UNA UNION TEMPORAL
Desclaimer: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.
Miraculous ladybog © Thomas Astruc
Adaptación © FandomMLB
Una unión temporal © Melanie Milburne
AVERTENCIA: LEMON, SMUT PARA MAYORES DE 18 AÑOS
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CAPITULO 8.
LA LLAMA de la pasión se encendió tan pronto como la boca de Adrien encontró la suya. Las sensuales caricias mutuas le erradicaron las malas experiencias del pasado. Por primera vez, supo lo que era recibir y dar placer, y su regocijo fue inmenso.
Adrien fue lento y concienzudo, y no dejó ninguna parte de su cuerpo sin tocar. Le besó y le acarició los pechos, la mordisqueó y la lamió.
Pero ella mostró igual entusiasmo al aprender el cuerpo de él, al pasarle las manos por los duros músculos. Le agarró el miembro y se enteró de lo que le gustaba o dejaba de gustarle, prestó atención y se dio cuenta de a qué y cómo respondía Andrea. Y se sintió más poderosa que nunca.
Adrien agarró un preservativo y se colocó para penetrarla. El momento final de la conexión física fue tan absolutamente erótico y tan sorprendentemente tierno que la dejó sin respiración. Su cuerpo le dio la bienvenida, aceptándole y envolviéndole sin miedo, sin desgana, sin fingir. El lento movimiento de él dentro de su cuerpo le provocó una enfebrecida respuesta. Empezó a ascender a una cumbre muy alta con creciente tensión. Aún no había alcanzado la cima, pero estaba ya tan cerca... tan cerca... al borde del precipicio...
Adrien puso las manos entre sus cuerpos y la acarició íntimamente hasta hacerla precipitarse por el abismo. Una vorágine de sensaciones la envolvió y se apoderó de todos y cada uno de los poros de su ser, oleadas de placer la arrollaban.
Casi al instante, le sintió alcanzar el clímax y le oyó lanzar un profundo gruñido que vibró en su propio cuerpo como si el placer de él estuviera unido al suyo. Percibió los espasmos de Adrien como si fuesen propios, y le pareció que jamás se había sentido tan unida a nadie como a Adrien.
Una sobrecogedora emoción la embargó y le cerró la garganta mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Lamentó su falta de sofisticación por sentirse tan vulnerable y ocultó el rostro en el cuello de él, con la esperanza de que Andrea interpretara su silencio como una sensación de satisfacción.
Tras unos minutos así, Adrien se apoyó en un codo para incorporarse y la obligó a mirarle. Entonces, al ver sus lágrimas, frunció el ceño.
– ¿Te he hecho daño? –preguntó él con preocupación.
Marinette esbozó una sonrisa ladeada.
–No, claro que no. Has sido... muy tierno, maravillosamente tierno. Es solo que... que no sabía que esto podía ser tan fantástico. No ha sido apresurado ni ha tenido nada de vergonzoso.
Adrien le secó las lágrimas y la miró con tanta ternura que ella temió echarse a llorar otra vez. Estaba acostumbrada a que sus amantes se apartaran de ella y se marcharan. Asunto concluido. Fin.
Pero Adrien era diferente; no solo le había hecho el amor a su cuerpo, sino también a su alma.
–Tú también has estado maravillosa –dijo él–. Siempre he sabido que seríamos compatibles en la cama.
Marinette le acarició la frente, pero le evitó la mirada.
– ¿Por qué has esperado tanto tiempo para acostarte conmigo? Lo que quiero decir es que podríamos haber estado haciendo el amor y no la guerra.
–Esa es una de las razones por las que mantenía las distancias contigo –contestó Adrien sonriendo–. Estando contigo, no puedo fiarme de mí mismo. Pero mi ama de llaves, Natalie, desde el momento en que te ha visto se ha dado cuenta de que yo estaba perdido.
– ¿Porque soy la primera mujer a la que has traído aquí?
–Porque eres la primera mujer con la que me he casado.
Marinette se miró los anillos de la mano izquierda. Parecían tan auténticos... Y, sin embargo, un puño invisible le estrujó el corazón. Eso solo duraría seis meses. Adrien no quería una esposa, igual que ella no quería un marido. No iban a pasar juntos el resto de sus vidas.
