Después de salir de su oficina, Mitsuha se quedó sentada varios minutos en la banca con el teléfono en la mano, sin decidirse a hacer la llamada. Al final tomó el papel, marcó el número y lo guardó de vuelta con cuidado en su bolso.

Si tenía que saber qué ocurría entre ella y él, tenía que saberlo hoy. Respiró profundo e inició la llamada.

Sintió como su cuerpo comenzaba a sudar, a pesar de que la brisa fresca del atardecer de comienzos de abril corría a su alrededor.

La línea llamaba y llamaba, sin responder. Estaba a punto de arrepentirse de haber hecho la llamada y cortar cuando, del otro lado de la línea, contestaron con un dubitativo "¿Hola?". Sí, esa era la voz de Taki.

Por un par de segundos ella no pudo sacar su propia voz.

—… ¿Taki?... Soy Mitsuha, nos conocimos esta mañana… Perdona, no quería molestarte, pero necesito hablar contigo… si pudiera ser hoy… Eh, sí, ahora estaría bien ¿Conoces en Shinjuku…?

Al terminar la llamada se sintió aliviada, más liviana ¡Dijo que vendría! Cerró los ojos y puso su teléfono contra su pecho. Tenía que ser hoy. No podría dormir hoy sin saber la verdad, sin entender qué estaba pasando, y quién era ese chico.

Los siguientes minutos se le hicieron eternos. Se paró y se sentó de la banca una y otra vez.

En su nerviosismo miró hacia el edificio donde trabajaba, y vio que Noriko estaba observándola desde su oficina del cuarto piso, y la saludó con la mano. Sabía que ella era protectora como una madre con ella. Había sido así desde que la conoció apenas habían llegado a Tokio, y que a ratos la trataba como si fuera su propia hija. Pero tuvo un mal presentimiento.

§

Noriko había tenido un día intranquilo.

Durante el día intentó estar cerca de Mitsuha para ver que todo estuviera en orden, pero sintió que, aunque la chica se esforzaba por parecer tranquila, seguía sin estar bien. Ese hombre, quien sea que fuera, la estaba afectando para mal. No sabía quién era ese hombre, o qué intenciones había tenido con Mitsuha, pero al ver como ella había llegado, temía lo peor. Verla así de nerviosa la hacía revivir los recuerdos y emociones del incidente que vivió con su hija. Por eso prefirió dejar que Mitsuha volviera temprano a casa ese día. Eso le ayudaría a Mitsuha a recuperarse y volver a la normalidad, pensó.

El sol del atardecer estaba comenzando a inundar su oficina. Noriko se paró a cerrar las cortinas. Desde el ventanal de cristal miró hacia la calle y se sorprendió al ver que Mitsuha aún estaba afuera del edificio, sentada en una banca. Le pareció extraño; se imaginaba que a esa hora ella ya estaría camino a su casa. Se dio cuenta que Mitsuha la vio también. La saludó con la mano, y volvió a su sillón.

Continuó trabajando por varios minutos en el correo electrónico que estaba respondiendo con los detalles para la reunión que tendría temprano en la mañana del sábado con la filial de Norteamérica. Cuando lo terminó, presionó el botón de enviar con alivio.

Se reclinó en su sillón y giró hacia la ventana. La luz de la tarde iluminaba los árboles del parque. De pronto recordó a Mitsuha ¿se habría ido ya? Se puso de pie y se acercó de nuevo a la ventana, abriendo la cortina. Para su sorpresa, Mitsuha seguía aún ahí.

Noriko entonces pensó que algo andaba mal. Se dio cuenta que Mitsuha parecía estar nerviosa. Se paraba y sentaba de la banca en la que estaba, una y otra vez ¿Qué le estaba pasando? De pronto, recordó que ella viajaba en tren. Si no lo había hecho todavía ¿sería porque que tenía miedo de volver a la estación? ¿Temía volver a encontrarse de nuevo con ese tipo de la mañana?

