Prologo

El cachorro tampoco había funcionado.

Al lado del lago de Central Park, a Lucy se le congelaba el aliento mientras esperaba a que el perrito buscase el lugar perfecto para agacharse. Cerca de allí había un equipo del canal de televisión WOR, que debía de estar grabando imágenes para el espacio meteorológico de la tarde.

Lucy los observó durante un minuto antes de volver a centrarse en el cachorro. Era adorable, todo blanco, salvo una mancha negra en la tripita, donde le encantaba que le rascasen.
Lucy había estado segura de que aquellas orejas caídas, las regordetas patas y esos ojos tan enternecedores cautivarían a su madre.

Pero no, Layla Heartfilia no había prestado más atención a Plue que al herbario, al ordenador portátil, al módulo de aromaterapia o a los aparatos para hacer gimnasia que Lucy le había llevado a casa.

Seis meses después de la muerte de su marido, Layla se pasaba los días haciendo puzzles y llorando.

A Lucy se le rompía el corazón.

Aunque Plue la estaba ayudando a aliviar su dolor. Se había comido sus zapatillas favoritas y había manchado la alfombra oriental que tenía al lado de la cama, aunque después la miraba con esos ojos marrones y se lo perdonaba todo. Cuando iba desde Wall Street hasta casa en taxi cada tarde, se imaginaba la alegre bienvenida que le daría el cachorro y casi daba gracias de que su madre no lo hubiese querido.

Casi.

Tenía que resolver ese problema con Layla, que se negaba a ir al médico o a buscar cualquier tipo de ayuda. Lucy miró por encima de los árboles desprovistos de hojas y vio las ventanas de su piso y del de su madre, dos pisos por encima. Tenía que haber un modo de sacar a su madre de aquella depresión.

— ¡Plue! — exclamó, estirando de la correa, que se le escapó de las manos. — ¡Plue, no!

Con la correa arrastrando por el suelo, el cachorro se dirigió hacia el lago, donde había una pareja de patos haciendo un agujero en el hielo con el pico.

— ¡Plue, vuelve!

Corrió detrás de él, pero ya era demasiado tarde, el cachorro ya estaba deslizándose por el hielo, persiguiendo a los patos. De pronto, el hielo se quebró y Plue cayó al agua.

— ¡PLUE! — gritó Lucy. El perrito asomaba la cabeza. Pero nunca conseguiría salir.

El hielo era demasiado delgado.

De pronto, una mano agarró a Lucy con fuerza y la echó hacia atrás.

— ¡Yo lo sacaré! — Ella miró a los cálidos ojos verdes de aquel extraño.

— Pero...

— Soy bombero. Mi trabajo consiste en realizar rescates. — Lucy observó que en la sudadera que llevaba puesta estaban las iniciales del Cuerpo de Bomberos de Nueva York.

— No se preocupe — murmuró el hombre, apretándole el brazo para tranquilizarla antes de dirigirse hacia el hielo.

— Es... es sólo un cachorro — gritó ella.

— Lo sé. No le pasará nada.

— No te preocupes, Plue. Este hombre tan amable va a salvarte — dijo Lucy. — Sigue nadando, cariño.

Con el corazón en un puño, vio cómo el perrito luchaba por mantener la cabeza fuera del agua.

Era tan pequeño.

— Ya llego, Plue. Aguanta un poco.
— El bombero fue avanzando con cuidado por el hielo hasta que se puso a gatas.

Lucy se imaginó lo frío que debía de estar el hielo bajo sus manos desnudas y sus rodillas, a través de los pantalones de deporte de algodón. Debía de haber salido a correr cuando vio caer a Plue.

Contuvo la respiración mientras el hombre se tumbaba en el hielo y estiraba los brazos para agarrar al cachorro. Sólo un poco más... un poco... Crac. Un trozo de hielo se rompió debajo de él justo cuando acababa de agarrar al cachorro.

Cuando Lucy vio que la cabeza y los hombros del bombero se sumergían, se dirigió ella también hacia el hielo.

— ¡Espere, jovencita! — gritó alguien. — ¡Ya lo tiene!

Lucy se detuvo justo cuando unos poderosos focos iluminaron la zona. En ese mismo instante, el bombero salió del agua con Plue y rodó hasta un trozo de hielo más sólido.

Varias personas lo aclamaron, y ella miró a su alrededor, sorprendida por toda la gente que había estado observando la acción. La cámara de televisión siguió al hombre que iba empapado hacia la orilla con Plue debajo del brazo.

Lucy hubiese querido abrazar a aquel bombero con todas sus fuerzas. Sobre todo cuando se dio cuenta de que no estaba nada mal. Su trabajo requería que estuviese en forma, pero no creía que el cuerpo de bomberos pidiese a sus hombres aquella mandíbula cuadrada y esos bonitos ojos.

Cuando el hombre se dio cuenta de toda la gente que estaba observándolos, miró al cachorro y le comentó:

— Lamento decirte que tenemos público.

Apretó a Plue contra su pecho hasta llegar, donde estaba Lucy, que esperaba a su mascota con los brazos extendidos.

— ¿Cómo podría agradecérselo?

— Diciéndoles a los de la televisión que se marchen. ¿Qué está pasando? — Preguntó
él con una sonrisa al tiempo que le tendía a Plue.

Ella lo metió debajo de su abrigo y miró al bombero.

— Me parece que estaban por aquí de casualidad. Escuche, al menos debería dejar
que lo invitase a cenar, o...

— Allí hay un periodista con un micrófono. Voy a desaparecer.

— Pero...

— Llame al Cuerpo de Bomberos y pregunte por Natsu Dragneel.

— ¡Señor! — Lo llamó el periodista.

Natsu se dio la vuelta y salió corriendo.

Capítulo °01:

Natsu deseó que el edificio ardiese.

Nunca había pensado en algo tan horrible antes, pero sabía que eso sería lo único que lo salvaría del millar de mujeres que había en el Walford.

Aquella noche iban a subastarlo.

Quizás un bombero tuviese que estar al servicio de los ciudadanos, pero allí había demasiada gente. Hubiese preferido entrar en una fábrica llena de productos peligrosos en llamas. Pero su jefe le había dicho que o lo hacía, o tendría que devolverle la insignia.

La reputación del Cuerpo de Bomberos de Nueva York estaba en entredicho, según el departamento de relaciones públicas, y el puesto de su jefe corría riesgo si no obligaba a Natsu a cooperar.

Y todo por culpa de aquella adorable rubia de grandes ojos cafés que había perdido a su cachorro. Si él no hubiese llevado puesta la sudadera del Cuerpo, nadie habría sabido de quién se trataba, pero la cadena de televisión había mandado su imagen a la oficina central y allí habían acabado identificándolo antes de las noticias de la noche.

A partir de aquel momento, su vida había dejado de ser la misma.

En el escenario, terminaron de subastar al pobre tipo que iba delante de él, y Natsu sintió que tenía la boca seca. Un rato antes había estado bromeando con otros de los solteros, pero según había ido llegando su hora, había intentado separarse del resto para intentar tranquilizarse.

Se recordó que el dinero iría a una buena causa: la alfabetización.

Había estado en un incendio causado por una persona que no había sabido leer las instrucciones de una tostadora, así que sabía que era una causa importante. Le había rogado a su jefe que le permitiese donar una parte de su salario durante el próximo millón de años en vez de dejarse subastar. Pero su jefe le había dicho que estaba seguro que sacarían mucho más dinero con la subasta. Al fin y al cabo, era el héroe local.

— Y otros seis mil dólares más serán destinados a la alfabetización mientras nuestro soltero de veintinueve años se acerca a conocer a la afortunada ganadora — anunció la presentadora.

«Seis mil dólares», pensó Natsu.

Era mucho dinero.

Se preguntó qué tipo de mujer pagaría esa cifra por salir con un extraño. Aunque fuese por una buena causa, tenía que ser muy rica y muy tonta. En cualquier caso, no podía ser su tipo.

— Todavía nos quedan muchos solteros por subastar, chicas. La editorial Heart Books piensa que todos los hombres, mujeres y niños deberían tener la oportunidad de aprender a leer y que todas las mujeres de esta sala deberían tener la oportunidad de salir con uno de estos monumentos. Y les prometo que me quedo corta si me refiero al próximo hombre al que vamos a subastar.

Natsu se estremeció. Nunca había leído novelas románticas, pero tampoco había tenido nada en contra de ellas.

Hasta ese momento.

El principio por el cual, si algo podía salir mal, seguro que salía mal, había llegado a su máximo esplendor el día que un editor lo había visto intentando rescatar a un cachorro de un lago helado y se le había ocurrido incluirlo en la subasta de solteros con la que se celebraría el cincuenta aniversario de la editorial.

La multitud aplaudió, entusiasmada, y Natsu imaginó que debían de haber puesto la imagen del rescate del perrito en las pantallas gigantes que había al otro lado del escenario.

— Aunque no requiere más presentación, permítanme añadir que este caballero valiente y bondadoso tiene veinticinco años, es licenciado en sociología, mide un metro noventa y nueve centímetros y pesa ochenta y tres kilos. En su tiempo libre le gusta jugar al baloncesto y navegar, y me han dicho que juega muy bien al ajedrez.

Natsu sonrió cuando oyó lo de que le gustaba navegar.

Uno de sus amigos tenía una pequeña embarcación en la que salían de vez en cuando. Pero su jefe había insistido en que lo pusiese en el cuestionario porque le parecía que sonaba muy sexy.

La presentadora continuó haciéndole propaganda.

— Tal y como verán en nuestro programa, el soltero número veintisiete viene con un paseo en barco por el río Hudson seguido de un paseo nocturno en helicóptero. Después, la pareja será conducida en limusina al Plaza, donde cenarán y se les obsequiará con dos habitaciones y un desayuno gourmet. ¡Demos la bienvenida al hombre que hace arder a toda la población femenina de la ciudad de Nueva York, el bombero Natsu Dragneel!

Natsu se obligó a salir al escenario, con un poco de suerte, no se desmayaría, aunque quizás no fuese tan mala idea. Afortunadamente, los focos impedían que viese al público, aunque seguía oyendo los aplausos, los gritos y los silbidos.

Era una pesadilla, y todo por culpa de aquella rubia de aspecto inocente, a la que había visto tantas tardes en el parque, paseando a su perrito.

¿Por qué no lo había tenido bien sujeto?

Él se habría parado a hablar con ella alguna tarde, ya lo tenía planeado.

Y, si era simpática, habría podido pedirle una cita.

Y mientras tanto, habría seguido con su tranquila vida.

No habría tenido que cambiar de teléfono y no tendría que esperar a que fuesen las tres de la madrugada para salir a hacer la compra.

— ¿Cuál es la primera puja por nuestro caballero? — preguntó la presentadora.

— ¡Diez mil! — gritó una mujer desde el gallinero.

Natsu casi se muere.

El último tipo se había llevado seis mil dólares, y con él salían con diez mil.

¿Quién pensarían esas mujeres que era él?

— ¡Doce mil!

— ¡Quince mil!

— ¡Diecisiete mil!

Natsu vio, sorprendido, cómo iban subiendo las apuestas por encima del valor de un coche medio.

¿Qué iba a tener que hacer para dejar satisfecha a una mujer que hubiese hecho semejante inversión?

Estaba sentenciado.

— ¡Treinta mil! — Natsu cerró los ojos. Increíble.

— ¡Treinta y dos mil!

— Treinta y dos mil — repitió la presentadora.

— ¿He oído treinta y tres mil? Venga, señoras. La gente dice que los protagonistas de las novelas románticas son demasiado buenos para ser reales. Aquí tenemos la prueba de que no es cierto. ¿Quién va a ser la afortunada que se lleve al bombero favorito de todo Nueva York?

— ¡Treinta y tres mil! — dijo alguien desde atrás.

Natsu rezó porque todo terminase y, sorprendentemente, así fue.

La presentadora intento elevar todavía más la suma pero, aparentemente, treinta y tres mil dólares parecían ser el límite. Y él iba a tener que pasar el fin de semana con una idiota con mucho dinero.

Una azafata que había en la parte de atrás de la sala avanzó con el nombre de la ganadora y se lo dio a la presentadora, que leyó la información y levantó la cabeza, sonriendo.

— Señoras, este momento podría estar sacado de una novela romántica. ¡Nuestra afortunada es ni más ni menos que la dueña del cachorro al que salvó Natsu, Lucy Heartfilia!

«Seguro que sí», pensó él.

Muchas mujeres habían estado llamando al parque de bomberos asegurando que eran Lucy Heartfilia. Una de ellas había dicho que era la madre de ella. No se había molestado en devolver ninguna llamada. Alguna había aparecido por allí con el mismo corte de pelo que Lucy, tal y como ésta había aparecido en televisión. En esa ocasión debía de tratarse de una mujer que quería hacerse famosa.

La presentadora acercó el micrófono a Natsu, y él lo miró con reticencia.

— ¿Habéis estado en contacto Lucy y tú desde aquella tarde? — le preguntó.

Él se aclaró la garganta.

— No. Mi vida ha sido una locura desde entonces.

— Es de entender — admitió ella— Imagino que es lo que toca, por ser un tipo tan estupendo. Muchas gracias, Natsu. Sigue a Liss, por favor, ella te llevará hasta Lucy. Demos un fuerte aplauso al bombero Natsu Dragneel. Todas estamos locas por ti, guapo.

Natsu dejó que lo condujesen fuera del escenario y hacia donde estaba el público. No era fácil avanzar con todas las mujeres que se habían levantado de sus mesas y le bloqueaban el paso. Y, por supuesto, la maldita cámara de televisión iba delante de él, grabándolo en todo momento.

Liss lo condujo con educación, pero también con firmeza a través de la multitud. Natsu no había inhalado nunca tanto perfume. Era posible que, individualmente, le hubiese gustado alguna de aquellas mujeres. Pero todas juntas le daban miedo.

Todas querían algo: un autógrafo, un botón de su abrigo, un beso, una cita para ellas o para sus hijas. Le llenaron los bolsillos de trozos de papel.

Miró al fondo de la sala y vio a una mujer que había imitado mejor que ninguna a la que había perdido al cachorro. Llevaba puesto un simple vestido negro y su pelo era tal y como él lo recordaba, largo y rubio, muy sexy.

Continuó avanzando, y la vio mejor; estaba impresionado con el parecido que tenía aquella mujer con la verdadera Lucy. Debía de ser por la escasa luz que había en la sala.

Ella tenía que ser la ganadora, porque en su mesa había una silla vacía.

Para él.

Pero no podía ser Lucy.

La verdadera Lucy no podía estar allí, no podía ser la mujer a la que tantas veces había visto juguetear con su perro, que tenía unos expresivos ojos caramelo y una preciosa nariz respingona. No podía ser tan estúpida como para pagar treinta y tres mil dólares por estar con él.

No apostaría por un hombre como un granjero apostaba por un toro.

No...

— Natsu — dijo Liss — Aunque ya os conocéis, permíteme que te presente a la dama que ha ganado la puja: Lucy Heartfilia.

Era ella.

Lucy intentó no desmayarse. En diez minutos, había dejado vacía su cuenta corriente, se había gastado su fondo de jubilación. Y la recompensa estaba acercándose a su mesa.

— No puedo creer que hayas hecho esto — comentó su amiga Levy.

— Tenía que hacerlo — murmuró ella, mirando a su amiga.

Luego volvió la mirada a Natsu y mantuvo la sonrisa. El dinero no importaba, intentó convencerse mientras intentaba evitar que le castañeteasen los dientes. Lo que importaba era que su madre había visto en la televisión el vídeo en el que Natsu rescataba a Blue y había empezado a escribir una novela romántica cuyo protagonista era un bombero.

Aquel bombero.

Su madre no había conseguido contactar con él para hacerle algunas preguntas, y Lucy tampoco, aunque lo había intentado.

Cuando le había sugerido a Layla que contactase con otro bombero, ella había dicho que el único que le valía era aquél.

Lucy pensaba que el escribir aquella novela ayudaría mucho a su madre, que siempre había querido ser escritora. Pero se había casado con un crítico literario del New York Times y ahí se había acabado su sueño. Unos años antes Lucy había encontrado el primer capítulo de una novela romántica que su madre había empezado a escribir y que luego había abandonado pensando que el intelectual de su marido se reiría de ella.

En esos momentos Layla era libre y podía volver a perseguir su sueño.

Cuando Lucy se enteró de la subasta de solteros y vio el nombre de Natsu en la lista, estaba desesperada. Pero tenía que tener cuidado. Su madre sólo acababa de empezar con la novela, y si Natsu no era el hombre adecuado, Lucy habría tirado treinta y tres mil dólares a la basura.

Pero lo mejor sería que no pensase en eso.

Utilizaría el fin de semana que iban a pasar juntos para conocerlo y averiguar si era el hombre que necesitaba su madre para completar su proyecto y acabar con el largo periodo de depresión que estaba viviendo.

Cuando los presentaron, Natsu la miró como si hubiese visto un fantasma.

La calidez que ella recordaba en su mirada había desaparecido. Aunque quizás fuese normal después de que lo acabasen de subastar. Probablemente la idea de subirse a un escenario y que pujasen por él como si fuese un trozo de carne no le había agradado. Ella haría todo lo que estuviese en su mano para que Natsu se sintiese cómodo, y así, al mismo tiempo, se olvidaría de la enorme suma que acababa de gastarse.

En el pasado, había sido muy conservadora con sus inversiones, pero a partir de entonces tendría que cambiar de estrategia si quería recuperar el dinero que se había gastado aquella noche.

— Me alegro de volver a verte, Natsu — lo saludó, sonriente.

— ¿Estás loca? — espetó él — ¡No valgo treinta y tres mil dólares!

Las otras mujeres que había en la mesa rieron, y Lucy sintió que se ruborizaba. Miró la cámara que los enfocaba a los dos y propuso:

— ¿Por qué no discutimos eso después? Cuando estemos todos más tranquilos. — Él siguió su mirada y se dio cuenta de la cámara.

— Buena idea — Admitió, sentándose. Una reportera les puso delante un micrófono.

— ¿Podéis decirnos cómo os sentís viéndoos por primera vez desde el dramático
incidente del mes de enero?

— Estoy encantada de poder agradecerle en persona que salvase a mi cachorro — comentó Lucy.

— Treinta y tres mil dólares son una gran muestra de gratitud. ¿Podría ser el principio de una historia de amor?

— Por supuesto que no — Contestó Natsu.

— Ambos creemos en la causa de la alfabetización, y ésta es una buena manera de apoyarla. No quiero decirle cómo hacer su trabajo, pero he oído entre bastidores que el hombre que va a aparecer ahora en el escenario es el hijo natural de Elvis y Marilyn.

— Yo también lo he oído — admitió Lucy muy seria.

La reportera tomó un programa de la mesa y lo consultó.

— Pues aquí dice que no es más que un comercial de la editorial.

— Deberías escuchar su versión de Love Me Tender. Pero haz lo que quieras. Quizás estemos equivocados.

— O quizás no — dijo la periodista, suspirando. — Llevo suficiente tiempo en este negocio como para saber que a veces la realidad es más extraña que la ficción. Gracias por vuestro tiempo.

Natsu miró a Lucy.

— Gracias por tu ayuda.

— De nada.

Lucy sintió que Natsu se relajaba un poco. Tenía el cuerpo más musculoso que había visto nunca y, sorprendentemente, le gustaba. Nunca se había fijado en los músculos de un hombre, pero tenía que admitir que Natsu tenía un físico imponente. Su madre lo describiría minuciosamente en su libro. De hecho, se preguntó si su madre tendría la suficiente experiencia como para imaginar una escena de amor con un hombre como aquél.

El padre de Lucy había sido más bien del estilo de Woody Allen.
Ella había leído varias novelas románticas, y los protagonistas no tenían nada que ver con Woody Allen, eran más bien del estilo de... Natsu.

— ¿Es de verdad el hijo de Marilyn y Elvis? — preguntó una de las mujeres que
había sentada en la mesa.

— Nunca lo sabrás — respondió Natsu muy serio.

— ¿Sólo estaban intentando deshacerte de la periodista, ¿verdad? — inquirió otra. — He estado observándote. No te gustan los focos.

— No mucho.

— Por eso serías perfecto para mi Janice — afirmó una tercera mujer al tiempo que sacaba una fotografía del bolso y se la enseñaba. — He apuntado su número de teléfono detrás. Es una chica maravillosa...

— Estoy segura de que Lucy y Natsu tienen mucho de qué hablar — la cortó Levy. ¿Por qué no los dejamos tranquilos un rato para que puedan hacerlo?

— ¿Por qué no vamos al vestíbulo un minuto? — propuso Natsu, levantándose y ayudando a Lucy a hacer lo mismo.

— Seguro que ya no volvéis — insistió la mujer que le había dado la fotografía.

— Vi cómo te marchabas del parque cuando intentaron entrevistarte. Admiro a los hombres modestos. Pero no pierdas la fotografía.

— No se preocupe.

Lucy empezó a comprender las molestias que le había causado a Natsu al dejar escapar a Blue.

Quizás no quisiera hacerles ningún favor ni a ella ni a su madre.

Pero tenía que intentarlo.

Al pasar al lado de Levy se inclinó, y le dijo:

— Gracias por acompañarme.

— ¿Tienes las tarifas de los taxis, cariño?

— Sí, pero a partir de ahora voy a tener que desplazarme en autobús. Te veo mañana en el trabajo. — Una vez en el vestíbulo, Natsu se dirigió hacia el guardarropa.

— Podemos hablar en un taxi si quieres, y si después tú quieres volver, le diremos al taxi que te traiga. Yo quiero marcharme.

— Lo entiendo.

— Dudo mucho que lo entiendas, Lucy. — Quizás no lo hiciese, pensó ella al ver cómo hasta la chica del guardarropa intentaba ligar con Natsu.

Finalmente consiguieron salir a la calle y tomar un taxi.

— ¿Adónde vamos? — le preguntó Natsu.

— A tu casa, si te parece bien.

— No, no me parece bien. Vamos a tener que pasar un fin de semana juntos, pero hasta que llegue ese momento, entre tú y yo no va a haber nada más.

— No me refería a eso. Sólo quería decir que podemos ir hacia tu casa y hablar por el camino, luego yo me iré a la mía en el mismo taxi.

— ¿Y si yo no quisiera que supieses dónde vivo?

— ¡Santo cielo! ¿Qué crees que iba a hacer, acosarte?

— No tengo ni idea de lo que podrías hacer. Ni siquiera consigo entender cómo has podido gastarte treinta y tres mil dólares en pasar un fin de semana conmigo.

— ¡No he sido la única que ha pujado! Alguien ofreció treinta y dos mil, y antes, otra mujer ofreció treinta y un mil dólares. ¿Qué pasa con todas las demás? ¿Ellas también están locas?

— Completamente. ¡Sólo salvé a un perro! Actuáis como si hubiese desviado un cometa que fuese a chocar contra la Tierra y acabar con la civilización. Sois unas insensatas.

Lucy lo miró, sorprendida.

Era evidente que Natsu no tenía ni idea de lo atractivo que había estado saliendo del lago con Blue en brazos. No se daba cuenta de que, además de ser muy guapo, aquel acto lo había convertido en un hombre generoso, valiente y sensible. Quizás no se diese cuenta de que todas las mujeres deseaban encontrar a un hombre que tuviese todo aquello y que se volvían locas cuando lo encontraban.

Para él, Lucy era una rara que tenía demasiado dinero.

Quizás tuviese motivos para pensarlo. Un hombre al que habían dedicado tanta atención y que no había acabado creyéndoselo, tenía que ser especial. Quizás fuese lo que su madre necesitase. Pero antes tenía que conseguir que confiase en ella.

— De acuerdo — admitió Lucy. — Lo único que quería era pagar yo el taxi. Pero si quieres podemos ir antes a mi casa, y que luego te deje a ti donde vivas. Yo pagaré una parte, y tú, el resto.

— Tú ya te has gastado mucho dinero esta noche. No tienes que pagarme también el taxi — dijo él sonriendo. — Todos los hombres tenemos nuestro orgullo.

«Tú tienes algo más que orgullo», pensó ella.

Pero prefirió no decirlo en voz alta.

Seguro que la malinterpretaba. En lugar de eso, le dio su dirección al taxista.

Capítulo °02:

Natsu pensó que sus compañeros se reirían de él.

Una mujer hermosa y rica había pagado treinta y tres mil dólares por disfrutar de su compañía, y hasta había propuesto acompañarlo a su casa aquella noche.

Y él había rechazado la sutil propuesta.

Menudo genio.

Sus compañeros ya pensaban que estaba loco por no haber querido salir con ninguna de las mujeres que se habían acercado a él después del incidente del cachorro, aunque seguro que hubiesen visto las cosas de otra manera si hubiesen estado en su lugar.

Una cosa era que una o dos mujeres intentasen ligar con él.

Y otra, que lo acosasen.

Durante las últimas semanas se había vuelto asustadizo. Se temía que todas las mujeres con las que se encontraba fuesen a intentar ligar con él. Pero ahí tenía a Lucy, sentada a su lado, y su actitud no era nada agresiva.

Era tal y como él la recordaba, salvo que con aquel abrigo de piel blanco parecía una princesa de invierno.

Natsu supuso que el abrigo sería de piel de verdad y que el collar que llevaba puesto sería de diamantes. Nunca había salido con nadie que viviese al oeste de Central Park. Cuando la había visto en el parque, no se le había ocurrido que pudiese vivir allí, aunque era lógico, porque iba todas las tardes a pasear a su perro.

Natsu se había imaginado que vivía en otra parte de la ciudad, como él.

Aquella zona era demasiado bonita.

Su olor lo aturdió y, por un momento, imaginó que aquel paseo en taxi podía ser como si se hubiesen conocido en el parque y hubiesen decidido salir juntos. Aunque en ese caso, él estaría mucho más cerca de ella de lo que estaba en esos momentos.

No obstante, sus ojos seguían gustándole, y sus labios lo intrigaban también. Le gustaba que llevase un pintalabios claro, muy natural.

Teniendo en cuenta la cantidad de dinero que había pagado por salir con él, quizás no le importaba si la besaba.

La idea lo tentó.

Pero lo cierto era que no quería meterse en semejante lío.

Cualquier mujer que estuviese lo suficientemente desesperada como para gastarse treinta y tres mil dólares para salir con un hombre tenía que tener algún defecto importante. Quizás no lo viese al principio, porque estaría cegado por el sexo, pero seguro que en algún momento sacaba un punzón, como Lissana en Instinto Básico.

— ¿Estás libre este fin de semana? — le preguntó Lucy.

— ¿Este fin de semana?

— Tenemos que escoger uno para disfrutar del paquete. Si no tienes nada planeado, podría ser este próximo. — Vaya, estaba impaciente.

A pesar de que parecía tranquila y serena, no quería perder el tiempo. De todos modos, siempre estarían acompañados, así que Natsu no tenía de qué preocuparse.

Afortunadamente, alguien los acompañaría en el carísimo yate que los llevaría por el Hudson, y el helicóptero no podía conducirse solo.

En el Plaza tampoco estarían solos.

Tendría que asegurarse de que nadie conseguía la llave de su habitación, eso era todo.

— Supongo que este próximo fin de semana me viene bien. — Su jefe le había dicho que se tomase los días que le hiciesen falta.

— ¿Debes de pensar que estoy completamente loca, ¿verdad? — comentó Lucy.

— Se me ha pasado por la cabeza.

— No te culpo. Yo pensaría lo mismo si estuviese en tu lugar. — Natsu estaba fascinado por su boca.

Tenía una sonrisa tan tierna...

Daban ganas de besarla.

Nunca había hecho el amor con alguien tan loca.

Quizás fuese una experiencia fantástica... hasta que lo asesinaban a uno, o le amputaban alguna parte del cuerpo.

— Es probable que no me creas — continuó ella. — Pero soy una mujer completamente normal. Llevo mucho tiempo queriendo darte las gracias por haber salvado a Plue, pero no he conseguido localizarte. Y cuando leí que iba a tener lugar la subasta, me pareció una buena oportunidad.

— Podías haber enviado flores al parque de bomberos, como hicieron aproximadamente otras seiscientas mujeres.

— ¿Recibiste seiscientos ramos de flores? — preguntó Lucy, riendo.

— Más o menos. Quizás fuesen seiscientos cincuenta. Los chicos se los llevaron a sus esposas, madres y novias, y todavía quedaron algunos, así que los mandamos a un par de residencias de ancianos. Aunque yo no pude ir.

— ¿Por qué no?

— Porque fui una vez, y una de las señoras se puso a llorar y no quería dejarme marchar. Fue horrible. No me sentí capaz de pasar dos veces por aquello.

— ¿Plue y yo te causamos un gran problema, verdad?

— No tienes ni idea. Pero ya estaba empezando a pasar lo peor. La gente no puede mantenerse al pie del cañón para siempre. Espero que esta subasta no vuelva a avivar viejos fuegos.

— ¿Qué puedo hacer para ayudarte?

Natsu casi creyó que Lucy quería ayudarlo. Sin darse cuenta, se había ido acercando más a ella, atraído por su risa y por su aparente comprensión.

— Sólo dime qué es lo que quieres — le pidió, mirándola a los ojos.

— Conocerte — murmuró ella con voz suave.

Él no pudo evitar fijarse en su boca y preguntarse cómo sería besar aquellos labios.

— ¿Has pagado todo ese dinero sólo para conocerme?

— No tenía elección. Era imposible contactar contigo.

— Lo sé. Pero muchas mujeres se han hecho pasar por ti.

— ¿De verdad? — Natsu acarició el cuello de su abrigo.

— Intentaban copiar tu aspecto.

— No tengo un aspecto particular.

— Claro que sí.

— Soy una chica normal y corriente.

— Yo no opino lo mismo. — Natsu no podía más.

Tuvo que besarla, sólo una vez.

Sus labios parecían de terciopelo. Volvió a acercarse a ella una segunda vez para asegurarse de que eran tan suaves como le habían parecido.

Y resultaron serlo todavía más.

Agarró a Lucy por la nuca y la besó de verdad.

Era perfecto.

Pensó que así había debido de ser como Sharon Stone había obligado a Michael Douglas a cooperar con ella. Luego dejó de pensar y disfrutó del beso. Metió la mano por debajo del abrigo de piel y tocó su piel caliente. Se imaginó que sus manos recorrían todo su cuerpo, hasta que se quedó sin aliento y sintió que la erección empujaba contra los pantalones.

El taxista se aclaró la garganta.

Natsu soltó a Lucy.

Ninguno de los dos se había dado cuenta de que el taxi se había detenido. Él se había olvidado de que iban en taxi. Se había olvidado de que aquella mujer había pagado una cifra exorbitante para pasar un fin de semana con él. Y se había olvidado de que posiblemente llevase un punzón escondido en el bolso.

Lucy tenía la mirada confundida.

— Esto... yo..

— Dadas las tarifas, ha debido de ser un beso de unos quinientos dólares.

— ¿Podrías hacerme el favor de olvidarte del dinero? — dijo ella, frunciendo el ceño.

— No sé si voy a poder.

— Bueno, pues te agradecería que lo intentases — le dijo, abriendo la puerta del taxi.

— ¿Quieres subir a ver a Plue? Ha crecido mucho desde aquella tarde en el parque.

— Mejor no — contestó él, combatiendo la pasión con la razón.

— Como quieras. Nos vemos el fin de semana — dijo Lucy, dándole un billete al taxista y saliendo del coche.

— ¿Estás seguro? Preparo unos capuchinos muy ricos. — Natsu estaba deseando acompañarla, sabía que si lo hacía, existía la posibilidad de que hiciesen algo más que tomarse un capuchino juntos.

¿Pero qué pasaría después?

Dijese lo que dijese, no era una chica normal y corriente.

Y en los pisos había cocinas, y en las cocinas, cuchillos.

— Gracias, pero entro a trabajar temprano mañana por la mañana.

— De acuerdo. — Lucy volvió a sonreír, cerró la puerta y se dirigió hacia la entrada del edificio, donde un hombre uniformado le abrió la puerta.

— ¿Adónde vamos? — le preguntó el taxista.

Natsu le dio su dirección, que era mucho menos impresionante que la de ella. El hombre suspiró y sacudió la cabeza, posiblemente sorprendido por la estupidez de Natsu. Al recordar el beso, él también se sintió estúpido. Quizás a veces valiese la pena correr ciertos riesgos.

Lucy acababa de volver de darle a Plue su paseo matutino por el parque, y estaba llenando la cafetera de agua cuando alguien llamó a la puerta.

El perro corrió hacia la entrada, eufórico. Lucy lo siguió y miró por la mirilla para asegurarse de que era su madre la que estaba al otro lado de la puerta. Layla Heartfilia llevaba un ejemplar del New York Times debajo del brazo. Debía de haber bajado nada más leer que Lucy había participado en la subasta la noche anterior, porque todavía iba vestida con una bata rosa de felpa y estaba despeinada.

Llevaba puestas las gafas de leer.
Lucy abrió la puerta.

— Buenos...

— ¿Qué es lo que has hecho? ¿Estás loca? Hola Plue. ¿Treinta y tres mil dólares? ¿Has vaciado tu fondo de jubilación?

— Sí — confesó ella, tardando un rato en volver a cerrar la puerta, intentando calmarse antes de mirar a su madre a los ojos.

— ¿Estás loca? — le preguntó su madre, mirándola por encima de las gafas.

— Por favor, dime que esto no tiene nada que ver conmigo.

— No tiene nada que ver contigo — Afirmó, sabiendo que la verdad haría sentir culpable a su madre.

— Llevo meses soñando con ese tipo, igual que el resto de la población femenina de Nueva York, y no conseguía localizarlo.

