Tenía muchas ganas de publicar esto. Es un pequeño escrito que lo llevo pudriéndose en el anonimato desde hace tiempo, cuando llegué a la línea temporal de Mikey con pelo negro xD que había asesinado a todos los de TouMan. Soñé esa misma noche con la escena acá plasmada, y me ví en la obligación de escribirlo; recién hoy lo doy a conocer.

Va dedicado a Aka, que me dio prácticamente el valor para publicarlo, gracias chiqui.

Sin más, espero que les guste.


—¡Mírame, Takemichi!

El arma apuntándole al rostro le hacía difícil mover la cabeza, el metal frío del cañón le besaba la mejilla. Las rodillas delgadas y huesudas de Mikey hacían presión sobre sus dos brazos, impidiéndole cualquier movimiento; Manjiro Sano, aunque tenía un cuerpo delgado y pequeño, era poseedor de una fuerza descomunal. Tanto así que con tan sólo sus dos piernas lo había dejado casi inmovilizado.

No obstante, el viajero del tiempo no luchó. No planeaba soltarse ni quería forcejear con él.

Lo miró a los ojos, luchando contra cada instinto vociferante en su cerebro, que le ordenaba intentar con todas sus fuerzas huir de él. Hanagaki Takemichi no escuchaba a su cerebro; no había llegado a donde estaba siguiendo a esa maldita vocecilla idiota; ahora mismo, necesitaba ver los ojos de Mikey una vez más.

Su corazón se lo ordenaba. El alma le pedía a gritos aquello.

Dos agujeros negros lo recibieron gustosos, escleróricas rotas y vacías, írises opacos y desolados, despojados de toda felicidad existente en el mundo; dos pozos ciegos infinitamente profundos, que consumían cada rayo de brillo y de luz a su paso. No eran los ojos de Manjiro Sano; eran los ojos de un ser mucho más etéreo y oscuro, más lleno de sufrimiento que cualquier otro que Hanagaki hubiese visto alguna vez.

Estaban vacíos de esperanza, de fe, de amor; de cualquier sentimiento de felicidad que otrora pudiesen reflejar. Eran envases vacíos de pigmentos coloridos, que la vida se había encargado de arrancarles sin piedad.

Eran los ojos de un muerto.

O eso pensó Takemichi por un momento.

—¡Mira en lo que me he convertido! —gritó Manjiro sobre su rostro, la pistola no se despegaba del rostro del apenas más alto— Tendrás que matarme, Takemichi, porque si no lo haces yo te mataré a ti.

—No quiero matarte, Mikey-kun —respondió el pelinegro—. No lo haré.

—Entonces te mataré yo.

Sano quitó el seguro del arma, Hanagaki se preparó para lo peor. Si tenía que morir, si su hora había llegado, estaba listo; no importaba el cómo muriera o quien lo asesinara, se iría casi tranquilo de que lo había dado todo, en pos de salvar a sus amigos. Por supuesto que le habría gustado haber salvado a Hina, a Baji, a todos los que hubiese podido, y haber detenido a Kisaki de una vez; pero si así estaba echada la suerte, ya no lucharía contra ello. Estaba cansado de pelear contracorriente una y otra vez; regresando en el tiempo para salvar a los que quería, únicamente para volver al futuro y darse cuenta, de que cada vez todo se tornaba peor.

Si así tenía que morir, lo aceptaba. No tenía más remedio.

Aunque sí había una última cosa que quería hacer.

Necesitaba hablar con Mikey, con el antiguo Mikey, el líder de la vieja TouMan.

No apartó la vista de sus ojos. Tenía esperanza, tenía la dulce esperanza de que detrás de tanta negrura, había un destello de luz luchando por asomar. No sabía el por qué; pero sentía que había mucho más en Mikey que oscuridad.

Quizás dolor, o temor. No lo sabía; pero de alguna forma, podía sentir la presencia de algo más en él.

—¡¿Por qué me miras así?! —vociferó Manjiro, una gota cristalina brotó de su ojo, cayó sobre la mejilla derecha de Takemichi— ¡Deja de verme así, no quiero que seas tú el que me mire así!

—Mikey-kun —pronunció el viajero del tiempo—, yo qui—

—¡No quiero oírte! —lo interrumpió— Siempre que dices algo, cambia todo.

