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Capítulo 1

Retazos del pasado

Relinchos de caballo, alaridos de dolor infrahumano, entrechocar de metales, demonios de pelo largo y ensangrentado despedazándose entre sí. Cuerpos mutilados, retorcidos, amontonados. Oscuridad rota por hebras rojizas, y una lluvia fina pero persistente.
Podía sentir las gotas que me golpeaban la piel, al igual que sentía el terror que me paralizaba, me sobrecogía.
Tirada en un charco maloliente, aterida y sin aliento, miré en derredor.
De entre aquella caótica masa de guerreros enfurecidos, surgió una figura amenazadora que se aproximaba con calculada lentitud, mientras saboreaba el pavor de su presa y se deleitaba con aquel macabro preámbulo que precede al placer de matar.
Pude ver el gozo en sus crueles ojos y, por su peculiar brillo, adiviné que aquel preludio sería breve.
Mis sentidos, antes abotargados por el horror, despertaron a la vida con dolorosa agudeza. Iba a morir, y aquella certeza arrancó un grito de mi interior, un «no» tan desgarrador que me quemó la garganta sin haberse hecho voz.
No podía morir, no debía morir.
Jadeante, intenté incorporarme. En mi desesperación por escapar di la espalda a mi verdugo. Un silbido escalofriante me persiguió e instintivamente me lancé de nuevo al lodo para esquivar, en el último momento, una estocada mortal. Giré la cabeza con rapidez, pero solo vi un gigante abalanzarse sobre mí. El impacto me dejó sin respiración; no pude pensar en nada más, solo en las manos que me envolvían. Aquel rostro se acercó al mío y me susurró algo en un idioma extraño al tiempo que alzaba su puñal. No lo acercó a mi garganta; lo apoyó contra mi vientre. Al instante sentí la gélida hoja invadir mis entrañas; el dolor acudió envuelto en llamaradas devastadoras. Grité y grité, pero él no sacó el puñal; solo susurraba: susurraba y sonreía.
Mi propio grito me despertó y, como impulsada por un resorte, me incorporé de la cama. Un sudor frío perlaba mi frente. Me abracé en un intento por aplacar los temblores que me sacudían.
Aquella pesadilla había sido más vívida que las anteriores, más aterradora. De alguna forma, todavía sentía la piel manchada de barro y sangre, y un hormigueo en el abdomen.
Me levanté y casi corrí a la ducha; el agua caliente no alivió el malestar. Cerré los ojos y acompasé la respiración; intenté relajarme pensando en cosas gratas que ahuyentaran el terror que todavía me ahogaba, pero de nada sirvió. La mente me traicionó: las minúsculas gotas que caían sobre mi cabeza se me antojaron una molesta lluvia fina. No tardé en escuchar un fragor belicoso, y el caos volvió a mí de alguna incomprensible manera. De nuevo vi aquel rostro siniestro y sórdido frente a mí, de nuevo aquella voz gutural susurrándome y aquel puñal en mi vientre entrando y saliendo de mi carne.
Aullé de dolor, supliqué con el alma desgarrada, pataleé, arañé y golpeé hasta que un estruendo me paralizó. Abrí los ojos: puntiagudos trozos de cristal de la maltrecha mampara me rodeaban los pies.
Aturdida y asustada alcé las manos. El agua empujaba la sangre que brotaba de los numerosos cortes y formaba pequeñas hileras rojas que descendían sinuosas por mi cuerpo.
Temblorosa salí de la ducha. Envolví las manos en una toalla y, como en trance, volví a la habitación. Me acurruqué en un sillón: debía esperar a que la hemorragia cesara. Mi mente era incapaz de racionalizar aquella experiencia, aquel delirio aterrador.
No podía dejar de tiritar.
Tardé un buen rato en darme cuenta de que lloraba y me mecía. ¿Qué me estaba pasando? ¡Había reanudado una pesadilla estando despierta! Aquello estaba llegando demasiado lejos. Mi vida se estaba derrumbando como un castillo de naipes. Nada era normal ya, ni siquiera yo misma.
Hacía cinco meses que las pesadillas habían aparecido, todas similares, cada una más real que la anterior. Había leído que, cuando un sueño se reitera, es signo de que el subconsciente trata de advertir algo.
Eso me angustiaba, pues el único mensaje que lograba extraer era el de una muerte violenta.
La primera pesadilla surgió el mismo día que encontré por casualidad un anillo bastante peculiar. Estaba en mi buzón y, aunque obviamente no era para mí, no pude ubicar al propietario, ya que no adjuntaba ninguna nota. Por lo tanto, lo guardé en mi cómoda a la espera de que alguien lo reclamara. Aquella primera noche lo tuve entre mis manos, maravillada por la habilidad del artesano. Se trataba de dos serpientes entrelazadas con las cabezas enfrentadas y el realismo de los detalles resultaba sorprendente: minúsculas escamas, expresiones feroces en los rostros, bocas abiertas de dientes afilados y lenguas bífidas.
