UNA UNION TEMPORAL


Descalimar: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.

Miraculous ladybog © Thomas Astruc

Adaptación © FandomMLB

Una unión temporal © Melanie Milburne


CAPITULO 5

MARINETTE SE adentró en la suite y, a sus espaldas, oyó cerrarse la puerta con un «clic». Cuando Adrien se acercó a ella por la espalda, el corazón le dio un pequeño vuelco y le temblaron las piernas.

Era la esposa de Adrien.

Adrien era su marido.

Estaban solos.

En la suite del hotel de Adrien.

Sentía aún desazón en el cuerpo por la intimidad a la que él la había sometido. Una intimidad que no debería haber permitido. ¿Por qué no lo había impedido? ¿Por qué había dejado que Adrien le demostrara que le deseaba más que él a ella? La balanza del poder estaba de parte de Adrien.

Marinette respiró hondo y miró a su alrededor. El decorado de la suite era deslumbrante, pero no exagerado. Las arañas de cristal que colgaban del techo, la espesa alfombra gris blanquecino y los sofás tapizados en terciopelo azul grisáceo salpicados de cojines conferían a la estancia un ambiente acogedor y tranquilo. Las lámparas, con la luz reducida, proyectaban una suave luminosidad que dotaba a la estancia de una atmósfera íntima. Era una suite propia de un hombre; sin embargo, poseía toques delicados, como los jarrones con flores y las pequeñas mantas de cachemira posadas con elegancia sobre los sofás.

Las cortinas eran de la misma tela que los sofás y estaban descorridas, mostrando la vista.

Marinette se paseó por la estancia, pero se detuvo para contemplar un cuadro en la pared; original, nada de copias, por supuesto. La suite comprendía una zona de comedor, adyacente al salón, un dormitorio y un cuarto de baño. Se asomó al dormitorio e inmediatamente vio su bolsa de viaje encima de una banqueta tapizada. Sin duda, la habían llevado mientras Adrien y ella estaban entretenidos en el ascensor.

Cerró la puerta del dormitorio, se volvió y miró a Adrien.

– ¿Y el otro dormitorio?

–No hay ningún otro dormitorio –Adrien se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de uno de los sofás–. Tendrás que dormir en el mío.

Marinette sintió un hormigueo en el estómago.

– ¿Qué? ¿Qué clase de vivienda es esta que solo tiene un dormitorio?

La expresión de Adrien era inescrutable.

– ¿Va a ser eso un problema para ti?

–Claro que es un problema –se alejó de él todo lo que pudo y le lanzó una mirada asesina–. Ya te he dicho que no voy a acostarme contigo. Quiero mi propio cuarto.

Marinette se cruzó de brazos y plantó los pies con firmeza en el suelo antes de añadir:

–Quiero una suite para mí sola.

Adrien, con indolencia, se aflojó la corbata sin dejar de mirarla.

–Me temo que eso es imposible.

– ¡Eres el propietario de este hotel! –exclamó Marinette con voz estridente.

Sabía que su reacción, más propia de una virgen, podía considerarse excesiva dada la fama que tenía, pero no podía compartir habitación con él. Eso significaría compartir la cama también. Ya había compartido el ascensor con Adrien y... ¡cómo había acabado!

Adrien se quitó la corbata y la dejó junto a la chaqueta; después, se desabrochó dos botones de la camisa. La tranquilidad con la que se movía era lo opuesto a lo que ella sentía, lo que la enfurecía aún más.

–Exacto –dijo él con unos ojos imposiblemente oscuros–. Por eso es por lo que vas a quedarte aquí, en esta suite. No voy a permitir que mis empleados piensen que nuestro matrimonio es una farsa.

Marinette volvió a pasearse por la estancia, para evitar la tentación de desabrocharle el resto de los botones de la camisa. Con un esfuerzo ímprobo, apartó los ojos de ese moreno y musculoso pecho salpicado de vello. Tenía que controlarse. Se suponía que debía enfrentarse a él, resistirse a él, no mirarle boquiabierta como una hambrienta de sexo.