— ¿Pero no te parece que es una solución un poco extrema?

— Las situaciones extremas requieren medidas extremas. Yo no sólo lo había visto por televisión, como las otras, lo había visto más de cerca y... tengo que confesar que me había enamorado un poco de él cuando salvó a Plue en el parque. Sé que el amor a primera vista se considera algo ingenuo, pero cuando lo miré a los ojos por primera vez, fue sorprendente.

No lo suficientemente sorprendente como para gastarse todos sus ahorros, pero era evidente que el chico tenía su encanto. Su mirada había hecho que Lucy se olvidase de todo la noche anterior, cuando estaban en el taxi.

— Oh, cariño — dijo su madre, abrazándola.

— Yo también creo en el amor a primera vista, pero normalmente no se paga a treinta y tres mil dólares por él. ¿Qué pensará Natsu de una mujer que es capaz de hacer algo así?

Lucy le devolvió el abrazo, contenta porque aquella locura había hecho que su madre se olvidase de sus preocupaciones. Sólo por eso ya había merecido la pena gastarse el dinero.

— Piensa que estoy loca. — Su madre la agarró por los hombros con firmeza, tal y como habría hecho si Lucy hubiese tenido ocho años y se hubiese metido en un lío.

— No es un buen comienzo.

— Lo sé.

Hablando de comienzos, Lucy pensó en el beso que se habían dado en el taxi. Quizás aquello tampoco hubiese sido buena idea. Había pujado por Natsu para que éste ayudase a su madre. Los besos podían distraerla de su verdadero objetivo.

— ¿Le has dicho que te has gastado tu fondo de pensiones para salir con él? — Lucy estaba deseando que su madre dejase de marearla con aquello.

— Soy agente de bolsa, mamá. Haré un par de buenas inversiones y recuperaré mi dinero. Sólo tengo que ser un poco más agresiva de lo que he sido hasta ahora — le hubiese gustado estar tan segura de ella misma como le hacía ver a su madre.

— Tengo que darle de comer a Plue. ¿Quieres un café? —
Layla la siguió hacia la cocina.

— Entonces, si Natsu no sabe que has tirado todo tu...

— No lo he tirado. — la corrigió Lucy echando comida en el plato de Plue. — Lo he donado para una buena causa: la alfabetización.

— No hace falta que me des explicaciones, he estado casada con un crítico literario treinta años.

— Ya lo sé. — Lucy contuvo la respiración. Normalmente, cuando hablaban de su padre, Layla se ponía a llorar.

— Aun así, dudo que la editorial o la causa esperasen que alguien se gastase todos sus ahorros en eso.
— Lucy se relajó.

Aparentemente su madre dirigía toda su atención hacia aquel nuevo tema de conversación.

— No pensé que la subasta fuese a llegar tan lejos, mamá. Pero tenías que haber visto a todas esas mujeres. Estaban locas por él. —
Layla se sentó en un taburete.

— Así que tú te volviste todavía más loca que ellas. ¿No pensará Natsu que tienes tanto dinero como para poder ir tirándolo por ahí?

— Es probable que sí. Ya sabe dónde vivo, y no me he molestado en contarle mi vida.

— Así que piensa que tenemos dinero.

— Piensa que yo tengo dinero. No sabe que tú vives también en este edificio. Y prefiero que piense que soy rica a que sepa que me he gastado el fondo de jubilación en él. Si lo supiese, pensaría que estoy loca de verdad. ¿Quieres tostadas?

— Gracias — asintió Layla frunciendo el ceño. — Así que tienes que conseguir que se enamore de ti a pesar de que piense que eres una niña rica y mimada que se paga la compañía de un hombre cuando está aburrida.

— Eso parece. — Al menos, eso era lo que quería que creyese su madre.

— Será fácil. Sólo tienes que ser tú misma. No eres una niña mimada, y enseguida se dará cuenta de ello. Luego, cuando se haya enamorado de ti, sólo tendrás que contarle la verdad.

— ¿La verdad?

— Le dirás que no tienes dinero. Eso debería despertar su instinto protector, al fin y al cabo te ha metido en un buen lío. Y ya está. Luego seréis felices y comeréis perdices.

— Ése es más o menos mi plan. —
Salvo que Natsu no tenía que enamorarse locamente de ella.

Sólo tenía que estar dispuesto a colaborar con el proyecto de su madre.

— Sabes que esto hará que tenga que cambiar el argumento de mi novela — comentó su madre.

— No se me había ocurrido lo de la subasta, pero podría incluirlo.
— Lucy se concentró en poner mantequilla en la tostada para que su madre no se diese cuenta de la sonrisa de triunfo que había en sus labios.

— Sí.

— Y si acabas ganándotelo, de lo que estoy segura dada la pureza de tus intenciones, quizás pueda entrevistarlo. — Lucy siguió con la tostada.

No estaba segura de que sus intenciones fuesen puras, pero sabía que eran nobles.

— Ya veremos, mamá. No puedo prometerte nada.

— Aunque todavía estoy sorprendida por el tema del dinero. Llevabas años ahorrando ese dinero y siempre me había impresionado que fueses tan previsora. — Lucy la miró, encantada de poder hablar por fin con honestidad.

— ¿Qué es más importante, la seguridad económica o sintonizar con las personas a las que se quiere?

— Ya sabes cuál es mi respuesta. Pero me alegro de que tu padre no esté aquí para oír todo esto. Habría puesto el grito en el cielo. Nunca habría entendido semejante impetuosidad.

— ¿Pero tú la entiendes?

— Por supuesto que sí — admitió Layla, mirándola con cariño.

— ¿Por qué crees que he
decidido ser escritora de novelas románticas?

Cuatro compañeros de Natsu lo ayudaron a buscar la ropa necesaria para el fin de semana.

El paseo en barco no sería un problema.

Pero no estaba acostumbrado a que lo llevasen al Plaza en limusina y a que allí lo tratasen como si fuese un invitado de honor. Gray apareció con un esmoquin, Jellal le prestó una corbata de seda, Sting tenía un cinturón de cuero justo de la talla de Natsu y Laxus le prestó un abrigo, el mismo que había llevado a la subasta.

Los bomberos discutieron acerca de si Natsu debía de comprarse ropa interior nueva para la ocasión.

Por mucho que él repitiese que nadie iba a ver su ropa interior, sus compañeros insistieron en que estuviese preparado. A todos les gustaba el color rojo, y hasta le dieron consejos sobre el control de natalidad y determinadas técnicas de cama.

Natsu no se había sentido tan confuso desde el baile de final de carrera. Hasta sus padres lo habían llamado desde Buffalo para ver si necesitaba algo para la ocasión. Él había estado a punto de decirles que lo que necesitaba era un guardaespaldas.

Lo sorprendía que todo el mundo pareciese pensar que era completamente normal que una mujer se hubiese gastado treinta y tres mil dólares en salir con él. Su madre le había dicho que eso era lo que valía una cita con él, que era un verdadero tesoro.

No se le había pasado por la cabeza que la mujer en cuestión estuviese completamente loca.
Al preparar la maleta el sábado por la mañana, dejó fuera los calzoncillos rojos que Jellal le había regalado. Tampoco metió los preservativos que brillaban en la oscuridad. Si no llevaba nada de protección, no se sentiría tentado a dejarse llevar, porque después del beso que se habían dado, sabía que existía la posibilidad.

De camino al embarcadero, pensó en el beso que se habían dado. Tenía que reconocer que había estado pensando en Lucy más de lo que le hubiese gustado. Había estado deseando que llegase el sábado para volver a verla.

No pensaba volver a besarla.

No debía besarla si no quería que los besos llevasen a algo más.

Se excitaba sólo de pensar en ello.

De acuerdo, la deseaba.

Pero no le gustaban las aventuras pasajeras. Y eso es a todo lo que podría llegar con Lucy, cuya vida y prioridades debían de ser muy diferentes a las suyas. Además, no podía olvidarse de que estaba loca.

Eso sería difícil, pensó al salir del taxi y verla apoyada en la barandilla del yate. Tenía la cara levantada hacia el sol, que hacía brillar su largo pelo rubio. Hacía un día de primavera perfecto para navegar, y Lucy iba toda vestida de blanco.

Los pantalones, la blusa y el suéter que llevaba puestos le daban una imagen casi virginal.
Natsu recordó que en el taxi le había resultado irresistible y no había podido evitar besarla. El día acababa de empezar y ya estaba deseando volver a hacerlo.

— ¿Señor? — Se volvió hacia un hombre vestido con pantalones militares y una camisa en cuyo bolsillo delantero había grabadas las palabras «Satín Doll».

— Mi nombre es Erik. Bienvenido a bordo del Satín Doll. ¿Quiere que le lleve el equipaje?

— Por supuesto. Gracias. — Lucy se volvió y lo saludó con la mano.

—¿No te parece genial?

— Hace un día estupendo — dijo él.

Hasta su voz lo tentaba.

No sabía cómo iba a hacer para evitar ponerle las manos encima durante veinticuatro horas. Tomó aire y se colocó las gafas de sol mientras caminaba hacia la proa del barco.

Justo cuando estaba llegando al lado de Lucy, apareció una mujer.

— Bienvenidos. Me llamo Kinana. ¿Qué puedo ofrecerles para beber?

— ¡Champán! — anunció Lucy, sonriendo de oreja a oreja.

Natsu se encogió de hombros. El entusiasmo de Lucy era contagioso.

—¿Por qué no?

— Volveré enseguida — dijo Kinana, y se marchó.

Lucy estaba como una niña con zapatos nuevos.

— Es tan emocionante. ¿Crees que nos dejarán tomar el timón?

Él se apoyó en la barandilla de caoba. Hizo todo lo que estaba en su mano para parecer tranquilo, aunque el corazón le latía a toda velocidad.

— No lo sé. Es un barco muy elegante.

— Sí, pero uno de tus pasatiempos es navegar. Podrías convencerlos para que te dejasen hacerlo, ¿no crees?

Se volvió hacia ella.

Era el momento de que se diese cuenta de que no tenía delante al superhéroe que ella creía. Quizás eso los ayudase a no hacer tonterías durante el fin de semana.

— Mi jefe me hizo ponerlo en el formulario, pero en realidad no sé mucho acerca de barcos. Uno de mis compañeros tiene una pequeña embarcación, y he salido con él un par de veces, pero no estoy cualificado para llevar uno como éste.

Lucy lo miró, y siguió sonriendo. Sus ojos estaban escondidos detrás de las gafas de sol.

— Si el premio hubiese sido para el hombre más modesto de Estados Unidos, estoy
segura de que habrías ganado.

— No soy modesto, soy sincero. Espero que no te hayas creído todo lo que han dicho de mí, porque si no, te vas a llevar muchas decepciones a lo largo de las próximas veinticuatro horas.

— Espero que no — murmuró ella.

A Natsu casi se le escapa un grito. Era evidente que ella sí esperaba algo de aquella cita. Quizás esperase encontrarse con una mezcla de Brad Pitt y Tom Cruise. La cosa iba a estar complicada.

— ¡Ahí están! ¡En el Satin Doll!

Natsu miró hacia el muelle y, tal y como se temía, vio una camioneta de una cadena de televisión.

— Vayamos abajo. — le propuso a Lucy, agarrándola por el brazo.

— Al menos hasta que estemos lejos de aquí. — asintió ella mientras el barco iba dejando el embarcadero.

— Me parece que no nos va a ser fácil deshacernos de ellos. — comentó Natsu al ver que todo el equipo de televisión se subía en una lancha motora.

— Maldita sea, ¿por qué no me dejarán en paz?

— ¿No lo entiendes, ¿verdad?

— ¡No! No soy nadie especial.

Cuando llegaron al final de las escaleras, Lucy se quitó las gafas de sol y lo miró a los ojos.

— Me parece que te equivocas.

— Ah, aquí están — dijo Kinana, apareciendo con las copas de champán.

Luego volvió con el resto de la botella en una cubitera y una bandeja de fresas cubiertas de chocolate.

— Llámenme si necesitan algo más. Serviremos la comida en la cubierta dentro de media hora. El timbre los avisará. ¡Pásenlo bien!
— Y desapareció escaleras arriba, dejándolos solos.

Lucy levantó su copa y brindó con él.

— Por la amistad. — Natsu la miró a los ojos, y se preguntó si eso era de verdad lo que ella quería.

Lo dudaba.

Capítulo °03:

En realidad, necesitaba un amigo, pensó Lucy al mirar a Natsu a los ojos.

Un amigo que pudiese ayudar a su madre a volver a vivir la vida. Y necesitaba que ese amigo fuese Natsu.

Pero, al igual que había ocurrido en el taxi, la amistad se estaba quedando a un lado para dejar paso a algo mucho más emocionante. No podía permitir que ocurriese, al menos, no hasta que no le hubiese hablado acerca del libro de su madre.

Natsu le tendió su copa.

— ¿Puedes sujetarla un momento? Voy a cubierta, a ver si los periodistas todavía nos siguen.

— Por supuesto. — Sus dedos se tocaron, y ambos descubrieron que había mucha química entre ellos.

Al verlo subir las escaleras, Lucy sintió calor y nervios. Tenía que hacer caso omiso de esos sentimientos y concentrarse en hacerse amiga suya. Quizás pudiesen jugar al ajedrez juntos.

Dejó las copas de champán en la mesa y miró a su alrededor, pero no vio ningún ajedrez. Se quitó el suéter y lo colgó de una percha que había al lado de la puerta. Luego se dejó caer en un banco de cuero y se puso cómoda entre los cojines que había en él.

El suave ir y venir del barco la animó a echarse hacia atrás, levantar las piernas y relajarse. Al fin y al cabo, y teniendo en cuenta el dinero que se había gastado, tenía que divertirse un poco. Había pedido el champán con la esperanza de que la hiciese olvidarse del dinero. Y ni siquiera se lo estaba bebiendo.

Tomó la copa y una fresa recubierta de chocolate.

No estaba nada mal.

Si hubiese podido olvidar lo que le había costado ese fin de semana, quizás hubiese disfrutado de que la mimasen un poco, para variar.
Era una mujer joven y con poca experiencia, y había tenido que luchar mucho durante los últimos años para abrirse camino como agente bursátil.

A pesar de que pagaban menos alquiler que otros inquilinos debido a un acuerdo al que había llegado su tío abuelo, a final del mes no le quedaba mucho para caprichos.

Y últimamente se había gastado todo su dinero y energía intentando animar a su madre.
Al menos parecía que estaba funcionando. Layla había estado ocupada intentando incluir el tema de la subasta de solteros en su manuscrito y pensando en cómo podía su hija causar una buena impresión a Natsu durante el fin de semana.

El conjunto blanco que Lucy llevaba puesto había sido idea de su madre. Según ella, la fantasía de la pureza fascinaba a los hombres.

Mientras tanto, ella intentaba jugar a dos bandas. En presencia de su madre tenía que hacer como si estuviese locamente enamorada de Natsu, pero delante de éste debía anular cualquier tipo de deseo por él para no arruinar su misión.

Estaba cansada de tantos esfuerzos.

Lo mejor sería que se comiese otra fresa.

Cerró los ojos y dio un mordisco.

El jugo le corrió por la cara, y aunque intentó pararlo con la lengua antes de que le llegase a la barbilla, no lo consiguió. Tenía que haber tenido más cuidado.

Adiós a su imagen de pureza.

Abrió los ojos y se miró la parte delantera de la blusa. Tenía una mancha roja a la altura del pezón izquierdo. Tomó una servilleta e intentó limpiarse, pero sólo consiguió extender todavía más la mancha y hacer que su pezón se marcase a través de la fina tela.
Un leve sonido la hizo mirar hacia las escaleras, y se dio cuenta de que Natsu llevaba allí varios segundos.

A pesar de la distancia, podía sentir el calor de su mirada.

Desgraciadamente, su cuerpo estaba respondiendo a ese calor. Su plan de hacerse amiga de él no estaba funcionando demasiado bien.

Natsu se aclaró la garganta, caminó hacia ella y se sentó en el extremo opuesto del banco. Tomó su copa de champán y la vació antes de hablar.

— La lancha motora sigue detrás de nosotros. El capitán dice que no puede hacer nada para deshacerse de ella.

— ¿Qué crees que deberíamos hacer? — La pregunta sonó mucho más sugerente de lo que ella había pretendido.

El dejó la copa y se volvió hacia ella; su mirada fue directa a la mancha que tenía
en la blusa.

— Creo que deberías decirme qué esperas a cambio de los treinta y tres mil dólares.

— No... no sé qué quieres decir.

— Entonces, seré más claro. ¿Esperas que te haga el amor antes de que se acabe
el fin de semana? — La idea la hizo estremecerse.

— ¡Por supuesto que no! ¿Qué clase de mujer piensas que soy?

— ¡Eso me gustaría saber! — exclamó él, acercándose más. — Si no es sexo lo que quieres, no tengo ni idea de lo que esperas por treinta y tres mil dólares. Y eso me pone nervioso.

— Todo lo que espero es disfrutar de este fin de semana — dijo ella, levantando la barbilla.

Él se acercó todavía más; estaba preparado para la lucha.

— ¿Y qué es para ti disfrutar?

— Probablemente lo mismo que para ti, machote — contestó ella, molesta.

Aunque estaba enfadada con él, tenía que reconocer que olía muy bien. Y no se había dado cuenta antes de que tuviera un lunar en el pómulo, ni de lo rizadas que eran sus pestañas.

— Lo dudo. Soy capaz de imaginarme qué tipo de experiencia salvaje y exótica
podría costar esa cantidad de dinero.

— ¿Sí? — Lucy pensó que su imaginación debía de estar afectando a su respiración,
porque era tan entrecortada como la suya propia.

Él se acercó todavía más, y su voz se volvió ronca.

— Me parece que lo mejor será que aclaremos lo principal ahora mismo.

— Estoy de acuerdo.

— No tengo... ninguna intención... de acostarme contigo.

— Estupendo, porque yo tampoco tengo ninguna intención de acostarme contigo. — Natsu la besó rápidamente, con fuerza.

Lucy se sintió consumida por la pasión. Él introdujo la lengua en su boca y ella gimió de placer. La tumbó en el banco y empezó a desabrocharle la blusa sin parar de besarla.

Ella sacó su camisa de debajo de los pantalones y metió las manos por debajo para sentir sus fuertes músculos de la espalda. Acariciarlo era algo maravilloso. Y ser acariciada era... increíble.

Lucy dio un grito ahogado cuando Natsu le desabrochó el sujetador y tocó sus pechos con las palmas de las manos. Era exactamente la manera de tocarla que ella había esperado, con la que había soñado.

Sonó un timbre con insistencia.

Él separó los labios de los de ella. Lucy abrió los ojos muy despacio, y lo miró.

— La comida — murmuró Natsu.

— Y si pasamos de ella... — sugirió Lucy.

— Si no subimos, quizás bajen a buscarnos.

— Oh. — Él le acarició un pezón.

— Lo he dicho de verdad.

— De acuerdo. ¿El qué?

— Que no voy a hacer el amor contigo. — Ella se quedó con la boca abierta.

Había vuelto a olvidarse de su objetivo. Iba a ser más complicado de lo que había creído.

— Estupendo, porque yo tampoco voy a hacer el amor contigo.

— ¿No? — preguntó él, como si estuviese decepcionado.

— No — repitió ella, convencida.

— ¿Estás jugando conmigo?

— Es la verdad.

— Así que, aunque hubiese intentado convencerte, habrías dicho que no.

— Eso es — afirmó Lucy, saliendo de debajo de él y sentándose para abrocharse el sujetador.

— Bien, veo que nos entendemos.

— Eso pienso yo — dijo, mirándose la mancha de la blusa y pensando que tenía que hacer algo para quitarla antes de que fuese demasiado tarde.

— Me alegro de que hayamos aclarado las cosas.

— Yo también — lo acababa de decidir, se quitaría la blusa y la lavaría.

— Y me parece que... ¿Qué estás haciendo?

— Quitarme la blusa. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo?

— Lucy..., por favor, no hagas eso.

— Tengo que ponerla en agua y jabón o tendré que tirarla a la basura.

— ¿Cómo quieres que mantenga mi postura si vas paseándote por ahí casi desnuda?

— Me da igual. Yo mantendré la mía. Pero si te molesta tanto, podrías acercarme mi suéter.

— De acuerdo. — Lucy encontró un bote de jabón líquido y frotó la mancha con fuerza.

— Aquí está tu suéter. — Ella miró hacia arriba, y se dio cuenta de que Natsu tenía la mirada clavada en su escote.

Él le tendió el suéter. Lucy se secó las manos y lo tomó.

— Muchas gracias — dijo antes de ponérselo y peinarse con los dedos.

Natsu se apoyó en el marco de la puerta y la observó.

— ¿Por qué te preocupa la blusa? ¿No puedes comprarte otra?

— Me gusta ésta, y quizás no encontrase otra igual, así que prefiero cuidarla y asegurarme de que me va a durar un tiempo.

— No hablas como las mujeres ricas. O como yo me imaginaba que hablaría una mujer rica.

— Quizás nos tengas mal catalogadas.

— Quizás. Vamos a cubierta, a comer.

— Puede que los de la televisión sigan detrás de nosotros.

— Bueno, pues verán a dos personas comiendo — dijo él, encogiéndose de hombros.

— A lo mejor tienes razón. Quizás la mejor manera de deshacernos de ellos sea subiendo ahí arriba y demostrándoles que no hay nada entre nosotros.

— Sí. — Algo en el tono de voz de Natsu hizo que Lucy se volviese hacia él.

Parecía estar a la defensiva.

— Pienso que fue una estupidez que te gastases tanto dinero en pasar algo de tiempo conmigo, pero también es excitante.

— No, ¿de verdad? — comentó ella, mirándolo como si estuviese muy sorprendida.

La comida parecía sacada de una película, pensó Natsu, y él estaba sentado frente a una joven actriz vestida de manera informal y con gafas de sol. Los periodistas todavía los seguían.

— Ignóralos — sugirió Lucy mientras tomaba un langostino gigante y lo mojaba en
salsa rosa.

— Supongo que tienes razón. ¿Por qué íbamos a estropear una comida como ésta
preocupándonos por eso? —
Lucy estaba preciosa. La brisa despeinaba su largo cabello y le daba un tono rosado a sus mejillas.

Aunque el color de sus mejillas también podía deberse a lo que había sucedido un rato antes en la cabina. Era muy apasionada, y parecía que la situación la excitaba tanto como a él. Quizás era lo que ella tenía planeado desde el principio.

Si era así, iba a tener suerte.

Porque Natsu se estaba poniendo caliente sólo de verla comer otro langostino.

— ¿Trabajas? — preguntó para intentar quitarse el sexo de la cabeza.

— Por supuesto — respondió ella, limpiándose las manos en la servilleta. — Soy agente de bolsa.

— Debes de ser muy buena.

— No me va mal. ¿Y tú? Todos los bomberos no hacen el mismo trabajo. ¿Cuál es tu especialidad?
— Natsu luchó por concentrarse en la pregunta mientras la observaba meterse una hoja de alcachofa en la boca.

O toda la comida había sido elegida para que fuese sensual o él se estaba obsesionando.

— Soy el que hace las entradas forzosas.

— ¿De verdad? Eso suena a trabajo de machote.

— Pues no lo es.

— Claro que no, don Modesto. Odio decirte esto, pero hay otra lancha al otro lado del barco y nos están apuntando con una cámara. Deben de ser turistas que piensan que somos famosos.

— Quizás sean de una revista —comentó Natsu sin molestarse en mirar.

—¿No crees que todo esto se nos está escapando de las manos?

— Sí. ¿Pero qué podemos hacer? Al menos no hacen demasiado ruido. — Un helicóptero apareció encima de ellos.

— Mira — gritó Natsu.

— Increíble — dijo ella mientras tragaba un trozo de langostino y lo miraba a él.

Entonces, abrió mucho los ojos y sintió que se ahogaba. Natsu se levantó corriendo, dio la vuelta a la mesa y tomó a Lucy entre sus brazos, le presionó el esternón rápidamente, hacia arriba. A Lucy se le cayeron las gafas de sol y el trozo de langostino que se le había atragantado salió disparado.

Kinana y Erick fueron corriendo hacia ellos.

— ¿Está bien?

— Imagino que estará bien dentro de un minuto — Contestó Natsu.

— Guau. Nunca había visto a nadie reaccionar tan rápidamente. — Kinana recogió las gafas de sol del suelo.

— Es evidente que eres un héroe.

— No soy ningún héroe — se quejó él. — Cualquiera habría...

— Eso no es verdad — replicó Natalie. — Y tampoco cualquiera habría salvado a mi perro. Parece que tengo una gran deuda contigo.

— Por supuesto que no — Respondió él, pero al mirarla a los ojos se preguntó cómo querría agradecerle Lucy aquello y si él sería lo suficientemente fuerte como para rechazarla.

Lucy luchó por recordar su objetivo.

Tenía que ponerlo encima de la mesa antes de que volviese a olvidársele y acabase otra vez en brazos de Natsu. Pero no sabía cómo abordar el tema. Todavía no estaba segura de que él fuese a ayudarla, en especial si pensaba que iban a identificarlo con el héroe de la novela. Sugirió que pasasen el resto de la tarde en cubierta para poder pensar con claridad.

Y todo fue bien hasta que a Natsu le dejaron tomar el timón. Al verlo allí se dio cuenta de que le iba a costar mucho trabajo guardar las distancias.

El día era perfecto, sin contar con el helicóptero y las lanchas que los seguían. El cielo estaba completamente limpio, y el viento soplaba lo suficiente como para hinchar las velas sin molestar a los pasajeros. Las colinas que había a ambos lados del río estaban verdes, y Lucy soñó con navegar ella sola con Natsu hasta el lago Champlain.

Pero aquél no era su objetivo, así que agradeció que no estuviesen solos. Hablaron de cosas sin importancia. Lucy se enteró de que él era el mayor de cuatro hermanos, y él, de que ella era hija única.

En un momento dado, cuando Lucy comentó que su padre había fallecido seis meses antes, vio que él la miraba con compasión y deseó refugiarse en sus brazos.

Pero no lo hizo.

En el trayecto de vuelta, bajaron a cambiarse de ropa para la cena. Natsu lo hizo primero, y Lucy se quedó en la cubierta, imaginándose como se estaría desnudando. Por mucho que intentase distraerse, no conseguía quitárselo de la cabeza sin camisa, sin pantalones, con todo aquel cuerpazo desnudo.

Se quedó sin palabras cuando lo vio aparecer vestido con esmoquin.

— ¿Estoy bien? — quiso saber él.

— Mejor que bien. — respondió ella, mirándolo de pies a cabeza.

Cuando le tocó a Lucy aparecer ataviada con el vestido de cóctel rojo, estaba hecha un manojo de nervios. Nunca le había preocupado tanto que a un hombre le gustase su aspecto. Cuando subió a la cubierta, Natsu estaba apoyado en la barandilla, se estaba poniendo el sol y ya empezaba a divisarse la ciudad.

Debió de oír el ruido de los tacones, porque se volvió a mirarla.

No dijo nada, pero le tendió una mano.

Lucy debió haber ignorado su gesto, ya que tocarlo era algo muy peligroso, a pesar de que no estuviesen solos. Lo miró a los ojos, y su corazón empezó a latir con fuerza. Aunque hubiese dicho lo contrario, Lucy supo por su mirada que la deseaba.

— ¿Estoy bien?

— Bien no es suficiente para describir cómo estás. Si tenías planeado seducirme este fin de semana, estás haciendo un buen trabajo.

— Puedes creerme si te digo que no lo tenía planeado.

— Entonces supongo que estás siendo natural.

Ella separó la mirada de la de él y tragó saliva. Se concentró en las luces de Manhattan, y se dijo que tenía que ser fuerte durante un par de horas más, al menos hasta que le hablase del libro.

Capítulo °04:

Una limusina estaba esperándolos en el muelle.

También estaba la televisión y un montón de mujeres que proclamaban su amor por Natsu.

— Me parece que no vamos a poder escabullirnos. — Lucy se cerró el abrigo blanco de piel, hacía frío.

— No, pero en el helicóptero ya no podrán molestarnos. Sólo estaremos el piloto, tú y yo.

— Pero cuando lleguemos al Plaza volverá a ocurrir lo mismo.

— Eso imagino. Cuando era pequeña quería ser estrella de cine. Pero si es así, me
alegro de haberme dado cuenta de que no sabía actuar.

— Gracias por haber navegado con nosotros — les dijo Kinana.

— Ha sido estupendo — respondió Natsu. — Gracias a vosotros por dejarme tomar el timón un rato.

— De nada — Kinana dudó. — ¿Podrías darme un autógrafo, Natsu? Es para mi hija. Se llama Lili y tiene un cachorro negro. Lo ha llamado Plue y le encantaría que...

— Por supuesto — dijo Natsu, tomando el bolígrafo y el papel que le tendía Kinana. — Y, por favor, dile a tu hija que soy una persona normal y corriente.

— Pensaba decirle que eres un tipo estupendo, tal y como ella te imaginaba. — Natsu se sonrojó.

— Gracias. Bueno, creo que tenemos que bajar. ¿Estás preparada, Luce?

— ¿Estás seguro de que no puedes volar? Sería muy útil para esquivar a todas esas personas.

— Muy graciosa — comentó, mirando a Erick, que llevaba en las manos sus maletas.

— Dime, Eric, ¿dónde las vas a meter?

— En el maletero de la limusina, a no ser que quieran llevarlas con ustedes.

— Lo que quiero es que nos vayamos lo más rápidamente posible, así que lo mejor será que las metas en la parte de atrás y que luego entremos nosotros.

— De acuerdo. — Natsu respiró hondo.

— Vamos — dijo, poniendo un brazo protector alrededor de los hombros de Lucy.

Pasaron entre la multitud detrás de Erick, ignorando las cámaras, los micrófonos y las preguntas. El conductor de la limusina les abrió la puerta. Erick metió las maletas dentro, y Lucy y Natsu pasaron después.

— ¡Entre y arranque! — gritó Natsu al chofer.

Luego echó el seguro a la puerta y se dejó caer aliviado al ver que el coche se alejaba de la multitud.

— ¿Estás bien? — le preguntó Lucy, que estaba sentada en la otra punta y parecía vulnerable; tenía los ojos muy abiertos.

— Sí. ¿Y tú?

— Físicamente, sí. Pero la cabeza me da vueltas.

— ¿Sabes qué es lo peor? — comentó él, suspirando.

— ¿El qué?

— Que a mí me educaron para que fuese educado, me enseñaron a responder a la gente con amabilidad. Y ya no puedo hacerlo porque ahora todo el mundo quiere algo de mí. Y se me rompe el corazón al ver a esas mujeres. Necesitan que alguien les hable con cariño, les sonría y les pregunté qué tal están. Y a mí me da igual.

Sintió que le tocaban levemente el brazo y abrió los ojos. Lucy estaba a su lado.

— Es una de las cosas más dulces que he oído en toda mi vida. —
Dios santo, era preciosa, sobre todo cuando lo miraba con aquella ternura.

El asiento de cuero le recordó el banco del barco y cómo se había sentido al estar encima de ella. Quería volver a abrazarla, volver a besarla y acariciarla como lo había hecho aquella mañana.

— No pretendía ser dulce, sólo...

— No puedes evitarlo — lo interrumpió ella. — Eres una buena persona y no puedes
evitarlo.

— No exageres. Estaba pensando cosas muy bonitas de ti justo en este momento. — Lucy se ruborizó, bajó la mirada y retiró la mano de su brazo.

— Yo no soy muy diferente de todas esas mujeres de las que intentas mantenerte alejado.

— ¿Quieres decir independientemente de que eres veinte veces más guapa que ellas y probablemente veinte veces más rica y de que has prometido que no harías el amor conmigo bajo ninguna circunstancia?

— Yo también quiero algo de ti — confesó ella, sonrojándose todavía más.

Natsu se lo había temido desde el principio. Había deseado equivocarse, pero parecía ser que no. Se preguntó si sería algo pervertido, o ilegal, o las dos cosas. Lucy parecía una chica inocente, pero sólo había pasado un par de horas con ella. Quizás aquella inocencia escondiese todo tipo de perversiones. La idea lo excitaba.

— ¿Qué es lo que quieres?

— Quizás éste no sea el mejor momento para hablar de ello. —
Natsu debía haberse imaginado que una mujer como ella debía de estar aburrida del sexo tradicional.

Seguro que, en su interior, se había reído de él cuando le había preguntado si tenía planeado hacer el amor con él durante ese fin de semana.

La limusina se detuvo y el motor se paró.

— Será mejor que lo hablemos luego — propuso Lucy — Después del paseo en helicóptero.

Estaba más excitado de lo que quería admitir y preocupado por no dar la talla.

— Recuerda que no soy un playboy.

— Es por eso mismo por lo que eres perfecto. Porque eres una buena persona. — El chofer les abrió la puerta.

Así que ése era su plan, corromperlo.

Lucy había perdido el valor, pero al subirse al helicóptero decidió que lo mejor era esperar para contarle la verdad. No les habría dado tiempo a hablar del libro de su madre antes, y durante el paseo en helicóptero fue completamente imposible.

Era la primera vez que montaba en helicóptero y se sentía nerviosa, pero decidió disfrutar de ello recordándose que, al fin y al cabo, había pagado por ello.
Sintió un cosquilleo en el estómago al despegar, y luego disfrutó de las vistas de la ciudad. Estaba tan impresionada por toda aquella belleza que, impulsivamente, se acercó a Natsu.

Él la agarró de la mano.

Continuaron así agarrados hasta que volvieron al helipuerto.

Lucy soltó la mano de Natsu a regañadientes.

Estaba encantada.

