UNA UNION TEMPORAL
Descalimar: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.
Miraculous ladybog © Thomas Astruc
Adaptación © FandomMLB
Una unión temporal © Melanie Milburne
CAPITULO 6
SOLO DE nombre», repitió Marinette mentalmente, desilusionada.
Debería haber sentido un gran alivio; pero, después de lo del ascensor, quería hacer el amor con Adrien.
Quería hacer el amor de verdad. Desnudos. Piel contra piel.
No obstante, al margen de esa desilusión, le alegraba que Adrien la hubiera escuchado y hubiera creído su versión sobre el comportamiento de su padre. Se había imaginado que él la haría callar y que se habría negado a oír una sola palabra en contra de Tom.
Pero no había sido así.
Adrien la había escuchado, la había calmado y la había reconfortado al verla sobrecogida por el dolor de los recuerdos. Eso aminoraba el antagonismo que sentía hacia él, aunque no lo eliminaba.
Adrien seguía siendo el enemigo, hacía demasiado tiempo que lo era como para cambiar de un momento a otro. Pero eso no significaba que no pudieran aprovechar el tiempo que iban a estar juntos, ¿no?
Sin embargo, ahora resultaba que Adrien había decidido no consumar su matrimonio. ¿Qué podía hacer? ¿Por qué no se alegraba de ello? Debería estar contenta. Debería estar feliz. Iba a heredar y, después de seis meses, sería completamente libre.
Pero sin Adrien.
No iba a gozar haciendo el amor con él, Adrien no iba a poseerla.
Jamás sabría lo que sería pasar una noche en los brazos de él. Nunca le sentiría dentro de su cuerpo. No conocería los placeres que él podía proporcionarle.
Marinette quería acercarse a él, decirle que no fuera tonto, que no hacía falta hacer gala de tanto honor. Quería rogarle que le hiciera el amor.
Pero ya había mostrado demasiada vulnerabilidad por una noche.
–Me da la impresión de que lo has pensado mucho...
–Lo he hecho y creo que es lo mejor. Lo único que podemos hacer –declaró él con decisión, como dando por zanjado el asunto.
Marinette agarró la copa de champán que había dejado de lado y bebió un sorbo.
–Si te hubiera contado lo de mi padre antes de casarnos, ¿te habrías casado conmigo?
Adrien agarró su copa también.
–Hace tres meses pensé en proponértelo, pero decidí que sería mejor esperar.
–Hasta que yo estuviera desesperada, ¿eh? –dijo Marinette.
Adrien esbozó una débil sonrisa.
–No comprendo qué les pasa a los jóvenes londinenses. Hace años que alguien debería haberte conquistado.
Marinette hizo una mueca.
– ¿Es que no lees las revistas del corazón? No soy la mujer ideal para casarse. Soy la típica chica con la que los hombres tienen alguna aventurilla antes de casarse con una mujer que les merezca.
–Las mujeres tienen tanto derecho como los hombres a acostarse con quien les apetezca.
Marinette frunció el ceño.
– ¿Significa eso que no censuras mi pasado? ¿Es eso lo que has querido decir?
Adrien la miró fijamente a los ojos, como si quisiera leerle el pensamiento.
–Ese pasado al que te refieres... ¿hasta qué punto es verdad y hasta qué punto es ficción?
Marinette se encogió de hombros para disimular, para no delatarse.
¿Por qué habían acabado hablando de eso? Le daba igual lo que Adrien pensara de ella... aunque, quizá, no fuera del todo verdad. En cierto modo, buscaba la aprobación de él, mucho más de lo que debería.
–Adivínalo.
–A juzgar por lo que se dice de mí, yo diría que la mayor parte es mentira –Adrien clavó los ojos en los suyos–. ¿Me equivoco?
Marinette jugueteó con su copa de champán.
–Hace años, provocaba la mala prensa contra mí intencionadamente. Quería dejar en vergüenza a mi padre y no me importaba cómo. En las revistas, aparecían fotos de mí dando tumbos a la salida de los clubs a horas intempestivas. Y eso era lo que quería, resultaba muy fácil conseguirlo. No tardé nada en lograr fama de vividora y perdida, pero la verdad es mucho más aburrida.
La expresión de Adrien mostró confusión y preocupación.
–A los dieciocho, en la fiesta de tu cumpleaños, ¿estabas borracha o solo fingías estarlo?
Marinette lanzó un suspiro de pesar.
