UNA UNION TEMPORAL


Descalimar: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.

Miraculous ladybog © Thomas Astruc

Adaptación © FandomMLB

Una unión temporal © Melanie Milburne


AVERTENCIA: LEMON, SMUT PARA MAYORES DE 18 AÑOS


CAPITULO 7

UNAS HORAS después, un coche con chófer les dejó en la casa de Adrien ubicada en las laderas de Positano, un pueblo a orillas del mar.

Marinette llevaba años sin visitar la costa de Amalfi, pero seguía siendo un lugar tan mágico y pintoresco como recordaba. El mar era de un azul deslumbrante, el sol brillaba en un cielo completamente despejado y el olor de las flores del precioso jardín de la casa de Adrien la embriagó.

Una buganvilla escarlata adornaba una pared de piedra y maceteros con coloridos geranios formaban un festín visual. Delante de la casa había una piscina infinita que se fundía con la vista del mar más abajo.

El conjunto era digno de una postal. Y a Marinette no se le ocurrió un lugar más bonito para esconderse del escrutinio público y de la prensa.

Adrien la condujo a la entrada de la casa; pero antes de que le diera tiempo a abrir, lo hizo una mujer mayor vestida de negro. Su curtido rostro se deshizo en sonrisas y sus ojos negros brillaron. De la boca de la mujer escapó un torrente de palabras en italiano, pero su entusiasmo era patente.

A Marinette, dados los motivos de su matrimonio, tan efusivo recibimiento se le antojó exagerado, pero la encargada de la casa de

Adrien solo sabía lo que él le había contado.

–En inglés, Natalie, por favor –dijo Adrien.

La sonrisa de la mujer se agrandó.

–Mi dispiace. Perdón. Estoy encantada de dar la bienvenida a la esposa del señor Agreste ¿Han tenido buen viaje?

–Sí, estupendo, muchas gracias –dijo Marinette, encantada con la simpatía de aquella mujer.

Natalie agrandó los ojos.

– ¿Con una esposa tan bonita quiere que le prepare una de las habitaciones de invitados? ¡Bah! ¿Qué clase de matrimonio es este?

–Un matrimonio de conveniencia, eso es lo que es –contestó

Andrea con impaciencia–. Marinette y yo solo vamos a estar casados durante seis meses, el tiempo que ella va a necesitar para cumplir las condiciones impuestas por su padre en el testamento con el fin de heredar. Anoche, cuando te llamé, te lo expliqué todo.

A Natalie no le intimidó la seria expresión del dueño de la casa.

Cruzó los brazos y miró a su jefe fijamente.

–Matrimonio de conveniencia o no, debería cruzar el umbral de la puerta con ella en brazos. No hacerlo da mala suerte.

Adrien lanzó un suspiro de exasperación y se volvió a Marinette.

– ¿Te molestaría?

–No, en absoluto –respondió Marinette haciendo un esfuerzo para no echarse a reír.

No estaba acostumbrada a ver a Adrien acorralado. Le gustó ver esa parte más débil de su personalidad. Era evidente que le tenía mucho cariño a esa mujer y la respetaba, y estaba dispuesto a darle un capricho aunque eso le incomodara.

Adrien la tomó en sus fuertes brazos y ella le rodeó el cuello. Las manos de él, sujetándola, le quitaron el sentido. A pesar de haber adoptado un gesto serio, notó cómo respondía el cuerpo de él a su proximidad.

Marinette se preguntó cómo se sentiría si fuera la esposa de él de verdad. ¿Por qué no olvidar el acuerdo que habían hecho y entregarse a la pasión que les consumía? Sería maravilloso que Adrien la llevara a la habitación principal y le hiciera el amor.

Adrien la bajó de sus brazos dentro de la casa, pero continuó agarrándole las manos.

–Te ruego disculpes a Natalie –dijo cuando la mujer no podía oírle–. Es una romántica empedernida.

–Me cae muy bien –comentó Marinette–. ¿Hace mucho que trabaja en esta casa?

–Demasiado tiempo. Ya has visto como no hace caso a lo que digo –comentó él con cierta ironía–. Le pediré que te enseñe la casa.