Ahorraría dinero sólo para volver a dar aquel paseo en helicóptero. Aunque probablemente no lo hiciese con Natsu, y ya no sería igual.

— Ha sido increíble — le dijo Lucy al piloto. — ¿Verdad, Natsu?

— Increíble — asintió él — Muchas gracias.

— Me alegro de que les haya gustado. Yo también disfruto en cada ocasión — comentó él antes de señalar con la cabeza hacia un grupo de gente que los estaba esperando.

— Me parece que sus fans han estado esperándolos.

— ¿Cuánto nos cobraría por sacarnos de aquí? — preguntó Lucy, medio en serio medio en broma.

No tenía demasiado dinero, pero llevaba la tarjeta de crédito en el bolso.

— Lo siento, pero no puedo. Tengo que ceñirme al contrato. —
Natsu volvió a poner el brazo por encima de los hombros de Lucy, y avanzaron así hasta la limusina.

Cuando el vehículo hubo arrancado, ambos guardaron silencio.

— ¿De verdad quieres que nos escabullamos? — dijo Natsu por fin.

Ella recordó la claustrofobia y el pánico que había sentido al pasar por entre la multitud. Pensó en cómo sería cenar en el Plaza con docenas de ojos observándolos.

Quizás tuviese algo de privacidad una vez que estuviese encerrada en su habitación, pero entonces se sentiría como una prisionera. Y a la mañana siguiente volverían a obsérvalos con microscopio.

— Me encantaría.

— Eso era todo lo que quería saber. — dijo Natsu, pasándole su maleta.

— Será mejor que te pongas unos zapatos cómodos por si tenemos que correr.

— ¿Vamos a fugarnos?

— Sí.

— Genial. — Sacó unos zapatos planos y guardó los de tacones en la maleta.

La puerta del lado de Lucy se abrió, y un botones con uniforme le tendió la mano.

— Bienvenida al Plaza, señorita Heartfilia

— Sal, yo te haré una señal.

— Espero que sepan lo que van a hacer. — dijo el chofer.

— No se preocupe. — respondió Lucy, dándole la mano al botones.

El hombre miró sus zapatos, sorprendido, antes de volver a guardar la compostura y sonreír amablemente.

— Es una nueva moda — le susurró ella.

— Por supuesto, señorita — contestó él, volviéndose hacia la limusina justo cuando Natsu salía de ella con las maletas en las manos.

— Permítame, señor.

— Lo siento. No puedo — miró a Lucy. — ¿Preparada?

— Sí.

— ¡Sígueme! — Con una maleta en cada mano, empezó a correr en dirección opuesta al Plaza, a la multitud y al botones. Lucy salió corriendo detrás de él.

— ¡Ten cuidado con los coches! — la previno Natsu. Ella siguió corriendo.

— ¡No te preocupes por mí! ¡Quizás tú vengas de Buffalo! ¡Pero yo soy de aquí! ¡Sigue adelante!

Él siguió corriendo, aunque Lucy sabía que la estaba esperando. Entonces vio un taxi vacío que avanzaba hacia ellos, y silbó con tanta fuerza que se pararon el taxi y Natsu.

— ¿Has sido tú? — preguntó él, sorprendido.

— He sido yo. Vamos, antes de que nos alcancen.

— ¿Adónde vamos? — quiso saber el taxista.

— Al sureste. Y písele a fondo.

— ¿Qué hay al sureste? — preguntó Lucy.

— Mi casa.

Natsu le dijo al taxista que les dejase en un cruce en vez de darle su dirección. Había aprendido a ser cauto. Afortunadamente su apartamento era el único lugar de la ciudad en el que estaba a salvo. Desde el principio, sus vecinos lo habían protegido y no le habían dicho a nadie que Natsu vivía allí.
Lucy lo miró, sorprendida.

— Hace unos días no querías que supiese dónde vivías. — Él todavía no sabía qué tenía Lucy en mente, pero prefería averiguarlo en su propio territorio.

— Es verdad. Quizás debiera vendarte los ojos.

— Quizás debieras hacerlo. Imagínate que tu club de fans me secuestra y me tortura hasta que confiese tu dirección. Te advierto que no tardaría nada en cantar. —
Él sonrió, y pensó que estaba guapísima.

— No sé qué tal cantarás. Pero silvas como un camionero. Y correr tampoco se te
da nada mal.

— ¿Ha sido divertido, verdad?

— Sí, ha sido muy divertido. — Él también estaba disfrutando de aquella pequeña aventura, y supuso que tampoco pasaría nada por saltarse la mitad de las actividades.

Al fin y al cabo, Lucy había pagado mucho dinero, y podía hacer lo que quisiese. Aunque no con él, por supuesto.

También quería que viese su piso para que se diese cuenta de la realidad, de que era un tipo normal y corriente.

— ¿Tienes comida en casa?

— Por supuesto. — afirmó él, aunque tenía que admitir que no había pensado en la cena.

Intentó recordar qué tenía en la nevera. No mucho. Siempre comía en el parque de bomberos. Además, en los últimos tiempos, hacer la compra se había convertido en una pesadilla.

— Podemos pedir una pizza — propuso Lucy.

— Demasiado arriesgado.

— ¿Bromeas?

— No. Lo intenté una vez, y las primeras palabras del tipo que me la trajo fueron: "¡Tú eres el que salvó a Plue!". Tuve que darle veinte dólares de propina y hacerle prometer que no le diría a nadie dónde vivía.

— Qué horror. Entonces, no puedes pedir ni pizzas, ni comida china, ni bocadillos, ni nada.

— En realidad no está tan mal. He ideado un sistema con mis vecinos. Yo los llamo a ellos, ellos hacen el pedido y luego yo voy a recogerlo a su apartamento. Podríamos hacer eso si no hay nada en la nevera. La señora Porlyusica me ha prometido en varias ocasiones sorprenderme con una fuente de lasaña.

— ¿Quién es, la señora de la limpieza?

— No — rió él — No tengo señora de la limpieza. Es una vecina que prepara una lasaña deliciosa.

— Pero has dicho que a lo mejor te la había dejado en la nevera. ¿Cómo es eso posible?

— Porque tiene las llaves. — la informó Natsu.

Quizás fuese buena idea que Lucy se diese cuenta de la confianza que tenían unos vecinos con otros, así quizás considerase modificar sus planes.

— De hecho, creo que cuatro o cinco vecinos tienen mis llaves.

— ¿Crees? Natsu, eso suena un poco arriesgado.

— Nos gusta que sea así. Cuando estoy varios días en el parque de bomberos, trabajando, alguien se encarga de dar una vuelta por mi apartamento y de recoger el correo. Gildarts Clive suele marcharse los fines de semana a ver a sus nietos, y yo le doy de comer al gato. Si yo no puedo, lo hace otra persona. Y la señora Hilda es muy mayor. Si le pasa cualquier cosa, puede llamarnos desde la cama, y alguno de nosotros va a su casa inmediatamente. — Lucy se quedó callada un momento, pensando en todo lo que Natsu le estaba contando.

— Pero, y si estás... haciendo algo personal, y la señora Porlyusica decide llevarte la lasaña, ¿no te daría vergüenza?

A Natsu le gustó ver que Lucy hablaba con cautela, quizás no fuese la depravada que él se había imaginado.

— Imagino que sí.

— Supongo que nunca te ha ocurrido.

— La última mujer con la que salí prefería que fuésemos a su casa; quizás fuese por esa razón. Y quizás también fuese por esoo por lo que rompimos. Me dijo que nunca podría vivir en un edificio como el mío, y yo le contesté que yo no podría vivir de ninguna otra manera. — Lucy lo estudió a la tenue luz del taxi.

— ¿Me estás diciendo que salvar a mi perro no fue un gesto fuera de lo normal para ti?

— No — respondió él, suspirando. — Pero preferiría que no se lo contases a nadie.

El taxista se detuvo en la esquina que Natsu le había dicho.

— ¿Está seguro de que no quiere que los lleve hasta la puerta?

— No. Muchas gracias. Así nos dará un poco el aire. — Pagó la carrera y tomó las maletas. Luego ayudó a Lucy a salir del taxi. Tenía la mano caliente y le gustó tocarla.

— Puedes vendarme los ojos si quieres — Propuso ella. — Así no sabré dónde vives.

El siguió agarrándole la mano, y la miró a los ojos. Estaba deseando besarla, pero prefería esperar a que le contase qué era lo que tenía en mente.

— Cualquiera diría que te gustaría que te vendase los ojos. ¿Tiene eso algo que ver con lo que ibas a contarme justo antes de montar en el helicóptero?

— No, no tiene nada que ver.
— Natsu no estaba convencido.

— ¿Y estás preparada para contármelo?

— Esto... Todavía no. Preferiría comer algo antes.

— De acuerdo. ¿Pero me lo contarás después de cenar?

— Sí. Te lo prometo.

Capítulo °05:

Mientras subían las escaleras hacia su apartamento Lucy se dio cuenta de que ver el apartamento de Natsu era vital para su plan.

Podría averiguar muchas cosas viendo cómo vivía y, si su madre seguía adelante con el libro, necesitaría describir el apartamento del héroe. Lucy se dijo que tendría que prestar mucha atención a los detalles.
Desgraciadamente para su capacidad de observación, el corazón le latía con fuerza cuando Natsu abrió la puerta. Una vez dentro, estarían más solos de lo que habían estado hasta el momento.

Natsu encendió una luz y le hizo un gesto para que pasase delante de él. La entrada era pequeña, y después se encontraba el salón, que estaba amueblado con muebles en tonos claros. También había una pelota de baloncesto apoyada contra un montón de libros en la mesita del café y una pila de revistas en el suelo. Al oír la puerta cerrarse, Lucy se olvidó de los muebles. Bueno, salvo de lo que dos personas juntas podían hacer sobre aquellos muebles.

Se preguntó si sería la única en tener aquellos pensamientos. Probablemente no.

— ¿Me das el abrigo? — le preguntó Natsu con voz ronca.

— Sí.

— Parece un abrigo muy caro. —comentó él abriendo el armario que había en la entrada y sacando una percha.

— Es falso. — comentó ella mientras entraba en el salón.

Los cojines del sofá parecían perfectos para... no, no debía de pensar en eso.

— Pensaba que era de verdad. Aunque lo cierto es que nunca he tocado uno de verdad, este abrigo es muy suave.

— Por eso lo compré. — Natsu se quitó su abrigo, lo dejó encima de una silla y luego se aflojó la corbata.

A Lucy le dio la sensación de que le temblaban un poco las manos, pero no estaba segura. Estaba tan sexy que se le nublaba la vista.

— ¿Quieres beber algo?

— Gracias. — al menos así sabría qué hacer con las manos.

— Ven a la cocina, y veremos qué puedo ofrecerte. — dijo él mientras se desabrochaba las mangas de la camisa y se la remangaba.

A Lucy le gustó ver cómo Natsu se iba poniendo cómodo. Aunque no habían planeado pasar aquella noche juntos, técnicamente él estaba a su disposición durante todo el fin de semana.

— Tenemos agua, coca-cola y cerveza. — dijo él después de mirar en la nevera. Luego se volvió hacia ella.

— Desgraciadamente, lo que pegaría con tu vestido sería un buen vino francés. Me gustaría poder ofrecerte algo mejor.

«Claro que puedes ofrecerme algo mejor», pensó ella.

— No te preocupes. — consiguió decir Lucy.

— No necesito comida ni bebida fuera de lo normal.

— Pues en el yate me pareció que disfrutabas mucho.

— Supongo que me gusta lo bueno cuando lo hay. Pero no suelo comer así todos los días. — Natsu la estudió como queriendo averiguar por qué le parecía tan distinta de lo que él se había imaginado.

Nunca lo sabría, pensó Lucy, porque no iba a decirle que se había gastado todos sus ahorros en pasar aquel fin de semana con él.

— Estoy pensando que podría cambiarme y volver a ponerme los pantalones y el suéter. — sugirió Lucy.

— Estos zapatos van fatal con el vestido y como no vamos a cenar en el Plaza...

— No te cambies.

— ¿Por qué no?

— A mí me pasa como a ti con la buena comida. Normalmente me da igual, pero si puedo disfrutar de algo especial, lo hago. El vestido es muy bonito, y los zapatos... — dijo, sonriendo. — te quedan graciosos.

— Oh. Esto... ¿piensas que... quieres que... me quede hasta mañana? — preguntó Lucy mientras sentía cómo se le aceleraba el corazón.

— ¿Tú tenías pensado quedarte hasta mañana?

— No lo sé. En el hotel teníamos habitaciones separadas, pero no me sentía como si estuviese pagando por pasar la noche contigo, que es como me siento ahora.

— ¿Quieres decir que si quiero puedo meterte en un taxi después de cenar y mandarte de vuelta a tu casa? — Lucy no estaba segura de adónde quería él ir a parar.

Necesitaba pasar tiempo con él para ayudar a su madre con el libro, pero sabía que le iba a costar ceñirse a su plan.

— Si te mando de vuelta a casa temprano — continuó él.

— No habrás sacado partido a tu dinero. — habló con suavidad, pero algo le hizo pensar a Lucy que él también estaba nervioso.

— Supongo que tienes razón.

— No te preocupes. Tengo demasiada curiosidad por saber qué es lo que quieres de mí como para dejar que te vayas demasiado pronto.

— De acuerdo. — así que él iba a encargarse de recordarle a su madre. — Tomémonos antes una cerveza.

— ¿Y luego hablaremos de lo que quieres pedirme?

— Quizás. ¿Tienes cacahuetes?

— ¿Para qué quieres los cacahuetes? — preguntó Natsu, frunciendo el ceño.

— Para... comérnoslos, pero era sólo una sugerencia.

— Oh. Sí, tengo cacahuetes. Aunque me parece que no hay mucho más. La señora Porlyusica no ha traído la lasaña.

— Hemos comido mucho al medio día.

— Muy bien. Hay vasos en el armario que hay al lado de la pila, si no te importa...

— Por supuesto. — dijo Lucy, abriendo el armario.

No había platos sucios en el fregadero. A su madre le gustaría saberlo. De hecho, su madre aprobaría todo lo que había visto hasta el momento, pensó Lucy mientras se instalaba en el sofá del salón. El se sentó tan cerca que se le volvió a acelerar el pulso.

Abrió las cervezas, y Lucy observó cómo llenaba los vasos como si fuese la primera vez que veía algo así. Se dio cuenta que tenía una cicatriz del tamaño de una moneda en la muñeca Natsu le tendió un vaso.

— ¿Pensabas que se me iba a caer?

— ¡No! — respondió ella, sonrojándose. — Sólo me preguntaba cómo te has hecho lo de la muñeca.

— Se me cayó un guante en un incendio. Fue hace más o menos cuatro años.

— ¿Te has quemado muchas veces? — preguntó ella a pesar de ser algo que no quería saber, se estremecía sólo de pensarlo.

— No, afortunadamente, no.

— ¿Cuántas veces? — lo interrogó mientas se decía que le gustaba cómo olía, su aftershave y que le agradecía acercarse más a él.

Acabarían hablando de su madre y del libro. Era el momento ideal. Estaban relajados, el uno al lado del otro...

— A tu salud. — dijo él, levantando el vaso.

— A la tuya. — elijo Lucy, dando un trago. — Pero Pero no has contestado a mi pregunta. ¿Cuántas veces te has quemado?

— No lo sé. No las he contado. La mayor parte de las veces son cosas sin importancia. Como la quemadura de la muñeca. No es nada.

— ¿La mayor parte de las veces?

— Sólo he tenido que ir al hospital una vez, y fue porque inhalé humo. ¿Quieres cacahuetes?

A ella se le encogió el corazón sólo de ver cómo hablaba Natsu de ello. Le hubiese gustado pedirle que dejase de poner su vida en peligro, pero no tenía ningún derecho a hacerlo. Tomó un puñado de cacahuetes.

— ¿Y qué piensan tus padres de ello?

— Lo odian. Pero es lo que he querido hacer desde que tenía seis años. — respondió él, metiéndose un cacahuete en la boca.

Lucy observó cómo comía. Le gustaban los hoyuelos que se le marcaban en los mofletes. Pensó en el beso que le había dado en el yate y en lo mucho que deseaba que volviese a besarla.

— ¿Te gusta tu trabajo porque es emocionante?

— En parte es por eso. Pero también me gusta porque es muy simple. Cuando luchas contra el fuego, sabes perfectamente quién es tu enemigo. Pero será mejor que dejemos de hablar de fuegos y de superhéroes. — sugirió Natsu, tomando su cara con las dos manos.

El roce de su piel hizo que Lucy se estremeciese.

— ¿De qué quieres que hablemos?

— No quiero que hablemos. —
Tomó posesión de su boca y la tumbó sobre los cojines.

Ella se olvidó de todo al sentir sus labios, su lengua y el peso de su cuerpo. Y se entregó por completo, dejando caer los cacahuetes que tenía en la mano.
De pronto, oyeron que alguien intentaba abrir la puerta.

— Maldita sea, se me ha olvidado echar la cadena. — se quejó Natsu, levantándose del sofá.

Lucy se sentó y se estiró el vestido.

¿Cómo era posible que se hubiese dejado tumbar tan pronto?

¿No se suponía que Natsu iba a recordarle que le contase lo que quería pedirle?

— Natsu! ¿Estás en casa? —preguntó la voz de una mujer.

— Hola, señora Porlyusica.

«Me ha salvado la señora de la lasaña», pensó Lucy.

— Pensé que estarías en el Plaza disfrutando de la compañía de esa mujer loca y rica, cariño. — dijo la señora Porlyusica mientras le tendía a Natsu una fuente. — ¿Qué ha pasado?

Natsu deseó que Lucy no hubiese oído la descripción que había hecho de ella su vecina. También esperó que ésta no se diese cuenta del bulto que tenía a la altura de la bragueta.

— Hemos cambiado de planes. ¿Es lasaña?

— ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Cómo es eso de que habéis cambiado de planes?

— La mujer rica y loca decidió que el Plaza no era divertido. — dijo Lucy desde el salón. Un segundo después aparecía detrás de Natsu.

— Ha llegado usted justo a tiempo, señora Porlyusica. Estábamos muertos de hambre. —
A la señora Porlyusica casi se le cae la fuente de las manos.

— ¡Eres tú! ¡La mamá de Plue! —
Natsu dejó escapar un gruñido. Pero Lucy, parecía encantada con ser la mamá de Plue.

— Se les tiene tanto cariño.

— Lo sé. Nosotros teníamos un perro llamado Tootsie, pero cuando murió, Makarov dijo que no quería otro. Pero cuando vi a Natsu con el cachorro en brazos me entraron tantas ganas de tener un cachorro que fuimos a la perrera y nos hicimos con uno.

— ¡Eso es estupendo! — Natsu observó a las dos mujeres sin poder creer lo que estaba viendo.

Parecía que se había creado un vínculo inmediato entre ellas y deseó que acabasen pronto con la conversación. El también tenía mucho que compartir con Lucy en el sofá del salón o en la cama.

— Natsu me ha hablado de su lasaña. Estoy deseando probarla.

— Yo también. — dijo Natsu sin entusiasmo.

Hacía un minuto Lucy había estado dispuesta a arrancarse la ropa por él y, en ese momento, cualquiera hubiese dicho que en realidad había estado deseando conocer a la señora Porlyusica. Probablemente sólo estaba siendo amable, después de lo que él le había contado de sus vecinos. Y era de agradecer, pero ya había sido suficiente.

Natsu decidió que era el momento de retomar el control de la situación.

— Deme la fuente de lasaña, y así podrá marcharse. — sugirió Natsu. Su vecina la apartó de su alcance y miró a Lucy de arriba abajo.

— Es interesante, los zapatos que lleva puestos.
— Hemos tenido que correr. —explicó Lucy.

— Se lo contaré otro día. — intervino Natsu, intentando hacerse con la lasaña.

— No está lo suficientemente caliente. — dijo su vecina. — Tenía pensado dejarla en la nevera para que la comieses mañana por la noche.

— La calentaremos.

— Tengo una idea mejor. — dijo la señora Porlyusica, entrando en la casa. — ¿Por qué no os preparo una buena cena italiana? Tengo pan, antipasto, vino.

— Suena muy bien. — admitió Lucy, siguiéndola.

— Suena muy bien. Pero para otro día. El miércoles. ¿Qué te parece el miércoles, Lucy? — preguntó, tomándola del brazo.

— A mí me parece bien hoy.

— Pero... — no estaba seguro de por qué quería posponer la invitación de su vecina.

— Tenéis que comer. — afirmó la señora Porlyusica. — Y sé que no tienes nada en la nevera.

— Nos las apañaremos. Hemos comido mucho al medio día, ¿verdad, Lucy?

— Lo sé. — dijo la vecina. — Os he visto en la televisión; habéis salido en las noticias. Y si os habéis marchado corriendo del Plaza, seguro que os vuelven a sacar en el informativo de las diez. Mañana tendrás que ir a trabajar con mi sombrero y el abrigo viejo de Makarov, como hiciste el día después de salvar a Plue.

— Eso no me lo habías contado. — se quejó Lucy.

— No estoy orgulloso de ello. —dijo él.

Sus compañeros le habían dicho que parecía una vieja o un travestido. Menos mal que vivía en una ciudad como Nueva York.

— Pues funcionó. — replicó la señora Porlyusica. — Hasta ahora nadie ha averiguado dónde vivías. ¿Entonces, vendréis a cenar o no?

— Por supuesto. — contestó Lucy.
Natsu estaba confuso.

A Lucy parecía haberle gustado el beso que le había dado, ¿por qué quería deshacerse así de él?

— Si quiere, pídanos una pizza — dijo Natsu. — Iré a recogerla a su casa dentro de un rato. No queremos causarle molestias. Seguro que pensaba acostarse pronto.

— ¿Bromeas? No me perdería las noticias de las diez por nada del mundo. Quiero ver cómo lo habéis hecho para escaparon. Venid a cenar a casa, ya pedirás la pizza otro día. Además, a Makarov se le ha caído un poco de sopa de tomate debajo del sillón y necesitaba que nos ayudases a moverlo para poder limpiar. Iba a dejarte una nota en la cocina.

— Está bien.. — suspiró Natsu. No podía enfrentarse a las dos mujeres, y Lucy parecía no querer estar a solas con él.

Quizás estuviese loca realmente.

Una mujer normal no habría estado ardiente de pasión un momento y, un minuto después, fría como el hielo. Sería mejor que tuviese cuidado con ella.

— Cenaremos con vosotros.

Capítulo °06:

A Lucy, la señora Porlyusica le recordaba a su madre. Aunque en realidad no se parecían en nada.

Lo entendió nada más entrar en su casa. Ambas eran muy activas.
El piso de los Porlyusica era tan acogedor como solía ser el de sus padres cuando su padre todavía vivía. Lo echaba mucho de menos.

— ¡Mira a quién tenemos aquí, Makarov! — anunció la señora Porlyusica al entrar en casa.

Su marido separó la vista de la pantalla del televisor.

— Natsu. ¿Qué demonios...? Oh, perdone — dijo al ver a Lucy. — ¡Pero si es la dueña de Plue!

— En carne y hueso, la señorita Lucy Heartfilia. — la presentó su esposa. — Los he invitado a cenar.

— Pero si nosotros ya hemos... —murmuró Makarov, confuso.

— Nos sentaremos con ellos y charlaremos. — ordenó a su marido, lo que hizo sonreír a Lucy. Su madre también solía mirar así a su padre muchas veces.

— Oh, por supuesto, por supuesto — luego miró a Natsu. — Ya que estás aquí, podías ayudarme a mover el sillón. He tirado un poco de sopa al medio día.

— Encantado.

— Lucy y yo iremos a la cocina mientras vosotros os ocupáis de eso. Ya sabes dónde está el quitamanchas, Makarov. Lucy, ven conmigo. — Unos minutos después, ambas preparaban la cena.

— Todo el mundo tiene mucha curiosidad por ti. — confesó la señora Porlyusica. — Todos pensamos que Natsu es estupendo, por supuesto, pero has pagado mucho dinero por salir con él.

— Supongo que le parece una frivolidad. — respondió Lucy, le estaba costando mucho trabajo comportarse como una niña caprichosa.

Decidió confiar en aquella mujer y contarle al menos parte de la verdad.

— Pero lo hice por mi madre.
— ¿Se lo has comprado a tu madre? — Lucy se ruborizó.

— No piense mal. Verá, ha estado deprimida desde que falleció mi padre, pero la conmovió tanto el hecho de que Natsu salvase a Plue. Que pensé que si...

— Pensaste que si te veía con un buen chico, se animaría. Eres una hija muy considerada.— Lucy se sintió mejor.

— Mis dos hijas también habrían hecho lo mismo por mí, aunque ellas no tienen tanto dinero como tú, por supuesto. Las dos salen con dos buenos chicos, y el año pasado tuve un nieto.

— Debe de estar muy contenta.

— Tu madre también lo estaría. El nacimiento de un nuevo miembro de la familia es el único modo de burlarse de la muerte. — Lucy no sabía cómo habían pasado a hablar de salir con chicos a quedarse embarazada.

— En realidad no había planeado llegar tan lejos. Natsu y yo casi no nos conocemos. — La señora empezó a reírse.

— ¿Qué pasa? — preguntó Lucy.

— Que a mí me parece que ya os conocéis lo suficiente. Cuando Natsu ha abierto la puerta, bueno, ya sabes a lo que me refiero. —
Lucy pensó que debía de tener la cara del color del vestido.

— ¿Has accedido a venir a cenar aquí para pararle los pies? —preguntó la señora Porlyusica.

Lucy abrió la boca para hablar. Pero no consiguió articular palabra.

— Quizás quieras dejarlo con la incertidumbre, y lo entiendo. —continuó la vecina.

— El haber pagado todo ese dinero te deja en una posición un tanto extraña. — Lucy murmuró que estaba de acuerdo.

— Pero si yo fuese tú, no jugaría con este chico. — le aconsejó la señora.

— Si te gusta, ve directa al grano. Ten muchos hijos y haz feliz a tu madre.

— Bueno... no había pensado en lo de los hijos...

— Por supuesto que sí. Quizás todavía no lo sepas. Los jóvenes de hoy en día sois muy complicados. Y todo para lo mismo de siempre, encontrar una pareja y hacer bebés.

— Pero no todo el mundo...

— Ya sé que no todo el mundo tiene hijos, y algunas personas no deberían tenerlos. Pero para eso está preparado todo el mecanismo.

— ¿Qué mecanismo? — preguntó Natsu, entrando en la cocina. Miró a Lucy.

— ¿Estás bien? — Ella suspiró y luchó por no bajar la mirada más allá de su rostro.

— Estoy bien.

— Cosas de chicas — dijo la señora Porlyusica, sonriendo. — ¡La cena está lista!

Natsu disfrutó de la cena. Pero no pudo evitar mirarse el reloj. Le daba miedo que Lucy fuese como la Cenicienta y desapareciese en cualquier momento, para siempre. Debería quedarse aliviado cuando se fuese, pero, cuanto más estaba con ella, más lo fascinaba.

La señora Porlyusica y Makarov la trataron como si fuese su hija, y ella parecía cómoda. A Natsu le gustaba verla reír y divertirse. Aunque pensaba que podían estar pasándoselo mucho mejor los dos solos.

Era gracioso, había roto con una de sus novias porque no le gustaba que tuviese tan buena relación con sus vecinos. Aunque la situación era completamente diferente con Lucy. Había pensado en pedirle a Esa mujer que se casase con él, por eso había sido tan importante lo que opinase de sus vecinos.

Lo que pensase Lucy no debía importarle, porque no iba a tener una relación seria con una persona que se había gastado treinta y tres mil dólares en una subasta de solteros. Aun así, no le importaría pasar con ella el resto de la noche. Y se moría de curiosidad por saber qué era lo que quería pedirle. Aunque ella parecía preferir estar allí, charlando con los vecinos.

— No hubiésemos cenado mejor en el Plaza. — comentó Lucy mientras se terminaba la lasaña.

— Es lo que tiene la comida casera. — dijo la señora Porlyusica.

— Estaba muy rica. — comentó Natsu.

— ¿A que ha sido mejor que pedir una pizza?

— Mucho mejor. — admitió él. — No sé en qué estaba pensando.

— Yo sí. — dijo su vecina, sonriendo.

Afortunadamente en ese momento sonó el teléfono, y Natsu no tuvo que hacer ningún comentario, aunque estaba seguro de que se había ruborizado. Makarov se levantó a contestar.

— ¿Es una receta secreta o se la da a quien se la pide?

— Sólo a determinadas personas — contestó la señora Porlyusica, orgullosa. — Luego te la doy. Ah, y puedes compartirla con tu madre si quieres.

— Sería estupendo. Aunque no sé cocinar demasiado. Tendría que enseñarme usted.

— Llámame cuando quieras. —
Natsu observó a ambas mujeres con interés.

Parecían haber desarrollado una amistad que duraría más allá del fin de semana. Era algo que él todavía no había conseguido.
Makarov apareció por la puerta.

— La señora Hilda necesita ayuda, Natsu, me parece que tú eres el único que puede ayudarla.

— ¿Qué ocurre? — preguntó él, poniéndose inmediatamente de pie.

— Nada grave. Le ha dado un ataque de tos y se ha sentado en el sillón. Ha intentado levantarse varias veces, pero se marea y le da miedo caerse.

— ¿Llamamos a urgencias?

— No creo que haga falta. La verdad es que creo que ha oído que estabas de vuelta y tiene curiosidad por saber qué tal te lo has pasado. Me ha dicho que Gildarts Clive te ha visto entrar y la ha llamado. Te ha llamado a tu apartamento, pero como no estabas...

— Ayúdala a volver a la cama y asegúrate de que se toma las pastillas. — dijo la señora Porlyusica.

— Eso la hará feliz. Luego vuelve a tomarte tu zabaglione. — Natsu sabía que lo estaba sobornando, aquel postre se había convertido en su favorito.

Aunque todavía le tentaba más estar a solas con Lucy.

— Te acompañaré a ver a la señora Hilda. — dijo ella. Natsu iba a decirle que se quedase allí con sus vecinos, pero luego lo pensó mejor.

Si volvían al postre, quizás terminarían quedándose hasta media noche, jugando a las cartas o algo así.

— Tu zabaglione es el mejor del mundo. Pero estoy lleno. ¿Podríamos dejarlo para otro momento? — miró a Lucy para ver si le echaba una mano.

— Yo también estoy llena. — dijo Lucy, ruborizándose. — Aunque suena estupendo.

— Os daré un trozo por si tenéis hambre más tarde.

— Le ayudaré a recoger los platos mientras tanto. — dijo Lucy, evitando mirar a Natsu a los ojos.
Makarov observó a Lucy y luego tomó a Natsu del brazo.

— ¿Has averiguado algo extraño de ella?

— ¿Cómo qué?

— Ya sabes. ¿Está loca?

— A mí me parece normal.

— ¿No te has fijado en los zapatos que lleva con ese vestido?

— Fui yo quien le dije que se cambiase para salir corriendo del Plaza.

— ¿Te gusta, verdad? He estado observándote, y sé que te gusta.

— Por ahora sí. ¿Hay algo que no debiera gustarme?

— Es hermosa, y educada. Y os atraéis el uno al otro, pero tienes que tener cuidado. — A Natsu le pareció un buen consejo, él llevaba pensando lo mismo desde el día de la subasta.

— No te ofendas. — añadió Makarov. — ¿Pero crees que una mujer normal pagaría treinta y tres mil dólares para salir con un hombre?

— Lo sé. Yo tampoco lo entiendo. No parece ser alguien que tire el dinero así como así.

— ¿Se te ha insinuado?

— Ella no... Lo he hecho yo.

— Bueno, no puedo culparte, pero todo esto me pone un poco nervioso. ¿Qué pasó?

— Que apareció la señora Porlyusica. — Makarov se echó a reír.

— Tiene un sexto sentido para ese tipo de cosas. Solía volver locas a las chicas. A veces se traían a algún chico a casa, intentaban no hacer ruido. Yo no las oía nunca, pero mi esposa siempre se despertaba y aparecía con leche y galletas. Le gusta Lucy.

— Ya me he dado cuenta.

— Eso también es extraño. Suele tener buen ojo con la gente.

— Por eso se casó contigo.

— Por supuesto.

— ¿Cuánto tiempo hacía que conocías a la señora Porlyusica cuando decidiste que era la buena?

— No la conocía. Sólo la había visto en una fiesta. Luego salimos juntos, conocimos a nuestras familias, hablamos del futuro. Pero creo que yo estaba seguro desde la primera vez que la vi. Y no me equivoqué.

— Eso es obvio.

— Me dijiste que habías visto a Lucy muchas veces antes de que ocurriese lo de su perro. Dijiste que le ibas a pedir que saliese contigo.

— Ya, pero después de la subasta supuse que me había equivocado. Tal y como tú has dicho, una mujer normal no tiraría treinta y tres mil dólares.

— Mantén los ojos bien abiertos. Hay algo que me huele mal. Todavía no sé lo que es. Pero Lucy aún no ha puesto todas sus cartas sobre la mesa.

Lucy sujetó el zabaglione mientras Natsu llamaba a la puerta de la señora Hilda. Habían decidido ir allí directamente por si la señora Hilda necesitaba realmente la ayuda de Natsu.
Lucy también lo necesitaba.

El tiempo que había pasado con sus vecinos había hecho que se sintiese todavía más fascinada por él.

Había empeorado las cosas. Su voz, su risa y sus miradas habían hecho que lo desease todavía más.
Pero una cosa era el deseo, y otra, el deseo de hacer hijos con él. Quizás algún día pensase en casarse. Y después, su marido y ella se establecerían y quizás tendrían un hijo. Pero todavía era pronto.