Adrien parecía disfrutar viéndola tan perdida. Mientras que él era la viva imagen de la calma y la tranquilidad. Parecía un gato a punto de lanzarse sobre un ratón que tenía acorralado, esperando el momento oportuno para clavarle las garras.

«No me va a clavar las garras».

Marinette enderezó la espalda.

–No creas que voy a acostarme contigo y a permitirte que vuelvas a tocarme. Si lo haces, gritaré y montaré un escándalo.

Adrien lanzó una profunda carcajada.

–No me molestan los gritos en mi dormitorio. Cuantos más altos, mejor.

Marinette se acercó a una de las ventanas. No podía permitirle que le hiciera eso, que la redujera a una niña enrabietada. Tenía que adoptar una actitud fría, no dejarse influir por él. Adrien la estaba humillando a propósito, porque sabía lo mucho que ella le odiaba. Estaba intentando llevar la voz cantante en su relación. Y ella le hacía un favor cada vez que se enrabietaba.

Tenía que cambiar de estrategia para llevarle la delantera.

«Piensa. Piensa. Piensa».

Marinette respiró hondo para calmarse y, de nuevo, se volvió de cara a él.

–Está bien, tú ganas. Me acostaré en tu cama. Pero te lo advierto, me muevo mucho cuando duermo.

Andrea no pareció dar muestras de satisfacción por haberla convencido. Y ella se preguntó qué estaría pensando tras esa impenetrable mirada.

–Quizá yo pueda hacer algo para que te relajes, ¿no?

Marinette se dio media vuelta para evitar que Adrien viera el deseo que estaba reprimiendo. ¿Por qué era él el único hombre que podía hacerle aquello, que podía excitarla sexualmente en la misma medida en que la enfurecía?

–Voy a darme una ducha.

Marinette empezó a caminar en dirección al dormitorio con el cuarto de baño.

– ¿Y la cena?

–No tengo hambre.

–Puede que te entre hambre después de la ducha –dijo él–. Pediré que traigan comida.

Marinette cerró la puerta del dormitorio sin responder. Se apoyó en la puerta y lanzó un profundo suspiro mientras se preguntaba cómo iba a sobrevivir toda la noche acostada al lado de Adrien. Iba a ser algo semejante a una adicta al chocolate en una fábrica de chocolate a quien se le había prohibido probarlo. ¿Cómo iba a reprimirse para no tocarle?

¿Y si él la tocaba? Teniendo en cuenta que se deshacía con solo una mirada de Adrien.

¿Y sus defensas?

¿Y su fuerza de voluntad?

Se apartó de la puerta y se dirigió al lujoso cuarto de baño, de mármol, en los mismos tonos gris azulado que el dormitorio, con bañera blanca, dos lavabos y espejos con marcos plateados. Las toallas eran suaves y tan grandes como mantas, los toalleros plateados. La ducha era enorme, con una cabeza de ducha cuadrada. Olía a aceites esenciales y artículos de aseo en los lavabos, la ducha y la bañera. De un par de ganchos en la puerta colgaban dos albornoces gris azulado.

Marinette no pudo evitar preguntarse quién había sido la última mujer que había pasado allí la noche con Adrien.

Rechazó ese pensamiento, se desnudó y se metió en la ducha.

El lujo no era nuevo para ella. Durante su infancia y adolescencia, su padre siempre había insistido en hospedarse en los mejores hoteles por considerar que un hombre de negocios se merecía lo mejor. Pero el hotel de Adrien exhibía algo más que lujo; tenía clase, era sofisticado, glamuroso. La sencillez del diseño y la atención a los detalles apuntaban a un hombre que apreciaba las cosas buenas de la vida, pero sin hacer ningún alarde, sin llamar la atención.

Después de ducharse, Marinette se secó, se puso un camisón y se cubrió con uno de los albornoces. Se secó el pelo con un secador que encontró en uno de los cajones y después se lo recogió en una cola de caballo suelta. Contempló su rostro sin maquillaje y se preguntó si no debería utilizar algún cosmético a modo de escudo, pero decidió que no. No quería hacer nada por impresionarle. ¿Qué importancia tenía no presentar el aspecto como el de las deslumbrantes y sofisticadas compañeras de cama de él?

