UNA UNION TEMPORAL


Descalimar: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.

Miraculous ladybog © Thomas Astruc

Adaptación © FandomMLB

Una unión temporal © Melanie Milburne


CAPITULO 1


Marinette Dupain-Cheng, con un suspiro, dejó la taza de café en la mesa de la concurrida cafetería. Conseguir marido sería mucho más fácil si realmente quisiera casarse. No quería. Casarse podría producirle un infarto. No llevaba soñando con el día de su boda desde los cinco años.

No perseguía el típico cuento de hadas, al contrario que la mayoría de sus amigas. Y ahora, ya adulta, la idea de salir con un hombre le daba ganas de vomitar.

Pasaba de los hombres.

Marinette recorrió con la mirada a las parejas sentadas a otras mesas. ¿Acaso ya no quedaba gente soltera en Londres? Todo el mundo tenía pareja. Ella era la única persona que estaba sentada sola a una mesa.

Podría haber recurrido a Internet para buscar marido, pero la idea de hacerle esa proposición a un desconocido no le gustaba. Por otra parte, los pocos amigos a los que podía pedírselo ya tenían pareja.

Marinette dobló la copia del testamento de su padre y la guardó en el bolso. Por mucho que lo leyera, decía siempre lo mismo: para reclamar su herencia tenía que casarse. Y, si no la reclamaba, la herencia acabaría en manos de un pariente lejano. Un pariente lejano con problemas de adicción al juego.

¿Cómo iba a permitir que todo ese dinero se lo tragara una máquina tragaperras?

Marinette necesitaba ese dinero para comprar, y así recuperar, la ancestral casa de su difunta madre. Si no lograba heredar, perdería la casa. La maravillosa casa de Wiltshire en la que había pasado unas pocas pero maravillosas vacaciones con sus abuelos y su hermano mayor, antes de que este enfermara y falleciera, sería vendida y acabaría en manos de otra persona. No podía soportar la idea de perder aquel lugar en el que se había sentido tan feliz. El lugar en el que su madre y ella habían sido felices. Realmente felices. Por la memoria de su madre y de su hermano, debía recuperar la casa.

Solo disponía de veinticuatro horas; al cabo de ese tiempo, perdería el derecho a la herencia. Disponía de un día para encontrar a un hombre que quisiera casarse con ella y permanecer casado durante seis meses. Solo un día. ¿Por qué no había hecho nada durante ese mes, o el mes anterior, o el anterior a este? Había contado con tres meses para cumplir con esa condición impuesta por su padre en el testamento, pero había ido posponiéndolo. Como de costumbre.

Marinette estaba a punto de levantarse y marcharse cuando la sombra proyectada por una alta figura cayó sobre ella. Le dio un vuelco el corazón, quizá por el café solo doble que acababa de tomarse. La cafeína y la desesperación no eran una buena combinación.

– ¿Está libre este asiento? –la profunda voz de barítono con acento italiano le provocó un hormigueo en el estómago.

Marinette alzó los ojos y se encontró con la oscura y verdosa mirada del magnate hotelero Adrien Agreste. El hormigueo de su estómago se intensificó.

Era imposible mirarle y evitar un vuelco del corazón. Esos ojos no solo te miraban, te penetraban. Veían lo que no tenían derecho a ver.

Esa fuerte y dura mandíbula, con la justa medida de barba incipiente, siempre la había hecho pensar en las potentes hormonas que la provocaban. La boca era firme, con tendencia a curvarse en una cínica sonrisa. Una boca que la hacía pensar en prolongados y sensuales besos con las lenguas entrelazadas...

A lo largo de los años, Marinette había aprendido a disimular lo mucho que ese hombre le afectaba. Pero, aunque su expresión era fría y distante en apariencia, en su interior se desencadenaba una batalla en contra de aquella prohibida atracción.

–Ya me iba, así que...

Él agarró el respaldo de la silla situada enfrente de la de ella Marinette no pudo evitar quedarse mirando el vello de esa mano desaparecer bajo el puño de la camisa blanca. ¿Cuántas veces había soñado despierta con esas manos acariciándole el cuerpo, haciéndola sentir cosas que no debería sentir? Y mucho menos por él.

Jamás por él.

– ¿No tienes tiempo para tomarte un café con un amigo? –mientras hablaba Adrien, mostró una perfecta dentadura blanca.

