Capítulo 2
Zel frotaba y resoplaba. Resoplaba y seguía. Daba igual las veces que enjuagara la capa. La mancha de almejas no simplemente no se iba. De fondo seguía esa cantinela: Monstruo. Monstruo. Monstruo. No se le iba de la cabeza.
—Mierda.
La quimera gruñó y estampó la capa contra el barreño. Después, volvió a la cama y enterró la cara en las manos. Monstruo. Monstruo. Monstruo. El muchacho probó a cerrar los ojos, pero el pensamiento no se iba. Estaba tan unido a él como una mancha a una tela.
—Mierda. Mierda.
El sol hizo arcos en el cielo mientras las horas pasaban y el muchacho seguía quieto. Todo estaba igual en la habitación. El aire olía a cerrado y las cortinas teñían la luz de distintos tonos pardos . Podían haber pasado horas enteras. El tiempo seguía ajeno a esa estancia y a la quimera.
Sin embargo, los segundos seguían desfilando afuera. Las gaviotas eran blancos buitres que volaban sobre los barcos pesqueros y las gentes llenaban las calles del mercado. En la posada, los murmullos del comedor ascendían por la escalera y la madera del pasillo crujía con cada huésped que pasaba. Uno de estos huéspedes, llamó con suavidad a su puerta.
—Yo soy —dijo una voz suave.
Él suspiró. La había estado esperando.
—Márchate, Amelia.
—He venido a ver cómo estabas —siguió ella—. Escucha, Zelgadis, quería…
—Vete. Por favor.
Se hizo un pequeño silencio en el pasillo. Zel oyó cómo la madera no crujía, cómo el mundo entero hacía esfuerzos para no ser escuchado.
—Sigues ahí, ¿no es cierto?
—No… —contestaron muy flojito.
Él resopló con frustración y dejó que su pie estampara contra el suelo. Sonó más fuerte de lo que él esperaba, casi como un trueno.
—¿Zelgadis? ¿Estás bien? He oído un ruido. Voy a entrar, ¿vale? M-más vale que estés vestido.
—Amelia no…
La princesa entró con una mano en los ojos, con la otra tanteaba el espacio que había ante ella. Amelia dudó un momento y despegó con cuidado la mano de la cara. No sólo encontró a Zel vestido, sino que, a excepción de su capa, la quimera seguía igual que en el comedor. Seguía con su espada atada al cinto. Seguía con esa máscara suya sobre la boca.
—Sigues con la máscara puesta.
Ella cerró con cuidado la puerta y avanzó por la habitación. El lugar apenas tenía muebles: una cama, una silla y, a la izquierda, una mesa. La colcha de la cama era de un verde oliva y el color hacía juego con las cortinas.
—¿Puedo? —preguntó señalando la silla.
—Haz lo que quieras.
Ella acercó la silla a su amigo y se sentó en ella.
—¿Qué te ocurre, Zelgadis? ¿Quieres que hablemos del tema?
—Ya te he dicho que no estoy de humor, Amelia.
Un breve silencio se posó sobre los dos. Pero lo que en otro momento fue incómodo ahora formaba parte de su tiempo juntos. A Amelia le gustaban sus silencios con Zelgadis. Le permitían apreciar otros aspectos de su amigo: cómo pasaba las páginas de los libros con la mano izquierda, cómo relajaba los puños cuando lanzaba un suspiro. Él seguía sobre la cama y, ahora, lanzó un suspiro.
—¿Quieres que me marche?
—No. No es eso.
El silencio volvió de nuevo. Volvió a todas partes, excepto a la mente de Zel, en donde una única palabra lo abarcaba todo: Monstruo, monstruo, monstruo.
—Tiene que ser incómodo. —dijo entonces ella.
—¿El qué?
La princesa señaló su máscara color arena.
—Llevar la máscara tanto tiempo puesta.
¿Lo era? La máscara formaba ahora tan parte de él como su espada o sus manos. Dudó un momento y, después, la bajó con cuidado. La princesa dejó escapar una pequeña sonrisa al ver la línea apretada de sus labios.
—¿Mejor?
—Un poco —admitió el chico. Sentía que el aire llegaba mejor a sus pulmones. Puede que fuera porque ya no tenía una tela en la boca o, quizás, era por esa pequeña sonrisa. Quizás…
—¿Sabes? Mi padre siempre dice que uno se queda mejor después de soltarlo todo.
—Buen intento —dijo y, a su pesar, curvó los labios.
Ella vió el gesto y se anotó mentalmente un pequeño tanto.
—¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?
—Sigue hablando.
Su voz parecía alejar la cantinela y las pesadillas. Embotaba los malos recuerdos y quizás…
—Vale, ¿tiene tu actitud de hoy que ver con tu aspecto?
—Amelia…
—¿Lo tiene?
—Si —respondió él de mala gana.
—¿Por qué?
—Las preguntas no formaban parte del trato.
—Pero…
—Amelia, no insistas.
La quimera se levantó de la cama y a la princesa le pareció más imponente que de costumbre. Su cara tenía ahora una mirada dura y seria, como una espada afilada, como las rocas de sus cejas.
El gesto pilló a la chica por sorpresa y ésta se contrajo un poco en su silla. Fue apenas un instante, pero Zel vió el gesto. Así, el bucle infernal volvió a su mente. Monstruo. Monstruo. Monstruo.
—¿Tú también piensas que soy una bestia? ¿Un monstruo?
—¿Qué? ¡Claro que no!
Sus ojos estudiaron a la muchacha. Tenía una mirada casi tan intensa como la suya. Una mirada que ardía de Justicia.
—Hubo un tiempo en que pensabas que era sospechoso.
Ella calló un momento. A diferencia del primero, Amelia no pudo disfrutar de este silencio. Era pesado y espeso.
