UNA UNION TEMPORAL
Descalimar: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.
Miraculous ladybog © Thomas Astruc
Adaptación © FandomMLB
Una unión temporal © Melanie Milburne
CAPITULO 2
CIELOS! ¿No crees que vas a necesitar a un escolta con ese vestido? –preguntó Alya, la compañera de piso de Marinette, al asomar la cabeza en su dormitorio.
Marinette se alisó la corta falda del vestido plateado que brillaba como un adorno navideño.
– ¿Qué tal estoy?
–En serio, Marinette, tienes unas piernas preciosas. Deberías dejar el trabajo en la tienda de antigüedades y hacerte modelo –Alya ladeó la cabeza–. ¿Con quién has quedado? ¿Alguien que yo conozca?
–Se trata solo de un conocido.
Alya alzó las cejas.
–Demasiado muslo al descubierto para un mero conocido.
Marinette agarró una barra de carmín de color rojo sangre y se la pasó por los labios. Sabía que correría el riesgo de atraer la atención de la prensa si la veían vestida así con Adrien; pero, en esa ocasión, no le importaba. Iba a demostrarle que no estaba dispuesta a cumplir con las reglas que él imponía. Adrien tenía fama de salir solo con mujeres elegantes y sofisticadas, pero ella iba a ser la antítesis de la elegancia y la sofisticación en lo que al atuendo se refería. Ese vestido gritaba «chica alocada de fiesta».
–Voy a darle una lección a... mi conocido.
– ¿Una lección de qué? ¿De qué puedes mirar, pero no tocar?
–Quiero demostrarle que no se puede ser tan arrogante como es él.
Marinette se quitó los rulos que se había puesto en el pelo para darle más volumen y se peinó con los dedos hasta transformar sus cabellos en una nube de onduladas hebras que le caían por los hombros.
Alya se sentó en el borde de la cama.
–Dime, ¿quién es el tipo con el que vas a salir?
Marinette miró a su compañera de piso a través del espejo. Conocía a Alya desde hacía solo unos meses y no quería entrar en detalles respecto a su complicada relación con Adrien.
Agarró un par de pendientes baratos, se los puso y luego se ajustó el cuerpo del vestido para subirse los pechos antes de contestar a Alya.
–Era un amigo de mi padre.
Alya se levantó de la cama y se acercó a ella.
–Pero... ¿no es hoy el último día de la fecha límite que tu padre te impuso en el testamento?
Marinette sintió mucho haberle contado a Alya lo del testamento un par de noches atrás mientras cenaban curry y bebían una botella de vino.
Era algo denigrante admitir que su padre había querido castigarla desde la tumba. Su padre siempre había sabido la aversión que ella tenía al matrimonio. Había sido testigo de cómo su padre había controlado a su madre, hasta el punto que esta había acabado siendo incapaz de decidir qué ropa ponerse sin consultarle antes. Por su parte, no iba a permitir que un hombre ejerciera semejante poder sobre ella; especialmente, Adrien Agreste.
–Sí, pero no es un candidato.
– ¿Vas a renunciar entonces a la herencia?
Marinette se puso varias pulseras con colgantes.
–No quiero, pero no tengo otra alternativa. No puedo echarme a la calle y pedirle que se case conmigo al primero que me encuentre.
Alya volvió a pasear la mirada por el atuendo de ella.
– ¿Por qué no le pides al tipo con el que has quedado que se case contigo? ¿O se lo has pedido ya y te ha dicho que no?
Marinette agarró un bolso de noche, metió dentro una barra de carmín y cerró el bolso.
–No, no se lo he pedido y nunca lo haré. Sé lo que me hago, Alya. Sé cómo manejar a hombres como Adrien Agreste.
Alya abrió desmesuradamente los ojos.
– ¿Has quedado con Adrien Agreste esta noche? ¿El de los hoteles? ¿Y no te parece un buen candidato? ¿Estás loca? Es uno de los solteros más codiciados del mundo.
