Nota de autora: ¿Holaaaaaaaaaaa? ¿Hay alguien con vida? Lo dudo mucho... Bueno, pues sé que llevo más de un año sin actualizar esto y que la mayoría de ustedes habrá migrado a otros ships, pero esta historia por ser de índole personal me sigue martillando la cabeza y no me deja en paz, así que... Ta-da, aquí estoy. Igualmente estoy en otros dos ships (She-Ra y The Owl House) y me gustaría escribir acerca de ellos y necesito sacudirme el polvo. Han sido unos meses caóticos pero las ganas de escribir han retornado y espero que haya alguien ahí fuera leyéndome. Cuídense mucho, ¿sí? Y si están vivos dejen algún comentario. Creo que probaré suerte publicando en otras plataformas también.


Capítulo III: Narc


— ¿Entonces qué debía hacer? ¿Dejarla caminar hasta su casa bajo la lluvia?

—No me parece retribución suficiente pero hubiera sido un buen comienzo. —respondió Fionna llevándose una papa frita a la boca.

— ¿No se supone que Bonnibel es tu amiga?

—Amiga de la familia. —Se encogió de hombros. —Si te molesta que esté de tu parte en esto, dilo.

—No seas boba. Es obvio que no me molesta, pero ignorarla no va a borrar lo que hizo.

— ¿Sabes lo que creo? —Fionna entornó los ojos y le dio esa sonrisa coqueta suya. —Creo que solo estás buscando una excusa.

— ¿Excusa? —cuestionó Marceline alzando una ceja.

—Sí. —Fionna se reclinó en el asiento y cruzó los brazos bajo el pecho con expresión triunfal. —Vienes y dices que no quieres ni cruzártela por tu camino, pero creo que en el fondo sí que quieres hacerlo.

Marceline la miró muy seria, pero Fionna no dejó de sonreír. La verdad es que se había quedado sin palabras y seguía rebuscando en los cajones de su cabeza esperando encontrar una respuesta lo suficientemente inteligente.

—Quiero decir… —continuó la rubia mientras tomaba una alita de pollo y la embarraba de aderezo aunque sin mucho interés. —Yo entiendo, o creo que lo hago. Lo que ustedes tuvieron fue… complicado, e intenso.

—Tú no entiendes nada. —le replicó. —Si lo entendieras sabrías que no, no estoy buscando un pretexto para hablar con ella.

Era obvio que Fionna no se creía semejante patraña. La observó por segundos que parecían extenderse más de lo normal hasta que negó con la cabeza en desacuerdo. Al parecer estaba dispuesta a dejarlo por la paz y Marceline celebró por dentro.

—Bueno, ya pasó. Ya tuviste la oportunidad de ser el caballero de armadura brillante con ella.

Se quedaron calladas; Marceline se daba golpecitos en el antebrazo con un dedo, siguiendo el ritmo de la canción que estaba sonando en ese momento. El bullicio de La Casa del Árbol era una de las pocas cosas que alguien podría extrañar de un lugar como Sorrow Port; incluso daba la impresión de ser un bar de una ciudad más grande. No era una broma decir que ir ahí era una de las pocas cosas que un lugareño podía hacer una noche de viernes o en un fin de semana. Marceline había estado en bares y restaurantes más grandes, más agradables, más refinados, pero tenía una debilidad con La Casa del Árbol y ni siquiera se explicaba por qué.

"Glob… ¿acaso la conversación murió cuando salió el tema de Bonnibel?"

En ese momento la canción dio paso a otra que conocía muy bien y sonrió.

—Yo escribí esa canción. —comentó y empezó a tocar un bajo en el aire.

— ¿Es en serio? —Fionna abrió los ojos desmesuradamente y esa expresión le dio el aspecto cómico de una niña impresionada.

—Ajá. Esa banda aún no es muy conocida, pero se harán rápidamente de un nombre, te lo puedo asegurar.

—Sí… No me suena haberla escuchado antes. —desvió la mirada y apoyó la cabeza sobre su mano, dándose el tiempo para escucharla con detenimiento. —Es muy buena. La banda es talentosa, pero tu canción hace el trabajo sola.

