DISCLAIMER: Los personajes de Orgullo y Prejuicio pertenecen a Jane Austen y sus herederos. Esta historia sí es de mi invención.
Mr Collins - Ministro
En sus dulces años de juventud, el señor Collins no era tratado con respeto. Tenía las cosas claras en la vida, y así se lo hacía saber a todo el mundo. "Cuando sea mayor, seré un ministro de la Iglesia". Y por eso, sus compañeros de la escuela le llamaban, despectivamente, Ministro.
Collins odiaba ese mote por muchas razones. En primer lugar, ridiculizaba sus aspiraciones. En segundo lugar, se burlaba de la santidad de los que ejercían la fe. Y, en tercer lugar, era un mote a mala fe.
Intentaba imponerse a sus compañeros, pero la fuerza no era uno de sus dones, ni tampoco la rapidez lingüística. Por lo tanto, siempre salía trasquilado.
Más tarde, consiguió que el sacerdote de la iglesia le enseñase todo lo que necesitaba. Era un hombre conocido en los alrededores por ser soporífero con sus sermones, pero a Collins le parecían especialmente elevadores, y no se perdía ninguno. El hombre, contento de que a alguien le gustasen tanto sus sermones, le enseñó al niño el camino que debía seguir para ser párroco. Como le gustaba ser adulado, y Collins descubrió pronto que con unas cuantas frases bien dichas el hombre siempre hablaba más, incorporó una manía adulatoria a su carácter.
Años más tarde, una vez nombrado sacerdote, necesitaba una parroquia donde cuidar de la salud espiritual de sus feligreses. Por desgracia, su familia no tenía conexiones en la iglesia, y, aunque en algún momento heredaría una pequeña propiedad en Hertforshire, todavía no tenía dinero suficiente para comprarse un beneficio eclesiástico.
La suerte le sonrió al conocer, casi de casualidad, a la muy honorable y regia Lady Catherine de Bourgh, que, halagada por las palabras complacientes del joven, le ofrecio la dirección de la parroquia de su familia, Hunsford. Con su mayor aspiración colmada, Collins pudo dedicarse en cuerpo y alma a dar larguísimos y soporíferos sermones a sus feligreses, los cuales solo lady Catherine aprobaba. Más tarde, encontró una buena esposa, se casó y tuvo dos hijos. Collins pensaba a menudo que lo único que enturbiaba su felicidad eran las peonzas con las que los niños del pueblo solían jugar durante sus sermones y lecciones, pero podía calificarse de un mal menor. Los motes y sinsabores de la infancia habían quedado atrás.
Y eso siguió así, hasta que, un día, un caballero fue a Rosings de visita. Para alegría de Collins, fue invitado a tomar el té con su benefactora y el visitante. Sin embargo, la alegría se disipó cuando entró al regio salón y una voz dijo:
-¡Ministro! Vaya, tía, no me había dicho usted que su párroco es nuestro Ministro Collins.
Collins empalideció. ¿El sobrino segundo de lady Catherine, el marino que nunca tenía tiempo para visitarla, era Randall?
William Randall era el peor de los niños con los que Collins había convivido en su infancia. Consciente de su superioridad en la sociedad, y con un agudo ingenio y una mano rápida, había sido el inventor del odioso mote.
-¿Ministro? - inquirió lady Catherine, sorprendida. -El señor Collins es párroco, no ministro.
-Le llamábamos Ministro cuando éramos niños - comentó Randall con indiferencia, cogiendo una galleta de la mesa.
-Qué mote más inapropiado - dijo lady Catherine, mirando con disgusto a Collins. -Me decepciona que lo permitiese, señor Collins.
Este comentario hundió a Collins. Que su benefactora, a la que tanto debía y a la que tanto admiraba, se sintiese decepcionado con él... El resto de la tarde fue un suplicio para él. Con las continuas referencias de Randall a su vergonzosa niñez, y la desaprobación de lady Catherine siempre presente, Collins solo podía desear volver a su casa.
Al fin, se despidió del caballero y la dama, pensando en cómo podía resarcirse ante lady Catherine. Cuando llegó a su casa, se sentó en el escritorio y se puso a escribir cartas y más cartas, pidiendo a sus antiguos compañeros de juegos que olvidasen ese mote. A la mañana siguiente, y desoyendo consejo de su querida Charlotte, las echó todas al correo, sin olvidar la del señor Randall.
Nadie salvo el mismo Collins sintió sorpresa de que sus ruegos no solo no funcionasen, si no que empeorasen el problema.
N.A.: Odio a Collins. Lo he intentado hacer lo mejor posible, pero es que lo odio a muerte. Mañana no tendré ordenador, así que no subiré capítulo, pero el domingo los subiré los dos juntos. ¡Un saludo a todos!
