Disclaimer:

Encanto es una película de fantasía musical animada producida por Walt Disney Pictures y Walt Disney Animation Studios.

Todos los personajes utilizados aquí pertenecen a su autoría.

Estas historias son parte del reto "Angstruary" de la página "Es de fanfics" son historias independientes, la mayoría no relacionadas entre sí, con temática multishipper o que no puede contener ships en absoluto. Cada episodio indicará la pareja o personajes que desarrollará. Si alguna no es de tu interés puedes pasarla de largo, sólo se pide respeto para con los lectores y autor.


"Homo/Transphobia"

Agustín

—¿Isabela has visto a tu papá? Mamá Alma nos espera en la iglesia y es hora de que no lo encuentro…

—Oh, creo que aún esta en su habitación, voy a avisarle.

—Gracias mi vida, iré a buscar a tus hermanas mientras tanto…

—¡Papá! —Gritó la chica desde la escalera— ¡Papá dice mi mamá que bajes! ¡Que se nos va a hacer tarde!

Isabela abrió la puerta de la recamara con la imagen de Julieta, pero la encontró vacía, volvió a llamar a su padre para comprobar que no se encontraba allí.

—¡Papá!

Entró a cada cuarto buscando al mayor sin éxito, hasta que escuchó música proveniente de la pequeña habitación que Mirabel había acondicionado como taller de costura.

—¿P-papá?

Cuando Agustín escucho la suave pero confundida voz de su hija se giro tratando de ocultar la expresión de pánico en su rostro.

—H-hola florecita… —Habló de la manera más natural posible— ¿Q-qué haces por aquí?

—¿Qué haces tú? —La morena le señalo sin saber bien que decir— ¿Por qué estas usando eso?

Por "eso" se refería a un vestido largo color azul con el que el hombre había estado girando y tarareado frente al espejo.

—E-esto… Bueno, l-lo encontré entre los proyectos de Mirabel y p-pensé que buena costurera es mi hija… S-sólo me aseguraba de ver la c-calidad, ya s-sabes… Curiosidad…

Isabela podía entender la curiosidad, ella también había husmeado entre las cosas de su hermana y admirado más de una de sus obras, lo que no lograba comprender era porque su padre usaba aquella prenda acompañada de medias, tacones y maquillaje sobre el rostro.

—M-mamá te está buscando —Cambió el tema sin hacer más comentarios sobre lo que había visto— Dice que se nos hará tarde, te espera abajo.

La muchacha salió corriendo, no quería ni enfrentamientos ni explicaciones, Agustín no la siguió, se quedó en el cuarto mirando su reflejo y tras un largo suspiro volvió a vestir sus ropas habituales, las de esposo, padre y distinguido e intachable miembro de la familia Madrigal.

Si alguien le preguntará cuándo había comenzado todo, no tendría idea de que responder, su único argumento sería que es así como había nacido, desde niño se sintió referente al resto de sus hermanos como si no encajará en lo que se esperaba de él y en cada oportunidad los adultos a su alrededor se lo recordaban "esa no es la forma en la que los niños se comportan" o "tienes que aprender a ser hombrecito" recibió regaños, castigos y golpes hasta que fue capaz de disimular perfectamente ante los demás.

Cuando conoció a Julieta Madrigal pensó que al fin podría dejar de pretender y en verdad ser el hombre que todos esperaban que fuera, ella era amable, honesta y cariñosa, era imposible no amarla, y sin embargo muy en el fondo, sabía que no lo hacía, al menos del modo que se suponía. La veneraba y pensaba en ella como su mejor amiga, confidente y compañera, pero no despertaba la pasión que escuchaba en boca de otros enamorados.

Creyó nuevamente que todo cambiaría cuando nacieron sus pequeñas, las adoraba con todo su corazón, haría lo que fuera con tal de protegerlas y que nunca les faltará nada, no importaba si tenían o no un don, lo único que deseaba era verlas felices, pero quien no llegaba a ser feliz jamás era él. A pesar de estar rodeado de una familia que le quería no se sentía completo, era como si todo lo que viviera no fuera más que una obra donde tenía que interpretar su papel dado y jamás poder dejar de actuar.

A veces observaba a las personas a su alrededor con la idea de que ellos lo sabían, que en cualquier momento alguien evidenciaría que no era más que un impostor y cuando eso sucediera perdería todo lo que tenía, su hogar, el respeto de sus hijas, el amor de su familia. Cada día se repetía que su vida era perfecta y normal, que los pensamientos que había tenido desde niño eran un gran pecado, el cual debía de ser expiado, pero entre más se decía todo aquello, más solo e infeliz se sentía.

—¿Agustín? ¿A dónde vas tan tarde?

A veces no sabía si Julieta era inocente o una gran amiga, no hacia preguntas que lo hicieran sentir incomodo, no exigía explicaciones y en su mirada veía una genuina preocupación que estaba seguro de no merecer.

—Y-ya sabes —A pesar de hacerlo con frecuencia, mentirle a aquella amable mujer siempre le dolía— A pasear, por la noche no hay abejas que me ataquen así que puedo conseguir más hierbas… ¿Cuáles eran las que necesitabas? ¿Albaca? ¿Mejorana?

—Ve con cuidado… Es peligroso, Dolores dijo que han aparecido bandidos allá afuera…

—Lo sé… Lo tendré, te lo prometo— Siguió su camino sin mirar atrás a la angustiada esposa ¿era una mala persona por hacerla sufrir? ¿O era una mala persona por haber nacido de esa forma?