Estaban juntos por dinero, por conveniencia.
–Pero Natalie sabe que este es un matrimonio de conveniencia.
Los dos se lo hemos dicho.
Adrien se apartó de ella y se deshizo del preservativo.
–Ya te lo he advertido, es una romántica empedernida. Para ella, un matrimonio de conveniencia es una oportunidad para enamorarse.
Se casó con su difunto marido para saldar unas deudas de la familia y pasaron juntos treinta años muy felices, hasta que él murió hace dos años –Adrien volvió la cabeza hacia ella y la miró con expresión indescifrable–. No te dejes influenciar por Natalie. Haremos lo que nos hemos propuesto y, cuando llegue el momento, nos despediremos sin lágrimas. ¿De acuerdo?
–De acuerdo.
Adrien se inclinó sobre ella y le acarició la boca con la suya.
Después, se enderezó y fue a ponerse los pantalones.
–Tengo que encargarme de un par de cosas en mi despacho, tienen que ver con la compra de ese hotel. ¿Te importa quedarte sola durante una o dos horas? Cenaremos en la terraza y quizá después podríamos ir a darnos un baño a la luz de la luna. Le daré a Natalie la noche libre para así estar solos.
–Estupendo –contestó Marinette, muy ilusionada con la idea de que se bañaran a la luz de la luna.
(…)
Después de una hora y media, Adrien no había logrado acabar el trabajo. No dejaba de rememorar el encuentro amoroso con Marinette. Le costaba creer lo fácilmente que se había rendido al instinto. Pero lo que ella le había contado sobre sí misma y sus inseguridades había hecho que le resultara imposible resistirse.
Habían franqueado una barrera y ahora se encontraba en un mundo sensual que, hasta la fecha, había evitado. El encuentro amoroso había sido tierno y apasionado simultáneamente. Sabía el peligro que entrañaba el cambio en su relación, pero estaba convencido de que solo duraría seis meses. Sí, ninguna relación le había durado tanto, pero ese era el trato y los dos saldrían ganando. La boda del hombre de negocios con el que estaba en tratos iba a tener lugar en dos semanas y supuso que acostándose con Marinette daría más autenticidad a su matrimonio.
No obstante, ahora que había hecho el amor con ella, tendría que tener cuidado para no acabar haciéndola sufrir. Habían hecho un acuerdo. Seis meses. No quería prolongar la relación ni que se proyectara hacia el futuro. No estaba dispuesto a volver a sufrir. No quería encontrarse en una situación que podría hacerle vulnerable al rechazo.
No. Iba a ajustarse al plan inicial. Su relación iba a ser puramente física, sin ataduras emocionales.
(….)
Marinette se dio una ducha y bajó la escalera a tiempo de que Natalie le diera instrucciones sobre cómo calentar la comida que había preparado y dónde servirla.
Natalie había preparado una mesa en la terraza, con vistas a la piscina y al mar. La mesa estaba cubierta con un mantel blanco, estaba iluminada por un candelabro y, a ambos lados de este, había jarrones con flores. Había dos sillas acolchonadas, una frente a la otra. El conjunto formaba el escenario más romántico que había visto nunca.
No obstante, la situación le resultaba conflictiva. Hacer el amor con Adrien acarreaba un cambio en su relación. Ya no le detestaba. El odio del pasado le había servido de armadura, pero ahora ya no disponía de un arma para luchar contra él. ¿Cómo iba a defenderse?
Por otra parte, le resultaba imposible odiar a un hombre que la había hecho sentir una magia desconocida hasta ese momento.
Iban a pasar juntos seis meses y las cosas, después de acostarse juntos, no podían volver a ser como antes.
Adrien salió a la terraza con una botella de champán en la mano.
Al parecer, él también se había dado una ducha porque tenía el cabello húmedo.
Adrien recorrió con la mirada su vestido de seda color ostra, la única prenda decente que le había dado tiempo a meter en la pequeña maleta.
–Estás preciosa. El resto de tus cosas estarán aquí mañana. Pero podemos ir a comprar lo que sea que necesites.
