INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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UNA JOYA PARA HITEN
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CAPITULO 6
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El viaje había sido terrible, pero necesario.
Kagome, su esposa y actual condesa de Winchester se negaba rotundamente a dar a luz en Edimburgo, la ciudad donde llevaban afincados hace varios meses por negocios y por espacio.
El traslado de la familia había sido caótico, porque además de su mujer, llevaban a los gemelos Richard y George, sus hijos mayores, unos chiquillos de dos años de tez dorada y carácter inquieto.
Pese a todo el bullicio, Bankotsu estaba contento, aun con a la preocupación por el ajetreo del viaje y en como pudiera afectar a su mujer.
Regresar a Londres, a su casa era reconfortante, además estaba cansado de recibir misivas de su suegro, el otrora imponente duque de Gloucester preguntando por sus nietos.
Ese viejo ogro estaba perdido por los pequeños y representó una baza de unión entre él y su propia hija, rompiendo la primigenia lejanía entre ambos.
―Juro que si alguien más me pregunta si deseo algo, lo cortaré en pedacitos. Ni que fuera una incapacitada física ¿es obra tuya verdad? ―su esposa Kagome portando su abultado vientre se dejó caer en el cómodo cojín de plumas del salón.
Bankotsu se acercó a darle un masaje ligero en los hombros para quitarle a molestia.
―Sólo sé buena chica y mantente quieta, que ya bastante te lastimaste con el viaje.
Pero Kagome no estaba por la labor de perder.
―Teníamos que regresar a Londres ―la joven cerró los ojos disfrutando la caricia―. Todavía no he escrito a mi prima Sango, ni siquiera sabe que regresé.
Bankotsu se acomodó en el sillón de enfrente.
―Y yo ya hice una visita al Palladium mientras te acomodabas.
― ¿Qué novedad traes?
Bankotsu hizo un gesto enigmático.
―Muy extrañas, Hiten lleva varias semanas fuera según me ha dicho Hachi.
Hachi era el ayudante de confianza de Hiten.
Kagome también se extrañó.
Aquel reservado sujeto vivía solo para sostener el Palladium, sin ningún otro interés en la vida, que no sea el trabajo.
― ¿Crees que pueda estar en problemas? ¿sabes dónde pudo haber ido?
―Hachi no pudo especificármelo ¿fue tras una ladrona? ―levantó una ceja como señal de escepticismo―. Y tampoco puedo exigirlo, el club es de Hiten y no tengo porqué pedirle ninguna explicación. Pero no deja de ser extraño, porque en los años que llevo conociéndolo, nunca lo vi distraerse.
Kagome sonrió tiernamente a su esposo, porque sabía cuán importante era esa amistad.
Hiten Whales era más que un amigo para él.
Se rumoreaba por lo bajo que en realidad era su medio hermano, otro bastardo con menos suerte que él y era bastante creíble, dada la disipada vida del fallecido duque y el parecido físico entre él y Bankotsu.
Era su socio más leal, quien lo ayudó a levantar el club y mano derecha. Y cuando Bankotsu se retiró del negocio, Hiten lo compró negándose a recibirlo como un obsequio, usando todos sus ahorros de arduo trabajo.
― ¿Dónde están los niños? ―preguntó Kagome, mirando por todas partes
― ¿No los enviaste a su habitación? ―respondió despreocupado el conde
Los ojos de Kagome se abrieron aún más.
―No, pensé que tú te encargaste de ellos, por eso vine a arrojarme al cojín.
Bankotsu tocó la campanilla para que vinieran los criados y también Miroku con Matty.
― ¡Nada de llamar a nadie, Bankotsu! ¡Ve ahora mismo a buscar a esos mocosos endemoniados, que no estén en plan de incendiar la casa! ―Kagome alzó la voz, ya aterrorizada porque Richard y George eran capaces de cualquier cosa cuando nadie los veía. Tan pequeños y tan traviesos.
El padre corrió a buscarlos, porque sabía el alcance de la travesura de sus hijos gemelos mientras Kagome daba gritos de alarma que inició un terremoto en la mansión entre criados que corrían por todas partes llamando a los niños mientras Bankotsu y Miroku buscaban en todas las rendijas.
