UNA UNION TEMPORAL


Descalimar: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.

Miraculous ladybog © Thomas Astruc

Adaptación © FandomMLB

Una unión temporal © Melanie Milburne


CAPITULO 4

ADRIEN ESPERÓ en el cuarto de estar a que Marinette se cambiara de ropa. Intentó no pensar en el beso que se habían dado al final de la ceremonia, un beso que había estado a punto de hacerle perder el control. Después de años de soñar con besarla, no se había visto decepcionado. La boca de Marinette era suave y tan apasionada como se había imaginado. Más aún. Había sido como probar un delicioso néctar del que temía no poder saciarse.

Seguía saboreándola. Seguía sintiendo las caricias de la lengua de Marinette y sus hermosos senos contra su duro pecho. Y quería más, igual que un adolescente. Se enorgullecía de su autocontrol y, sin embargo, esos suaves labios le tentaban a cambiar los términos del acuerdo al que habían llegado.

Sí, Marinette le tentaba mucho. Era un verdadero peligro.

¿Por qué Marinette le afectaba tanto? Mientras se besaban, había llegado a olvidar dónde estaban y en presencia de quiénes estaban.

Con todos sus sentidos centrados en ella, pensando solamente en lo mucho que la deseaba. La sangre le había hervido en las venas.

¡Maldición, seguía hirviéndole en las venas!

Necesitaba algo más que una ducha fría. Necesitaba un baño de hielo. Necesitaba controlarse a sí mismo. Deseaba a Marinette, la deseaba con desesperación, pero eso no significaba que fuera a dejarse llevar por el instinto. No iba a permitir que su relación se complicara.

Adrien paseó la mirada por la estancia y se preguntó cómo una mujer joven de familia rica podía vivir en un espacio tan reducido y abigarrado. El mobiliario parecía de segunda mano y, aunque de moda, distaba mucho del lujo al que ella estaba acostumbrada. Marinette, obstinadamente, se había negado a vivir en el piso de Hempstead que su padre le había regalado al cumplir los veintiún años. Ahora era parte de su herencia, aunque llevaba alquilado cuatro años.

¿Vivía Marinette como una estudiante pobre solo por contrariar a su padre?

Fue entonces cuando su mirada se posó en un montón de libros de texto encima de una mesa al lado del sofá en la que también había un ordenador portátil. Se fijó en los títulos, todos ellos sobre trabajo social, y frunció el ceño. ¿Esos libros pertenecían a la compañera de piso de Marinette o Marinette estaba estudiando por Internet? Quizá el ambiente de estudiante pobre del piso era una realidad. No obstante, Marinette se había apuntado a muchos cursos en el pasado y había fracasado estrepitosamente.

A Adrien siempre le había costado entender la actitud de ella hacia su padre. Por su parte, siempre había considerado a Tom Dupain-Cheng un padre perfecto y seguía pensando que Tom no se había merecido nunca el comportamiento de Marinette para con él. La actitud rebelde de ella había avergonzado enormemente a Tom y le había causado mucho dolor.

Adrien no conseguía simpatizar con Marinette porque el único padre que había conocido había sido su padrastro, un sinvergüenza que había dado un sinfín de palizas a su madre. Y, cuando él trató de defenderla en una ocasión, su padrastro le puso de patitas en la calle.

A los catorce años de edad.

Adrien no soportaba recordar el pasado. Ya no era el chico aterrorizado sin un techo sobre su cabeza. El chico preocupado por su madre que, al ir al día siguiente a por ella para ayudarla a escapar después de que su padrastro le echara de casa, su desesperación fue absoluta cuando su madre le pidió que se marchara, que ya no quería nada con él. Su madre había preferido quedarse con su violento marido a marcharse con su hijo. Durante días le había sangrado la herida que el golpe de su padrastro le había causado, una cicatriz era muestra de ello, el permanente recuerdo de una terrible relación.

De no haber sido por el afortunado y accidental encuentro de él con el padre de Marinette, no sabía qué habría sido de él. Había pasado de mendigar por las calles, pidiendo comida delante de los hoteles y restaurantes, a ser el propietario de algunos de los hoteles más lujosos de Europa. Con la ayuda de Tom, ahora tenía una vida muy diferente a la de su infancia, un futuro prometedor.

