UNA UNION TEMPORAL
Desclaimer: Esta historia no me pertenece, es una adaptación para el universo. Miraculous ladybog espero que les guste.
Miraculous ladybog © Thomas Astruc
Adaptación © FandomMLB
Una unión temporal © Melanie Milburne
AVERTENCIA: LEMON, SMUT PARA MAYORES DE 18 AÑOS
CAPITULO 11.
ADRIEN NO podía creerlo. Se negaba a creerlo. ¿Cómo era posible que Marinette estuviera dispuesta a renunciar a su herencia? ¿Por qué iba a renunciar a tanto dinero?
¿Y cómo era posible que fuera a dejarle a él?
Se sentía igual que a los catorce años, como si le hubieran echado a patadas, como si no valiera nada. Eran sentimientos que quería evitar a toda costa. Se había acostumbrado a no necesitar a nadie porque no quería sentirse así.
Vacío. Bloqueado. Destrozado.
Apenas había logrado hablar con Marinette sin revelar lo perplejo y desilusionado que se sentía. No lo había visto venir. Marinette no había podido elegir peor momento para atacarle así. Se había engañado a sí mismo al pensar que lo que había entre ellos era... ¿qué? ¿Algo más duradero?
«No». Él no establecía relaciones duraderas. Las relaciones cortas y sencillas eran su credo. No había prometido nada. Había sido claro desde el principio respecto a lo que podía y no podía ser su relación.
¿Qué pretendía Marinette? Iba a perder mucho. Solo llevaban dos semanas de casados, quedaban meses para que el trato llegara a su fin. Había sido consciente de lo peligroso que era intimar con ella, pero lo había hecho a pesar de todo. Y, ahora, Marinette le dejaba. Pero ¿por qué?
Sin él no podría heredar.
Le estaba hostigando, eso era. Había agarrado una rabieta para obligarle a confesar algo que jamás confesaría a nadie. La boda había afectado a Marinette. Incluso él había sentido una ligera envidia al ver a Max y a Alix tan enamorados.
Pero eso no significaba que quisiera lo mismo para él. Estaba bien tal y como estaba. Su relación con Marinette era satisfactoria para ambos, excitante y apasionada.
E íntima...
Sí, bueno, ese era el problema, ¿no? Habían intimado demasiado, no solo física, sino emocionalmente. Había llegado a conocer a la verdadera Marinette y congeniaba con ella. Marinette despertaba en él un instinto protector. Además, Marinette era la única mujer a quien le había contado el dolor y la vergüenza de su pasado.
Se llevaban bien y, hasta ese momento, había pensado que su relación era satisfactoria y seguía las directrices que él había marcado.
Eran más que compatibles en la cama; en realidad, nunca había disfrutado tanto el sexo como con Marinette y quería que siguiera siendo así durante unos meses más.
Acabó convencido de que las hormonas estaban afectando a Marinette.
Seguro que, en cuestión de unas horas, se calmaría y cambiaría de opinión. Estaba convencido de que, cuando volviera al hotel, la encontraría en la cama, esperándole.
Contaba con ello.
(…..)
Marinette solo estuvo en el hotel de Adrien el tiempo suficiente para recoger su pasaporte y hacer una maleta con lo imprescindible. Compró un billete de avión con destino a Londres que salía temprano a la mañana siguiente y se trasladó a otro hotel para pasar la noche. No podía compartir la cama con Adrien sabiendo que él no la amaba. Por mucho que le deseara, seguir acostándose con él sería un suicidio a nivel emocional.
Sin apenas haber pegado ojo, Marinette llegó al aeropuerto muy temprano y se subió al avión con el corazón encogido. Londres la recibió con un cielo gris y lluvia. Al llegar a su piso, Alya le dio la noticia de que había alquilado su habitación a otra persona.
–Lo siento, Marinette, pero creía que no ibas a volver –se disculpó Alya–. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Adrien?
–Ya no estamos juntos –respondió Marinette–. No debí casarme con él, fue un error. Adrien no me quiere.
–Pero tú le quieres a él, ¿verdad? –dijo Alya en tono de preocupación.
–Soy una imbécil por enamorarme de un hombre como él –Marinette se mordió el labio inferior para que dejara de temblarle–. No sé cómo ha pasado. Le odiaba y, cuando me he dado cuenta...