–Gracias.
Adrien le puso una mano en el hombro y a ella le recorrió un cosquilleo por todo el cuerpo.
–Estás nerviosa –dijo Adrien con sorpresa, no era una pregunta.
Marinette sintió el sonrojo de sus mejillas.
–No estoy acostumbrada a tener esta relación contigo, como muy bien sabes. Hasta ahora, cuando nos veíamos siempre discutíamos. Es un poco... raro. Raro, pero está muy bien.
Adrien sonrió y bajó la cabeza para darle un beso al lado del lóbulo de la oreja. Marinette percibió el aroma a cítricos de la loción para después del afeitado que él usaba, el olor a limón y a lima la embriagó.
Aunque Adrien acababa de afeitarse, le raspó ligera y sensualmente la piel. El aliento de ese hombre le acarició el cuello.
Adrien la tomó por sorpresa al lamerle la mandíbula hasta llegar a su boca. Entonces, la besó. Fue un beso lento y sensual que le encendió la piel. Ella abrió la boca para dar paso a la exigente presión de la de él. Le rodeó el cuello con los brazos, pegándose al calor y a la dureza de él. Debajo del vestido de seda de tirantes no llevaba sujetador, y frotó sus senos contra el pecho de Andrea. Su cuerpo se estaba preparando, la excitación le aceleró los latidos del corazón.
Adrien continuó besándola, entrelazando la lengua con la suya, avivando su pasión.
Marinette no comprendía cómo un beso podía ser tan apabullante.
Todas y cada una de las células de su cuerpo latían. Su deseo iba en aumento con cada caricia de la boca de él. Las manos de Adrien enredadas en su cabello le provocaron corrientes eléctricas en todo su ser.
Por fin, Adrien abandonó su boca y la miró con oscura sensualidad.
–Esta forma de relacionarnos es mucho mejor que la otra, ¿no te parece?
Marinette sonrió.
–Sí, mucho mejor.
Adrien volvió a besarla y la estrechó contra su excitado cuerpo mientras respiraban el olor de las flores y del mar y dejaban que la magia del lugar les embriagara.
A Marinette le parecía estar viviendo un cuento de hadas, un cuento en el que no había creído hasta ese momento: un lugar romántico, una cálida y fragante noche, champán, una cena deliciosa y un hombre que solo tenía ojos para ella.
¿Qué más podía desear?
Adrien la soltó y sonrió.
–Como sigamos despistándonos no vamos a probar la exquisita cena que Natalie nos ha preparado. ¿Una copa de champán, cara?
Para celebrar que hayamos hecho las paces.
–Sí, muchas gracias –Marinette alargó la mano hacia la copa que él le había servido. Adrien apartó una silla para que ella se acomodara y, después de sentarse, Marinette desvió la mirada hacia abajo del monte–.
Este sitio es una maravilla. ¿Hace mucho que tienes esta casa?
Adrien se sentó frente a ella.
–La compré hace cinco años. Estaba harto de vivir en hoteles.
Quería tener una base, una casa, un lugar que no tuviera nada que ver con el trabajo –Adrien hizo una mueca–. Aunque no siempre lo consigo.
Natalie no para de decirme que, cuando estoy aquí, paso demasiado tiempo trabajando en el despacho.
Marinette bebió champán y le miró por encima del borde de la copa.
Nunca había visto a Adrien tan relajado. Solo se había abrochado la mitad de los botones de la camisa y llevaba las mangas recogidas hasta por encima del codo. Y entonces se preguntó por qué, en el pasado,
Adrien le había parecido tan intimidante.
– ¿Cómo es que te metiste en el negocio de los hoteles? ¿Por qué ese negocio y no otro?
Adrien le pasó uno de los panecillos de la cesta del pan.
–A los catorce años, cuando me marché de casa...
– ¿A los catorce? –Marinette le miró alarmada–. ¿Tenías catorce años cuando te marchaste de casa?
–No lo hice porque quisiera –respondió él con una sonrisa que no era realmente una sonrisa–, pero me estaba resultando imposible vivir con mi padrastro.