Los ojos de una eran dos pequeñas esmeraldas refulgentes y, los de la otra, dos piedras azules celeste. Parecía muy antiguo y, dados mis conocimientos en historia del arte, podía datar perfectamente de la era vikinga: el emblema no dejaba lugar a dudas.
Lógicamente se trataba de una imitación, porque, de otro modo, ¿quién podía ser tan inconsciente de meter una reliquia tan valiosa en un buzón? Lo giré entre los dedos para examinarlo, fascinada. Ejercía un magnetismo en mí. Tanto que, cuando decidí guardarlo en el cajón, me sorprendí incapaz de moverme. Tuve que apelar a toda mi voluntad para poder hacerlo. Y, aun así, miraba subrepticiamente el mueble para descubrir un inquietante anhelo por volver a tocarlo.
Esa noche comenzó todo e incluso llegué a pensar que estaba maldito.
Aquella idea estuvo a punto de obligarme a deshacerme de él, pero un impulso mucho más fuerte me lo impidió. Además, mi pragmatismo se opuso a aquella absurda idea e instaló en mi mente que no había sido la casualidad la que había hecho coincidir ambas apariciones.
Desenrollé la toalla y examiné los cortes: a excepción de uno bastante profundo, los demás, aunque numerosos, no pasaban de rasguños.
Fijé la mirada en el oscuro y tierno tajo que me cruzaba la palma de la mano derecha y una idea no menos oscura me ensombreció. Tal vez fuera un tumor lo que provocaba los sueños y las visiones. Era la única explicación razonable, aunque no la más tranquilizadora. Las lágrimas, apenas contenidas, afloraron con amargura y desesperación.
Iba a ser una noche muy larga en la que esperaría al alba con ansiosa impaciencia con el anhelo de que los tempranos rayos de sol imprimieran un destello a mi casi desaparecido optimismo habitual.
Llegaba con diez minutos de retraso a mi cita con Karen, aunque, cuando abrí la puerta de la cafetería, no temí encontrarme con un semblante contrariado: sabía que ella no estaría: su impuntualidad era ampliamente conocida.
Me senté en una mesa apartada y miré pensativa por el ventanal. Llovía. A mi alrededor oía comentarios respecto del tiempo, sin embargo, yo adoraba la lluvia, las tormentas, los días nublados y el viento. También me fascinaban la naturaleza, los parajes verdes, el mar. Anhelaba poder viajar por el mundo, vivir una vida bohemia y despreocupada allí donde quisiera, desligarme de lo material, de los compromisos, de la hipocresía, del tumulto de las ciudades, de la contaminación.
Algo casi imposible.
—¡Jamás adivinarías lo que acaba de ocurrirme!
Karen me rodeó y ocupó la silla de enfrente. Una sonrisa radiante le iluminaba el semblante.
Aquellos ojos azules emitían un fulgor fácilmente reconocible.
—Acabas de conocer al hombre de tu vida —contesté.
Ella soltó una carcajada y meneó la cabeza.
Aquella esplendorosa cabellera roja reverberó bajo la luz y convirtió su melena en un halo cobrizo que atrajo más de una mirada masculina.
—Este es el definitivo, lo sé —musitó soñadora.
—Siempre es el definitivo —repliqué con ironía.
—Esta vez estoy segura. Espera a conocerlo, te va a encantar. ¡Me mira de una forma que…! Aún tengo el corazón en la boca.
Observé atentamente su fascinada expresión e intenté sentir curiosidad, no obstante, me fue imposible. Estaba demasiado habituada a sus repentinos y breves encandilamientos. A pesar de eso, fingí interés.
—¿Cuánto hace que lo conoces?
Miró el reloj. Esta vez fui yo quien soltó una carcajada.
—Tú y tus conquistas…
—Al menos yo intento encontrar a mi media naranja y puedo asegurarte que, cuando eso suceda, no lo dejaré escapar. Hay gente que no valora lo que tiene.
—No quiero hablar de Terry.
Imprimí en la voz una clara advertencia que, como siempre, ignoró.
—Pero algún día tendrás que darle una respuesta. ¿O crees que va a esperarla toda la vida?
Terry; el dulce, gentil y paciente Terry. El muchacho que supo conquistarme con tierna perseverancia y almibarada tozudez. Jamás imaginé que aquel hombre de tímida sonrisa y audaz mirada resistiera tantas negativas, plantones y continuas inseguridades. Pero resistió.