–No estaba borracha, solo un poco alegre, igual que todos los años. Era la única forma de poder aguantar a mi padre representando el papel de padre devoto y completamente dedicado a su hija.
Pensándolo bien, una estupidez. A la única persona a la que perjudiqué fue a mí misma.
Adrien le tocó el brazo.
–La gente cambia de opinión. Lo importante es que estés contenta contigo misma. Lo que piensen los demás no es asunto tuyo, no puedes hacer nada al respecto.
¿Se sentía contenta consigo misma? Marinette no estaba segura. Que durante su infancia le hubieran dicho que no valía lo suficiente era algo que seguía afectándole.
–Creo que tendré que trabajármelo.
Adrien le alzó la barbilla con un dedo y la miró con intensidad.
Después, clavó los ojos en su boca y le vio tragar. Por fin, apartó las manos de ella y retrocedió.
–Puedes quedarte con la cama. Yo dormiré en el sofá.
Volvió a embargarla una profunda desilusión. Adrien no la había besado, a pesar de que el ambiente estaba cargado de tensión sexual.
–Adrien... –dijo ella con voz ronca y suave.
Le vio apretar la mandíbula, tensar los músculos del rostro.
–Tenemos que actuar con sentido común, Marinette –declaró él con decisión.
– ¿Te parece de sentido común que un hombre de uno noventa duerma en un sofá? –dijo ella–. ¿No crees que los dos podemos dormir en la cama sin tocarnos? Esa cama es enorme.
–Créeme, no es lo suficientemente grande –comentó él en tono burlón.
Marinette frunció el ceño.
– ¿Y los empleados? ¿No habías dicho que no querías levantar las sospechas de tus empleados?
Adrien lanzó un suspiro.
–Mañana nos vamos a Positano. Allí estaremos prácticamente solos, dispongo de un mínimo de empleados. Y la mujer que se encarga de la casa es la discreción personificada. Tendrás habitación propia y ella no abrirá la boca.
– ¿Y mi trabajo? ¿Y mis estudios? Tengo que llamar a mi jefe y...
–Ya me he encargado de eso –la interrumpió Adrien–. Por cierto, me ha dicho que te diga que buena suerte. Respecto a los estudios, lo único que te hace falta es un wifi y en la casa lo hay.
–Has pensado en todo, ¿verdad? –no había sido su intención hacer gala de cinismo, pero la situación la sobrecogía.
Adrien se dio media vuelta y volvió a servirse champán. Ella sospechaba que era más por hacer algo que porque le apeteciera beber alcohol. Nunca le había visto beber en exceso, otra de las cosas que admiraba de él.
–Vete a la cama, Marinette.
– ¿Por qué me llamas siempre Marinette en vez de Mari?
Adrien bebió un sorbo de champán antes de mirarla mientras acariciaba el borde de la copa.
–Es un nombre muy bonito, elegante, sofisticado...
Marinette lanzó un bufido.
–No creo que se pueda decir de mí que soy sofisticada.
–Eres demasiado dura contigo misma –comentó él con una voz tan suave como una caricia.
Marinette forzó una sonrisa.
–Bueno, te dejo entonces. La verdad es que estoy bastante cansada. Ha sido un día... Casi había llegado a la puerta cuando la voz de él la hizo detenerse.
– ¿Te ha desilusionado no haber tenido una boda más formal, y en la iglesia?
Marinette se volvió, pero no vio nada en la expresión de Adrien que le indicara lo que estaba pensando.
–Nunca he querido casarme, ni por lo civil ni por la iglesia, así que ¿Por qué iba a estar desilusionada?
Adrien asintió, como si la respuesta de ella tuviera todo el sentido del mundo, pero Marinette no pudo evitar preguntarse si Adrien había llegado a creerla del todo.
Le molestaba haberle contado tanto sobre sí misma y en tan poco tiempo. Su boda, impersonal o no, había cambiado su relación. Ya no era como antes. Empezaba a resultarle muy difícil considerar a Adrien un enemigo; sobre todo, después de que sus caricias la hubieran hecho sentirse tan viva. Tenía que mantener las distancias con él, emocionalmente, si quería sobrevivir esos seis meses y no acabar destrozada.
Marinette consiguió dormir aquella noche, a pesar de la preocupación que le producía el cambio en la relación con Adrien.