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Cuando el pequeño aluvión se calmó con el hallazgo de los dos niños durmiendo plácidamente bajo sus cunas, luego de que todos los miembros de la casa los hubieran buscado por casi una hora, Bankotsu se dejó caer cansado junto al cojín de su mujer.
―Y sólo tienen dos años ―murmuró el conde
―Y se pondrá peor ―añadió Kagome, acariciando su vientre
― ¿Cómo? ¿es que aún hay más?
―No estás ni tibio, mi querido. Además, te lo mereces, como un castigo, por todas tus fechorías de juventud.
―Pero reconoce que, gracias a una de esas fechorías, ahora estas casada conmigo.
Ambos rieron y Kagome intentó incorporarse.
― ¿Dónde demonios vas? ―preguntó su esposo
―Voy a decirle a mis doncellas que preparen mis cosas para el viaje a Derby que haré antes del fin de semana ―la mujer se levantó dificultosamente y Bankotsu se incorporó de un salto para sostenerla.
―La que no está ni tibia que piensa que la dejaré ir a Derby en ese estado, eres tu ¿Qué vas a hacer allí? No se te ha perdido nada en ese lugar.
―Tengo que ir por Sango ―expuso Kagome, con cierta angustia en su rostro―. Temo que dejarla nunca fue una buena idea, su padre suele tener ideas extrañas y temo que enrede a mi prima en ellas.
― ¿No te ha dicho nada ella?
Kagome negó con la cabeza.
―Sabes cómo es ella, es orgullosa y una cabeza dura.
A Bankotsu no le gustaba separarse de su esposa en esos momentos, pero tampoco deseaba que se exponga en un viaje como aquel.
―Yo iré por Sango ―se ofreció Bankotsu―. Y tú te quedarás aquí.
― ¿Hablas en serio?
― ¡Solo estoy bromeando para engañarte y me regales una maravillosa sonrisa de agradecimiento!
Ambos esposos ríen y se abrazan.
―Si no pesaras tanto, te cargaría…
―No te preocupes, cariño, seguro mi próximo esposo sí podrá hacerlo.
El ambiente era perfecto, bajo la luz de las velas y la certeza que sus hijos dormían tranquilos, sin peligro de cataclismos. Era el momento perfecto para la pareja.
Comenzaron a bailar suavemente, riendo en complicidad y en confianza.
Todo hubiera sido perfecto de no ser porque de repente, Bankotsu sintió como si sus botas hubieran pisado algo húmedo y ella percibió lo mismo.
Miraron al suelo y el espanto les regresó al rostro.
― ¡Oh dios! ¡He roto bolsa!
Bankotsu tragó saliva. No era la primera vez que le pasaba, pero no dejaba de ser aterrador. Cargó a su esposa en medio del charco y gritó con todas sus fuerzas.
―! Miroku! ¡llama al médico que el bebé ya viene!
El mágico grito de que el bebé venía en camino despertó a todos los criados y detonó que todos se pusieran a hacer su parte.
De nuevo, se reiniciaba una corrida similar a cuando los gemelos se extraviaron.
Unos a calentar agua, preparar mantas, otros a preparar té y bocadillos por si había vigilia y otro grupo alistando caballos por si había que hacer una corrida.
―Ahora sí que no me voy a mover un paso de tu lado. Lo de Sango puede esperar ―dictaminó el conde mientras acomodaba a Kagome en la cama porque comenzaba a retorcerse de dolor.
El próximo nacimiento hizo que los padres olvidasen todo, incluso la de escribir la nota para Sango.
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El señor Chandos estaba malhumorado.
Tenía encerrada a Sango desde el día anterior, desde que ella se atreviera a desafiarlo de mala manera, rechazando la mejor propuesta matrimonial que alguna vez tuvo por ella.
Una boda con el señor Bojack sería la solución eterna a los problemas económicos de la familia Chandos y además su hija perdería su estatus de futura solterona, un estado que se estaba ganando a pulso, rechazando todos los pretendientes que venían a por ella.
Por supuesto, había ordenado que Anne la doncella y la cocinera estuvieran muy al pendiente de su prisionera y el hombre no dejaba de estar apenado con eso, pero era una medida extrema necesaria para contener la rebeldía de Sango.
Estuvo muchas horas pensando en una solución, pero Sango se negaba a colaborar.