Marinette miró la cicatriz que él tenía en la ceja izquierda y le dio un vuelco el estómago al pensar en lo que Adrien debía de haber pasado de pequeño.
– ¿Esa cicatriz es por tu padrastro?
Adrien se tocó la cicatriz y una sombra cruzó su expresión.
Aquellos recuerdos debían de ser dolorosos para él.
–Mi padrastro era un sinvergüenza, un cobarde que utilizaba los puños en vez del intelecto. Aunque no es que tuviera mucho intelecto que digamos.
Marinette tragó saliva. Ella también sabía lo que era vivir con un hombre de mal temperamento.
– ¿Era violento con tu madre?
–Sí, aunque era bastante listo, no le dejaba moratones –respondió
Adrien apretando la mandíbula–. Yo intervenía cuando podía; pero, al final, mi madre prefirió quedarse con él. Eso fue lo que más me dolió.
Volví al día siguiente de que me echara de casa y le pedí a mi madre que se viniera conmigo, le prometí que encontraría un sitio en el que los dos pudiéramos vivir juntos, a salvo. Pero mi madre me dijo que no quería volverme a ver en la vida. Prefirió quedarse con ese hombre.
Increíble.
Marinette frunció el ceño. Se le encogió el corazón al pensar en Adrien, a los catorce años, viéndose rechazado por su padrastro y por su madre.
– ¡Qué horror, Adrien! Debió de ser terrible para ti. ¿Qué hiciste? ¿Adónde fuiste?
Adrien bebió un par de tragos de champán.
–Viví en la calle durante un par de meses, hasta que conocí a tu padre. Tu padre me vio buscando comida en la parte trasera de un hotel de Florencia. El personal de cocina me conocía y solían darme restos de comida –Adrien sonrió–. Puede que tu padre no fuera un ángel, pero si no hubiera sido por él no sé dónde ni cómo habría acabado.
Aquella era una faceta de su padre que Marinette desconocía. No obstante, el bien que había hecho no compensaba cómo la había tratado a ella.
– ¿Qué es lo que hizo por ti?
–Me buscó un sitio para vivir y me ofreció un trabajo. Al principio, el trabajo solo consistía en limpiar y cosas así; pero, después, dijo que estaba impresionado conmigo –Adrien agarró la botella de champán y volvió a llenarle la suya, pero no la de él–. Volví a los estudios y, después del colegio, estudié economía. Cuando vivía en la calle, me prometí a mí mismo que algún día montaría un hotel solo para la gente sin hogar, para que allí pudieran descansar y comer.
Adrien dejó la botella en la cubeta de hielo y volvió a recostar la espalda en el respaldo del asiento.
–Bueno, ya basta de hablar de mí. Me gustaría que me contaras algo sobre Luka. ¿Cómo era?
Marinette se preguntó si alguien más conocía el oscuro pasado de
Adrien. Le conmovió que él se lo hubiera contado. A juzgar por la sombría expresión de él, se daba cuenta de que no debía de haberle resultado fácil.
–Luka era bastante mayor que yo, como ya sabes; mi madre tuvo varios abortos naturales después de tener a Luka y hasta que yo nací. Luka era maravilloso, inteligente y divertido, un hermano mayor estupendo. Yo le idolatraba y él me mimaba mucho.
Desgraciadamente, tuvo sarcoma y eso lo cambió todo en nuestra familia. A pesar de que los médicos y mis padres hicieron todo lo que estuvo en sus manos, no pudieron salvarle –Marinette lanzó un suspiro–. Pasamos una época terrible después de su muerte. Mi padre esperaba de mí que hiciera todo lo que Luka habría hecho de haber vivido.
Pero a mí los estudios no se me daban bien; no podía soportar la presión y acabé haciéndome una rebelde. Marinette frunció el ceño mientras recordaba esa etapa tan difícil de su vida.
–Me habría gustado tener a alguien con quien hablar, pero la única persona con quien habría podido hacerlo era Luka y él estaba muerto –añadió Marinette.
– ¿Y tu madre? ¿No tenías confianza con ella?
Marinette siempre se ponía triste cuando pensaba en su madre.