She found a lonely sound
She keeps on waiting for time out there
Oh love, can you love me babe?
Love, is this loving babe?
Is time turning around

—Me sorprende un poco escucharla aquí. Debería ir a estrecharle la mano a quien quiera que esté a cargo de poner la música. —dijo obligándose a reprimir la dosis de orgullo y autocomplacencia que sintió al escuchar a Fionna opinar sobre su canción.

—A veces me parece tan irreal que la rara del pueblo ahora sea la persona más cool que vaya a conocer en la vida. —le dijo tomando un trago de su cerveza.

Marceline puso los ojos en blanco pero no pudo evitar sonreír.

—Creo que a todo mundo le parece rarísimo.

—Eres lo más cercano a una celebridad que conoceremos.

—Es mucho menos glamoroso de lo que te imaginas.

—Da igual. Vives lejos, en una gran ciudad y trabajas en un gran edificio. Viajas mucho, ganas una buena pasta y estás en el medio de la música. Además siempre te ves genial.

Eso la hizo reír… Aunque algo de cierto tenía. La Marceline que todos conocieron fue una muchacha de aspecto desharrapado que trabajaba para un contratista local y solía sentarse en el garaje de su casa para tocar el bajo y cuyo nombre sonaba ocasionalmente cuando se metía a algún concurso de escritura. Era taciturna, un tanto solitaria y que fuese hija de Hunson Abadeer no ayudaba en nada a su situación.

Era estúpido, pero… había obtenido tantas cosas a través de los años y todo lo que podía pensar en ese tiempo era en qué pensaría Bonnibel de ello. Al comienzo de su prometedora y sólida carrera solía preguntarse si estaría orgullosa de ser su amiga y si tal vez, solo tal vez, podría llegar a interesarle de otra forma. Su pregunta recibió una respuesta en la que aún a ese día prefería no pensar. Era agua bajo el puente ya, pero a veces lo recordaba y sentía una punzada de dolor que incluso le hacía gemir lastimeramente en ocasiones.

—Oye, lamento si interrumpo tus cavilaciones, pero mira quién está aquí. —Fionna señaló con la cabeza hacia su derecha y Marceline dio un respingo, avergonzada de haberse quedado absorta en sus recuerdos, volteando a ver hacia donde Fionna apuntaba.

Pero cómo no. Apretó los labios en una delgada línea y mejor devolvió la vista hacia su plato, aunque ahora sentía algo raro en el estómago y su apetito se esfumó.

Bonnibel entró acompañada de su tía y su molesto primo, acomodándose en una mesa alejada de la de ellas, cosa que le hizo suspirar de alivio, por lo menos.

Fionna observaba a los recién llegados con una sonrisilla, mientras masticaba la punta de otra papa frita con tanta parsimonia que resultaba desesperante verla.

—Es increíble el efecto que aún causa en ti.

—Fionna, por favor. —Le suplicó cerrando con fuerza los ojos y suspirando.


La Casa del Árbol no era un lugar que su tía soliese frecuentar, al menos no para quedarse —le gustaba más pedir comida para llevar — pero a Bonnibel le daba la impresión de que no quería permanecer inmersa en el aplastante silencio de la casa y prefería pasarla en medio del bullicio y aglomeramiento del popular restaurant-bar.

A Bonnibel le daba lo mismo… Tendría que estar junto a ella en la casa y tendría que estar junto a ella en el bar. En lo personal ella prefería pasarla en la segunda opción, porque al menos la música y el ruido de las pláticas ajenas podrían mantenerla distraída.

La tía Lolly eligió una mesa normal. Le gustaba hacer eso por si a alguien se le antojaba subir al escenario para cantar algo. Chuck y Bonnie se sentaron a su lado, abriendo sus menús al mismo tiempo.

—Sí que está muy animado para haberse oficiado un funeral hace tan poco. —comentó ella con un tono ligeramente acusatorio.

—Y qué bueno. —añadió Chuck. —Me fastidia la gente deprimida.