Así que finalmente se le había ocurrido una idea categórica y muy rotunda. Incluso muy grave.
Hizo llamar al señor Bojack de forma urgente para darle a conocer su plan.
Ese hombre se mostraba muy interesado con emparentar con una familia de tan recio abolengo, como lo era la de su esposa, la señora Chandos, una hija y hermana de duques de Gloucester.
Además, al hombre le preocupaba que su hija siguiera soltera.
¿Y si algo le ocurriera a él?
¿Quién velaría por ella?
Si, quizá su prima Kagome, pero justamente ella era demasiado apegada a ella y sería menos estricta en conseguirle un esposo a Sango, ya que ésta los rechazaría. Y claro, Kagome no insistiría por miedo a contradecir a su prima.
Así que el señor Chandos tenía claro que debía ser firme, por el bienestar de todos.
Una boda con un hombre rico, devolvería a Sango a un buen sitial y conjugarlo con sus conexiones familiares terminará convirtiéndola en la dama más importante de Derby.
Cuando su sirviente le avisó que el señor Bojack había llegado, vació de un trago la copa de whisky. No le gustaba beber, pero lo necesitaba.
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El señor Bojack era el hombre más rico de Derby.
Tenía cuarenta años y era viudo.
Su particular posición de banquero le había otorgado un inusitado poder y respeto con el cual convivir, pero aquel hombrecillo que se hizo a sí mismo gracias a los prestamos usurarios y algunas prácticas desleales estaba en busca de algo capaz de limpiar su desgastada imagen.
El único modo que encontró con el cual ganar prestigio era por medio del matrimonio, y mejor si se tratase de una dama aristocrática.
¿Pero quién de ellas querría casarse con un sujeto de sus antecedentes?
Fue en medio de su silenciosa búsqueda que dio con la caza perfecta.
Sango Chandos acudió a él hace un par de meses, en modo incognito a buscarlo por el mismo motivo por el cual lo buscaba todo el mundo: por dinero.
Accedió a ayudar a la muchacha, no por fe en su emprendimiento secreto, sino porque la joven de fiero carácter le atrajo con aquella belleza propia de una soltera virgen aristócrata caída en desgracia.
Desde un principio tuvo claras sus intenciones, sólo esperaba paciente el tener la oportunidad de saltar sobre la presa, hasta que un acontecimiento acabó por precipitarlo todo.
La llegada de aquel extraño hombre de Londres que negoció con él la devolución de un medallón que cayó en sus manos luego que una meretriz ocasional se lo hubiera empeñado.
Aquel sujeto joven y bien parecido se presentó con recomendación de ella y eso no le gustó.
No sabía con exactitud la relación de esos dos, pero sólo con verlo, podría calificar como un posible rival y él no estaba para esos juegos.
Quería a la joven y en especial, sus conexiones. No iba a dejar que un aparecido cualquiera se la llevara.
Fue inmediatamente a pedir la mano de la joven al señor Chandos, a sabiendas que aquel avaro y codicioso sujeto no lo negaría.
Un par de días después de la pedida, su futuro suegro lo volvió a llamar. Esperaba que, para negociar la dote y las capitulaciones matrimoniales, pero en cambio se topó con una petición descabellada del propio señor Chandos.
El hombre se lo tuvo que repetir.
―Lo que habéis oído, señor Bojack ―recalcó―. Quiere casarse con mi hija, pero ambos sabemos que es una chica obcecada, y no queda más que obligarla. Así que tiene mi bendición y permiso para llevársela a hurtadillas de forma pública a Gretna Green, por ejemplo, para hacerlo parecer más creíble.
―Creo que debe existir una confusión ¿me está pidiendo que secuestre a su propia hija?
El señor Chandos se echó a reír mientras llenaba las copas para beber.
―Vamos, tanto como secuestrar…el asunto es que sea creíble y sobre todo público, tanto que ni siquiera su prima Kagome la pueda salvar de un matrimonio con usted, porque Sango estará obligada a ello ―le pasó la copa llena que Bojack cogió.
― ¿La señorita Chandos no desea casarse conmigo?