La señora Porlyusica no entendía que los tiempos habían cambiado y que las mujeres ya no sentían las mismas necesidades biológicas que cuando ella era joven.

— Ha debido de dormirse. — dijo Natsu. Y llamó un poco más fuerte.

— Entra, Natsu. — Él utilizó su llave para abrir la puerta. — Señora Hilda, he traído a una amiga.

— Qué bien. Entra y preséntame a tu amiga. — Lucy siguió a Natsu.

— Señora Hilda, ésta es Lucy Heartfilia.
— ¿La jovencita del perro? —preguntó la anciana, de aspecto delicado y pelo canoso que estaba sentada en un sillón enorme.

— Acercaos. No recuerdo dónde he puesto las gafas, y mi vista ya no es la de antes. Déjame que te vea, Lucy Heartfilia. — Lucy se acercó al sillón.

— Encantada de conocerla, señora Hilda. — dijo, agachándose y dándole la mano.

Sin darse cuenta, se abrió la tapa del recipiente en el que llevaba el postre y se manchó el vestido.

— ¡Vaya! — se quejó, separándolo del vestido y limpiando el recipiente con el dedo para no manchar la alfombra.

— Dámelo. —dijo Natsu, quitándoselo de la mano.— Y no te muevas. Iré a buscar algo para limpiarlo.

— Lo siento. Tu vestido es muy bonito — comentó la señora Hilda. — ¿Es el zabaglione de la señora Porlyusica?

— Sí. —asintió Lucy, chupándose un dedo. — Y está delicioso.

— ¿Se irá la mancha del vestido?

— Eso espero. — Además de lo mucho que le había costado encontrar aquel vestido, siempre le recordaría a Natsu.

Pasase lo que pasase entre ellos, quería poder saborear aquellos recuerdos más tarde. Cuando Natsu volvió, Lucy todavía se estaba chupando los dedos. Aunque ella no lo hizo adrede, a él, a juzgar por su mirada, pareció provocarlo el gesto.

— ¿Necesitas... ayuda?

— No, gracias — respondió ella y, al mirarlo, casi se le sale el corazón del pecho.

Miró para otro lado antes de que la señora Hilda se diese cuenta de la química que había entre ellos.

— Supongo que debes de estar cansado de pasarte el día salvándome.

— Natsu no se cansa nunca de ayudar a la gente. — rió la señora Hilda.

— ¿Qué? — preguntó él sin dejar de mirar a Lucy.

— Que naciste para salvar a la gente. Me mareo, y vienes inmediatamente a ayudarme. Es tal y como lo cuentan en televisión. Eres un héroe.

— No soy un héroe. Pensé que al menos mis vecinos...

— Tus vecinos sabemos mejor que nadie que es verdad. — replicó la anciana.

— Arreglas cosas, vas a hacer recados... Bueno, solías ir a hacer recados antes de que empezasen a perseguirte un montón de mujeres por la calle.

— ¿Lo han perseguido? ¿Cuándo?

— Lo vi por la ventana. Iba con dos bolsas de pañales para la señora Dreyar, que tiene trillizos y su marido trabaja todo el día. Los pobres no tienen tiempo de nada. Todo el mundo intenta ayudarlos. Yo les he hecho ropita, pero el que más los ayuda es Natsu.

— No es verdad. — protestó él.

— Claro que sí, así que cállate y déjame que lo cuente. Iba con dos bolsas llenas, y oí que alguien gritaba: «¡Es él!». Miré por la ventana y vi a dos mujeres persiguiéndolo como si estuviesen locas. Las despistó y no soltó las bolsas en ningún momento. Menos mal que está en forma.

— Es ridículo todo lo que ha pasado desde que salí en televisión. — dijo él, sonrojándose.

— Espero que se acabe pronto.
— A Lucy lo que más le sorprendía no era que varias mujeres lo persiguiesen, sino que Natsu fuese a comprar pañales para una madre de trillizos.

Lo imaginó comprándolos para sus propios hijos, quizás por culpa de la señora Porlyusica, que le había hablado de tener hijos.
Lo imaginó con un bebé en brazos, o paseando con un niño por el zoológico de Central Park. Luego se preguntó algo que, tenía que admitirlo, le preocupaba.

Se preguntó quién sería la afortunada madre de aquellos niños.

Capítulo °07:

A Natsu no le hacía ninguna ilusión estar allí mientras la señora Hilda lo ponía por las nubes, pero le gustó cómo lo miraba Lucy, con dulzura y cariño, como si tuviese ganas de besarlo.

En aquellos momentos a él le costaba pensar en ella como una chica rica y loca.

Quizás cuando había pujado con él, había tenido motivos ocultos y hasta pervertidos para hacerlo. Quizás, antes de que se acabase la noche, Natsu descubriría que estaba totalmente trastornada y que era capaz de hacer todo tipo de cosas extrañas.

Pero en aquellos momentos no le parecía posible. Su madre siempre le había dicho que ella era demasiado inocente.

— Bueno, estoy segura de que estáis los dos deseando continuar con vuestra velada. — dijo la señora Hilda. — Natsu, si me ayudas a llegar a mi habitación, no os molestaré más.

— Por supuesto — asintió Natsu.

— Espera. — lo detuvo Lucy. — ¿Por qué no nos tomamos los tres juntos el zabaglione de la señora Porlyusica antes de marcharnos?
— A la anciana se le iluminó el rostro, y Natsu deseó que Lucy no hubiese tenido aquella idea.

Le encantaba contribuir a que sus vecinos fuesen felices, pero en aquella ocasión, para hacer feliz a la señora Hilda, tendría que privarse él de estar a solas con Lucy.

— No me gustaría molestar. —comentó tímidamente la anciana.

— No es ninguna molestia. Lucy y yo vamos a servir los platos.

— Oh. Será muy especial. — Natsu agarró a Lucy de la mano y la condujo a la pequeña cocina.

— Espero que no te importe. —murmuró ella. — Es que parece estar tan sola y...

— Por supuesto que no me importa. Es lo más adecuado. Lo mismo que esto. — Y la besó intensamente. Ella respondió con tantas ganas que Natsu no la hubiese dejado marchar nunca.

Aparentemente, Lucy era la que más fuerza de voluntad tenía de los dos. No tenía sentido, Lucy lo besaba con todo su alma y, al mismo tiempo, luchaba por separarse de él.

— Deja de moverte, y ven aquí. — le pidió él mientras intentaba apretarla más contra su cuerpo.

— No.

— ¿Por qué?

— Porque llevo el vestido manchado y no quiero mancharte a ti.

— Me da igual. — La agarró con fuerza y volvió a besarla. La vez anterior, Lucy había respondido a su beso, pero en esa ocasión, lo besaba salvajemente y clavaba los dedos en los músculos de sus hombros.

Él gimió de placer al notar cómo el pequeño y delicado cuerpo de ella encajaba a la perfección con el suyo. Natsu no sabía si el corazón que oía latir con tanta fuerza era el suyo propio o el de ella, o si los dos latían al compás. Sabía que no podría seguir torturándose mucho más, así que se obligó a apartarse de ella. La camisa se le quedó pegada al vestido de Lucy.

— ¿Ves? — murmuró ella.

— Me encantaría que nos quedásemos pegados para siempre. — dijo él, mirándola a los ojos.

— Pues no ha habido suerte. Será mejor que sirvamos el postre.

— Supongo que sí. Cuanto antes lo hagamos, antes podremos marcharnos de aquí.

— Natsu... — dijo Lucy, sonrojándose. — Tenemos que hablar.

— ¿Acerca de lo que vas a pedirme? — Ella asintió.

— Lo haremos. — aunque no tenía ganas de saber qué era.

Tenía miedo de despertar de aquel sueño. Suspiró y se dirigió hacia uno de los armarios de la cocina.

— Yo buscaré los platos, los cubiertos están en el cajón que hay al lado de los fogones.

— Conoces los pisos de todos tus vecinos.

— Es normal. Llevo cinco años viviendo aquí.

— Yo he vivido en el mismo edificio durante casi toda mi vida, y el único piso que conozco bien es el de mi madre.

— ¿Tu madre vive en el mismo edificio? — preguntó él, dándose cuenta de que aquello era nueva información.

— Esto... sí. — admitió Lucy, tomando los cubiertos.

Natsu no sabía si había sido su imaginación o si Lucy no tenía ganas de hablar de su madre. Colocó los platos en una bandeja antes de hacerle otra pregunta.

—¿Sabe ella lo de la subasta?

— Me parece que lo sabe toda la ciudad.

— ¿Y qué piensa al respecto?

— Esto... lo entiende. — dijo Lucy después de aclararse la garganta en silencio.

Natsu se imaginó cuál sería la reacción de su madre si se enterase por un periódico que su hijo había hecho algo así. Quizás para ellas no fuese una gran cantidad de dinero. Si así era, Lucy estaba totalmente fuera de su alcance, y sería mejor que lo recordase a partir de entonces.
Recogió la bandeja y se volvió hacia ella. A juzgar por su expresión, era evidente que le estaba escondiendo algo.

— Vamos a tomar el postre. — dijo Natsu, dirigiéndose al salón.

Lucy pensó que las cosas se estaban complicando cada vez más. No había contado con la incontrolable pasión que había entre ellos. Cuando Natsu la había besado unos momentos antes, su cerebro había sufrido un cortocircuito.

Por si el beso no hubiese sido suficiente, él se había comportado como todo un macho. Al estilo «yo, Tarzán, tú, Jane», que parecía seguir funcionando. A Lucy le había encantado su manera de reír y de atraerla hacia él. Todavía podía sentir sus fuertes músculos contra su cuerpo. Había hecho que ardiese de deseo y los rescoldos de aquel fuego se avivaban sólo de pensar en ello.

Quería que la llevase de vuelta a su apartamento, que la acostase en el suelo y que le hiciese el amor sin tan siquiera pedirle permiso.

Que fuese primitivo, satisfactorio y muy insensato. Por el momento ni siquiera le había insinuado lo del libro de su madre.

Había esperado hacerse amiga suya para poder contarle la verdadera razón por la que había apostado por él. Quizás hasta hubiesen podido reírse juntos de todo aquello. Luego, Natsu accedería a ayudarla y Lucy conseguiría su objetivo.

Pero conociéndolo mejor, dudaba que fuese a reaccionar así. Si los elogios de la señora Hilda lo incomodaban, era probable que odiase la idea de servir de inspiración para una novela romántica. Natsu pensaba que ella había pujado por él por otras razones, razones que tenían que ver más con una atracción sexual. Lucy sabía que aquello lo excitaba y hacía que la desease.

¿Qué ocurriría si se enteraba que no tenía nada que ver con eso?

Lucy pensó en no contarle lo del libro. Si dejaba que su relación avanzase, podría presentárselo a su madre más tarde, y Layla obtendría por ella misma lo que necesitase.

Sólo había dos personas en el mundo que sabían el verdadero motivo por el cual Lucy había hecho aquello, ella y su amiga Levy.

Y Levy nunca la delataría. Pero al verlo reír y hablar con la señora Hilda recordó que él había actuado con honestidad desde el principio, y se dijo que ella tenía que hacer lo mismo. Se lo diría en cuanto entrasen en su apartamento, antes de que volviese a besarla y le hiciese perder la cabeza, por no hablar de la ropa.

Porque una vez que la besaba, Lucy deseaba que aquello no se acabase nunca. Jamás había disfrutado tanto de un beso.
Natsu la miró, como si le hubiese leído el pensamiento.

— Será mejor que nos marchemos. — A ella se le aceleró el pulso. Ojalá pudiesen volver a su apartamento y retomar la velada donde la habían dejado. Pero no podía hacerlo.

— Tienes razón. Tenemos que hablar.

— Bien. Lavaré los platos y después...— En ese momento llamaron al timbre.

— ¡Bueno! — aplaudió la anciana. — ¡Más compañía! Qué noche tan concurrida.

— La verdad es que sí. — admitió Natsu, agarrando la bandeja y dirigiéndose hacia la puerta.

— Hola, Gildarts. ¿Qué ocurre? — A pesar de que Lucy no podía ver al hombre, se imaginó que era Gildarts Clive, el vecino del gato.

— Siento molestarte, Natsu, pero el fregadero de los Dreyar ha vuelto a atascarse. No consigo encontrar mi desatascador, y Mirajane no tiene ni idea de dónde está el suyo. Laxus está trabajando, y ella necesita ayuda. He ido a ver si Makarov tenía uno, pero parece ser que se lo ha prestado a su hija, así que me ha dicho que te preguntase a ti, que estabas aquí.

— No te preocupes. Puedes utilizar el mío; está en el armario de los productos de limpieza.

— Ya he mirado antes de venir. Pero no lo he visto.

— Oh. Quizás lo haya puesto en otro sitio. Escucha; espera a que termine aquí e iré a casa de los Dreyar dentro de diez minutos.

— De acuerdo. Esto... ¿Está aquí la muchacha del cachorro? — Así que era eso, pensó Lucy. Estaban buscando una excusa para ver a la loca millonaria.

— Sí, está aquí. ¿Quieres conocerla? — preguntó Natsu con resignación.

— Bueno, no quiero arruinaros la noche. Makarov me ha contado que os habéis marchado corriendo del Plaza.

— Pues sí — admitió Natsu, dejándolo pasar.

— Entra, Gildarts. Lucy Heartfilia, éste es mi vecino, Gildarts Clive.

— Encantada de conocerlo. — dijo Lucy, dándole la mano. Tenía los ojos azules, el pelo castaño con ligeras canas y apretaba la mano con fuerza.

— Igualmente. — respondió él, mirando las manchas del vestido de Lucy y de la camisa de Natsu.

—Os he visto a los dos en la televisión. Bonito yate.

— ¿No te ha parecido romántico?— intervino la señora Hilda.

— Mucho. ¿Qué tal está señora Hilda? Makarov dice que ha vuelto a marearse.

— Es normal cuando se tienen casi noventa años, Gildarts. — Lucy se dio la vuelta.

— ¿Casi noventa? Oh, eso es estupendo.

— Dios lo ha querido. — contestó la anciana, suspirando. — He sobrevivido a toda mi familia. Si no tuviese tan buenos vecinos, no estaría tan bien. aquí.

— La verdad es que no éramos tan buenos vecinos hasta que Natsu no vino a vivir

— Claro que sí — se quejó Natsu:— Yo...

— Tiene razón. — asintió la señora Hilda.

— Entonces llegó este bombero de Buffalo, que siempre sonreía y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por sus vecinos. En una ocasión..

— La señora Dreyar debe de estar preguntándose cuándo vamos a ir a desatascarle la pila. — lo interrumpió Natsu, recogiendo los platos de postre.

—¿Qué te parece si lavo esto y vamos para allá, Gildarts?

— Yo lavaré los platos. — dijo Lucy, quitándoselos de las manos.
— Tú ayuda a la señora Hilda a meterse en la cama.

— De acuerdo. Buena idea. —admitió él, sonriendo. Gildarts tenía razón, la sonrisa de Natsu era encantadora.

Si ella viviese en aquel edificio, tendría unas excelentes relaciones de vecindad con un hombre como él.

— Oh, deja los platos. — le pidió la señora Hilda. — Es tu noche especial.

— No, de verdad que no me importa. Me lo estoy pasando fenomenal. — Y lo cierto era que era verdad.

Además, cuando los vecinos los dejasen por fin a solas, tendría a Natsu sólo para ella. Natsu se agachó para ayudar a la señora Hilda.

— Venga, Escarlata O'Hara. Vamos a subir las escaleras

— Eres un encanto. — dijo la anciana, riendo.

— Y tú, una belleza. — Lucy se quedó cautivada con la imagen de Natsu llevando a la pequeña mujer a su habitación.

Le llegó al corazón de la misma manera que cuando sacó a Plue del lago helado pegado contra su pecho. Si su madre fuese capaz de reflejar aquella ternura en el papel, su libro sería todo un éxito de ventas.

— ¿Es un tipo especial, verdad? —preguntó Gildarts.

— Esto... sí, lo es. Bueno, voy a lavar los platos.

— Te haré compañía. — dijo Gildarts, siguiéndola hasta la cocina. — Odia que lo alabe.

— Ya me he dado cuenta.

— Pero no puede evitar hacer cosas por los demás. Lo queremos mucho.

— Lo entiendo.

— No nos gustaría que nadie le hiciese daño. — Lucy dejó los platos y se volvió hacia Gildarts.

— Yo no tengo intención de hacerle daño. — Si Natsu se negaba a ayudar a su madre, le habría salido el tiro por la culata. Aunque Gildarts acababa de decir que Natsu siempre estaba dispuesto a ayudar a todo el mundo.

— Supongo que él también lo ha visto así, si te ha traído a su casa. Últimamente ha tenido mucho cuidado con que la gente no supiese dónde vivía.

— Ya me lo ha contado. — comentó ella, secándose las manos. — Algunas mujeres locas como cabras han estado persiguiéndolo.

— Perdona, pero siento decirte que eso mismo es lo que pensábamos que serías tú, que te gastaste tanto dinero pujando por él.

— Y lo entiendo. Pero yo no estoy loca.

— Eso me parece a mí. — admitió Gildarts.

— En realidad yo me he imaginado lo siguiente: a tu novio lo mataron en la Guerraa del Golfo y da la casualidad de que Natsu se parece mucho a él. Así que, cuando viste a Natsu salvando a tu cachorro, pensaste que el espíritu de tu novio estaba en él. Y por eso merecía la pena gastarse todo ese dinero, para averiguar si de verdad este hombre tiene el alma de tu novio. ¿Tengo razón?

— La verdad es que no. Pero me ha gustado la historia. — Lucy pensó que su madre se lo pasaría muy bien charlando con un hombre con tanta imaginación. Entonces se le ocurrió presentarlos. Aunque quizás fuese demasiado pronto.

— ¿No es eso? Entonces no he ganado la apuesta.

— ¿Qué apuesta?

— Todos los vecinos que conocemos a Natsu, es decir, todos, hemos escrito la razón por la que pensamos que pujaste por él en la subasta. Si me lo cuentas, no se lo diré a nadie. Y no puedo cambiar mi respuesta, porque las hemos metido en un sobre cerrado y nos las hemos enviado por correo. Te lo enseñaré el lunes.

— ¿Qué es lo que vas a enseñarle el lunes? — preguntó Natsu, apareciendo de repente.

— Oh, el desatascador de Makarov. Eso si su hija se lo devuelve. ¿Qué tal la señora Hilda? — Gildarts parecía nervioso, y Lucy se dio cuenta de que no quería contarle a Natsu que todo el edificio estaba haciendo apuestas acerca de por qué estaban juntos ese fin de semana.

— Parece que está bien. — respondió él, mirándolos a los dos, como si sospechase que le ocultaban algo.— Ya está dormida.

— Bien. ¿No pensarás que se ha inventado el mareo para hacerte venir, verdad? — Natsu siguió serio, aunque le brillaban los ojos.

— No más que tú, que has perdido el desatascador, Gildarts. Vamos a buscar el mío.

Capítulo °08:

De camino a su apartamento, Natsu se preguntó durante cuánto tiempo iban a seguir jugando a aquel juego sus vecinos.

Habría adelantado más si hubiese organizado una reunión para presentar a Lucy nada más llegar al edificio. Pero no podía enfadarse con ellos, por muy frustrado que se sintiese. No sólo tenían curiosidad, también estaban intentado protegerlo.
Todos habían visto cómo se equivocaba con su ex novia, y lo suyo con Lucy les parecía todavía más arriesgado.

Aunque era curioso lo bien que ella estaba encajando con todos. Mientras iban por el pasillo, Lucy hablaba animadamente con Gildarts, como si se conociesen de toda la vida. En el apartamento, los dos vasos de cerveza y la lata de cacahuetes seguían en la mesita del café.

Natsu se dio cuenta de que había un puñado de cacahuetes en el suelo, al lado del sofá, y recordó el momento en el que Lucy los había dejado caer. Tenía que encontrar el maldito desatascador y mandar a Gildarts a casa de los Dreyar.

— ¿Has mirado en el armario donde están los productos de limpieza? — le preguntó Natsu a Gildarts.

— Por supuesto. — Natsu miró a Lucy.

— Espera un momento mientras lo busco.

— ¿Quieres que te ayude? — se ofreció ella.

— No, gracias.

Natsu lo buscó mientras Gildarts y Lucy charlaban en el salón. Oyó que hablaban de cine, y le sorprendió oír que las películas favoritas de su vecino eran las románticas. Por fin encontró el desatascador, que estaba en el armario de su habitación. Le pareció extraño encontrarlo allí; solía guardar siempre las cosas en su sitio.

Pero últimamente había estado bastante distraído. Al sacarlo del armario, dio con un pequeño objeto que había en el suelo del armario. Recordó que había tirado allí la caja de condones que brillaban en la oscuridad que le había dado el tipo de la estación de servicio. Eran los únicos que tenía.

Miró la caja durante unos segundos y tomó una decisión. Sólo un loco dejaría escapar la oportunidad de hacerle el amor a Lucy. Abrió la caja y se guardó un preservativo en el bolsillo. Luego la guardó en el cajón de la mesita de noche y tomó el desatascador.

Antes de marcharse de la habitación, miró hacia la cama y se imaginó a Lucy allí tumbada, con aquella misma mirada que cuando le había preguntado si quería que lo ayudase a buscar el desatascador. Deseaba estar a solas con ella. En cuanto se marchase Gildarts...

— Eh, lo has encontrado. — comentó Gildarts.

— Sí. — asintió él, dándoselo.

— Todo tuyo. — Gildarts no alargó la mano para agarrarlo.

— Esto, Natsu...

— ¿Ahora qué? No me lo digas. La pila de Mirajane no está atascada.

— Sí, de verdad que sí. Y no creo que lo haya hecho a propósito. Pero sé que le gustaría que fueses tú con Lucy. — Natsu suspiró.

— Te prometo que es la última que quiere conocerla. — dijo Gildarts.

— Como es sábado, hay mucha gente que ha salido. Pero Mirajane no ha hablado con nadie durante los últimos tres días, y cuando se ha enterado de que estabais aquí, ha alucinado. ¿Podéis bajar Lucy y tú un par de minutos aunque sea sólo a saludarla?

— ¿Cuánto tiempo tienen los trillizos? — preguntó Lucy, incómoda.

— Cuatro meses. — dijo Natsu. —Pero supongo que estarán dormidos.

Lo sorprendió que Lucy se mostrase reacia después de lo dispuesta que había estado a ayudar a los otros vecinos. Quizás no le gustasen los niños. Natsu pensó que había muchas cosas que le gustaría saber de ella.

— Estoy seguro de que no hace falta que los veas si no quieres. —añadió.

— No es que no quiera verlos... Es que no sé nada acerca de bebés.

— No te preocupes. — la animó Gildarts. — Se aprende rápido. Y son una monada.

— No creo que le interese, Gildarts. — intervino Natsu.

El comentario sonó más duro de lo que él quería, y se dio cuenta de que estaba decepcionado con la reacción de Lucy. Lo cierto era que, si Lucy no quería ir a casa de su vecina, no era por quedarse a solas con él, sino porque no le gustaban los niños. Aunque aquello no debería haberle importado. La verdad era que a él le encantaban los niños.

— Creo que deberíamos ir. — dijo Lucy.

— Mira, no tienes por qué hacerlo. No te has gastado todo ese dinero para...

— Lo he gastado para estar contigo. — replicó ella. — Así que si tú vas a casa de los Dreyar, yo también.

— Hablas como si fuese un drama.

— Sólo ha dicho que no está acostumbrada a los niños, Natsu. Y eso no es ningún crimen. — Natsu se dio cuenta de que estaba reaccionando de manera exagerada.

— Tienes razón, Gildarts. Lo siento — se disculpó con Lucy.

— No pasa nada.

— Claro que pasa, y te lo compensaré. Pero primero tenemos que acabar con todo
esto. — Los tres salieron del apartamento, y Natsu cerró la puerta. Gildarts iba delante, y
ellos dos, el uno al lado del otro.

— Me he puesto un poco a la defensiva con lo de los trillizos. — comentó Natsu. — Uno de ellos es mi ahijado.

— Y a Mirajane le encantaría que reconocieses cuál de ellos es. — diji Gildarts, riendo.

— Eh, distingo perfectamente a Elai. Y a Makarov y a ti os ocurre lo mismo.

— ¿Cada uno sois el padrino de uno de los tres? — preguntó Lucy.

— Sí. — asintió Gildarts. — La noche que nacieron, Laxus estaba trabajando, así que Makarov llevó a Mirajane al hospital. Yo iba a su lado, en el asiento de atrás, intentando calmarla. — Natsu le pidió el coche a su jefe para ir delante, abriendo paso.

Natsu recordó que había querido llamar a una ambulancia, pero que Mirajane se había negado.

— En la familia de mi padre hay varios gemelos. — comentó Lucy

— Mi madre piensa que yo también podría tenerlos, aunque yo no me lo imagino. Y trillizos... Me quedo boquiabiertaa sólo de pensarlo. — Natsu se dio cuenta de que Lucy todavía no estaba preparada para la maternidad.

Aunque aquello era bueno.

Si hubiese dicho lo contrario, él habría empezado a imaginarse tonterías. Como Lucy le atraía físicamente y le parecía muy divertida, podía haberse enamorado un poco de ella, lo que lo habría llevado a imaginarse como el padre de sus hijos.

Hasta que no habían nacido los trillizos de Mirajane, él nunca había pensado en tener hijos. Pero a partir de aquel momento había empezado a envidiar a sus hermanos porque todos tenían su familia. Podría cometer un grave error si se enamoraba de la mujer equivocada, y era evidente que Lucy era la mujer equivocada.

Al acercarse a la puerta de los Dreyar, Natsu oyó los inconfundibles gritos de Elai, Ryu y Rayan. Miró a Lucy, y se dio cuenta de que tenía el ceño fruncido.

— Me parece que los trillizos están despiertos. — comentó ella.

— ¿Quieres volver a mi casa y esperarme allí?

— No. Me quedo. — Natsu sonrió al ver como levantaba la Barbilla con resolución.

Estaba tan hermosa con aquel vestido, que se habría quedado allí mirándola eternamente. Estaba deseando acariciarle la mejilla, pero no era el mejor momento para hacerlo.

— Seguro que se calmaran en cuanto vean a sus tíos— dijo Gildarts, llamando al timbre con insistencia.

Mirajane abrió la puerta. Llevaba en brazos a uno de los niños.

— Gracias a Dios. — dijo, dándole el niño a Gildarts. — Sujeta a Ryu mientras yo voy a buscar a Elai y a Rayan. Los vecinos deben de estar volviéndose locos.

— ¿Es la pila de la cocina la que está atascada? — preguntó Natsu.

— ¡Sí, ve para allá! — Natsu entró en la cocina. Se remangó y utilizó el desatascador mientras los niños seguían llorando.

Sintió compasión por Mirajane, que no quería molestar a la joven pareja que se había mudado al piso de encima del suyo hacía poco tiempo. También supuso que cuando le había dicho a Gildarts que los llevase a Lucy y a él, los niños debían de estar dormidos.
Le costó desatascar la pila.

Cuando hubo terminado, se dio cuenta de que los bebés ya no lloraban. Oyó pasos, y Mirajane entró en la cocina con Elai. Al menos a él le pareció que era Elai. Aunque también podía ser Rayan. Los tres tenían el pelo rizado y rubio, los ojos azules y aquella mirada tan enternecedora.

— Parece que lo has conseguido. — comentó Mirajane. — Muchas gracias.

— De nada. — Estaba seguro de que era Elai, que tenía un remolino en el pelo que los otros dos no tenían.

— ¿Has dejado a Rayan en la cuna?

— Éste es Rayan. — rió ella.

— Vaya por Dios, he vuelto a equivocarme. ¿Y dónde está Elai?

— Con Lucy. ¿Sabes?, no es como me la imaginaba.

— ¿Lucy tiene a Elai?

— ¿Por qué te sorprende tanto?

— Porque parecía preocuparla el tema de los trillizos.

— A todo el mundo le preocupa. — rió Mirajane.

— Intimidan mucho. Además, se nota que no está acostumbrada a estar con bebés, pero solo ha sido ponerle a Elai en brazos para sentirse mejor.

— ¿De verdad?

— De verdad. Me gusta es adorable, Natsu. Si es rica, es algo que no puede evitar. Y se ha gastado parte de su dinero en una subasta, así que ya no es tan rica como hace una semana.

— Me parece que aquello no fue nada para ella. Pero a mí también me gusta. — dijo él, aunque lo cierto es que la deseaba desesperadamente.

— Y, sin embargo, me cuesta olvidarme de lo de la subasta. ¿Cómo voy a tener algo en común con una mujer capaz de tirar esa cantidad de dinero?

— No te olvides de que el dinero no era sólo por pasar un fin de semana contigo. También era por una buena causa. Y eso es algo que tenéis en común. — Natsu pensó que tenían mucho más que eso en común.

Cuando Lucy estaba en sus brazos, parecían hechos el uno para el otro, al menos desde el punto de vista físico.

— Sigo pensando que para ella no es más que una aventura.

— Quizás, aunque a mí no me ha dado esa sensación. Dale una oportunidad. No la prejuzgues sólo porque tenga dinero.

— Me parece que fue ayer cuando me aconsejaste justo lo contrario: que tuviese cuidado.

— Eso fue antes de que empezase a arrullar a Elai. — Natsu le tendió el desatascador a Mirajane, e hizo ademán de tomar a Rayan en brazos.

— Toma, te lo cambio.

— Encantada, estos chicos cada vez pesan más.

— Ése es su trabajo. Eh, Rayan, ¿qué tal te va la vida, campeón? — Rayan respondió golpeándole la cara con sus manitas y haciendo unos ruiditos extraños.

— ¿Bien, ¿eh? Choca esos cinco.

— ¿Natsu, ¿cuándo te vas a decidir a tener hijos? Hay por ahí hombres que no deberían ser padres reproduciéndose como locos, y tú sigues soltero y sin hijos.

— Es por culpa de Lucy.

— ¿De Lucy?

— Si su perro no se hubiese caído al lago, seguro que en estos momentos yo estaría saliendo con alguna mujer maravillosa. Pero por su culpa tengo que estar escondido. No me atrevo ni a sonreír a ninguna chica en el metro, y mucho menos a pedirle salir.

— Pero esta noche tienes una cita.

— Sí, con la culpable de todo, con una mujer que me ha comprado. Porque, si lo piensas, eso es exactamente lo que ha hecho.

— ¿Por qué no te olvidas de eso? Ven al salón y verás lo bien que le sienta tener a Elai en brazos. —
Natsu siguió a Mirajane, y se preguntó si su vecina tendría razón.

Lucy no había pedido ser rica y había donado una gran cantidad de dinero a una buena causa. Quizás no estuviese loca. Quizás hubiese pensado que pasar un agradable fin de semana juntos era la mejor manera de darle las gracias por haber salvado a su perro.

Aunque seguía sin saber qué era lo que quería pedirle. A lo mejor también tenía que ver con una obra de caridad y quería que él participase. A pesar de que no quería seguir estando en el ojo del huracán, si ella se lo pedía, se lo pensaría.

Al acercarse al salón, oyó risas, pero no estaba preparado para lo que vieron sus ojos. Lucy estaba sentada en el sofá y tenía a Elai en brazos. Estaba vuelta hacia Gildarts, que tenía a Ryu, y los dos bebés jugaban con la ayuda de los adultos.

Mirajane se detuvo en la puerta, y él, a su lado, permanecía fascinado con la imagen de Lucy jugando con los dos bebés. Era evidente que algún día tendría hijos y jugaría con ellos de aquel mismo modo. Había dicho que en su familia había gemelos.

A Natsu no le costó imaginarla con dos niñas, ambas rubias iguales a ella. El padre de Natsu ocuparía el lugar de Gildarts. Se le encogió el corazón.

— ¿Has visto? —preguntó Mirajane.

— Sí.

Gildarts y Lucy terminaron de cantar una canción, y Lucy tomó las dos manos de Elai para hacerle aplaudir. Luego levantó el rostro y sonrió; se la veía feliz. A Natsu le hubiese gustado poder embotellar aquella sonrisa. Sus miradas se cruzaron, y él sintió que la emoción lo invadía.

— ¿Has arreglado la pila? — le preguntó ella.

— Sí. Veo que has hecho un par de amigos.

— Nos lo estamos pasando muy bien. — Natsu sabía que la estaba mirando como un idiota, pero no podía evitarlo.

De pronto, se la imaginó embarazada, luego, con un niño en brazos y, después, dando de mamar a otro.

— Me parece que ya os hemos molestado suficiente. — dijo Gildarts.

— Será mejor que os marchéis, yo ayudaré a Mirajane con los niños.
— Natsu salió del trance.

Estaba imaginándose a Lucy dando a luz a sus hijos, y ni siquiera le había hecho el amor. Aunque pensaba hacérselo.

— Si estáis seguros de que no vais a necesitarnos. — comentó él, que hacía años que no deseaba tanto estar a solas con una mujer.

— No te preocupes. Muchas gracias por venir.

— A mí me ha encantado. — confesó Lucy. — Tienes unos bebés preciosos.

— A mí también me ha encantado — repitió Natsu.

Les dieron un par de besos más a los niños y se marcharon de allí. Natsu tomó a Lucy de la mano, y sintió que la deseaba más que a nada en el mundo.

Capítulo °09:

Bebés.

Lucy no había pensado mucho en ello.

La mayor parte de las mujeres a las que conocía se habían casado tarde y habían tenido hijos cuando ya estaban establecidas profesionalmente. Aún joven, ella siempre había pensado que todavía le quedaba mucho tiempo por delante.