Yo tengo que ir a mi despacho a encargarme de unos asuntos.

Entonces, Adrien alzó la voz para que Natalie, que se había adentrado en la casa, pudiera oírle.

–Natalie... Natalie, por favor, acompaña a Marinette a su habitación.

Marinette subió una escalera curva detrás de Natalie mientras se preguntaba si Adrien realmente tenía unos asuntos pendientes o si solo había sido un pretexto con motivo de la reacción de Natalie a su matrimonio.

Natalie la condujo a una preciosa habitación en el primer piso, la casa tenía cuatro, con maravillosas vistas al mar.

–La suite del señor Agreste es la de al lado. ¿Lo ve? Se comunica por esa puerta con esta habitación –Natalie señaló la puerta con un brillo travieso en los ojos–. No creo que usted necesite la llave. He visto cómo la mira.

Natalie sintió el rubor de sus mejillas.

–Es solo un matrimonio de conveniencia. Ninguno de los dos queremos estar casados y menos entre nosotros –se apresuró a asegurar Marinette.

¿Acaso no había llegado a oídos de Natalie su mala fama? Le parecía extraño que el ama de llaves de Adrien se alegrara tanto de su matrimonio dado todo lo que se había escrito de ella en la prensa.

– ¡Bah! –Exclamó Natalie–. Él la conoce desde hace mucho tiempo, ¿verdad?

–Sí, pero no somos lo que se dice buenos amigos.

Natalie enderezó la espalda y se la quedó mirando.

–Su padre fue muy bueno con él. Le ayudó a meterse en el negocio de los hoteles. Él no se olvida de la gente que le ha ayudado.

–¿Usted llegó a conocer a mi padre?

Natalie se volvió hacia un jarrón con flores que había sobre una mesa cerca de la ventana, pero no antes de que Marinette pudiera advertir cómo su gesto se ensombrecía.

–Vino aquí una o dos veces. Le gustaba contarme todas las obras de beneficencia en las que participaba –Natalie agarró un pétalo de rosa caído y se lo metió en el bolsillo del delantal. Después, se volvió de nuevo hacia ella–. Siento que se haya muerto, aunque solo sea por esas obras de beneficencia. Lo siento. Usted debe de echarle mucho de menos, ¿no?

Natalie se encogió de hombros.

–Sí y no.

– ¿No estaban unidos? –preguntó Natalie achicando los ojos.

–No, no mucho.

El ama de llaves movió los labios de un lado a otro como si reflexionara.

–Sí, ya. La verdad es que me extrañó mucho lo que Adrien me contó sobre el testamento de su padre. No es normal que un padre le haga eso a su única hija, ¿no?

–Si hubiera conocido bien a mi padre, no le habría resultado extraño –dijo Marinette con un suspiro–. Nuestra relación era muy complicada.

–Bueno, pero eso ya ha pasado. Ahora que se ha casado con

Adrien, está todo arreglado. Él se hará cargo de usted. Se asegurará de que herede. Es un hombre muy bueno, aunque jamás le he visto presumir ni hablar de lo que hace por los demás. Aunque nadie lo sabe, él también apoya muchas obras benéficas. Pero no quiere que nadie se entere. Yo sí lo sé porque limpio el polvo en su despacho y he visto papeles. Usted está un poco enamorada de Adrien, ¿verdad?

Marinette no quería destrozar las ilusiones románticas de aquella mujer, pero no sabía cómo explicar lo que sentía por Adrien; sobre todo, a una persona a la que acababa de conocer.

–Digamos que empiezo a verle con otros ojos.

Natalie sonrió.

–Bueno, la dejaré para que descanse. ¿Quiere que le traiga un té o un café, o un refresco?

–Me encantaría tomar un té, pero puedo bajar a la cocina y preparármelo yo misma. No tiene que molestarse por mí.

–No es ninguna molestia –respondió Natalie–. Al fin y al cabo, es la primera mujer a la que Adrien ha traído aquí. Debe de ser algo especial, ¿no?

(….)