Y, durante los próximos seis meses, ese futuro incluía a Marinette, como su esposa.

Marinette apareció con un vestido azul marino que le llegaba a la rodilla, mangas tres cuartos, y unos zapatos de tacón de terciopelo. El color del vestido acentuaba el azul de sus ojos, un azul inalcanzable en esos momentos, tan impenetrable como una lejana galaxia en medio de una oscura noche. Le brillaban los labios, y él no pudo evitar pensar en el beso. En el sabor de ella. En cómo Marinette había respondido. En cómo el ardor de ella había encendido el suyo.

–Ya estoy lista.

Adrien señaló los libros de texto y el ordenador.

– ¿Es esto tuyo?

–Sí. ¿Y qué? –respondió Marinette alzando la barbilla.

– ¿Estás sacándote un título?

Marinette apartó los ojos de él.

– ¿Y qué si estoy estudiando para sacarme un título?

–Marinette –Adrien le rozó la mano y ella clavó los ojos en los suyos.

Adrien sabía que no debería tocarla, pero la tentación estaba siempre ahí, al acecho. Marinette era como una droga imposible de resistir.

Y ahora que la había besado, que la había tenido en sus brazos, iba a tener que hacer un esfuerzo ímprobo para controlarse.

Marinette apartó la mano inmediatamente.

– ¿Y? –le instó ella con voz gélida.

–Me parece estupendo que estés estudiando. En serio –Adrien estiró y contrajo los dedos para deshacerse del hormigueó que el roce con ella le había provocado–. ¿Estás estudiando para hacerte trabajadora social?

–Fui a unas clases extras por la noche para pasar el examen de ingreso. Ahora... me las apaño más o menos.

–Estoy seguro de que vas bien –dijo Adrien, preguntándose si, en el pasado, Marinette no había fracasado en los estudios más por elección que por falta de habilidad–. Tenemos que hablar de cómo vamos a vivir.

Mejor dicho, de cómo y dónde vas tú a vivir.

Marinette abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿Qué?

–Ahora que estamos casados, se espera de nosotros que vivamos bajo el mismo techo y...

–No voy a vivir contigo –Marinette se apartó de él y, desde el otro lado de la estancia, se volvió y le lanzó una furiosa mirada–. Lo tenías todo planeado, ¿verdad? Has conseguido que me case contigo y ahora quieres que me vaya a vivir contigo. Pues no, no voy a hacerlo. No voy a vivir contigo.

–He dicho bajo el mismo techo, no en la misma cama –declaró Adrien con frialdad–. Aunque, si cambiaras de idea, no me opondría a satisfacer tus deseos.

« ¿Qué demonios estás haciendo?». Pero Adrien no quería oír la voz de su conciencia. Su conciencia se podía ir a tomar el fresco.

Deseaba a Marinette y ella le deseaba a él. Sintió el deseo de ella como si de una corriente de aire se tratara, la misma corriente que le sacudía el cuerpo a él.

Marinette tenía las mejillas encendidas y las manos cerradas en dos puños.

–No voy a cambiar de idea. Te detesto. Me das asco.

–No era eso lo que me pareció cuando me besaste al final de la ceremonia.

Los ojos de ella lanzaron chispas venenosas.

–Fuiste tú quien me besó.

–Pero porque tú me lo pediste, ¿no te acuerdas? Casi me lo rogaste...

Marinette agarró un cojín y se lo tiró, pero no dio en la diana y tiró una foto enmarcada.

Adrien se agachó, recogió el cojín y la foto, dejó la foto al lado de la lámpara, encima de la mesa de la que había caído, y colocó el cojín en el sofá.

–A partir de ahora, nada de violencia. Nunca. Bajo ninguna circunstancia.

La expresión de ella mostró un profundo resentimiento.

–Me has provocado.

–Eso no importa. Al margen de cualquier provocación, es inaceptable tirar algo a alguien, ni siquiera un cojín. Yo tampoco lo haré de eso no te quepa duda. Tienes derecho a sentirte segura conmigo.

Eso te lo prometo.

Marinette se mordió el labio inferior y le miró fijamente.

–De acuerdo. Pero sigo sin querer vivir contigo.