―Esa chiquilla no sabe nada ―refirió el padre de Sango―. Por tanto, debe obligarla y es la única forma en que tanto usted como yo obtengamos lo que queramos. Usted el ser admitido a un círculo social aristócrata y yo ver casada a mi hija con alguien que no le dará estrecheces que además ayudará a la familia Chandos ―esto último lo dijo para que Bojack lo volviera a oír.
Bojack vació su copa.
Maldito viejo zorro de Chandos, sabe por dónde cogerme.
―Debo pensarlo.
― ¡Nada de eso!, esto debe de hacerse cuanto antes y no dar oportunidad que mi hija se comunique con la parentela de la capital o aparezca alguien a intentar persuadirme ¿lo entiende?
Finalmente, Bojack aceptó el trato del señor Chandos, aunque en su mente no acababa de procesar que tuviera que urdir el rapto de su futura esposa con anuencia del padre.
―Usted asegúrese de ajustar los detalles y yo me cercioraré de darle una oportunidad para hacerlo. Debe hacerse mañana en la noche, a más tardar.
Bojack se retiró allí de mal humor.
Ni cuando era un muchacho ambicioso, se atrevió a urdir el rapto de una mujer y ahora iba a cometerlo. Y todo por su deseo desmedido de pertenecer a un círculo social que el dinero no le podía dar.
Y que esperaba que la boda con Sango Chandos si le diera.
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Su posición de prisionera de su propio padre no le dolía tanto.
Siempre fue una muchachita altanera, así que alguna vez se iba a merecer un castigo como éste. Pero lo que sí le dolía era la imposibilidad de acuerdo con su padre, quien se mostró inflexible con respecto a su boda.
Le desesperaba pensar que tendría que casarse con Bojack.
Le horrorizaba y quedaba temblorosa de sólo imaginarlo.
Anne y hasta su madre se aseguraron de llevarle comida y de cuidar que tuviera todo lo que necesitaba, pero tenían prohibido liberarla hasta que ella diera muestras de dar su brazo a torcer a favor de la boda.
¿Pero cómo aceptar un esposo como ese sujeto?
A quien no amaba y estaba segura que a Bojack lo movía un deseo muy diferente al amor.
Se sentaba en una esquina y caía en una duermevela con imágenes sin sentido para ella.
No entendía porque le daba tanto por pensar en el señor Whales en aquellos patéticos momentos.
Lo envidiaba, seguro ya estaba camino a Londres a punto de disfrutar de su independencia en su club de Londres, sin necesidad de dar explicaciones a nadie.
Si estuviera aquí, se reiría de ella al verla tan expuesta y vulnerable, el lado que nunca quería mostrar. Por el otro aun la carcomía el resentimiento por la forma en la que se separaron, con ella arrojándole en pedazos esa orden de pago. Fue tan grosera y descortés. Parecía como si nunca le hubiera mostrado otra faceta a él.
La luz de la luna se colaba entre sus cortinas cerradas. Una estúpida pregunta le vino a la mente ¿será posible que la luna que ella veía ahora era la misma que él podía apreciar donde sea que estuviese?
Se dio unos golpecitos en la cabeza.
¿Cómo es que acabó pensando en el señor Whales?
Hombre inoportuno sí los había.
Cuando escuchó el cerrojo de la puerta, se levantó con rapidez deshaciéndose de aquellos pensamientos ridículos.
Era Anne, con una bandeja con algunas pastas dulces.
Pero tras de ella, apareció el mismo señor Chandos.
Padre e hija se encontraron fijamente y Sango no le bajó la mirada para mostrarle su posición desafiante. Pero el hombre apareció con el semblante tranquilo.
―No hay necesidad de seguir peleando, hija ―le dijo con voz calma―. Ven a pasear conmigo por el jardín, me gustaría comentarte un asunto.
Sango bajó la guardia al oír eso.
Debía aprovechar que su padre quisiera tener una charla civilizada y ella tendría oportunidad de exponer sus razones y refutar las suyas.
―Vamos ―asintió Sango
Anne iba a seguirla, pero el señor Chandos la detuvo.
―Es una conversación privada, no se meta. Vaya a atender a la señora Chandos.
Una orden directa que no podía desobedecer y la fiel doncella tuvo que cumplirla.
La noche era agradable, con un ligero fresco que apaciguaba el calor reinante.