Pero eso había sido antes de ver a Natsu con un niño de cuatro meses en brazos. Nunca olvidaría aquella imagen. Con la camisa remangada y el pelo despeinado.
Pero no era un papá como los demás. Sus anchos hombros y aquel físico poderoso hacían que el contraste entre el héroe y el bebé indefenso fuese enternecedor.

Cuando Rayan había alargado su manita para tocar el rostro de Natsu, ella se había derretido.
Luego se habían despedido y habían subido las escaleras para ir a casa de Natsu, y ella seguía impresionada. No era el mejor momento para hablar del proyecto de su madre, pero no podía cambiar las cosas. Natsu le agarraba la mano con fuerza y ella sentía que no podía más, que bastaría que la acariciase para hacer que perdiese la cordura.

La caricia llegó en cuanto entraron a casa de Natsu y éste cerró la puerta. Sin hablar, le puso la mano en la nuca y masajeó su piel mientras la miraba a los ojos.

Ella se sintió indefensa.

Él sonrió con la boca y también con la mirada.

— Sí — murmuró Lucy.

— ¿Así sin más? — preguntó él con los ojos brillantes.

— Así sin más. — respondió ella.

Le temblaban tanto las piernas, que casi no se mantenía en pie.
Un momento después estaba en los mismos brazos fuertes que habían salvado a su perro, habían llevado a la señora Hilda a su habitación y habían mecido a un bebé.

Lucy decidió que era un lugar muy especial.

Natsu siguió mirándola a los ojos mientras entraba en la habitación y la dejaba en la cama con cuidado. Sin apartar la mirada de ella, empezó a desabrocharse la camisa. A Lucy se le aceleró el pulso al ver su pecho desnudo.

— No soy diferente al resto de los hombres que conoces. — dijo él mientras se quitaba los zapatos y los calcetines y empezaba a desabrocharse también el cinturón.

— Lo dudo. — una no se encontraba con un hombre con el cuerpo de una estatua griega y el corazón de un santo todos los días.

— Tengo tres libros de la biblioteca que no he devuelto y aprieto demasiado el tubo de pasta de dientes. — explicó mientras se quitaba el cinturón.

— No me pierdo ni un partido de los Knicks y le echo ketchup a casi todo, menos al helado.

— Parece divertido. — respondió ella dulcemente. Nunca había deseado tanto a un hombre. Él se detuvo a mitad de desabrocharse los pantalones y levantó las cejas. Ella se mojó los labios.

— Nunca lo he probado con ketchup.

Natsu la miró de la misma manera que cuando la había sorprendido limpiándose la blusa en el yate. Le temblaban las manos cuando se bajó la cremallera del pantalón.

— ¿Quieres que vaya a buscarlo?— preguntó.

— No — murmuró ella, que tenía la mirada fija en la erección que se evidenciaba debajo de sus calzoncillos.

— Sólo te necesito a ti.

— Me pregunto si será suficiente — dijo él, acercándose más.

— Será más que suficiente — respondió Lucy, echándolo hacia ella.

Si no la hubiese deseado tanto, a Natsu le habría preocupado hacerle el amor a una mujer a la que le parecía buena idea incluir el ketchup en sus juegos sexuales. Intentó mantenerse lúcido y evitar dejarse llevar.

Pero en cuanto aquellos labios de terciopelo lo tocaron, se derritió.
No oyó el ruido del tráfico procedente de la calle, ni el de una puerta en el piso de al lado, ni el ladrido de un perro. El mundo se acababa en aquella cama y en aquella mujer. Estaba envuelto por el sonido de su respiración, por el olor de su piel y la suavidad de su pelo.

Aquel beso tenía un nuevo significado.

Ella le había dicho que sí, a él, a sus caricias y a que la tomase por completo. La promesa de aquello calentaba su cuerpo, y Natsu perdió el control. Entendió lo que era el instinto de supervivencia, y experimentó otro instinto igual de primitivo.

Por primera vez en su vida, cedió al inconfundible instinto del apareamiento. Como un salmón nadando a contracorriente, se fue abriendo paso por un largo río de sensaciones hasta llegar a unirse con aquella mujer. Su corazón la había elegido, a pesar de la razón. Luchó contra la barrera de su ropa, que ella misma le ayudó a rasgar, y tiró el maltrecho vestido al suelo.

Después llegó el turno a la ropa interior. Ambos ardían de deseo.
Natsu colocó la mano sobre su corazón, que latía con fuerza. Lucy nunca olvidaría aquella unión, se dijo, ni él tampoco. La besó con intensidad y recorrió todo su cuerpo con las manos. Tenía los pechos firmes y las nalgas de seda, y se retorcía y gemía de placer con sus caricias.

Con su sabor grabado en la lengua, su olor invadiéndolo y el latido de su corazón en la punta de los dedos, se echó hacia atrás para sumergirse en aquellos ojos de chocolate.

Lo miraban con desesperación. Las pupilas estaban dilatadas de deseo, y las mejillas, coloreadas de pasión.

— Por favor.. — murmuró Lucy.

Natsu sacó un preservativo del cajón de la mesita de noche y se lo puso antes de penetrarla. Ella lo agarró por la cadera y se incorporó. Era la invitación más elocuente que había recibido nunca. Apoyó las dos manos a los lados de su cabeza y la miró mientras se dejaba inundar por su calor. Lucy abrió muchos los ojos y empezó a respirar entrecortadamente.

— Estoy aquí pequeña. — le susurró Natsu al oído.

— Sí. — La besó y sintió que no iba a aguantar mucho más.

— Muévete conmigo. — le dijo, balanceándose adelante y atrás. — Baila conmigo, Lucy.

Ella levantó las caderas y siguió su ritmo. Natsu gimió de placer y sintió cómo su cuerpo iba llegando al límite. Sintió que ella se estremecía por dentro, y vio cómo una ola de placer la invadía.
Lucy lo miró a los ojos. Él se deleitó sumergiéndose en el clímax que éstos reflejaban, y se alegró de que no los hubiese cerrado, de que hubiese compartido aquello con él. Y siguió moviéndose.

Una y otra vez.

Y ella gimió.

Sí.

Lucy acabó gritando y arqueando la espalda, y aquello hizo que él también se perdiese. Fue una explosión de pura energía. La miró a los ojos y se apretó contra ella, para que sintiese la intensidad de aquella emanación. Pero bajo todo ese placer corría un hilo de decepción. No había sido la unión completa de dos almas que Natsu tanto había perseguido. Pero era un comienzo. Natsu podía verlo en sus ojos.

Era un buen comienzo.

Lucy se quedó tumbada, disfrutando de la increíble belleza del rostro de Natsu, y supo que no era la misma mujer que cuando había entrado en aquella habitación. La intensidad del acto sexual la había cambiado, había abierto nuevos horizontes, sueños exóticos.

— Vuelvo en un momento —murmuró él.

Unos segundos después estaba allí. La abrazó y le peinó unos mechones de pelo que le caían sobre la frente.

— ¿Qué era eso que me querías pedir? — Se lo preguntó con tanta sensualidad, que Lucy sintió que casi no podía ni pensar, y tardó un minuto en entenderlo.

Ah, sí. El libro de su madre.

— Ahora no. — dijo. No quería estropear la maravillosa experiencia que acababan de compartir.

— Cualquier mujer se diría que es precisamente ahora el mejor momento. No sería capaz de decirte que no a nada.

— Yo no soy como la mayoría de las mujeres. — contestó ella, recorriendo con la mano los músculos de su espalda.

— Eso ya lo sé. — dijo él, acariciándole la garganta y respirando hondo.

— Humm. Qué bien hueles. Es como las flores que solía recoger en el bosque para llevarle a mi madre. — Lucy debía haber imaginado que había sido así de cariñoso de niño.

Arqueó el cuello, le encantaba cómo se lo estaba recorriendo con la lengua, hasta llegar a la
Barbilla.

— Me alegro de que te guste.

— Me gusta. — afirmó él, jugando con el lóbulo de su oreja. — Me encantaría poder tener dinero para comprártelo.

Lucy sintió un escalofrío. Odiaba seguir haciéndole creer que era rica cuando no era verdad.

— No es un perfume caro. — Él empezó a reír.

— Lucy, te he estropeado el vestido. Tu precioso vestido. Estoy preocupado porque no puedo comprarte un perfume y probablemente te haya estropeado un vestido de diseño que cuesta cientos de dólares. Lo siento. Es la primera vez que le rompo el vestido a una mujer. Seguro que has pensado que podía haber elegido otro vestido para romper, uno que hubiese sido comprado en la sección de oportunidades.

— Y eso es lo que has hecho.

— ¿Te has comprado un vestido en la sección de oportunidades para ir al Plaza?

— Por supuesto. ¿Por qué no?

— No pensé que... Bueno, da igual. Mirajane ha criticado mi comportamiento con respecto a tu dinero, y supongo que tenía razón. — Así que estaba empezando a aceptar el hecho de que fuese rica. Lucy se preguntó qué ocurriría cuando le contase que no era verdad, que se lo había hecho creer para no tener que admitir que se había gastado todos sus ahorros en él, pero que no estaba loca.

No le había dado importancia a aquello antes, pero en ese momento estaban el uno al lado del otro, desnudos.

— El vestido no era caro. Pero, aunque lo hubiese sido, me habría dado igual. Ha sido la primera vez que alguien me rompía la ropa y me ha parecido muy... divertido.

— No me malinterpretes. No me estoy disculpando. — dijo él, besándola de nuevo y envolviéndola en una manta que había a los pies de la cama.

— No te enfríes. Volveré enseguida. — No hacía nidos segundos que Natsu se había marchado, y a ella ya le estaba remordiendo la conciencia.

Si le hubiese contado ya lo del libro de su madre, podría relajarse y disfrutar de aquella maravillosa experiencia. Pero no podía dejar de pensar que él era de esos hombres a los que no les gustaba que les guardasen secretos. Y ella estaba guardando más de uno.

Decidió que se lo contaría inmediatamente, antes de que aquello fuese más lejos. Salió de la cama envuelta en la manta y fue en busca de su héroe. Le era difícil concentrarse, pero tenía que hacerlo.

Lo encontró en la cocina. Estaba sacando unas cervezas frías para los dos. Entró en silencio, y Natsu no la oyó. Así que se quedó un momento observando cómo servía las cervezas, desnudo. Y volvió a sentir que el deseo la invadía.

Él volvió la cabeza y sonrió.

— El vestido era precioso, pero esa manta también te sienta muy bien — comentó, terminando de servir la primera cerveza y abriendo la segunda.

Lucy intentó no distraerse de su objetivo. Tenía que empezar a hablar, y rápidamente. Pero cuando vio cómo se movían sus músculos para abrir la cerveza, pensó que hablarle de su madre en aquellas circunstancias no era nada apropiado

— A mí también me gusta tu traje — comentó. Estaba deseando volver a acariciarlo, y dejó caer la manta al suelo.

Natsu la miró, y la cerveza fue a parar a la encimera. Buscó un paño y empezó a limpiarla.

— Espera. — le pidió ella, Natsu le inspiraba todo tipo de ideas. — No la eches a perder.

Caminó hasta la encimera y se agachó para lamer un poco de líquido. Luego lo miró y se pasó la lengua por los labios. Natsu la miró loco de deseo. Ella volvió a repetir la acción, y cuando se volvió hacia él, todo su cuerpo estaba rígido como una estatua, incluida su erección. Lucy se acercó y la acarició, incapaz de reprimir el anhelo que crecía en ella.

Natsu empezó a respirar entrecortadamente, y ella se puso de rodillas. Él suspiró. Pero no la detuvo. Sabía que lo deseaba tanto como ella. Y gimió cuando Lucy lo tomó entre sus labios.

Lucy disfrutó de cada gemido, de cada temblor de su cuerpo. Por primera vez en su vida deseaba más dar placer que recibirlo. Y era evidente que lo estaba consiguiendo.

Natsu susurró su nombre y se estremeció.

Ella se dio cuenta de lo vulnerable que era él en aquel momento, justo cuando estaba a punto de perder el control. Y lo ayudó a perderlo con firmeza y ternura al mismo tiempo. Él dejó escapar un gruñido y se vació dentro de ella.

Lucy no se dio cuenta de su propio deseo hasta que no se hubo puesto en pie y lo hubo besado.

Antes de que se diese cuenta, Natsu la había tumbado en el suelo, encima de la manta que ella había dejado caer, y estaba recorriendo todo su cuerpo con los labios. Finalmente la agarró por las caderas y le devolvió el favor que ella le había hecho unos minutos antes.

Después de dejarse invadir por el placer, los dos se abrazaron encima de la manta. Lucy apoyó la cabeza en su pecho y oyó como le latía el corazón. Él le acarició el pelo y le dio un beso en la cabeza. Era la mano de Natsu. Los labios de Natsu.

Estaba con Natsu y, casi con dolor, se dio cuenta de que quería seguir estando con él después de aquel fin de semana. Cada vez veía más lejos su verdadero objetivo. Él lo entendería, se dijo.

Le encantaría ayudarla.

Pero lo cierto era que no estaba segura de cuál sería su reacción. Y tenía miedo a averiguarlo.

Como anfitrión, Natsu decidió que dejaría dormir a Lucy.

Al día siguiente ambos deberían intentar volver a la rutina con los medios de comunicación pisándoles los talones. Aunque no le agradecía comentarlo en ese momento, después de haberse escapado del Plaza, era probable que al día siguiente a Lucy la persiguiesen los periodistas tanto como a él. Necesitaba descansar para enfrentarse a aquello.

Así que se puso los calzoncillos y le sugirió a ella que buscase en su maleta el camisón. Pero cuando vio el camisón blanco de gasa, sacudió la cabeza.

— ¿No te gusta?

— Mucho. Pero si te lo pones, no vamos a dormir nada.

— ¿Qué quieres decir?

— Que me parece que te voy a dejar agotada. — Natsu no podía creerlo.

Pero seguía teniendo ganas de hacerle el amor, y hacía menos de media hora que lo habían hecho en la cocina. Se preguntó si volvería a ser capaz de cocinar allí sin excitarse. Ni siquiera la cerveza, que solía calmarle, había hecho que disminuyese el deseo que sentía por ella.

— ¿Por qué no me dejas decidir a mí si quiero que me agotes o no?

— Porque tengo que dejarte dormir un poco. Espera a ver que encuentro por aquí. — Se dirigió al armario y sacó una camiseta del Cuerpo de Bomberos de Nueva York del último cajón.

Estaba desgastada de tanto lavarla, así que ni Lucy ni nadie podría estar sexy con ella puesta. Así la dejaría tranquila al menos un par de horas, lo que lo haría sentir como un hombre más civilizado, en vez de como una bestia salvaje.

Pero no había contado con que la camiseta tenía un agujero. Lucy se la puso, le llegaba hasta media pierna y parecía una niña pequeña vestida con la ropa de su hermano mayor. Hasta que se movió y uno de sus pezones asomó a través del agujero. Lucy miró el agujero, luego levantó la cabeza para mirar a Natsu, y dijo:

— ¡Cucú!

— Póntela del revés.

— Pero si a mí me gusta así. — dijo ella, metiendo un dedo por el agujero. — Aunque va a acabar rompiéndose.

Natsu luchó por controlarse y apagó la luz.

— Tenemos que dormir.

— Si tú lo dices. ¿Qué lado prefieres? — Sus ojos fueron adaptándose a la oscuridad y vio a Lucy a los pies de la cama.

Él no dormía en ningún lado en concreto. Así que respondió por instinto.

— El que está más cerca de la puerta. — dijo, interponiéndose así entre ella y cualquier posible peligro.

En unas pocas horas Lucy se había convertido en algo tan preciado que quería protegerla de todo. Ella fue al otro lado y se metió entre las sábanas. Natsu sintió ternura y se preguntó por qué. Pensó en cómo sería compartir su cama con Lucy noche tras noche. Hasta entonces, no se había dado cuenta de lo mucho que quería tener una esposa, hijos, un hogar.

No era sólo sexo lo que quería de aquella mujer.

Pero nada más meterse en la cama con ella, sintió que su calor lo llamaba. Lucy se acercó, y él sintió contra el brazo la firmeza de su pezón. Era evidente que estaba excitada.

— Buenas noches. — susurró Lucy.

— Buenas noches..

Natsu intentó luchar contra su imaginación. Había un agujero en la camiseta. Por el que podría introducir la lengua y volver a saborearla. Y ella había metido el dedo por él adrede, para recordarle lo divertido que sería agrandar aquel agujero, romper la camiseta y...

— Maldita sea. — Se abalanzó sobre ella, que empezó a reírse.

Y a él le encantaba convertir aquellas risas en gemidos de placer. La camiseta se rasgó sin dificultad, y él le acarició los pechos hasta que los dos desearon con todas sus fuerzas volver a unir sus cuerpos. Natsu buscó otro preservativo.

— Yo lo haré. — dijo Lucy, quitándoselo de las manos.

— Date prisa. — Natsu cerró los ojos y disfrutó de la sensación que le causaban las manos de Lucy desenrollando el preservativo sobre su erección.

— ¡Ah! — Abrió los ojos al oír su exclamación, pero no podía ver su expresión en la oscuridad. Lo que sí podía ver era su propio pene, que brillaba.

— ¡Vaya!

— ¿No lo sabías?

— El tipo de la estación de servicio...

— ¿Para esta noche?

— Para esta noche.

— Parece como si... — rió ella.

— Como si fueses un Jedi que acabase de desenfundar el sable de luz. — Era muy divertido, pero Natsu tenía otras cosas en mente.

— Eso es. Y te voy a demostrar los poderes de La Fuerza. — Lucy siguió riendo mientras lo abrazaba.

— ¿Me vas a hacer brillar en la oscuridad a mí también?

— Te lo prometo, princesa. — dijo él mientras la penetraba.

Capítulo °10:

En algún momento a lo largo de la noche, mientras dormía muy poco y le hacía el amor a Lucy, Natsu tuvo que reconocer que se había equivocado al juzgarla por su dinero. Su primera impresión, la que se había llevado al verla en el parque, jugando con Plue, era la que contaba. El hecho de que hubiese pujado por él en la subasta lo había despistado y le había hecho pensar que era un bicho raro.

Lo cierto era que Lucy era la mujer con la que él siempre había soñado. Cuando se sentaron frente a frente para desayunar y se sonrieron cada vez que sus miradas se encontraron, Natsu decidió que estaba enamorado. Debía de ser la razón por la que estaba disfrutando de las campanas de la iglesia que se oían en el exterior, del silbido de algún viandante y de los gritos de un niño.

El desayuno no fue nada especial, pan con mermelada y café. Pero a Lucy no pareció importarle, y a él, menos. El único problema que tenían era que los medios de comunicación se les echarían encima en cuanto saliesen a la calle. Natsu había estado ideando distintas maneras de pasar el día juntos, a solas.

Tenía ganas de pasear con ella por un césped sembrado de flores silvestres, bajo el sol y con el canto de los pájaros de fondo. Lo tenía muy difícil. Alargó el brazo y entrelazó sus dedos con los de ella.

— Tu perro te ha costado mucho dinero.

— ¿Plue? — preguntó ella, acariciándole la palma de la mano con el dedo gordo. — ¿Por qué dices eso?

Una caricia tan simple como aquélla ya hacía que Natsu la deseara. Llevaba puesta una camiseta de los Knicks, porque la de la noche anterior había acabado hecha harapos. Afortunadamente, ésa no tenía agujeros, así que se la quitaría por la cabeza. Pero tenía que dejar que terminase de comerse la tostada, así que continuó con la conversación y esperó a saciar su deseo después del desayuno.

— Te habría pedido que salieses conmigo de todas formas.

— ¿De verdad? — se sorprendió ella.

— Por supuesto. Te había visto muchas veces en el parque, y nunca había ningún hombre contigo, así que tenía la esperanza de que fueses soltera. Tenía pensado pararme a hablar contigo.

— ¿Hablas en serio? No tenía ni idea.

— Lo que quiere decir que tú ni siquiera te habías fijado en mí. Supongo que debería sentirme ofendido.

— Pues lo siento, pero nunca me había fijado en ti, pero todo ha salido bien de todas formas.

— Supongo que los de la lucha contra el analfabetismo pensarán lo mismo. Pero, francamente, yo habría preferido conocerte en unas circunstancias más normales. Los últimos meses han sido muy duros para mí.

— Lo siento.

— Ya es agua pasada. — dijo él, mirándola a los ojos. Estaba feliz. — En estos momentos ya no me importa tanto. De hecho, volvería a pasar por ello si supiese que al final del túnel ibas a estar tú.

— Eso que me estás diciendo es muy bonito.

— Has hecho que la tortura haya merecido la pena.

Natsu hubiese querido decirle muchas más cosas, pero dudó. Lucy parecía sentir lo mismo que él, pero era un momento muy delicado de cualquier relación. Habían pasado una noche fantástica, y Natsu pensaba que habían puesto las bases para pasar muchas otras noches fantásticas juntos. Pero no estaba seguro de que ella pensase lo mismo.

— Imagino que sentirías que podía haber algo entre nosotros cuando salvé a tu perro — añadió.

— Bueno, yo... Quiero decir, que me cuesta creer que te gastases todo ese dinero sólo para darme las gracias. Tuviste que pensar que quizás podíamos entendernos bien.

Natsu esperaba que ella le diese la razón, pero no lo hizo, y a él se le encogió el estómago. Cuanto más tiempo pasaba, más se le aceleraba el pulso. No le gustaba la expresión que había en sus ojos. Quizás estuviese decidiendo cómo deshacerse de él. Quizás lo único que ella había querido era una aventura de una noche con el héroe local, y no tenía ninguna intención de salir con un tipo que no tenía el mismo estatus que ella.

Lucy respiró hondo.

— En realidad, yo...

— Eh. Olvida lo que he dicho. — la interrumpió, decepcionado. Se había comportado como un idiota. Echó la silla hacia atrás y se levantó.

— Pensé... bueno, da igual lo que pensase. Escucha, puedes darte una ducha si quieres. Llamaré un taxi. Supongo que tienes ganas de irte a casa, y he estado entreteniéndote.

— ¡Natsu! Por favor, siéntate. Tengo que contarte algo, algo que debía haberte contado antes, pero estábamos tan bien juntos...

— Estás casada con un viejo que vive en una residencia de ancianos.

— No.

— Estás casada con un hombre de negocios que viaja mucho y al que ves muy poco.

— ¡No! ¡No estoy casada! Haz el favor de sentarte.— Así que no estaba casada. Al menos no tendría que enfrentarse a aquella pesadilla en concreto.

Pero no era capaz de sentarse. Si su estómago seguía así de revuelto, tendría que salir corriendo al cuarto de baño, a vomitar.

— Di lo que tengas que decir, Lucy. Debí imaginarme que era demasiado bonito para ser verdad.

— Me gustaría que no sacases conclusiones así como así. — se quejó ella, poniéndose de pie; aparentemente, también necesitaba moverse, como él.

— Está bien. Esto es lo que ocurrió. — Empezó a andar de un lado a otro y a tocarse la Barbilla. A Natsu le gustó verla nerviosa. Al menos no le iba a ser fácil explicarle que lo había estado engañando.

— Mi madre vio en las noticias que habías rescatado a Plue.

— Como todo el mundo.

— Tú la inspiraste y empezó a escribir una novela romántica en la que tú... tú eras el protagonista. Intentó ponerse en contacto contigo para conseguir más información. Pero no hubo manera de localizarte. Así que cuando vi que iban a subastarte, yo... Por favor, Natsu, no me mires así.

Natsu se preguntó cómo querría que la mirase. Sólo la idea de que una señora lo utilizase para escribir una novela le producía urticaria. Pero había algo mucho peor. Él se había embarcado en aquel fin de semana pensando que Lucy no había podido resistirse a sus encantos, cuando en realidad lo único que quería era información para que su madre continuase escribiendo un libro. Debía de haberle encantado ver dónde vivía. Por eso mismo le había preguntado si se había herido apagando fuegos.

Y también por eso le había interesado todo lo relacionado con su familia. Y por eso había querido hacer el amor con él. La idea de que sus actividades nocturnas pudiesen verse reflejadas en un libro le daba ganas de golpear algo.

— ¿Qué es lo que has estado haciendo esta noche? ¿Investigar?

— ¡No! — Él se dio la vuelta, no podía aceptar aquella negación cuando sus palabras evidenciaban lo contrario.

Siempre se había preguntado cómo se sentían los animales de laboratorio, con los que experimentaban en contra de su voluntad. En esos momentos, podía hacerse una idea.

— Me gustaría creerte. Pero, al fin y al cabo, te has gastado treinta y tres mil dólares para ayudar a tu madre a conseguir información acerca de mí. Ésa es una cantidad muy elevada, por mucho dinero que tengas. Es normal que quisieras sacar provecho de lo que habías pagado.

Lucy se sintió como si acabasen de darle una bofetada. Natsu la miró. Había palidecido y se agarraba al respaldo de la silla como si se fuese a caer.

— ¿Eso es lo que piensas?

— Vamos a ver. Tu madre decide escribir una novela y tú pagas miles de dólares para conseguir que yo la ayude. No puedo estar de acuerdo con semejante comportamiento, Lucy.

— Así que me juzgas y me declaras culpable. — Natsu intentó preguntarse si estaba siendo demasiado duro.

Pero siempre llegaba a la misma conclusión. Lucy había dicho que su madre «entendía» que se hubiese gastado todo aquel dinero, así que seguro que lo habían planeado juntas, y Lucy había hecho de cebo. Estaban jugando y tenían dinero para jugar.

— No tienes por qué contestar — continuó Lucy. — Lo veo en tus ojos. Me vestiré, y dentro de cinco minutos ya no estaré aquí.

A pesar de que él sabía que era lo único que podía pasar, seguía luchando contra el pánico que sentía al pensar en que Lucy iba a salir para siempre de su vida.

— No tienes que...

— Si ése es todo el respeto que tienes por mí, yo afortunadamente me respeto mucho más. Y no te molestes en pedir un taxi, ya lo buscaré en la calle. No quiero poner en peligro tu seguridad. — Lucy salió de la cocina en dirección al dormitorio.

Natsu se pasó la mano por la cara.

¿Estaría cometiendo un terrible error?

Si ella le hubiese pedido que cambiase de opinión, si se hubiese echado a llorar, quizás él habría pensado que sólo intentaba continuar manipulando para obtener información para el libro de su madre. Pero aquella calma y aquella salida tan digna le hicieron dudar. Lucy había actuado como si pensase que su comportamiento estuviese completamente justificado. Había aceptado que debía habérselo dicho antes, pero no parecía arrepentirse de sus actos. No parecía pensar que el hecho de haberlo comprado para utilizarlo lo degradase ni a él ni a su profesión. Pero él se sentía degradado. Y, sobre todo, se sentía herido porque Lucy no lo hubiese querido por él mismo.

¿De verdad esperaba que aceptase a servir de modelo para el héroe de una novela romántica?

Se estremecía sólo de pensarlo. Además, corría el peligro de que el libro terminase publicándose. Y si no, seguro que, con todo el dinero que tenían, acabaría publicándolo ella. Y utilizaría su fama a escala local para conseguir un éxito de ventas. Aquello sería un desastre.

Lucy apareció en la puerta de la cocina vestida con el pantalón y el suéter blancos. Llevaba la maleta en la mano y el bolso colgado al hombro.

— Gracias por un fin de semana tan maravilloso. — dijo con los ojos brillantes. Natsu se dio cuenta de que estaba a punto de llorar.

Independientemente de sus motivaciones, era evidente que habían compartido algo muy especial aquella noche, y que a ella la separación le costaba tanto como a él.

— Lucy, no te das cuenta de que...

— Me doy cuenta de que no debí intentar esto. Ha sido una estupidez. Adiós. — A él le hubiese gustado detenerla, pero no sabía qué decir para volver a arreglar las cosas.

En realidad, ni siquiera vivían en el mismo mundo. Estaban a años luz el uno del otro.

Cegada por las lágrimas, furiosa con Natsu y todavía más furiosa con ella misma, Lucy decidió seguir caminando hasta que pudiese controlar sus emociones. Como llevaba las gafas de sol puestas, nadie se daría cuenta de que estaba llorando. Encontraría un taxi cuando se calmase.

Aunque si seguía así, iba a tener que atravesar Manhattan a pie.
Bueno, al diablo con él. Si la había condenado tan rápidamente, era porque no era un héroe, ni para ella, ni para la novela de su madre. Una vocecita en su interior le sugirió que ella debía habérselo contado todo antes de que hiciesen el amor. Pero eso no era una excusa, Natsu la había juzgado demasiado pronto.

Después de lo que habían compartido, debía haberle dado el beneficio de la duda. Debía haberse interesado al menos por el proyecto de su madre. Ella había pensado contarle lo de la depresión de Layla y la importancia de aquel libro, pero su actitud había sido tan hostil que no había querido hablarle más ni de su familia, ni de sus problemas. Quizás Natsu pensase que la gente rica no se deprimía.

Mirajane Dreyar había tenido razón al regañarlo por juzgarla por su dinero. Como daba por hecho que su madre era rica, también daba por hecho que la novela que estaba escribiendo era una tontería. Cuanto más pensaba en la reacción de Natsu, más se enfadaba y más aprisa andaba por la acera.

— ¡Eh! ¡Es ella! — dijo un hombre que estaba con dos amigos.
Levantó la cabeza y vio que la señalaban desde el otro lado de la acera.

— ¡Es la chica que estaba en el yate con Natsu Dragneel! — gritó el hombre. — ¡Eh, Lucy! ¿Te ha echado de su casa de una patada?

Ella se quedó de piedra. No había pensado que la fuesen a reconocer y, mucho menos, que fuesen a hacerle comentarios tan personales. Los tres hombres cruzaron la calle en su dirección y otras personas la reconocieron también. Ella miró a su alrededor desesperadamente, en busca de un taxi, y vio uno una manzana más lejos. Agarró la maleta con fuerza, silbó al taxi y empezó a correr en su dirección. El taxista la vio y fue hacia ella.

— ¡No te escapes, cariño! — le gritó un hombre.

— ¿Por qué no te tomas un café conmigo? — preguntó otro. Ella abrió la puerta de atrás del taxi y saltó dentro con la maleta.

— Al oeste de Central Park.

— Por supuesto. — contestó el taxista. Luego miró por el retrovisor.

— Dígame, ¿no es usted la que estaba en el yate ayer? ¿Con el bombero que salvó a su cachorro?

— No.

— Si usted lo dice. Aunque podría ser su hermana gemela. Lleva incluso la misma ropa que llevaba ella ayer. ¿Lo vio por la televisión?

— No — respondió ella, hundiéndose en el asiento.

Cuando llegase a casa tendría que quemar aquella ropa. Y quizás tuviese que teñirse.

— Pues estuvieron en un yate muy lujoso. — continuó el taxista, que parecía tener ganas de hablar.

— Era parte del premio de una subasta. En cualquier caso, estaban comiendo y la chica pareció atragantarse, y el tipo la salvó. — Lucy intentó no escucharlo. Le dolía demasiado recordar el día anterior.

El día anterior había sido el día A.D., Antes del Desastre. El día anterior Natsu todavía era un héroe, su caballero. Pero en esos momentos sólo era otro idiota más.

— Mi mujer casi se derrite cuando lo vio ir al rescate de esa chica, en especial después de haber visto cómo salvaba a su perrito unos meses antes. Creo que se llama Natsu. Podría presentarse a las elecciones.

Lucy guardó silencio, y el taxista pareció comprender que no tenía ganas de darle conversación. Lucy cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo, estaba agotada. Le dolía todo el cuerpo. Una hora antes no le habían importado los dolores causados por aquella noche de pasión.

Pero en esos momentos, lo que más le dolía era el corazón. Lucy recuperó fuerzas, durmiendo un par de horas antes de ir a ver a su madre. Hubiese preferido no ir, pero le habría prometido que se lo contaría todo, y si no aparecía por su casa, Layla bajaría a la suya. Además, su madre se estaba ocupando de Plue, y Lucy tenía ganas de verlo. Necesitaba una dosis de amor incondicional inmediatamente.

En cuanto Layla abrió la puerta, Lucy se dio cuenta de que olía a sopa casera. Su madre no había vuelto a cocinar desde la muerte de su padre. Las cortinas estaban abiertas de par en par y el sol iluminaba el piso. No había ninguna evidencia de la depresión de su madre.

Y Lucy no tenía intención de hacerla cambiar de humor.

— ¡Hola, mamá! — dijo, agachándose para evitar mirarla a los ojos, con la excusa de saludar a Plue. — ¿Qué tal está mi niño? ¿Me has echado de menos?

Plue se tumbó boca arriba para que le rascase la barriga. Su euforia hizo que a Lucy le entrasen ganas de llorar. Estuvo jugando con él hasta que volvió a controlarse.

— ¡Cuéntamelo todo! — le pidió su madre.

— Sé que os escapasteis del Plaza; fue muy romántico. Ya he imaginado otra escena de mi libro. He estado escribiendo. Me habéis inspirado mucho. — Lucy sintió que había fracasado.

¿Cómo iba a decirle a su madre que la historia de amor había llegado a su fin?

Hacía años que no la había visto así de animada y no quería aguarle la fiesta. No podía dejar que el primer proyecto de sacar a su madre de la depresión se fuese a pique porque Natsu no hubiese querido cooperar.

— ¿Lucy? Estás demasiado callada. ¿Pasa algo, cariño? —
No podía estropearle aquel momento a su madre.

No podía hacerlo.

Necesitaba algo más de tiempo para decidir qué hacer. Miró hacia arriba.

— Es sólo que estoy muy cansada.

