UNA UNION TEMPORAL


Desclaimer: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.

Miraculous ladybog © Thomas Astruc

Adaptación © FandomMLB

Una unión temporal © Melanie Milburne


AVERTENCIA: LEMON, SMUT PARA MAYORES DE 18 AÑOS


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CAPITULO 10.

CUANDO MARINETTE se despertó a la mañana siguiente, Adrien ya se había levantado y se había duchado. Y le llevó una bandeja con té y tostadas que dejó encima de sus piernas, en la cama, antes de sentarse a su lado.

– ¿Cómo te encuentras, cara?

–Mucho mejor, gracias –Marinette bebió un sorbo de té–. Y gracias por cuidarme tan bien.

–Te lo mereces. Estaba preocupado por ti –dijo Andrea dándole una palmadita en la pierna.

–Habría sido mucho más preocupante que no me hubiera venido la regla –Marinette volvió a llevarse la taza a los labios.

–Sí, eso es verdad.

Tras unos segundos de silencio, Marinette dejó la taza en la bandeja.

– ¿A qué hora tenemos que salir para ir a Venecia?

–El vuelo sale dentro de una hora aproximadamente –respondió él poniéndose en pie–. La boda es por la tarde, así que tendremos tiempo de sobra para vestirnos en el hotel antes de la ceremonia.

– ¿Habrá muchos invitados?

–Bastantes.

–No te apetece mucho ir, ¿verdad? –preguntó ella ladeando la cabeza.

Adrien le dedicó una sonrisa antes de contestar.

–Digamos que... estaré encantado cuando se acabe todo.

(…)

Llegaron al hotel de Venecia, uno de los más pequeños que

Adrien tenía, pero no por ello menos lujoso. Marinette se retocó el maquillaje, se arregló el peinado. Se puso uno de los vestidos que Adrien le había comprado unos días atrás, de satén azul que se ceñía a su cuerpo como un guante. Por último, se echó por encima un chal que hacía juego con el vestido y se calzó unos tacones.

Justo en el momento en que iba a ponerse unas alhajas, Adrien se le acercó con un estuche de una joyería.

–Esto es para ti –dijo él.

Marinette abrió el estuche, dentro había un precioso collar de brillantes y zafiros, y unos pendientes haciendo juego.

– ¡Madre mía! Esto es... precioso –Marinette alzó el rostro y miró a Adrien–. No deberías haberte gastado tanto dinero.

Adrien se encogió de hombros, como si gastar miles de euros en joyería le diera igual.

–Es importante que representes convincentemente tu papel en la boda de Max y Alix –respondió él.

Esas palabras le causaron una profunda desilusión. Adrien le había comprado esas joyas con el fin de convencer a todo el mundo de que su matrimonio no era la farsa que realmente era.

Ella bajó los ojos, contempló los pendientes y el collar y los acarició con las yemas de los dedos.

–Tienes muy buen gusto... –Marinette se interrumpió y frunció el ceño–. ¿No me habías dicho que jamás comprabas joyas a tus amantes?

Adrien le quitó el estuche y sacó el collar.

–Así es, pero esto es diferente. Date la vuelta para que te lo ponga.

« ¿Diferente?» ¿En qué sentido era diferente? ¿Había querido decir Andrea que había empezado a sentir algo por ella? ¿Cariño quizás?

¿Empezaba Adrien a sentirse unido a ella?

Marinette se dio media vuelta y se alzó la melena para que él pudiera poner el cierre al collar alrededor de su cuello. Los dedos de él le acariciaron la piel y un temblor de excitación le recorrió el cuerpo. Una vez que el cierre del collar estuvo asegurado, giró hasta colocarse de cara a él.

– ¿Por qué esto es diferente?

Adrien le miró la boca y después clavó los ojos en los suyos, pero su expresión permaneció inescrutable.

–Eres mi esposa. La gente espera verte adornada con bonitas joyas.

Marinette se tocó el collar que colgaba de su cuello.