–Me temo que eso no es negociable –respondió Adrien–. Mañana por la mañana me encargaré de que una empresa de mudanzas venga a recoger tus cosas. Esta noche la pasaremos en mi hotel de Mayfair.

Mañana tomaremos un avión para ir a Italia, a mi villa de Positano.

–Pero... ¿y mi alquiler aquí? –Preguntó ella frunciendo el ceño–. Tengo que pagar el alquiler aunque no esté aquí, mi compañera de piso...

–Yo hablaré con el casero y con tu compañera de piso, me encargaré de pagar.

– ¿Y mi trabajo?

–Mañana presentarás tu dimisión y, en vez de trabajar, te dedicarás a tus estudios. No necesitarás trabajar a menos que eso sea lo que quieras hacer. No tomarás posesión de tu herencia hasta pasados seis meses; pero, hasta entonces, te pasaré una mensualidad, generosa, para que no te falte de nada.

Los ojos de Marinette volvieron a lanzar chispas.

–Solo mi libertad.

–Marinette –Adrien lanzó un prolongado suspiro–, tu libertad depende de cumplir las condiciones impuestas por tu padre en el testamento. Estoy facilitándote las cosas. Así que... lo menos que puedes hacer es agradecérmelo.

Marinette hizo una mueca burlona.

– ¿Quieres que me ponga de rodillas delante de ti y te muestre mi gratitud ahora mismo?

Algo se movió en su entrepierna tras el erótico desafío. No se le ocurría nada mejor que la lengua y la boca de Marinette para satisfacer su deseo. ¿Había deseado alguna vez a una mujer tanto como deseaba a

Marinette? Despertaba en él instintos primitivos, una pasión que apenas podía controlar. Cada vez la deseaba más, era como un virus. Estaba loco por ella.

–Mete en una bolsa de viaje lo que necesites para pasar la noche –dijo él haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad que poseía–. Te esperaré en el taxi.

Marinette guardó silencio en el taxi hasta que se detuvo delante de la entrada del lujoso hotel de Adrien en Mayfair. Los reporteros esperaban arremolinados bajo el toldo carmesí y dorado de la entrada del antiguo edificio.

¿Les había informado Adrien de su llegada con antelación o los periodistas habían asumido que la llevaría allí a pasar la... la noche de bodas? Al fin y al cabo, allí era donde Adrien vivía cuando estaba en Londres; aunque, la mayor parte del tiempo, residía en una casa que tenía en Positano y en otra que tenía en Florencia.

Marinette le miró frunciendo el ceño.

– ¿No íbamos a ir a Henri's a cenar?

–Ha sido un día muy largo –respondió él con un aire de confianza en sí mismo reflejado en el brillo de sus ojos–. Creo que a los dos nos vendría bien acostarnos pronto, ¿no te parece?

Marinette no pudo controlar un ligero temblor que le recorrió el cuerpo.

Era como si le hubieran inyectado champán en las venas, la sangre le burbujeaba y el corazón le latía con fuerza, apenas podía contener una excitación prohibida.

Pero no podía. No podía quedarse a solas con él sin antes recuperar el control sobre sí misma. Carecía de defensas contra la atracción que sentía por él. Tenía miedo a que fuera una batalla perdida.

–Tenía ganas de cenar en Henri's. Es uno de mis restaurantes preferidos. Tengo hambre y...

–No te preocupes, encontraremos algo en mi hotel que consiga satisfacer tu apetito –algo en el tono de voz de Adrien le hizo pensar que no se estaba refiriendo a la comida precisamente–. Yo me encargaré de responder a los reporteros. Y no lo olvides, se supone que estamos locamente enamorados y, oficialmente, al principio de nuestra luna de miel.

Un portero del hotel se les acercó para sacar la bolsa de viaje de

Marinette del taxi. Adrien la ayudó a abrirse paso a través del grupo de reporteros, aunque se detuvo el tiempo suficiente para decirles que les gustaría estar solos para celebrar su matrimonio. Les felicitaron con entusiasmo. Y, con algunos de sus comentarios, Adrien dio la impresión de que ella había estado esperando aquel momento casi toda su vida. Para vomitar. Estaba más furiosa que nunca. ¿Cómo se atrevía

Adrien a decirle a todo el mundo que él le gustaba desde que era una adolescente?