–Pero... ¿qué vas a hacer ahora? Si rompéis antes de seis meses, ¿no vas a perder la herencia?
–El dinero no me importa –dijo Marinette–. Bueno, me importa, pero solo un poco.
– ¿Dónde vas a vivir? Aunque... supongo que podrías pasar un día o dos aquí, pero tendrías que dormir en el sofá.
–No te preocupes, ya encontraré algún sitio. No estoy en la más absoluta miseria... todavía.
(…..)
Al día siguiente, Adrien llegó a su casa de Positano esperando encontrar a Marinette allí y más tranquila. Los empleados de su hotel le habían dicho que ella se había marchado, pero que no sabían adónde.
Había pasado la noche paseándose por la habitación sin saber qué pensar. Había llamado a Marinette al móvil, pero estaba desconectado. No había dejado ningún mensaje porque no había sabido qué decir.
«Vuelve, te necesito», eran frases ajenas a él. Eso no se lo decía a nadie.
Natalie le recibió con su acostumbrada y animada sonrisa, pero su gesto se ensombreció al ver que él volvía a la casa solo.
– ¿Dónde está Marinette?
–Creía que estaría aquí –a Adrien le dio un vuelco el estómago, una profunda desilusión se apoderó de él. Una vez más, Marinette había hecho lo contrario de lo que él había esperado de ella.
A Natalie casi se le salieron los ojos de las órbitas.
– ¿Por qué no ha vuelto con usted? ¿Qué pasa?
–Prefiero no hablar de ello.
–Pero ¿dónde está?
Adrien pasó de largo y se dirigió directamente a su despacho.
–No quiero que nadie me moleste. Tómate el resto de la semana libre. Tómate un mes libre si quieres.
Adrien se sentó detrás de su escritorio y se quedó mirando la pantalla del ordenador. ¿Cómo habían llegado a esa situación? Había creído que Marinette estaría allí. Le había dado veinticuatro horas. ¿Cuánto tiempo más necesitaba Marinette para darse cuenta de la tontería que estaba haciendo? Estaba poniendo en juego su futuro. Estaba tirando por la borda la única oportunidad que tenía de ser independiente económicamente. Era una estupidez. Nadie en su sano juicio renunciaría a tanto dinero.
«Pero el dinero no lo es todo».
Adrien apretó los dientes. Sí, el dinero lo era todo. Quizá no se pudiera comprar la felicidad con dinero, pero evitaba que uno viviera en la calle. El dinero le permitía a uno un estilo de vida envidiable. El dinero le procuraba a uno ropa y viajes a lugares con los que un niño viviendo en la pobreza solo podía soñar.
Se levantó del asiento y se paseó por la estancia. A pesar del dinero que él tenía, nunca se había sentido tan impotente. Estaba acostumbrado a controlar su vida. Era él quien iniciaba y acababa las relaciones. No estaba acostumbrado a que le dejaran plantado. Su amor propio había recibido un buen golpe. Ese era el motivo de que se sintiera tan perdido. ¿Qué otra cosa podía ser? Había estado seguro de que
Marinette no despreciaría su herencia. Él sabía muy bien lo que era desear algo hasta el punto de que todo lo demás dejaba de importar. ¿Cómo podía Marinette renunciar a recuperar la casa de sus abuelos?
Adrien se acercó a la ventana. El mar brillaba bajo los destellos del sol, pero él sentía frío por dentro. Se comparó con un rey confinado en su castillo, rodeado de riqueza y objetos valiosos que no lograban satisfacerle ya.
Se pasó una mano por el rostro y suspiró. Tenía que hacer algo. Cualquier cosa. Trabajar, eso lo curaría todo. Al menos, podía comprar esa maldita propiedad con la que ella soñaba. Quizá fuera un idiota sentimental, pero no podía soportar la idea de que Marinette perdiera la casa de sus abuelos. De nuevo, se sentó detrás del escritorio y buscó la propiedad en
Internet. En tan solo una hora, había hecho una oferta a los propietarios de la casa, una oferta más que generosa. Llevaría unos días realizar los trámites de la compra, pero quería regalarle a Marinette esa propiedad y siempre conseguía lo que se proponía.
Bueno, casi siempre.
(…..)