Marinette contuvo un estremecimiento y, con un esfuerzo, le sostuvo la mirada.

– ¿Amigo? –repitió ella en tono burlón–. No, no lo eres.

Adrien se sentó en la silla y, bajo la mesa, sus piernas se chocaron con las de ella. Rápidamente, Marinette apartó las piernas, aunque sin poder evitar sentir una corriente eléctrica.

Marinette comenzó a empujar su silla hacia atrás para levantarse, pero él le puso una mano en la suya, deteniéndola. Obligándola a permanecer ahí, con él. Respiró hondo, la calidez de la mano de él revolucionó sus hormonas, excitándola. Todas y cada una de las células de su cuerpo vibraban. Un intenso calor pasó de su mano por el brazo y recorrió todo el camino hasta su sexo.

Marinette le dedicó una mirada tan fría que habría podido congelar el vaso de agua que había encima de la mesa.

– ¿Es así como invitas a las mujeres a tomarse un café contigo, por la fuerza?

Él comenzó a acariciarle la mano con la yema del pulgar.

–Hubo un tiempo en el que querías algo más que tomarte un café conmigo, ¿no te acuerdas? –Adrien le recorrió el cuerpo con la mirada y el brillo de sus ojos se intensificó.

A Marinette le habría gustado poder olvidarlo. Le habría gustado sufrir amnesia temporal. Amnesia permanente. Cualquier cosa que pudiera borrar el recuerdo de su intento de seducir a Adrien siete años atrás, cuando tenía dieciocho años, durante una de las famosas fiestas de

Navidad de su padre, y encontrándose ligeramente ebria. Igual que en todas las fiestas de su padre, la única forma de soportar la repugnante representación teatral de él adoptando el papel de «padre perfecto». Se había emborrachado para avergonzar a su padre por todo el sufrimiento al que la había sometido de puertas para dentro: insultos, vejaciones y críticas que la habían hecho sentirse completamente inútil y despreciable.

No querida.

No deseada.

Estúpidamente, había pensado: « ¿Qué mejor manera de avergonzar a mi padre que acostándome con su protegido?».

–Ha llegado a mis oídos lo de tu nuevo trabajo. ¿Qué tal te va?

Marinette le miró fijamente, en busca de algo que indicara burla en la expresión de él. ¿Se estaba riendo de ella o mostraba un ligero y verdadero interés? Pero no había notado ninguna nota de cinismo en la voz de él ni en el brillo de sus ojos. No obstante, no pudo evitar preguntarse si Adrien, al igual que el resto de la gente, pensaba que no duraría ni una sola semana en su nuevo trabajo.

En cualquier caso, Marinette estaba decidida a no perder la compostura en medio de aquella concurrida cafetería. En el pasado, había tenido la tendencia a montar escándalos. Ahora... contuvo las ganas de tirarle la taza de café a la cara, se reprimió para no agarrarle por la camisa y arrancarle todos los botones.

Típico de Adrien dudar de su capacidad cuando lo que ella estaba haciendo era un ímprobo esfuerzo para abrirse camino en el mundo.

Desgraciadamente, había conseguido perder muchos trabajos a lo largo de los años. Tenía mala fama. Siempre había sido así. Todo el mundo esperaba de ella que fracasara. Por tanto, ¿Qué hacía ella? Fracasar.

Le había resultado difícil dedicarse a algo en concreto por su falta de títulos académicos. Incapaz de soportar la presión de competir con los resultados académicos de su hermano, no se había presentado a los exámenes. No había sido la clase de persona que sabía a qué quería dedicarse de mayor. Había mariposeado.

Pero ahora había logrado centrarse. Estaba estudiando para sacarse un título en Trabajo Social, a distancia y por Internet, y había conseguido trabajo en una tienda de antigüedades.

Por eso, le enfurecía enormemente que Adrien diera por supuesto que ella era una vaga que no quería hacer nada.

Marinette alzó la barbilla y le miró con dureza.

–Me sorprende que todavía no te hayas pasado por la tienda para comprar una de esas ridículamente caras reliquias para demostrar lo rico que eres.

Él esbozó una perezosa sonrisa.

–Tengo los ojos puestos en algo mucho más valioso.

Marinette levantó el bolso del suelo y se lo colgó del hombro al tiempo que le lanzaba otra mirada asesina.

–Me alegro de haberte visto, Adrien –dijo ella con sarcasmo.