«Ella ya es adulta y tiene que saber cuidarse» pensó, intentando sacarse de encima esa preocupación que la había mantenido tensa durante todo el día. De pronto recordó a su propia hija. Cuando su hija fue abusada por un hombre y la gente a su alrededor no hizo nada por protegerla ¿fue porque decidieron que era un problema que su hija debía resolver sola por ser adulta? La sangre le hirvió con la idea de que un hombre pudiera dañar así a mujeres como ellas, y que ellas quedaran indefensas sin que nadie les ayudara. No, ella no podría dejar que pasara una cosa así de nuevo, no si ella tenía la posibilidad de evitarlo.

Justo pensaba en eso cuando vio a un hombre joven, alto, vestido de traje gris, acercándose con rapidez a Mitsuha, hasta llegar a unos cinco metros de ella, parando en seco. Mitsuha, que ahora estaba sentada de espaldas al edificio y al hombre que se le acercaba, no parecía haberlo visto o escuchado. Parecía que ese hombre le dijo algo, pues ella se puso de pie de un salto y quedó paralizada.

«¿Será el tipo de la mañana?» pensó Noriko, alarmada.

No tenía tiempo para dudar. Si se confiaba en que nada malo pasaba, y ese tipo dañaba a Mitsuha, ella no se lo perdonaría nunca, ni a él ni a sí misma. No podía dejar que la historia se repitiera de nuevo.

Tomó el teléfono de encima de su escritorio y tiró del cable para acercarlo a la ventana. Mitsuha y el tipo seguían estáticos, parecía que estaban hablando. Pero si fueran verdaderos conocidos, no estarían así. De verdad que algo raro pasaba ahí.

Entonces el hombre comenzó a acercarse en forma lenta a Mitsuha ¿la estaría amenazando? Esa fue una señal para Noriko, y decidió actuar. Marcó el número directo de seguridad. Segundos después el jefe de seguridad le contestaba.

—¿Takamura-san?... Noriko Morita, de finanzas. Tengo una situación complicada, una de mis empleadas jóvenes está justo afuera, frente a la entrada del edificio… Mitsuha Miyamizu. Puede estar en peligro, hay un tipo sospechoso de traje gris cerca de ella… no, no estoy segura de quien sea, por eso… sí, si pudieras enviar a un guardia… ¡sí, ahora mismo!… ¡Gracias!

Miró el teléfono mientras colgaba el auricular, y al volver a mirar afuera, vio que Mitsuha miraba de vuelta hacia arriba, directo hacia ella, con cara asustada. Pero entonces, la chica dio dos rápidos pasos, tomó al muchacho del brazo, y comenzó a tirarlo alejándose con rapidez del edificio.

«¡Ay no! Mitsuha, espero que sepas bien lo que estás haciendo», pensó Noriko mientras veía como la chica se alejaba mirando hacia atrás como si temiera que la persiguieran.

§

Mitsuha estaba ansiosa. Ya habían pasado veinte minutos desde que había hablado con Taki, y aún no aparecía. «Tranquila, Tokio es una ciudad muy grande» se dijo a sí misma, para tranquilizarse, pero sin lograrlo. Por los nervios, se paraba y sentaba una y otra vez. Comenzaba a temer que Taki se hubiera arrepentido de venir a verla.

Se volvió a sentar en la banca de concreto, pero esta vez mirando hacia la calle. No sabía por dónde vendría ¿Tal vez él venía en automóvil?

Estaba tan atenta mirando los automóviles que pasaban, por si alguno reducía su velocidad, que no escuchó los pasos que venían detrás suyo.

—¿Mitsuha?

Al escuchar su nombre a sus espaldas, se paró de golpe. Taki estaba de pie a unos 20 pasos de ella. Vio en su cara una expresión que combinaba alivio y preocupación. Sintió un calor en su pecho que no podía explicar, y se quedaron mirándose unos segundos.

—Mitsuha… gracias por llamarme, y… perdona por lo de esta mañana —se excusó, con cara de culpabilidad—. Me refiero a que… no quise asustarte, yo, yo no debí reaccionar como lo hice, no sé qué me pasó…

El chico dio algunos pasos, con cautela, hacia ella. Tenía miedo de que ella se asustara o escapara de nuevo. Ella entonces entendió que su propia reacción y huida esta mañana también le había causado un gran estrés al chico. Tal vez había tenido un día tan atormentado como el de ella. Intentó producir su mejor sonrisa para tranquilizarlo. Él se detuvo al escucharla hablar.