–Estábamos muy unidas antes de que Luka enfermara. Hasta entonces, habíamos sido una familia feliz; al menos, eso era lo que a mí me parecía cuando era pequeña. Aunque la verdad es que estábamos siempre más contentos sin mi padre. Por eso me encantaba ir a casa de mis abuelos, porque mi padre no venía con nosotros. No se llevaba bien con sus suegros. Pero entonces Luka enfermó y mi madre, comprensiblemente, se vino abajo. Acabó sintiéndose una fracasada como madre y como esposa. Y, a los dos años del fallecimiento de
Luka, mis abuelos se mataron en un accidente de coche. A partir de ese momento, mi madre se refugió en sí misma y, poco tiempo después, le detectaron un cáncer de hígado. Fue como si nos hubiera caído una maldición.
El rostro de Adrien mostró preocupación y compasión.
– ¿Cómo reaccionó tu padre?
Marinette volvió a lanzar un suspiro.
–Se refugió en el trabajo. Empezó a viajar mucho, lo mejor para mí ya que, cuando estábamos juntos, lo único que hacíamos era discutir. No podía verme sin reprocharme cómo me vestía o lo mal que iba en los estudios o lo mal que me portaba. Me ponía a temblar cuando volvía a casa; y, sin embargo, le provocaba para llamar su atención.
Aunque me doy cuenta de que ese tipo de comportamiento es propio de alguien muy inmaduro.
–Entonces... ¿nunca estuviste unida a él, ni siquiera de pequeña?
Marinette esbozó una sonrisa llena de dolor.
–A mi padre no le gustaban mucho los niños, no los comprendía o no le interesaban. En una ocasión, a mi madre se le escapó que mi padre había tratado a Luka igual que a mí de pequeño, aunque su actitud cambió cuando se hizo más mayor. Sin embargo, cuando yo me hice mayor, me di cuenta de que mi padre nunca intentaría tener una mejor relación conmigo porque yo no era un chico. Y eso era lo que mi padre quería, un chico, un heredero.
Luka hizo una pausa momentánea, bebió un sorbo de champán y añadió:
–Con quien sí me llevaba bien era con mis abuelos, los padres de mi madre. Ellos me adoraban, y a Luka también, por supuesto –Marinette miró a Adrien a los ojos–. Por eso es por lo que quiero mi herencia.
Quiero comprar, recuperar, la casa de mis abuelos. Después de que murieran, mi padre se empeñó en vender su casa. Mi madre no quería, pero él la convenció.
– ¿Dónde está?
–En Wiltshire –respondió Marinette–. A unos pocos kilómetros de un pueblecito precioso del que nadie ha oído hablar y para mí es un paraíso. De allí tengo los mejores recuerdos de mi vida, en casa de mis abuelos con mi madre y Luka. No voy a descansar hasta que no recupere la casa. El actual propietario se ha comprometido a esperar estos seis meses para vendérmela.
– ¿Qué vas a hacer con ella después de comprarla? ¿Vas a irte a vivir allí?
–Sí, ese es el plan –contestó Marinette–. Tengo pensado convertirla en una residencia de vacaciones para personas que han pasado momentos difíciles. Quizá incluso para niños con cáncer. Además de la casa principal, hay otra pequeña, pero muy bonita, que era la del jardinero.
Marinette agarró su panecillo y partió un trozo antes de añadir:
–Supongo que para alguien como tú, un hotelero profesional, mi idea debe de parecerte demasiado en el aire. La verdad es que aún no he hecho un plan de negocios ni nada parecido. Además, hace años que no voy allí.
Adrien le agarró una mano y se la apretó.
–Yo empecé desde abajo y fui subiendo poco a poco. Tú crees en tu proyecto y eso es lo realmente importante.
Marinette fijó los ojos en sus manos unidas, en su anillo de bodas y en el de compromiso, cuyo brillo le recordó las bases de su matrimonio.
Apartó la mano y untó mantequilla en el pan.
– ¿Ves a tu madre? –el silencio de él la hizo insistir–. Adrien...
Adrien parpadeó, como si volviera al presente después de haberse ausentado.
–No.
– ¿Has intentado ponerte en contacto con ella?