Habia olvidado que los jardines de la casa eran muy bonitos, pero algo oscuros. Posiblemente no vendría a esas horas, de no ser porque su padre la acompañaba.
Sango veía la espalda de su padre y aprovechó para hablar.
―Padre, tiene que saber que lo del matrimonio es un asunto fuera de discusión.
El hombre seguía de espaldas a ella.
―Por favor, padre no me obligue a hacer lo que quiero ―pidió Sango en un sincero lamento, pero desconcertó al notar que su padre no reaccionaba.
―Padre ¿me está oyendo?
Sólo allí, el señor Chandos volteó y Sango se turbó al notar que su padre tenía los ojos llorosos.
― ¿Qué le ocurre, padre?
―Espero puedas perdonarme y que entiendas lo hago por tu bien. Lo prometo.
― ¿A qué se refiere…? ―preguntó la muchacha, antes que alguien le tapara los ojos, le cogiera los brazos y la alzara a hombros como si fuera un saco de patatas.
La muchacha comenzó a gritar, y lo peor es que su padre se quedó viéndolo sin reaccionar, mirándola con ojos de lastima.
― ¡Padre! ¿Qué sucede? ¡suélteme, se lo ordeno! ―bramó la muchacha, pero le fue imposible liberarse del captor que era mucho más fuerte que ella.
Intentó usar sus dientes, pero el hombre lo esquivó. Y no vio mucho más porque se adentraron en la parte oscura del jardín, que Sango reconoció como la parte trasera.
Unos metros afuera, un carruaje que Sango no acababa de reconocer.
Volvió a gritar, pero él le tapó la boca.
El enorme sujeto al que no le veía la cara la bajó al suelo, sacó un trapo del bolsillo y le cubrió la boca, mientras diligenciaba una cuerda.
―Sólo estoy cumpliendo órdenes, que yo no tengo nada que ver con esto ―la voz del sujeto salió mientras le ataba las manos.
Acto seguido abrió la puerta del carruaje y la cargó adentro.
El hombre cerró la puertilla y sólo allí Sango se dio cuenta quien era el mandante de su captor.
El señor Bojack estaba sentado del otro lado.
La joven intentó removerse, pero se lastimó las manos. El carruaje se puso en movimiento.
―Quiero que sepa, señorita Chandos, que todo esto fue idea de su padre, así que no ventile todo su odio contra mí. Decidió que la única forma de obligarla a nuestra boda, era comprometiendo su honor, situación que ni sus parientes de Londres podrían arreglar.
Sango se quedó alucinada con la revelación. Sus enormes ojos marrones comenzaron a cristalizarse con la confirmación que todo fue una celada tendida por su propio padre.
El señor Bojack permaneció en su sitio y parecía incomodo con todo.
―Me apena el método, así que le quitaré el bozal al menos, pero no puedo quitarle la cuerda, porque conociendo su carácter, es muy capaz de huir. Le prometí a su padre que el rapto sería lo suficientemente público como para comprometerla y que siquiera es necesario que vayamos a Gretna Green, ya que con llegar al siguiente pueblo y seamos visibles será suficiente.
Bojack se acercó y le quitó el trapo, y Sango aprovechó para tratar de morderle la mano.
― ¿Cómo sois capaces de hacerme esto? ―vociferó la muchacha, pero el banquero la esquivó. En ese momento comenzó a estornudar, los zapatos se le habían caído cuando el matón de Bojack la cargó y estaba descalza, haciendo que el frio comenzara a afectarle.
― ¡Soltadme!
― ¿Cómo es que aún no se convence de las ventajas de nuestra unión? Yo accederé a un rango más alto y usted nunca más necesitará hacerse de la vendedora anónima para apaciguar a su padre. Le prometo taparla en dinero.
― ¿Cree que soy una ávida del dinero?
Bojack hizo un gesto de decepción.
―La creía más práctica, señorita Chandos.
Sango quería llorar, pero tampoco quería mostrarse débil ante este hombre. Con sus manos atadas ni siquiera podía escapar arrojándose del carruaje porque podría acabar muerta. Y gritar no valía la pena, porque sus gritos llamarían la atención y se terminaría cumpliendo el deseo de su padre y Bojack sin necesidad de ir al siguiente pueblo.