«La primera mujer a la que Adrien ha traído aquí»... Era difícil contener la alegría que le producía el hecho de que Adrien nunca hubiera llevado a ninguna de sus amantes a su refugio. ¿Por qué Adrien mantenía tanta distancia con los demás? ¿No era raro que le gustara pasar tanto tiempo solo? No le extrañaba que el ama de llaves se hubiera puesto tan contenta por la llegada de ella. Sin embargo, eso no significaba que Adrien la considerara especial.

En ese caso, ¿por qué se estaba preguntando si su matrimonio no podría llegar a ser un matrimonio auténtico? ¿Se le había contagiado el entusiasmo del ama de llaves?

Miró la puerta que comunicaba con la habitación de Adrien y contuvo un escalofrío. Se acercó a la puerta y tocó la llave de latón de la cerradura. Cerró los dedos sobre ella y la hizo girar; pero en vez de cerrar, descorrió el pestillo.

Marinette contuvo la respiración, se miró la mano mientras agarraba la manija y le pareció como si perteneciera a otra persona. Giró la manija y la puerta se abrió.

La habitación de Adrien era grande con vistas al mar y a las montañas. Percibió un olor varonil en el que destacaban los aromas a cítrico y a cedro característicos de Adrien. Los colores variaban entre la crema y el blanco, con toques negros y dorados.

Marinette clavó los ojos en la cama de matrimonio y la invadieron imágenes de Adrien desnudo tumbado sobre esas blancas sábanas.

Se acercó a la cama y acarició una almohada. Ninguna mujer se había acostado allí con él. Ninguna. ¿Qué significaba eso? Que Adrien valoraba su intimidad, que iba allí para alejarse de la vida pública y de la prensa. No significaba que ella fuera una persona especial para él. La puerta principal de la habitación de Adrien se abrió y él la cerró después de entrar mirándola a ella con intensidad.

–Espero que no se te suban a la cabeza las ilusiones que Natalie se ha hecho.

–Solo estaba comprobando si la llave abría y cerraba bien el cerrojo –Marinette indicó la puerta que comunicaba con su cuarto.

–Le había dicho a Natalie que te diera una habitación más al fondo del pasillo.

– ¿Por mí o por ti?

–Por los dos –respondió él. Y se le oscurecieron los ojos.

–Natalie me ha dicho que soy la primera mujer a la que has traído aquí.

Adrien lanzó una ronca carcajada.

–Resultaría extraño que no viniera aquí contigo dado que estamos casados, ¿no te parece?

–Lo que me parece es que Natalie cree que, aunque no lo reconozcamos, estamos enamorados.

– ¿Y tú también lo crees? –preguntó él mirándola directamente a los ojos.

Marinette forzó una carcajada, pero no resultó nada convincente.

–No, claro que no.

–Mejor así –comentó Adrien con una tensa sonrisa.

–No te preocupes, no tengo intención de enamorarme de ti.

–Pero me deseas –él le clavó los ojos en los labios y a ella le dio un vuelco el corazón–. ¿Verdad, cara?

Marinette tragó saliva, se le aceleró el pulso. El ambiente se cargó de tensión sexual.

–Hemos acordado no hacer el amor – ¿por qué le había salido la voz tan ronca?

Adrien se le acercó y se plantó delante de ella. Le puso una mano en el rostro con tanta ternura que ella temió derretirse.

–No deberías haber venido a mi habitación –declaró Adrien con voz espesa.

Marinette se humedeció los labios con la lengua mientras le miraba la boca.

–Y tú deberías haber echado el cerrojo desde tu lado de la puerta.

–Estoy tratando de portarme lo mejor posible contigo, pero me lo estás poniendo muy difícil –dijo Adrien, acariciándole el labio inferior con la yema de un pulgar–. Las cosas se complicarían mucho si tuviéramos relaciones.

–No te estoy pidiendo que te acuestes conmigo.

– ¿No? –preguntó él con una mueca de cinismo.

Mirarle la boca hacía que su deseo se volviera más intenso aún.

–No... no estoy segura de qué es lo que te estoy pidiendo –mintió Marinette. Lo sabía perfectamente. Sabía lo que quería. A él.

Adrien le alzó la barbilla y se clavaron los ojos el uno al otro.