—Yo también debo disculparme. Todo ha sido muy raro hoy, y no he podido parar de pensar en todo esto, y yo…

De pronto Mitsuha vio un movimiento en el borde de su visión, hacia arriba. Levantó la vista y vio a Noriko bañada por la luz del sol del atardecer, desde su gran ventana del cuarto piso, hablando en forma agitada al teléfono de la oficina mientras miraba fijo a Taki.

La imagen de Noriko intentando romper el papel con el teléfono de Taki y además su insistencia en que se alejara de él aparecieron en su mente. Era claro que su jefa desaprobaba que ella siquiera se acercara al muchacho. Noriko lo había tratado como un acosador o un delincuente. Y ahora estaba al teléfono… ¿Llamando a la policía? Sintió un nudo en el estómago, no podía dejar que lo alejaran de este chico, ¡no justo ahora que lo había encontrado!

—Taki… ¡Ven conmigo!

—Claro, pero… espera ¿Qué pasa?

Mitsuha se le acercó de un salto, agarró al chico de la manga de chaqueta y comenzó a caminar alejándose a grandes zancadas, al límite de lo que le permitían sus zapatos de mujer. «Por favor, que no nos sigan», rogaba.

El chico quedo tan sorprendido que no acertó a nada más que a seguirla. Algunos metros después la alcanzó en velocidad y se puso a caminar a su lado tan rápido como ella.

—¿Alguien te persigue? —preguntó asombrado mientras veía que ella miraba de reojo hacia atrás cada cuatro pasos.

—No, a mí no. Creo que quieren perseguirte a ti.

—¿Eh? ¿A mí? ¿Por qué?

—Porque creen que eres un acosador.

—… ¿Yo qué? —se dio cuenta que su reacción matutina estaba causando coletazos que nunca imaginó—. ¿Le hablaste a alguien de mí? ¿Qué les dijiste?

—Lo siento, estaba muy nerviosa, y hablé con mi jefa. Creo que malentendió todo.

Unos segundos después dieron la vuelta a la esquina, y desaparecieron de la vista, justo al tiempo que un guardia de seguridad salía a la carrera del edificio. Llegó hasta la mitad de la vereda, mirando en todas direcciones, sin poder encontrarlos.

Siguieron caminando rápido por otras dos manzanas, hasta que los nervios y el cansancio la hicieron detenerse. El muchacho iba respirando algo agitado también, aún sorprendido por la repentina carrera. Ella lo volvió a tomar de la manga y lo tiró hacia un pequeño rincón que había entre dos máquinas expendedoras y el muro de un edificio comercial, mientras seguía mirando hacia la calle apenas asomándose, como si estuviera en una película de espías.

—Tranquila, no creo que nadie nos siga.

—¿Pero y si llamaron a la policía?

—Uh… espera, sé que hoy no me comporté bien y te asusté, pero no cometí ningún crimen, creo ¿les dijiste algo muy malo de mí?

Mitsuha bajó la vista en forma culpable.

—Es que esta mañana, mientras venía a la oficina, me… me dolía no haber podido conversar más contigo, y pensé que por… la forma en que me alejé, no querrías verme más. Pero no pude explicarle eso a Noriko-san. Ella es la directora del departamento donde trabajo. Ha sido como una madre para mí desde hace años. Y como llegué tan mal a la oficina, ella piensa lo peor… de ti.

De pronto el móvil de Mitsuha comenzó a sonar en su bolso. Ella lo sacó desesperada, sintiendo que delataría su escondite, y vio que era Noriko que la llamaba.

Por unos segundos quedó en blanco. No sabía si contestar o rechazar la llamada. De nuevo, recordó lo mal que ella había hablado de Taki, sin siquiera conocerlo. Si hablaba con ella ahora, tal vez solo empeoraría las cosas. Apretó el botón para apagar el aparato, y el teléfono se fue a negro. Ella se quedó mirando en silencio el mudo teléfono, y luego con un suspiro lo regresó a su bolso.

—¿Quién era? —preguntó preocupado por la expresión de Mitsuha.