Llevábamos dos años comprometidos. Y, aunque lo quería, me mostraba reticente a fijar fecha para la boda. Ni yo misma sabía por qué. Era como si una voz interior me frenara y lo peor era que aquella voz no era la mía.
Aquellas reservas habían comenzado con las pesadillas. No solo estaban trastocando mi vida: estaban cambiándome. Lo notaba en cada pensamiento, en cada predilección. Por las noches, en vez de encender la lámpara de mesa como acostumbraba, gustaba de iluminar con un par de velas para leer. Aquella titilante luz me reconfortaba.
También leía historia, a pesar de que siempre me había aburrido.
Incluso mis preferencias en la ropa se habían modificado. Ya no me decantaba por un vestuario informal, desenfadado, actual. Prefería prendas largas, sobre todo faldas amplias. Apenas me maquillaba y estaba dejándome el pelo largo. Ya casi me llegaba a la cintura cuando nunca había crecido más allá de los hombros.
Un día me descubrí haciéndome una trenza que dispuse en extraño y complicado moño. Actuaba como si aquel rocambolesco peinado fuera la rutina de cada mañana. Mis dedos disponían con desenvoltura cada mechón y no vacilaban en sus movimientos.
Tampoco reconocí el gesto satisfecho que me dirigí a mí misma en el espejo al terminar. Aquello me asustó tanto que a punto estuve de cortarme el pelo.
A menudo me observaba. Miraba mis ojos e intentaba penetrar en los confines de ese iris verde para buscar en mi interior una respuesta.
Yo, una persona realista, poco amiga de las supersticiones, fiel defensora de la ciencia y la razón, dejaba caer el escudo de la lógica para ceder ante suposiciones esotéricas.
—Siguen atormentándote, ¿verdad?
Karen me miró con pesar. Alargó una mano y cubrió la mía.
—Esto se me está yendo de las manos. —Mi voz sonó temblorosa.
Le conté sobre la pesadilla y lo ocurrido en la ducha.
—Eso no es normal. Nadie tiene ese tipo de sueños estando despierta. Tal vez estás demasiado sugestionada.
—He pensado en hacer una consulta médica. Quizá el problema esté en mi cabeza.
La mirada de mi amiga se oscureció. Pude ver el temor en sus ojos. Sin embargo, ocultó la preocupación en una sonrisa traviesa.
—Yo que tú, iría a un psiquiatra. No me extrañaría nada que estuvieras como una cabra —bromeó.
Bajé la mirada hacia la mano herida. Sentí una opresión en el pecho.
—¡Eh! ¿Qué pasa? Era una de broma. Candy, eres la persona más cuerda que conozco.
—Lo que no es un gran consuelo.
Karen se pasó los dedos entre el cabello y fijó en mí su mirada.
—No te dejes vencer.
—Lo intento, de veras, pero a veces es tan difícil, tan aterrador.
Un camarero alto y bastante atractivo se acercó a nosotras.
—¿Algo para tomar?
Mi amiga sonrió seductora y observó con descaro el apuesto rostro del joven.
—Sí. A ti, totalmente desnudo, encima de una bandeja y rodeado de lechuga. Me gustan los platos decorados.
Solté una carcajada. El descaro de la respuesta había terminado por mandar al diablo mi remilgo inicial. Finalmente me había acostumbrado a sus pícaras maneras y, aunque alguna vez la sermoneaba, comprendí que era imposible hacerle sentar esa cabezota alocada e impulsiva.
El asombro del camarero dio paso a una sonrisa. Inclinó la cabeza y replicó:
—Como desee. Pero ese plato se sirve en privado. Solo tiene que decirme cuándo y dónde lo quiere.
Karen me guiñó un ojo.
—¿Qué tal esta noche?
El hombre asintió con una sonrisa luminosa.
—Salgo a las diez.
—Estupendo.
Fingí escandalizarme y repuse divertida:
—Creí que habías conocido al «definitivo» hombre de tu vida.
—Sí —contestó—, pero todavía no hemos formalizado nada. Así que supongo que no le importará que me dé un capricho.
El joven rio complacido.
—¡Karen!
—¿Qué? ¿He dicho algo incorrecto?
—Olvídalo. Es inútil hacerte sentir un mínimo de pudor.
Frunció el ceño y arrugó la nariz.
—Sabes de sobra que nací sin eso. Creo que será mejor que nos vayamos. —Se dirigió hacia el muchacho y añadió—: y tú, encanto, no olvides la lechuga.
Crucé por enésima vez las piernas y miré el cuadro de Monet que decoraba el recibidor de la clínica. Naturalmente no era el auténtico, sin embargo, estaba bastante logrado.
Aquella primavera de flores de colores pastel me serenaba y, cada vez que mis pensamientos se tornaban funestos, buscaba con la mirada aquella espléndida mezcla de tonos que, por alguna extraña razón, imprimían en mí un optimismo refrescante.
