—No me habías dicho que ganarías un premio tan importante— Michiru lo mencionó a la mañana siguiente.
Darién y Michiru rara vez se veían si no fuera en la mañana. Darién se dedicaba de vida a su trabajo. Y si no estaba trabajando en el hospital, su campo de batalla y en una operación de veinticuatro horas, estaba encerrado todo el día en su oficina, haciendo trabajo administrativo.
Ni siquiera bajaba a comer. Aquella casa era un silencio total y absoluto, cada uno encerrado en su mundo. Un mundo que no se podía tocar, ni entrar.
—Tampoco estaba enterado—Le respondió con frialdad— Fue una sorpresa para todos.
Las felicitaciones entre los dos estaban de más. A pesar de que Michiru ya le había dicho lo orgullosa que estaba, parecía que Darién no lo había oído.
—Quiero que vayas al salón de belleza hoy, y compres ropa nueva. Hoy haré una fiesta para celebrar el premio, te quiero arreglada y preparada— Michiru asintió, la ropa que había comprado un día atrás volvía a tener sentido, y la cita que había reservado tenía más sentido que nunca. Era como si supiera de memoria que Darién haría una fiesta, y ella sería la última en ser informada.
—Claro que sí, cariño, estaré lista antes de la fiesta. Me encargaré de los preparativos también—
Darién asintió, aunque parecía más ocupado leyendo unos papeles que en otra cosa— Ah, y nada de entrar a la cocina, hay mucha gente viéndonos en este momento, y lo último que quiero es que se hable de que no cuido bien a mi esposa— Michiru agachó la cabeza sin hacer un comentario, aceptaba lo que Darién le decía, antes de levantarse de la mesa, tendría mucho trabajo que hacer aquel día— Me voy a trabajar.
—Buena suerte en tu día, cariño— Michiru se levantó e intentó ir a besarlo, pero Darién ni siquiera se dió cuenta, seguía demasiado envuelto en sus documentos. Simplemente, ella se quedó de lado en el camino de Darién.
A pesar de todo, Michiru se puso a trabajar.
—
No podía negarlo. Había sido una lástima total, que justo el día donde anunciaron su premio nobel, hubiera estado afuera de su hospital.
¿Podía quejarse? Pero por supuesto que no, el día anterior había sido muy... "Divertido", si había una forma de decirlo. Y había celebrado su logró a lo extremo. Había peleado por muchos años esa investigación. Años seguidos ganando todos los premios que un médico podía ambicionar, rompiendo los paradigmas de la medicina desde que se había graduado de la universidad -Y desde que estaba en ella también- siendo un joven prodigio, para ahora ser todo un veterano, y de los más respetados en todo el mundo.
Si no fuera porque tenía que aparentar las apariencias con la tonta de su mujer, entonces seguramente, seguiría con el buen humor que había tenido apenas unas horas atrás.
Lo podía presentir, la tierra se lo estaba diciendo. El mundo se estaba muriendo por él.
Así que, antes de entrar, se dió una última vista por el espejo de su porsche, para confirmar que su cabello estaba perfectamente arreglado para las fotos y aplausos. Frunció el ceño, cada vez era más notorio que empezaba a tener canas. Aunque sea, en los nacimientos de su cabello. Pero rápidamente, ese enojo pasó a ser una sonrisa. Seguía siendo extremadamente atractivo, incluso aunque su cabello se estuviera tiñendo de gris.
Salió del carro y se dirigió a la entrada de su hospital. El primero de toda una larga franquicia de hospitales que tenía por todo Japón. Y el más importante, evidentemente. Abrió la puerta, y una horda de aplausos invadió el lugar. Todo desde el más acérrimo respeto y admiración. Era el momento de recibir lo que había extrañado el día anterior. El reconocimiento y alabanza de todos sus trabajadores.
Porque en aquella sala, estaba todo su personal. Desde los practicantes hasta las enfermeras, desde los paramédicos hasta los médicos generales, de los especialistas a los veteranos en cirugías. Incluso había venido toda su junta directiva, solo para aplaudirle. Los propios pacientes que estaban ahí le aplaudían, todos se enorgullecían con el logró de él.
—Gracias amigos, gracias a todos los que se molestaron por venir en este momento especial para mí. Nada de esta nominación, podría haber sucedido sin todos ustedes— Más aplausos, aplausos que Darién recibía gustoso. Cada uno se sentía verdaderamente importante dentro de los logros de su jefe— Este Nobel, por mucho que la estatuilla se vaya a quedar en mi casa, es de todos ustedes— Los aplausos eran ensordecedores, al punto en que Darién tuvo que pararlos y mandar a todos a trabajar. No quería desgracias por vanagloriarse... Por mucho que quisiera seguirlo haciendo.