Al parecer, a él no le había ocurrido lo mismo, a juzgar por el estado en el que le encontró a la mañana siguiente. Adrien parecía haber pasado la noche en vela. Una barba incipiente ensombrecía su semblante, tenía los ojos cansados y el pelo revuelto cuando se incorporó en el sofá y se frotó la nuca.
– ¿Qué tal has dormido? –le preguntó él. Y parpadeó cuando ella descorrió las cortinas.
–Creo que mucho mejor que tú –respondió Marinette al tiempo que se agachaba para recoger del suelo la manta que dobló en un cuadrado perfecto. Entonces, se pegó la manta al cuerpo–. ¿Quieres que te prepare un café?
–No es necesario que hagas nada por mí, Marinette –contestó Adrien en tono hosco.
Ella dejó la manta en un extremo del sofá y se enderezó.
– ¿Siempre estás así de enfurruñado por las mañanas?
–Más.
Marinette arqueó las cejas.
– ¿Incluso después de una noche de sexo y pasión?
«No debería haber hecho esa pregunta».
–Por lo general, nadie me ve por las mañanas.
– ¿Quieres decir que las mujeres con las que te acuestas no se quedan a dormir contigo? –Marinette frunció el ceño.
–Exacto –declaró él enfáticamente.
– ¿Es esa la regla de oro de los playboys? ¿No implicarse emocionalmente?
Adrien esbozó una burlona sonrisa.
–Me gusta dejar las cosas claras. El sexo es el sexo. Yo no hago promesas de futuro.
–Pero... ¿y cuando sales con una mujer durante semanas o incluso meses? No es posible que no hayas tenido ese tipo de relaciones, ¿no?
–Alguna vez.
– ¿Y?
–No me gustan las escenas, y menos por las mañanas –replicó él–. Por eso me aseguro de no dar pie a ello. Quien evita la ocasión evita el peligro. Así nadie sufre.
–Me pregunto con qué clase de mujeres sueles salir. A mí no me gustaría acostarme con un hombre que no quisiera verme por la mañana. Si nada más hacer el amor un hombre me dijera que me fuese, me resultaría insultante.
–Yo me aseguro de que sean generosamente recompensadas.
– ¿Con qué, con flores, con bombones o con joyas?
–Nada de joyas.
– ¿Por qué?
–Demasiado... personal.
Marinette se dirigió a la zona de cocina de la suite para prepararse un té. No quería pensar en las mujeres con las que Adrien había salido, como tampoco en el hecho de que él le hubiera regalado un anillo de brillantes y zafiros. ¿Qué significaba eso? La razón le advirtió de que no se hiciera ilusiones. Lo único que significaba era que Adrien quería que todo el mundo pensara que su matrimonio era real y no una farsa de seis meses.
– ¿Seguro que no quieres un café? –preguntó ella volviendo la cabeza.
–Sí, seguro.
Marinette metió una bolsita de té en una taza.
–Supongo que debería sentirme halagada por ser la única mujer a la que le has comprado una joya –Marinette se volvió de nuevo para mirarle–. ¿O quieres que te devuelva el anillo cuando se disuelva nuestro matrimonio?
Adrien clavó los ojos en su boca y ella se preguntó si nunca consumarían su matrimonio.
–Puedes quedarte con el anillo y con los demás regalos que recibas. Todo tuyo. A mí me da igual lo que hagas con ellos.
Tras esas palabras, Adrien se dirigió al dormitorio.
Después de unos minutos, Marinette oyó el ruido de la ducha y se sentó a beberse el té mientras hacía un enorme esfuerzo por no imaginársele desnudo bajo la lluvia de agua que ella misma había disfrutado hacía menos de media hora.
Cuando Adrien salió del cuarto de baño con una toalla atada a la cintura, encontró a Marinette sentada a los pies de la cama viendo sus mensajes en el móvil. Ella alzó el rostro, clavó la mirada en la toalla y después le miró a los ojos. Con las mejillas enrojecidas de repente, se puso en pie a toda velocidad.
–Me marcho, para que te vistas.
Adrien no debería haberla agarrado, pero... Le asaltaron ideas de lo prohibido mientras le acariciaba una delicada muñeca.
–No huyas –dijo él con voz ronca y espesa.
Marinette agrandó los ojos y tragó saliva.
– ¿No habías dicho que nada de... esto?
Adrien levantó la mano de ella hasta la altura de su rostro y se la besó.
–Dije que nada de acostarnos juntos, pero no he dicho que no pudiéramos tocarnos. Además, se supone que debemos hacerlo cuando estemos rodeados de gente. Resultaría raro que no lo hiciéramos.