— Ah. No quiero saber por qué. Cuando os fuisteis del Plaza, a todo el mundo le quedó claro que era porque queríais estar a solas. Supongo que ha debido de ser muy emocionante, sobre todo teniendo en cuenta lo que sientes por él.

— Sí. — respondió ella. Le dio a Plue una última palmadita y se levantó.

El fin de semana había sido muy emocionante. Pero en esos momentos le hubiese gustado estrangular al bombero.

— ¿Así que tu libro va bien?

— Estupendamente. He decidido escribir lo que pueda ahora y dejar para más tarde las escenas para las que necesito la ayuda de Natsu. ¿Crees que querrá colaborar conmigo? Estoy deseando conocerlo. ¿Cuándo vas a volver a verlo? — El entusiasmo de su madre casi le rompe el corazón.

— Esto...

— No importa. Estoy segura de que querréis pasar tiempo los dos solos y conoceros bien antes. No quiero invadir vuestra intimidad. Al fin y al cabo, hay demasiadas cosas en juego. ¿Le has confesado ya que te has gastado todo tu dinero?

A Lucy empezó a dolerle la cabeza. Había tirado treinta y tres mil dólares a la basura, por no hablar del proyecto de su madre.

— Todavía no.

— Me gustaría que me contases como reacciona. Aunque imagino que deberá de sentirse alagado.

— No lo sé, a Natsu no le gusta que lo adulen.

— Aun así, seguro que lo conmueve tu gesto y se queda impresionado. En la televisión han dicho que le han mandado decenas de ramos de flores al parque de bomberos. Pero yo pienso que lo que tú has hecho es mucho más fuerte.

— Supongo que sí. — Lucy pensó en todo el dinero que había gastado. Iba a destinarse a una buena causa pero, no obstante, no había conseguido su objetivo.

— Voy a ver cómo va la sopa. — dijo Layla, dirigiéndose a la cocina. — ¿Quieres un plato, cariño?

— Sí, gracias. — Tenía que comer. Necesitaría estar fuerte para volver a enfrentarse a Natsu.

Porque acababa de decidir que iba a ayudar a su madre. Lo había hecho todo mal desde el principio. Se había dejado llevar por la atracción que había entre ellos, y aquello había sido un tremendo error.

Pero después de haber pasado la noche con los vecinos de Natsu, había aprendido algo importante acerca de él. Era incapaz de darle la espalda a una persona que tuviese un problema. La depresión de su madre después de la muerte de su padre había sido la carta que había tenido escondida en la manga, y no la había utilizado.

Al principio se había resistido a contarle la situación antes de conocerlo mejor, y después de que él los menospreciase a ella y al proyecto de su madre, había sido demasiado orgullosa como para decir la verdad.

Pero el orgullo no tenía cabida cuando lo que estaba en juego era la salud mental de su madre. Le explicaría a Natsu por qué su madre necesitaba ayuda, y él la ayudaría. No obstante, tendría que mantenerse firme con respecto a una cuestión.

No debían, bajo ninguna circunstancia, volver a hacer el amor.

Capítulo °11:

La peluca le picaba y el bigote estaba torcido.

Lucy suspiró y se quitó el bigote para intentar volvérselo a poner. Nunca habría imaginado que iba a tener que disfrazarse para que nadie la reconociese. Pero su fotografía, junto con la de Natsu, aparecía en la edición del domingo del Times.

Y en la televisión seguían poniendo las imágenes del yate y de su escapada del Plaza.
Últimamente no había ocurrido nada interesante en la ciudad, y los medios de comunicación se estaban centrando en la historia de amor entre Natsu y la dueña del perrito al que había salvado. Lucy se sentía como si todo Manhattan estuviese preocupado por su vida, y odiaba aquella sensación.

Su contestador automático estaba repleto de mensajes en los que le pedían una entrevista, consejos amorosos, citas, sus medidas, la dirección de un peluquero, un mechón de su pelo, un mechón del pelo de Plue. La lista parecía interminable.

Ya había tenido una prueba de aquella locura durante el sábado. Pero hasta el domingo por la mañana había tenido la protección de Natsu. En esos momentos estaba sola y no le parecía nada divertido. Por fin comprendió el infierno por el que había pasado él después de salvar a Plue.

Y, lo que era más importante, podía entender por qué se había sentido él tan decepcionado y por qué la había prejuzgado cuando ella le había hablado del libro de su madre. Natsu llevaba semanas sufriendo aquel acoso y pensaba que había encontrado a alguien que por fin lo quería por él mismo.

Le diría aquello esa misma noche.

De acuerdo con la señora Porlyusica, Natsu había estado trabajando, pero volvería a dormir a casa. Cuando Lucy le había contado a la vecina lo de la depresión de su madre y su proyecto de escribir el libro, ella había aceptado a abrirle la puerta del apartamento de Natsu para que lo esperase allí.

Lucy había estado imaginando durante aquella semana que tendría que disfrazarse para ir a ver a Natsu. No podía arriesgarse a que la siguiesen o a que la reconociesen al entrar en su edificio. La prensa ya sabía dónde vivía y trabajaba ella, pero, al fin y al cabo, Lucy era sólo la novia, y pronto no la considerarían ni siquiera eso. Pero Natsu tendría que protegerse, sobre todo si las mujeres se enteraban de que estaba libre.

Libre.

Sólo de imaginarlo con otras mujeres se le revolvía el estómago, así que intentó no pensar en ello. Lo principal era recordar que no podía volver a tener relaciones con él si quería ayudar a su madre. Sobre todo, si él pensaba que ella le había hecho el amor sólo para contribuir a las investigaciones de su madre.

El bigote se quedó por fin bien pegado.

No le había costado ningún trabajo encontrar la peluca y el bigote, ni tampoco los pantalones anchos, el sombrero y el abrigo oscuro. Se metió una almohada por debajo del pantalón, se puso el abrigo y el sombrero y salió de casa.

Algunas personas la miraron cuando tomó el taxi, pero cuando el taxista la dejó a dos manzanas del apartamento de Natsu, nadie la llamó por su nombre. Por primera vez después del domingo por la mañana, volvió a relajarse.
Estaba lloviendo, y Lucy se subió el cuello del abrigo para protegerse.

Había estado tan ocupada con el disfraz, que se le había olvidado llevar un paraguas. Al llegar al edificio de Natsu, tocó al telefonillo de los Porlyusica.

— Soy Lucy, disfrazada.

— Espérame en la puerta de Natsu, cara mía.

Lucy subió las escaleras y recordó la excitación con que las había subido el sábado. Y lo triste que había vuelto a bajarlas el domingo por la mañana. ¿Por qué había tenido que dejarse llevar por la pasión?

Sabía la respuesta.

Natsu, con su intensa mirada, su naturaleza generosa y aquel cuerpo, era irresistible. Lucy sintió que le quemaba el deseo, sólo al acercarse a su apartamento y a pesar de que él no estuviese allí. Cuando llegase, tendría que ser muy fuerte y no demostrar sus sentimientos.

La señora Porlyusica se apresuró a cruzar el rellano. Cuando vio a Lucy, se llevó la mano a la boca y abrió los ojos como platos.

— ¿Qué le parece? — preguntó Lucy, sonriendo.

— Que pareces Charlie Chaplin en uno de sus peores días. Pero no te habría reconocido si no hubieses sonreído. O hasta que te hubiese mirado a los ojos.

— Ésa era la ida. No quería que nadie se enterase de dónde vive Natsu, y se lo habrían imaginado si me hubiesen visto aquí.

— Ahora tú también eres famosa. — comentó, metiendo la llave en la cerradura.

— Y lo odio.

— Bueno, eso es lo que Natsu y tú tenéis en común. — dijo, abriendo la puerta y encendiendo la luz.

— Te lo advierto, está de muy mal humor.

— Es culpa mía. No he sabido llevar todo el tema del libro de mi madre.

— Tal vez.. — asintió la vecina, mirando el apartamento. — Es la primera vez que lo veo así de desordenado.

Lucy tenía que admitir que el salón estaba hecho un desastre. El periódico del domingo estaba tirado en el suelo. Había media pizza, dentro de su caja, en la mesita de café, al lado de varias botellas de cerveza vacías. La lata de cacahuetes que habían compartido el sábado estaba en medio de la habitación, y su contenido, por el suelo.

Lucy recordaba haber doblado la camiseta de los Knicks y haberla dejado encima del armario, pero estaba toda arrugada encima del sofá.

— Me parece que el muchacho está enamorado. — afirmó la señora Porlyusica, mirando a Lucy.

— ¿Está de broma? En realidad está furioso conmigo.

— Sí. Y perdona que me ría, pero estás muy graciosa con ese bigote. Y supongo que llevas un cojín debajo de la camisa. Pareces un viejo embarazado.

— Quizás el cojín sea demasiado grande, pero no quería que nadie se diese cuenta de que era una mujer.

— Me gustaría poder ver a Natsu cuando entre en casa y te vea. A no ser que vayas a quitarte la peluca y el bigote.

— De eso nada. Luego es demasiado difícil volver a colocar el bigote, y tengo que salir de aquí disfrazada otra vez.

— Entonces quizás le hagas reír y se olvide de lo enfadado que está. Y recuerda que no estaría tan decepcionado si no le importases.

— Si de verdad le importase, no me habría acusado de haberlo utilizado el sábado para sacar información para el libro de mi madre.

— Estoy segura de que lo dijo sin pensarlo. ¿No lo estabas utilizando, verdad?

— ¡No!

— Eso me parecía a mí. — dijo la vecina, recogiendo el periódico y mirando la fotografía en la que aparecían Natsu y Lucy huyendo del Plaza.

— Makarov se enfadó conmigo cuando le dije que te iba a abrir la puerta del apartamento. Dice que quizás fuese una treta para seguir recabando información para el libro. Me recordó la película de Atracción Fatal, en la que hierven al conejito.

— Yo no voy por ahí hirviendo conejitos, señora Porlyusica. Esa novela ha sido la primera cosa que ha interesado a mi madre después de la muerte de mi padre. Antes de eso, yo tenía miedo de... de perderlos a los dos. —. Era la primera vez que le contaba aquello a alguien.

La señora Porlyusica sacudió la cabeza con comprensión.

— Puede ocurrir. — Lucy se agachó y terminó de recoger los restos de periódico del suelo.

— ¿Cree que Natsu me creerá cuando le diga lo importante que es esto y lo mucho que necesito su ayuda?

— Nunca lo he visto darle la espalda a nadie.

— Eso mismo he pensado yo.

— Pero tampoco lo había visto nunca dejar su apartamento en este estado. Últimamente no es el mismo.

— Sé que no va a ser fácil. Pero, pase lo que pase, le agradezco su ayuda para entrar aquí. Tenía miedo de que él no me abriese la puerta. Aunque no sé si no me echará cuando me vea. Debería darme una oportunidad para que le dijese lo que le tengo que decir.

— A no ser que piense que eres un ladrón que ha entrado por una ventana. Será mejor que te des prisa en hablar. — rió la vecina mientras le tendía la página del periódico en la que aparecía su fotografía.

— Toma, para tu álbum de recortes. — Lucy hizo una mueca.

— Algún día querrás tenerlas. Para tus bambinos.

Natsu salió del metro a media noche, agotado y convencido de que aquella noche por fin podría dormir.

El incendio que había tenido lugar a última hora de la tarde había sido un infierno, pero habían conseguido apagarlo y no habían tenido que lamentar víctimas. La compañía de seguros iba a tener que gastarse mucho dinero, pero para Natsu los daños materiales no eran importantes siempre y cuando no se perdiesen vidas.

El incendio le había trastocado los planes a todo el mundo, pero a él le daba igual; no tenía prisa por llegar a casa.

En cierto modo, hasta temía llegar a su apartamento, donde todo le recordaba a Lucy. Le había venido bien ir a trabajar y, aunque no le gustaba que hubiese incendios, el de aquel día lo había ayudado a aliviar tensiones. Debía haber limpiado antes de marcharse y haber borrado así todas las pruebas del paso de Lucy por su casa.

Pero no lo había hecho, y en esos momentos estaba demasiado cansado.

Si la almohada de su cama seguía oliendo a ella, dormiría en el sofá. Por la mañana se encargaría de limpiar todas las huellas de su presencia.

Afortunadamente, estaba tan agotado, que no tenía fuerzas ni para echarla de menos. O eso creía él. Cuando entró en el edificio recordó cómo habían subido las escaleras juntos, y la suavidad de su abrigo de piel blanco. Volvió a ver sus labios perfectos y la rendición en aquellos ojos chocolate justo antes de hacer el amor. Había creído que estaba demasiado cansado como para sufrir.

Pero parecía ser que no.

Quería llegar a casa y que ella lo estuviese esperando. Se imaginó lo reconfortantes que serían sus brazos después de llegar agotado de trabajar. Y luego se dijo que era un idiota, que cuanto antes dejase de soñar, más feliz sería.
Cuando abrió la puerta de su apartamento, se preguntó qué perfume podía durar tantos días.

Su imaginación debía de estar jugándole una mala pasada si...

Se detuvo de golpe y miró a la figura que había dormida en el sofá. Era un vagabundo. Después de haberle dicho a Lucy que no pasaba nada por dejar copias de sus llaves a varios vecinos, alguno de ellos había abusado de su buena fe y había dejado entrar a aquel pobre tipo para que se guareciese del frío y la lluvia de aquella noche.

Dio por hecho que si lo habían dejado entrar, era porque el hombre era inofensivo. Aunque le daba pena, allí vestido con esos andrajos y, a pesar de que no pensaba echarlo a la calle, dormiría mejor si hablaba con él antes de irse a la cama.

Mientras observaba a la figura, cerró la puerta de un portazo. El vagabundo se incorporó de un salto y, entre aquella pelambre enmarañada, Natsu vio unos ojos chocolates y un mechón de pelo rubio que asomaba por debajo de lo que, evidentemente, era una peluca morena.

El corazón le empezó a latirle muy deprisa.

— ¿Lucy?

— ¿Qué hora es?

— Más de media noche. ¿Qué estás...?

— ¿Dónde has estado? — Él suspiró.

Había imaginado llegar a casa y que ella lo recibiese con un abrazo, no que le hiciese un interrogatorio. Y lo que no había imaginado en ningún momento es que llevaría bigote.

— ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué llevas bigote?

— No quería que nadie me reconociese. — respondió ella, tocándose el bigote.

— ¿Sigue en su sitio?

— No exactamente. — Natsu estaba empezando a aceptar la idea de que ella estuviese allí, de que había ido a verlo y hasta se había preocupado de proteger su privacidad.

No había respondido a la pregunta de por qué había ido, pero sólo se le ocurría una razón. Quería hacer las paces. Debía ser cauto. Debía hacer muchas preguntas antes de que el deseo lo ofuscase. Pero no tenía ganas de ser cauto. Sólo la quería a ella. Estaba exhausto y sólo podía pensar en abrazarla, besarla y volver a hacerle el amor.

— ¿Por qué no te quitas el bigote ahora que ya estás aquí? — le sugirió Natsu, dejando el abrigo en el respaldo de una silla.

— Yo te ayudaré.

— ¡No! Luego es muy difícil volver a colocarlo.

— Ya nos inventaremos algo por la mañana. — dijo él, sentándose en el sofá y alargando la mano hacia su rostro.

— Yo me puse uno en una ocasión en Halloween. Seguro que...

— No. Por favor, deja mi bigote en paz. Lo necesito.

— ¿En estos momentos? Siento decepcionarte, pero ya sé quién eres. Y no me apetece nada besar a una mujer con bigote. — aunque tenía que reconocer que estaba muy graciosa.

— No quiero que me beses. — dijo ella, poniéndose de pie. Entonces se le cayeron los pantalones.

— Oh, cielos. — se quejó, recogiendo los pantalones y el cojín que llevaba debajo de la camisa.

— ¡Me estoy quedando sin disfraz!

— ¿Qué más da?

— He tardado mucho en disfrazarme, y ahora voy a tener que volver a hacerlo.

— De todos modos. — comentó él, agarrándola por la muñeca. — Ibas a tener que hacerlo.

Lucy lo miró a los ojos y tomó aire, haciendo que el bigote se moviese. Natsu no pudo evitar sonreír ante aquella imagen. Quizás no le importase besarla con bigote y todo. Le acarició el interior de la muñeca con el dedo gordo.

— No me digas que te has disfrazado y has venido hasta aquí sólo para hablar. — añadió. Sus ojos le decían que ella también lo deseaba, pero se soltó de su mano.

— La verdad es que sí.

— Sólo quieres hablar. — no podía creerlo. Quizás fuese parte del juego. Natsu se obligó a ponerse cómodo en el sofá para intentar calmar sus hormonas.

— ¿De qué quieres hablar?

— Hay algo que no te dije el domingo por la mañana. — confesó Lucy, sentándose en la otra punta del sofá.

Él se cruzó de brazos. Era una mujer muy abierta y honesta en la cama. Pero era evidente que fuera de la cama tenía muchos secretos.

— ¿Qué es?

— Cuando murió mi padre, mi madre se deprimió mucho.

— Es normal. Me dijiste que llevaban muchos años casados.

— No, quiero decir muy deprimida. Nada le interesaba, no se vestía, casi no quería comer. Se pasaba el día haciendo puzzles cuyas piezas estaban estropeadas por sus lágrimas. — Por fin Natsu le estaba prestando atención.

Se le pasó por la cabeza que podía estar inventándoselo todo, pero debía de tratarse de una estupenda actriz. Además, si estuviese mintiendo, no se le habría ocurrido lo de los puzzles.

— Lo intenté todo. — continuó Lucy. — De hecho, Plue fue uno de mis experimentos fallidos. Tuve que llevármelo a mi casa porque mi madre casi ni lo cuidaba. Entonces, cuando lo salvaste en el parque, mi madre dijo que serías un buen héroe para una novela romántica.

— Y... — Natsu tenía miedo de que fuese allí a donde Lucy quisiese ir a parar. Sintió que se le encogía el estómago.

— Yo no pensé en ello. Pero una semana después me dijo que había empezado a escribir un libro. No me ha dejado leerlo, pero he visto que ya lleva escritas muchas páginas. Aun así, lo más importante es que ha cambiado. Ha sido algo milagroso, Natsu. — El sintió que la trampa se cerraba, y que tenía que salir de allí.

— ¿Así que es la primera vez que intenta hacer algo así?

— La primera vez que lo intenta en serio.

— Así que supongo que no será fácil que le publiquen el libro.

— Quizás sí. Es una buenaa escritora. Desgraciadamente para su talento, mi padre era crítico literario. Después de verlo toda la vida destrozando libros de escritores muy famosos, mi madre nunca se atrevió a terminar su propia novela. Yo conocía su secreto, pero me hizo prometer que no se lo contaría nunca a mi padre.

— Eso no está bien.

— Pero es comprensible. Yo quería a mi padre, pero era un esnob intelectual que pensaba que un libro no era bueno si no tenía un final trágico. Y a mi madre siempre le gustaron los finales felices. Lo que quiero decir es que ella conoce el mundo de las editoriales por mi padre y, al mismo tiempo, también conoce el mercado de las novelas románticas porque ha leído muchas.

— Ah — Natsu sintió que se cerraba esa puerta y que tenía que abrir otra.

— Escucha, estoy seguro de que tengo un montón de compañeros que estarán encantados de ayudarla. Y estoy seguro de que el jefe también querrá cooperar.

— Ya he intentado convencerla de eso. Pero es como si tú fueses su talismán, Natsu.

— Por eso te gastaste los treinta y tres mil dólares en mí.

— Sí, pero...

— Ese «sí» es suficiente por ahora. ¿Por qué no me hablaste de tu madre desde el principio?

— Debí haberlo hecho.

— Pues sí. La primera noche, en el taxi, debiste haberme contado toda la historia. — Entonces él nunca la habría besado.

Había creído que Lucy quería estar con él, y se había apoyado en eso. Pero ella se había gastado el dinero por su madre, no porque le atrajese él. Eso lo cambiaba todo.

— Quería conocerte antes. — le explicó Lucy.

— Mi madre es muy vulnerable en estos momentos, y quería estar segura de que no ibas a mofarte de sus esfuerzos.

— Y te acostaste conmigo para conocerme mejor. — comentó él irónicamente.

— No era mi intención.

— Pues podías haberme dicho que no.

— Debí hacerlo.. — reconoció ella con un hilo de voz.

— He sido muy egoísta. — luego bajó la cabeza y murmuró algo más.

— No te he oído.

— ¡Me lo estaba pasando tan bien! Sacrifiqué el proyecto de mi madre porque no quería arriesgarme a contártelo y que no quisieses hacer el amor conmigo. — El se acercó a ella y la agarró por los brazos.

— ¿Entonces, no formaba parte de tu plan? ¿Hiciste el amor conmigo porque querías hacerlo?

— ¿Cómo puedes dudarlo?

— Oh, Lucy. — Natsu fue a besarla, pero ella se apartó.

— ¡Pero no quiero que volvamos a hacerlo!

— ¿Por qué no?

— Porque en esta ocasión he venido por mi madre. Y sólo quiero saber si vas a ayudarla.

— ¿Se encargará de que nadie me reconozca?

— Te lo prometo. Yo me aseguraré. Después de lo que he tenido que vivir los últimos días, te entiendo completamente.

— En ese caso, la ayudaré.

— Gracias, Natsu.

— Y ahora que he accedido a ayudarla, ¿por qué no te quitas ese bigote?

— No. No quiero que hagamos el amor. Eso sólo hará que lo estropeemos todo. No quiero que pienses que estoy recabando información para el libro de mi madre. No quiero arriesgarme. — Lucy tenía razón en parte, pero él no quería reconocerlo si eso significaba no poder hacerle el amor ni esa noche, ni ninguna otra noche más.

— Escucha, Lucy...

— ¿Seguirás ayudándola aunque no me acueste contigo?

— ¡Por supuesto! ¿Qué tipo de persona crees que soy?

— Gracias, Natsu. Estoy muy, muy agradecida. Ah, otra cosa. Le he dicho a mi madre que pujé por ti sólo porque estaba loca por ti. Así que ahora piensa que salimos juntos.

— ¿Así que se supone que no puedo tocarte pero, para tu madre, tenemos una apasionada relación?

— Eso es correcto. — Natsu se pasó la mano por la cara. Debía de estar loco si aceptaba participar en algo así.

— De acuerdo.

— Estupendo. Volveré a colocarme el cojín y la peluca y me marcharé.

— ¡Qué dices! No puedo dejar que te marches sola a la una de la madrugada.

— Es que pensé que llegarías antes a casa. — le explicó ella, como si no se hubiese dado cuenta de la situación hasta ese momento. — ¿Dónde has estado?

— En un incendio. Nos ha costado mucho apagarlo.

— ¿Estás bien?

— Cansado, pero bien. Quédate aquí hasta mañana, Lucy. No quiero discutir sobre eso. Si tanto te preocupa tu madre, ¿cómo crees que reaccionaría si supiese que vas por ahí disfrazada a estas horas?

— Tienes razón. Pero no haremos el amor. Lo he pensado mucho, y creo que es la decisión más acertada. Por favor, ayúdame a mantener mi promesa. — Él gruñó, Lucy sabía muy bien cómo manejarlo.

— Quédate con mi cama. Yo dormiré en el sofá.

— No me importa dormir en el sofá.

— No, el sofá no tiene puerta.

— Pero...

— Lucy.

— De acuerdo, de acuerdo. — Lucy se dirigió a la habitación, y él la observó y deseó con todas sus fuerzas ir con ella.

Odiaba darle la razón, pero quizás la tuviese. Natsu no quería pensar en el libro de su madre mientras hacían el amor, pero quizás lo hiciese sin querer.

— Cierra la puerta. — Ella asintió.

Capítulo °12:

Lucy pasó la peor noche de su vida.

Se quitó la peluca, el abrigo y los pantalones y durmió con la camisa. El bigote le picaba, pero lo peor era estar tumbada en la cama en la que había hecho el amor con Natsu. A lo largo de la noche, se levantó unas veinte veces y se dirigió hacia la puerta para abrirla.

El cerrojo era antiguo, y requería fuerza, y después de haber luchado con él durante un par de segundos, había entrado en razón y se había recordado que no debía ir con Natsu. Él había accedido a ayudar a su madre, y ella no debía hacer nada que pudiese hacerle cambiar de opinión.

Así que se había vuelto a la cama.

Al amanecer se vistió.

Como el cojín estaba en el salón, decidió no incorporarlo al disfraz. Se apretó el cinturón y se colocó la peluca, pero el bigote estaba bastante estropeado; intentó estirarlo bien, y finalmente se rindió y salió de la habitación.

Al ver a Natsu echo un ovillo e incómodo en el sofá casi se olvida de su madre.

Se había tapado con una chaqueta y había utilizado el cojín que ella había llevado debajo de la camisa como almohada. Lucy tuvo que luchar por no acercarse y darle un beso en la mejilla. Aquello sólo habría complicado más las cosas.

No tenía que haber hecho el amor con él. Tenía que haberle contado lo del libro de su madre nada más verlo, y habría evitado mucho dolor y frustración. Pero no lo había hecho y la pasión los había invadido a ambos.

Decidió que no se llevaría el cojín; no se fiaba de sus propios actos si lo despertaba. Asi que solo lo cubrio con una manta.

Encontró un cuaderno y un bolígrafo en la cocina y anotó el nombre, la dirección y el teléfono de su madre. Luego dudó, no sabía qué más escribir. Finalmente puso gracias y su nombre.

Volvió de puntillas al salón y dejó el cuaderno encima de la mesita del café.

Luego se agachó a recoger el sombrero, que estaba en el suelo, al lado del sofá. De repente, él la agarró, y Lucy, que no lo esperaba, cayó de rodillas a su lado.

— ¿Adónde vas?

— A casa. — murmuró ella.

— ¿Sin despedirte?

— No quería despertarte.

— Mentirosa. Tenías miedo de despertarme.

— De acuerdo. Tienes razón. Tenía miedo. Miedo de esto.

— Eh, no tienes que tener miedo de mí.

— No tengo miedo de ti. — dijo ella, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso. — Sino de mí misma.

— Llevas el bigote arrugado.

— Lo sé.

— Así que, aunque lo estropeemos un poco más, no pasará nada.

— Natsu...

— He estado toda la noche preguntándome cómo sería besar a una mujer con bigote.

— No. No es una buena idea. — Lucy intentó apartarse. Pero él la tenía agarrada por la nuca con firmeza.

— La peluca parece de lana, y ese abrigo huele a naftalina. No entiendo cómo puedes seguir atrayéndome. Creo que necesito un psiquiatra.

— Los dos lo necesitamos. Natsu, deja que me vaya.

— No pienso seducirte. Sólo quiero un beso. Después de esta mañana, ya no tendré la ocasión de volver a dártelo.

— Sabes que después del beso habrá algo más. — se quejó ella que lo deseaba con locura.

— Te prometo que no. — dijo Natsu, soltándole la muñeca y acariciándole el rostro con los nudillos.

— Porque tienes razón, es mejor que no hagamos el amor mientras tu madre esté escribiendo el libro. No es buena idea. — Ella cerró los ojos y disfrutó de la caricia.

No debía sentirse decepcionada porque él estuviese de acuerdo con ella. No debía, pero así fue como se sintió.

— No, no es buena idea.

— ¿Y cuánto tiempo va a tardar en terminarlo?

— No tengo ni idea.

— ¿Varias semanas?

— Probablemente.

— ¿Meses?

— Espero que no.

— Ésa es mi chica. — La echó hacia él e intentó besarla de distintas maneras. Finalmente murmuró una queja y metió un dedo debajo de uno de los extremos del bigote para levantárselo.

— Ahora entiendo por qué a las mujeres no os gustan estas cosas — añadió.

Lucy no supo cómo lo había hecho Natsu, pero finalmente pudieron entregarse a aquel beso y se olvidaron del bigote, del disfraz, de su madre y del libro. En aquellos momentos lo único que existía para ambos era la pasión. El roce de la lengua de Natsu la excitó. Ni siquiera se dio cuenta de que le estaba desabrochando la camisa hasta que él le tomó la mano para que le acariciase el pecho.

El corazón le latía con fuerza.

Entonces se apartó.

— Lo siento.

— No te preocupes. — Lucy se incorporó y lo miró a los ojos. Aquello no hizo más que empeorar la situación.

Natsu tomó su mano y se la llevó a la boca para besarle la palma. Aquella caricia hizo que ella cerrase los ojos y luchase por controlarse. Un par de segundos más y le rogaría a Natsu que le hiciese el amor.

— Tengo que irme.

— Sí — reconoció él con voz ronca. Soltó su mano y le peinó el bigote con un dedo. — Me ha gustado mucho, pero la próxima vez prefiero que sea sin bigote.

«La próxima vez», pensó ella.

— Yo creo... que la única manera de hacer que esto funcione es... si no volvemos a tocarnos, al menos hasta que...

— Lo sé. Pero me parecía mucho más fácil hace diez minutos. — Lucy abrió los ojos y lo vio tumbado en el sofá.

Estaba muy sexy con la camisa medio abierta y aquella mirada de deseo. Tenía que encontrar la fuerza necesaria para ponerse en pie y marcharse de allí.

— No debí besarte.

— Quizás tengas razón, pero yo estoy encantado de que lo hayas hecho. Ahora sé que lo del sábado por la noche no ocurrió de casualidad.

— ¿De casualidad? — exclamó ella, sorprendida.

— ¡Natsu, nos pasamos toda la noche haciendo el amor! — Y le hubiese gustado quedarse a seguir haciéndolo todo el día.

— Y luego te marchaste. Y yo pensé que podías vivir sin mí.

— Pero anoche te dije que me había olvidado del proyecto de mi madre porque estaba loca por hacer el amor contigo.

— Lo sé. Pero te has quedado toda la noche encerrada en la habitación. No te he creído del todo hasta que no has empezado a desabrocharme la camisa.

— Menos mal que he sido yo la que ha puesto los límites. — comentó Lucy, sonrojándose.

— No sé en qué estaba pensando.

— Yo sí. Y me ha encantado. Ya ves, una vez pensé que estabas tan loca por mí, que te habías gastado miles de dólares por estar conmigo. Cuando descubrí que no era por mí por lo que habías pagado, me sentí como un idiota. Me pregunté si de verdad te había atraído en algún momento o si lo habías hecho para seguirme la corriente. — Lucy no había pensado en la bofetada que le había dado a su ego cuando le había confesado el verdadero motivo de la puja.

Sonrió, recordando cómo había reaccionado su cuerpo la primera vez que se habían tocado.

— Natsu, empecé a desearte la noche de la subasta cuando te sentaste a la mesa entre Levy y yo. Luché contra ello. Pero perdí la batalla.

— ¿Y ahora piensas ganarla?

— Sí — respondió ella, poniéndose en pie. — Lo que está en juego es la salud mental de mi madre. No puedo arriesgarme a hacer el amor contigo y estropearlo todo.

— Esperemos que tu madre escriba con rapidez.

Cuando Macao, el portero, vio a Lucy saliendo de un taxi y dirigiéndose a su edificio, levantó las cejas.

— Soy yo... Lucy.

— Pues está perdiendo el disfraz, ¿lo sabe? — contestó él, riendo.

— Lose. Pero ha hecho su papel. Ahora tengo que subir a casa y sacar a Plue a pasear antes de que me destroce el piso.

— Bien. —dijo él, abriéndole la puerta. — Han intentado entrevistarme a mí también.
Querían saber cuándo entra y sale.

—¿De verdad?

— Hice como si no supiese quién era.

Lucy se sintió agradecida por su protección. Había dado por hecho que las personas de su edificio eran mucho más distantes y despreocupadas que los vecinos de Natsu, pero quizás fuese porque ella también había sido distante.

— Gracias. Significa mucho para mí.

— De nada. — Mientras subía en el ascensor se preguntó cuántas mujeres como la señora Porlyusica habría en su edificio y cuántos Gildarts Clives descubriría si abría los ojos.

Luego se preguntó a cuántos les hubiese gustado ayudarla con su madre si ella se lo hubiese pedido. Era la primera vez que se le pasaba aquello por la cabeza. Había soportado aquella cruz ella sola porque ésa era la manera de actuar de su familia, pero era evidente que había necesitado ayuda.

Sin Natsu, habría fracasado.

En el rellano, se encontró con una señora mayor a la que había visto en varias ocasiones; debía de vivir en su mismo piso.

— Buenos días. — saludó Lucy, sonriendo.

— Buenos días. — respondió la anciana, que la miró como si tuviese cuernos y rabo. Lucy ya iba a etiquetar a la señora de antipática cuando se acordó del disfraz.

Quizás no fuese el mejor momento para recuperar el tiempo perdido con los vecinos.
Tampoco era el mejor momento para encontrarse con su madre, que iba también en dirección a su puerta.

Layla la miró, y dudó.

— ¿Cariño eres tú?

— Hola, mamá — la saludó Lucy, quitándose el sombrero y la peluca. Así estaba mucho mejor.

— Lucy Heartfilia, ¿qué estás tramando? ¿Y dónde has estado? Te he llamado a medianoche y a partir de las seis de la mañana. Finalmente había decidido utilizar mi llave para asegurarme de que estabas bien, aunque ya sabes que no me gusta invadir tu privacidad. Nunca utilizaría esta llave a no ser que pensase que...

— Está bien, mamá. Siento haberte preocupado. Tenía que haberte dicho que iba a pasar la noche con Natsu.

— ¿Así vestida?

— No quería que nadie me reconociese entrando a su edificio. Hasta ahora nadie sabe dónde vive. — le explicó, abriendo la puerta. Plue ladraba como loco; tenía que darse prisa en sacarlo, pero antes debía cambiarse de ropa.