—Era mi jefa, Noriko-san. No creo que sea buena idea hablarle ahora, aunque el lunes sé que no podré entrar a la oficina sin hacerlo.

—¿Ella es la que tú crees que llamaba a la policía?

—Eh, no digo que sea el caso, solo es una posibilidad…

—Es que ahora que apagaste el teléfono, ella puede pensar que te secuestré o algo peor —Taki miraba al bolso de Mitsuha, empezando a preocuparse de que ella tuviera razón de que podrían involucrar a la policía.

Mitsuha se tapó la boca y abrió los ojos. Se dio cuenta que tal vez había empeorado las cosas. Pero ya era demasiado tarde. Devolver el llamado no iba a ayudar tampoco ya que en la mañana ella intentó explicar las cosas en persona y no mejoró nada. Hacerlo ahora por teléfono no iba a ser de más ayuda, pensó. Bajó sus manos y se rindió a asumir que las cosas estarían como estarían. «Noriko puede pensar todo lo malo de él, pero siento que no es verdad».

—Tú no me quieres hacer daño, ¿cierto?

Ella lo miró pidiendo una certeza de que todo iba a estar bien. Él sintió que se derretía con esa mirada. No podría jamás pensar en dañarla, al contrario, correría al otro extremo de la tierra con tal de protegerla.

—Yo no quiero que algo malo te pase. Lucharía por evitarlo. No sé por qué, pero lo siento así. Es la verdad.

Ella sonrió aliviada.

—Pero tu jefa no cree lo mismo. No sé cómo ayudarte con eso. Ni siquiera sé si podría explicarle lo que pasa y que me crea. Ni yo entiendo bien que está pasando…

Taki recordó cómo se había sentido todo el día, y de cómo habían reaccionado sus propios amigos un rato atrás.

—Cuando me llamaste recién, yo estaba en un café con unos viejos amigos de la preparatoria. Les había contado lo que me… lo que nos pasó esta mañana, y la verdad es que no me creyeron. Me preguntaron si es que yo soy una especie de psíquico o algo raro.

—¿Y no lo eres? —a ella le causó risa lo peculiar de esa ocurrencia.

—Claro que no lo soy, pero ¿por qué los dos decidimos bajarnos del tren y buscarnos con solo mirarnos? No tuvimos ni siquiera tiempo de hacernos señas ni ponernos de acuerdo en nada ¿verdad? ¿Cómo le explicas eso a alguien?

—Tampoco sé cómo explicarlo.

Mitsuha pensó que ella tampoco había sido capaz de explicar a Noriko cómo es que se había podido encontrar con él esta mañana, ni por qué. Y tal vez por eso mismo estaban en este embrollo.

—Siento que tú eres alguien que he estado buscando por mucho tiempo, pero no sé por qué, no sé quién eres, ni sé cómo te conozco. Y parece que tú también piensas algo parecido. No te lo estoy reprochando, estoy feliz de que lo hayas hecho, pero ¿por qué me llamaste esta tarde?

Mitsuha retrocedió un par de pasos y lo miró a la cara. Sintió qué, tal como ella, él estaba sufriendo con las mismas angustiosas preguntas. Pero ella era… solo ella ¿cómo podía responderle a Taki porque ella era importante para él? Ni ella misma lo sabía. Y tampoco podía dejar de sentir que él era alguien cercano para ella…

—Si no supiera que estamos despiertos, pensaría que estamos soñando un sueño muy alocado —Mitsuha suspiró, sin poder entender del todo que ocurría—. Y además parece que te dejé sin tomar tu café, y yo de verdad que necesito uno. Recuerdo que hay uno cerca de acá ¿Vamos? Quiero saber más de ti. Necesito hablar contigo.

Taki se sintió aliviado. Parecía que su error de la mañana no había sido fatal después de todo. Ella lo había llamado y quería conversar con él. Además, sentir a esa chica cerca suyo le producía una sensación de tranquilidad que no podía explicar. Quería que eso continuara.

—Tienes razón, vamos. Y de pronto siento hambre. Creo que no he comido algo sólido en todo el día.