– ¿De qué serviría? –respondió él con una amargura que no supo disimular.
Marinette se mordió el labio inferior, preguntándose si no se habría adentrado en terreno peligroso.
–No sé... Se me ha ocurrido que hablar con ella quizá te ayudara a comprender por qué hizo lo que hizo.
–Fue decisión suya. En lo que a mí respecta, no hay nada más que hablar.
–Pero... ¿y si no hubiera tenido otra alternativa? –Marinette le miró a los ojos–. ¿Y si le tenía miedo a tu padrastro? ¿Y si tenía miedo de lo que él pudiera haceros a los dos si le dejaba? Quizá tu padrastro le obligó a decirte que te marcharas y que no volvieras nunca.
–Ha tenido tiempo de sobra para ponerse en contacto conmigo si hubiera querido. No he estado escondido precisamente.
–Pero, si quisiera verte, ¿accederías?
Un brillo cínico asomó a los ojos de él.
– ¿Y qué crees que querría de mí después de tantos años? ¿Dinero?
–Comprendo que cuestionarías sus motivos, pero...
–Marinette, por favor, cambiemos de tema –dijo Adrien en tono tajante–. Tú tuviste problemas con tu padre y yo con mi madre. Dejémoslo estar.
–Pero puede que tu madre siga viva –insistió Marinette, haciendo un esfuerzo por ignorar la punzada de dolor que sintió en el corazón. La culpabilidad y el resentimiento la acompañarían el resto de su vida, era demasiado tarde para ella, su padre estaba muerto.
Los ojos de Adrien perdieron dureza y volvió a buscar la mano de ella.
–Cara... –dijo él con voz suave, casi con ternura, al tiempo que le estrechaba la mano–. Perdóname. Lo que me pasó ocurrió hace mucho tiempo, tanto que a veces tengo la impresión de que le ocurrió a otra persona, no a mí. Pero lo tuyo es reciente. La herida está abierta aún.
Tu padre se portó mal contigo. Pero tu padre tenía sus problemas, la gente infeliz hace daño a los demás porque es la forma que tienen de controlar.
Marinette forzó una sonrisa.
–Me pregunto qué pensaría de que nos hayamos casado. ¿Crees que se le pasó por la cabeza que pudiera ocurrir?
– ¡Quién sabe! Sin embargo, lo principal es que heredes después de estos seis meses. Y ahora que me acuerdo, la boda del colega con el que estoy en tratos va a tener lugar dentro de dos semanas. Se va a casar en Venecia. Va a ser una boda por todo lo alto. Así que, si necesitas que te ayude a elegir la ropa para la boda, solo tienes que decírmelo. Por supuesto, yo la pagaré.
–No es necesario que me compres ropa.
Adrien se encogió de hombros y alcanzó su copa de champán.
–Considéralo una de las ventajas del trato. Vale la pena gastar dinero si es para conseguir lo que uno quiere.
– ¿Por qué tienes tanto interés en comprar ese hotel en particular? –Preguntó Marinette–. ¿Qué tiene de especial?
–Es el hotel de Florencia en el que tu padre me encontró mendigando comida. Llevo años queriendo comprar ese hotel y no me voy a dar por satisfecho hasta que lo consiga. El hotel de Marc es pequeño en comparación con la mayoría. Pero no voy a parar hasta que no sea mío. Sin embargo, para eso tengo que solucionar el asunto de su hijastra.
–En ese caso, espero que su hijastra se crea que estamos casados de verdad, que lo nuestro no es una farsa.
Adrien la penetró con los ojos.
–Cuando nos vea juntos, Alexis solo podría llegar a la conclusión de que lo nuestro es real. Nuestra mutua atracción está ahí, es patente.
Marinette agarró su copa para evitar rendirse a esa atracción ahí mismo, en ese momento.
–Bueno, ¿vamos a lanzarnos de una vez a esta deliciosa comida que Natalie nos ha preparado? Debe de estar quedándose fría.
–La cena primero, un baño después –declaró Adrien con una perezosa sonrisa.
–No llevo puesto el traje de baño.
–No lo vas a necesitar –dijo él con un brillo malicioso en los ojos.
CONTINUARAA.
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