Esperaba el resultado de las pruebas médicas a las que me había sometido días atrás. Cada minuto que pasaba sentada en aquel mullido sillón era una lucha continua por evitar salir corriendo.
Una voz seca y atonal puso fin a mi suplicio.
—Candice White.
Me levanté y fui hasta la puerta que la enfermera había dejado entreabierta. Me detuve apenas en el umbral, tragué saliva e hice acopio de valor. Entré.
—Siéntese, por favor.
Observé con atención el ajado rostro del doctor que leía los exámenes con rapidez e intenté descifrar su expresión. Su faz, sin embargo, no reflejaba nada que pudiera alertarme. Por fin, levantó la mirada.
—Me alegra comunicarle que sus temores son del todo infundados.
Solté el aire contenido y sonreí.
—Entonces ¿no hay nada raro en mi cerebro? ¿Nada que pueda producir alteraciones en el sueño, visiones?
—Nada físico. Tal vez el problema sea psíquico.
—¿Me aconseja, entonces, que acuda a un psiquiatra?
—Sería lo más conveniente. En ocasiones existen problemas emocionales que se manifiestan de esa forma.
—No tengo problemas, mi vida es bastante tranquila y segura. No he pasado por ningún tipo de crisis —repuse lacónica.
—Señorita, hay dificultades que se esconden en el subconsciente y que emergen a través de pesadillas, al parecer, dantescas y que muestran el conflicto emocional que se está sufriendo. Un buen profesional sabrá descifrarlas y, una vez resuelto el dilema, los sueños aterradores, con toda seguridad, desaparecerán.
Me dedicó una mirada paternalista y sonrió con despreocupación.
—Anímese. Es joven, guapa y está sana; ¿qué más puede pedir?
Una noche tranquila, pensé, y ahuyentar el terror que me producía ir a la cama. Me levanté y le estreché la mano.
—Agradezco sus consejos.
—Espero que, además de agradecerlos, también los siga.
—Lo haré.
Salí de la consulta algo más animada.
—¿Un psiquiatra? —inquirió Terry asombrado.
—Sí, es mi último recurso.
Frunció el entrecejo y me observó con atención.
—Creo que estás excediéndote. Todos tenemos pesadillas.
—No como las mías. Tú mejor que nadie deberías saber que me están destrozando.
—Estás muy afectada, cariño. Cada vez te sientes más tensa, más nerviosa; tal vez, si te relajaras esos sueños desaparecerían.
—¿Y qué me aconsejas? —inquirí burlona—. ¿Un balneario o quizá un relajante y pacífico centro de salud mental?
Bajó la mirada y giró hacia la ventana. Permaneció en silencio, molesto por mi desdén.
—Lo siento, no debí hablarte así, sé que solo pretendes ayudarme. Últimamente me altero con facilidad.
Me aterran las noches, eso está destrozando mis nervios.
Me acerqué y me cobijé en sus brazos.
—Si ese psiquiatra puede ayudarte, adelante, yo mismo te acompañaré.
Me alzó el rostro entre las manos y clavó en mí sus tiernos ojos color zafiro.
—Te quiero, Candy, no soporto verte así. Me siento tan impotente. Si pudiera serte de utilidad, yo…
—Hay algo que puedes hacer —sugerí.
Miré insinuante su boca y él sonrió.
—¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Me besó con dulzura y yo me dejé llevar. Por un delicioso momento, no pensé en nada que no fueran sus caricias, sus labios, sus ardientes susurros.
Entró en mí con ternura, con extrema delicadeza y comenzó a moverse con languidez, como siempre hacía. Sin embargo, aquella suavidad que siempre me había deleitado, no satisfacía mi ansia. Me mostré audaz, lo urgí a mostrarse más apasionado. Sus ojos me miraron extrañados y encontraron en los míos una lujuria desconocida que lo desquició. Abandonó su mansedumbre para convertirse en la fiera que yo buscaba.
Me entregué al placer como nunca lo había hecho, gemí con delirio, enloquecí y lo enloquecí a él.
Mis dedos buscaron una larga melena en la que enredarse, pero encontraron tan solo un cabello corto. Busqué unos ojos celestes, flamígeros, salvajes y hallé una mirada azul zafiro, entregada, enamorada y un tanto sorprendida. El placer se mezcló con la confusión, sin embargo, mi cuerpo gobernaba mi razón para exigir más y más.
Mi delirio crecía.
Llegó el clímax rodeado de jadeos entrecortados; nuestras bocas se fundieron mientras nuestros cuerpos todavía temblaban sacudidos por el éxtasis vivido.