Marinette se abrió paso entre las mesas; pero antes de que le diera tiempo a sacar el monedero, Adrien se le acercó por la espalda y le dio un billete a la camarera.

–Guárdese el cambio.

Marinette sintió el calor de él en la espalda. Demasiado cerca. Sentía su energía. Su energía sexual. Podía oler la loción para después del afeitado de Andrea.

Se permitió el lujo de preguntarse, durante un momento, qué sentiría si recostara la espalda en el pecho de él, cómo sería encontrarse rodeada por esos brazos, tener la pelvis de él pegada a sus nalgas. Se imaginó la sensación de esas grandes manos sujetándole las caderas, acercándola a su cuerpo... para que sintiera la dureza de su miembro en la entrepierna...

¡No, tenía que dejar de soñar despierta!

Adrien la agarró por el codo y la hizo salir a la calle bajo un sol primaveral. Ella decidió no provocar un espectáculo porque la gente ya les estaba mirando y señalando. No quería que la fotografiaran con él.

Ni que la asociaran con él. No quería que la identificaran como una más de las conquistas de él.

Adrien Agreste era un imán para los medios de comunicación: casanova internacional con puertas giratorias en su lujoso ático, el protegido del difunto y famoso hombre de negocios. Un niño italiano pobre que había subido a lo más alto gracias a su benefactor inglés.

Por su parte, Marinette no era un imán para la prensa, más bien el objetivo de las críticas de la prensa, considerada una niña rica mimada.

En el pasado, incluso había disfrutado las críticas negativas de la prensa hacia su persona; en la actualidad, prefería que la ignoraran. Había superado la época en la que constantemente salía de discotecas fingiendo estar borracha con el fin de avergonzar a su padre.

Desgraciadamente, los paparazis seguían viéndola como una alocada cuyo objetivo en la vida era divertirse.

– ¿Ya has encontrado marido? –le preguntó Adrien soltándole el codo y le rozó los dedos de la mano izquierda sin anillo de compromiso...

Marinette sabía que Adrien conocía el contenido del testamento de su padre. Probablemente, había ayudado a su padre a redactarlo. Le molestaba pensar que Adrien fuera conocedor de una información tan personal. Lo que él no sabía era lo que había habido de fondo en la relación entre su padre y ella. Tom Dupain-Cheng había sido demasiado astuto como para revelar el lado oscuro de su personalidad a aquellos que ayudaba o a quienes quería impresionar.

Solo la madre de Marinette había conocido bien a Tom Dupian-Cheng pero hacía mucho que había muerto y que descansaba en paz, al lado Alex. El hijo adorado. El hijo perfecto al que ella, Marinette, debía haber emulado sin conseguirlo, para disgusto de su padre.

–No tengo intención de hablar de mi vida íntima contigo. Y ahora, si no te importa, tengo que irme...

–Voy a hacerte una proposición –declaró él con expresión inescrutable, ocultando pensamientos peligrosos, de carácter sexual.

Marinette abrió y cerró la mano para deshacerse de la sensual energía que él había provocado. Tensó los músculos del vientre con la esperanza de calmar la inquietud de su pelvis, pero lo único que consiguió fue ser aún más consciente de lo que ese hombre la hacía sentir.

–La respuesta es no.

Adrien la miró como si encontrara su negativa motivadora.

Estimulante.

– ¿No quieres saber qué voy a proponerte antes de decir que no?

Marinette apretó los dientes.

–No me interesa nada de lo que puedas decirme.

«Sobre todo, si contiene la palabra "matrimonio"». Pero... ¿iba

Adrien a ofrecerle casarse con ella? ¿Por qué iba a hacer eso?

Adrien le sostuvo la mirada y ella no pudo evitar que los latidos de su corazón se acelerasen. Casi no podía respirar, el oxígeno no le llegaba a los pulmones. Adrien estaba muy guapo, más que guapo, pero siempre había sido así. En buena forma física, con unos rasgos clásicos que solo se veían en los modelos que anunciaban caras lociones para después del afeitado. El chico malo que había logrado el éxito. Su cabello rubio, ni cortó ni largo, peinado con un estudiado descuido, hacía resaltar su inteligente frente y una nariz recta.

Tenía las cejas rubias, una de ellas mostraba una pequeña cicatriz, y los ojos, rodeados de largas pestañas, eran de un verde tan profundo que apenas se distinguían las pupilas del iris.