§

Después de ver que Mitsuha se había ido con ese muchacho, Noriko quedó varios minutos sin saber que hacer. Pensó por unos segundos en dejar todo así, pero de verdad quería estar tranquila y escuchar de los propios labios de Mitsuha que todo estaba bien. Tomó su móvil y la llamó a su teléfono personal. «Vamos, contesta, contesta».

De pronto, la llamada se desconectó. Hizo un segundo intento. Recibió la grabación de la compañía anunciando que el móvil estaba apagado.

Ella se hundió en su sillón y miró al techo de su oficina. Bueno, había intentado hacer todo lo que estaba a su alcance. Tal vez exageró y cruzó más allá de la línea, pero nadie podría reprocharle que, si algo malo pasaba, ella no lo había intentado. «Mitsuha, ten cuidado», deseó con todas sus fuerzas.

No, aún había algo más que podía hacer. No podía llamar a la policía porque no tenía evidencia de que hubiera un crimen en curso. Y estar preocupada por alguien no era una razón suficiente para llamarlos. Pero si algo malo le pasaba a Mitsuha o estaba en algún peligro por culpa de ese hombre, era mejor advertir a sus cercanos para que estuvieran en alerta. El recuerdo de lo que le había pasado a su hija no la abandonaba, y no quería que Mitsuha tuviera que pasar por lo mismo que ella. Además, se venía el fin de semana, y ella no sabría nada de Mitsuha sino hasta el lunes ¿Los alarmaría en forma innecesaria con esa llamada? Tal vez, pero si iba a hacer algo, era mejor no dejar las cosas a medio hacer.

Tomó el teléfono de nuevo.

—¿Hola, Alice? Qué bueno que te encuentro… Sí… sé qué debes estar por irte, pero necesito un favor importante… no, debería ser rápido. Necesito que me des el contacto de emergencia de alguien de mi equipo… Mitsuha Miyamizu… sí, espero… Ya veo, ok, déjame anotarlo… Ok… Ok… Gracias, que tengas un buen fin de semana.

Colgó el auricular y miró el número que había anotado en un papel. «Perdóname, Mitsuha, pero espero que esto sea por tu propia seguridad», pensó. Y volvió a tomar el teléfono.

§

Taki y Mitsuha siguieron caminando, alejándose otras tres manzanas del edificio donde ella trabajaba.

Ella le contó a Taki de su trabajo en el departamento de finanzas. Era una empresa grande, aunque él no la conocía por su nombre. Los clientes eran grandes bancos, corporaciones e incluso las fuerzas de autodefensa de Japón. La chica comenzó a relajarse al hablar de las cosas del día a día.

Aunque él no era bueno con los temas de negocios, se sentía cómodo escuchándola. Se dio cuenta que quería saber más de ella, sin importar de qué tema fuera.

Llegaron a un pequeño café. Tenía algunas mesas afuera, pero ya estaba oscureciendo y el aire estaba fresco, así que entraron al local. Adentro tenía unas diez mesas, con las paredes decoradas con imágenes de animé y mangas populares. Parecía más bien un rincón juvenil que un local para ejecutivos. Una gran pantalla plana estaba en un rincón, frente a ellos, pasando un noticiario vespertino.

—No puedo dejar de amar esto de Tokio. Donde vayas puedes encontrar un café —reflexionó Mitsuha, mirando a su alrededor, como si se tratara de un palacio.

—Es acogedor, aunque sin duda que he visto mejores. Y de seguro que en Tokio hay muchos más que los que hay en Hida-Furukawa, en cualquier caso.

Ella recordó que le había dicho que era de ahí. Era una verdad a medias, porque vivió en Hida-Furukawa solo por unos pocos meses, antes de venir a Tokio. Pero esos meses habían sido tan convulsionados por la pérdida de Itomori, que ni ella ni sus dos amigos más cercanos del instituto tuvieron el ánimo de ir a un café ahí.

Con el tiempo Mitsuha llegó a la conclusión de que en esa época ni siquiera intentaron ir a un café con sus amigos porque extrañaban el rústico café a la intemperie que ellos mismos construyeron con troncos, al lado de la máquina expendedora de café que estaba en una parada de buses de Itomori. Perder hasta esos lugares aún le dolía cuando ella los recordaba.

Ordenaron unos cafés con crema y algunos pasteles. Taki se sentía hambriento. Recordó el pastel que no alcanzó a comer antes y eso solo incrementó su apetito.

