UNA UNION TEMPORAL


Descalimar: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.

Miraculous ladybog © Thomas Astruc

Adaptación © FandomMLB

Una unión temporal © Melanie Milburne


CAPITULO 3

DOS MINUTOS? Marinette sintió en su pecho el paso del tiempo como si de una bomba de relojería se tratara. Quería marcharse de allí. Quería borrarle esa sonrisa burlona de un bofetón. Quería arañarle la cara y darle patadas en las espinillas.

Pero, por otra parte, también quería agarrar ese precioso anillo de debajo de la camisa de Adrien y ponérselo en el dedo para no perder su herencia.

Adrien le había ofrecido un matrimonio solo de nombre, pero el cuerpo y los ojos de él prometían algo muy distinto. Era una promesa erótica. Si se casaba con él, no tendría que preocuparse nunca por el dinero. Podría lograr su sueño, comprar la casa donde se había criado su madre y convertirla en un lugar al que la gente pudiera ir y pudiese ser tan feliz.

No tendría nunca problemas económicos. No tendría que trabajar por un salario miserable debido a que no tenía estudios. Una vez que pasaran seis meses, sería completamente libre. No le debería nada a nadie. No tendría que someterse a nadie.

Pero, si se casaba con Adrien, no podría evitar su compañía.

Tendría que compartir su vida. Y también, en contra de lo que él había dicho, acabarían compartiendo la cama. Había visto deseo en los ojos de él. Lo había sentido en su cuerpo. Lo notaba en la atmósfera que respiraban.

¿Se atrevería a aceptar el plan de Adrien? ¿Se atrevería a casarse con un hombre al que odiaba y deseaba en igual medida?

Marinette le miró a los ojos y se dio cuenta de que no podía rechazar esa proposición. No le quedaba más remedio que fiarse de Adrien. No le quedaba más remedio que... fiarse de sí misma. Adrien la tenía acorralada y lo sabía. Lo había organizado todo. Había estado seguro de que ella iba a aceptar.

¿Por qué no había puesto más empeño en encontrar a un hombre para casarse? ¿Por qué lo había dejado para última hora? ¿Por qué había desperdiciado su última oportunidad de escapar de Adrien?

«Quizá porque no querías escapar de él».

Marinette se negó a prestar atención a la voz de su conciencia. Había querido alejarse de Adrien. Le odiaba. Le detestaba por haber conquistado el cariño y la atención que su padre le había negado a ella.

Adrien era un hombre rico debido a su propio esfuerzo, un hombre que creía que podía conseguir a cualquier mujer que quisiera.

Bien, se iba a llevar una decepción, porque ella le iba a obligar a cumplir que su matrimonio fuera tal y como habían acordado, un matrimonio solo de nombre.

Adrien respiró hondo, volvió a sentarse en el taburete y extendió la mano.

–Está bien. Dame el anillo.

–Acércate y agárralo tú –le dijo él mirándola fijamente a los ojos.

Siempre era así entre los dos, una lucha de voluntades. No soportaba que él ganara, no soportaba permitirle ejercer tanto poder sobre ella. La única forma de manejar la situación era enfrentándose a sus desafíos, demostrándole que era inmune a él, aunque no fuera así, aunque nunca lo hubiera sido. Simplemente, trataba de engañarle.

Marinette decidió armarse de valor. Se casaría con él, pero ni siquiera se tocarían... Bueno, después de que le sacara el maldito anillo de debajo de la camisa.

Respiró hondo, se plantó entre las piernas de él, le agarró la corbata y se la echó por encima del hombro izquierdo. Le desabrochó un botón hacia la mitad de la fila de botones de la camisa, justo por encima del ombligo, y el vello de él le cosquilleó los dedos. Desabrochó dos botones más y casi se mareó.

Conteniendo la respiración, se aventuró a lanzar una mirada fugaz al rostro de él y captó el burlón brillo de los ojos de Adrien que, en ese momento, le puso las manos en la cintura. Le dio un vuelco el estómago.

–Caliente, caliente –dijo él con voz ronca.