No tenía la menor importancia.

Marinette volvió al salón, pero Adrien no estaba allí. Lo que sí había era un carrito con comida al lado de la mesa del comedor. Paseó la mirada por todos y cada uno de los rincones. Sí, estaba sola. Se acercó al carrito, levantó una de las tapaderas abombadas y vio que la comida de aspecto delicioso no había sido tocada. Adrien no había comido.

No vio ninguna nota. Miró su móvil, pero Adrien tampoco le había dejado ningún mensaje. Si tanto le importaban las apariencias, ¿por qué la había dejado sola en la suite?

Marinette agachó la cabeza para oler la comida y, deleitándose en su aroma, cerró los ojos. También había una botella de champán en una cubeta con hielo, postres en otra de las bandejas, fruta y quesos variados en otra. También había hojaldres salados variados, pastel de cangrejo, ostras, marisco, arroz de jazmín con cilantro y lima... todo un festín.

De repente, sintió un hambre de muerte. Pero miró su móvil, preguntándose si no debería llamar a Adrien; por fin, decidió no hacerlo. No quería empezar a comportarse como una esposa celosa. ¿Qué le importaba a ella dónde estaba Adrien?

Alya, su compañera de piso, sí le había enviado un mensaje; había visto en Twitter que Adrien y ella se habían casado y estaba sorprendida. Era sorprendente la rapidez con que viajaban las noticias.

Marinette respondió al mensaje de Alya; sobre todo, para decirle que no se preocupara por el alquiler, que Adrien había prometido encargarse de ello. Mientras tecleaba en el móvil, se dio cuenta de hasta qué punto había relegado poder en él. Adrien iba a pagar sus cuentas, iba a solucionar todos sus asuntos como si ella no tuviera arte ni parte en ellos.

Dejó el móvil y suspiró. No le quedaba más remedio que tragar si quería recuperar la casa de sus abuelos, era la única manera de cumplir con los términos del testamento de su padre. Las mensualidades que Adrien se había ofrecido a pasarle la ayudarían, al igual que una cantidad de dinero que, según el testamento, se le adelantaría al casarse antes de hacerse con toda la herencia.

Ya había hablado con los actuales propietarios de la casa y estos habían accedido a retrasar la puesta en venta de la propiedad hasta diciembre. Había tenido que hacerles una oferta que no habían podido rechazar con el fin de posponer la venta de la casa. Pero no le importaba lo que le costara.

Comprar la casa de sus abuelos era, para ella, una forma de recompensarlos por los errores del pasado, un modo de honrar la memoria de su hermano y de su madre, era recuperar lo que no debería haberse perdido nunca.

Adrien estaba en su despacho, en el primer piso del hotel, solucionando un par de asuntos de los que el gerente le había informado y que requerían su atención personal.

Sabía que podía haberlo dejado hasta el día siguiente, pero había sentido la necesidad de despejarse la cabeza. El comportamiento de Marinette en el ascensor le había hecho darse cuenta de la pasión latente entre ambos. Se calentaba tanto como un quinceañero cuando estaba con ella. Marinette le excitaba como ninguna otra mujer.

La deseaba tanto que apenas podía pensar en otra cosa.

Anhelaba introducirse en el húmedo calor de su cuerpo. Estaba deseando oírla gritar su nombre. No podía aguantar las ganas de llegar al clímax con ella.

Llevaba años reprimiendo ese deseo.

Por supuesto, no perseguía un final feliz. E Marinette, desde luego, no era la mujer adecuada para proporcionárselo. La opinión negativa de ella respecto al matrimonio era su propia salvación, su vía de escape; así, pasados seis meses, podría desaparecer sin sentir ninguna culpabilidad. Un apaño satisfactorio que a ambos les permitiría conseguir lo que querían.

Lo que sí se estaba cuestionando ahora era lo del matrimonio solo de nombre. ¿Por qué no podían entregarse a la pasión, al deseo que sentían el uno por el otro? Estaba claro que se atraían mutuamente. En el ascensor, Marinette le había demostrado que no era más inmune a él que él a ella.

