Los invitados nos dejaron y, sorprendentemente, aquella casa plagada de gente, comenzó a parecer silenciosa y vacía.

El año que siguió a aquellas extrañas semanas, no fue un año fácil para Luisa, que vagaba triste y apagada alternando largos días de trabajo con larguísimos días refugiada en su habitación. Dolores no era tan fácil de leer como Luisa, pero su característico semblante calmado se convirtió en uno serio y dolido. E, Isabela… mi pobre y rechazada hermana… la verdad es que no parecía estar tan mal. Cada día parecía más animada, contándonos sus aventuras fuera del Encanto, los nuevos inventos que había descubierto como el aire acondicionado o el secador de pelo y lo bien que se sentía en casa. Podían haber sido sólo imaginaciones mías, pero me dio la sensación de que estaba más unida que antes a Camilo, y, la verdad, parecía estarle haciendo mucho bien.

Para mí… aquel fue probablemente el peor año de mi vida. Bruno cumplió su palabra, tomó distancia y, pese a convivir conmigo en la misma casa, se las apañó para no tener que cruzar conmigo más que alguna palabra suelta de vez en cuando. Con el resto de la familia seguía relacionándose aparentemente normal, pero, para mí, estaba claro que no estaba siendo natural; sus ojos, sus sonrisas, sus dedos de los pies recogiéndose hacia dentro… todo me decía que él tampoco lo estaba pasando bien.

Cada día, el ir y venir de la casa era el mismo de siempre pero, yo, me sentía más sola que nunca.

Y así, sin alegría ni gozo, llegó mi décimo octavo cumpleaños.

—¡Mirabú! ¿Lista para la fiesta?

—Ah, papi… ¿sería muy terrible si me quedase escondida en mi armario hasta que pasase mi cumpleaños?

—Un poco pronto para la crisis de los cuarenta, ¿no crees?

—No es eso… Es sólo que… no tengo ganas de fiesta.

—¿Es por mi corbata? Puedo buscar una más festiva.

—No es tu corbata, pa.

—Y, con lo que quiera que sea, ¿crees que un abrazo de papá puede ayudar?

—No lo creo, pero lo quiero.

Mi padre, que parecía tener claro por dónde iban los tiros, me abrazó durante un buen rato y luego me dedicó una sonrisa de complicidad.

—Yo voy a bajar a celebrar el milagro que bendijo mi vida hace dieciocho años. Si quieres celebrarlo conmigo, ya sabes dónde encontrarme.

—Vale, pa, gracias.

—Ah, y, Mirabel —dijo una vez abrió la puerta—, no te olvides de que, en tu cumple, puedes pedir regalos.

Me guiñó un ojo y salió de mi habitación con una sonrisa de oreja a oreja hablando algo más alto de lo habitual.

—¿Qué, Bruno, preparado para celebrar la luz de nuestras vidas?

—Ah… claro… —escuché contestar a Bruno a lo lejos mientras me imaginaba la cara de apuro que se le estaba poniendo.

A veces, papá podía ser un poco travieso.

Como no podía ser de otra manera, puse la mejor sonrisa que fui capaz de poner y bajé a la fiesta. La verdad, no entendía a qué se refería mi padre con lo de los regalos, pero yo no necesitaba pedir nada: ya tenía todo lo que podía pedir y, lo que no tenía, de todos modos no podía pedirlo.

Dediqué la velada a observar como una tonta cómo Bruno trataba de animar a Luisa con sus tonterías, cómo jugaba con los animales que acompañaban a Antonio, cómo se rascaba la cabeza nervioso cada vez que mi padre pasaba por su lado y cómo, de vez en cuando, su mirada se encontraba con la mía y se escondía mirando hacia otro lado.

Estaba siendo un largo día y lo único en lo que podía pensar desde que me había levantado aquella mañana, era en que, a diferencia de en mis dos cumpleaños anteriores, Bruno no dormiría conmigo aquella noche.

—Se va haciendo tarde —dijo mi padre mientras chocaba su cadera bailona enérgicamente contra la mía—. ¿Ya has pensado qué vas a pedir?

—¿Eh? Yo…

Lo único que quería…

—La verdad es que…

Lo que ansiaba con todas mis fuerzas…

—…si puedo pedir algo…

Mi padre tenía razón: si no pedía entonces, ¿cuándo lo haría?

—Ya… ya sé lo que es —contesté al final con una recién adquirida determinación—. Gracias, papi.

Le di un beso en la mejilla a mi padre y salí corriendo de allí.

—¿Vas a darme ya mi regalo?

La expresión de Bruno al verme aparecer por nuestro agujero después de casi un año entero, no tuvo precio.

—Ah… Yo… pensaba que el regalo era colectivo.

—No estoy hablando de eso.

—Y, ¿de qué…?

No había nada como pillarle con la guardia baja para lograr que olvidase poner la dolorosa barrera que había puesto entre nosotros.

—Es mi cumpleaños, ¿vas a dormir conmigo como todos los años?

—¡¿Qu…?!

—Desde que volviste, he dormido contigo en todos mis cumpleaños; si en éste no lo hago… me voy a sentir muy sola.

Vale, quizás no estaba jugando limpio, pero llevaba un año esperando que un milagro le hiciese volver a mí y, si el milagro no venía sólo, yo iría a por él.

—No… no creo que sea buena idea —contestó algo sonrojado y claramente nervioso mientras ponía sus enormes manos de barrera entre él y yo.

—Pero lo vas a hacer, ¿verdad?

Estaba en pijama. Quién sabe cuánto tiempo llevaría sin dormir en su habitación… Probablemente, para no ver… mi cama.

—Mirabel, ya sabes que yo no…

—Sólo dormir, lo prometo.

El silencio se apoderó de él y comenzó a volver el ambiente tenso y retorcido. Bruno estaba debatiéndose entre sus deseos y lo que él consideraba su deber. Quizás, con un empujoncito…

—No quiero acabar mi cumpleaños tan sola como lo he estado todo este año. Por favor…

Creí escuchar cómo se rompía su corazón. Su mirada se volvió vibrante y cristalina y mordió su labio inferior cargado de culpa.

—Sólo esta noche —contestó entonces muy serio justo antes de tumbarse en la hamaca tan tieso como el mango de una de sus escobas.

Me recosté sobre él tratando de no caer y cerré los ojos para regodearme en su salado aroma.

—Gracias, Bruno: ahora sí que es un cumpleaños.

Al escuchar aquellas palabras, su cuerpo se relajó por fin, su mano se posó castamente sobre mi hombro y besó con dulzura mi cabeza.

—Feliz cumpleaños.