Ambos comieron sus pasteles y degustaron el café en silencio, y sin embargo Taki se sintió cómodo. Nunca había sido bueno para hablar con las chicas, y consideraba que hablar con ellas era una tarea agotadora. Pero para él quedarse en silencio con una mujer era peor que eso. Lo sentía como tortura. Pensaba que las mujeres lo juzgaban por su falta de capacidad de entablar una conversación interesante. Pero por alguna razón, estando con Mitsuha, él no sentía esa necesidad. Y ella tampoco se veía ansiosa de ser entretenida por él. Se dio cuenta que en realidad disfrutaban su mutua compañía, aunque fuera en silencio.

Pero olvidaba el hecho que las chicas no suelen permanecer demasiado rato calladas.

—Taki, cuéntame de ti ¿A qué te dedicas?

Dejó su taza de café con un respingo. Había escuchado que ella era una exitosa ejecutiva, y él con seguridad no estaba en esas ligas. No quería causarle una mala impresión.

—Eh, yo soy arquitecto paisajista.

—Oh, eso suena genial, pero ¿paisajista? ¿Qué diferencia hay entre eso y un arquitecto, eh, normal?

—Los arquitectos convencionales suelen diseñar edificios, estructuras, casas, las cosas que tú conoces. Diseñan el espacio y su interacción con las personas que lo habitan o se mueven por él. Pero suelen ignorar el ambiente natural que está alrededor. A lo más adaptan el entorno de sus obras por temas estéticos, para que el entorno sea un complemento del diseño arquitectónico que están creando. En cambio, nosotros los arquitectos paisajistas tomamos el camino inverso. Buscamos como hacer que las estructuras hechas por el hombre se integren en forma armónica con el mundo natural que nos rodea, manteniendo los espacios naturales, los paisajes, y que al mismo tiempo las estructuras sean útiles y cómodas para nosotros los humanos.

Taki terminó su pequeña disertación orgulloso de sus palabras. Sentía que ahora ella lo miraría con respeto. Pero la dosis de autoestima le duró poco.

—¿Y dónde trabajas?

Eso fue un golpe bajo. Su ego quedó fuera de combate con solo esas tres palabras.

—Oh… yo… no he podido encontrar trabajo estable —murmuró Taki, sonrojándose, mirando su taza de café ya casi vacía, sintiendo que todo su discurso anterior había fracasado—. He trabajado en un par de proyectos por algunos meses. Me sirven para mis antecedentes, pero sigo buscando un trabajo permanente. Uno de mis proyectos fueron algunos diseños para un parque que se está remodelando en Nagoya. Tal vez un día puedas visitarlo.

Mitsuha se arrepintió de haber preguntado de forma tan directa algo que lo hacía sentir mal, pero no sabía cómo remediarlo.

—Tal vez Tokio es un lugar algo difícil para profesionales como tú, ya que no hay tanta naturaleza alrededor. Hay más hormigón que árboles o naturaleza.

—Sí, es cierto. He comenzado a pensar que tal vez deba irme de Tokio a un lugar más pequeño, más campestre. Tal vez Hida-Furukawa sea un buen comienzo, aunque tenga menos cafés —ironizó Taki, aunque había un dejo de verdad en ello.

Taki siempre había destacado en las actividades artísticas. Sus profesores y amigos disfrutaban sus dibujos y lo elogiaban por ello. Pero hacía unos seis años desarrolló una extraña afición por los paisajes rurales. Y en el centro de su atención estaba Itomori. Los paisajes y lugares de Itomori lo atraían con fuerza. Un gran sentimiento de nostalgia lo llenaba al ver imágenes de las casas, los santuarios, los parajes de montañas y el lago de esa desaparecida ciudad. Lugares de una ciudad que nunca había visitado mientras aún existían. Era un placer culpable. Creía que los demás lo verían como algo morboso, dada la tragedia que trajo un cometa a ese lugar tan remoto.