–Si nos acostáramos juntos, sería solo durante los seis meses que va a durar nuestro matrimonio. Te queda claro, ¿verdad?

Marinette plantó las manos en el duro pecho de él.

–Como no nos vamos a acostar con nadie mientras estemos casados, ¿por qué no aprovechar estos seis meses? –sugirió Marinette, apenas creyendo lo que acababa de decir. Pero no tenía sentido seguir negando que lo deseaba cuando, con solo mirarla, era evidente.

Adrien le puso las manos a ambos lados del rostro y comenzó a acariciárselo con los pulgares.

–En parte, esto me parece una locura; por otra parte, me parece lo más natural del mundo.

Adrien bajó la cabeza y le acarició los labios con los suyos. Fue una caricia suave, tímida incluso. Pero pronto encendió la llama de una pasión descontrolada.

Un profundo ardor la consumió. Se le doblaban las piernas, apenas podía sostenerse en pie. Tenía los labios pegados a los de él, su lengua ejecutaba un erótico baile con la de Adrien mientras oleadas de sensaciones eróticas le subían y bajaban por el cuerpo. La excitación aceleraba los latidos de su corazón. Una excitación como nunca había sentido. Su cuerpo entero respondía a todos y cada uno de los movimientos de él.

Adrien la agarró por las caderas, firme y posesivamente; pero, al mismo tiempo, con respeto. Era una exploración mutua, el inevitable lugar al que les había llevado la atracción que sentían el uno por el otro desde hacía tanto tiempo.

Adrien la estrechó contra sí, cadera contra cadera, pelvis contra pelvis. Contrajo los músculos al sentir el duro miembro de Adrien. El duro pecho de él contra sus senos la hizo sentirse más femenina que nunca. Sus cuerpos encajaban perfectamente, como las piezas de un puzle.

Marinette alzó los brazos y hundió los dedos en los cabellos de él mientras continuaban besándose. Adrien subió las manos hasta justo debajo de sus senos, pero sin tocarlos, torturándola.

Marinette lanzó un gemido y él, suavemente, le cubrió un pecho. Al pellizcarle el pezón, por encima de la ropa, ella lanzó un quedo grito de deleite. Adrien deslizó una mano por debajo de su camisa y le acarició la piel. Después, le desabrochó el sujetador y se apoderó de sus senos, los sujetó, los acarició... Y, por fin, bajando la cabeza, le chupó una aréola, dejando el pezón para el final.

Marinette ya casi no podía respirar cuando Adrien comenzó a lamerle y chuparle el otro seno. Estaba enloquecida.

Por fin, Adrien la llevó a la cama. Después de caer tumbados, Adrien la besó profundamente y ella se preguntó por qué se había resistido a él durante tanto tiempo. ¿Por qué se había negado a sí misma esa magia? Una magia que solo Adrien podía obrar.

Adrien le apartó el cabello del rostro y la miró a los ojos.

– ¿Estás segura de que quieres hacer el amor?

Marinette le acarició una mejilla y la barba incipiente de él le raspó la mano.

–Sí, completamente segura.

Él le plantó otro beso en los labios; después, depositó diminutos besos a lo largo de su garganta y escote. Le lamió los pechos de nuevo, le chupó los pezones y se los mordisqueó suavemente. Bajó una mano para quitarle la ropa sin dejar de besarla. Todo ello con languidez y lentitud, sin prisas.

Marinette le desabrochó los botones de la camisa y acarició el pecho de Adrien salpicado de vello negro. Bajó la mano para acariciarle el vientre y él respiró hondo. Y con un atrevimiento impropio de ella, pasó la mano por encima de la bragueta de los pantalones de Adrien.

Sus ojos se encontraron y a él le tembló el vientre.

–Te deseo. Maldita sea, te deseo –dijo él con una nota de resentimiento en la voz.

–Lo dices como si fuera una enfermedad –comentó Marinette.

Adrien le dio un beso en la boca.

–Lo es. Llevo así años.

– ¿Cuántos años? –preguntó Marinette.

–Siete –respondió él con una sonrisa ladeada.