No obstante, estaba dispuesto a tomarse su tiempo. Quería que fuera ella quien le buscara, no al contrario; y a juzgar por el incidente en el ascensor, creía que Marinette estaba a punto de capitular. Solo se estaba resistiendo porque él la había rechazado siete años atrás. Y estaba convencido de que Marinette había coqueteado con él solo con el fin de crearle problemas con su padre. Sin embargo, había resistido aquella tentación. Durante años, había disimulado lo mucho que ella le atraía.

Al encontrarse en las fiestas, él se había cubierto con una capa de cinismo para ocultar su deseo por ella; mientras que, en el fondo, la pasión le había hecho hervir la sangre.

Ahora era distinto. Marinette ya no era una adolescente rebelde con intenciones de crear problemas, era una mujer adulta y apasionada que le deseaba.

Adrien apagó el ordenador y sonrió. Sí, solo era cuestión de tiempo, Marinette acabaría siendo suya.

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Marinette había comido tanto que no le había quedado más remedio que acostarse, pero se negó a hacerlo en la cama de Adrien, habría sido como si se hubiera puesto a esperarle para que le hiciera el amor.

Ella no... Sí, sí lo había pensado. Era lo único en lo que pensaba. Sentía desazón en el cuerpo, se encontraba inquieta, desasosegada... Lo del ascensor había aumentado su apetito por él. Quería sentir los brazos de Adrien, le quería dentro de su cuerpo, sus bocas unidas.

Tenía fama de acostarse con todo el mundo, pero apenas se había acostado con un puñado de hombres y ninguno de ellos la había satisfecho. Nunca se había sentido cómoda con ese grado de intimidad y, para acostarse con alguien, había tenido que emborracharse primero.

Ninguno de sus amantes se había preocupado por su bienestar ni preferencias, todos habían ido a lo suyo. Por eso, había fingido pasarlo bien y no arriesgarse a que la llamaran frígida.

Con Adrien era diferente, con Adrien la frigidez desaparecía.

Con solo ponerle una rodilla en la entrepierna había conseguido desarmarla, que se deshiciera y se rompiera en mil pedazos. ¿Qué pasaría si le hacía el amor en toda regla?

Marinette se acurrucó en un sofá del cuarto de estar y se tapó con una de las mantas de cachemira. Tenía que dejar de pensar en Adrien haciéndole el amor. Tenía que dejar de imaginarse esas manos, esos labios y esa lengua en su cuerpo.

Encendió el televisor para ver uno de sus programas preferidos, pero no logró despertar su interés. Cerró los ojos, prometiéndose a sí misma estar alerta para cuando Adrien volviera...

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Adrien entró en la suite y encontró a Marinette profundamente dormida en uno de los sofás. Llevaba uno de los albornoces del hotel, pero se le había abierto, dejando al descubierto sus largas y delgadas piernas.

Tenía los pies descalzos y las uñas pintadas de azul eléctrico. Llevaba el cabello recogido en una cola de caballo, pero unos mechones sueltos le caían sobre el rostro. Sin maquillaje, su piel mostraba la misma perfección que los pétalos de una rosa de color crema, las cejas y las pestañas, muy oscuras, la hacían parecer una Bella Durmiente.

Marinette siempre le había parecido hermosa, pero ahora, sin adornos, sin maquillaje y despeinada, le recordó a los ángeles renacentistas. Serena e intocable.

Se acercó al sofá, pero ella no se movió. Con cuidado, le cubrió las piernas con la manta; después, le retiró los mechones sueltos del rostro. Olía a los aceites esenciales que él había elegido para dar un olor específico a su cadena hotelera.

Marinette emitió un suave murmullo y hundió la cabeza en el cojín en el que la tenía apoyada.

A Adrien le desilusionó que no se hubiera despertado. Había anticipado y deseado otro altercado con ella. Disfrutaba cuando Marinette le lanzaba miradas asesinas e insultos como dardos. Le gustaba enfadarla y verla sonrojar de ira. Marinette le detestaba, pero también le deseaba, y eso a él le excitaba.