Marinette agarró una chaqueta de cuero de motorista y se la puso.
–Puede que a él le interese mi herencia, pero él a mí no me interesa. Prefiero acabar debajo de un puente buscando comida en los basureros antes de casarme con ese imbécil tan arrogante.
Las cejas de Alya desaparecieron por debajo de su flequillo.
– ¡Vaya, nunca te había visto tan enfadada! ¿Ha pasado algo entre él y tú?
–Adrien cree que puede conseguir a quien se le antoje; pero, a mí, de ninguna manera –Marinette esbozó una sonrisa con expresión de plena confianza en sí misma–. No te preocupes, sé cómo manejarle.
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No fue intencionado llegar tarde a su cita con Marinette, pero el tráfico le retuvo debido a un pequeño accidente en el centro de Londres.
Le había enviado un mensaje diciéndole que iba a retrasarse unos minutos, pero ella no le había contestado. La actitud de Marinette para con él era precisamente el motivo por el que iba a proponerle el matrimonio. Necesitaba una esposa durante una temporada, una mujer dispuesta a divorciarse cuando a él le conviniera. Nada de amor ni promesas. Lo que quería era un contrato con una duración de seis meses que resolvería dos problemas a la vez por medio de una breve e impersonal ceremonia.
La hijastra de un importante hombre de negocios con el que estaba en tratos, una adolescente, se había encaprichado de él y le estaba haciendo la vida imposible. Si no ponía remedio al asunto, pondría en peligro el negocio que le ocupaba últimamente, la adquisición de un hotel. La situación se había hecho crítica ahora que el padrastro de la chica iba a casarse y le había pedido que fuera testigo de su boda. Tenía que actuar y con rapidez.
De haberse tratado de un negocio más, lo habría dejado; había montones de hoteles que podía comprar. Pero ese, en concreto, era el que más deseaba. De pequeño, había mendigado a las puertas de ese hotel en Florencia. Comprarlo significaría que, por fin, había dejado atrás el pasado.
Que había dejado atrás el pasado y había triunfado.
Un matrimonio de conveniencia era lo que necesitaba e Marinette Dupain-Cheng era la candidata perfecta.
En contrapartida, él podía ayudar a Marinette a resolver su pequeño dilema, al tiempo que solucionaba el suyo. Estaba dispuesto a sacrificarse y a perder su libertad durante seis meses para conseguir el negocio que tanto deseaba; y, además, quería demostrarse a sí mismo que podía resistirse a los encantos de Marinette Dupain-Cheng. No quería desearla tanto. Le molestaba que le afectara de esa manera.
Siempre había mantenido las distancias con ella por respeto a Tom Dupain-Cheng, un hombre que tenía sus defectos. Pero él no podía olvidar la ayuda que Tom le había prestado, metiéndole en el mundo de la hostelería, lo que le había permitido dejar atrás su pasado.
Había trabajado duro para montar un imperio aún mayor que el de Tom, un imperio que compensaba con creces los miserables meses que había pasado viviendo en la calle de pequeño.
Pero ahora que su mentor estaba muerto, supuso que un breve matrimonio con Marinette no le vendría mal para quitarse esa comezón que ella le provocaba, desde hacía siete años exactamente, y al mismo tiempo le haría un favor a Marinette.
Desde que la conocía, Marinette no había hecho más que montar números y avergonzar a su padre. Había sido la típica jovencita rica, mimada, vaga e irresponsable, y seguía lo mismo ahora que ya era adulta. Seguía siendo una vividora con un cuerpo que era un pecado.
Él no podía estar en el mismo país que ella sin empalmarse, cosa que le irritaba sobremanera. La atracción que esa mujer ejercía sobre él le fastidiaba; el poder femenino que Marinette ejercía sobre él era algo distinto a lo que experimentaba con las demás mujeres.