―Le ruego desista de esta idea ¿acaso quiere casarse con una mujer que no lo amará jamás?
―Soy un hombre practico, no le pido su amor, tan solo su mano y que cumpla sus deberes de esposa, que tampoco pienso atosigarle. No soy un desalmado, ya suficiente mortificación siento por esta artimaña.
Lo poco que veía por la ventanilla se notaba que estaban por los caminos, ya en las afueras de Derby, donde no residía una sola alma.
¿Cómo es que acabaron derrotándola de esa manera?
Bojack no era mala persona, pero era un ambicioso arribista.
Si acabara casada con ese hombre ¿Cómo podría mirar a la cara a su prima?
¿O hasta al propio señor Whales?
Sango meneó la cabeza.
¿Cómo es que venía a acordarse de ese hombre en este momento?
El carruaje frenó bruscamente, y casi cae al piso del coche.
Bojack entornó los ojos.
―Morty ¿Qué demonios hace? ¿Por qué para el coche?
No hubo contestación alguna.
―Morty, no se haga el gracioso y responda ―insistió Bojack, tomando nota mental de castigarlo en cuando llegasen a destino.
En cambio, la puertilla del lado de Bojack se abrió y una voz que aterrorizó al banquero salió desde las sombras.
―Morty no le responderá por un largo rato…
Bojack intentó alejarse de la puerta, pero unas manos lo cogieron de la solapa y lo llevaron al suelo, en plena oscuridad.
Sango, quien estaba atemorizada en una esquina comenzó a gritar y alzó sus pies sobre el asiento.
Hasta que de las sombras emergió una enorme figura que le sonrió y que le era muy conocida.
Hiten Whales había aparecido.
Al verlo, una extraña sensación de alivio y estupefacción se apoderó de ella.
― ¡Señor Whales!
Él se acercó y le desató la cuerda con mucho cuidado de no lastimarla.
Sango no podía despegar la mirada de los ademanes tranquilo de aquel hombre mientras la rescataba. Incluso quedó como tonta cuando él le tendió la mano y ella no respondió enseguida.
Finalmente, cuando sus manos se tocaron, Sango no supo explicarse la sensación de completa tranquilidad que se apoderó de ella.
Dejó de distraerse cuando sus pies desnudos tocaron el suelo.
― ¡Ay!
― ¿Qué ocurre?
―Es que…perdí el calzado
Él miró sus pies y sin mediar palabras se acercó y la cargó en brazos.
El olor masculino se le metió en las fosas nasales de Sango y apenas se dio cuenta que Bojack estaba atado y con un bozal en la boca recostado en una de las ruedas.
―A su cochero le regalé la misma gentileza. No se preocupe que en pocas horas los encontrarán y no se atreverán a denunciar nada.
Sango procuró dejar de pensar en las multitudinarias sensaciones que la agobiaban y concentrarse en lo que ocurría.
― ¿Cómo…es que está aquí?
Él ayudó a subirla a un caballo y él subió tras ella para manejar las riendas.
El olor de Hiten se hizo aún más pronunciado desde esa posición y Sango se sintió estúpida por pensar sólo en eso.
―Me di cuenta de lo que estaba pasando…y no iba a permitir que le ocurriera nada.
La respuesta era demasiado escueta y Sango deseaba más.
―Antes de llegar a su casa, curaremos las heridas de sus pies.
― ¿Me llevará a casa…?
―A estas horas, su padre ya debe estar arrepentido y con tamaña culpabilidad sobre su cabeza, y usted debe volver allí a demostrarle que no es nada fácil lidiar con usted.
Sango sonrió recordando que fue el señor Whales quien le había dicho que debía luchar contra su padre. A estas alturas ya no la angustiaba que él se diera cuenta de todo.
Al llegar a un claro junto a unas piedras, él bajó para luego cargarla para bajarla a sentar sobre una de las piedras. La luz de la luna iluminaba la extraña escena.
Él se agachó a su altura y comenzó a examinar los pies de la muchacha, quien se sentía incapaz de decir una sola palabra.
Él quitó una bolsa que contenía unos trapos y una botellita de ungüento.
Comenzó a limpiarle las raspaduras de forma suave y cuidadosa.
Sango agradecía a cielo que él no viera sus mejillas arreboladas, y más sintió la piel de su mano tocando la de sus pies en un contacto tan extrañamente íntimo.