Al apartarse unos pasos del sofá, de repente, Marinette se incorporó bruscamente y, achicando los ojos, se los clavó.

– ¿Qué haces?

–Nada. Solo te he tapado las piernas con la manta.

Marinette se levantó y se ató con fuerza el cinturón del albornoz.

– ¿Has cenado? –Marinette miró el carrito con la comida y enrojeció–. Yo... tenía tanta hambre que... Puede que necesites pedir más comida.

Adrien sacó la botella de champán de la cubeta.

– ¿Te apetece una copa?

–Puede que te parezca extraño, pero no veo motivos para celebrar nada –declaró ella con sequedad.

Adrien descorchó la botella y sirvió dos copas.

–Opino lo contrario. Tienes motivos para celebrar que ya eres una joven muy rica –Adrien le tendió una copa de champán–. Una joven casada muy rica.

Ella lanzó chispas por los ojos, pero aceptó la copa. Y, durante unos instantes, Adrien temió que fuera a tirársela encima. Sin embargo,

Marinette chocó su copa con la de él.

–Eso será si llegamos a los seis meses juntos –Marinette frunció el ceño–. ¿Cómo puedo estar segura de que no vas a abandonarme antes de que se cumplan los seis meses? Como tú mismo me has dicho, soy yo quien más tiene que perder.

Adrien le acarició la mejilla con la yema de un dedo.

–No te queda más remedio que fiarte de mí, cara.

La expresión de Marinette se endureció, le apartó la mano de un manotazo y estuvo a punto de derramar el champán de su copa.

–Deja de tocarme. No puedo pensar cuando me tocas. Y, si no recuerdo mal, te he dicho que no me llames eso. Es completamente innecesario y me molesta.

–Lo que te molesta es lo mucho que te gusta que te llame cara – replicó él–. Te gusta mucho lo que te hago, pero el orgullo te impide admitirlo.

Marinette dejó su copa encima de una mesa de centro.

–Me voy a la cama –le lanzó otra mirada asesina–. Y no, no te estoy invitando a que te acuestes conmigo.

Adrien también dejó su copa, salvó la distancia que les separaba y le agarró las manos, deteniéndola.

–No voy a aprovecharme de ti, Marinette. Solo haremos el amor cuando tú quieras. Te doy mi palabra. Marinette no intentó zafarse de él y su expresión se suavizó ligeramente.

–Sigo sin comprender por qué estás haciendo esto... No sé por qué has querido casarte conmigo. No tiene sentido.

Adrien le acarició las manos con los pulgares mientras la miraba fijamente a los ojos.

– ¿Te acuerdas que te dije que me convenía estar casado en estos momentos? Llevo un tiempo tratando de adquirir un hotel, un hotel en particular. El propietario actual tiene una hijastra, una adolescente, que se ha encaprichado conmigo y me está poniendo en una situación difícil. He pensado que casarme eliminará ese problema y no encontraré obstáculos para comprar el hotel. Un matrimonio temporal es la solución perfecta para los dos.

La expresión de Marinette fue la misma que la de alguien que había comido algo y le había sentado mal.

–Es una pena que no te sacaras una esposa de debajo de la manga cuando me insinué a ti hace siete años.

–Por aquel entonces, sabía perfectamente qué era lo que te traías entre manos –Adrien continuó acariciándole las manos–. No podía tener relaciones contigo. No solo por la amistad con tu padre, sino también porque eras demasiado joven y demasiado cabezota para tener relaciones propias de los adultos.

Marinette se mordió el labio inferior y bajó los ojos.

–Mi padre me hacía sentir... estúpida e inútil –declaró ella con amargura.

Adrien frunció el ceño. ¿Estaba Marinette hablando del hombre que él había conocido y admirado por su astucia para los negocios y por su trabajo en organizaciones dedicadas a obras benéficas?

– ¿Tu padre?

Marinette apartó las manos de las de él, en sus ojos se veía un brillo con la misma amargura que había detectado en sus palabras.

–No quiero hablar de ello. Y menos, contigo.

– ¿Por qué menos conmigo?

–Porque no me creerías, por eso.