–Pero solo temporalmente. Dadas las circunstancias, gastarte un montón de dinero en joyas me parece excesivo.

Adrien apretó los labios momentáneamente, como si el comentario le hubiera molestado.

–Nadie, aparte de nosotros dos, sabe que es un matrimonio temporal.

–Natalie también lo sabe.

Adrien lanzó un gruñido que podía interpretarse como asentimiento o desdén.

–Empiezo a arrepentirme de habérselo contado –Adrien agarró su chaqueta y se la puso–. A propósito, estás preciosa. Ese color te sienta muy bien.

Marinette se alisó la delantera del vestido, encantada por el halago, aunque fuera ridículo.

–Gracias –Marinette agarró los pendientes y se los puso–. Entonces, ¿estoy presentable?

La oscura mirada de Adrien le recorrió el cuerpo. Después, él le dedicó una sonrisa que la dejó sin aliento.

–Estás más que presentable.

(…..)

La boda se celebró en la basílica de San Marcos en Venecia. Marinette ocupó el asiento que le habían designado, cerca del altar y en uno de los bancos del novio. Adrien continuó hasta el altar, con Max, ya que era su padrino.

El altar estaba preciosamente adornado, con flores que también adornaban los bancos formando guirnaldas. Un coro de niños cantaba con extraordinaria perfección.

A los ojos de Marinette asomaron unas lágrimas que no pudo contener mientras se le cerraba la garganta. Si fuera la clase de mujer que soñaba con una boda, sería una como esa. Pensó en la suya, una ceremonia impersonal y fría, solo el cierre de un trato de negocios. Y aunque su relación había mejorado durante las dos últimas semanas, eso no cambiaba el hecho de que su matrimonio no fuera para toda la vida.

El organista comenzó a tocar la marcha nupcial y se oyó un murmullo colectivo cuando las damas de honor, con la hijastra de Max, Mylen, a la cabeza, comenzaron a recorrer la nave central. Iban vestidas de color rosa pálido y cada una de las damas de honor llevaba en la mano un ramo de rosas de té. Las acompañaba una bonita niña de unos tres años con un cesto de pétalos de rosa en las manos, se la veía tímida, con los ojos fijos en el suelo.

Llegó el momento en el que la novia debía hacer su aparición. Marinette se volvió y vio a Alix, la novia de Max, echar a andar por la nave central con un vestido propio de un cuento de hadas. El cuerpo del vestido era de encaje, con mangas largas, falda con cola y un velo voluminoso. Elena, muy hermosa, estaba radiante y muy feliz.

Marinette trató de contener un ataque de envidia; pero cuanto más se acercaba la novia, sonriendo a Max, peor se sintió. Era como si alguien le estuviera estrujando el corazón mientras comparaba esa boda con la suya, una auténtica farsa, sin amor, sin planes de futuro, sin promesas.

Solo palabras vacuas, sin convicción y sin compromiso.

Marinette miró a Adrien, pero él estaba completamente inmerso en su papel de padrino; no obstante, sí notó que Mylen no dejaba de mirarle con un visible sonrojo en el rostro. La adolescente la hizo pensar en sí misma a esa edad, ni una mujer adulta ni una niña; presa en un limbo con las hormonas haciendo estragos y sin la madurez suficiente para controlarlas.

Mylen le hizo recordar los errores que ella había cometido con el fin de llamar la atención de su padre.

Muchos errores. Errores que todavía le estaban costando muy caro.

El servicio eclesiástico comenzó. Por fin, llegó el momento en el que los novios se besaron y a Marinette se le hizo un nudo en la garganta.

Los ojos de Adrien y los suyos se encontraron, ella le dedicó una sonrisa tan tensa que temió que se le rompieran los labios.

Marinette tardó una hora en reunirse con Adrien después de que el cortejo nupcial saliera de la basílica y la sesión de fotos concluyera. Se sentía como una extraña en el plató de una película; no era una de las protagonistas y ni siquiera era una extra.

