Capítulo 3
La mañana amaneció parda entre las cortinas verdes y encontró a Zelgadis despierto sobre la silla de madera. No había pegado ojo en toda la noche. Lo que ayer había sido una marea de malestar, ahora era un tsunami de remordimientos. Su mente seguía atascada en esa eterna cantinela y, cuando ésta le daba un respiro, entonces sus pensamientos volvían a la conversación de ayer. Veía los ojos desafiantes de Amelia y oía el lastimero "pero" que había salido de la boca de la princesa; el furioso "largo" que había salido de la suya después. La quimera lanzó suspiró. Se sentía como una auténtica mierda.
Poco a poco, la posada fue despertando de su letargo. Las tablas del pasillo crujían bajo pies dormidos y el murmullo de unas voces subía desde el comedor.
No quería bajar. No quería enfrentarse a la mirada azul de Amelia ni a los ojos encendidos de Lina. Hoy quería estar sólo. Quería dejar de pensar, dejar de sentir. Su cabeza coqueteó un momento con la idea de salir por la ventana y ahorrarse el mal trago. Después de todo, ¿por qué no? Tenía su espada y su macuto consigo. Y era tan sencillo… Pero luego se acordó. Mierda. Tenía que encontrar ese jarrón del Amo del infierno. Era su única pista para salir de ese horrendo cuerpo.
El muchacho se puso de pie despacio y recogió su capa del lavabo. Se acercó con cuidado a la puerta y tomó un poco de ese aire cerrado.
—Allá vamos.
Se subió la máscara hasta la nariz y bajó despacio los escalones del pasillo. Ya por la mitad, agudizó el oído: en el murmullo del comedor no había rastro de los aullidos de Lina ni tampoco de la risa irritante de Nama. Con un poco de suerte, aún no habían bajado. Eso le daría unos minutos más. Un tiempo precioso para masticar y digerir ese malestar.
El comedor estaba a reventar y la mezcla de realidades fue hasta dolorosa para sus sentidos. Los olores golpearon su nariz nada más entrar: olía a pan tostado, a café, a sobaco y huevos revueltos. Después vinieron los colores: el marrón de la madera se juntaba con el blanco de la cal y con el amarillo del sol, con hierro desgastado de las ventanas. Y, entre ese mejunje de colores, destacaba una melena roja.
Mierda.
Lina y los otros cuatro compañeros estaban sentados a la mesa: la armadura chirriante, el peluche, el mercenario y la princesa. Cada uno de ellos le lanzó una mirada distinta al verle bajar las escaleras. La de Lina fue con extra de rencor y guarnición de maldad.
—Buenas.
—Ugh —contestó ella.
Zel le hizo una seña a la camarera para que le sirviera un café y, mientras esperaba, barrió con una mirada la mesa. Todos parecían saber de su pequeña discusión con Amelia. Todos y cada uno tenían distintas frases escritas en los rostros. En el ceño fruncido de Pokota se leía "te lo mereces, por capullo", mientras que la sonrisa torcida de Gourry parecía decir "ayer te pasaste, amigo." La cara metálica de Nama le era un misterio, pero los ojos de Lina transmitían sus intenciones alto y claro. Decían "de esta no te escapas, guapo." Y Amelia… oh, Amelia. Su mirada rehuía la suya, sus manos se aferraban con fuerza a una taza vacía.
Otro tsunami de culpa le sobrevino. Capullo.
El café llegó y el grupo comió en silencio. De vez en cuando, Lina le arrancaba unas tortitas a Gourry del plato, pero parecía hacerlo por inercia. No había gritos triunfantes ni fieras peleas. Sólo se oía el sonido de sus bocas al masticar y el chirrido de Nama al mover su armadura. Cuando se terminó la comida, la máscara de Zel volvió a cubrir su boca y Amelia se levantó la primera:
—Voy a pagar la cuenta —musitó.
Y, cuando desapareció por la puerta, los miembros fueron dando distintas excusas para escapar también de la mesa:
—Me voy a entrenar —dijo Gourry.
—Nama se va con él —añadió rápido la armadura.
—Yo…yo tengo cosas que hacer —contestó Pokota.
—Y yo… —empezó Zelgadis.
—Tú te quedas.
