Capítulo 1
Cuatro jóvenes, una armadura y un peluche iban andando por un camino de tierra. Parece el inicio de un mal chiste pero, en realidad, era el inicio de un mal día. El grupo de Lina acababa de dejar atrás la aldea de Hans y ahora, seguían rumbo hacia el sur. Seguían en busca del Jarrón del Amo del infierno.
El sol asomaba ya entre las montañas lejanas y, a lo lejos, se adivinaban los contornos de un pueblo costero. Sus paredes blancas hacían contraste con el verde ácido de los pinos.
—¡Por fin! —gritó Lina— Me muero de hambre. Vamos, Gourry, ¡A desayunar!
—¡Eh! ¡Espera!
Pero Lina no esperaba a nada ni nadie, no cuando el olor del pan caliente era tan intenso. La hechicera salió disparada, seguida del peluche color lima y de su gigante rubio.
—¡Nama también quiere jugar! —dijo entonces la armadura.
Así, chirrió hacia delante, dejando sólos a la princesa y la quimera.
—Vamos nosotros también, Zelgadis —le animó ella—. Si no nos damos prisa, Lina no nos dejará ni las migajas.
El muchacho gruñó algo bajito y apretó el paso. Caminaron en silencio, hasta que los árboles dejaron paso a los muros blancos y el camino dejó la tierra para cubrirse del color gris de las piedras. Ahí, como de costumbre, Zelgadis se echó la capucha sobre la cabeza y se subió la máscara hasta cubrir su boca con la tela color arena. Era algo que ya formaba parte de su rutina. Cada vez que entraban a un lugar nuevo, la quimera cubría su rostro de roca y su pelo. Y, cada vez que lo hacía, la boca de Amelia se contraía un poco.
Esta vez, su ritual fue acompañado de una larga mirada sombría. Eso es nuevo, pensó la princesa. Normalmente los ojos de su compañero danzaban de rostro en rostro, estudiando cómo los aldeanos reaccionaban a su presencia y bufando ante los ceños fruncidos o las caras de espanto. Esta vez, sin embargo, su mirada iba fija en el empedrado, sus manos formaban puños y, de haber podido ver su boca, seguro que Amelia habría encontrado también una amarga línea de enfado.
—¿Zelgadis? ¿Ocurre algo?
Pero el chico no contestó. Hoy, ese pequeño ritual había traído otra cosa a su mente, una escena de ayer por la noche. Una, dos, tres veces. El momento del bosque desfilaba por su cabeza en bucle. Cinco, seis y siete. Veía a Hans y a los otros dullahan llamándole monstruo. Veía imágenes de su pasado. Monstruo. Gritos, burlas...Rezo. Veía a Rezo por todos lados.
Una voz amable pronunció su nombre. Las imágenes rebotaban sin control por su cabeza, mientras él sentía que tomaban el control de su ...
—¿Zelgadis?
—No es nada —mintió él—. Vamos.
La pareja entró en el primer restaurante que encontraron y, cómo no, ahí estaban sus amigos. Formaban un espectáculo lamentable. Gourry y Lina estaban peleándose por una chuleta. A su izquierda, Nama animaba a todo pulmón a Gourry y Pokota estaba de pie sobre la mesa. Sus dos manos y sus dos extrañas orejas estaban a reventar de patatas. Lo que antes fue un festín, ahora era toda una masacre. Las alitas de pollo estaban desperdigadas por la madera, la cerveza mojaba el arroz y un pie color lima aplastaba las verduras. Un momento, ¿Verduras? ¿En la mesa de Lina? Eso no cuadraba. Seguro que era algún tipo de carne verde y exótica.
Amelia arrugó el gesto y se sentó en la silla que tenía menos manchas de comida. No fue una decisión sencilla. Después, escogió un par de alitas de la mesa y se sirvió unas patatas. A su lado, Zelgadis tomó otra silla. Seguía con la máscara aún puesta. Con la cabeza llena de tormentos e ideas.
—¿No comes nada, Zelgadis? —preguntó Amelia.
—No tengo hambre.
—Pero…
—Amelia, déjalo estar —la cortó Lina.
Había ganado la pelea de la chuleta y ahora la masticaba con ganas. Cuando tragó, le hizo un gesto de negación a la princesa y a continuación le dió un manotazo a Gourry antes de que sus dedos rozaran el entrecot que acababa de servir la camarera.
Llegaron más platos: tostadas de queso, pulpo y almejas, regaron de colores la mesa y, en un descuido de Gourry, también las ropas de la quimera.
—Ups, perdona Zelgadis.
El muchacho le lanzó una mirada furibunda mientras la salsa goteaba por su ropas.
—Se acabó. Ya he tenido bastante —gruñó arrastrando la silla.
Zelgadis y el tufillo a almejas subieron las escaleras y desaparecieron rumbo a las habitaciones de la posada. Amelia no pudo contener más la duda y preguntó:
—¿Lina? ¿Qué le ocurre a Zelgadis?
—¿Está diferente? —intervino Pokota—. Yo lo veo igual de huraño que siempre.
—Bueno, no es que él me haya dicho nada —contestó la hechicera.
—¿Pero?
Había un "pero". Con Lina siempre había "peros".
—Pero me hago una idea.
Ella cruzó una mirada con su amiga y dió un largo trago a su cerveza antes de contestar.
—Mira, si no se ha quitado la máscara, seguramente tiene que ver con su aspecto. Y Zel se vuelve un poquito sensible con ese tema. Tú déjalo. Ya se le pasará.
La princesa lanzó una mirada hacia el lugar por donde se había ido Zelgadis y un gesto de preocupación cruzó su cara.
—Entonces quizás…
—No. No vayas por ahí, Amelia. —dijo señalándola con una chuleta—. Zel es un poco capullo cuando se pone así. Creeme. Es mejor no meterse. Ya bajará cuando se sienta mejor.
Amelia buscó apoyo entre los demás miembros de la mesa, pero Pokota se limitó a encogerse de hombros y Nama parecía haberse dormido en la silla. Su última esperanza era Gourry. Miró al mercenario y él abrió una boca llena de patatas con ajo.
—Lina tiene razón, Amelia. Es mejor que le dejes sólo.
Dicho eso, aprovechó que Lina peleaba con Pokota y metió tímidamente el tenedor en el territorio de los chuletones. Pronto llegaron los postres y las peleas por los flanes y pasteles borraron todo recuerdo de una conversación civilizada. Pero Amelia se quedó ahí, sentada, con la cabeza llena de ideas justicieras. Con la firme intención de animar a la quimera.