— ¡Chuck! —lo reprendió su tía dándole un manotazo en el brazo, aunque él ni se inmutó. —Ten más respeto.

— ¿El mismo respeto que esta gente está mostrando? —Chuck alzó una ceja y rio, negando.

—La vida sigue, tía Lolly. —aportó Bonnibel en voz baja pero aún así su tía la escuchó.

La tía Lolly la miró con incredulidad e inspiró hondo antes de hablar:

—Ya sé que la vida sigue, Bonnibel, pero me parece un poco insensible que…

— ¿De qué hablas, mamá? Si ahí está la prima de Billy tan fresca, almorzando con una amiga. Si ellas pueden pasar un buen rato nada nos lo impide a nosotros.

Fue entonces que Bonnie volteó hacia donde Chuck señalaba. Fionna estaba en un gabinete alejado de su mesa, frente a alguien con una inconfundible cabellera negra que se mantenía cabizbaja.

El corazón le dio un vuelco… No esperaba verla tan pronto. Sabía que terminarían coincidiendo —y lo anhelaba, incluso —pero no esperaba que fuese el mismo día. Sin embargo Marceline no parecía demasiado interesada en lo que pasaba alrededor, pues permanecía en la misma postura mientras le hablaba a Fionna, quien respondía animadamente mientras la otra solo gesticulaba.

Bonnie se concentró en responder a la conversación de Chuck y su tía, aunque sin prestar atención en realidad. Se mantenía bastante pendiente de los movimientos de Fionna ya que no podía ver directamente a Marceline.

— ¿Con quién está Fionna? —preguntó su tía notando hacia dónde se dirigía su mirada.

—Con Marceline. —respondió automáticamente.

— ¿Marceline? —su tía alzó las cejas con sorpresa. — ¿Tu Marceline?

Sintió algo extraño en el estómago al escuchar a su tía referirse de esa forma a Marceline, pero asintió.

—Sí, tía. Mi Marceline.

—No sabía que fueran amigas. —intervino Chuck.

—No lo eran. Aparentemente todo es muy reciente.

—Eso sí que es una sorpresa. Nunca pensé que Fionna gustaría de semejantes compañías.

—La gente cambia. —A Bonnie no le hacía ni pizca de gracia hablar de cómo su Marceline ahora era tan cercana a Fionna Mertens.

— ¿Ah sí? ¿Entonces tu Marceline también ha cambiado? Esa sí que es una sorpresa.

—Supongo.

Ella apartó la mirada esperando que su tía y su primo hicieran lo mismo, pero maldijo por lo bajo al ver que seguían observando al par sentado a varias mesas de ellos.

Suspiró. Si ambos estaban mirando sin discreción ya daba igual si ella hacía lo mismo, ¿no? De modo que volteó justo para ver cómo Fionna se ponía de pie y comenzaba a tirar de Marceline por la ropa.

Aquello captó su atención; Fionna tiraba de Marceline y se la llevaba a trompicones al pequeño escenario del lugar, donde había un viejo piano y algunos instrumentos preparados. La Casa del Árbol era bien conocida por su flexibilidad para dejar que la gente subiera y tocara lo que se le viniese en gana, siempre y cuando lo hiciera bien.

A lo lejos pudo ver que Fionna hablaba animadamente mientras la otra chica trataba de regresar a su lugar, negando con las manos. Al final la rubia se colgó de su brazo y le murmuró algo al oído… Al parecer eso le hizo cambiar de opinión, ya que se sentó frente al piano y empezó a tocar.

Bonnie no reconoció la música al principio, pero cuando Fionna tomó el micrófono sobre el pedestal y comenzó a cantar Suddenly I See.

Marceline se mantenía concentrada en el piano y tenía una expresión seria, pero Bonnie sabía que se lo estaba pasando bomba… Ella simplemente sabía cuando su otrora mejor amiga disfrutaba algo. Pudo ver que esta seguía la letra de la canción con los labios, como si hiciera un lip-sync y su expresión solo cambiaba cuando Fionna le acomodaba el cabello, lo cual le hacía sonreír con timidez.