Lo mismo le ocurría en la vida de Adrien, era una esposa temporal sin esperanza de asumir un papel permanente. ¿Cómo se le había ocurrido llegar a semejante trato con Adrien cuando podría tener lo que Max y Alix tenían? Nadie que estuviera viendo a los novios en ese momento podría dudar de lo mucho que se querían. Eso era amor verdadero, no sentimientos fingidos.

¿Por qué Adrien no la miraba así?

Durante la fiesta posterior, Marinette miró a Adrien e intentó engañarse a sí misma pensando que él la miraba de esa manera, pero se dio cuenta de que Adrien solo estaba desempeñando el papel de marido enamorado. Lo mismo que su padre, fingiendo de cara a la galería. Todo era falso en su relación con Adrien, aparte del deseo y la atracción física. ¿Pero cuánto tardaría Adrien en cansarse de ella? No tenía costumbre de salir con la misma mujer más de un mes. Ella llevaba con él poco más de dos semanas. ¿Lograría atraer el interés de Adrien durante cinco meses y medio más? ¿Cómo podía seguir viviendo con él, fingiendo estar contenta con la situación en la que se encontraban?

No era feliz.

No podía serlo porque lo único que deseaba en la vida era que la quisieran por ser quien era, por sí misma. Quería que la aceptaran y la valoraran, no que esperaran que fuera algo que no podría ser nunca. ¿Podría seguir así durante cinco meses y medio más para después despedirse y marcharse con una sonrisa? ¿No quería Adrien algo más que una aventura amorosa de seis meses; sobre todo, teniendo en cuenta lo que habían compartido tanto física como emocionalmente? Se había engañado a sí misma al creer que estaban más unidos. Él le había hablado de su pasado y ella del suyo. ¿Significaba eso que Adrien sentía por ella algo diferente de lo que había sentido por las demás mujeres en su vida?

La fiesta se estaba celebrando en una villa privada entre los canales de Venecia e Marinette no dejaba de sentirse completamente marginada. Estaba sentada a una mesa rodeada de gente a la que no conocía, sola, porque Adrien ocupaba un lugar en la mesa de los novios.

En un momento de la fiesta, Adrien le presentó a Max, a Alix y a Marc. La tenía agarrada por la cintura y, a ojos de todo el mundo, parecía locamente enamorado de ella. Eso, en vez de animarla, la hizo sentirse un fraude. Más fuera de lugar si cabía. Más deprimida. Se le encogía el corazón con cada sonrisa que Adrien le dedicaba. Cada vez que él le hacía una caricia, le daba un vuelco el estómago. Porque ella era consciente de la relación que tenían, pero los demás no.

Adrien no la amaba. Si la quisiera, ¿no se lo habría dicho? ¿No habría puesto punto final al límite temporal de su relación? ¿No le habría insinuado que había habido un cambio en sus sentimientos hacia ella?

– ¿Te pasa algo, cara? –le preguntó Adrien en un aparte cuando la fiesta estaba a punto de terminar.

–Tenemos que hablar –Marinette hizo un esfuerzo por sonreír, por si alguno de los invitados les estaba mirando.

Adrien le puso las manos en el rostro y la miró con gesto preocupado.

– ¿Estás cansada? Siento que hayas pasado tanto tiempo sola.

No podemos marcharnos hasta que los novios no se vayan, pero no van a tardar mucho.

Marinette no podía aguantar un minuto más sin decirle lo que sentía. Le miró a los ojos.

–No puedo seguir así, Adrien. No puedo.

Él le puso las manos en los brazos y se los apretó con ternura.

– ¿Sigues con dolores? Perdóname, debería habértelo preguntado.

Marinette se zafó de él y dio unos pasos hacia el interior del tranquilo rincón en el que estaban. Entonces, se abrazó a sí misma porque un súbito frío le recorrió el cuerpo.

–No, no me duele nada. Lo que me pasa es que estoy harta de fingir. No puedo continuar así. No soporto seguir engañando a la gente, fingiendo que nuestra relación es algo que no es y que nunca será.