La última voz pertenecía a Lina. Su voz sonó aterradora, pero más terrible fue su mirada. Fue tan afilada como una espina. Fue amenazadora como la muerte misma.
—Siéntate, Zelgadis.
La quimera volvió a sentarse y el resto del grupo puso pies en polvorosa.
—¿Qué quieres? —dijo su amigo de mala gana.
Al otro lado de la mesa, Lina entrelazó las manos y entrecerró los ojos, repasando con la vista a su amigo.
—Mira, no sé qué le has hecho exáctamente a Amelia y no voy a meterme en ese terreno. Eso es entre tú y ella.
—¿Pero?
Había un "pero". Con Lina siempre había "peros."
—Pero, sea lo que sea, vas a arreglarlo.
—¿O qué? —respondió él.
Ella no respondió a la provocación. Una sonrisa escaló su rostro y, cuando despegó los labios, la quimera supo exactamente lo que saldría de su boca.
—¿Amelia? —dijo con voz angelical y a todo pulmón— ¿Puedes venir un momento?
Después la muchacha se giró hacia su amigo y su voz volvió a sonar grave, peligrosa.
—Arréglalo, Zelgadis Greywords. O tu aspecto será el menor de tus problemas.
Lina le sostuvo la mirada un momento más, hasta que los pasos de Amelia se oyeron de nuevo en el comedor y la princesa entró por la puerta. Ahí, su gesto cambió. Pasó de ser amenazador como un dragón a ser dulce e inocente.
—¿Me llamabas? —preguntó Amelia.
—¡Amelia! Si, si. Mira, justo estaba Zel diciéndome que se moría de ganas por hablar contigo.
—Lina…
Si las miradas mataran, Lina sería ahora poco más que una papilla. Zelgadis la estaba fulminando con la mirada y ella, a cambio, le devolvió una espléndida sonrisa.
—Os dejo solos ¿de acuerdo? Pasadlo bien.
El chico le lanzó otra mirada envenenada a la hechicera y, a continuación, la vio desaparecer por la puerta. Por su parte, la princesa, que había estado todo el rato detrás de la quimera, no captó ninguna de esas miradas asesinas.
—¿Es eso cierto, Zelgadis? —preguntó ella—. ¿Querías hablar conmigo?
Él se giró para encararla. Su boca estaba prieta en una fina línea carmesí y sus ojos seguían rehuyendo su mirada. Estaba ¿triste? ¿Enfadada? No estaba seguro.
—¿Y bien?
Enfadada. Definitivamente enfadada.
Pero lo peor, lo peor de todo, es que se lo merecía. Se lo decían las olas de náusea que recorrían su ser, el gesto pérfido de Lina, hasta la sonrisa triste de Gourry. ¡Qué demonios! hasta su sentido común se lo decía. Le gritaba alto y claro: "Te lo mereces, por capullo." Por algún extraño motivo, su sentido común compartía lenguaje y mal genio con un peluche de medio metro.
Zelgadis ahogó un suspiro. Estaba atrapado entre una princesa y una aterradora hechicera y, de nuevo, no había dónde escapar.
—Sí —dijo por fin—. Quería disculparme.
—¿Porque te ha dicho Lina que te disculpes?
—S—no.
Mierda.
Una de las cejas de Amelia se alzó un poquito.
—Bueno, sí. Pero esa no es la única razón. Yo… no debería de haberte gritado. Lo siento, Amelia.
—Gracias —respondió ella.
Hubo una pequeña isla de silencio en el mar que era el comedor. A Zel le gustaban esos pequeños momentos. No resultaban tensos, como ocurría a veces cuando estaba con Gourry. Tampoco eran imperativos, como los que compartía con Lina. Estos eran, simplemente, silencios, y él los disfrutaba. Le permitían oír la respiración tranquila de Amelia y ver cómo sus labios se curvaban cada vez que contenía una pregunta.
Ahora, esos labios se curvaron, despacio, casi a regañadientes.
—Venga —le animó él—. ¿Tienes una pregunta, verdad?
—Sí.
Por primera vez desde esta mañana, sus ojos buscaron los suyos.
—Quiero saber qué ocurrió ayer, Zelgadis. ¿Qué pasó? ¿Qué te pasó?