No tuvo mucho tiempo para sentirse molesta ante tal escena porque su tía decidió romper el momento con un mordaz comentario.

—Vaya. Quién diría que la rarita iba a resultar tan talentosa. —comentó y Bonnie percibió en su voz algo parecido al respeto. Bonnie recordaba lo dura que había sido con Marceline cuando esta iba a su casa para practicar en el piano que tenían en la sala de estar. —Jamás lo habría pensado con todas esas veces que tuve que corregirla.

—Ella siempre ha sido talentosa. —replicó esta con más frialdad de la que pretendía imprimir en sus palabras.

Chuck y su tía voltearon a verla con auténtica sorpresa y curiosidad plasmada en las simplonas caras, su primo dándole una sonrisita desagradable. Adicionalmente Lolly la miró extrañada, pero lo dejó pasar. Bonnie agradeció esto aunque se retractó enseguida. La tía Lolly siempre sería ella.

—De haber sabido que sería tan exitosa mejor te hubieras quedado con ella, ¿no crees?

Si Bonnie hubiese estado bebiendo algo en ese momento lo habría escupido como en alguna película de comedia… ¿Era en serio lo que su tía le decía? Y peor aún, ¿por qué hacía ese tipo de comentarios?

— ¿A qué te refieres?

—Por Glob, Bonnie. —Lolly puso los ojos en blanco y soltó un melodramático suspiro. —Era una broma. Ella siempre te ha seguido como si fuera un cachorrito perdido y a todos nos hacía gracia.

Chuck soltó su desagradable risa burlona y Bonnie sintió el impulso de estamparle la cara contra la mesa. No le agradaba nada el comentario de su tía.

La canción terminó y todos alrededor estallaron en vítores. Fionna sonreía de oreja a oreja y abrazó a Marceline, que seguía sentada frente al piano y no dejaba de tocar… Al parecer tenía ganas de seguir ahí a pesar de su reticencia inicial.

Empezó a tocar alguna otra canción pop que Bonnie tardó en reconocer. Para cuando la tercera canción comenzó el bar entero estaba concentrado en escucharla y rugían de entusiasmo cada que terminaba.

Pero claro que Fionna podía salir y divertirse a pocos días de la muerte del primo junto al que se había criado… Fionna era la chica dorada del pueblo: tan hermosa que podría haber pasado por actriz, atlética, hermana de dos talentosos jóvenes que pusieron a su escuela secundaria en el mapa de las competencias deportivas. La joven Mertens podría haber hecho cualquier cosa y se vería bien por el simple hecho de ser ella.

Tal vez era la única persona que se vería genial junto a Marceline… Su cambio había sido paulatino pero ahora le parecía abismal: la joven que antes iba de punto a punto en el pueblo usando guantes de carnaza y botas de seguridad ahora lucía como si cada mañana un equipo de expertos en moda la asesoraran… Hasta donde sabía igual y esto podía ser verdad. No era como que hubiese hablado mucho con Marceline en los últimos dos años para saber esto.

Ahora en el escenario había un grupo de chicas. Se acercaron a la joven sentada frente al piano para decirle algo mientras Fionna asentía con emoción. La morena se encogió de hombros y comenzó a tocar mientras las chicas se peleaban el micrófono y se turnaban para cantar.

—Te está mirando. —le murmuró Fionna al oído y sintió su piel erizarse.

—Ya sé que me está mirando. Sería difícil que no lo hiciera si estoy en el escenario.

—Pues ha llegado tu hora de lucirte. Quiero cantar Don't Stop the Music. Apuesto a que te sale genial en el piano.

Marceline sonrió de lado… Por supuesto que le salía genial.


Abrió los ojos, frotándolos pues le escocían. Seguía sintiéndose cansada pero su cerebro estaba tan despierto como si hubiese descansado por ocho horas seguidas.

Nada que hacer. Volteó a un lado viendo a Fionna dormir plácidamente y sintiendo su abrazo.