Adrien era consciente de que algunos rasgos de la personalidad de Tom Dupain-Cheng eran menos honorables que otros; ese era el motivo por el que, en los dos últimos años, se había distanciado de Tom.

Sabía que a él le había resultado difícil ser el padre de una hija que le daba problemas. Pero ahora se dio cuenta de que solo había oído la versión de Tom. Jamás había preguntado a Marinette qué motivos tenía para tener una relación tan complicada con su padre.

–Me gustaría que me lo contaras, Marinette –dijo él–. Es importante para mí saber por qué crees que tu padre no te valoraba.

Ella le miró con expresión recelosa y precavida.

–Importante para ti, ¿por qué? ¿Para que luego me digas que soy una niñata mimada y egoísta que no sabe reconocer todo lo que su padre hizo por ella? No, gracias. Prefiero contárselo a una pared. Estoy segura de que un muro de ladrillos me prestaría más atención que tú.

Adrien se dio cuenta de que a Marinette le iba a llevar tiempo fiarse de él. Su relación siempre había sido combativa, eso no iba a cambiar de un día para otro. Pero le preocupaba que quizá hubiera juzgado a Marinette con demasiada ligereza, basándose exclusivamente en lo que Tom le había contado, sin conocer el punto de vista de ella. Había estado tan decidido a evitar a Marinette, a no encontrarse a solas con ella, que se había dejado llevar y había dado por buena la versión de Tom respecto al comportamiento de su hija.

–Siento mucho que pienses que no voy a hacerte caso en lo que a algo tan importante se refiere –declaró Andrea–. Tu padre no era perfecto. Yo mismo tuve que pararle los pies en más de una ocasión para no verme arrollado por su entusiasmo respecto a un proyecto u otro. Siempre me ha dado un poco de pena por lo que debió de sufrir con lo de tu hermano y tu madre. Por supuesto, es posible que eso haya influenciado mi opinión sobre él.

Marinette lanzó un suspiro y su expresión perdió algo del recelo que había mostrado antes.

–Se comportaba como si fuera el mejor padre del mundo en presencia de los demás; pero, cuando estábamos solos, me humillaba.

Me insultaba y no paraba de decirme que yo no era ni sería jamás tan inteligente como mi hermano, Hamish; o que estaba demasiado gorda, o demasiado delgada, o que no tenía la suficiente confianza en mí misma... la lista es interminable. Hiciera lo que hiciese, no lograba complacerle nunca. Nunca.

Adrien sabía que Tom Dupain-Cheng, en ocasiones, había resultado ser un hombre difícil. Trató de recordar los momentos en los que había visto juntos a padre e hija. De lo único que se acordaba era de Marinette portándose mal, mostrándose grosera y beligerante, desafiando e ignorando los deseos de su padre. Tom siempre le había parecido muy paciente con ella, mucho más paciente de lo que muchos padres hubieran sido. Él, por su parte, había visto a Marinette como la desagradecida y mimada quinceañera que no comprendía los esfuerzos que su padre hacía por ella.

Pero... ¿y si se había equivocado? ¿Y si había querido ver así a Marinette? ¿Y si Tom le había manipulado para que opinara eso de Marinette? ¿Y si el hombre al que había admirado y al que debía tanto no hubiera sido el Tom Dupain-Cheng, trabajador y decente, que había parecido ser?

Adrien conocía a hombres camaleón. Su padrastro, sin ir más lejos, había dado la impresión, en público, de ser un hombre encantador; pero, en privado, había sido un tirano.

–Marinette... –Adrien no sabía cómo disculparse cuando ya era tan tarde para ello–. Estás diciendo cosas de tu padre de las que no sabía...

–Por eso seguirás creyendo lo que mi padre quería que creyeras en vez de aceptar lo que yo pueda contarte –le interrumpió ella.

–No. Quiero oír tu versión de los hechos. Quiero saber por qué te resultaba tan difícil querer a tu padre.

Unas lágrimas, que no llegó a derramar, intensificaron el brillo de los ojos de ella. Fue entonces cuando Adrien se dio cuenta de que jamás la había visto llorar.

–Él no me quería, así que... ¿por qué iba a quererle yo? –dijo ella en un tono desafiante que no lograba disimular una profunda tristeza.