Mitsuha en cambio se sintió culpable al escucharlo. Ella había querido vivir en Tokio desde que estaba en la secundaria. Quería trabajar en la gran metrópoli y escapar de aquel pequeño lugar llamado Itomori que apenas si tenía lo suficiente de cada cosa para calificar de "pueblo" y así aparecer en el mapa. El que ni siquiera hubiera un café real era solo la primera de una larga lista de cosas que Itomori jamás tuvo. En aquella época llegó a sentir que odiaba a su pueblo natal. Pero el cometa les hizo perderlo todo. Su hogar, sus recuerdos familiares, sus vínculos sociales, su forma de vida. Todo. A veces ella sentía que era un castigo por ese deseo tan egoísta suyo. Y ahora que vivía en Tokio, a pesar de estar cumpliendo ese sueño, seguía sintiendo un gran vacío que no podía explicar. Algo le faltaba.

Ella buscó por años algún lugar o a alguna persona a su alrededor, sin saber qué o quién era. Y ese alguien de improviso parecía ser el joven avergonzado que estaba frente a ella, que ahora estaba pensando en irse de Tokio, tal vez para siempre, y que ella estaba alentando a hacerlo por su propia sugerencia. Tal vez nunca más podría estar cerca de este chico. Sintió que no quería que eso ocurriera.

—Bueno, esa ha sido mi vida reciente —terminó Taki—. He vivido en Tokio desde siempre, y conocí a mucha gente en mi universidad, en la Tokio Agrarian University, mientras estudiaba arquitectura. ¿Tú conoces gente que también haya estudiado ahí? —le preguntó inquisitivo, pensando que tal vez ese era el eslabón perdido entre ellos dos.

—No, no recuerdo haber visitado nunca esa universidad. Y creo que eres la primera persona que conozco que estudió allí.

—Ah, entiendo —respondió con algo de desánimo; podría haber sido una buena pista—. Entonces ¿dónde estudiaste tú?

—Hitotsubashi ¿Has ido a alguno de sus campus, o tienes amigos ahí? —esta vez Mitsuha era la esperanzada.

—No. Sé que es muy famosa, y sé dónde está. Pero no conozco a nadie de ahí. Bueno, excepto a ti.

«Otra pista falsa», pensó Taki.

—Tal vez debamos dejar de torturarnos con esto —propuso la chica, sintiendo que las fuerzas para buscar respuestas se le estaban agotando—. No sé porque está pasando esto hoy, solo sé que lo que siento es real, y me siento feliz de… haberte encontrado. De encontrarte a ti, Taki el paisajista.

El muchacho observó la sonrisa en esa cara delgada, y ese pelo negro que lo miraban. La tregua en la búsqueda que proponía le pareció, por un segundo, atractiva. Pero algo en él le decía que no estaba bien. «No, no somos solo un sentimiento casual agradable, tiene que haber algo más», pensó.

—Yo también me siento feliz de haberte encontrado, pero no puedo dejar de pensar que hay algo más grande que solo esta sensación.

El misterio seguía flotando en el aire, riéndose de ellos. Mitsuha suspiró, sentía sus emociones algo agotadas, pero, aunque quería que este día continuara, sin dejarlo ir, su cuerpo tenía sus propias prioridades.

—Necesito ir al baño, por favor espérame —anunció ella, incorporándose.

Taki la siguió con la mirada. «¡Qué chica más bella!», pensó, mientras ella desaparecía de su vista en un pasillo al fondo del local. Sabía que había visto sus facciones antes. Le eran tan familiares que no podía negar haberlas visto. Y de tan familiares que las sentía, no podía entender cómo nunca pudo recordarlas antes, ni reconocerlas sino hasta cuando la vio en el tren esta mañana…

Mientras la esperaba, Taki observó el televisor del local. Estaban dando infomerciales. La dependiente del local se percató, y comenzó a cambiar el canal. Después de unos dos o tres cambios, dejó un canal que mostraba algún tipo de documental con paisajes de bosques. Taki no le prestó demasiada atención al principio, hasta que vio una toma aérea de plano amplio mostrando un paisaje tan conocido que le dolió: un lago brillante, con una familiar forma de "8". Su vista se congeló. Era el lago Nuevo Itomori.

No recordaba haber visto este programa en particular. El documental mostraba imágenes del lugar antes del impacto que él ya conocía. Las había visto muchas veces en la biblioteca. O incluso estaban en libros que tenía en su casa.