Marinette encontró habitación en una casa compartida y unos días después alquiló un coche para ir a ver la casa de sus abuelos por última vez. El día anterior los propietarios la habían llamado para decirle que habían encontrado un comprador y que, dada la generosidad de su oferta, no habían podido rechazarla. Se habían disculpado con ella, pero habían sido pragmáticos.
Ir a la casa era su forma de despedirse de un sueño.
No había tenido noticias de Adrien desde su llegada a Londres, aunque había visto un par de llamadas perdidas durante su última noche en Venecia.
Marinette sintió un nudo en la garganta mientras recorría la carretera flanqueada de setos que conducía a la casa de sus abuelos. Por fin, la casa apareció delante de ella y se le encogió el corazón al ver el cartel de Vendida con el nombre de la agencia inmobiliaria.
Sí, se había acabado. Su sueño había sido destruido. Pero, por extraño que fuera, no se sintió tan mal como se había temido. El jardín estaba descuidado y la pintura de las ventanas y las puertas en mal estado. No obstante, aunque estuviera en perfecto estado y ella hubiera conseguido recuperarla, ¿lograría sentirse feliz sin nadie con quien compartir su proyecto? La única persona con quien quería compartirlo era Adrien, pero él no quería compartir su vida con nadie, y menos con ella.
Aquella era una casa en la que había sido feliz con las personas que ya no estaban en este mundo, aunque su recuerdo continuaba vivo en su corazón.
Marinette dio la vuelta con el coche y emprendió el camino de regreso, dejando atrás los recuerdos de su infancia y una parte de sí misma que siempre pertenecería a aquel lugar.
(…)
Un par de días más tarde, Adrien recibió un paquete. Se lo había enviado Marinette y dentro estaban el anillo de compromiso, el de la boda y las joyas que él le había regalado.
Sentado detrás de su escritorio, Adrien contempló los brillantes y los zafiros, y se preguntó por qué Marinette se los había devuelto cuando podría haberlos vendido. Al menos, con ello conseguiría un poco de dinero que podía compensar en parte el que había perdido al renunciar a su matrimonio.
Rebuscó en el paquete y encontró también una nota.
Querido Adrien:
No me ha parecido honesto quedarme con esto.
Dejo en tus manos los trámites del divorcio.
Por favor, saluda a Natalie de mi parte y dile que siento mucho no haberme despedido de ella. Espero que lo comprenda.
Por cierto, la casa de mis abuelos se ha vendido, pero no importa.
Necesita muchos arreglos y yo jamás podría haberlos pagado.
Marinette
Adrien se quedó mirando la nota durante un largo rato. Estaba esperando a tener las escrituras de la casa para enviárselas a Marinette. Era un regalo. De no ser así, ¿para qué iba él a haber comprado esa propiedad que necesitaba miles y miles de libras en arreglos?
Pero... Marinette no quería posesiones. Marinette quería amor. ¿No era eso lo que todo el mundo deseaba?
Sí, incluso él.
Había sido un imbécil dejándola marchar sin luchar por ella. La había dejado irse porque no había tenido el valor suficiente para pedirle que se quedara con él. No había tenido coraje para confesarle lo que sentía por ella. Se había engañado a sí mismo por no querer sentir nada por nadie.
Y había hecho lo mismo con su madre, ella le había rechazado y él se había marchado sin intentar comprender por qué lo había hecho.
No obstante, ya había iniciado el proceso de reconciliación con su madre. Y se lo debía a Marinette.
Pero en ese momento, Marinette era lo único que le importaba. Tenía que verla y confesarle lo que sentía por ella. Tenía que pedirle una segunda oportunidad porque no se podía imaginar la vida sin ella.
(…)
Marinette estaba en su habitación de la casa compartida viendo una película en el móvil cuando sonó el timbre. Desconectó el teléfono y fue a abrir.
Abrió desmesuradamente los ojos al ver a Adrien con un sobre grande en la mano. Al instante, se le encogió el corazón. Adrien estaba allí para que ella firmara los papeles del divorcio.
–Hola –dijo Marinette después de tragar el nudo que se le había formado en la garganta–. Entra, por favor.
Adrien cruzó el umbral de la puerta y la cerró tras de sí.
– ¿Cómo estás?
–Bien, ¿y tú? –Marinette trató de sonreír, pero no llegó a lograrlo del todo–. ¿Son esos los papeles del... divorcio?