– ¿No podríamos dejar esto para cuando estemos en el hotel? – preguntó Adrien con una nota de enfado en la voz.

Marinette se mantuvo firme y se enfrentó a él con el amor propio que le quedaba.

– ¿No has sentido nada durante la ceremonia de hoy? ¿No te ha afectado en absoluto?

–Marinette, este no es el lugar ni el momento para mantener esta conversación –declaró él con una expresión semejante a una máscara de acero.

–Solo te he hecho una pregunta.

–Y yo te he contestado que no voy a hablar de esto aquí –replicó

Adrien con una frialdad que la hizo estremecer.

–Pues yo sí te voy a decir cómo me he sentido. Me he sentido culpable –declaró Marinette–. Culpable, desilusionada y avergonzada por haberme casado contigo por dinero. Al ver a Max y a Alix en la basílica, he visto a dos personas enamoradas. Yo quiero lo mismo. Quiero lo que ellos tienen.

– ¿Quieres que nos casemos formalmente? –Preguntó él frunciendo el ceño–. ¿Es eso? ¿Quieres una gran boda en una iglesia, a pesar de que solo nos quedan unos cuantos meses...?

–No lo entiendes, ¿verdad? –A Marinette se le encogió el corazón–. No se trata de tener una gran boda, Adrien. Lo que quiero es un matrimonio de verdad, uno sin límites de tiempo. Un matrimonio sin mentir ni fingir, un matrimonio con sentimientos verdaderos. Sentimientos que duren toda la vida.

–Eso no puede garantizarlo nadie –respondió él apenas moviendo los labios–. No puedes garantizarlo tú y yo tampoco puedo.

–Es posible, pero a mí me gustaría intentarlo.

Se hizo un espeso y tenso silencio. Por fin, Adrien lanzó un prolongado suspiro, pero su rostro seguía tenso.

–Me estás pidiendo algo que no puedo darte. Acordamos estar juntos seis meses. Te dije lo que estaba dispuesto a conceder, pero un compromiso para toda la vida no es parte del trato que hicimos.

Marinette buscó en los ojos de Adrien un rastro de emoción, pero solo encontró indiferencia.

– ¿Por qué? ¿Por qué te resulta tan difícil comprometerte con una mujer?

Adrien abrió y cerró la boca, como si estuviera midiendo sus palabras con sumo cuidado.

–No estoy dispuesto a seguir hablando de esto ahora. Hemos hecho un trato y...

–Jamás debería haber accedido –le interrumpió ella–. Pero deseaba tanto recuperar la casa de mis abuelos que no pensé en las consecuencias. Sin embargo, ahora me he dado cuenta de que quiero otra cosa, quiero mucho más. No puedo seguir ni un minuto más intentando ser lo que los demás quieren que yo sea. Tengo que ser yo misma, tengo que ser fiel a mí misma. Hasta hace muy poco, creía que no quería casarme. Me resulta difícil creer hasta qué punto me he estado engañando a mí misma. Sin embargo, me he dado cuenta de que lo que no quería era un matrimonio como el de mis padres. Mi padre no quería a mi madre; de haberla querido, no habría intentado controlarla y dominarla.

–Yo no tengo ningún interés en controlarte ni en dominarte, así que haz el favor de no insultarme comparándome con tu padre –declaró

Adrien apretando los dientes.

–Pero no me amas, ¿verdad? –hacer esa pregunta le produjo vértigo.

Adrien tensó la mandíbula.

–Ese no ha sido el trato –respondió él con voz desprovista de emoción, como un robot. Marinette sabía que había pedido lo imposible, pero siguió aferrándose a un hilo de esperanza.

–No quiero una relación basada en un asunto de negocios, en un contrato. No quiero condiciones ni reglas. Lo que quiero es lo mismo que quiere la mayoría de la gente, amor. Amor incondicional.

–Marinette, lo que necesitas es descansar. Cuando volvamos al hotel, te acuestas y duermes. Ya verás cómo mañana verás las cosas de otra manera –dijo Adrien en tono conciliador–. Estás cansada y nerviosa.