Necesitaba decírselo. Si iba a morir, no podía marcharse con aquella pequeña verdad encapsulada en su corazón.

—Quería decirte mis últimas palabras —habló Hanagaki—, quería… —lo miró una vez más, memorizó sus facciones celestiales en caso de no volver a verlas. Se preparó para la peor parte— quería decirte que te amo.

Otra lágrima aterrizó en su comisura izquierda, una más en su ceja derecha, y a su lado la siguió otra.

Unas cuantas lágrimas se derramaron en su rostro, provenientes de los ojos de Manjiro Sano. Hanagaki sintió la presión sobre sus brazos disminuir, hasta que pudo moverlos libremente, y las gotas saladas dejar de caerle sobre el rostro; el más bajo arrojó la pistola con violencia a una pared a metros de ellos, el concreto ruinoso se llenó de grietas y el arma se estrelló en el suelo. Por el impacto se disparó una bala, que le dio a un escalón en ruinas, cerca de Takemichi.

El viajero del tiempo se levantó del suelo, el concreto frió le estaba lastimando la espalda. Mikey estaba a un par de metros de él; pudo distinguir los ríos cristalinos brotar de sus ojos, que se cubría con el dorso de su mano izquierda. Sollozaba ruidosamente, mientras el viento le acariciaba las hebras negras; contrastantes con su piel pálida, casi translúcida. Era hermoso.

Nunca supo exactamente en qué momento había caído enamorado de él. Tal vez fue cuando lo vio llorar por primera vez; habiendo estado Draken en terapia intensiva, a un mínimo paso de la muerte, y Mikey mutilando cada palmo de su propio dolor para sonreír frente a sus amigos. Luego se marchó fuera del hospital, y en silencio dejó escapar todo lo que había encapsulado en su corazón. Takemichi sabía lo que era sufrir en silencio.

O tal vez, habían sido las incontables veces que había visto una genuina sonrisa en su rostro, cuando de verdad se sentía feliz. De alguna forma podía reconocerlo, percibir la felicidad de Manjiro como si era suya, y saber en qué momento estaba contento y en cuáles fingía; era casi como si sus emociones estuvieran enhebradas por entero.

O tal vez, fueron las veces que lo vio guiando una pandilla, con el sueño de convertirse en un delincuente decente. Un sueño lejano y brumoso, pero que el ex líder de TouMan había visto como posible.

Hanagaki no sabía cuándo, pero en algún punto se había enamorado de él. Y se sentía extraño amar a un hombre; cuando había creído toda su vida que era cien por ciento heterorromántico.

—¿Por qué? —sollozó Sano, extrayéndolo de su ensoñación— ¿Por qué me lo dices ahora, Takemichi? ¿Por qué no me lo dijiste antes, cuando podíamos estar juntos?

Su mente hizo cortocircuito, y sus sentidos se detuvieron.

¿Le había dicho que habrían podido estar juntos?

—Nunca supe… nunca encontré el momento para decirlo —confesó con la sangre acumulada en las mejillas, porque era extraño sentirse correspondido de alguna forma.

Porque Mikey prácticamente le estaba diciendo que le había correspondido alguna vez. ¿O no?

—¡¿Por qué vienes ahora y me dices que me amas?! —gritó Manjiro— ¡Yo no quiero amarte, no de esta forma, no como tú. Pero no puedo evitarlo, Takemichi. ¿Por qué me lo tienes que decir ahora?!

¿Eso era una confesión acaso?

Hanagaki permaneció callado, las palabras no eran formuladas en su cerebro ni expresadas por su boca. Se quedó con la lengua quieta y el cuerpo inamovible, siendo besado por la brisa que bailaba entre ellos; meciendo sus cabellos y la ropa holgada en la que Mikey se enfundaba.

Permaneció mesmerizado por la apariencia del antiguo líder de lo que alguna vez, fue la TouMan; la piel nívea de la que era celosamente poseedor, los finos afluentes azules curtidos en ella, mayestáticos como pinceladas suaves de un artista. Los ojos negros, opacos y profundos; que Hanagaki sabía que eclipsaban algo, una tonalidad reluciente escondida en ellos, una sensación indescifrable en aquel entonces, que el viajero del tiempo se esforzaba celosamente en descubrir.

