DISCLAIMER: Los personajes de Orgullo y Prejuicio pertenecen a Jane Austen y sus herederos. Esta historia sí es de mi invención.
Coronel Myers - Contrabando
Con sigilo, Wickham ató su caballo a un árbol. Aunque había llegado mucho antes de la hora acordada, tenía miedo. Se acurrucó junto a un arbusto y preparó su sable junto a él. Tras una larga espera, viendo como el sol caía cada vez más, Wickham escuchó el golpeteo de los cascos de otro caballo, y se levantó, desentumeciendo sus músculos apresuradamente y agarrando el sable. Cuando el otro jinete, estuvo a su vista, recortado tras el sol poniente, habló.
-Señor, le ruego que no se acerque más. No deseo tener que matarle - dijo, intentando que su voz saliese firme.
El jinete no habló, pero detuvo a su caballo. Iba encapuchado, y una larga capa negra lo cubría hasta los pies. El sol brilló sobre el acero, y Wickham rezó por que fuese alguna hebilla y no un arma.
-¿Tiene el paquete? - escuchó.
-No - dijo Wickham.
-¿No? ¿Y por qué no? - dijo el otro.
-¡No me dijisteis lo que era! - estalló Wickham. -¡No podía hacerlo!
-Vuelve a gritar, y serán las últimas palabras que digas en tu vida - amenazó el encapuchado con tranquilidad. -Y no comprendo los escrúpulos ahora. Sabías que era ilegal, si no, no recurriríamos a gente como tú.
-Pero pensaba que sería té... no armas del ejército - dijo Wickham.
-¿Y qué diferencia hay?
Wickham tragó saliva. En realidad, no había ninguna. El contrabando era todo ilegal. Pero, para él, había diferencia.
-Si me pillan con té, solo tendré que pagar una multa, y tengo quien la pague por mí. Pero si me descubren con armas robadas al ejército, me matarán - dijo Wickham.
-Vaya, el soldadito nos ha salido cobarde... - se burló el otro. -Pero vamos a lo importante, ¿dónde está entonces el paquete?
-Lo tiré al mar - confesó Wickham tragando saliva y dándose cuenta de que se había ido acercando a su interlocutor, en un fatal error del que ahora se arrepentía.
-Al mar... - dijo el otro. El caballo se movió, inquieto, y eso fue lo que salvó a Wickham. Con sus instintos agudizados por el ejército, supo que estaban a punto de lanzarse a por él, y levantó el sable, instintivamente. Sintió cómo el otro caballo pasaba por su lado, y un peso contra su brazo. Soltó el sable, temiendo que se le rompiese el brazo si no, y se dio la vuelta. El encapuchado estaba caído sobre el cuello de su caballo, que, ante la falta de órdenes, paró.
Wickham se acercó, poco a poco, temiendo que fuese una trampa. Cuando llego a la altura del jinete, le quitó rápidamente la capucha, y empalideció. Era el coronel Myers, jefe de su regimiento. Con miedo, volvió a dejarle la capucha puesta. Sacó su sable del pecho del otro, lo limpió rápidamente en la hierba y se montó en su propio caballo, huyendo todo lo rápido que el terreno le permitía.
El señor Myers... el hombre que dirigía varios regimientos... ahora entendía como los contrabandistas se habían hecho con el alijo que le habían pasado a él. Y entonces Wickham se dio cuenta. Había matado a un coronel. ¿Y si alguien sabía que iba a reunirse con él? Quizás tenía aliados en el regimiento o en el pueblo, aliados que podrían acusarlo. No podía demostrar que Myers era contrabandista. Sería su fin. Ni siquiera Darcy podría sacarlo de ese embrollo.
Con profundo desasosiego, Wickham pensó en el dinero que los contrabandistas le habían dado junto con las armas, y que tenía guardado en su casa. Podía cogerlo y huir, dejar a la estúpida de su esposa y empezar de cero en las Antillas. Con ese pensamiento cabalgó bajo la luna, temiendo en cualquier momento que los compañeros de Myers se le echasen encima, o que el resto del regimiento lo estuviese esperando en su casa para detenerlo.
Llegó a su casa, y, sin atar siquiera al caballo, se lanzó al cajón donde había guardado el dinero. Para su consternación, solo quedaba una bolsa vacía. Furioso, miró a su alrededor. Encima de la mesa había, al menos, cuatro o cinco sombrereras nuevas. Con horror, se dio cuenta de que su esposa se había gastado su dinero en sombreros. Nada podría salvarle ahora.
N.A.: Y, al fin, el último. Quería meter algún muerto, de acuerdo con la temática del día, y al final ha resultado ser un coronel. Muchas gracias a todos los que habéis llegado hasta aquí, y especialmente a los que han estado comentando todos los días, gracias a vosotros y vuestros ánimos he conseguido terminar el Fictober. Espero que, en general, os hayan gustado las historias. ¡Un saludo a todos! Y recordad: ¡se agradecen las reviews!