El único momento en que las preocupaciones, dudas y remordimientos desaparecían era cuando Agustín dejaba de serlo, cuando los pantalones de vestir cambiaban por unas medias de algodón, el saco por un vestido entallado y el bigote por un bonito maquillaje, sólo así la imagen frente al espejo podía identificarla como propia.

En un pueblo tan pequeño, no había muchos sitios donde pudiera aparecer ante el mundo como deseaba, pero no significaba que no existieran, escondidos entre los muros y camuflajeados por el silencio y oscuridad de la noche más personas como él se reunían en total secretismo. Sabían que ante oídos sordos las explicaciones serían en vano así que de día todos representaban sus papeles y cuando el manto estrellado indicaba el momento de descansar aprovechaban para aparecer.

Eran esos momentos breves cuando Agustín podía decir con seguridad que era feliz, el no tener que esconderse, saber que no era el único para quien su cuerpo se volvía una prisión o que el amor sigue siendo amor aún cuando sea entre iguales, le daban la fuerza de soportar llevar su máscara un día más.

Sin embargo, ningún secreto puede ser guardado por siempre.

—¡Ya casi nos alcanza el alba! ¡Hora de ir a casa!

Los presentes, compuestos de hombres, mujeres y otros, compartieron la decepción de escuchar aquello, era el momento de guardas sus brillantes ropas, desempolvar rostros y volver a sus vidas "normales", pero cuando los que no necesitaban tanta preparación quisieron marchar, se dieron cuenta de que algo era diferente ese día.

—¿Quién cerró las puertas?

—¡¿De dónde viene todo ese humo?!

El jubilo de unas horas atrás se transformo en pánico y miedo, intentaron tirar puertas y romper ventanas, pero era en vano, el fuego ya había alcanzado el centro del salón, y quienes lograron salir, entre los que iba Agustín, se dieron cuenta de que mejor hubiera sido esperar el cálido abrazo de las llamas.

—¡Son ellos! ¡Son los desviados que cada noche hacen sus porquerías en nuestros hogares! ¡No dejen que se escapen!

Había caras conocidas para el señor Madrigal en la turba de personas, incluso se preguntó si ellos también lo habían reconocido a él.

—¡Quemen su nido de rameras y a quien logre huir cácele como a las ratas!

Al principio sólo fueron piedras y palos, pero cuando la muchedumbre logro aprisionarlos iniciaron los golpes, desde patadas hasta puñetazos, aún cuando lograron hacerlos caer al suelo y que la sangre manchará las calles, no estuvieron satisfechos, arrancaron las ropas (algunos ni siquiera habían tenido tiempo de cambiarse, aún usaban sus vistosos vestidos y trajes) y con un herrete comenzaron a marcar la piel de cada persona, fue hasta que el sol salió y no se escuchaban más gritos de dolor que dieron por terminada su tarea.

Desaparecieron de allí como cucarachas al iluminarse una habitación, nadie supo, nadie escucho, nadie vio nada, cuando el resto del pueblo salió de sus hogares solo se encontró con los restos de aquel acto, pero ningún sobreviviente que atestiguara lo ocurrido.

El cuerpo de Agustín le fue entregado a su familia dos días después de los hechos, el tiempo suficiente para deshacerse de sus vestidos y maquillaje, como si aquello fuera una ofensa para con el fallecido.

Julieta no permitió que nadie que no fuera un Madrigal se acercará al funeral, tampoco dejó saber la ubicación de su tumba, y aunque cuando sus hijas preguntaron lo que había pasado ella contesto con lo mismo que las autoridades dijeron:

"Fue un robo que salió mal, lamentamos su perdida, pero es grato informarle que los bandidos de la zona ya han sido dispersados"

Nunca lo creyó, como tampoco podía creer la cantidad de odio que un lugar tan pequeño era capaz de albergar.

—Agustín…

De vez en cuando, la viuda hacía visitas al bonito lugar donde una lapida de piedra sobresalía entre las flores que Isabela había creado para ella.

—Si vieras a tus hijas ahora… Las hermosas, inteligentes y fuertes mujeres que se han vuelto… Estarías tan orgullo.

Acariciaba una a una las letras en la inscripción.

—Siempre les he recordado lo maravilloso y fantástico padre y persona que eras… Porque lo eras, aunque el mundo te dijera lo contrario e incluso tú mismo lo pensarás, eras amable, bueno, justo, aún con tus secretos.

Hizo una pausa sonriendo melancólicamente, había llorado tanto que no creía que quedaran más lagrimas dentro de ella.

—No había nada malo contigo, y siempre quise decírtelo, eras así por algún motivo y eso estaba bien, yo te iba a querer de cualquier manera que eligieras vivir, y me siento tan culpable por no decírtelo antes… Sabes, siempre me pregunte si realmente te gustaba el nombre de Agustín… ¿Te sentías cómodo con él? ¿Era así como querías que te llamáramos? A veces deseo que te comuniques conmigo, una última vez, y que sin miedo me dijeras quien eras realmente, conocerte desde cero y escuchar de tu propia boca tu nombre, tus hijas y yo estamos y estuvimos muy orgullosas de ti, jamás dejes que los demás te hagan pensar lo contrario.

Beso la fría piedra, y dejo un plato de su deliciosa comida, las arepas favoritas de su esposo, y un hermoso vestido azul que ella misma había arreglado con la talla adecuada.

Antes de retirarse, leyó nuevamente el epitafio, con una mezcla de dolor, impotencia y enfado.

"Agustín tuvo la suerte de encontrar el amor que merecía y la desgracia de vivir un odio que no le correspondía"


Espero que lo hayan disfrutado y cualquier comentario es bienvenido, muchas gracias por leer, un beso y abrazo.