—Oh, Albert…
—¿Albert? —inquirió Terry—. ¿Qué demonios significa eso?
—¿Qu… qué? —balbuceé.
—Acabas de pronunciar ese nombre.
—Yo… no sé porque lo hice.
—¿Cómo puedes decir algo sin saber quien es?
—¡No lo sé! —repliqué aturdida—. Te juro que ni yo misma sé por qué lo he dicho.
Terry se separó de mí, aparentaba estar más ofendido que asombrado.
—Parecía un nombre. Un nombre extraño en un idioma extraño. Todo ha sido muy raro, nunca te habías comportado así. He tenido la impresión de estar haciendo el amor con otra persona.
—Tal vez ha sido así —musité con pesadumbre.
Frunció el entrecejo. Contrariado, me observó con detenimiento intentado descifrar el enigma de mi comportamiento.
—¿Qué está ocurriendo? ¿Qué te está pasando?
—Eso es lo que intento averiguar. Es como si me estuviera transformando en otra persona o como si alguien entrara en mí. Yo misma me sorprendo haciendo con una desenvoltura apabullante cosas que nunca antes había hecho. Hasta me asusta mirarme al espejo, tengo miedo de descubrir qué hay detrás de mis ojos o, mejor, quién hay.
Se pasó las manos por la cabeza, aquello era demasiado para él, para su inquebrantable lógica.
—Eso es una locura, no atiende a razones, no es normal. No tiene sentido, es imposible que te esté sucediendo.
—Pues está pasando y está acabando conmigo. Acéptalo, es inútil negar la evidencia. Mañana mismo pediré cita con el psiquiatra. ¿Sigues queriendo acompañarme?
—Por supuesto, ahora más que nunca.
Por segunda vez en una semana, escuché mi nombre en boca de una insulsa enfermera.
Terry me tomó la mano. Sus ojos me transmitieron confianza. Hice una mueca parecida a una sonrisa y tragué saliva.
Entramos en una consulta con un inconfundible toque masculino, elegante y sobria, decorada con sillones de piel, paredes forradas de madera y numerosos títulos enmarcados. No me resultó un sitio propicio para abrir las emociones.
El doctor Rovira era una eminencia. Su prestigio había traspasado fronteras y, en numerosas ocasiones, era solicitada su opinión en otros países. Había sido un verdadero golpe de suerte encontrarlo y que me atendiera tan pronto. Al parecer, en el último, momento uno de sus pacientes había cancelado una cita.
Al verlo, comprendí que no necesitaba crear un ambiente familiar y cómodo para hacer sentir bien a sus pacientes. Era de esa clase de personas a la que se les podía confiar cualquier secreto, cualquier preocupación. Desprendía tal aura de sabiduría que daba la impresión de tener la solución a todos los problemas.
—Siéntense, por favor.
Su voz no hacía más que incrementar aquella grata impresión de estar con alguien familiar. Era cálida y envolvente, con una extraña musicalidad que invitaba a relajarse.
Era un hombre menudo, de unos cincuenta años, delgado, de rostro vivaz y alegre sonrisa. Carecía de pelo, aunque daba la impresión de haber sido rubio. Lo único destacable de su físico eran unos luminosos ojos verdes que miraban con dulzura.
Llevaba unas gafas cuadradas y pequeñas que se deslizaban ligeramente sobre su nariz y dejaban su vista sin el amparo de las lentes, lo que hacía pensar que realmente no las necesitaba.
Me miró con detenimiento. Pareció querer indagar en mi alma, como buscando el problema que me atormentaba.
—¿Puedo tutearla, señorita? —preguntó.
—Sí, en realidad, lo prefiero.
—Estupendo, me es más fácil conversar sin tantos tratamientos inútiles que más bien impiden un acercamiento, ¿no le parece?
—Estoy de acuerdo con usted, doctor.
—Supongo que esperas que te pregunte por tus inquietudes, sin embargo, antes de conocer tu problema, preferiría hacerte unas cuantas preguntas, si no te importa, por supuesto.
—Adelante, no tengo inconveniente.
Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un magnetófono.
—No te cohíbas por este artilugio, podría tomar notas, pero no hay nada más revelador que la voz. No temas, nada de lo que digas saldrá de esta habitación, está protegida por el secreto profesional.
—¿Qué edad tienes?
—Veinticinco.
—¿Vives con tus padres?
—No.
—¿Cuánto hace que te independizaste y por qué?
—Hace tres años, me ofrecieron un trabajo aquí en Toledo y tuve que trasladarme. Mi familia está en León.
—¿A qué te dedicas, Candice?
—Soy restauradora de antigüedades. Ahora estoy trabajando en la catedral.
—¿Qué es exactamente lo que haces?
—Abarcamos todos los campos, desde sellar fisuras en las piedras hasta resucitar pinturas del románico.