Ese ritmo perverso volvió a su mente: Monstruo, monstruo, monstruo. Las olas de culpa agitaron sus sentimientos y sus manos se apretaron en puños.
Su boca se fue a abrir en una mentira, pero después se lo pensó mejor. Eso no funcionaría con Amelia. Ella lo conocía demasiado bien.
—Se me pasará. No te preocupes.
Esas fueron las palabras que salieron de su boca. Sus gestos, por su parte, escondía otras. Sus puños apretados señalaban la incomodidad de la quimera y en su ceño se leía "no me presiones. No preguntes."
—¿Ancla? —preguntó entonces ella.
—Ancla —respondió él.
Ese término formaba parte de un código. Era su palabra de seguridad. Su trinchera. Hacía referencia a aquella terrible vez que fueron a cazar un dragón de lago, a aquel episodio del que no se hablaba. Gracia era ancla, Rezo era ancla y, por el momento, la intimidad física también lo era.
Amelia le lanzó una triste sonrisa y le dió un pequeño tirón de la capa de la quimera antes de que ésta pudiera irse.
—Si… si en algún momento quieres hablar, ¿me lo dirás?
Ahora fue el turno de la quimera de esbozar una sonrisa. La princesa casi podía ver su contorno bajo la máscara.
—Descuida.
Después, el chico se dió la vuelta y volvió por donde había venido, escaleras arriba.
No se iba. No se iba. El día daba paso a la tarde y ese pensamiento seguía clavado en su memoria. Las llamas lamiendo la casa del mercader, la sensación acuciante de culpa.
Mientras, el grupo seguía atrapado en ese pueblo. Lina había contratado a un capitán de barco que les llevara a la próxima ciudad pero, por desgracia, la embarcación no salía hasta el día siguiente. Así que esa tarde los seis amigos se entretenían como podían. En el patio, Gourry se entrenaba matando enemigos imaginarios y Lina enterraba la nariz en un libro. De vez en cuando, la hechicera también lanzaba alguna mirada fugaz al torso desnudo del mercenario. En el comedor, Pokota, Nama y Amelia jugaban a las cartas. De Zelgadis, en cambio, no había el menor rastro. La quimera apenas había abandonado su habitación en todo el día y, cuando la hacía, siempre llevaba su máscara color arena.
Él seguía atrapado en ese bucle de malestar, en ese tsunami lleno de esquirlas del pasado.
Un grito recorrió el pasillo del hostal y heló la sangre de los que aún no dormían. Era un grito de angustia.
Zelgadis se despertó de golpe y, para su asombro, descubrió que era él quien gritaba. La quimera había conseguido cerrar los ojos un momento y las aguas de sus océanos de culpabilidad se habían colado también en sus sueños. Había soñado con Rezo, con ese pobre mercader asustado, con…
Unos golpes secos sonaron en la puerta de su habitación.
—¿Todo bien, amigo?
Era la voz de Gourry. De fondo, se oía también el murmurar de Lina, el chirrido de la armadura de Nama.
—¿Echamos la puerta abajo?
Sí, esa era Lina, no había duda.
—No —contestó él—. Estoy bien. Volved a la cama.
¿Lo estaba? No era la primera vez que tenía pesadillas. Eran muchas las noches que se quedaba en vela. Y, aunque intentaba ser discreto, Amelia lo había sorprendido más de una vez leyendo de madrugada. Sin embargo, esta era la primera vez en mucho tiempo que gritaba en sueños. Por su estómago subieron olas de náusea con regusto a café. La quimera enterró el rostro entre las manos y escuchó cómo la madera crujía bajo los pies de sus amigos. Todos volvían de nuevo a sus camas. Todos menos…
—¿Zelgadis?
Amelia. La princesa seguía detrás de la puerta de madera. Zel podía oír sus pies inquietos, su respiración suave contra la madera.
—¿Seguro que estás bien?
Él no respondió. Sabía que, aunque hubiera una puerta de por medio, Amelia vería su mentira.
—¿Puedo pasar?
—Está bien.
No tenía sentido intentar impedírselo. Puede que Lina fuera cabezota como una mula, pero Amelia era obstinada cómo sólo puede serlo alguien de la realeza. Además, tampoco estaba seguro de querer estar sólo.