―Realmente ambos estamos condenados, señorita Chandos ―comenzó a decir, como forma de romper la extraña tensión―. Cuando encuentre el peligro y necesite ser salvada, siempre tropezará conmigo.
―Tendría que erigirle un altar…señor Whales ―ella intentó bromear, aunque no sabía si lo decía en serio.
―Cómo es que suena como si me estuviera dando las gracias? No es su estilo, señorita Chandos ―él acabó la limpieza, y guardó los elementos en la bolsita.
Ella sonrió.
―Lo digo en serio, si lo cielos tuvieran ojos, seguramente me darán oportunidad de recompensarle.
― ¿Cómo?
―Use mi vida para recompensarse ―Sango lo dijo convencida.
Él rió de lado.
― ¿Por qué querría su vida?
Ella fingió indignación.
―No hay mucha gente en este mundo que pueda hacerme pagar con mi vida. Mi prima Kagome es una y mis padres son otros, pese a sus errores. Usted el cuarto.
Él terminó de cubrirle los pies.
― ¿Y qué hay de su futuro esposo?
Las mejillas de Sango se colorearon.
― ¿Cómo podría saber algo tan lejano?
Él se levantó y acomodó su capa.
―No lo sabes, pero yo sí…
Sango pestañeó confusa.
― ¿Qué es lo que sabe…?
―Lo que sé es que ha torcido uno de sus pies, y aún debe recuperarse ―él cambió de tema y la ayudó a pararse―. La llevaré hasta su casa, aún debe dormir. Pídale a su doncella una buena taza de té caliente para desaparecer el frio.
Lo que siguió fue muy rápido, con él cargándola al caballo de vuelta, esta vez en un viaje silencioso, muy diferente.
Ella notó que él cuidó que nadie los viera y la bajó por la parte trasera de su casa, mismo sitio de donde la secuestraron horas antes.
―No olvide el té, señorita Chandos…
Pero ella no podía concebir no saber nada más de él.
― ¿Dónde va…?
―Me espera un largo viaje a Londres…
Oír eso no le suponía nada auspicioso.
Ahora él se marcharía, en serio.
Quién sabe si alguna vez regresaría.
Lo vio subir de vuelta a su caballo. Tenía el pelo algo desordenado, pero eso lo hacía aún más atractivo de lo que normalmente era.
Una aprehensión en su pecho se apoderó de ella. Quería decir tantas cosas y no estaba segura de qué.
―Estaré esperando su regreso a Derby alguna vez….
Lo dijo sin pensar, le salió desde el fondo de su alma.
Él sólo le sonrió antes de apear al caballo y marcharse hasta desaparecer en la oscuridad.
Sango se quedó mirándolo irse y repentinamente se dio cuenta que esas palabras sonaron a las que dice una mujer cuando su hombre se marcha a la guerra y que esperará por él.
―No es lo que quise decir….
¿O quizá sí?
Sango entró a la casa, cuando ya ni siquiera oía el casco del caballo.
Hiten ya se había ido.
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Hiten galopó con fuerza para llegar a la posada.
Todo lo ocurrido aún era demasiado surreal para él.
Él ya debió haberse ido a Londres hace un par de días, pero en cambio, movido por una corazonada, prefirió quedarse al darse cuenta que la señorita Chandos estaba sufriendo y que estaba sola, a merced de un padre irresponsable. Aunque ella no quisiese su ayuda, él decidió quedarse.
Y tuvo razón, porque la acabó salvando de una trama urdida por su propio padre, que arruinaría su reputación.
Miró sus manos, mismas que habían tocado los pies lastimados de la señorita Chandos y en cómo se había abierto un posible puente de comprensión entre él y aquella joven.
Decidió que regresaría a Londres, lo más pronto posible.
Era lo mejor.
Y sobre todo para él y sus sentimientos.
CONTINUARÁ
Queridas amigas, ya nos queda sólo solo 3 capítulos, porque serán 9 capítulos.
BESOTE A MANU, GRACIAS POR TU RECOMENDACIÓN, LUCYP0411 Y CONEJA
Sus comentarios me hicieron el día.
El domingo viene capítulo 7.
Los quiere.
PAOLA.