—¿Es lo que siempre has querido hacer?
—Sí.
—¿Cuál es la relación actual con tus padres?
—Ellos murieron en un accidente de coche cuando yo tenía cinco años. Mi tía Paulina se hizo cargo de mí. Soy hija única. Es la mejor madre que he podido tener.
—¿Tu tía tiene hijos?
—Dos: mi prima Annie y mi primo Tom.
—¿Alguna vez te has sentido desplazada?
—Nunca, al contrario, he recibido más atenciones. Siempre me sentí querida.
—¿Estás involucrada sentimentalmente con alguien?
—Sí, estoy prometida a Terry.
—Felicitaciones, Terry.
Sonrió y me tomó la mano.
—Gracias. Soy un hombre afortunado —contestó.
—Una última pregunta, Candice: ¿has sido alguna vez traicionada por alguien querido, una amiga, algún hombre?
—No, nunca.
El doctor Rovira se quitó las gafas y las frotó con un pañuelo que sacó de un bolsillo del chaleco.
—Parecería que el problema no está en la superficie. Probablemente tu subconsciente lo ha enterrado tan bien que la memoria no lo tiene almacenado. Hay personas que pasan por cosas terribles, tan traumáticas que la mente opta por borrarlas. Es un mecanismo de defensa: una forma de seguir adelante sin huellas, sin recuerdos. Una magnífica manera de comenzar de nuevo, si no fuera por un pequeño error. Tarde o temprano aquella cosa horrible se manifestará de una manera extraña; luchará por salir a la luz y se valdrá de curiosas estratagemas. Y es que los problemas no deben ocultarse, hay que enfrentarlos por mucho que duelan, solo así desaparecen.
Hizo una pausa y se puso las gafas.
—Candice, dime cuál ha sido el primer síntoma de este fatídico resurgimiento.
—Unas pesadillas.
Le conté todo con detalle. No podía dejar de hablar y, a medida que lo hacía, crecía mi ansiedad, mi miedo. Acabé con una súplica, con un ruego desesperado.
Fue entonces cuando comprendí que me encontraba al límite, que no podría aguantar mucho más sin perder la cordura.
También Terry comprendió la gravedad de mi estado. Lo noté tenso. La preocupación oscurecía su semblante.
Tras mi relato, el doctor guardó silencio. Tenía el ceño fruncido y parecía reflexionar. No pude esperar más una respuesta y pregunté:
—¿Podrá ayudarme?
—Las pesadillas son el medio por excelencia para la manifestación de problemas emocionales. Sin embargo, el contenido me desconcierta. Parecen premonitorias, pero llevas meses sufriéndolas y nada te ha ocurrido. Por lo general, las premoniciones son a corto plazo; advierten de un peligro inmediato. Por lo tanto, habremos de desechar esa idea. La otra alternativa es pensar que, a través de escenas dantescas, emerge una culpa tan dolorosa que deseas un castigo. Intentas autocastigarte por algo que crees haber hecho. No obstante, hay algo que desmorona esa teoría: tu cambio gradual de personalidad. Han variado tus gustos, te sorprendes haciendo cosas que no deberías saber hacer. Esa mención al extraño peinado, la forma en que te vistes, todo eso me confunde. Y, desde luego, ese nombre que pronunciaste. ¿Cómo era? ¿Albert?
Asentí.
—Investigaré acerca del origen de un nombre así, me suena escandinavo. Todo ese cúmulo de circunstancias me lleva a pensar en una posible respuesta, aunque no una solución.
—¿Qué piensa que me sucede? —inquirí temblorosa.
El doctor se levantó y se acercó a una biblioteca empotrada en la pared. Permaneció allí buscando un volumen en particular.
Chasqueó la lengua cuando lo encontró y lo abrió por la mitad. Pasó unas cuantas páginas y por fin se sentó de nuevo sin dejar de leer con atención.
—Su caso no es muy común; a decir verdad, pueden contarse con los dedos de una mano, pero hay precedentes que tal vez puedan ayudarnos. Es un tema que siempre me ha fascinado. Y he intervenido en alguna que otra sesión, es por eso que puedo contar con especialistas en el tema. Tal vez haya sido el destino, pero ha acudido al hombre indicado.
—Doctor… —urgí.
—No se impaciente. Creo sin temor a equivocarme que el motivo de esas pesadillas y de su comportamiento se debe a un resurgimiento, como ya le indiqué, pero no de un trauma, sino de otra vida. Una vida anterior que, por alguna razón, está invadiendo su presente. Tenemos que dar con esa razón.
—¿Una vida anterior? ¿De qué está hablando? —repuso Terry contrariado.