Ella pareció dudar.
– ¿De qué tipo de toqueteo estamos hablando?
Adrien le acarició el cabello.
–De este –respondió al tiempo que acercaba la boca a la de ella.
No la penetró con la lengua, pero le acarició los labios con los suyos; no una vez ni dos, sino tres.
A Marinette le temblaban los labios, parecía estar librando una batalla consigo misma, tratando de resistir la tentación. Sus alientos se mezclaron, el de ella era dulce y fresco, y evocaba el olor de la vainilla.
Marinette se humedeció los labios con la lengua. Él se acercó un poco más a ella y, cuando sus muslos se rozaron, la sintió estremecerse. Los senos de ella se chocaron contra su pecho. Él le puso una mano en la espalda, tiró de ella hacia sí y su cuerpo ardió. Estaba embriagado.
Adrien la besó entonces y se tragó el suspiro de placer de Marinette.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él, con fuerza, haciéndole consciente de los contornos de su cuerpo. Marinette abrió la boca para permitirle la entrada y sus lenguas entablaron un sensual duelo que le hizo hervir la sangre.
Mientras continuaba besándola, Adrien le puso las manos en el rostro y, con la lengua, imitó los movimientos del acto sexual, lo que más deseaba su cuerpo.
Por fin, Adrien apartó la boca de la de ella y apoyó la frente en la de Marinette mientras se esforzaba por recuperar el control sobre sí mismo.
–Puede que esto no haya sido buena idea.
Marinette comenzó a juguetear con el cabello de él, provocándole un cosquilleo que le llegó a la entrepierna.
–Es solo un beso, ¿no? –dijo Marinette mirándole a los ojos.
Adrien no sabía si tenía la fuerza de voluntad suficiente para limitarse a besarla. ¿Cómo se le había ocurrido semejante cosa? Estaba jugando con fuego. Se estaba torturando a sí mismo, lo que quería era un imposible.
Acarició los labios de Marinette con la yema de un dedo y la vio temblar.
–Tienes una boca preciosa –dijo él sin poder evitar el tono ronco de su voz.
Marinette le clavó los ojos en los labios y volvió a lamerse los suyos.
–La tuya tampoco está nada mal –apartó un brazo del cuello de él y también le acarició los labios–. Es mucho más suave de lo que parece.
Adrien le agarró la mano y, sosteniéndole la mirada, se la besó.
–En estos momentos, ninguna parte de mi cuerpo está suave. Marinette se sonrojó.
–Ya lo he notado.
Marinette se frotó contra él y Adrien temió perder el sentido. La sangre le corría por las venas a un ritmo vertiginoso. El instinto animal parecía a punto de apoderarse de él. ¿Había deseado tanto a una mujer como a Marinette? ¿O aquella pasión que ella despertaba en él se debía a que sabía que no debía poseerla?
En cualquier caso, estaba convencido de que no podía permitir que la situación se complicara aún más si cabía. Pero se podía permitir un beso o dos de vez en cuando. ¿Qué problemas podía causar eso? Agarró a Marinette por las caderas y la estrechó contra sí, ignorando lo mucho que eso le torturaba. La deseaba. La deseaba. La deseaba hasta el punto de olvidarse de todo lo demás.
Adrien volvió a besarla, estrujándole los labios, uniendo la lengua a la de ella mientras le acariciaba los costados. Deslizó una mano por debajo de la camisa de ella para tocarle la piel desnuda, deteniéndose justo debajo de la suave curva de esos senos.
Haciendo gala de una fuerza de voluntad que no creía poseer, Adrien se apartó de ella.
Vio desilusión en los ojos de Marinette antes de ver el endurecimiento de la expresión de ella. Después, Marinette dio unos pasos hacia atrás y se alisó la ropa.
– ¿A qué hora sale el vuelo?
Adrien se ajustó la toalla y se acercó al armario.
–A las once. He encargado que recojan tus cosas de tu piso y las lleven directamente. Lo demás que puedas necesitar lo compraremos en Italia.
Adrien cerró la puerta del armario y, al volverse, vio que Marinette se había marchado.
CONTINUARAA.
Bueno mis lectrox otro nuevo capítulo UwU esto cada vez se pone más caliente si es que si se puede decir así perdón por no haber actualizado estaba muy ocupada con mi vida de estudiante.
Bueno pueden decirme que parte les va gustando pueden compartir la historia y seguirla.