Marinette tuvo que recordarse a sí misma que debía respirar mientras le desabrochaba un botón más y metía la mano por debajo de la camisa de él en busca del anillo. Adrien respiró hondo y se estremeció ligeramente, como si el roce de los dedos de ella le estuviera produciendo descargas eléctricas. Entretanto, las manos de él, ahora en sus caderas, le estaban derritiendo los huesos, haciéndola arder.

Por fin, encontró el anillo, lo sacó y dio un paso atrás; pero los poderosos muslos de Adrien la aprisionaron.

–¿Qué haces? –preguntó Marinette casi sin respiración.

Adrien abrió una mano, exigiendo el anillo.

–Creo que es el hombre quien tiene que ponerle el anillo a su futura esposa.

Marinette dejó caer el anillo en la palma de la mano de él. Adrien le deslizó la sortija por el dedo anular y le dedicó una sonrisa acompañada de un brillo peligroso.

– ¿Me harías el honor de casarte conmigo, Marinette?

Marinette nunca le había detestado tanto como en ese momento. Se estaba burlando de ella. Estaba pulverizando su amor propio. Se estaba deleitando en el poder que, en ese momento, tenía sobre ella.

Quería controlarla.

–Sí, me casaré contigo –las palabras que salieron de su boca le supieron tan amargas como la bilis.

Adrien separó las piernas y ella, de repente, se encontró libre.

Una falsa libertad, ya que el anillo era realmente un yugo.

Adrien se levantó del taburete y le ofreció la mano.

–Tenemos una cita con un abogado y con el juez de paz que nos va a casar dentro de quince minutos. Una vez que acabemos con eso, volveremos y cenaremos para celebrar nuestro matrimonio.

Marinette miró en dirección al comedor del restaurante, desesperada por retrasar lo inevitable.

– ¿No tienes que decirle al maître que nos guarde la mesa?

–Ya se lo he dicho –respondió Adrien sonriendo.

Marinette parecía una estatua de piedra durante la breve ceremonia. Cinco minutos antes, había firmado un contrato prematrimonial delante del abogado de Adrien. No le había importado. No obstante, ¿había pensado Adrien que iba a reclamarle dinero una vez que el matrimonio llegara a su fin?

No quería el dinero de él, lo que quería era el suyo.

Marinette intentó no pensar en las palabras que se dijeron el uno al otro, en los votos; y tampoco en cómo iba vestida. ¿Por qué había sido tan estúpida y cabezota? En fin, ¿qué importancia podía tener? Solo estaba pronunciando unas palabras que no significaban nada para ella. Y a Adrien le ocurría lo mismo.

Intentó pensar en el dinero. Montones de dinero que le permitirían comprar, recuperar la casa de sus abuelos y convertirla en algo especial, algo que honrase la memoria de su madre. La casa de sus abuelos había sido vendida tras su muerte a causa de un accidente automovilístico poco después del fallecimiento, su padre había insistido en utilizar ese dinero para invertirlo en los negocios. Incluso de recién casados, su padre había echado mano del dinero de su mujer para levantar su imperio económico; después, le había dicho a todo el mundo que lo había hecho con su propio esfuerzo.

Su madre nunca había tenido la valentía de encararse con él. Le había entregado todo lo que tenía: su dinero, su orgullo y su amor propio.

Pero ella no iba a ser esa clase de esposa, la clase de esposa que decía a todo que sí. No iba a someterse a la voluntad de Adrien, al contrario de lo que le había ocurrido a su madre con su marido.

Marinette iba a ser fuerte e iba a desafiar a Adrien hasta el amargo e inevitable final. Adrien le deslizó el sencillo anillo de casada de oro blanco por el dedo. Su mirada parecía decir: «Misión cumplida».

A Marinette le sorprendió que él también estuviera dispuesto a llevar su anillo de casado, que ella, a su vez, le colocó en el dedo.

–En este momento os declaro marido y mujer –dijo el juez sonriendo a Adrien–. Puede besar a la novia.

Adrien soltó las manos de ella y declaró:

–No será necesario.

Marinette se lo quedó mirando mientras trataba de disimular su sorpresa. ¿O era alivio lo que sentía? No, no era alivio, sino furia. Cólera contenida. ¿Por qué no quería besarla Adrien? Al fin y al cabo, era parte de aquella farsa, era algo que debían hacer de cara a la galería.