—Sé que es difícil de creer, pero confíe en mí. He visto algunos casos realmente extraordinarios. Personas que, mediante una hipnosis regresiva, han hablado hebreo, castellano antiguo, toda clase de lenguas muertas. Personas corrientes, con vidas corrientes. He escuchado historias increíbles que historiadores célebres han corroborado. Y créame si le digo que la mayoría de esas personas no tenían modo de saber cosas tan concretas de la historia sin haber vivido en la época en cuestión. No es algo común. Yo tampoco creía en la reencarnación; no creí hasta que presencié una de aquellas sesiones. Desde entonces, me interesé por el tema, lo estudié a fondo y puedo decirle que incluso ha cambiado mi vida, mi forma de ver las cosas, mi filosofía.
Ahora comprendo cosas que antes no entendía. Jamás creí en la justicia divina. ¿Cómo iba a creer en ella cuando personas mezquinas recibían lo mejor de la vida, mientras que gente de buen corazón era víctima de continuos mazazos? Párense a pensar un instante. La iglesia nos dice que la recompensa a nuestras acciones está en el cielo. Pero ¿qué sentido tiene que un hombre bueno sufra? ¿Por qué no se lo recompensa en vida por cada acción? De esa manera, todos veríamos que hacer el bien tiene un sentido, una gratificación. Eso incitaría a los demás y finalmente se erradicaría la maldad. En cambio, no es así. La gente no cree realmente en una recompensa divina, y nadie ha vuelto de la muerte para asegurarnos que existe el cielo de los bienaventurados. No, mis queridos amigos. No tiene ningún sentido. Sin embargo, la teoría de la reencarnación sí justifica la injusticia. Se basa en la purificación de uno mismo a través de una serie de vidas hasta convertirnos en seres supremos. Si en una vida hemos sido asesinos, en la otra seremos víctimas. De ese modo, y sabiendo que en la siguiente reencarnación recibiremos lo sembrado en la anterior, nuestra conducta será diferente. Nosotros somos los dueños de nuestro propio destino.
Otra vida, pensé; otra vida. Parecía increíble, algo descabellado, pero no imposible. Todo encajaba. Alguna vez había leído algo sobre el tema, me había parecido interesante, pero ni por un instante imaginé que podría descubrir en carne propia la veracidad de esa filosofía.
Y ahí estaba, sentada frente a un prestigioso psiquiatra que hablaba con pasión sobre otra vida. Una vida que estaba intentando decirme algo, pero ¿qué?
—¿Por qué esa otra vida intenta regresar? —inquirí.
—Tal vez, porque dejaste algo por hacer, un cabo suelto, y es quizá en esta nueva vida en la que has de atarlo. Por lo general, nuestras vidas pasadas están enterradas en nuestro subconsciente. Muchas personas han tenido la sensación de estar en un lugar que nunca habían visitado. O les parece familiar cierto objeto o cierta vestimenta. También ocurre en nuestras preferencias. Hay personas que nos caen mejor sin saber el motivo, o incluso, sin conocerlas, tienen un algo que nos agrada. También puede pasar a la inversa: podemos detestar a individuos sin ninguna razón. Solemos llamar «manías» a ciertos rechazos, por ejemplo, hay quien padece hidrofobia o claustrofobia. Todas las fobias tienen un motivo y, si no está en esta vida, tengan por seguro que está en la anterior. Hace unos años, en Inglaterra, descubrimos que la claustrofobia de una granjera que vivía en el condado de York provenía de que, en una vida anterior, su marido la había emparedado en el salón de una de sus mansiones. Aquello había ocurrido en el año 1725 en Francia. La mujer dio nombres, narró con detalle la situación del país en aquel momento, explicó con amargura lo desdichada que se sentía por haber descubierto a su esposo en brazos de otra mujer, incluso describió la decoración del mencionado salón y la vida que llevaba, todo ello en francés, y puedo asegurarles que era semianalfabeta. Por lo tanto, Candice, dispondré todo para una sesión de hipnosis regresiva, ¿te parece bien?
—Si eso me ayuda, no tengo inconveniente —respondí.
El doctor llevó de nuevo el libro a la biblioteca y regresó al sillón. Parecía inmerso en sus pensamientos. Al cabo de un rato, habló de nuevo, su voz era apagada y translucía gravedad.
—Antes que nada, es mi deber aclarar que nunca he visto un caso de estas características.
—¡Pero si acaba de decir que…! —interrumpió Terry.
—Repito: de estas características —continuó, un tanto molesto—. Me refiero a que es la primera vez que la persona en cuestión se deja arrastrar de manera tan contundente por sus antiguas costumbres. Tengo la sensación de que tu otro yo quiere tomar posesión de manera definitiva. No va a utilizarte para sus fines, quiere transformarse en ti, robarte el presente. He de suponer que es de vital importancia lo que debe hacer.