Marinette sabía que si volvía al hotel con él acabarían haciendo el amor.

Y después volverían a Positano y ella se pasaría los siguientes cinco meses y medio albergando la esperanza de conseguir lo imposible.

Tenía que ser fuerte. Tenía que luchar por lo que quería. Se lo debía a sí misma. No podía vivir así ni un minuto más.

–No voy a volver contigo, Adrien. Ni al hotel, ni a Positano ni a ningún sitio. Se acabó. Lo nuestro se ha acabado porque, en realidad, nunca debería haber empezado.

Adrien parpadeó. Después, su semblante se asemejó al de una estatua de piedra.

– ¿Lo estás haciendo aposta? –Adrien hizo un gesto con la mano para indicar la sala con los invitados–. ¿Te has propuesto estropearme los planes a propósito?

–Que digas eso demuestra lo poco que me conoces, Adrien –Marinette lanzó un suspiro–. Siento mucho que esto pueda estropearte el negocio de la compra del hotel que quieres, pero mis necesidades son tan importantes para mí como un negocio lo es para ti. No puedo seguir fingiendo estar de acuerdo con el trato que hicimos. No soy feliz. No puedo ser feliz estando con un hombre que es incapaz de quererme.

– ¿Estás insinuando que me quieres? –Adrien frunció el ceño, pero parecía más enfadado que confuso.

Marinette pensó en confesarle lo que sentía por él, pero sabía que eso no cambiaría nada. Tenía que conservar algo de su amor propio. No soportaba la idea de que él la rechazara.

–Lo que digo es que quiero más de lo que tú estás dispuesto a darme.

–Si me quisieras, aceptarías lo que estuviera dispuesto a ofrecerte

–contestó él–. Lo aceptarías y te conformarías con eso porque, como sabes muy bien, sin mí vas a perder hasta el último penique de tu herencia.

Marinette se preguntó cómo se le había podido ocurrir que el dinero iba a ser suficiente para ella. Ningún dinero podía compensar una vida de soledad. Ahora, incluso comprar la casa de sus abuelos le parecía un sinsentido. Se dio cuenta de que lo que había perseguido era comprar la felicidad, la felicidad que había sentido de niña y que quería volver a sentir.

Pero no podía seguir adelante. Perdería el respeto que se debía a sí misma.

–No voy a seguir viviendo contigo en estas circunstancias, Adrien –dijo ella–. Sería poco más que una amante mantenida a la espera de que la despidas. No quiero ser un peón en una partida de ajedrez.

–Tu padre fue el único que te puso de peón sobre el tablero, no yo –los labios de Adrien adquirieron un tono blanquecino–. Deberías agradecerme que me ofreciera para ayudarte a heredar. Nadie más estaba dispuesto a hacerlo.

– ¿Es eso lo que te debo, gratitud? –Marinette le lanzó una amarga mirada–. ¿Qué es lo que tengo que agradecerte? ¿Que yo te gustara? ¿Y cuánto va a durar eso? ¿Una o dos semanas más? ¿Un mes? Las amantes no te duran más que unas semanas. Yo no puedo vivir así. No quiero vivir así.

–Entonces, márchate –Adrien movió la cabeza indicando la puerta–. Vete. A ver adónde llegas. En menos de un día volverás arrastrándote y suplicando volver conmigo.

–Creo que no me has prestado atención, Adrien No voy a volver.

Soy una mujer adulta, no una niña. Sé lo que quiero y no me voy a conformar con menos –Marinette le sostuvo la mirada–. Y ahora, voy a recoger mi chal y mi bolso y, si no quieres montar un escándalo delante de tus amigos, te sugiero que me dejes marchar sin ponerme ningún obstáculo.

Adrien esbozó una cínica sonrisa.

– ¿Me estás chantajeando, cara?

Marinette alzó la barbilla.

–Por supuesto.


CONTINUARAA.

Pueden decirme su parte favorita.