La quimera salió de la cama y se ajustó la máscara. Después, encendió la lámpara de queroseno y su luz iluminó el pijama gris de la princesa. De pronto, el momento se le hizo muy íntimo y, la habitación, muy pequeña.
Por su parte, la princesa pareció no darse cuenta. Tomó prestada la silla de madera y se sentó en ella. A continuación se llevó una mano a la barbilla y dejó la cabeza descansar sobre esos nudillos blancos.
—Habla conmigo, Zelgadis. Sé que dijiste ancla y no quiero presionarte, pero… es obvio que algo te está afectando. Algo que te está comiendo por dentro.
La frase fue algo a medio camino entre una súplica y un susurró. La quimera lanzó un suspiro y se sentó en la cama sin hacer. Un fino silencio envolvió la sala, mientras él sopesaba sus opciones y ella miraba.
—Vamos. Papá siempre dice que…
—¿Uno se queda mejor después de soltarlo todo? —dijo él con sorna.
Maldito Phil. Las olas seguían barriendo su cuerpo al son de las pesadillas, de los recuerdos. Pero… quizás tuviera razón. Guardárselo todo para sí no estaba dando resultado. Tras la pesadilla, sentía el corazón acelerado y un peso extraño en el estómago. ¿Debería contárselo? Él contempló primero la llama naranja de la lámpara y, después, sus ojos del color del mar. Quizás…
Pero no. No podía. Por un momento pensó en soltarlo todo, en confiarse a ella y esperar… ¿Qué? ¿Compasión? ¿Comprensión acaso? Era demasiado bonito para ser verdad. Era demasiado sentimental para que saliera de sus labios.
—Lo siento, Amelia. No puedo.
En protesta por sus palabras, las olas de su ser se removieron. La culpa y la náusea volvieron a su garganta y la quimera cerró los ojos.
—No pasa nada, Zelgadis. Está bien. Esperaré el tiempo que haga falta.
El tiempo había hecho que los dos supieran leer entre líneas. Así, el chico sabía que cuando Amelia decía "pero", en realidad quería decir "no" y, ella sabía que, cuando él decía que algo "no es nada", en realidad escondía un educado "Déjame. No quiero hablar del tema." Ahora, leyó entre líneas su última frase y dijo en voz alta:
—No piensas dejarlo estar, ¿verdad?
—No.
—¿Por qué?
—Porque me importas, Zelgadis.
Lo dijo con toda la naturalidad del mundo, como si no fuera la primera vez que decía algo similar, como si esta no fuera la vez que más cerca habían estado de la intimidad. Zel la miró a los ojos. Quizás…
La quimera estaba dividida entre el deseo de soltarlo todo y la angustia de hacerlo. Era tan fácil como despegar los labios. Era tan sencillo como dejar de contener el aliento. Era sentimental, sí, pero, unas pocas palabras y Amelia se retiraría. Una pequeña dosis de verdad, y la princesa quedaría asqueada de su debilidad, de su persona.
La culpa y la náusea borboteaban en su ser y parte de él sabía que no debía dejarse llevar. Sabía que tenía que subirse aún más la máscara y poner un ancla de por medio. Lo sabía y, sin embargo, dijo:
—No sé si es algo que quieras oír, Amelia.
—No importa. Quiero saberlo.
Otro de los suspiros de Zelgadis llenó el silencio.
—Está bien. Si tanto quieres saberlo, te lo diré. Es el pasado. El pasado me está reconcomiendo. Lo que te conté del mercader, lo que te dije de Lina… No lo dije para asustarte, Amelia. Todo es cierto. Todas mis acciones me persiguen y me atosigan —hizo una pausa para tomar aire, pero se quedó en eso, en un intento. Cerró los ojos—. Y estos días ha ido a peor. Estos días …
Monstruo.
—Sigue —lo animó ella—. No pasa nada.
Una de sus manos se escurrió hasta posarse en la colcha verde, un poco más cerca de la suya. Él no se dió cuenta. La marea de náusea había vuelto a tomar el control y ahora todo era culpa.
Monstruo.
—Estos días todo esto me puede y me supera, Amelia. Me perturba a todas horas. Me agobia.