Adrien se enorgullecía de su habilidad para controlar los impulsos más primarios, había líneas que nunca cruzaba. Sería arriesgado casarse con ella, pero estaba preparado para asumirlo. Ese matrimonio les procuraría lo que ambos querían.
A Marinette le quedaban menos de veinticuatro horas para encontrar un marido.
Pero aún no lo había encontrado.
O quizá no había querido encontrarlo.
No porque no quisiera el dinero. Él sabía que lo que más deseaba Marinette era el dinero. ¿Cómo si no iba a seguir llevando la vida que llevaba? Sí, no le iba a quedar más remedio que casarse con él para conseguirlo, por eso él se había anticipado y ya tenía listo el papeleo.
Se casarían por la mañana o ella perdería su herencia.
Y una vez que Marinette luciera en el dedo el anillo de casada, y él también, el negocio estaría a salvo.
Adrien la vio tan pronto como entró en el restaurante. Marinette estaba sentada en el bar, con un vestido corto de lame plateado que dejaba al descubierto sus largas y delgadas piernas, mucho pelo y un montón de joyería barata. El sueño de un adolescente. No pudo evitar sonreír. Sabía que acabaría aceptando su proposición matrimonial, pero se lo estaba poniendo lo más difícil posible. ¿Acaso pensaba que ese aspecto de chica fiestera iba a disuadirle?
Los ojos de ella lanzaron un brillo desafiante al verle.
–Llegas con retraso.
Adrien se sentó en el taburete contiguo y resistió el impulso de acariciarle un muslo.
–Te he mandado un mensaje para decirte que iba a llegar tarde.
Marinette alzó la barbilla.
–No me gusta que me hagan esperar –declaró ella con voz gélida.
–Es comprensible, teniendo en cuenta lo poco que te queda para encontrar un marido –comentó Adrien arqueando una ceja–. A menos, por supuesto, que hayas encontrado uno en las últimas dos horas.
La mirada que ella le lanzó fue tan fría como su voz.
–No, todavía no. Pero no he perdido la esperanza.
Adrien jugueteó con un rizado mechón de cabello de Marinette mientras le sostenía la mirada. Ella no apartó la cabeza, pero la vio tragar saliva y también advirtió cómo se le dilataban las pupilas. Olió las exóticas notas del perfume de Marinette y, con cuidado, le colocó el mechón de pelo detrás de la oreja.
–Bueno, aquí estamos, la primera vez que salimos juntos.
Los ojos de Marinette lanzaron destellos explosivos. Entonces, agarró su copa y bebió.
–Para empezar, ¿por qué no dices lo que tienes que decir? Cuanto antes acabemos, mejor.
–Me gusta cómo vas vestida –Adrien clavó los ojos en el delicioso escote de Marinette–. Hace años que no te veo tan... al descubierto.
Las mejillas de ella enrojecieron al tiempo que sus labios se apretaron hasta casi desaparecer.
–Me ha parecido el atuendo apropiado, dado que sospecho lo que vas a decirme.
–Me necesitas, Marinette. Admítelo. Me necesitas desesperadamente.
–No es verdad, no te necesito.
Adrien le agarró una mano, se la llevó a los labios y la besó.
–Cásate conmigo.
De los ojos de Marinette se desprendieron chispas azules y verdes, los músculos de su mano se contrajeron.
– ¡Vete al infierno!
Adrien le apretó la mano.
–Si mañana por la mañana no has encontrado marido, lo perderás todo. Piénsalo, Marinette. Vas a perder mucho dinero si no aceptas ser mi esposa durante seis meses.
Vio indecisión en el rostro de ella: dudas, temores, cálculos...
Marinette se había criado rodeada de lujo, no le había faltado nunca nada, pero no parecía ser consciente de ello. Había desperdiciado la educación que podría haber tenido. Debido a su comportamiento rebelde y la falta de logros académicos, la habían expulsado de varios colegios. Había saboteado todas las oportunidades que su padre le había brindado. Se comportaba como una niña mimada egoísta que esperaba heredar todos los bienes de su padre sin hacer nada por merecérselo. No era extraño que aún no hubiera conseguido un marido, teniendo en cuenta su mala fama.