Al final, los únicos que no regresaron a trabajar fueron su junta y alguien más. Alguien con quien había estado todo el día anterior.
—¡Felicidades Darién! Sabía que lo lograrías— Su compañero de trabajo, Andrew Furuhata le saludó con un abrazo que Darién correspondió. Como le hacía falta que alguien le diera un abrazo para felicitarlo.
—Evidentemente, el proyecto de Darién era el mejor, un trabajo de una vida. Un desarrollo Neuronal nunca antes visto, operaciones que pocos médicos estarían dispuestos a desarrollar— Un miembro de la junta directiva, Seiya Kou, habló— No había un trabajo que pudiera compararlo. Todo lo que no hubiera sido dartelo sería un escándalo— Y le guiño el ojo.
—Por supuesto, seguro ya tenías a todos los periodistas del gremio en el teléfono en caso de que todo saliera mal— Seiya sonrió con malicia. Entre las miradas de sus hermanos, Taiki y Yaten.
—No me puedes decir que tu no tenías tu plan B en caso de que todo saliera mal. Ibas a meter presión para una revisión, así tuvieras que ir hasta el fin del mundo— Darién le sonrió, tampoco estaba diciendo ninguna mentira.
—Lo que importa, es que he ganado el premio. Y ahora, como no podría ser de otra forma, están todos invitados a una fiesta— Las sonrisas de sus amigos se iluminaron— Una fiesta tranquila y de clase, privada, solo entre los más cercanos, pueden traer a sus mujeres si quieren.
—¿Para qué? ¿Para que tu mujer las ahuyente?— Varios de los amigos de Darién rieron— Perdona que te lo diga amigo, pero tu mujer no es del agrado de nadie... Es demasiado...
—Sería— Completo la frase Yaten— Vive en su mundo, y ese mundo a veces es demasiado extravagante para todos nosotros, y en especial para nuestras mujeres.
—Mi mujer se la vive detestando, cree que todo lo que Michiru hace es para demostrar que es mejor que todas las demás. Simplemente, tiene ese aire de superioridad—Habló otro de sus compañeros, pero Darién parecía más irritado que otra cosa.
—¿Y quien soporta a alguien cómo Michiru?— Terminó por decir, tocándose la sien— Maldigo todos las mañanas el día en que decidí casarme con ella, ¿Por que tuve que decir que si en el altar?— Sus amigos soltaron una carcajada que se oía en todo el pasillo.— Aún así, por favor, traigan a sus mujeres, a quien ustedes gusten, yo me encargaré de mantener en raya a Michiru.
—Pero bueno Darién, piensa positivo, si quiera, siempre vas a tener a alguien que te sacará de esa prisión a la que dices llamar casa, y a esa carcelera que haces llamar esposa...
—Y hablando de la reina de roma...— Justo en ese momento, mientras los cinco amigos hablaban, apareció la razón por la que Darién no había enloquecido en los últimos tres años. Usagi Tsukino.
Todos los amigos se compartieron miradas, antes de dejar a ambos solos.
—Doctor Chiba, oí que recibió una grata bienvenida a su retorno al trabajo, muchas felicitaciones por el premio Nobel— Usagi se le acercó lentamente, y Darién la tomó de la cintura.
—Pero que enfermera tan cotilla, parece al tanto de todo lo que sucede en el mundo de la medicina...
—Me gusta mantenerme al tanto de los últimos avances de la medicina. Y eso lo incluye a usted y su investigación—Respondió.
—¿En serio? Por que en ese caso, necesito hablarle de ciertos temas relacionados a mi investigación, ¿Sería tan amable de ir a mi oficina para discutirlos?—Sonrió, dándole un fugaz beso.
Usagi Tsukino era la razón por la que Darién sonreía. Era la amante que tanto atesoraba desde hacía tres años. Usagi era todo lo que Michiru no había sido, no era, y nunca sería.
—¿Te la pasaste bien el día de ayer?— Darién le preguntó mientras le daba un beso en su hombro, mucho más apasionado que el que le había dado en el pasillo.
—¿Y cómo no hacerlo? Tu casa de campo es espectacular— El sentir los labios de Darién sobre su cuerpo, hacía estremecer a Usagi— Es un lindo lugar para vivir, ver crecer a niños o así— Intentó alivianar el ambiente, no tenían que perder el control en ese hospital.
Sin embargo, la palabra "niños" iluminaba los ojos de Darién.
—Me alegra que te gustara— Al fin la soltó, antes de quitarse la bata de laboratorio y sentarse en un sofá de la oficina—Tal vez nos vayamos a vivir ahí algún día.
Aquellas palabras no podían ilusionar más a Usagi—Me hubiera gustado quedarme en la noche, debe ser hermoso— Reflexionó—Hace mucho no tenemos un día juntos completo— La mente de Usagi empezó a divagar.
