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Capítulo 4
Pérdidas.
Los días corrían lentos y aburridos, pero las noches… las noches eran un infierno. Añoraba sus besos, sus caricias, su risa, su pasión, su mirada enamorada, su conversación. Cuando despertaba, me encontraba mal, cansada, apática, enferma.
Apenas podía probar bocado; todo me causaba repulsa, solo me aliviaba pasear junto al río acompañada de la fiel Latifa.
Estaba atardeciendo, el verano alargaba los días y era a esa hora cuando se podía salir de la casa sin temor de languidecer bajo el ardiente sol estival. El frescor que manaba del río invitaba a bañarse en él para alejar el sofoco de un día tan caluroso.
Me acerqué a la orilla y me descalcé. Alargué la pierna y me remangué ligeramente el vestido. Sumergí la punta del pie para tantear la temperatura del agua.
—Ni se te ocurra —advirtió Latifa al adivinar mis intenciones.
—¡Oh, vamos! —exclamé—. No hay nadie por los alrededores y, además, está estupenda. —Contemplé anhelante la quieta superficie—. Hace tanto que no nado. Me muero por sumergirme en las aguas y disfrutar, aunque solo sea un poquito.
Le dediqué una mirada suplicante. Ella permaneció impasible. Me puse de rodillas y junté las manos en actitud oratoria. Imprimí en mi mirada todo el candor que pude y finalmente accedió.
—Pero, al primer aviso, saldrás del agua sin rechistar. Vigilaré desde arriba por si se acerca alguien.
—¡Que Alá te bendiga! Eres la mejor mujer del mundo, yo…
—Bla, bla, bla… —Sacudió la mano para detenerme—. Ya está bien, siempre consigues tus propósitos con zalamerías. Algún día vas a meterme en problemas. Sí, ya lo estoy viendo: consigues ablandar el corazón de esta pobre vieja y ni siquiera piensas en las consecuencias. Pues no, señor, no pienso consentirte en nada más. Esta será la última vez que me convencerás. Como que el profeta se llama Mahoma que…
Esta vez fui yo quien detuvo su palabrería al estamparle un sonoro beso en la mejilla.
—Muchacha alocada —replicó fingiendo enfado.
Me desvestí aprisa y me adentré en el río. Contuve el aliento cuando el agua llegó a mis pechos. Estaba algo más fría de lo que parecía, pero cuando me adapté a la temperatura disfruté a lo grande: braceé y nadé, me sumergí y emergí recordando mi niñez. Notaba en mis pies el fango del fondo. El roce de las algas en mis piernas despertó recuerdos de caricias. Mi piel pareció despertar. Cerré los ojos y suspiré. Ya habían pasado dos meses y la necesidad de verlo me estaba matando. Pensaba en él constantemente e imaginarlo con Eliza me ponía la piel de gallina. Confiaba en él ciegamente. Pero esa horrible mujer era capaz de cualquier cosa. ¿Qué estaría pasando en el palacete?
De repente, oí el crujir de una rama justo donde había dejado mis ropas. Miré alertada hacia allí, pero no vi nada fuera de lo normal. Mi vestido seguía sobre el peñasco que flanqueaba la orilla. Busqué a Latifa en lo alto de la colina vigilando el camino: parecía tranquila. Posiblemente había sido un animal.
Decidí salir. Cuando el agua me llegó a la cintura volví a escuchar un susurro de hojarasca. Deslicé la vista a mi alrededor sin ver nada, tan solo el suave movimiento de un árbol junto al peñasco; seguramente había sido la brisa, pero por alguna razón sentí unos ojos observándome. Había alguien allí, estaba segura.
Me apresuré a salir y corrí hacia la roca. Escurrí mi largo cabello mientras vigilaba atenta y, cuando tomé el vestido, algo cayó al suelo. Observé atentamente. Era un pedazo de tela. Era mi muñeca.
—¡Rashid! —exclamé.
Miré esperanzada cada arbusto, lo busqué tras los árboles cercanos, pero no apareció.
Sin embargo, el saber que había estado allí observándome me llenó de dicha el corazón. Agarré la muñeca de mi infancia y la sostuve contra el pecho, cerré los ojos para sentirlo, la acerqué a mi nariz y aspiré embriagada, olía a él. Sonreí feliz. Me había dejado una señal de su presencia sin faltar a su palabra. Lo amaba y no veía el momento de volver a demostrárselo. Caí en la cuenta de que seguía desnuda. Me vestí aprisa y guardé la tela en el escote.
Aquella noche no pude dormir, lo necesitaba tanto que su ausencia me dolía. Deseaba correr en su busca y olvidarme de todo. Aún quedaba un mes para estar en sus brazos y para mí era una eternidad. Me levanté del estrecho jergón y me acerqué a la ventana. Ahí estaba la luna con su media sonrisa, como la de Rashid. ¿Estaría él pensando en mí? Supuse que sí. Dejé que el viento me meciera los cabellos. Cerré los ojos y saboreé la agradable sensación de ser acariciada. Casi sentí sus manos en mi rostro. Lo sentía tan cerca que mi corazón dio un vuelco.