— Natsu ha debido de reírse mucho al verte así.

— Ah, sí, se ha desternillado de la risa. — contestó ella, y luego se dio cuenta de que su madre estaba vestida.

— Mamá, ¿por qué no te pones uno de mis abrigos y sacas a Plue? Está desesperado, y yo no puedo volver a salir a la calle así, a plena luz del día.

— Por supuesto... de hecho, era lo que pensaba hacer si no estabas en casa, como el fin de semana pasado.

— Gracias, mamá. Agarra fuerte la correa.

— No sé, no sé. El accidente de Plue ha parecido darte un buen resultado. Volveré enseguida. — Su madre salió de casa con Plue.

Lucy se quedó mirándolos desde la puerta. Entonces se dio cuenta de que quizás ella se había preocupado tanto por hacerlo todo por su madre, que no la había dejado que hiciese las cosas sola. Hasta el fin de semana anterior, no le había pedido que hiciese nada por ella desde que su padre había fallecido.

Pensó en los vecinos de Natsu.

Todos daban algo a los demás, hasta la señora Hilda, que hacía ropita para los bebés. Natsu, Makarov y Gildarts se habían asegurado de que Mirajane llegase a tiempo al hospital, y ella les había pedido que fuesen los padrinos de los trillizos. Todos daban y recibían.

Se dio cuenta de lo mucho que estaba dando Natsu al acceder a ayudar a Layla con el libro.

¿Qué podía ofrecerle ella a cambio? No podía darle lo que más deseaba, aunque le hubiese encantado. Tenía que darle otra cosa.

Tendría que pensar en ello.

La primera noche que Natsu accedió a ir a casa de Layla Heartfilia, diluviaba en Manhattan.

Natsu consideró que había tenido suerte porque la gente que había por la calle estaba tan concentrada en no mojarse, que nadie se había fijado en él. El portero del edificio de Lucy lo reconoció, pero fue el único.

Se quitó el chubasquero, se pasó la mano por el pelo mojado y llamó al timbre. Layla había dicho que Lucy no quería interferir en la entrevista, así que iba a ir al cine con su amiga Levy. Según Layla, Lucy había dicho que lo vería después.

Aunque él lo dudaba.

De hecho, después de un par de días sin verla y después de ver dónde vivía Lucy y todas las comodidades que tenía allí, volvía a sentirse inseguro. Sabía que ella quería que ayudase a su madre, pero dudaba que sintiese algo por él.

Se había dejado llevar un par de veces por la tentación, pero tal vez se hubiese olvidado de él nada más perderlo de vista. No, le había dicho que lo echase de menos cuando no estaban juntos, así que quizás no recordase como él la noche que habían pasado juntos.

La puerta se abrió, y Layla Heartfilia apareció sonriente. Reconoció los mismos rasgos delicados de Lucy, aunque más marcados por la edad. Llevaba el pelo corto, aunque era entrecano en vez de rubio. Tenía los ojos de un tono cafe mas oscuro que el de Lucy pero la sonrisa era la misma.

Layla era una mujer encantadora, tal y como él imaginaba que sería Lucy cuando llegase a la cincuentena. A Natsu le encantaría estar allí para verlo.

— Tú debes de ser Natsu. Tenía muchas ganas de conocerte. — lo saludó Layla, tendiendo ambas manos.

Él tomó sus manos, que estaban calientes y le recordaron a las de su propia madre. Había imaginado que aquella señora rica sería diferente, más fría y superficial. Mirajane tenía razón. Tenía que acabar con los prejuicios.

— Igualmente, señora Heartfilia.

— Layla — lo corrigió ella, dejándolo pasar.

— A no ser que quieras llamarme mamá. — Natsu se quedó de piedra.

— Oh, lo siento, creo que me he pasado. Quizás esté precipitándome en sacar conclusiones acerca de vosotros dos. Pero teniendo en cuenta lo que Lucy siente por ti...

— Estoy loco por su hija. — dijo él sin poder evitarlo. No era fácil admitir la realidad. — Pero todavía no hemos hablado del futuro.

— Ya veo. Dame tu abrigo. Siéntate. He preparado café. He pensado que te agradaría tomar algo caliente con este tiempo.

— Estupendo.

— Ponte cómodo. Voy a por el café. — Natsu entró en el salón, pero no se sentó inmediatamente.

Había muchas cosas que ver. Olía a limón, lo que también le recordó a su madre, y los muebles no parecían mucho más caros que los que había en casa de sus padres. La vista de Central Park, empañada por la lluvia, y las luces de la Quinta Avenida eran lo único que diferenciaban aquel piso del que sus padres tenían en Buffalo, pero seguía siendo una gran diferencia.

Una de las paredes estaba ocupada por una librería.

En ella había muchas fotografías familiares, que Natsu observó intentando obtener información acerca de la niñez de Lucy. Lo que más lo sorprendió, acostumbrado a una familia numerosa, era que en las fotos aparecían muy pocas personas. El padre de Lucy parecía haber sido un hombre serio, y entendió por qué había intimidado tanto a su madre.

Pero se había marchado sin saber algo muy importante sobre ella, y eso no había sido justo para ninguno de los dos. Tomó una fotografía en la que aparecía Lucy de niña, con el uniforme del colegio, y no consiguió imaginarla corriendo por el patio.

— Me parece una muy buena señal que un hombre se interese por las fotos de familia de una mujer. — comentó Layla, apareciendo con la bandeja del café.

Natsu dejó en su sitio la fotografía y se volvió hacia ella.

— ¿Por qué?

— Porque indica que se interesa por ella como persona, no sólo como objeto sexual. — Natsu se tapó la boca con el puño, y tosió.

— ¿Eso piensa?

— Bueno, tengo razón, ¿verdad?

— Sí, tiene razón. — Aunque lo cierto era que no sabía si Lucy estaba interesada en él sólo como objeto sexual, decidió que no sería apropiado mencionárselo a su madre.

Layla sonrió y le hizo un gesto para que se sentase en el sofá.

— Estoy encantada de que hayas resultado ser la persona que Lucy pensaba que eras. — Natsu se sentó mientras Layla servía el café de una cafetera muy parecida a una que tenía su madre. Aquello no se parecía nada a la porcelana china que él había imaginado.

— ¿Y cómo esperaba Lucy que fuese?

— Bueno, a estas alturas deberías haberte dado cuenta ya de que una mujer como Lucy no se gastaría esa cantidad de dinero en una aventura de una noche.

«No, pero se la gastaría en salvar a su madre, y una aventura de una noche habría sido un plus», pensó él.

— Soy consciente de ello. Pero también estaba contribuyendo a una buena causa.

— Sí, pero tengo que decirte que esa buena causa no vale treinta y tres mil dólares para ella. Te quería a ti. — Natsu tomó la taza de café y dio un trago.

Quizás él también pudiese aprovechar la oportunidad para conseguir algo de información. Layla no se estaba andando con miramientos con él.

— Seré sincero. Todavía no puedo creer que una mujer con el dinero de Lucy pueda estar interesada en un futuro con un tipo que se gana la vida apagando fuegos.

— No conoces a Lucy tan bien como yo creía. El dinero sería la última cosa en la que pensaría al considerar establecer o no una relación.

— Entendido. Y lo siento. Es sólo que... — intentaba encontrar las palabras adecuadas.

— No sé si podría ponerse en mi lugar. Un tipo como yo nunca imaginaría que una mujer podía gastarse esa cantidad de dinero si no es para comprarse un coche, dar la entrada para una casa o algo así.

— Ya te he dicho que no lo hizo a la ligera.

— No, pero lo hizo. Yo no puedo identificarme con un gesto así, pero debe de ser porque, para mí, sería algo muy serio.

— Y te resulta ostentoso.

— En cierto modo, sí. Espero que no se lo tome a mal. Lucy es una persona extraordinaria y estoy seguro de que sus intenciones eran buenas. Pero no puedo evitar verlo así. — Layla suspiró.

— Esta niña... Le dije que confesase todo, pero veo que no lo ha hecho y, como resultado, la opinión que tienes de ella está sufriendo las consecuencias. Así no hay manera de llevar una relación. — Otra confesión más, Natsu no sabía si estaba preparado para escucharla.

— Voy a preguntarte algo, y quiero que me contestes con el corazón. — le pidió Layla.

— De acuerdo. — asintió él, dejando la taza de café.

— Dices que te preocupa el dinero en vuestra relación. ¿Es porque si la situación fuese al contrario, si tú tuvieses mucho dinero y ella poco, eso sería un problema para ti?

— ¡Por supuesto que no!

— Eso me parecía a mí. Suele pasaros a los hombres.

— Usted intenta que yo sea justo. Y yo lo intento, de verdad. Pero...

— Yo intento que quieras a mi hija como la persona impetuosa y adorable que es. Y me preocupa que, cuando descubras la verdad, sea demasiado tarde. Voy a contarte algo, pero tienes que prometerme que no le dirás a Lucy que te lo he contado. Lucy es demasiado orgullosa, y eso está interfiriendo en vuestro camino, y yo no puedo quedarme aquí sentada sin hacer nada. ¿Me lo prometes? — Natsu no tenía ni idea de lo que se le avecinaba. Pero miró a Layla a los ojos y se lo prometió de todos modos.

— Lucy y yo no tenemos mucho dinero. Vivimos aquí porque pagamos poco alquiler debido a un acuerdo al que llegó mi tío, que era el propietario del edificio. Lucy sigue luchando por abrirse paso como agente de bolsa y yo me las arreglo con el dinero del seguro de vida de mi marido. Ninguna de las dos tiene ni un céntimo.

— ¿Y cómo lo hizo para pujar por mí en la subasta?

— Se gastó su fondo de jubilación, Natsu.

Capítulo °13:

— ¿Está bromeando? — preguntó Natsu. No podía creer lo que Layla acababa de contarle.

— No. Pero no puedes decir nada. Lucy está convencida de que vas a pensar que fue una estúpida por haber hecho eso, y sé que no le gustará que te lo haya dicho. Pero, por el futuro de vuestra relación, sentía que tenía que decírtelo.

— De acuerdo. — dijo él, tomando aire.

— A ver si lo he entendido. Tenía un fondo de jubilación. Pero también tiene otros ahorros, ¿verdad? Quiero decir, que era sólo...— Dejó de hablar al ver que Layla sacudía la cabeza.

— ¿Quiere decirme que se lo ha gastado todo?— añadió.

— Sí. Y tengo que contarte que es algo típico en ella. Cuando era niña tenía una colección de monedas. Cuando tenía catorce años, quiso comprarnos un regalo especial para Navidad, así que se las gastó. Ni siquiera las llevó a algún coleccionista, pagó directamente con ellas.

A Natsu no lo sorprendía aquella historia.

De pronto, entendió todos los aspectos de la personalidad de Lucy, y se sintió contento por saber hasta dónde llegaba su generosidad. Pero... no le había contado la magnitud de su sacrificio. Había dejado que creyese que tenía suficiente dinero como para permitirse pujar por él en la subasta. Quizás fuese por orgullo, tal y como había dicho su madre. Pero, después de haber visto cómo se entregaba él a sus vecinos, ¿cómo había podido pensar que a él iba a parecerle mal?

Aunque, desgraciadamente, podía existir otra razón por la que no se lo había contado. Si Natsu sabía cuál era su situación económica, ya no habría barreras entre ellos. Y quizás ella quisiese mantener esas barreras. Era evidente que les gustaba hacer el amor juntos, pero eso no quería decir que ella quisiese comprometerse para
toda la vida.

— Estás dándole tantas vueltas a la cabeza, que va a empezar a salirte humo por los oídos — comentó Layla.

— Por favor, dime que no vas a juzgar a Lucy por haber hecho semejante cosa.

— Por supuesto que no. Pero eso cambia algunas cosas, ahora que sé la verdad.

— Bien. No podía dejar que creyeses que mi hija era una fanfarrona.

— ¿Cuándo se gastó la colección de monedas, qué les compró a usted y a su marido?

— Una preciosa edición de Orgullo y Prejuicio. Supongo que quería decirnos algo. Siempre me ha apoyado para que escriba. —
Pero Layla no le había dado a su marido la oportunidad de que la apoyase. Y, del mismo modo, Lucy tampoco le estaba dando a él la oportunidad de que la comprendiese por haberse gastado su fondo de jubilación.

— Lucy cree en usted. — afirmó Natsu. — Por eso me ha pedido que la ayude.

— Y yo aprecio mucho esa ayuda.

— Estoy encantado de colaborar, siempre y cuando nadie me reconozca como el héroe de su libro.

— Ya me lo ha dicho Lucy. Ahora que sabe lo duro que es ser acosado, quiere estar segura de que no te complicamos la vida todavía más.

— ¿Sabe?, por el momento está mereciendo la pena. — Habría merecido la pena aunque Lucy se hubiese estado burlando de él y aunque nunca volviese a tenerla en sus brazos.

No cambiaría por nada la noche que habían pasado juntos, ni siquiera por volver a recobrar su privacidad.

— Me alegra oírte decir eso — admitió Layla mientras buscaba la grabadora y el cuaderno.

— Ahora será mejor que nos pongamos a trabajar. Lucy quizás quiera ver los resultados de nuestra entrevista cuando vuelva a casa.

— ¿A qué hora va a volver?

— ¿No has hablado con ella? Pensé que habríais quedado en su casa cuando hubieses terminado aquí. — Natsu intentó pensar rápidamente.

Layla pensaba que eran amantes, según Lucy. Era normal que creyese que no perderían la oportunidad de pasar algo de tiempo juntos. Y, pensándolo bien, él tampoco quería perder la oportunidad, aunque sólo estuviese con ella unos minutos.

— Sí, habíamos pensado vernos — respondió.

— Pero la última vez que hablamos, Lucy no sabía qué película iba a querer ver Levy. Imagino que pensó que usted acabaría de contarme sus planes.

— Ah, bien, según tengo entendido, iban a ir a un festival de cine que duraba tres o cuatro horas — dijo Layla, mirándose el reloj.

— Osea, que terminará más tarde de la hora a la que yo suelo acostarme. ¿Te importa esperarla en su casa?

— No — respondió él. Si Lucy había conseguido entrar en su apartamento a través de la señora Porlyusica, él podía hacer lo mismo a través de su madre.

El pulso se le aceleró sólo de pensarlo.

— El problema es que no ha tenido tiempo de hacerme una copia de la llave.

— No te preocupes. Yo te abriré la puerta.

— Estupendo. — era mejor que estupendo.

Layla le había dicho que era importante para ella saber que no veía a Lucy como un objeto sexual. Él quería comprobar que Lucy tampoco lo veía a él como tal. Y tenía un plan.

— Arreglado. Ahora, cuéntame, ¿tuviste una infancia feliz?

Las películas eran poco conocidas, pero Lucy se dijo que, de todos modos, no habría conseguido concentrarse ni en el último éxito de taquilla. Le dolía la cabeza sólo de pensar en su madre y en Natsu juntos, manteniendo una larga conversación.

Había conseguido su objetivo, pero pensaba que todo iba a terminar mal. Los dos conocían un secreto diferente, y juntos, podían darle una buena lección.
La habían reconocido dos veces durante aquella velada, cuando Levy estaba comprando las entradas, y más tarde, mientras esperaban a un taxi que las llevase a casa.

En ambas ocasiones había eludido las preguntas y se había escapado, pero odiaba la idea de que eso ocurriese cada vez que salía a la calle. Levy pensaba que era divertido, pero, claro, ella no tenía que soportarlo. Cuando quiso llegar a casa, tenía los nervios de punta. Se desabrochó el chubasquero, metió la llave en la cerradura y oyó a Plue correr hacia el otro lado de la puerta.

Seguro que le venía bien acariciarlo. Jugaría con él hasta que se calmase lo suficiente como para poder dormir. Abrió la puerta, y el perro jugueteó con ella, como siempre. Ella se agachó a acariciarle la cabeza, pero Plue se marchó corriendo hacia el salón. Lucy lo siguió, e inmediatamente, dio un pequeño grito de sorpresa.

Natsu estaba cómodamente tirado en el sofá y la miraba con una expresión indescifrable.

— ¿Quieres que te guarde el abrigo? — Un millón de pensamientos pasaron por su mente, y se imaginó todos los posibles desastres que podían haber tenido lugar durante aquella tarde.

Pero la imagen de Natsu vestido con camisa y vaqueros y tirado en el sofá de su salón era demasiado provocadora. El sábado por la noche también le había ofrecido guardarle el abrigo, y aquello había sido el principio de una noche que no olvidaría en toda su vida. Entrelazó sus manos para controlar el deseo de tocarlo y de invitarlo a que la tocase.

— ¿Qué... qué estás haciendo... cómo...?

— Tu madre me ha abierto la puerta. — le explicó él mientras rascaba a Plue detrás de las orejas. Era evidente que ya se habían hecho amigos.

— ¿Por qué?

— Porque dio por hecho que nos agradecería vernos esta noche. —
Claro que ella había tenido ganas de verlo. Aunque en esos momentos el contacto visual no le parecía suficiente.

— Podías haber puesto una excusa.

— Podía haberlo hecho. Pero no quise. — Se acercó hacia ella, pero Plue se interpuso entre los dos.

— Túmbate. — le ordeno Natsu.
Para la sorpresa de Lucy, Plue obedeció.

Aquella noche, Natsu estaba diferente. Parecía más tranquilo, más seguro de sí mismo. Estaba muy sexy.

— Natsu... no sé qué...

— Le has dicho a tu madre que somos amantes, ¿no es cierto?

— ¡Pero no le he dado detalles! Por favor, tienes que creerme si te digo que no le contado nada personal de lo que ocurrió el sábado por la noche.

— Eso espero. Pero no es de eso de lo que quería hablar contigo. Tu madre es una mujer muy inteligente. — A Lucy le gustó oír que hablaba de ella con respeto. Se relajó lo suficiente como para quitarse el impermeable y dejarlo encima de una silla.

— Así que os habéis entendido bien.

— Por supuesto. Aunque, con todas las cosas que quiere saber de mí, no sé cómo va a hacerlo para que no me reconozcan en su héroe. La he hecho prometer que va a dejarme leer el libro antes de enviarlo a ningún sitio.

— Eso está bien. Así estarás seguro de que no da ningún detalle... demasiado personal. — dijo Lucy. Tenía que cambiar de tema de conversación inmediatamente.

— ¿Has podido ayudarla con todo lo relativo al trabajo de bombero?

— No nos ha dado tiempo. Tendré que volver, quizás más de una vez. Y ése es el problema que creo que debemos solucionar. Si sigues diciéndole a tu madre que estamos juntos pero cada vez que vengo te escapas al cine, va a acabar preguntándose qué está pasando.

A Lucy le costaba pensar con claridad cuando él estaba tan cerca. Su plan le había parecido lógico al principio, pero en esos momentos la lógica estaba fundiéndose al calor de su mirada.

— Le expliqué que no quería interferir. De todos modos, aunque yo esté aquí, vosotros estaréis trabajando.

— Eso es cierto. Pero Layla piensa que vamos a acabar casándonos juntos. Piensa que estamos... enamorados.

A Lucy le hubiese gustado que Natsu no hubiese dudado al decir aquella palabra. Se preguntó si se le notaría cuáles eran sus sentimientos.

— ¿Qué crees tú que deberíamos hacer?

— Si estuviésemos enamorados, intentaríamos pasar el mayor tiempo posible juntos. Dormiríamos juntos siempre que pudiésemos, en tu casa o en la mía, porque no nos cansaríamos nunca el uno del otro.

— Le diremos que has dormido aquí, aunque no sea verdad. — propuso Lucy con voz temblorosa.

— Dado que vive tan cerca, acabaría dándose cuenta de la mentira. Además, eres hija única. Para bien o para mal, te llevas toda su atención. — Lucy odiaba admitir que tenía razón.

Quizás su plan no fuese del todo perfecto. Pero para arreglarlo pondrían en peligro el objetivo del mismo.

— Hay algo más. — comentó Natsu. — Me ha mencionado que le gustaría invitarnos a cenar a los dos una de estas noches, y se supone que yo debo hablarlo contigo para decidir cuándo vamos.

— Dios mío. — Lucy no se había imaginado nada parecido. Pensó que Natsu aparecería, ayudaría a su madre y luego desaparecería.

Ella le diría a Layla que seguían viéndose y que la vida era maravillosa, y eso sería todo.

— Además. — continuó él. — Un hombre enamorado sugeriría de vez en cuando alguna actividad para hacer con su chica y su familia. Me parece lo más políticamente correcto. — Ella se cruzó de brazos. Le acababa de pasar por la mente una idea poco agradable.

— Y tú pareces un experto en cómo debe comportarse un caballero en tales circunstancias.

— Ya he estado enamorado antes, si es eso a lo que te refieres. —. Aquella nueva información no le hacía ninguna gracia a Lucy.

— ¿Y... así fue como te comportaste?

— Más o menos.

— ¿Y luego, qué?

— No estoy seguro de lo que quieres decir.

— Que ya no estás con ella, ¿verdad? ¿Qué pasó después de que pasases todo tu tiempo con ella y con su familia? — preguntó Lucy cada vez más acalorada.

— ¿Es eso importante?

— Sí. ¡No! Da igual. No es asunto mío.

— Yo no diría eso. Hace aproximadamente un año decidimos que esperábamos cosas distintas de la vida. Así que tomamos caminos separados.

— ¿Y todavía la quieres? — No debía haber preguntado eso.

— No — respondió él tranquilamente, mirándola a los ojos.

Podía aprovechar aquel error de Lucy para tenerla a su merced.
A ella se le aceleró el pulso. Él se acercó más, hasta que Lucy pudo oler su aftershave y sentir el calor que desprendía su cuerpo. Tenía que echarlo de allí antes de perderse por completo.

— Hay muchas cosas que no sabemos el uno del otro — dijo Natsu, agarrándola por la Barbilla.

— Hemos recorrido todos los centímetros de nuestra piel y, aun así, hay mucha información básica que sigues sin tener de mí.

Aquella caricia hizo que Lucy dejase de estar a la defensiva y descruzase los brazos.

— ¿Como cuál?

— Como que el sábado no te habría hecho el amor como te lo hice si hubiese estado enamorado de otra persona.

— Hay personas que se olvidan de un amor buscando otro.

— Pues ése no es mi estilo. Pero no sé si es el tuyo. ¿Estabas tú intentado olvidar a alguien?

— No — murmuró ella.

— Bien — sonrió Natsu.

Aquella sonrisa hizo que Lucy se fijase en sus labios y se humedeciese los suyos propios, como si todavía estuviese allí su sabor, a pesar de los días que habían pasado. Luego lo miró a los ojos y halló una calidez que la hizo estremecerse de deseo. Tuvo envidia de la mujer a la que Natsu había amado, y se preguntó si había sentido alguna vez lo que estaba sintiendo en esos momentos.

No recordaba haber estado nunca obsesionada con un hombre del modo en el que él había dicho que había estado obsesionado con su novia.

Hasta ese instante.

Mientras le acariciaba la mejilla, la respiración de Natsu se aceleró, y ella pensó que iba a besarla, estaba deseando que lo hiciese, pero no podía ceder ante la tentación.

— ¿Cómo quieres que solucionemos el problema? — le preguntó Natsu.

Lucy estaba tan aturdida y cegada de deseo, que no sabía de lo que le estaba hablando.

— Lo siento. Pero no me acuerdo de qué estábamos diciendo.

— Tenemos que decidir cómo vamos a convencer a tu madre de que somos amantes cuando no es verdad. — dijo él, comiéndosela con los ojos.

Lucy no recordaba por qué no podían ser amantes. Tenía algo que ver con... ah, sí, Natsu podía pensar que ella le estaba contando a su madre todo lo que hacían en la cama para que lo escribiese en el libro. Era un problema de confianza.

— Imagino que todavía te preocupa que le cuente a mi madre lo que hacemos juntos.

— ¿Harías eso?

— No. Y no tendríamos por qué fingir si...— Natsu parecía estar luchando consigo mismo. Finalmente dio un paso atrás y la interrumpió.

— No. Me parece que debemos ceñirnos a tu primer plan. — A Lucy le sentó aquello como si le hubiesen dado una bofetada.

Así que no confiaba en ella.

Se había hecho ilusiones de que estuviese enamorado pero, aparentemente, para él aquello era sólo una aventura. Lucy volvió a cruzarse de brazos.

— ¿Estás sugiriendo que deberías quedarte aquí a dormir en el sofá, y que invitemos a mi madre a desayunar para que vea que estamos juntos? Porque me parece que no voy a poder aceptar algo así.

— No te preocupes. Yo tampoco podría.

Lucy estaba muy decepcionada. Deseaba que Natsu la abrazase y le dijese que confiaba en ella. Pero aquello no parecía probable.

— Entonces es evidente que no estás aquí para...

— ¿Seducirte? No. — Pues aun así lo había conseguido. Lucy respiró hondo y se obligó a pensar fríamente en el problema. Poco a poco, se le ocurrió una solución.

— Perdóname un momento. Volveré enseguida. — Fue a su habitación y abrió un cajón del escritorio.

Allí había una copia de las llaves de casa. Se preguntó cómo se sentiría si le fuese a dar la llave a Natsu porque fuesen amantes. Miró hacia la cama. Si fuesen amantes, habría llegado a casa después de un duro día de trabajo y se habría encontrado a Natsu allí tumbado, esperándola. Se excitó sólo de pensarlo. Cerró el cajón y salió de la habitación para no seguir dando rienda suelta a su imaginación.

En el salón, Natsu estaba agachado al lado de Plue, que se había dado, la vuelta para que le rascasen la barriguita. Lucy recordó que, de no haber sido por él, Plue ya no estaría allí.

— Gracias.

— ¿Por qué?

— Por haberlo salvado. Con todo el lío de la subasta y... del fin de semana juntos, no sé si te había dicho lo mucho que significa para mí. Quiero mucho a Plue, y si le pasase algo...

— Me alegro de haber estado allí.

— ¿De verdad? Me he estado preguntando si te arrepentirías de lo que habías hecho.

— No. Si mis quejas te han hecho pensar que cambiaría la vida de tu perro por mi privacidad, lo siento.

— Además, aquello hizo que mi madre saliese de su depresión y, quizás, gracias a ti, vaya a desarrollar una carrera profesional. Tengo muchas cosas de las que estarte agradecida.

— Por favor, dime que no es por eso por lo que te acostaste conmigo. — Lucy lo miró y lo recordó desnudo a pesar de la camisa y los vaqueros. Le entraron ganas de reír con su comentario.

— No. Por aquello también tendría que darte las gracias.

Capítulo °14:

Natsu casi perdió el control cuando Lucy le sonrió y le dio las gracias por haberle hecho el amor. Tuvo que esforzarse por no atravesar la habitación y tomarla entre sus brazos.

Si le hubiese dicho a Lucy en ese momento que confiaba en ella, no habrían tardado ni cinco segundos en entrar a su habitación.

Podía verlo en sus ojos.

De hecho, confiaba en que no iba a contarle nada a su madre. Pero no estaba seguro de que no fuese a romperle el corazón. Decidió que mataría dos pájaros de un tiro. Fijaría una serie de fechas con Lucy y su madre. Así, Layla no sospecharía y él averiguaría si para Lucy lo suyo era algo más que sexo.

O gratitud. Tampoco quería que una mujer estuviese con él sólo por gratitud.

— Toma, una copia de las llaves de mi casa — dijo Lucy. — Si quieres, puedes traerte algunas cosas.

— Pensé que estábamos de acuerdo en que no éramos lo suficientemente fuertes como para jugar a ese juego.

— No quiero decir que tengas que trasladarte aquí. Pero puedes traerte un cepillo de dientes y una maquinilla de afeitar; seguro que mi madre los ve. Si me dejas un frasco de tu aftershave, echaré un poco por la casa para que huela a ti de vez en cuando.

— Muy creativa — reconoció él, tomando la llave. A pesar de todo, le gustó la idea de poder ir allí siempre que quisiera.

— Y para tu información — añadió Lucy. — A mí tampoco me gusta tener que engañar a mi madre, pero no veo otra opción.

— Yo tampoco.

— También puedes traer tu cerveza favorita y dejarla en la nevera.

— ¿Y cacahuetes? — preguntó Natsu para ver su reacción.

Él no volvería a ser capaz de comerlos sin acordarse de aquel beso que le había dado y que había hecho que a ella se le cayesen de la mano. Para su inmensa satisfacción, Lucy se sonrojó.

— Los cacahuetes no hacen falta.
— Natsu la observó. Si pudiese estar seguro de que Lucy quería de él algo más que sexo...

— Bueno, ya tenemos un plan. Ahora tenemos que quedar para hacer algo los tres. — ¿Cuándo ha sido la última vez que has ido al museo de arte contemporáneo un domingo por la tarde?

— ¿Al Metropolitan?

— Quizás sea demasiado aburrido. Además, está aquí al lado y seguro que vas a menudo.

— No, no, por mí, encantada. Hace años que no voy. Será divertido.

— ¿De verdad? — Natsu no sabía si fiarse de su aparente entusiasmo. Quizás Lucy sólo quisiese ser amable. Al fin y al cabo, no sabía qué cosas le gustaba hacer en su tiempo libre.

— De verdad. Y a mi madre también le gustará ir. ¿Pero no te preocupa que la gente nos reconozca y nos moleste?

— A mí cada vez me molestan menos. Si pasase algo importante uno de estos días, se olvidarían de nosotros.

— Eso sería un alivio.

— Todo habría pasado ya si la subasta no hubiese vuelto a ponerme en el punto de mira. Pero, de todos modos, creo que podemos intentar ir al museo. Si a tu madre le parece bien, me pasaré por aquí sobre la una. Quizás podamos comer en...

— Natsu, no quiero que te gastes dinero en esto. Podemos comer antes de ir.

Él se quedó boquiabierto. Lucy había vuelto a sacar el tema del dinero. Quizás quisiera utilizarlo como una barrera entre ellos.

— Puedo invitaros a comer. Y también puedo pagar las entradas. A no ser que quieras abrirme una cuenta y que yo saque el dinero de allí.

— Estás enfadado. No quería ofenderte. Es sólo que me parece que ya has hecho suficiente.

— Parece que has olvidado que hacía tiempo que quería pedirte salir. ¿Qué crees que te habría propuesto hacer en nuestra primera cita, ir a mirar escaparates? No soy un indigente, Lucy — Dijo Natsu, y luego señaló hacia las ventanas.

— No tengo estas vistas en casa, pero puedo permitirme pagar una comida y las entradas del museo.

— Por supuesto. Yo sólo...

— ¿Te das cuenta de lo condescendiente que suenas?

— ¡No lo he hecho a propósito! Natsu, te he metido en esto en contra de tu voluntad, y te has comportado de manera admirable. Ahora te estoy pidiendo que finjas delante de mi madre, ¿ y a ti te parece mal que me preocupe del dinero que te gastas en esto?

— Me parece mal porque sabes que lo haré con mucho gusto porque... — se calló de golpe. No podía admitir ciertas cosas a esas alturas del juego.

Al principio había pensado que Lucy estaba loca por él, y en esos momentos le parecía que podía estar aprovechándose de las circunstancias y de que era un buen amante. Podía hacerla gemir de placer en la cama, pero quizás, fuera de ella, Lucy sólo tolerase su presencia. Había oído que algunas mujeres salían con hombres sólo porque las complacían sexualmente, pero sin querer tener una relación seria con ellos. Y era evidente que Lucy tenía muchos secretos.

— Lo siento. — se disculpó Lucy. — Tú intentas ser mi amigo, y yo te trato como si fueses mi empleado.

A Natsu le hubiese encantado preguntarle qué pensaba exactamente de él, pero probablemente Lucy no le dijese la verdad, no cuando su madre todavía necesitaba su ayuda. No, lo trataría lo mejor que pudiese hasta que Layla hubiese terminado el libro.

— Acepto las disculpas. Traeré mis cosas mañana mientras estés trabajando. Así no tendremos que vernos más de lo necesario.

— Natsu, tengo que decirte que me hubiese gustado que me pidieses salir antes del incidente del lago. Me hubiese gustado que nos hubiésemos conocido bajo otras circunstancias.

— Pero entonces quizás tu madre no hubiese empezado a escribir esa novela.

— Quizás tengas razón.

— Lucy, esto es lo que tenemos. Tenemos que conformarnos con ello y ver adónde nos lleva.

Natsu deseó que no le doliese el corazón cada vez que la miraba a los ojos. Sabía qué era lo que quería ver en ellos, pero sólo veía confusión y nervios. Recogió su abrigo del sofá y se dirigió a la puerta.

— Ya me dirás si os parece bien lo del domingo.

— Claro. — Con la mano puesta en la manivela de la puerta, se volvió a mirarla, y la vio sola, tan frágil y vulnerable.

Deseaba ir hacia ella y abrazarla, sin pensar en las consecuencias.

— Buenas noches. — se despidió, y salió de allí.

Natsu sufrió mucho durante las siguientes semanas, paseándose por la ciudad con Lucy y con su madre. Cada día estaba más enamorado, pero no podía hacer nada hasta que Layla no terminase el libro. Iba a casa de Lucy cuando ella estaba trabajando, y dejaba allí ropa y otros objetos personales, para que los viese su madre. Una tarde llevó cerveza, y decidió beberse una y dejar la botella en la encimera de la cocina.

Aunque, en realidad, sabía que Lucy llegaría de un momento a otro, y estaba deseando encontrarse con ella por casualidad.

Deseaba desesperadamente estar a solas con ella, aunque fuese sólo un minuto. A pesar de que pasaban tiempo juntos, la echaba mucho de menos. Mientras se bebía la cerveza, se paseó por el apartamento con Plue pegado a sus pies. Terminó, cómo no, en su habitación, pasando la mano por la almohada e imaginándosela dormida. Ojalá soñase con él. También abrió el armario y tocó su ropa. Estaba acariciando la blusa blanca que Lucy se había puesto para su paseo en yate cuando Plue se dirigió a todo correr hacia la puerta.

