UNA UNION TEMPORAL


Desclaimer: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.

Miraculous ladybog © Thomas Astruc

Adaptación © FandomMLB

Una unión temporal © Melanie Milburne


AVERTENCIA: LEMON, SMUT PARA MAYORES DE 18 AÑOS


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CAPITULO 9.

DESPUÉS DE recoger la mesa y fregar, Marinette siguió a Adrien a la piscina. Él apagó casi todas las luces del jardín y solo la luna iluminó la lisa superficie de la piscina.

Adrien se desabrochó la camisa y, al verle el pecho desnudo, Marinette sintió un cosquilleo en todo el cuerpo.

– ¿Te has bañado desnuda alguna vez?

–No –Marinette se bajó un tirante del vestido–. Es curioso, pero no hago más que vivir experiencias nuevas contigo.

Adrien se despojó de toda su ropa y fue hacia ella para ayudarla con la suya. Adrien le bajó el otro tirante y el vestido cayó a sus pies, dejándola solo con las bragas. Devoró con los ojos sus pechos desnudos y después los sujetó con las manos, haciéndola estremecerse de placer. Le acarició los pezones, los pellizcó, torturándola. Entonces bajó la cabeza y se los lamió y mordisqueó, y un temblor recorrió el cuerpo de ella.

Cuando Adrien le bajó las bragas, Marinette se pegó a él. Nadie había despertado su deseo de esa manera. Con tanta fuerza. Con esa locura.

Con esa pasión.

Adrien se arrodilló delante de ella y acercó la boca a su pelvis.

Marinette le agarró la cabeza, preparándose para la tormenta que los labios y la lengua de Adrien iban a desencadenar. Se entregó por entero al placer mientras él la devoraba y, por fin, no pudo aguantar más. Alcanzó el clímax en la lengua de Adrien, jadeó y se estremeció mientras oleadas de gozo la recorrían por entero.

Adrien se puso en pie y la abrazó.

–Me encanta ver cómo te derrites cuando te hago eso. Me encanta.

–Jamás me imaginé que pudiera dejar a nadie hacerme eso –Marinette le acarició los labios con los dedos–. No puedo imaginarme a mí misma permitiendo a otro hombre...

Una fugaz sombra cruzó la expresión de Adrien. Pero se recuperó con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

–Bueno, venga, vamos a bañarnos.

Adrien se separó de ella, se tiró al agua y se puso a nadar. Ella se quedó al borde de la piscina, sin atreverse a tirarse también porque jamás podría nadar como él. Mientras le contemplaba, no pudo evitar una punzada de envidia al verle nadar como si fuera un profesional.

Adrien le recordó a su hermano, Luka, que había sido un excelente nadador. Desgraciadamente, a ella nunca se le había dado bien, otra de las cosas por las que su padre la había menospreciado; y por ese motivo, hacía años que no nadaba.

Adrien se detuvo y se apartó del rostro unos mechones de pelo.

–Venga, tírate al agua. No está fría.

Marinette se acercó a la parte que no cubría y, con cuidado, bajó unos escalones y se metió en el agua, que le llegaba a la cintura. Adrien no le había mentido, el agua era cálida y le acarició la piel desnuda como si fuera una seda cálida y mojada.

–Yo me quedo aquí –dijo ella.

Adrien se dirigió al extremo de la piscina que no cubría y la miró a los ojos.

– ¿Qué te pasa? ¿No te gusta nadar?

–No se me da muy bien. A Luka sí, pero a mí no.

– ¿Hacía tu padre comparaciones al respecto, entre tu hermano y tú?

A Marinette le sorprendió la habilidad de Adrien para interpretar correctamente la situación siempre que ella hablaba de su infancia.

–No me ayudó mucho que, cada vez que intentaba nadar, mi padre se acercara a la piscina para decirme todo lo que hacía mal.

–No debería haber hecho eso nunca –dijo Adrien tomándole las manos–. No hay derecho a tratar así a un niño.

Marinette le rodeó la cintura con los brazos y pegó la pelvis a la de él.

–Gracias por tu comprensión. Sé que debe de ser difícil para ti oír estas cosas sobre mi padre, sé que fue bueno contigo. En realidad, se portó muy bien con mucha gente. El problema es que no era la clase de padre que yo necesitaba.

–Le agradezco mucho lo que hizo por mí –Adrien le rozó la frente con los labios–. Pero no éramos tan amigos como él suponía. Yo no tenía amigos íntimos –Adrien lanzó un suspiro–. Sigo sin tenerlos.

« ¿Y yo?». La pregunta quedó en el aire, interponiéndose entre los dos. ¿No tenían una relación íntima? Adrien le había contado cosas que, con toda seguridad, no había contado a ninguna otra persona.

Habían compartido sus cuerpos íntimamente. ¿Qué debía pasar para que Adrien bajara la guardia y se permitiera confiar en ella?