De pronto el programa comenzó a mostrar imágenes de Itomori que él no recordaba haber visto antes. Ni en televisión, tampoco en los diarios o libros. Algunas de esas imágenes le evocaron esa sensación de pérdida que lo conmovía a menudo. Hasta que una en particular lo dejó sin aire: la imagen de una simple parada de autobús, ordinaria, rural y sin ningún atractivo obvio, lo golpeó como si estuviera viendo su propia casa incendiarse. «¿Por qué me impacta tanto eso?», se preguntó.

A sus espaldas Taki escuchó un sollozo de una voz conocida. Se giró alarmado, y vio la cara de Mitsuha desfigurada por un dolor como no había visto nunca en ella en todo ese día, ni siquiera cuando ella huyó asustada de él en la mañana. De sus ojos estaban brotando lágrimas copiosas, mientras se tapaba la boca intentando evitar hacer hipos, sin éxito. Su mirada en shock estaba pegada en la pantalla del televisor.

Mitsuha había pasado demasiadas emociones fuertes durante el día, y eso había minado su resistencia y su control emocional. Cuando volvía del baño, se encontró de improviso viendo esas imágenes del Itomori que ya no existía. Intentó aguantar unos segundos, pero las imágenes le trajeron recuerdos que la superaron. Eso terminó de desbordar un dique de tristeza que ella creía que había controlado y que había escondido bien en su interior.

La dependiente estaba alarmada y miraba al chico y a la chica sin entender qué les pasaba. De pronto, ella miró al televisor. Ahora mostraban una imagen simulada por computadora de cómo una roca caía del cielo, golpeaba el suelo a toda velocidad y formaba un cráter en cámara lenta al lado de un lago. Miró de nuevo la mirada en shock de la chica y comprendió que colocar ese canal había sido un error. Tomó el control remoto y con sonoro "discúlpenme" apagó el televisor.

Cuando la pantalla se fue negro, fue como si un hechizo se hubiera roto. Mitsuha bajó la mirada mirando a su alrededor, como intentando reorientarse de dónde se encontraba. Se quedó mirando a Taki, que la observaba sin saber qué hacer. Sintió que sus piernas flaqueaban. El chico se paró de golpe y alcanzó a abrazarla antes de que ella perdiera el equilibrio y cayera sobre una mesa.

Mitsuha logró estabilizarse y hundió su cara en el pecho del muchacho, sollozando e hipando, apoyando sus brazos en él como una niña pequeña.

Él la abrazó y apoyó su cabeza en la de ella, intentando consolarla, sin saber qué decirle.

La dependiente del café le llevó un vaso de agua, y lo dejó en encima de una mesa cercana. "Gracias" le dijo él con la mirada.

Unos minutos después Mitsuha comenzó a respirar más calmada y a retomar algo de control sobre sí misma. Intentó limpiarse las lágrimas con sus manos y miró a avergonzada al muchacho.

—Perdóname, yo no pude evitarlo… no deberías haber visto esto… verme así…

—Tranquila, todo va a estar bien —le volvió a acercar el vaso de agua. No sabía que más decirle para tranquilizarla.

Ella seguía sollozando en forma suave, ahora sentada y mirando sus manos sobre sus piernas.

—Por favor, dime, que puedo hacer por ti —le rogó Taki. Verla sufrir así le estaba corroyendo las entrañas. No sabía si podía soportar mucho rato más viéndola en ese estado sin que él mismo perdiera el control de sus propias emociones.

—No, tú… tú no puedes. No puedes hacer nada…

—¿Conocías a alguien de Itomori? ¿Tenías familia ahí? —preguntó, a sabiendas que Hida-Furukawa estaba cerca de donde estaba Itomori.

Mitsuha se quedó callada y cerró los ojos por un momento. Luego levantó la cara y lo miró. Lágrimas lentas y frescas comenzaron a poblar de nuevo sus mejillas. Pero ahora estas eran lágrimas de un dolor antiguo, más pacífico, pero también más profundo. Supo que no podía ocultárselo más.

—No soy de Hida-Furukawa. Yo vivía en Itomori. Crecí ahí. Ese era mi hogar.