Lucy aparecía por la puerta en el mismo momento en que él salía de su habitación.

— ¿Estás dejando algunas cosas? — preguntó, tensa.

— Sí. Iba a dejar esta botella vacía en la cocina, para darle un toque masculino.

— Pero la cocina está al otro lado.

— Allí iba. — Natsu caminó en dirección a la cocina. Lucy seguía surtiendo efecto en él.

Y no era sólo una cuestión de sexo. Le habría encantado poder pasar la tarde con ella. Pero sabía que si se quedaba allí, acabarían en la cama. También estaba deseando eso, pero no quería hacerlo hasta que no se aclarasen las cosas y supiese cuál era la postura de Lucy. Hasta que Layla no terminase el libro.

— ¿Quieres... quedarte a cenar? — preguntó ella. ¡Por supuesto que quería! Pero no se atrevía...

— Gracias, pero tengo que marcharme. — dijo él, dejando la botella y volviendo al salón. — ¿Qué tal va el libro?

— No lo sé — respondió ella mirándolo como si estuviese enfadada.

— A lo mejor la estamos distrayendo demasiado, llevándola aquí y allá. Podríamos decirle que tengo que hacer turnos dobles en el trabajo. — A Natsu no le gustaba la idea de dejar de ver a Lucy, aunque fuese con su madre, pero si tenía que hacerlo para que Layla terminase el libro, lo haría.

— No. Le encanta salir con nosotros. Hacía años que no la veía tan feliz.

— ¿Sabes cuánto le queda para terminarlo? — Natsu sonaba desesperado. Estaba desesperado.

— He intentado averiguarlo. Me dijo una vez que ya llevaba tres cuartos, pero en la siguiente ocasión comentó que había vuelto atrás, así que no sé. Natsu, yo...

— ¿Qué? — Natsu acababa de tomar una decisión. Si Lucy le pedía que le hiciese el amor, se lo haría.

— Da igual. Nos vemos mañana para ir al teatro.

— Bien. — tomó su abrigo y se dirigió a la puerta. — Hasta mañana.

Lucy se contuvo para no salir corriendo detrás de él. Si le rogaba que le hiciese el amor y él se negaba porque no confiaba en ella, no podría soportarlo. Había pensado que quizás pudiesen cenar juntos, lo que hubiese sido mejor que nada, pero él no había querido.

Plue corrió entre sus pies, quería que lo sacase de paseo. Lucy entró en la cocina y tomó la botella vacía de cerveza con las dos manos, como si pudiese absorber el calor de las manos de Natsu. Luego se la llevó a la boca y pasó los labios por el borde.

Cerró los ojos y recordó sus besos. Era extraño, pero no era la pasión lo que más echaba de menos. Le faltaba aquella sensación de estar unida a alguien, de no estar sola en el mundo. No había conocido aquella sensación hasta que no había estado con Natsu. Y a partir de entonces parecía no poder volver a vivir sin ella.

Mientras lo echaba de menos, Lucy pasó los días preguntándose cómo podía darle las gracias por haber ayudado a su madre. Halló la respuesta en el escaparate de una tienda de deportes.

Era el regalo perfecto.

Estaba tan contenta con la compra que, en vez de irse a casa, se pasó antes a ver a su madre.
Layla abrió la puerta con parte del manuscrito en una mano y las gafas en la otra.

— ¿Interrumpo?

— No. Estaba repasando el capítulo que he escrito hoy. Ya casi estoy terminando el libro.

— Eso es estupendo, mamá. — dijo Lucy, que sintió cómo se le aceleraba el pulso.

— ¿Qué traes aquí? — Layla dejó el manuscrito y se puso el bolígrafo detrás de la oreja antes de agarrar el balón de baloncesto lleno de autógrafos.

— Es evidente que te ha costado mucho dinero.

— Están todos. Ya sabes lo mucho que le gustan los Knicks. Estoy deseando ver la cara que pone cuando se lo dé.

— Estoy segura de que le encantará. ¿Cuándo es su cumpleaños?

— Esto... no la he comprado para su cumpleaños. — respondió Lucy, dándose cuenta de que ni siquiera sabía cuándo era su cumpleaños, pero no podía admitirlo delante de su madre.

— Supongo que no has empezado ya a comprar los regalos de Navidad.

— No, sólo me apetecía regalarle algo porque... — tampoco podía decirle a Layla la verdad. No debía haberle enseñado el balón a su madre.

— Me apetecía regalárselo porque es un tipo estupendo y lo quiero mucho.

— Lo entiendo, cariño. Pero no sé si él lo entenderá.

— ¿Qué quieres decir?

— Sentémonos. — sugirió Layla, dirigiéndose hacia el sofá del salón. — Este balón cuesta mucho dinero, ¿verdad?

— Bueno, más o menos.

— ¿Lo has pagado con la tarjeta de crédito?

— Ya sé que he estado gastando mucho dinero últimamente, pero es todo por una buena causa. Además, las cosas me van bien en el trabajo, he conseguido un cliente nuevo. Espero ganar bastante este mes.

— Eso espero. Y estoy segura de que volverás a empezar a ahorrarlo. Eres una chica lista. Pero ése no es el problema. El problema es que Natsu sabe que te gastaste mucho dinero por él en la subasta y ahora, además, le haces un regalo caro, algo que él no puede comprarse. Yo sé que lo haces porque eres muy generosa cariño. Pero Natsu no te conoce tan bien como yo, y me preocupa que malinterprete tus actos.

— ¿Quieres decir que puede pensar que estoy intentando comprar su amor?

— Algo así. O que haces alarde de todo el dinero que tienes. ¿Le has contado ya que vaciaste tu fondo de jubilación para la subasta?

— Todavía no.

— Así que sigue pensando que eres una niña rica. Si yo fuese tú, le diría la verdad lo antes posible. Ese tipo de secretos distancian a las personas, por mucho amor que haya. Yo me doy cuenta ahora de que debí decirle a tu padre que quería ser escritora.

— Pero ¿y si él te hubiese criticado?

— Pues habríamos hablado del tema y habríamos encontrado una solución. Pero lo que hice fue engañarnos a los dos. No dejes que eso ocurra con vosotros, cariño. Cuéntaselo.

— Supongo que debería hacerlo.

Pero le daba miedo confesarle a Natsu que también le había mentido en eso. Se lo contaría pronto, pero antes le regalaría el balón. Él se daría cuenta de que era un regalo caro, pero valoraría que Lucy hubiese buscado algo que a él le encantaría tener, y eso era más importante que lo que hubiese pagado por el regalo.

Menos de una semana después, Layla invitó a Lucy y a Natsu a cenar. Tenía algo que celebrar, aunque no les dijo el qué. Lucy quería pensar que su madre había terminado por fin el libro.

Lucy corrió a casa después del trabajo para quitarse el traje gris y ponerse algo más festivo. Eligió un vestido rosa de punto y lo adornó con un fajín de colores. Le temblaron los dedos cuando tomó la caja en la que estaba el balón. Invitaría a Natsu a bajar a su apartamento después de la cena y se lo daría allí.

Y entonces... no sabía lo que podría pasar.

Ella deseaba que Natsu dejase de mostrarse cauto, que volviese a ser como antes. Porque ella lo amaba con todas sus fuerzas e iba a explotar si no se lo decía pronto.
Cuando llegó a casa de su madre, Natsu ya estaba allí, con un vaso de cerveza en la mano, sentado en el sofá, leyendo lo que debía de ser el manuscrito completo. Por la cantidad de páginas que había avanzado, debía de llevar un buen rato allí.

Layla debía de haberle pedido que fuese pronto para leerlo. Lucy sintió celos de que su madre hubiese permitido a Natsu leer el manuscrito el primero, pero era evidente que él había sido el alma del proyecto. Cuando vio a Lucy, Natsu dejó el manuscrito a un lado.

— Sigue leyendo. — le dijo ella.

— Si no os importa. Ya casi he terminado.

— ¿Quieres algo más? — dijo Layla, revoloteando en torno a él como un pajarillo. — ¿Otra cerveza?

— No, gracias.

— Aquí está tu copia, cariño. — le dijo su madre a Lucy, tendiéndole un fajo de hojas atadas con un lazo rojo. — Estoy segura de que ya sabías lo que quería celebrar con esta cena.

— Sí — admitió Lucy, tomando el manuscrito y abrazando a su madre. — Enhorabuena, mamá.

— Tengo los nervios destrozados. Vamos a la cocina para que Natsu pueda leer tranquilo. ¿Quieres una copa de vino? Yo voy a tomarme una. O seis.

— Eh, estoy segura de que es estupendo. Todavía recuerdo los tres primeros capítulos de aquel que escribiste hace tiempo. Me encantaron.

— Sí, pero tenías sólo doce años y eras mi hija. — respondió Layla, abriendo una botella de su vino favorito.

— Pero era muy inteligente ya a esa edad y leía mucho, si no hubiese sido bueno, me habría dado cuenta. Estoy segura de que éste es todavía mejor.

— No lo sé. Pero por lo menos lo he terminado y ya no tendré que decir que algún día escribiré un libro.

— Eso es cierto. — dijo Lucy, tomando su copa y levantándola.

— Por tus sueños. — Layla levantó también la copa, tenía los ojos brillantes.

— Gracias.

Capítulo °15:

Natsu terminó de leer el libro y se quedó sentado con la última página en la mano. La historia era divertida, apasionante y técnicamente correcta.

Pero él no se reconocía en el protagonista.

Para empezar, era rubio, más bajito que él y no salvaba a un perro de un lago helado, sino a un gato que estaba en un poste eléctrico. No había puesto nada de la subasta. Y las escenas de sexo eran tórridas, pero no tenían nada que ver con todo lo que él le había hecho a Lucy.

El libro trataba de un bombero que conocía a una mujer porque había salvado a su mascota, pero el resto de la historia no tenía nada que ver con la vida de Natsu.

Se sintió aliviado, pero se preguntó para qué había querido Layla toda la información que le había dado acerca de su niñez. Aquel tipo era huérfano y un solitario que tenía miedo a comprometerse. Todo lo contrario que él.

Dejó el manuscrito en la mesita de café y se puso en pie. Se estiró y miró el reloj.

Era sorprendente.

Se había pasado tres horas leyendo una novela romántica. Aunque no era un experto en esas lides, pensó que seguro que publicaban el libro de Layla. Y ahí se acababa su contribución. Lucy había conseguido su objetivo. Ya no lo necesitaba.

Quizás quisiese seguir teniendo sexo con él, pero no tenía ni idea de si querría algo más.

Todo se aclararía cuando ella se decidiese a confesar que se había gastado todos sus ahorros en la subasta. Si se permitiese mostrarse vulnerable y le dijese que en realidad no era rica y que estaba un poco loca, quizás sería porque quisiese de él algo más que una relación de cama.

Si no se lo contaba, entonces Natsu no teñía muchas esperanzas de que lo suyo pudiese funcionar. Entró en la cocina y las vio a las dos mirando dentro del horno. El asado tenía un aspecto delicioso. Como sabía que Layla no era rica, le emocionó ver que había hecho un extra para celebrar aquel momento.

Cuando Layla se dio cuenta de que estaba allí, cerró el horno y lo miró, preocupada.

— Es estupenda. Nunca leo novelas románticas, pero ésta la he leído del tirón.

— ¡Oh! — Layla atravesó la cocina y lo abrazó, haciendo que a Natsu se le cayese la cerveza al suelo. Ella no se dio cuenta y siguió abrazándolo mientras él miraba a Lucy.

Estaba sonriendo, pero tenía los ojos llenos de lágrimas. A Natsu le hubiese gustado saber qué significaban aquellas lágrimas. Podían ser de alegría. O de pena, porque iba a tener que enfrentarse a las consecuencias de lo que había hecho por su madre. Quizás no quisiese que él siguiese rondando por allí cuando ya no lo necesitaba

y no sabía cómo deshacerse de él.
Si ése era el caso, se lo iba a poner difícil. Layla lo soltó por fin y dio un paso atrás, suspiró y se secó las lágrimas.

— Gracias, Natsu, por tu ayuda y por haber apreciado el libro.

— Ambas cosas han sido muy fáciles. Pero tengo una pregunta.

— He estropeado la escena del incendio. No estaba segura de haberla descrito bien. Lo corregiré. Por eso quería...

— La escena del incendio está bien. Pero tengo una pregunta acerca del protagonista. ¿Para que me hiciste tantas preguntas acerca de mi niñez si el protagonista es huérfano?

— Espero que me perdones — respondió Layla con culpabilidad

— Sólo puedo decir a mi favor que soy madre. Quería conocer mejor al hombre del que se había enamorado mi hija, y el libro era la excusa perfecta. Espero que no te importe. — Natsu miró a Lucy, cuya expresión se había vuelto más cautelosa. Él tenía un nudo en el estómago.

— No, no me importa.

— Bueno, yo también te conté muchas cosas de nuestra familia para que conocieses mejor a Lucy. Así que pensé que era como un intercambio.

— Sí, muchas gracias. — dijo él, sonriendo a Lucy, porque suponía que era lo que Layla esperaba que hiciese.

— Lo que estoy deseando saber — comentó Layla.

— Es si habéis hecho planes de futuro. Al fin y al cabo, lleváis semanas juntos, supongo que estáis deseando hacerlo oficial. Imagino que estabais esperando a que terminase el libro para contármelo y que no queréis hacerlo esta noche para no quitarme protagonismo. Pero de verdad que no me importará. Me encantaría poder celebrar las dos cosas a la vez. Bueno, díganme, ¿voy a tener un yerno?

Lucy se quedó sin esperanzas al ver la expresión de Natsu. Era evidente que no estaba preparado para comprometerse con ella. No, le extrañaba que su madre les hubiese preguntado eso. Al fin y al cabo, ella había estado diciéndole que estaban locamente enamorados.

Lo habían hecho tan bien, que Layla esperaba que se casasen pronto.

— Todavía tenemos que arreglar muchas cosas antes de eso. —respondió Lucy.

— Además, Natsu quiere que conozca a su familia. Hemos estado tan ocupados, que no hemos podido ir a Buffalo todavía, y no queremos poner una fecha hasta que no lo hagamos. ¿Verdad, cariño?

— Sí. Mi familia me mataría si les anunciase que iba a casarme y no conociesen a mi novia.

— Por supuesto. — dijo Layla.

— Qué egoísta he sido. No, he pensado que tus padres tenían que saberlo antes de nada. — miró a su alrededor para cambiar de tema de conversación

— Dios santo, no me había dado cuenta de que te había tirado la cerveza. Vamos a limpiarlo y a cenar.

— Yo lo limpiaré — se ofreció Natsu.

Mientras los dos buscaban un paño, Lucy se quedó inmóvil. La expresión de su madre cuando le había dicho que no iban a casarse todavía le había recordado los tiempos de su depresión. Una idea horrible le vino a la cabeza.

¿Y si el buen humor de su madre no se debiese al libro, sino a la idea de que su hija fuese a casarse?

Se pasó toda la cena dándole vueltas a aquello. De vez en cuando, Layla y Natsu la miraban de manera extraña, y ella intentaba participar en la conversación. La mayor parte del tiempo hablaron del próximo paso que debía dar Layla, si era mejor contactar con un agente o enviar directamente el manuscrito a alguna editorial.

— Me va a costar desprenderme de él. — dijo Layla.

— Me ha encantado escribirlo. Al estar metida en ese mundo imaginario, me he olvidado de todos mis problemas.

— ¿No vas a empezar otro inmediatamente? — preguntó Lucy.

Le preocupaba que su madre se sentase a esperar que le publicasen aquél y que volviese a deprimirse si no lo conseguía.

— Así no te obsesionarás con la respuesta del editor.

— Imagino que tienes razón. — asintió su madre. — Pero me he metido tanto en éste, que no me imagino creando nuevos personajes.

— Conozco a la persona con la que tienes que hablar. Se llama Gildarts, es vecino de Natsu. Tiene muchísima imaginación y estoy segura de que le encantará compartir sus ideas contigo.

— ¿Cómo sabes que Gildarts tiene tanta imaginación? — le preguntó Natsu, sorprendido.

— Porque he hablado varias veces con él y es evidente. Hasta se inventa historias para contarles a sus nietos.

— Lucy. — dijo Layla. — ¿No estarás intentando emparejarme?

— ¡Por supuesto que no! — exclamó ella, ruborizándose. Aunque tenía que admitir que ése era exactamente su objetivo.

Estaba empezando a darse cuenta de que no podía ayudar a su madre ella sola, y no conocía a sus vecinos lo suficiente.

— Pero sé que te gustaría. Podríamos ir al cine un día los cuatro.

— Claro. — contestó Natsu.

— De eso nada. — replicó Layla. — Estás intentando emparejarme y no lo permitiré.

— De acuerdo. — dijo Natsu.

— Lucy y yo hemos pensado que haríais buena pareja, pero no sabíamos cómo sacar el tema. Yo pongo la mano en el fuego por Gildarts. Hace años que lo conozco y es estupendo. Es viudo desde que lo conozco, y parece estar bien así, pero imagino que en realidad se siente solo. Lucy tiene razón. Le encantará darte alguna idea para tus libros. — Lucy le sonrió, agradecida.

— Así que habéis estado maquinando — comentó Layla, complacida.

— Bueno, no me interesa salir con nadie, pero imagino que será divertido hacer algo los cuatro juntos. A veces me siento de más cuando salgo con vosotros dos, aunque al mismo tiempo esté encantada y no sea capaz de rechazar vuestras invitaciones.

— A nosotros también nos encanta que vengas, ¿verdad, Natsu?

— Por supuesto. Estas últimas semanas han sido estupendas. — A Lucy le sonó aquello como si hubiesen llegado al final de una era.

Aunque Natsu era amable y ella sabía que no las abandonaría de repente, aunque quisiera romper la relación con ella. Sabía que le gustaría presentar a Gildarts y a Layla antes de salir de escena. La idea de conocer a Gildarts parecía haber animado a Layla, que sacó un postre bañado en ron y lo flameó ayudándose de un mechero de la época en que su padre había estado vivo.

Lucy dio gracias de que su madre hubiese superado también ese obstáculo. La velada llegó a su fin. Lucy sabía que su madre esperaba que Natsu y ella pasasen la noche juntos en su casa, tal y como creía que habían hecho muchas otras noches. Ese mismo día, Lucy se había preguntado si ocurriría, pero en esos momentos no estaba segura. Quizás Natsu estuviese deseando deshacerse de las dos mujeres que le habían cambiado la vida.

Con una copia del manuscrito debajo del brazo, Lucy dio otro abrazo a su madre.

— Enhorabuena de nuevo, mamá. Lo has conseguido.

— Esperemos que se venda. — dijo ella. — Pero estoy contenta de haber llegado tan lejos. Hace unos meses no hubiese pensado que sería capaz. Gracias a los dos he estado inspirada.

— Sí, pero el trabajo lo ha hecho usted. — comentó Natsu.

A Lucy se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas al ver a su madre y a Natsu abrazándose. Era evidente que tenían una buena relación que no se sabía adónde iba a ir a parar después de aquella noche. Si Lucy hubiese sido capaz de ver en Natsu sólo a un amigo, los tres podían haberlo sido. Pero no podía ser sólo amiga suya... ya no.

— Hablaré con Gildarts para ver cuándo podemos quedar. — sugirió Natsu, dirigiéndose a la puerta.

Layla se ruborizó.

— No es importante, pero... ¿es atractivo?

— Más guapo que yo. — rió él.

— Eso es imposible. Buenas noches a los dos. Y gracias por vuestra compañía. — Layla se despidió y cerró la puerta.

— Bueno, ya está. — dijo Lucy, mirando a Natsu.

— Supongo que sí. — Su expresión no dejaba ver cómo se sentía, y Lucy supo que no iba a ponerle las cosas fáciles.

Por fin iba a poder darle el balón firmado.

— Si quieres venir un momento a casa, tengo algo para ti. — Natsu levantó las cejas

— Es algo que he visto y me ha hecho pensar en ti. Es... bueno, tienes que verlo.

— De acuerdo.

Bajaron en silencio en el ascensor. Lucy seguía sin saber en qué pensaba Natsu. Finalmente, recordó que tenía varias cosas que agradecerle.

— Gracias por haber felicitado a mi madre de esa manera.

— Lo he hecho de corazón. Me ha parecido una buena historia.

— Estoy segura de que lo es. Pero se lo has dicho mirándola de una muy intensa, y estoy segura de que se ha sentido muy especial.

— ¿La he mirado intensamente?

— Ya sabes. Con esa mirada que hace que la persona sepa que tiene toda tu atención.

— Humm.

Natsu sacó su llave del bolsillo antes de que a ella le diese tiempo a hacerlo y abrió la puerta. Lucy lo deseó sólo con ver la familiaridad con la que andaba por su apartamento. Él la había deseado en el pasado.

Se preguntaba si la seguiría deseando. Plue los saludó con igual entusiasmo a los dos.

Por la manera en que Natsu le hablaba, Lucy imaginó que cada vez que había ido allí, se había entretenido en jugar con él. La imagen la tenía completamente absorta. Cómo le gustaría que fuese una imagen habitual.

— ¿Has dicho que tenías algo para mí? — preguntó Natsu.

Sólo había una pequeña lámpara encendida en el salón, y Lucy no podía ver bien sus ojos, pero imaginó que tendrían un cierto brillo de interés. Quizás todavía le quedasen esperanzas.

— Iré a buscarlo.

Lucy entró en su habitación y abrió el armario. Estaba sacando la caja con el balón cuando oyó que la puerta se cerraba. Se volvió y vio a Natsu dentro de la habitación. El mensaje que había en sus ojos era inequívoco en esta ocasión.

— No... no te he comprado una tarjeta. — titubeó Lucy, sintiendo que se le aceleraba el corazón.

No sabía qué decir. Parecía una idiota, pero no podía sugerirle que se olvidase del regalo y la tomase a ella.

— Pensé que... después de todo lo que has tenido que soportar por mi culpa y de la ayuda que has prestado a mi madre, te merecías algo a cambio.

— Ya veo. — Natsu lo miraba con esa intensidad de la que habían hablado hacía unos minutos.

Tenía fuego en los ojos.

Tomó la caja.

Lucy deseó que la dejase a un lado y la abrazase a ella. Pero Natsu rasgó el papel de regalo y vio a través de la caja cuál era su contenido. Abrió los ojos como platos. Tiró la caja y se quedó sólo con el balón y fue pasando el dedo por las firmas.

— Es un regalo muy caro. — dijo por fin, mirando a Lucy.

— No importa. Lo importante es que tu...

— Lo importante es que no puedes permitírtelo, ¿verdad que no?

Lucy no sabía qué hacer.

¿Cómo iba a confesarle que no tenía ni un céntimo al mismo tiempo que le daba un regalo que había comprado a crédito?

Sabía que a Natsu le gustaba el balón, pero si pensaba que no podía permitírselo, lo devolvería, y entonces su gesto no habría valido de nada.

— Claro que puedo permitírmelo.

— ¿Estás segura?

— Sí…. — Natsu juró en voz baja.

— ¿Qué pasa? Estoy segura de que te gusto el balón.

— Por supuesto que me gusta. Sabías que me gustaría.

— ¿Entonces, qué ocurre?

— Nada. — respondió él, forzando una sonrisa. — Muchas gracias, Lucy.

A ella se le rompió el corazón. Era evidente que aquel regalo lo había puesto en una situación embarazosa, y hacía que se sintiese obligado a hacer cosas que tal vez no quisiese hacer. Quizás la desease, pero era evidente que no quería nada más de ella.

Bueno, si era sexo lo que quería, ella ignoraría el dolor de su corazón y se lo daría. Lo haría por amor, aunque él nunca fuese a saberlo.

— El libro ya está acabado. — murmuró Lucy, quitándose el fajín.

Natsu se sintió mal. Era evidente que Lucy quería hacer el amor con él, pero no quería que estuviese enamorado de ella. Pero, desgraciadamente, él no podía evitarlo. No obstante, si lo que ella quería era que hiciesen el amor, lo haría dando lo mejor de sí mismo.

— Sí, el libro está acabado. Te he echado de menos. — dijo él, abrazándola.

— Yo también te he echado en falta. — comentó Lucy, levantando el rostro para esperar su beso. Natsu la observó durante unos segundos.

Le haría el amor aquella noche y, después, tendría que luchar por no venirse abajo. La besó con una mezcla de placer y desesperación. Ella gimió, y Natsu se dijo que quería hacerla gemir así durante el resto de su vida. No podía imaginarse a ningún otro hombre besándola.

Apartó aquel pensamiento de su mente y se concentró en el beso. Ella respondió, como siempre había hecho. Entre ellos siempre había habido una química increíble. Pero al desnudarla, hubo mucho más que química en sus manos, expresó con ellas el amor que no podía expresar con palabras. Lucy le quitó la ropa atropelladamente.

Quizás no lo quisiera, pero era evidente que lo deseaba. Cuando la acostó en la cama, estaba temblando y gimiendo de deseo. Y él tampoco podía controlarse. Su erección le pedía a gritos que la penetrase. Pero él sabía que aquella sería la última vez y quería disfrutar del momento. Así que se tomó su tiempo y Lucy se mostró vulnerable ante el.

Le gustaba verla así y quería que recordase aquella noche para el resto de su vida. Finalmente, entró entre sus muslos, incapaz de seguir conteniéndose. La miró, y Lucy abrió los ojos. En ellos había pasión y algo más..., ternura y... no, tenía que estar equivocado.

Segundos después entraba en el paraíso por última vez.

Lucy intentó sofocar el placer que la invadía, pero no quería que aquel momento terminase nunca. Aquélla sería la última vez que haría el amor, no quería volver a pasar por lo mismo otra vez. Pero Natsu la conocía demasiado bien. Sus firmes movimientos volvieron a ponerla al límite con tal furia que a Lucy se le llenaron los ojos de lágrimas y dejó escapar un grito. No obstante, fue capaz de guardarse para ella las palabras que tenía en el corazón.

Natsu llegó al clímax poco después y dejó escapar un gemido de satisfacción que parecía venir directo del corazón. Por un segundo Lucy se preguntó si... no, tenía que ser su imaginación.

Pero se apretó contra él, necesitaba que la abrazase, que la acariciase, tenerlo para ella un poco más. Pero Natsu se levantó de la cama y se vistió. Lucy intentó controlarse, pero no pudo.

— ¿Tienes... tienes que irte inmediatamente?

— Sí.

— Pensaba que...

— Tengo que marcharme. — dijo él, evitando mirarla.

— Me gustaría poder quedarme. Me gustaría ser la persona que tú quieres, un hombre con el que pasar un buen rato, sin ningún compromiso. Pero no soy así. Por eso tengo que marcharme. Ya hablaremos. — salió de la habitación, le dijo algo a Plue y se marchó.

¿Sin ningún compromiso?

Se repitió Lucy tardando unos segundos en entender lo que Natsu acababa de decir. Saltó de la cama, se vistió corriendo, agarró el balón y corrió detrás de él. No se dio cuenta de que había dejado la puerta abierta hasta que oyó a Plue ladrar detrás de ella, todo contento.

— ¡Natsu! — Él se volvió. Tenía el dedo puesto en el botón del ascensor.

— ¡Ni se te ocurra subirte a ese ascensor! — Plue volvió a ladrar; le gustaba el juego.

— Te has olvidado el balón. — dijo Lucy sin aliento al llegar a su lado.

Él lo miró, pero no hizo ademán de agarrarlo. Lucy tragó saliva. Quizás lo hubiese malinterpretado. Quizás fuese a hacer una tontería.

— ¿Quién ha dicho que yo no quiero comprometerme? — Natsu parecía sorprendido.

— Quizás esté desando comprometerme. — continuó ella, haciendo un esfuerzo por mirarlo a los ojos.

— Casi me engañas. Pero eso es un regalo de despedida. — comentó Natsu, mirando el balón.

— ¡No es un regalo de despedida!

— ¿No?

— ¡No! — respondió ella. Se oyó una puerta, y alguien se asomó a ver lo que estaba pasando, pero a ella le daba igual.

— Lo compré para hacerte un regalo especial, porque sé lo mucho que te gustan los Knicks y para demostrarte...

— ¡Para demostrarme todo el dinero que tienes! — Lucy lo entendió todo. Tenía que haberle dicho la verdad mucho antes.

— No tengo dinero. De hecho, me gasté el fondo de pensiones que tenía para pujar por ti en la subasta. Y he comprado el balón a crédito. ¡Y volvería a hacerlo! ¡Me da igual el dinero!

Por aquel entonces ya se habían abierto varias puertas y más de un vecino observaba su conversación. Lucy no tenía tiempo de preocuparse por ellos. Miró a Natsu y esperó su reacción al saber que se había gastado todos sus ahorros en él.

Para su sorpresa, Natsu sonrió.

— Está bien, soy un desastre en lo que al dinero se refiere. — reconoció Lucy.

— Ríete si quieres. No tengo ni un céntimo y no puedo permitirme comprarte este balón, pero no pienso devolverlo. — susurró Lucy abrazando el balón.

— Oh, nena. Yo no te dejaría que lo devolvieses. Pero quiero saber por qué lo compraste exactamente, teniendo en cuenta que no podías permitírtelo.

— Porque quería que lo tuvieses.

— No, me complace la respuesta. ¿Por qué querías que lo tuviese?

— Porque... — empezó, dándose cuenta de que estaban rodeados de vecinos y deseando estar a solas con él.

— ¿Por qué? — insistió Natsu.

— ¡Porque te amo! — dijo por fin, mirando a su alrededor, a ver si los vecinos decían algo.

— Eso es estupendo Cariño. Porque yo también te amo. — Lucy miró a Natsu con el corazón en un puño, y lo vio sonreír.

— ¿De verdad?

— Por supuesto que sí. Y estoy dispuesto a repetírtelo delante de cualquier cura que se nos ponga delante si tú estás de acuerdo.

— Sí, sí, y mil veces sí. — contestó ella, sintiéndose la mujer más feliz del mundo.

— Me parece que vamos a tener que ir a Buffalo.

— Eso parece. — Los vecinos aplaudieron, y uno de ellos gritó:

— ¡Vivan los novios! — Natsu se volvió a mirarlos, y luego miró a Lucy.

— ¿Los conoces mucho?

— No, pero me parece que eso va a cambiar.

— Así que supongo que no vamos a casarnos en privado.

— ¿Cómo iban a casarse en privado el bombero sexy y la chica del perrito?

— Ya estamos otra vez. — río Natsu. — Pero lo soportaré. Vamos a casa.

Cuando pasó al lado de los vecinos, que les sonreían, él les devolvió la sonrisa.

— Soy Natsu Dragneel, amigos. Y de ahora en adelante vamos a vernos muy a menudo por aquí.

Epilogo

Natsu saludo a la señora Speeto, la amable anciana que vivía en el mismo piso que Lucy. Un mes antes la habían ayudado a pintar el cuarto de baño y, desde entonces, ella había estado invitándoles una tarta de manzana.

Entre eso y el zabaglione de la señora Porlyusica, habían tenido que salir a correr con más frecuencia; menos mal que tenían el parque al lado. Metió la llave en la cerradura y sintió que estaba en casa. Le encantaba estar casado, tener un hogar y, sobre todo, le encantaba estar enamorado de Lucy Heartfilia Dragneel.

Ella abrió la puerta desde dentro.

— ¡Mira! ¡Las primeras copias del libro de mamá!

— ¿De verdad? — dijo él, abrazándola a ella con una mano y tomando el libro con la otra.

Cerró la puerta de una patada e ignoró a Plue temporalmente mientras le daba un beso a su adorable esposa.

— El libro... —murmuró Lucy.

— Ah. Si el libro — comentó él, dispuesto a volver a besarla. Lucy le puso la mano en los labios.

— Échale un vistazo.

— Ya lo he leído.

— No has visto la dedicatoria.

— ¿No se le habrá ocurrido citarme?

— Mamá quería darte las gracias por todo lo que has hecho por ella. — Natsu abrió el libro y leyó la dedicatoria: Al bombero y héroe Natsu Dragneel, por haber hecho posible este libro.

— ¿Tú lo sabías? — preguntó Natsu.

— Te prometo que no. Estoy segura de que Gildarts estará celoso.

— Lo que me faltaba. ¿Cuántas personas crees que van a comprar la novela?

— ¿En este país?

— ¿Va a venderse en otros países? — quiso saber Natsu, horrorizado.

— Por supuesto. — Lucy.

— Oh, relájate — dijo ella, dándole una palmadita en la mejilla.

— No es tan malo ser un héroe internacional. Piensa en la imagen que le estarás dando a tus hijos.

— No tengo hijos. — respondió Natsu, mirándola. Oh, Dios santo, Lucy le había dicho que tenía que ir al médico ese día, pero él pensaba que era para algo sin importancia. — ¿Verdad?

— Tienes un proyecto de hijo. Quizás dos.

— ¿En serio?

— Sí. Natsuu vas a ser padre. — Natsu abrazó a su esposa y la levantó por los aires; estaba pletórico.

Ella río y le dijo que estaba loco. Luego la dejó en el suelo y tomó su rostro con ambas manos. Se había imaginado cómo sería amar tanto a una mujer, pero su imaginación no había sido capaz de llegar tan lejos.

— Te amo.

— Yo también te amo. — murmuró Lucy, sonriendo. — Eres mi héroe.

— La verdad es que dicho por ti — comentó, agachándose a besarla. — No suena tan mal.

FIN...