–Eh, ¿no hemos venido aquí para nadar? –preguntó Adrien sonriendo.

– ¿En serio quieres nadar? –preguntó ella con una coqueta sonrisa.

Con los ojos oscurecidos por el deseo, Adrien acercó la boca a la de ella.

–En estos momentos, no.

Las dos semanas siguientes transcurrieron en una especie de nube de placer. Pero Marinette sabía que, tarde o temprano, aquello iba a acabar, que no podía durar mucho más, que la vida en la maravillosa villa de Adrien en la costa de Amalfi era solo algo temporal. Sin embargo, por mucho que ella insistiera en lo contrario, Natalie seguía convencida de que su matrimonio iba a acabar siendo permanente.

Natalie sonreía cada vez que la veía salir del dormitorio y ella no dejaba de recordarse a sí misma que, por apasionada que fuera su relación con

Adrien, él no estaba enamorado de ella. No, su matrimonio no duraría más de los seis meses a los que el testamento de su padre les obligaba a estar juntos.

Respecto a lo que Marinette sentía por él... Suspiró y trató de ignorar lo mucho que le gustaba la compañía de Adrien. Cuanto más lo pensaba, más deseaba lo que no podía ser. Quería cosas que, hasta ese momento, había creído no querer.

Adrien lograba trabajar y, a la vez, dejarse tiempo libre para pasarlo con ella. La acompañó a comprar ropa y la llevó a restaurantes de la zona en los que servían comida exquisita. Los días que Natalie tenía libres, Marinette se encargó de la comida y le gustó hacerlo.

La víspera del día que iban a ir a Venecia para asistir a la boda del hombre con el que Adrien estaba en tratos, Marinette se despertó en mitad de la noche a causa de los acostumbrados dolores que le producía el periodo. Como no quería despertar a Adrien, se levantó de la cama sigilosamente y fue al cuarto de baño para ponerse uno de los tampones que tenía en el neceser. Como no tenía paracetamol, decidió bajar a la cocina, donde sabía que había un botiquín de primeros auxilios. En la cocina, agarró una pastilla, echó agua en un vaso y se la tomó. Pronto se le pasaría el dolor.

Pero mientras contemplaba el paisaje iluminado por la luna a través de la ventana, le sobrevino una sensación de desilusión. Se llevó una mano al vientre y permitió que un pensamiento penetrara en su cerebro. Sí, pensó en tener un hijo con Adrien, un hijo concebido por amor, no por simple lujuria. Un hijo que criarían entre los dos, como pareja. Enamorados.

Marinette bajó la mano. No debería pensar esas cosas. ¿Qué demonios iba a hacer ella con un hijo? Ni siquiera había tenido a un niño en los brazos, nunca. Nunca se le había pasado por la cabeza ser madre. No sabría serlo.

– ¿Cara? –La voz de Adrien la sacó de su ensimismamiento–. ¿Qué haces aquí a estas horas? –Adrien clavó los ojos en la caja de paracetamol–. ¿Te pasa algo? ¿Te encuentras mal? –Se acercó a ella y le puso una mano en la frente–. Estás sonrojada, pero no pareces tener fiebre.

Marinette se apartó de él y cruzó los brazos a la altura del vientre.

–No me pasa nada. Es solo que necesitaba tomarme un paracetamol.

– ¿Te duele la cabeza? –preguntó Adrien con el ceño fruncido.

–No. Es la regla.

– ¿Puedo hacer algo? –le preguntó él poniéndole las manos en los hombros.

«Sí, podrías enamorarte de mí...».

–No, nada. Ya me he tomado una pastilla y el dolor se me pasará enseguida.

–Deberías haberme despertado, cielo –dijo Adrien levantándole la barbilla con un dedo–. ¿Suele dolerte cuando tienes la regla?

A Marinette se le hizo un nudo en la garganta, una profunda emoción amenazó con hacerla perder la compostura. La ternura de Adrien la hizo pensar en todo lo que echaría de menos cuando ese matrimonio llegara a su fin. ¿Quién la había consolado durante los dolores menstruales? ¿Quién la había mirado con tanta ternura y preocupación?

Parpadeó y tragó saliva.

–De vez en cuando –Marinette forzó una sonrisa–. No te preocupes, estoy bien. Vamos, Adrien, acuéstate. Enseguida subo.

Adrien le acarició las mejillas mirándola fijamente a los ojos y tomó sus manos en las suyas.

– ¿Quieres que te prepare una bolsa de agua caliente? Seguro que Natalie tiene alguna por aquí en la cocina...

–Por favor, déjalo, no me pasa nada –Marinette se soltó de las manos de él y se apartó.

–No me rechaces, Marinette. Estoy preocupado por ti –dijo él con suavidad y una nota de frustración en la voz.

Marinette se acercó al fregadero y se llenó el vaso de agua.