Aún le resultaba extraño… De todas las mujeres del mundo con las que podría haberse imaginado compartiendo cama —incluso fuera de un contexto sexual —Fionna Mertens habría sido una de las últimas y sin embargo ahí estaba, abrazándola al dormir mientras usaba una de sus camisetas viejas. Le resultaba tan raro y foráneo que no pudo evitar observarla un buen rato mientras pensaba en la última mujer a la que había tenido en esa cama… A la única, en realidad.

Debía detenerse ahí mismo: no era bueno recordar el pasado ahora que le estaba yendo tan bien. Pero su mente era caprichosa y alevosa cuando se trataba de Bonnibel.

"Ahora no, por favor", le rogó a su cerebro mientras miraba a Fionna y se concentraba en ella.

Se mordió el labio. Conocía bien las intenciones de Fionna, después de todo no era la primera ni mucho menos sería la última mujer heterosexual que mostrara interés en ella. A Marceline no le causaba conflicto alguno pasar transitoriamente por la cama de una mujer que quisiese experimentar y de hecho conservaba buenas experiencias similares, pero se sentía enloquecer poco a poco con las maneras tan sutiles y a la vez tan provocadoras de la muchacha. Además… Era raro, pero le agradaba su compañía. Puede que incluso pudiesen ser amigas de verdad.

—Más te vale que no estés pensando en lo que creo que piensas.

—Glob, me asustaste. —le respondió Marceline tomando aire. No se había dado cuenta de que Fionna llevaba un rato despierta y la observaba con interés apoyada sobre una de sus manos.

— ¿Eso fue un sí? —preguntó Fionna y chasqueó la lengua en desaprobación. —No debo dejar que te acerques a Bonnie otra vez.

—No, no es eso. —Tampoco se le apetecía decirle a Fionna que estaba pensando en ella.

—Ajá… —Fionna rio. Se incorporó a medias y se acercó peligrosamente a su cara. —Aun así, Bonnie debería hacerse a la idea de que hay un sheriff nuevo en el pueblo.

Y entonces se apartó, riendo. Salió cogiendo su bolso, donde llevaba su cepillo de dientes y las cosas que necesitaba por la mañana.

Marceline se llevó las manos a la cara y soltó un gruñido, dejándose caer de espaldas sobre la cama. Se suponía que debía evitar a Bonnibel en la medida posible y ya la había visto tres veces en el poco tiempo que llevaba de regreso. Lo peor era que no podía evitar preguntarse cómo se estaría sintiendo ella después de verla, si estaría intranquila o por el contrario, si no le podría importar menos. Las cosas definitivamente no le estaban saliendo como las había planeado, porque justo en la cima de todo lo que atosigaba su mente en los días previos al viaje, se encontraba "no dejar que su presencia le afectara". Era como si la vida supiese todo lo que se ocultaba en su mente y se quisiera burlar de ella.

Se oyó un golpeteo en la puerta y Hunson se asomó tímidamente.

— ¿Fionna se quedará a desayunar? —su padre agitó la cabeza, claramente confundido. Era obvio que aún no se acostumbraba a la nueva compañía de Marceline. —No tengo gran cosa… Solo unos Eggo's y suficiente café para los tres…

—Eso estará bien… La llevaré a su casa y compraré algo en el camino, ¿sí? No te preocupes.

—Uhm… Bueno. —Hunson tomó aire y parecía querer agregar algo más, pero lo interrumpió la cantarina voz de Fionna.

—Buenos días, señor Abadeer. —Fionna se había agarrado el cabello en una coleta y lucía radiante como una reina de primavera, no como una joven que acabara de despertar luego de una noche de fiesta.

—Hola, Fionna. —Hunson alzó una ceja mientras la rubia entraba en la habitación de su hija nuevamente, alzó una ceja e hizo una pregunta silenciosa a la que Marceline respondió poniendo los ojos en blanco y haciéndole una seña para que se fuera. El hombre carraspeó. —Bueno… Eh… Fionna, le decía a Marceline que hay café recién hecho en la cocina. Les dejo.

Cerró la puerta y Fionna volteó a ver a Marceline con una sonrisita.