–Vamos, que sí me deseabas por aquel entonces –dijo Marinette pasándole un dedo por los labios.

–Con locura –Adrien le capturó el dedo con la boca y se lo chupó.

Fue una sensación sumamente erótica que anticipaba lo que estaba por llegar.

–Me dijiste que te dejara en paz y que madurase un poco.

–Y lo has hecho –le brillaron los ojos mientras contemplaba los senos desnudos de ella.

Marinette le agarró las manos y se cubrió los pechos con ellas.

–Quiero que me toques. Te quiero dentro de mí.

– ¿Estás tomando la píldora? –preguntó Adrien de repente.

–Sí.

–Bien. Porque una cosa es que nos acostemos juntos y otra muy distinta es tener un niño.

–No voy a quedarme embarazada, Adrien –replicó ella con irritación ante la posibilidad de que él sospechara que podría recurrir a semejante truco para atraparle.

–A veces, a pesar de haber tomado precauciones, ocurre.

–A mí, hasta la fecha, no me ha pasado.

–Pero, si te pasara, ¿qué harías? –le preguntó Adrien.

A Marinette nunca se le había pasado por la cabeza tener un hijo. Eso le ocurría a otra gente, a la gente que se casaba por amor y procreaba.

Ella se había obligado a sí misma a no desear semejantes cosas.

Después de presenciar el sufrimiento de su madre debido al control al que se había visto sometida por su marido, había decidido no permitir nunca que un hombre le hiciera eso a ella. Además, aunque solo tenía cinco años cuando su hermano, Hamish, murió, el dolor que sus padres habían sufrido tras la pérdida de su hijo la había afianzado en su decisión de permanecer soltera y sin hijos. Enamorarse la haría más vulnerable y dependiente, tener un hijo solo aumentaría su vulnerabilidad. Siempre le había parecido más sensato y seguro mantener las distancias con los hombres a un nivel emocional.

Pensar en Adrien y en un hijo era peligroso. Le había abierto una puerta que, hasta ese momento, había permanecido cerrada con llave.

Imágenes de Adrien con su hijo en los brazos la asaltaron y se le encogió el corazón.

Marinette dejó escapar el aire que había contenido en los pulmones.

–Desde luego, se te da muy bien estropear las cosas.

Adrien tomó sus manos en las suyas y se las besó sin dejar de mirarla a los ojos.

–Es importante tener esta conversación porque esto va a durar solo seis meses. Un bebé lo cambiaría todo.

–Tranquilízate, Adrien, yo tampoco quiero tener hijos. ¿Sueles tener esta conversación con todas las mujeres con las que te acuestas?

–Siempre utilizo preservativos. Sin excepción –Adrien frunció el ceño–. Mis relaciones, como mucho, duran unas semanas.

– ¿Por qué?

Adrien jugueteó con un mechón de cabello de ella mientras le clavaba los ojos en los labios.

–No me gusta dar falsas esperanzas. Me aburro con facilidad.

–Es decir, que las dejas antes de que les dé tiempo a encariñarse contigo, ¿verdad?

Marinette se preguntó por qué, a la edad de treinta y cuatro años, Adrien seguía conformándose con relaciones tan pasajeras, por qué no quería comprometerse seriamente con nadie. ¿Nunca le había ocurrido sentir algo más por alguien?

¿Y a ella?

Marinette no quiso que sus pensamientos siguieran por esos derroteros. Lo que quería era comprar la casa de sus abuelos y honrar así la memoria de su madre. Ese era su objetivo y no iba a descansar hasta conseguirlo.

Marinette le acarició la mandíbula y se movió debajo de él, el cuerpo seguía ardiéndole.

– ¿Hemos acabado ya con esta conversación?

Adrien sonrió y sus ojos brillaron.

– ¿Se te ocurre alguna otra cosa que podamos hacer?

Marinette tiró de la cabeza de él hasta que sus bocas casi se rozaron.

– ¿Tú qué crees?