Los labios finos, blancos, que eran humedecidos al igual que sus finas mejillas, por las lágrimas cristalinas que se deslizaban sobre ellas. Un cóctel de atributos de belleza mezclado con el más ruin sufrimiento, adherido al paladar de su poseedor; Mikey era un envase hermoso por fuera, pero Takemichi descifraba que se sentía podrido por dentro.

No era así, y él lo sabía. Manjiro Sano tenía muchas piezas desperdigadas de sí mismo, que tenía que reunir para repararse completamente; y aquellos ojos trazados en la Vía Láctea, escondían algo.

El viajero del tiempo creyó por un segundo, que sabía lo que había tras ellos.

—Lo siento, Mikey-kun —respondió, Manjiro no apartó su vista negruzca de él—. Ibas a matarme, y no quería morir con el sentimiento atorado en la garganta.

Sano se limpió el rostro con el dorso de la mano.

—¿Hace cuánto? —preguntó— ¿Hace cuánto que me amas? ¿Hace cuánto que llevas esa verdad escondida contigo?

Takemichi no se atrevía a darle una respuesta concreta.

Podía decirle que desde hace doce años sentía aquello por él, pero no parecía del todo correcto. El salto en el tiempo solía borrarle unas cuantas memorias; y si en esos años acaso había amado a otra persona, o incluso se había olvidado de él, su verdad se vería obsoleta. Para Takemichi, llevaba unos cuantos meses enamorado del invencible ex líder de TouMan.

Para Mikey, habrían transcurrido doce largos años.

—Desde la secundaria —optó por responder—. Pero temía que si te lo dijera… acabaras por golpearme, Mikey-kun.

—Jamás lo habría hecho, Takemitchy —confesó—. Te habría amado también. Aún te amo también —sollozó nuevamente, mientras más lágrimas brotaban—, y odio hacerlo, porque eso te convierte en mi debilidad.

Hanagaki sintió el corazón dar un vuelco sobre su pecho; latió con violencia, amenazó con salir de su caja torácica. Pensó por un momento que estaba teniendo una clase de taquicardia pero inmediatamente descartó la idea.

«Te convierte en mi debilidad» le había dicho Mikey.

¿Cómo se suponía que no lo amaría así?

Se acercó hacia él con paso cauteloso, Manjiro no tenía el arma en la mano pero aún así era fuerte físicamente, más fuerte que él; y si quería, podía inmovilizarlo de un solo movimiento. Ya lo había demostrado.

—Mikey-kun —se atrevió a hablar cuando hubo estado más cerca de él— yo…

Mikey acortó los pocos metros que quedaban entre ellos y se dejó caer en sus brazos, Takemichi se movió por inercia, habiéndolo atrapado en el aire. Sintió sus brazos y todos sus músculos como plomo cuando sostuvo al pelinegro; no era su cuerpo lo que tanto le pesaba, sino toda aquella basura que yacía en silencio dentro de él; burlándose sin lenguaje y riendo sin labios ni dientes. No sé explicaba el cómo comprendía los sentimientos añejos de Manjiro.

Hanagaki lo sostuvo de la pequeña cintura, rodeándola con uno de sus brazos. Manjiro se convirtió en peso muerto; el viajero del tiempo se arrodilló sobre el suelo, y el ex líder de TouMan quedó tendido sobre su regazo. A Takemichi no le importó; la cercanía que ambos compartían en aquel momento le robó el protagonismo a cualquier miedo o incertidumbre. Le profirió una caricia de algodón sobre su cabeza, y Mikey por primera vez en todo el rato, esbozó una pequeña sonrisa.

Sollozos volvieron a brotar de sus delgados labios, Hanagaki quería beberse cada lágrima y cada hipido proveniente de él, pero se conformó con tenerlo tan cerca; con haberse bebido sus facciones en deslumbrante copa de plata. Le acarició la cabeza, las mejillas y el suave cabello negro que mantenía corto; Mikey se dejó mimar.

—Takemitchy —susurró aún en llanto—, ¿de verdad me amas?

El viajero del tiempo asintió, sabiéndose sin palabras exactas que pronunciar, más que un solitario «sí» que pareció perderse entre el viento.

—¿Por qué esperaste tanto para decírmelo? —cuestionó Manjiro— ¿Por qué esperaste doce años? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Pudimos habernos amado como a nadie.

—Yo te amo como a nadie —soltó sin pensar.