—Humm, creo que es cierto…
—¿Qué tal si salimos hoy?—Mencionó emocionada—Puedo cambiar mi turno nocturno y tú no tienes ninguna cirugía…
—No puedo, cabeza de bombón, hay una fiesta— Usagi se puso seria— Por mi premio Nobel, alguna gente importante y los de la junta. Nada del otro mundo— La intentó tranquilizar, pero Usagi seguía tan seria como antes.
—Quiero ir—Reclamó— Quiero estar ahí.
Darién sonrió—Es en mi casa, no puedes ir, sabes quién estará ahí.—Era curioso, casi nunca mencionaba a Michiru por su nombre.
—Soy tu jefa de enfermeras, además, fui tu mano derecha todo el tiempo en la investigación, merezco estar ahí más que el mismo Seiya— Usagi hizo un puchero, y Darién rió, sin embargo se puso a pensar.
Tal vez, era el momento en el que Michiru supiera su lugar. Y no había una mejor manera de mantener a raya a su mujer, que haciendo que ésta se sintiera humillada.
—
—Señora, se ve muy bien con ese vestido ¿Es nuevo verdad?— Nakaru elogió el atuendo de Michiru mientras le ayudaba a terminar de arreglarse el cabello. Michiru le asintió en señal de agradecimiento.
—Si, lo compre justo el día de ayer—Respondió, poniéndose el último arete. Había pasado casi la mitad de la tarde en arreglar y preparar la casa. Se había encargado de contratar todo un equipo de catering, otro que cocinara los platillos más elegantes, y todos sus empleados la habían ayudado a mejorar el diseño de la casa, todo estaba perfectamente listo.
—Es hermoso, estoy segura que el señor Darién le va a encantar—Sonrió. Inmediatamente, escuchó la puerta abrirse, Darién había llegado.
—¡Darién, mi amor!— Michiru salió apresurada a recibirlo, bajando con elegancia en sus tacones a darle un beso a su marido, que a pesar de apartarla rápidamente, lo recibió.
—Michiru— Le respondió con calma— Veo que ya está todo listo— Michiru asintió, gustosa de que Darién notara su trabajo. Ambos caminaron lentamente por toda la casa, hasta llegar a su habitación
—Así es, llame a tu servicio de catering que tanto te gusta y a los chefs del mejor restaurante de la ciudad. Estarán aquí en cualquier minuto, ya todo está limpio y arreglado— Darién asintió, sin embargo, se puso bastante serio.
—Tenemos que hablar— Michiru sintió su presión caer y empalideció, ¿Qué había hecho mal?— Quiero una fiesta perfecta, ¿Entendiste?— Michiru se sintió aliviada.
—Claro que si, marido mío, así es como será...
—Y eso te incluye a ti— El malestar de Michiru regresó — Va a venir gente muy importante, la junta directiva del hospital...
"Seiya y sus amigos"
— Y muchos de mis colegas de trabajo. Además de sus esposas— Ahí estaba la razón de los reclamos de Darién. Las esposas de los amigos de su marido nunca habían sido de su agrado. Por más que intentaba ser amable con ellas, parecía que el peso de que había sido ella quien se quedó con el mejor hombre y más guapo de la preparatoria, siendo de una familia menos reconocida, había calado en su alma— Quiero que seas amable con ellas, cortes, que les ofrezcas todo lo que quieren, y si puedes evitarlas mejor.
—¡Pero Darién!— Intentó reclamar, pero fue en vano— Soy tu esposa, me merezco el lugar que...
— Pero nada Michiru— La respuesta de Darién fue cortante— Quiero que te quedes callada, no me molestes, atiendas a los invitados, y seas la linda esposa tranquila. ¿Entendido?— Michiru asintió— Perfecto, me voy a arreglar, deberías hacer lo mismo.
Michiru no podía dejar de pensar que, en esos momentos, Darién le daba bastante miedo.
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A pesar de su malestar, y quejas constantes, Michiru cumplió con lo que Darién le había pedido. Se dió unos ligeros retoques, y se dedicó a atender a los invitados. Al punto en que había perdido la cuenta de cuantos falsos elogios había recibido dentro de un corto tiempo. Todos eran lo mismo.
"Hermoso vestido Michiru", "Que elegante peinado", "Tan hermosa como siempre, ¿No es así Michiru?". Ni un gracias a sus atenciones había recibido.
Pero no les había dicho nada, y eso también incluía todas las horribles palabras que estaban diciendo enfrente de ella.
— Pero Kaolinete, mi vida, se un poco más... discreta—Diamante le murmuró esa última palabra a su esposa— Nos pueden escuchar.
— Tampoco es como que eso me molestara— Rió— ¿Ya la viste? Parece más una sirvienta que su esposa.