Marinette podía aguantarle la mirada a casi cualquier hombre. Sabía ponerles en su sitio con los ojos o con un mínimo y cortante comentario.

Pero con Adrien Agreste era otra cosa. Él era su antagonista y, por desgracia, lo sabía.

–Cena conmigo –no era una invitación, era una orden.

Marinette arqueó las cejas con altanería.

–Ni muerta de hambre.

A Marinette le hormiguearon los labios cuando Adrien clavó sus ojos en ellos. Siempre que la miraba, ella pensaba en el sexo, en la clase de sexo que le era desconocido.

Marinette no era virgen, pero tampoco había tenido tantas relaciones sexuales como se decía en la prensa. Ni siquiera le gustaba el sexo. Se le daba muy mal, terriblemente mal. Y la única forma de tolerar las relaciones sexuales era bebiendo alcohol, con el fin de no pensar en lo poco que disfrutaba.

–Podemos seguir hablando de esto en medio de la calle o en un lugar privado.

–No voy a ir a ninguna parte contigo, Adrien.

– ¿Tanto te asusta lo que pueda decirte?

«Lo que me asusta es lo que yo pueda hacer», pensó Marinette al tiempo que alzaba la barbilla.

–No me interesa nada de lo que puedas decirme.

–Solo te estoy proponiendo una cena, Marinette –el acento italiano de Adrien acarició las cuatro sílabas de su nombre. Era la única persona que la llamaba Marinette. No sabía si le gustaba o no.

«Solo una cena». ¿Debía aceptar la invitación y ver qué era lo que Adrien quería decirle? No podía negar que le picaba la curiosidad. Además, con el poco tiempo del que disponía antes de perder la herencia, sería una locura negarse a escucharle. Pero estar cerca de él la desconcertaba, la hacía perder el control.

Marinette cruzó los brazos y le dedicó una de sus típicas miradas de adolescente aburrida.

–Dime dónde y cuándo. Allí estaré.

–He reservado una mesa en Henri's. A las ocho y media. Esta noche.

Marinette estaba disgustada consigo misma por no haberse hecho más de rogar. ¿Cómo había sabido Andrea que, al final, accedería? ¿Tan seguro estaba de sí mismo?

«Quizá sea porque sabe que dispones de algo menos de veinticuatro horas para no perder la herencia?».

–Tu arrogancia no deja de sorprenderme –declaró Marinette–. ¿Es que nadie te dice nunca que no?

–Pocas veces –Adrien sonrió.

A Marinette no le costó trabajo creerle. Debería recuperar su fuerza de voluntad. No podía permitir que Adrien consiguiera que hiciera lo que él quisiera. Debía plantarle cara, demostrarle que no era una de esas mujeres que aparecían y desaparecían de su vida con la mayor facilidad.

–Bueno, hasta luego entonces.

–Marinette...

– ¿Sí?

Andrea le miró la boca; después, clavó los ojos en los suyos.

–Ni se te ocurra no aparecer.

Marinette se preguntó cómo había logrado leerle el pensamiento. Había pensado dejarle esperando en el restaurante para demostrarle que no estaba dispuesta a seguirle el juego. Lo más probable era que a Adrien no le hubiera dejado plantado nadie, nunca. Era hora de que alguien le diera una lección.

Pero ahora debía esbozar otro plan. No podía presentarse en el restaurante y limitarse a acceder a la «proposición» de él. No podía. No podía. No podía. Adrien era el último hombre del mundo con el que se casaría. Porque lo que Adrien iba a proponerle era que se casara con él, de eso no tenía duda.

Aunque estaba desesperada, su desesperación no llegaba a tal extremo.

–No te preocupes, apareceré –Marinette le dedicó una empalagosa sonrisa–. No me vendrá mal una cena gratis. Has dicho solo una cena, ¿verdad?

Los ojos de él ardieron y un imposible deseo se apoderó de ella.

Un deseo que no quería sentir.

–Solo una cena.

Marinette se dio media vuelta y echó a andar hacia la tienda de antigüedades en la que trabajaba, consciente de que Adrien la seguía con la mirada.


Bueno, el primer capitulo que les pareció, espero que les guste y me digan que parte les va gustado hasta, el capitulo 2. Nos leemos en entrevista con el amor capitulo 4 creo que era ese, hasta ya perdí el hilo de la historia disque.

Bueno nos leemos ayaa Bay kittis.