De inmediato cerró la boca; el viento pareció detenerse y su corazón se sintió sin latidos. El tiempo dejó de fluir; mientras Hanagaki Takemichi, un virgen idiota de veintiséis años, analizaba con pinzas las palabras que acababa de decir sin siquiera pensarlo dos veces.

Maldijo su gran bocota, más de una vez le había ocasionado problemas.

Cerró los ojos con fuerza y esperó el puñetazo de Mikey sobre su rostro, junto a un dolor que nunca llegaron; en su lugar, fue recibido con una suave caricia en su mejilla. Abrió los ojos, la mano delgada del pelinegro yaciendo en sus piernas trazaba un suave mimo en su rostro.

Sintió que se deshacía bajo su toque de picaflor.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —quiso saber Manjiro, mientras continuaba la caricia de seda— Habríamos tenido algo hermoso, Takemitchy.

Takemichi pensó su respuesta. No le había dicho porque creía que había amado a alguien más. No lo había dicho porque había temido acabar el día con la nariz rota y el rostro destrozado. No le había dicho, porque nunca encontró las palabras necesarias ni el valor suficiente; lo habría considerado más bien un suicidio, en lugar de la valentía de confesar sus sentimientos.

De todas las respuestas posibles que se había imaginado, el que Mikey correspondiera sus sentimientos definitivamente nunca fue una de ellas.

Sin embargo, era la respuesta real.

—Temía que no me correspondieras, Mikey-kun.

—Te correspondí desde siempre. Te amé desde que te vi, y te imaginé a mi lado en todo momento.

El pulgar de Manjiro se deslizó sobre su labio inferior, como si de un llamado se tratase, al que Hanagaki gustosamente habría de corresponder. Besó la yema del dedo, la caricia continuó por su mejilla hasta el puente de su nariz; se sentía como algodón y miel.

—Mírame, Takemichi —sollozó—, mira en lo que me he convertido. Nada de esto habría pasado si me hubieses dicho mucho antes que me amabas.

—¡Entonces déjame salvarte! —exclamó el viajero del tiempo— ¡Déjame regresar y decirte que te amo, si así me prometes que todo esto cambiará!. Hina-chan, Emma-chan, Baji-san… —se tragó sus propias lágrimas y contuvo el dolor punzante en su esófago— si acaso los puedo salvar a ellos rescatándote a ti… ¡Déjame hacerlo!

Manjiro Sano asintió con una sonrisa. Más lágrimas le enjuagaron el rostro con vehemencia.

—Antes de partir, ¿podrías decirme eso una vez más? —pidió— Tus sentimientos, lo que sientes por mí. Y yo te diré lo que siento por ti —Hanagaki entendió lo que había querido decir.

—Te amo, Mikey-kun —dijo.

—Eres mi héroe, Takemitchy, y te amo infinitamente.

Un estruendo le disolvió la sonrisa del rostro a Hanagaki, un sonido muy semejante a…

El pecho de Manjiro se había dejado de mover de pronto, como si había detenido su respirar. No parpadeó; sus ojos brillaban, pero las lágrimas dejaron de desprenderse de ellos.

—¿M-Mikey-kun? —inquirió con el miedo echando raíces en su voz.

Cuando lo revisó bien, se dio cuenta del tibio líquido rojo que brotaba de la cabeza. Un agujero de bala le decoraba el cuero cabelludo, de él se desprendían los gruesos ríos de sangre; que se expandían en el suelo y lo teñían de rojo. Takemichi sintió el pecho ser oprimido con fuerza al ver aquello.

Mikey estaba muerto, en sus propios brazos. Por una maldita herida de bala.

—Se veían bonitos juntos —habló una voz a sus espaldas.

El odio burbujeó en sus venas mezclado con el temor, cuando Takemichi se dio la vuelta con el cuerpo sin vida de Manjiro Sano en sus brazos, sólo para encontrarse la expresión de satisfacción en el rostro de Kisaki Tetta frente a él. Le apuntaba con una pistola, mientras esbozaba una burlesca sonrisa.

—Kisaki —escupió con odio—, te mataré.

—Quiero verte intentarlo, mi héroe —se burló, mientras le quitaba el seguro al arma.

Jaló del gatillo.

Un disparo nunca le había resonado tanto en la cabeza.