Pero Michiru tenía que quedarse callada. Todo debía llegar a su tiempo.
Después de casi dos horas de estas ofreciendo pastelillos, pláticas cortas, sonreír y recibir invitados, la mujer de cabello aqua estaba agotada. Pensando que nadie más la molestaría, había decidido ausentarse de sus funciones por apenas cinco minutos, para sentarse y relajarse. Su cabeza le dolía y los pies la mataban... Cómo extrañaba los tiempos en donde disfrutaba de las fiestas de sociedad...
— ¡Usagi! Pensé que al final no vendrías— Esa frase, esa simple frase que venía de Darién, la hizo levantarse y ponerse en todos sus sentidos.
Aquel nombre, Usagi, ese nombre maldito era quien la llevaba atormentando desde hace años. Desde aquella horrible fiesta donde los amigos de Darién; Seiya, Taiki, Diamante, Yaten... Todo ellos ahí, riéndose descaradamente, hablando de cómo su marido había conseguido a alguien mejor que a ella. Cómo lograba engañarla con tanta facilidad.
Usagi, ahí estaba. Ahí podía verla enfrente y a todo color, desde lo más alto de su casa. Era apenas una jovencita de cabello rubió y coletas, abrazando a su Darién con demasiada familiaridad, enfrente de todos.
Y si Darién la había llevado hasta su casa, era porque estaba poniendo por primera vez, las cartas sobre la mesa. Y las había sabido jugar. La fiesta se había terminado, ella se iba a dormir.
Poco sabía que, desde lo que parecía un simple abrazo de cortesía, Darién miraba a lo alto de su casa, con una sonrisa de oreja a oreja. Michiru había visto lo que él quería que viera. La fiesta apenas empezaba.
—
Aquella fatídica noche, Michiru no pudo dormir. El dolor de su corazón era extremadamente fuerte cada vez que recordaba que había fallado como mujer. No podía entender porque sufría de esa desgracia.
Aún así, cuando Darién llegó a la cama, Michiru intentó acercarse como hacía mucho tiempo no lo hacía.
—Estoy cansado— Mencionó, mientras se acomodaba en su espacio. Sin embargo, Michiru lo abrazó por la espalda e intentó besarlo.
Darién, notando las intenciones de su mujer, le respondió con un beso en la mano, como si realmente fuera importante. Pero luego la apartó— Hablo en serio, estoy cansado— Y luego de eso, volvió a apagar la luz.
Michiru se sintió derrotada. Era incapaz de incluso seducir ya. No despertaba interés. Pero en lo más profundo de ella, un pequeño golpe en su corazón le pedía que lo volviera a intentar.
Ella no podía perder tan fácil. Ella era la mística Michiru Kaioh. Ahora de Chiba, ella debía tener un beneficio de ello ¿No? Debía pelear por lo que era suyo.
Volvió a prender la luz. Ahora un poco más enojada.
—¿Hace cuánto que no estamos juntos Darién?— Le pregunto, pero el susodicho intentó ignorarlo, alegando que estaba dormido.— Creo que me escuchaste perfectamente.
—¿Y acaso importa? No hagas preguntas tontas— Reclamó, medio somnoliento.
—Responde la pregunta y te puedes volver a dormir— Realmente, Michiru no sabía de dónde estaba sacando el valor para hablarle así a su Darién.
—No lo sé. Si tanto te importa, responde la pregunta tú— Darién ni siquiera se molestaba en voltear a verla.
—¡Mucho tiempo!— Michiru se cruzó de brazos, recargando se en la base de la cama, esperando ver una reacción en su pareja, reacción que apenas fue visible.
—¿Cuánto tiempo?—Preguntó— ¿Cuánto exactamente?
—¡No lo sé! No anoté la fecha— Michiru estaba exasperada.
—Si no la anotaste es porque no es importante— La jugada de Darién surgió efecto—Siempre anotas todo. No importa después de tantos años de matrimonio. Ya no somos unos jovencitos Michiru.
—¿Y es que acaso el amor es solo para los jovencitos? ¿Es que acaso nosotros ya no importamos?
—No es eso Michiru— Darién estaba cansado— Es solo que el amor a nuestra edad, el amor es diferente.
—¡Entonces ya no te importo en ese sentido! ¿Ya no me ves como una mujer?— Le apartó la mirada, estaba al borde de las lágrimas.
Y, a pesar de todo, Darién se vio tentado a decirle la verdad.
—Por favor Michiru, está conversación es ridícula, no vamos a ningún lado— Darién se volteo, dándole la espalda a ella— Si tienes algo de compasión por mí, déjame dormir.
Aquella fatídica noche, Michiru tuvo que llorar en silencio, como tantas veces ya lo había hecho en los últimos tres años.