–Deberías sentir alivio.

– ¿Alivio? ¿Por qué?

–Por no haberme dejado embarazada –respondió ella dándose la vuelta de cara a él.

– ¿Temías que pudieras estarlo?

–No, no mucho –Marinette se encogió de hombros.

Adrien se aclaró la garganta y se pasó una mano por el cabello.

–Voy a buscar la bolsa de agua caliente. Tú vete a la cama, no tardaré más que unos minutos. Marinette salió de la cocina sin rechistar.

(….)

Adrien encontró una compresa para frío y calor, la metió en el microondas y frunció el ceño. Marinette tenía razón, debería sentirse aliviado.

Lo último que quería era dejarla embarazada. Un embarazo lo cambiaría todo. No quería que eso ocurriera. Le gustaba la situación tal y como estaba. Disfrutaban juntos, lo pasaban bien, pero eso no significaba que quisiera que durara más del tiempo estipulado. No estaba involucrándose emocionalmente con ella... ¿O sí? No, claro que no. Los límites seguían claramente definidos.

¿Se alegraba Marinette de no haberse quedado embarazada? La había mirado intensamente, pero a Marinette se le daba demasiado bien disimular; a veces, mejor que a él. Marinette le había dicho que no quería tener hijos, pero... ¿era verdad, no habría cambiado de idea? Y también era un asunto muy serio, algo que había que pensarse muy bien. ¿Por qué iba él a querer tener hijos? Había sido muy desgraciado con su familia. Su padre natural había dejado a su madre antes de que él naciera y su padrastro había sido un tirano. En teoría, le gustaba la idea de una «familia feliz», pero eso casi nunca ocurría en la realidad. Había decidido que era mucho más fácil, menos doloroso, seguir su vida sin ataduras, sin esposa ni hijos.

Se negaba a pensar en lo solo que podría llegar a sentirse una vez que Marinette y él se separaran.

Estaba acostumbrado a vivir solo. Llevaba solo casi toda la vida.

Andrea subió a la habitación con la compresa de calor. Marinette estaba tumbada de costado con una mano debajo de la cabeza y la otra en el vientre. Cuando él se aproximó a la cama, ella parpadeó y sonrió.

–Perdona por haberte despertado.

Adrien se sentó en la cama, al lado de ella, y le puso la compresa de calor sobre el vientre. Con la otra mano, le apartó el cabello que le caía sobre el rostro.

– ¿Te ha hecho efecto ya la pastilla?

–Un poco.

– ¿Crees que estarás bien para acompañarme a Venecia mañana, a la boda de Marc?

Marinette se giró en la cama hasta quedar boca arriba y se apretó la bolsa de calor contra el vientre.

–Sí, claro. Es solo la regla, Adrien. Me vino a los trece años.

– ¡Y yo que pensaba que lo de afeitarse todos los días es un horror! –comentó Adrien con una burlona sonrisa.

Marinette le acarició la mandíbula y clavó los ojos en su boca. Al instante, un temblor le recorrió el cuerpo. Los suaves dedos de Marinette desencadenaron en él una tormenta. Le agarró la mano, se la llevó a la boca y le besó los dedos, uno por uno.

–Deberías intentar dormir un poco –dijo Adrien con voz ronca.

Se miraron a los ojos y ella se mordió el labio inferior.

–Adrien...

–Dime, cara.

–Nada –respondió Marinette tras unos segundos de vacilación.

– ¿Qué te pasa, cielo? ¿No te apetece ir a la boda mañana? Es verdad que habrá periodistas, pero yo intentaré...

–No, no es eso en absoluto.

–Entonces, ¿Qué es?

Marinette suspiró y esbozó una sonrisa que dejó adivinar cierta tristeza.

–Nada, estoy un poco... delicada. Son las hormonas.

Adrien bajó la cabeza y le dio un beso en la frente.

–Si quieres, puedo irme a dormir a otra habitación. Igual prefieres estar sola.

–No, por favor, no –respondió Marinette agarrándole el brazo–. ¿Te importaría... abrazarme?

Adrien se metió entre las sábanas y, tumbándose al lado de ella, la abrazó. El sedoso cabello de Marinette le hizo cosquillas en el pecho, la proximidad de ese cuerpo femenino le encendió la piel ahí donde le tocaba. Cuando la respiración de ella se hizo más profunda, él le acarició la cabeza como si fuera una niña. Nunca había abrazado así a una mujer. No era un abrazo sexual, sino emocional y tierno.

Una alarma sonó en su cabeza. No iba a atarse a Marinette. Los dos tenían claras las bases de su relación. Marinette estaba así por una cuestión hormonal y él la estaba reconfortando, nada más. No se estaba enamorado de ella. Eso no le ocurriría nunca. Ni con Marinette ni con nadie.


CONTINUARAA.

PUEDEN IR DICIENDOME, QUE LES GUSTO MAS.