No era verdad.

Jamás sería verdad.

Las cámaras se dispararon como pistolas, les acercaron los micrófonos con tanta agresividad que Adrien tuvo que protegerla alzando una mano a modo de escudo.

–Gracias. Gracias a todos –dijo él–. Por favor, déjennos solos, queremos disfrutar de nuestra primera noche juntos.

«Su primera noche juntos...».

Esas palabras la hicieron estremecer mientras se le aceleraba el pulso. El brazo de Adrien alrededor de su cintura era como un cable de acero; pero, por extraño que fuera, se sintió protegida. No se sintió tan violentada como de costumbre cuando los reporteros la acosaban.

Adrien se había asegurado de que nadie se le acercara demasiado.

Pero ese trato especial solo era de cara a la galería, Adrien estaba representando bien el papel de amante esposo delante de las cámaras.

A pesar de ello, el desprecio que sentía por él disminuyó.

Adrien la condujo a un ascensor privado que solo utilizaba el personal del hotel. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, el resto del mundo quedó fuera. Inmediatamente, ella se apartó hasta el fondo del elevador, cruzó los brazos y le lanzó una furiosa mirada.

Con indolencia, Adrien se apoyó en una de las paredes del ascensor.

–Parece que hemos despertado el interés de mucha gente, cara –la perezosa sonrisa de Adrien se multiplicó en los espejos del ascensor–. La heredera y enfant terrible con el multimillonario de la hostelería. Suena bien, ¿no?

Marinette apretó los dientes hasta que casi le dolieron.

– ¿Crees que era necesario soltar tanta basura sobre mí? En mi opinión, no. No era necesario y a mí jamás me has gustado.

La mirada de él se paseó por su cuerpo, desnudándola con los ojos. Un intenso calor ancló en su entrepierna cuando Adrien, por fin, clavó los ojos en los suyos. Unos ojos ardientes. Unos ojos que hacían agujeros en su ropa.

–Siempre me has deseado, cara. Lo noto cada vez que me miras.

–Eso es lo que te pasa a ti –Marinette alzó la barbilla–. He notado cómo me miras. ¡Y, por favor, deja de llamarme cara!

Adrien pulsó el botón de emergencia del ascensor y este se paró.

Igual que le ocurrió a la respiración de ella.

– ¿Qué... qué haces?

Adrien se le acercó y se detuvo delante de ella, tan cerca estaba que sus muslos entraron en contacto. Adrien plantó las manos a ambos lados de su cabeza, arrinconándola con los brazos y con la espalda pegada a la pared. Los ojos Verdes de Adrien taladraron los suyos.

–No niego que te desee, tesoro mío. Te deseo y mucho. Pero creo que tú me deseas más a mí, ¿no es verdad?

Adrien le separó las piernas con una suya e Marinette respiró con un jadeo cuando los duros músculos de él entraron en contacto con su pelvis.

Marinette no podía respirar. El corazón le latía con tanta fuerza que temió fuera a salírsele del pecho. Todos y cada uno de los poros de su cuerpo eran conscientes de Adrien. No podía dejar de mirar esos sensuales y viriles contornos de la boca de Adrien, que obraban magia contra los suyos. Se humedeció los labios mientras él la observaba.

–Puede que haya gente que esté esperando al ascensor – comentó Marinette con una voz que más parecía un graznido.

Adrien sonrió, sus ojos se oscurecieron aún más.

–Este es mi hotel. Mi ascensor. Y tú eres mi esposa.

Marinette había tenido la intención de apartarle de un empujón; pero, sin saber cómo, acabó agarrada a la camisa de él. Los pectorales de Adrien eran como bandejas de acero; su aroma, una fragancia cítrica, casi la mareó.

–Solo oficialmente.

–De momento –Adrien bajó la cabeza y le acarició la mejilla con la suya, enfebreciéndola–. Pero... ¿cuánto crees que va a durar así?

Un insoportable deseo se apoderó de ella, en oleadas, sacudiéndola hasta el punto de que apenas podía sostenerse en pie.

¿Había sentido alguna vez una pasión tan fuerte, tan sobrecogedora?