Adrien le dio el sobre.
–Ábrelo y lo verás.
Con manos temblorosas, Marinette agarró el sobre, lo abrió y sacó los documentos. Le llevó unos momentos darse cuenta de lo que era. Sí, era un documento oficial, pero no tenía nada que ver con el divorcio.
Era un título de propiedad. El título de propiedad de la casa de sus abuelos.
–No entiendo... –Marinette miró a Adrien con perplejidad–. ¿Por qué me das esto?
–La casa es tuya, Marinette. La he comprado para ti.
–No sé qué decir... No sé... ¿Por qué lo has hecho? –preguntó ella atónita.
–¿No puedes imaginártelo? –los ojos de él brillaron–. ¿No se te ocurre por qué, cara?
Marinette se humedeció los labios, dejó el documento y miró el otro paquete que Adrien llevaba.
– ¿Qué es eso?
Adrien le dio el paquete con las joyas que ella le había devuelto hacía unos días.
–Quiero que vuelvas a llevar estos anillos, cara. Te quiero y no soporto vivir ni un segundo más sin ti.
Marinette abrió y cerró la boca mientras el corazón parecía querer salírsele del pecho.
– ¿Que me quieres?
Él le agarró los brazos y le dedicó la más tierna de las sonrisas.
–He sido un imbécil, tesoro mío. No debí dejar que te marcharas. Te quiero tanto... Mi vida no tiene sentido sin ti. Tienes que sacarme de este pozo sin fondo en el que me encuentro. Vuelve conmigo, por favor. Perdóname por no haberte dicho antes lo que siento por ti. Te amo desesperadamente.
Marinette le rodeó el cuello con los brazos y le estrechó contra sí.
–Oh, Adrien, yo también te adoro. También me he sentido muy sola y perdida sin ti.
–Eres lo mejor que me ha pasado en la vida –dijo él alzándole el rostro–. Estos últimos días, sin verte ni oírte... han sido una auténtica tortura. No te puedes imaginar cuánto te he echado de menos.
Marinette le sonrió y los ojos se le llenaron de lágrimas de felicidad.
–Nos volveremos a casar –añadió él estrechándola contra sí–. Tendremos una boda por todo lo alto... si accedes a ser mi esposa para el resto de nuestras vidas.
Marinette le dedicó una traviesa sonrisa.
– ¿No decías que no creías en el amor eterno?
Adrien la besó.
–Eso era antes de enamorarme de ti. Quiero hacerme mayor contigo, quiero tener hijos contigo, quiero formar contigo la clase de familia que ninguno de los dos tuvimos. Me has enseñado lo que es el amor, mi vida. Durante todos estos años, he culpado a mi madre por echarme de casa, pero, por ti, la he buscado, la he encontrado y me he enterado de que me echó de casa porque tenía miedo de que mi padrastro me matara si volvía. Le tenía mucho miedo. Jamás podré agradecerte que me hayas hecho ver lo equivocado que estaba. Voy a comprar a mi madre una bonita casa en un buen barrio.
–Cariño, no sabes cuánto me alegro de que te hayas reconciliado con tu madre –dijo Marinette–. Eres un hombre maravilloso. Te adoro.
Adrien se sacó un pañuelo del bolsillo y le secó las lágrimas.
–Y yo a ti. Eres mi vida, el mundo entero para mí.
–Soy tan feliz que no puedo dejar de llorar –declaró ella sonándose la nariz.
–Espero no hacerte llorar a menudo –dijo Adrien sonriendo–. No puedo prometerte que nuestra vida sea perfecta, pero lo que sí puedo prometer es que siempre estaré a tu lado, pase lo que pase. Y esta vez, cuando nos casemos por la iglesia, ¿sabes qué voy a hacer cuando el sacerdote diga eso de «Puede besar a la novia»?
Marinette sonrió.
– ¿Qué?
A Adrien le brillaron los ojos al tiempo que acercaba la boca a la de ella.
–Voy a hacer esto –declaró, y la besó.
FIN.
Bueno, termino esta historia gracias por todo su apoyo cuando comenzo no crei que iva a llegar tan lejos pero gracias a usted la historia termino y comienzo con una saga y la primera historia es EL AIRE QUE RESPIRAS.
En un momento, nos vemos en el prologo.