—Eso sí que fue incómodo. No tengo idea de cómo sacarle una conversación casual a tu padre… Estuve a punto de preguntarle cómo va la funeraria pero…

—Por favor no lo hagas. —le rogó Marceline juntando las manos como si fuese a orar. —Lo último que necesito es que creas que se alegra cuando muere gente.

Fionna volvió a recostarse en la cama, adoptando la posición que tenía antes.

— ¿Marce?

— ¿Qué?

—Soy rubia, pero no tonta, o al menos no tanto… Lo sabes, ¿verdad?

— ¿A qué viene eso?

—Tal vez ya se te olvidó que Sorrow Port es un pañuelo, pero yo aún vivo aquí.

— ¿A qué viene eso?

—No pensaste en serio que no ibas a toparte con ella en algún momento, ¿verdad?

—Valía la pena creerlo e intentarlo.

La joven se incorporó, buscando su ropa desperdigada por la habitación. Marceline no reparó en ello hasta ese momento y entendió por qué su padre se veía tan incómodo. Cualquiera que viese la ropa tirada por ahí de esa forma pensaría mal y no acertaría.

Fionna comenzó a desvestirse, quitándose primero la camiseta gris y aventándola por ahí. Marceline apartó la mirada, sintiéndose enrojecer y escuchando cómo su amigase ponía la ropa que minutos antes levantó.

—Yo podría decirte todo lo que quieres saber acerca de su vida en los últimos años. —soltó Fionna de repente mientras se ponía la blusa con parsimonia.

— ¿Y por qué harías eso?

—Porque sé que quieres preguntarle de primera mano.

—Vaya. Sí que tienes razón.

— ¿En qué?

—Eres rubia, pero nada tonta. —respondió Marcy con una sonrisa socarrona.

—Estoy hablando en serio. —Fionna le aventó los pantalones cortos a la cara, riendo.

—Lo tendré en cuenta. Pero por ahora estoy bien. Ahora vamos por un poco de café y te llevaré a casa.


Bonnibel estaba sentada frente al viejo piano donde su tía daba lecciones. Hacía años, una jovencísima Marceline Abadeer se había sentado ahí mismo, fingiendo prestar atención a la tía Lolly mientras miraba de reojo a Bonnibel, quien le lanzaba miradas de complicidad mientras hacía los deberes. Ya antes le daba la sensación de que eso había pasado mucho tiempo atrás, y después de su distanciamiento le parecía que todo eso pasó en otra vida, quizás. Con todo, ella recordaba vívidamente los sonidos, las sensaciones, cómo Marceline hacía enojar a su tía… Al principio, Bonnie no sabía por qué Marcy gastaba dinero en lecciones de piano. Por lo que sabía, su tío le enseñó a tocar casi tan pronto como aprendió a caminar, pero ella nunca se lo cuestionaba. Le agradaba ver a Marceline en su casa, escuchar su risa y correr hasta ella para abrazarla cuando su tía no estaba viendo. Ahora era una extraña… Una forastera que estaba de visita en la pequeña ciudad que atestiguó los albores de un lazo otrora irrompible. Un lazo que Bonnie había roto.

Deslizó sus dedos con suavidad por las teclas y presionó. El sonido reverberó en la habitación y presionó una tecla diferente. Estaba maravillada aún por la Marceline que había visto la noche anterior: relajada, confiada y tan elegante. Hasta el día anterior, si alguien le hubiese dicho que un piano podía ser tan distinto al ser ejecutado por ella, no le habría creído. La Marceline que vio era tan diferente que estaba convencida de que era otra persona pero…

"Pero".

Seguía ahí. Lo sabía. La había visto. Y Marceline sabía que la había visto.

Su Marceline, como la había llamado la tía Lolly. La que fingía ser mala tocando el piano para pedirle clases y así poder estar cerca de Bonnibel.

Su Marceline, repitió.

Suya.

Tocó unas teclas más, dejando que el sonido la envolviera. Al final se puso en pie, sonriendo con nostalgia.

Su Marceline seguía ahí, y ella iría a buscarla.