Adrien la besó, reavivando de nuevo la pasión. Le acarició todo el cuerpo con suaves toques. Le dedicó tiempo a sus zonas erógenas; los pechos, las muñecas, los muslos... A las caricias de sus manos siguieron las caricias de sus labios, electrificándole la piel, conduciéndola a un frenesí que la hizo retorcerse y gemir. Se desnudaron del todo, los dos. Y, por primera vez en su vida, no se sintió vulnerable y tampoco sintió vergüenza.

Adrien le separó las piernas y la tocó con los dedos, y ella enloqueció con las sensaciones que él despertó en sus partes más íntimas.

Marinette nunca había permitido a ninguno de sus amantes tocarla de esa manera; aunque, por supuesto, los pocos que había tenido ni siquiera lo habían intentado. Pero los tocamientos de Adrien eran tan suaves, tan respetuosos y generosos que se dejó llevar por la sensualidad del momento y comenzó a despojarse de sus inhibiciones.

Entonces, Adrien le acarició el sexo con los labios y la lengua, descubriéndole un mundo desconocido hasta el momento, un mundo de inconcebible placer en el que ninguna parte de su cuerpo quedó intacta.

Se sacudió y se estremeció al alcanzar un exquisito orgasmo que la despojó de todo pensamiento.

Adrien le acarició el interior de los muslos cuando ella recuperó el sentido. No podía hablar. No quería hablar, por si decía algo que no debiera, consciente de su falta de sofisticación y experiencia en lo que a la vida sexual se refería, la suya tan distinta de la de él.

Adrien le apartó un mechón de pelo del rostro y la miró con intensidad.

–Te has quedado muy callada, cara.

Marinette esbozó una sonrisa forzada.

– ¿Tú no quieres...? ¿No quieres terminar?

Adrien tomó una de sus manos y le besó la palma.

–No hay prisa. Quiero que saborees el momento.

Marinette se mordió los labios y le acarició el pecho con un dedo.

–Nunca me había acostado con un hombre que no... Que no tuviera prisa.

Adrien le alzó la barbilla con un dedo y la obligó a mirarle a los ojos. La expresión de los de él contenía una nota de preocupación que la hizo preguntarse si su hostilidad hacia él no había sido completamente equivocada.

–Es importante para mí que sientas placer. Quiero que, cuando nos unamos por primera vez, sea satisfactorio para ambos por partes iguales, no quiero que acabes sintiéndote frustrada –él le acarició el labio inferior y frunció el ceño–. Lo que me has dicho... ¿significa que no siempre has disfrutado con el sexo?

Marinette se perdió en la cálida profundidad de la mirada de él. ¿Cómo podía Adrien leerle el pensamiento con tanta facilidad? ¿Y entender las necesidades de su cuerpo? ¿Y sus sentimientos y emociones?

–No tengo tanta experiencia como se me atribuye –Marinette suspiró–. Nunca me he sentido del todo cómoda al hacer el amor. Las veces que me he acostado antes de ahora, he tenido que emborracharme para aguantarlo. Por otra parte, a ninguno de los hombres con los que he hecho el amor le ha importado si me lo pasaba bien o no. Todos suponían que era una chica fácil con ganas de divertirse, pero la realidad... En fin, la verdad es que esta ha sido la primera vez que un hombre me ha producido un orgasmo. Hasta ahora, siempre los he fingido para acabar cuanto antes.

Adrien le acarició el rostro.

–Oh, Marinette –dijo él con voz suave–. El sexo debe procurar un disfrute mutuo, no el de uno solo. Tus amantes deberían haberte preguntado si lo que te hacían te gustaba o no. No deberías haber soportado el sexo, deberías haberlo disfrutado.

Le emocionaba tanto la comprensión que Adrien mostraba que temió echarse a llorar.

–Hablando de disfrute mutuo... ¿Vas a terminar de hacerme el amor o no?

A los ojos de él volvió a aflorar una sombra de preocupación.

– ¿Es eso lo que quieres? ¿De verdad?

Marinette le acarició una mejilla.

–Quiero que me hagas el amor. Quiero recibir y darte placer – susurró ella con todo el anhelo que sentía por él en la voz.

– ¿Estás segura? –preguntó Adrien acercando la boca a la suya.

–Completamente segura –respondió Marinette, y sus bocas se unieron.


CONTINUARAA.

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