—Entiendo.
Monstruo, monstruo, monstruo.
—No lo entiendes. Todo lo que hice prueba que tienen razón, ¿no lo ves? Hace mucho que dejé de ser el que era —su voz pareció rendirse por fin a la evidencia, se volvió grave, lenta. Después, escupió esas palabras que tanto le angustiaban—. Ahora sólo soy un ser terrible. Un monstruo.
—Eso no es cierto.
La mano de la princesa trató de agarrar la suya azulada. Pero él la retiró. No quería su compasión, ni siquiera esos absurdos quizás a los que se aferraba. Quería el desprecio que se merecía. Quería que le dejaran sólo.
—¿Cómo que no? ¡Por Ceiphied! ¡Mírame, Amelia!
Sus manos de piedra aferraron la silla de madera y acercó su rostro al de la princesa. Ella se fijó en sus cejas afiladas primero, en sus ojos de hielo después. Su mirada era seria, desafiante, y ella lo encaró con la misma mirada en sus ojos azules.
—Te veo, Zelgadis. Y sé que, pese a todo, ahora eres una buena persona.
Las manos que agarraban la silla perdieron fuerza. Y la mirada que antes fue desafiante ahora se tornó turbia y confusa.
No lo entendía.
—Pero, ¿has escuchado algo de lo que te he dicho?
—Sí.
No lo entendía.
—Sí —continuó ella—. Y también estuve ahí cuando me salvaste de Garv, cuando nos ayudaste a proteger Saillune o cuando le plantaste cara a Phibrizzo. Puede que no estés orgulloso de tu pasado, puede que hicieras cosas terribles, pero has cambiado. Ahora no sólo eres mi amigo, mi guardaespaldas, ahora eres un hombre bueno.
Otro pequeño silencio se hizo en la habitación. Los dos se quedaron inmóviles y la llama de la lámpara fue, durante unos segundos, la única prueba del paso del tiempo.
—Y, ¿quieres saber una cosa? —añadió ella—. Todo lo que me contaste ayer… todo eso ya lo sabía. Impresiona igualmente oírlo de tu boca pero…
—Espera, espera. ¿Cómo que ya lo sabías?
La princesa asintió en silencio y después una sonrisa escaló por su boca.
—No creerás que mi padre contrata a la gente sin investigarla primero, ¿verdad?
—Pero entonces ¿cómo…? ¿Por qué?
—Ya te lo he dicho, Zelgadis. Mi padre leyó todos los informes de tu pasado, pero también se enteró del bien que hiciste: de las personas a las que ayudaste estando con Rezo, de las veces que me ayudaste a mí, a Lina, al mundo. No eres una mala persona, Zelgadis. Y desde luego no eres un monstruo.
Por primera vez en mucho tiempo, Zelgadis se había quedado sin palabras. Su boca se abría y cerraba bajo la máscara, como una marioneta de tela, como un pez fuera del agua.
La princesa aprovechó esa pequeña pausa para rozar, con sus manos blancas, la suya color añil. La marea de culpa dió por un momento paso a la duda y, ese quizás de antes, aleteó ahora con fuerza.
—Y da igual que tú no lo creas. Te lo recordaré las veces que haga falta.
En ese momento, Amelia le bajó con cuidado la máscara. Y, detrás de la tela color arena, encontró sus labios azules curvados. Detrás encontró una tímida línea que, sembrada de débiles quizás, se extendía poco a poco por su cara.
Y ¿sabéis qué? Phil tenía razón. Soltarlo todo había hecho que Zel se sintiera mejor. Oh, la culpa y los remordimientos seguían ahí, desde luego. Pero ya no sentía que se ahogaba en ellos. El tsunami de náusea que era su cuerpo ahora era apenas una marea, un riachuelo.
Así, quimera y princesa quedaron suspendidos en la noche. Los dos quietos, juntos. Compartían ese silencio que tanto amaban, compartían un momento tierno. Pasó una eternidad, luego dos y quizás tres, hasta que alguno de los dos se movió. Zelgadis tomó la mano de la princesa y, por primera vez en dos días, sintió cómo las voces de su cabeza se marchitaban, cómo esos débiles quizás florecían.
