestra familia emparentada con un hombre de escaso honor, a quien no quiero ni respeto.

Aquellas palabras eran una provocación, porque el señor Chandos entendió que se trataba de un ataque a sus propios orígenes plebeyos, que tuvo la suerte de casarse con una mujer de alta alcurnia.

Cogió fuertemente el brazo a Sango, como señal de advertencia.

― ¡Eres una chiquilla malcriada que lleva por sobre todo el apellido Chandos!

Unas lágrimas comenzaron a surcar en los ojos de Sango, ya casi en plan de súplica.

―Padre, por favor no me obligues a hacer lo que no quiero ¡el señor Bojack estará feliz de comprar una esposa de origen noble para ingresar en los círculos de nuestra familia, pero yo seré infeliz por siempre!

―Ya lo tengo decidido ¡no me provoques!

Sango intentó desasirse.

― ¡No voy a casarme con ese hombre!

― ¡Sí lo harás! ¿acaso crees que permitiré que me avergüences? ¡siempre he tenido que andar con cuidado frente a tu tío y no tengo intención de cederle mi posición patriarcal en mi propia familia! Porque es a mí a quien debes lealtad.

Sango no dejó de removerse y eso le hizo perder la paciencia totalmente.

La llevó prácticamente a rastras a su habitación, ante la sorpresa de los criados que los veían, pero que tuvieron a bien ocultarse para escapar de la ira de su señor.

Abrió la puerta con violencia y empujó a Sango dentro.

― ¡Te quedaras encerrada reflexionando sobre tus errores!

Sango quiso salir de nuevo, pero su padre cerró la puerta con llave.

La joven comenzó a golpear, pero el señor Chandos no estaba dispuesto a ceder ante su rebelde hija. Debía enseñarle una lección.

―Un día me agradecerás lo que hago por ti ―el hombre guardó la llave en el bolsillo de la levita―. Te enviaré a tu doncella para que te atienda y no se les ocurra importunar a tu madre.

Dicho eso, el padre de Sango desapareció raudamente.

Nunca había castigado a Sango y no se sentía bien haciéndolo, así que debía irse antes que su hija lo viera flaquear ante ella.

Sango golpeó la puerta hasta cansarse, y sólo dejó de hacerlo cuando aceptó que su padre no estaba dispuesto a negociar con ella.

Ya su aspecto era lastimoso luego de la pelea con Hiten Whales y ahora estaba peor.

¿Cómo es que había acabado el día de esa forma?

Cayó al suelo a llorar.

¿Qué más podía hacer?

Se sentía sola y desprotegida. Traicionada.

Y en el fondo, unas palabras que no se llevaba el viento.

Luche contra su padre. Usted no es una mercancía de la que otros pueden aprovecharse


CONTINUARÁ

GRACIAS HERMANAS POR SU PACIENCIA INFINITA, ESTUVE DE VIAJE UN PAR DE DIAS, PERO ENTRAREMOS EN MARATÓN A VER SI PODEMOS TERMINARLO PARA EL 19 DE DICIEMBRE.

MUCHAS GRACIAS POR SU APOYO Y PALABRAS LUCYP0411, CONEJA, NENA TAISHO, MANU.

SU ALIENTO Y BUENOS DESEOS ME HAN AYUDADO A SALIR DEL POZO.

LOS QUIERE.

PAOLA.