Adrien le secó las lágrimas con el pulgar.

–Pero tú sí le querías, ¿verdad?

La vio parpadear y tragar saliva. El semblante de Marinette se endureció, como si se arrepintiera de haber perdido el control sobre sí misma.

–Tú conocías a Tom Dupain-Cheng como hombre de negocios de éxito, también era tu amigo y tu mentor. Era también un filántropo, generoso con su dinero. Pero no le conocías como padre.

–Tienes razón –respondió Adrien–. Y no todos los padres tratan por igual a sus hijos. Sé que la muerte de Hamish le afectó muchísimo, aunque eso le pasaría a cualquier padre.

–Sí, mi padre quería mucho a mi hermano –confirmó ella–. El problema fue que a mí no me quería. Yo solo era una chica, sin la inteligencia y la capacidad de Hamish. En opinión de mi padre, yo era un fracaso total. Un terrible fracaso.

Adrien, con ternura, le puso las manos en los hombros.

– ¿Eso te dijo?

Marinette apretó los labios, como si se debatiera entre seguir hablando o no. Entonces, dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

–Sí, muchas veces, pero no sin asegurarse antes de que nadie pudiera oírle. La única forma de vengarme de él era poniéndole en ridículo delante de la gente. Sé que fue una estupidez. Y también contraproducente, porque le dio la oportunidad de fingir paciencia y de ser muy sufrido de cara a la galería.

Adrien sintió desazón y vergüenza. Se había dejado engañar por Tom.

– ¿Qué pasaba cuando estabais solos?

–Era demasiado listo como para gritarme, sabía que los empleados de la casa podían oírle. En voz muy baja y con ojos de loco, solía decirme lo que pensaba de mí –una sombra de dolor cruzó el rostro de ella–. Llegó a decirme que ojalá hubiera muerto yo en vez de Hamish.

– ¿Fue... fue alguna vez violento contigo?

–Solo una vez –respondió ella con amargura–. Fue cuando tenía catorce años, al poco de morir mi madre de cáncer... me dio una bofetada. Lo que pasó es que le dije, más o menos, lo que él me había dicho a mí. Le dije que ojalá hubiera muerto él en vez de mi madre. No volvió a pegarme nunca más, pero siempre sentí la amenaza de que podía volver a hacerlo.

Adrien se avergonzó de no haberse dado cuenta de lo que ocurría en el seno de la familia Dupain-Cheng. Había conocido a Tom en Italia veinte años atrás, poco después del fallecimiento de Hamish a causa de un cáncer de huesos. Cuando Tom le encontró mendigando comida en la calle, él tenía la misma edad que su hijo fallecido, catorce años. Con frecuencia se había preguntado si Tom le habría ayudado igualmente de no haber perdido a su hijo. Sin embargo, le había estado tan agradecido que nunca había cuestionado lo que había llevado a

Tom a ayudarle.

–Siento mucho que te tratara así la persona que, supuestamente, debería haberte querido y protegido –dijo Adrien–. Yo a tu padre solo le conocía como un hombre generoso que intentaba ayudar a la gente. Sin embargo, soy perfectamente consciente de que todo el mundo tiene su lado oscuro. Desde luego, tu padre lo disimulaba mejor que la mayoría.

–Así que... ¿me crees? –preguntó ella con una inseguridad que le hizo darse cuenta de que Marinette no había esperado que la creyera. ¿Había hablado con otra gente de los problemas con su padre y no la habían creído? ¿O, por el contrario, ni siquiera lo había intentado, consciente de lo difícil que sería que la gente la creyera?

Adrien le soltó los hombros para volver a tomarle las manos.

–Yo sí te creo. Aunque reconozco que pensaba, equivocadamente, que conocía bien a tu padre. Sin embargo, yo también conviví con un hombre como tu padre, un hombre que parecía una cosa en público y era muy distinto en la intimidad. Nadie le habría creído capaz de lo que hacía en su casa. Siento mucho no haberme dado cuenta de cómo era tu padre. De haber sido así, habría hablado con él, le habría llamado la atención.