Abrí los ojos y miré hacia abajo. De algún modo supe que él estaba ahí observándome de nuevo. Lo intuía. Cerré de nuevo los ojos, fruncí los labios y le di un beso a la noche. Sabía que el viento se lo llevaría.
La noche siguiente, la luna no hizo acto de presencia. Pesadas nubes la ocultaban. Amenazaba tormenta; se podía oler en el aire. Una ráfaga se me arremolinó entre las faldas y las levantó. Dejé el patio justo a tiempo de evitar las primeras gotas de lluvia.
Todos dormían.
Una vela titilaba en la sala; su resplandor amarillento tan solo abarcaba el pequeño círculo en el que se encontraba la silla un tanto desvencijada en la que mi madre hacía su labor y el pequeño arcón que siempre llevaba consigo lleno de madejas de coloridos hilos, agujas y patrones de brocados que Roberto le traía de sus viajes.
Acababa de llegar de Norteumbría al norte de la isla de Bretaña. Y, como siempre hacía, nos relataba las travesías con lujo de detalles. Casi siempre, se mostraba entusiasmado al describir los hermosos paisajes que había descubierto, las ciudades, las gentes. Nos divertía con las costumbres de cada lugar. Pero, esa vez, lo que nos contó le oscureció la mirada con un velo de preocupación. Durante una recepción en la corte, había escuchado que los temibles hombres del Norte, los mayus, magos por su religión pagana, como los llamaban los árabes, habían establecido un campamento en una pequeña isla frente a Irlanda. Y, desde allí, organizaban incursiones a los reinos vecinos para saquear y devastar ciudades.
Hacía apenas casi cuatro años, en 840, habían incendiado la pequeña aldea a los pies del gran Farum Brigantium. El joven Ordoño, gobernador provisional de Galicia, hijo del rey de Asturias, Ramiro I, flamante sucesor de Alfonso II, había convocado a su ejército y había hecho frente a la incursión. Había logrado recuperar buena parte del botín, además de hundir casi setenta de sus naves. Sin embargo, las bestias del Norte continuaron sembrando el terror: saqueaban, violaban y asesinaban. Los pocos sobrevivientes, en su opinión los menos afortunados, habían sido convertidos en esclavos y llevados como siervos a su tierra para posteriormente trocarlos por especias, armas y oro.
En el viaje de vuelta, Roberto se topó con más de cincuenta bajeles que se dirigían hacia las costas asturianas. Mandó un recado al rey Ramiro I y al cadí de Córdoba, Muhammad ibn Ziyad, porque temió un ataque a gran escala. Si los mayus entraban por las principales vías fluviales como deseaban, saquearían las ciudades más importantes de la península. Si no los detenían en Asturias, podían incluso llegar a Toledo.
Aquello nos aterró a todos. Roberto dijo que eran hombres salvajes, de gigantescas dimensiones, de cabellos claros y fiera mirada que asesinaban y violaban sembrando solo destrucción.
Esa era otra de las razones por las que no podía dormir. Esa noche necesitaba más que nunca cobijo en los protectores brazos de Rashid. Me senté en la silla y, al inclinarme para dejar el pequeño arcón de marfil en el suelo, se me resbaló y cayó desparramando su interior. Me apresuré a recoger los útiles de costura y, extrañada, me fijé en un pergamino amarillento doblado por la mitad y gastado por el uso. Las palabras en tinta desvaída se inclinaban en elegante escritura. Lo recogí intrigada y, respetando la intimidad de mi madre, fui a devolverlo a su lugar; sin embargo, algo me detuvo. No pude reprimir la curiosidad.
Desdoblé con cuidado aquella carta y comencé a leerla: estaba escrita en árabe.
«María, parto mañana con todo el dolor de mi corazón. Pudiste seguirme, pero tu conciencia no te lo permitió. Te debes a tu esposo, aunque no te merece por abandonarte, inmerso en sus trifulcas e intrigas palaciegas. Si fueras mía, no me despegaría de ti ni un instante.
No sé si podré olvidar el candor de tu sonrisa, tu cabello trigueño entre mis manos, tus ojos tan azules como el océano que me trajo hasta ti.
Atesoro el recuerdo de nuestras noches robadas, de tus labios sobre los míos. No, no podré olvidarte. Solo espero aun así poder encontrar algo de felicidad.
Amin»
La carta se deslizó de mis manos. Atónita, permanecí inmóvil. Mi madre había tenido una aventura. No podía creerlo. Tal vez por eso nunca me hablaba de mi padre, tal vez ella seguía enamorada de ese hombre. Una inquietud creciente me invadió. Era árabe. A mi mente acudieron las continuas referencias sobre mi parecido con los musulmanes. ¿Y si yo…?