Era como una fiebre, algo que le impedía pensar en cualquier cosa que no fuera lo que Adrien la hacía sentir.

–No voy a acostarme contigo, Adrien.

«Pero es lo que querría. Lo que quiero con desesperación».

Andrea acercó la boca a la suya hasta casi rozarla, sus alientos se mezclaron. La acarició con el muslo y las piernas de ella estuvieron a punto de doblarse.

–Lo pasaremos muy bien juntos, cara. Mejor que bien.

Marinette le agarró por la camisa con más fuerza, pero seguía sin apartarle de un empujón. «¿Por qué no lo haces?». La alarma de su conciencia era demasiado débil para prestarle atención. La pasión que

Adrien despertaba en ella era demasiado fuerte, demasiado poderosa. Marinette cerró la distancia que separaba sus bocas, apretó los labios contra los de él y le sintió responder.

Adrien, tomando el control, le acarició los labios con la lengua, le penetró la boca y se la devoró.

Marinette se apretó contra él, le rodeó el cuello con los brazos y hundió los dedos en sus cabellos. Se puso de puntillas para sentir aquel delicioso cuerpo contra el suyo todo lo posible que fuera. La fricción la hizo arder. Aplastó los senos contra ese duro pecho y, de repente, se dio cuenta de lo sensibles que eran, de que parecían estar anticipando las caricias de él, los lamidos, los pequeños mordiscos...

Gimió contra la boca de Adrien, quería más, necesitaba más, anhelaba más. Él continuó besándola, jugueteando con su lengua con eróticos movimientos. Sintió como si estallaran cohetes en su cuerpo.

Nadie la había hecho sentir nada parecido. Hasta ese momento, había fingido para no admitir su fracaso.

Pero Adrien había desencadenado en ella una sensualidad que no creía haber poseído. La tensión de su pelvis aumentó, se acrecentó... Las piernas, los muslos... por todas partes sentían una insoportable desazón. No era capaz de pensar mientras Adrien continuaba frotándole el sexo con el muslo como si supiera lo que le estaba ocurriendo. No, no podía ser que estuviera sintiendo aquello...

¿Cómo podía pasar con tanta facilidad? ¿Cómo podía Adrien tener tanto poder sexual sobre ella? ¿Cómo podía hacerla derretirse de esa manera?

Marinette jadeó mientras la ola subía y subía hasta el momento en que rompió con un estruendo, haciendo que sus sentidos estallaran en mil pedazos.

Marinette abrió los ojos y, al ver la expresión triunfal de Adrien, volvió a cerrarlos, apretando bien los párpados. ¿Por qué se lo había permitido? ¿Por qué le había permitido a Adrien dejarla hecha un trapo, incapaz de resistirse a la tentación de sus caricias? ¿Por qué no había opuesto resistencia? ¿Dónde estaba su fuerza de voluntad? ¿Dónde se había escondido su amor propio? ¿Por qué le había dejado salirse con la suya de un modo tan vergonzoso?

No era Adrien quien no podía controlarse.

Era ella. Y él se lo había demostrado.

Marinette no había creído posible odiar tanto a una persona por el simple hecho del placer que le daba esa persona. Si Adrien podía hacerle lo que le había hecho con solo un muslo, ¿cómo sería si hicieran el amor?

Adrien le alzó la barbilla.

– ¿Qué te había dicho? Dinamita.

Marinette hizo acopio del poco orgullo que le quedaba. Le apartó de un empujón y adoptó una expresión de fría indiferencia.

– ¿Cómo sabes que no estaba fingiendo?

Él la miró fijamente durante unos segundos.

–No tienes por qué avergonzarte de nada. Haré que nuestro matrimonio sea satisfactorio –Adrien apretó un botón y el ascensor se puso en marcha otra vez–, para los dos.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Adrien la empujó poniéndole una mano en el codo. Marinette sabía que debería apartarle la mano, pero no lo hizo, le gustaba.

Adrien abrió la puerta de su ático y, después, se volvió hacia ella.

– ¿Quieres que te levante en brazos para cruzar el umbral?

Marinette le lanzó una mirada asesina.

–Ni se te ocurra.


CONTINUARAA.

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