Una profunda ira, fría y dura, se apoderó de ella. ¿Cómo se atrevía Adrien a ponerla en ridículo delante del juez y de los testigos? Maldito hombre. Pero no se iba a conformar, iba a obligarle a besarla.

Con expresión fingidamente dulce, le miró a los ojos.

–Cariño, estaba deseando que llegara esta parte de la ceremonia.

Sé que no te gustan las demostraciones de afecto en público, pero... ¿en esta ocasión tan especial? No querrás que piensen que no me quieres, ¿verdad?

Adrien la miró a los ojos antes de clavar los suyos, oscurecidos, en la boca de ella. Entonces, sus bocas entraron en contacto, un roce suave, como el de una pluma, al principio. Después, él presionó, sellándole la boca al tiempo que, con una mano en su espalda, la estrechaba contra sí.

Marinette había disfrutado, y muchas veces soportado, besos. Pero jamás había sentido lo que la boca de Adrien le estaba haciendo sentir.

Era algo eléctrico, excitante y erótico. La barba incipiente de él le raspó el rostro, haciéndola temblar de los pies a la cabeza.

Adrien abrió la boca y le lamió el labio inferior con una lentitud que hizo que las piernas estuvieran a punto de doblársele. Se agarró a las solapas de la chaqueta de él para sostenerse, para apretarse contra él. Pero con ello solo consiguió desearle más.

Mientras continuaban besándose, Marinette se oyó gemir, traicionándose a sí misma. Su único consuelo era que Adrien parecía estar disfrutando tanto como ella.

Entonces... todo se acabó.

Adrien apartó las manos de ella y dio un paso atrás. Su expresión era inescrutable.

–Si no vamos ya, nos van a quitar la mesa –dijo Adrien.

Esas palabras fueron como una bofetada e Marinette se preguntó si no se habría imaginado el beso que se habían dado. Pero, en ese momento, vio a Adrien pasarse la lengua por los labios, como si aún estuviera relamiéndose del sabor de ella.

Marinette esperó a estar dentro del taxi, que iba a llevarles de vuelta al restaurante, para encararse con él.

– ¿A qué ha venido todo eso?

Adrien estaba mirando unos mensajes que le habían enviado al móvil y ni siquiera levantó la cabeza.

– ¿A qué te refieres? –preguntó él sin mostrar ningún interés, como si estuviera en un taxi con una desconocida con la que no tenía nada de qué hablar.

Marinette le arrebató el móvil y le miró furiosa.

– ¿Te importaría mirarme cuando te hablo?

La expresión de él no mostró tensión, pero ella la sintió. Adrien era un especialista en ocultar lo que sentía, pero su lenguaje corporal sugería que le estaba costando controlarse más de lo que le gustaría.

– ¿Te refieres a ese beso? –Adrien le miró los labios; después, los ojos, pero lo hizo con dureza y frialdad, al tiempo que esbozaba una cínica sonrisa–. Creía que habíamos quedado en que nuestro matrimonio solo iba a ser de nombre, nada más. ¿O has cambiado de idea?

Marinette lanzó una falsa carcajada. Entonces, le devolvió el móvil, con cuidado de no rozarle siquiera.

–Ni en sueños, Agreste.

–Cuando estemos con otra gente, será mejor que me llames por mi nombre de pila y que, además, utilices palabras afectivas y cariñosas –declaró él con una nota autoritaria en la voz que la encolerizó–. No voy a permitir que hagas nada que pueda sugerir que nuestro matrimonio no es normal. ¿Entendido?

Marinette miró al conductor del taxi, detrás de una separación de cristal que le impedía oír lo que decían. Entonces, se volvió a Adrien, furiosa.

– ¿Crees que voy a hacer lo que tú quieras? Si es así, será mejor que lo olvides. No te has casado con un felpudo.

–No. Me he casado con una niña mimada que, a los veinticinco años, no sabe comportarse como una mujer adulta –contestó él con seriedad y dureza–. Nos pelearemos todo lo que quieras en la intimidad; pero, en público, nos comportaremos como cualquier otra pareja de recién casados, enamorados y entregados el uno al otro.

Marinette cruzó los brazos para no darle un bofetón.

– ¿Y si no quiero?

Adrien la miró fijamente.