—Sí. Pero ya no lo pienso —contestó por fin.
—¿Qué ha cambiado?
—Ahora te conozco, Zelgadis.
Fueron cuatro palabras dulces pero, por desgracia, no fueron las correctas. La frase fue un oleaje que removió a la quimera y que sacó su culpa a la superficie. Hacía mucho que esta aventura no sacaba sus sentimientos a flote y el mero acto le hizo sentir… Sí, le hizo sentir. De haber tenido tiempo, Zel se habría sorprendido. Pero la boca de Amelia se volvió a abrir. Los términos se agolparon en su ser cómo el polvo se aprieta en las esquinas. Debilidad, dolor, culpa… Tenía que hacerlos callar de alguna manera. Tenía que acallarla.
—Te conozco y sé que eres un buen hombre —su mano hizo el amago de alzarse, de buscar la suya—. Sé que…
—Ya —cortó él con amargura. Y después añadió—. No tienes ni puta idea.
Sus ojos se abrieron, grandes como océanos de duda.
—La verdad es que hace mucho que dejé de ser un hombre —siguió Zel— y, en ese momento exacto, dejé también de ser bueno. No sé por qué te empeñas tanto en no verlo.
—Eso no es cierto.
Una mueca cruel cruzó su rostro de la quimera. Ahora no sólo quería acallarla. No. Eso ya no bastaba. Ahora quería demostrarle también lo equivocada que estaba. Quería acabar con esa conversación de una vez por todas y, así, dejar morir ese débil quizás. Dile la verdad. Quería acabar con la cantinela y la culpa. Dile por qué eres un monstruo. Quería respirar, dejar de ahogarse entre corrientes y emociones. Zel seguía agarrado a esa sensación amarga, a ese apelativo asqueroso: monstruo. Su boca se agrió. Sus manos se convirtieron en puños de piedra primero, en bloques de hormigón después.
—Oh, pero lo es. Hice cosas horribles por un hombre que pensé que era bueno —la voz de Zelgadis rebotaba en la estancia. Era cruel. Era fría y cruda—. Hice atrocidades en nombre de El Monje Rojo y, ahora, todas ellas me persiguen. ¿Quieres oír una?
Hizo una pausa y miró a la princesa. Ella seguía muda en su silla.
—Hace tiempo, Rezo oyó hablar de un amuleto mágico: el amuleto de la Reina Dragón del Agua. Era un objeto muy valioso. La leyenda decía que era capaz de curarlo todo y, por supuesto, el viejo quiso hacerse con él a toda costa. Pero el mercader que lo tenía se negaba a venderlo. Daba igual el dinero que Rezo le ofreciera, el idiota no cedía. Así que, una noche, me envió a mí a su casa —la noche entera pasó por los ojos de la quimera. El fuego. Las amenazas—. Sólo hizo falta una noche para que cambiara de opinión. Aún recuerdo su mirada de terror cuando mencioné a su hija y el llanto de espanto de su esposa. Esa fue la primera vez que me llamaron monstruo.
Amelia se removió en su silla, incómoda. El ambiente entero había cambiado. La luz parecía ahora escasa y, las cortinas verdes, demasiado espesas. En el centro de la habitación seguía dominado por la figura de Zelgadis. Estaba esperando. Esperaba ese mustio gesto de rechazo que había visto en otras tantas caras. Esperaba la reacción de espanto de la princesa. Lo que recibió, en cambio, fueron unas palabras:
—Sé… Sé que hiciste cosas terribles por Rezo. Pero sigo pensando que ahora eres bueno.
Ahí estaba otra vez. Ese sentimiento de culpa tan humano. Esa marea de náusea y debilidad que lo asolaba todo. Monstruo, monstruo, monstruo. Pobre Amelia. Seguía tan ciega, tan equivocada… Él no era bueno. Era un maldito bastardo.
—¿Te ha contado Lina alguna vez cómo nos conocimos?
Ella permaneció en silencio. Sus ojos color océano le miraban atentamente y parecían amenazar con hundirlo. Él desvió la vista y se acercó a ella, poco a poco.
—Lina tenía algo que Rezo quería, así que fui tras ella. La atrapé con un Shadow Snap aprovechando que apenas tenía magia y la até con una cuerda en medio de una sala. Hasta…
En ese momento, Zelgadis posó una mano en la silla de madera y cruzó otra mirada con la princesa. Vió sus ojos azules brillar ¿de espanto? ¿De pena? No pudo asegurarse. Amelia posó una mano sobre la suya y su mente se volvió confusa, turbia.
La culpa se solapó con la sorpresa. La náusea le hizo una pausa para tomar aliento. Mientras, ella se levantó y sus ojos azules volvieron a buscar los suyos color hielo. Estaban llenos de desafío.
—Yo no te tengo miedo, Zelgadis.
No era así como tenían que acabar las cosas. No era así como él debía sentirse. Ahora no sólo se sentía culpable por las acciones de su pasado, sus intentos de echar a Amelia le machacaban también por dentro. Monstruo. Monstruo. Monstruo.
—Yo…márchate. Por favor.
—Pero…
Sentía el oleaje de sentimientos remover su interior. Sus músculos se tensaron. Su ser se desbordó de emociones.
—¡Largo!
Con cuidado, la mano de Amelia dejó de hacer contacto con la de la quimera y él se giró para no verla. Aún así, oyó la madera del pasillo crujir bajo su peso y sus pisadas discretas hacia las escaleras.
La puerta se cerró y Zel se quedó, por fin, a solas con sus pensamientos. Una única palabra dominaba su mente. Se repetía de forma rítmica, como un pulso, como un estribillo: monstruo, monstruo, monstruo.