Hizo una pausa.
—Quiero decirles con esto que no hay garantía alguna sobre el resultado. No sé si ayudará el conocer esa vida anterior. Existe la posibilidad de que el pasado prevalezca sobre el presente. Ahora necesito saber si estás dispuesta a correr ese riesgo.
—Tal vez no merezca la pena —opinó Terry.
Lo miré. Vi temor en sus ojos. O tal vez era el reflejo del miedo de los míos. Pensar que podía dejar de ser yo, que desaparecería para convertirme en un fantasma del pasado hacía que se me secara la garganta. Era como dejar de existir. Era como dejar que un espíritu me arrebatara el cuerpo. ¿O éramos el mismo espíritu con recuerdos distintos?
Aquello era demasiado para mí. Sin embargo, debía arriesgarme, pues estaba segura de acabar enloqueciendo si las pesadillas no cesaban. Ya ni siquiera hacía falta estar dormida para vivirlas, me acechaban incluso al despertarme. No solo la noche era mi enemiga, ahora también el amanecer. ¿Y después?
—Estoy decidida, doctor. No tengo otra opción.
—Piénsalo bien. No quiero que te arrepientas.
—No, ya lo he pensado. Sea lo que sea, sé que es mi destino.
Lo dije con seguridad, lo que no impidió sentirme al borde de un precipicio. Busqué la mano de Terry y me aferré a ella.
Necesitaba un poco de estabilidad antes de tirarme al vacío.
—Bien, he de consultar el caso con algunos colegas, pero con toda seguridad la sesión no pasará de esta semana. Ya te avisaré. Intenta no preocuparte, ¿de acuerdo?
Asentí, aunque aquello sería imposible.
Salimos de la consulta aturdidos y asustados. Me sentía como un enfermo en la fase terminal.
Sostuve el teléfono en la mano, incapaz de colgarlo; los latidos de mi corazón se mezclaban con el tono que manaba aburrido del auricular. Inmersa en mil pensamientos confusos, sentí una acuciante necesidad de despedida. Al día siguiente sería la sesión de hipnosis.
Pensé en Terry, en Karen, en los amigos, en mi familia y por un instante decidí no arriesgarme.
No obstante, aquel endemoniado sentido común que me caracterizaba barrió la duda con la fuerza de un huracán para sembrar en mí una esperanza débil, pero reconfortante.
Colgué el auricular y miré a mi alrededor.
Vi ilusiones, alegrías, paz, confianza, amistad, risas, también preocupaciones, pero sobre todo satisfacción. Esos tres años que había estado en Toledo habían sido dichosos, productivos. Me enorgullecía mi independencia. Me había labrado un futuro, una vida segura y estable. Había cumplido los objetivos que me había trazado. Había conseguido realizarme con éxito. En resumen, me sentía afortunada.
Ahora que todo eso se veía amenazado, no permitiría que se esfumara. Sin embargo, y, siendo por completo sincera conmigo misma, debía reconocer que, a pesar de todo, siempre me había acompañado un halo de tristeza. Una tristeza que achaqué a la muerte prematura de mis padres. Comprendí que la determinación de triunfar en mis metas no era más que la esperanza de alejar de mí esa apatía extraña y oscura.
Asombrosamente descubrí que me había sentido sola a pesar del cariño, del apoyo, de la fortuna. Y, tal vez, por mucho que lograra triunfar en la vida, por mucho que llegara a conseguir, jamás sería del todo feliz.
Era como si me faltara algo, como si mi vida estuviera incompleta. Cada vez estaba más segura de que la clave poda estar en mi otra vida.
Y, por primera vez, empecé a creer que quizá las pesadillas me estaban ayudando, que eran parte de mi destino. Porque, ¿de qué valían los éxitos, la seguridad, la satisfacción si no ayudaban a conseguir la auténtica felicidad?
Esa era la verdadera meta: la felicidad plena y absoluta. Y yo la deseaba por encima de todo. Haría lo que fuera con tal de conseguirla, barrería cualquier obstáculo por muy intrincado que fuera o, por muy lejos que estuviera, viajaría hasta el fin del mundo o hasta la más ignota de mis vidas. Cualquier cosa con tal de transformar el gris de mi existencia en un arcoíris de colores. Ya era hora de que mi corazón comenzara a latir y tenía la certeza de que mi vida aparentemente perfecta iba a cambiar. No podía ser de otro modo.

CONTINUARA

Hola, aquí hablan del nombre que ella pronuncia cuando está haciendo el amor con su prometido, que obvio lo nombre Albert, pero en realidad es Gunnar, por eso Terry se preguntaba que significaba esa palabra o si era un nombre.

Albert el temible.