–Si alguno de los dos decide renunciar a este matrimonio antes de que se cumplan seis meses, serás tú la que va a perderlo todo. Te interesa tenerme contento. Yo tengo mucho menos que perder que tú.

Marinette frunció el ceño.

– ¿Qué vas a sacar tú de este matrimonio exactamente? Aún no me has dicho por qué querías casarte conmigo –le avergonzaba no haberlo preguntado antes. Aunque, en realidad, no había dispuesto de mucho tiempo. No obstante, la hacía parecer tonta e ingenua.

Adrien se metió el móvil en un bolsillo de la americana.

–Mis motivos son muy sencillos. En estos momentos, me viene bien estar casado durante unos meses –Adrien le dedicó una sonrisa falsa–. Los dos necesitábamos casarnos, por diferentes motivos, y aquí estamos.

–Pero... ¿por qué yo?

Adrien se encogió de hombros.

–Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

«Tú a mí no me conoces». Pero Marinette se tragó esas palabras. No quería que Adrien la conociera... ¿o sí? Erradicó esos pensamientos.

– ¿Qué crees que va a pensar la gente de nuestro matrimonio? ¿Y los de la prensa? Nunca se nos ha visto juntos, aparte de en algunas de las fiestas de mi padre. Y en el funeral apenas me dirigiste la palabra.

–Ya he informado a los medios de comunicación –Adrien palmeó el móvil que tenía en el bolsillo–. Cuando lleguemos al restaurante, ahí estarán, esperándonos.

Marinette, presa del pánico, abrió la boca.

– ¡No puedo presentarme vestida así! ¿Qué van a pensar?

–Deberías haberlo pensado antes –respondió él con una sonrisa maliciosa.

Marinette se inclinó hacia delante y dio unos golpes en el cristal de separación del taxi.

–Pare –le dijo al taxista.

El taxista miró a Adrien.

– ¿Señor?

–Continúe –dijo Adrien, también inclinándose hacia delante.

–No. Ni se le ocurra seguir –insistió Marinette, pero Adrien le agarró un brazo–. Suéltame. Quiero bajarme del taxi. Esto es un secuestro. Esto es...

–Esto es que asumas la responsabilidad de tus actos –declaró él con mirada oscura, impenetrable.

Marinette se pasó la lengua por los labios resecos mientras el corazón le golpeaba el pecho. No podía. No podía permitirle que la obligara a hacer el ridículo. Tendría que cambiar de táctica.

–Por favor, Adrien –dijo ella al tiempo que se zafaba de él y se llevaba las manos a las sienes–. ¿Podría ir antes a casa para cambiarme? Henri's es un restaurante de lujo. No sabía lo que iba a pasar esta noche. Ha sido todo tan repentino... Yo...

–Has dispuesto de tres meses para encontrar marido.

Marinette se cubrió la boca y la nariz con una mano. No quería ponerse en ridículo delante de él, permitirle que viera lo vulnerable que se sentía. Debía ser fuerte. Fuerte e invencible; de lo contrario, se derrumbaría.

No sería la primera vez que se sentía al borde del precipicio.

Se había esforzado mucho para sentirse fuerte otra vez.

«No debes llorar. No debes llorar. No debes llorar».

–Lo sé, pero... me daba miedo cometer una equivocación, casarme con un hombre del que no pudiera fiarme, un hombre que lo pusiera todo difícil –Marinette bajó la mano y miró a Adrien–. No se trata de una situación normal, ¿verdad? ¿Cuántos padres harían a sus hijas lo que el mío me ha hecho a mí? ¿La única hija que le quedaba?

Adrien la miró fijamente unos instantes.

–Tu padre te quería, pero le decepcionabas constantemente. Le dolía muchísimo que no aprovecharas las oportunidades que él te dio.

Marinette cerró los ojos y se recostó en el respaldo del asiento.

–Sí, así soy yo, una constante decepción –Marinette lanzó un suspiro.

Se hizo un prolongado silencio. Después, Adrien se inclinó hacia delante y descorrió el cristal que les separaba del conductor.

–Cambio de planes.


CONTINUARAA.

COMENTEN SU PARTE FAVORITA ME ANIMAN A SEGUIR LA HISTORIA.