Sin embargo, últimamente, Adrien se preguntaba con frecuencia si, en el fondo, Marinette no sería distinta de la imagen que daba. Tenía la impresión de que Marinette quería que todo el mundo pensara mal de ella. Marinette jamás se defendía de la mala publicidad. Era como si estuviera representando un papel, igual que estaba haciendo en esa cita, vestida de forma tan estrafalaria. Sin embargo, a pesar del atuendo vulgar que llevaba y de las numerosas capas de maquillaje que ensuciaban su rostro, él notaba en ella gestos que denotaban inseguridad.
Adrien sabía que la mayoría de la gente no la consideraba la mujer ideal para casarse, pero la situación de él requería una esposa con urgencia. Además, estaba convencido de que podría manejar a Marinette.
Los ojos de ella se endurecieron en ese momento, como si hubiera recuperado la seguridad en sí misma. Marinette apartó su mano y se la frotó.
–Lo peor que podría pasarme en este mundo es casarme contigo.
–No será un matrimonio en el pleno sentido de la palabra, solo una cuestión de papeles.
Marinette agrandó los ojos y abrió la boca.
– ¿Solo... una cuestión de papeles?
–Eso es lo que he dicho.
Marinette parpadeó varias veces, despacio, como si le pesaran los párpados.
– ¿Me das tu palabra?
Adrien la miró fijamente a los ojos.
– ¿Me das tú la tuya?
–Estás suponiendo que voy a aceptar tu proposición –dijo ella apretando los labios.
Adrien le agarró la mano izquierda y le acarició el dedo anular, el dedo sin anillo. El cuerpo de ella tembló como si él le hubiera provocado un pequeño terremoto. A él le ocurrió lo mismo, su cuerpo también se tensó; se excitó, el deseo hizo que le hirviera la sangre. Un deseo que estaba decidido a ignorar porque, al decir que iba a ser un matrimonio solo de nombre, eso era justo lo que iba a ser. Aunque para ello tuviera que sujetarse poniéndose una camisa de fuerza.
–No tienes más remedio que aceptar y lo sabes –Adrien soltó la mano de Marinette y se metió la suya en el bolsillo de la chaqueta. De ahí sacó una pequeña caja de terciopelo negro con un anillo.
–Si no te gusta puedes cambiarlo.
Marinette clavó los ojos en la caja, los achicó y, de las dos pequeñas ranuras, solo salió odio.
– ¿Tan seguro estás de que voy a aceptar?
–Soy la única posibilidad que tienes de conseguir ese dinero. Aunque, por casualidad, consiguieras encontrar a alguien que quisiera casarse contigo en el último momento, no te daría tiempo de hacer el papeleo. Yo ya me he encargado de ello. Tengo un abogado y un juez esperando. Cásate conmigo o piérdelo todo.
Marinette abrió la caja y sacó el anillo de brillantes y zafiros. Se tomó su tiempo examinándolo. Después, volvió a clavar la mirada en él y esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
– ¿Quieres que lleve esto en el dedo?
–Esa es la idea.
Marinette se bajó del taburete, le agarró de la corbata, acercó el anillo al cuello de su camisa y lo dejó caer por la abertura. El anillo le cayó hasta anclarse en su estómago.
–Gracias, pero no –para dar peso a sus palabras, Marinette le dio unas palmadas en el vientre.
Adrien le agarró la mano, la aprisionó contra su vientre y los músculos de este se contrajeron.
–Te doy dos minutos para que decidas; después, no habrá nada que hacer. Nada. ¿Entendido?
CONTINUARAAA..
Espero, que les haiga gustado no se olviden de comentar o de compartir los leoo.