Marinette miró sus manos unidas y lanzó un suspiro. Después, volvió a mirarle a los ojos.

–También trataba muy mal a mi madre. Mi madre no se atrevía a plantarle cara, la había sometido hasta convencerla de que las esposas siempre deben obedecer a sus maridos. No rechistaba cuando él la insultaba y la humillaba. Y eso yo no lo soportaba y tomé la decisión de rebelarme contra él y demostrarle que a mí no me podía manipular. Sin embargo, no estoy segura de que diera el resultado que yo esperaba. Acabé destruyendo mi propia vida y...

Adrien vio por qué Marinette había presentado tanta resistencia a casarse con él. Y él, por su parte, no le había dado alternativa. Se había comportado como un sargento, dando órdenes a diestro y siniestro. No le extrañaba que hubiera aprovechado todas las oportunidades que se le habían presentado para atacarle.

–Marinette.. No sé qué decir. Lo único que se me ocurre es decir que lo siento mucho. Tu padre no tenía derecho a trataros así a tu madre y a ti. Estoy perplejo y muy avergonzado de no haberme dado cuenta de lo que pasaba. Supongo que el único consuelo es la herencia que te ha dejado, a pesar de las condiciones que te ha impuesto.

La expresión de ella mostró resentimiento.

–Esa es la cuestión, mi padre esperaba que no pudiera cumplir las condiciones impuestas por él en el testamento. Sabía perfectamente que yo estaba completamente en contra del matrimonio, de perder mi libertad. Dejó muy claro lo poco que me quería. Prefería que la mayor parte de sus posesiones fueran a parar a un pariente lejano de mi madre, ludópata y con muchas deudas de juego, antes que a mí, su única hija.

A Adrien le causó náuseas no haber descubierto antes la verdad.

Una profunda vergüenza le embargó. Se había casado con Marinette con la intención de domarla, ahora veía lo equivocado que había estado.

Sin embargo, una cosa le había quedado muy clara. No podía consumar el matrimonio ahora que sabía el trasfondo de la relación entre Marinette y su padre. ¿Cómo podía acostarse con ella sabiendo lo que sabía? Sin embargo, no era el aspecto físico de su relación con ella lo que más le preocupaba. Sentirse unido a ella sería traspasar una barrera emocional que jamás había cruzado en su vida. Aunque iba a serle muy difícil no tener relaciones sexuales con Marinette, debía ayudarla al máximo. Se aseguraría de que ella cobrara su herencia pasados los seis meses, pero no consumarían el matrimonio.

Adrien lanzó un suspiro.

–No me gustaron los términos del testamento de tu padre, pero me pareció que no era asunto mío interferir.

Marinette frunció el ceño.

– ¿Por qué no te pareció bien?

–Me preocupaba que acabaras casándote con un hombre que fuera a aprovecharse de ti.

– ¿Por eso... te ofreciste voluntario?

Adrien le soltó las manos y se separó de ella. Debía intentar no tocarla.

De ser completamente sincero consigo mismo, debía reconocer que no sabía exactamente por qué había propuesto el matrimonio a Marinette. Se avergonzó de haberla forzado hasta el punto de que a ella le hubiera resultado imposible rechazarle. Pero, en realidad, tampoco le había hecho gracia la idea de que Marinette se hubiera casado con un desaprensivo que acabara arrebatándole la herencia. No había querido que Marinette se casara con nadie que no fuera él.

–Verás, he estado pensando en eso que te dije de tener una aventura amorosa durante seis meses. Pero ahora, después de lo que me has contado, he decidido que eso no va a ocurrir.

Marinette pareció asustada.

– ¿Significa eso que vas a dejarme, que vas a anular el matrimonio?

–No, claro que no –Adrien le dedicó una sonrisa–. Permaneceremos casados durante seis meses para cumplir con las condiciones del testamento; pero, como dijimos al principio, será un matrimonio solo de nombre.


CONTINUARAAA.

Hasta que por fin se casaron UwU, bueno las cosas cada vez se ponen más interesantes e intensan no se olviden de comentar su parte favorita UwU me motivan a seguir la historia para este fandom.