—¿Qué ha sido ese ruido?
Mi madre entró en la habitación; me miró intrigada. Comenzaba a sonreír cuando reparó en la carta que descansaba a mis pies.
Visiblemente nerviosa se acercó con premura y la tomó del suelo como si recogiera un tesoro. Miró mi semblante confundido y se arrodilló a mi lado.
—Tarde o temprano tenía que decírtelo.
Sentí un martilleo en la frente. Tragué saliva e intenté prepararme para su confesión.
—Me enamoré de otro hombre estando casada. —Bajó la mirada azorada.
—No debes arrepentirte por amar.
Ella negó con la cabeza; en su pálida tez parpadeaba el resplandor de la vela. Sus ojos acuosos me miraron con atención.
—¿Cómo voy a arrepentirme si fruto de ese amor naciste tú?
Ahí estaba ante mí la verdad de mi existencia. Algo que quizá siempre había intuido. Mi supuesto padre había sido un noble caballero del Norte. Era poco probable que su cabello fuera tan ondulado, su piel aceitunada y sus ojos verdes esmeralda con motas doradas.
—Eres muy parecida a él. A Amin abd al-Yaced: tu padre —confirmó—. Era el hombre más hermoso que jamás haya visto. Su mirada cautivadora derretía al corazón más frío. Era alto y fuerte y con una personalidad arrolladora. Culto, amante de las letras, poeta y músico. Nació en Alepo al noroeste de Siria, pero viajó por todo el mundo hasta que conoció a Roberto. Se hicieron grandes amigos y, como tal, llegó a mi casa. —Hizo una pausa y suspiró—. Cuando lo vi por primera vez, me dio un vuelco el estómago. —Se estremeció ante el recuerdo—. Fui débil, apenas luché contra la moral, traicioné mis votos, pero estaba tan sola. Diego batallaba junto a su rey, pasaba meses sin verlo y yo… me enamoré perdidamente de Amin.
Le acaricié comprensiva el cabello; ella, todavía arrodillada, apoyó la cabeza en mi regazo.
—¿Por qué no te fuiste con él?
Volvió a mirarme, sus ojos ausentes en el pasado brillaron con tristeza.
—Iba a hacerlo, pero llegó una carta de la corte. Diego había sido herido en una reyerta y me necesitaba a su lado. Yo acudí y, al verlo tan mal, no tuve corazón para dejarlo. Y así se lo dije a Amin.
—Pero poco después enviudaste y tú ya estabas encinta. ¿Por qué no lo buscaste?
—Lo hice, pero no lo encontramos. Roberto movió cielo y tierra sin ningún resultado. Hasta cuatro años después. Apareció en Sevilla, pero casado y con dos hijos. Al parecer, no le había costado mucho olvidarme. —La amargura le tiñó la voz.
—¿No pensaste en decirle que tenía otra hija?
Los ojos se le oscurecieron, los labios se le tensaron ligeramente.
—Tras la muerte de mi esposo, Roberto me trajo a Toledo. Aquí fuimos acogidos por una comunidad cristiana desconfiada y alerta, llena de rencor hacia el opresor. Todos te creían hija de mi marido, un valeroso azote de los herejes. ¿Qué crees que habría pasado si hubieran sabido que eras hija de uno de ellos? Nos habrían dado la espalda y, aunque gozábamos de la protección de mi hermano, él casi nunca estaba en casa. Así, todo habría sido demasiado difícil para nosotras. La sola idea de que te rechazaran me era insoportable. Tu apariencia ya creaba comentarios a mi alrededor, pero nadie se atrevía a afirmarlos. Nadie podía comprobar si tu origen era cierto, así que los rumores quedaban ahí.
—¿Él vive en Sevilla?
—Creo que sí. Al menos, la última vez que lo vi fue allí.
Boquiabierta, contemplé su expresión soñadora.
—¿Y no le dijiste nada?
—No hablé con él. Solo lo vi —aclaró—. Viajé yo sola. Tú tenías cinco años y te quedaste en casa de Patricia. Había soñado tanto con él que sentí la necesidad de verlo. En mi fuero interno deseaba encontrarlo solo y atreverme a contárselo todo, aunque dada su situación y la mía no habría valido de mucho. Lo encontré en un puesto que él regentaba junto al río. Bromeaba con una mujer que supuse la suya por la cercanía que manifestaban. Vi esos hermosos ojos mirarla a ella, y vi amor en ellos. La mujer levantaba a un chiquillo del suelo y se lo depositaba en el regazo. Otro poco más mayor me miraba a través de un estrecho mostrador. Ninguno de los pequeños había heredado esos extraños ojos verdes, solo tú. El chico mayor tendría tu edad. ¿Qué mejor prueba de lo poco que había significado para él? Ya me había dado vuelta cuando lo escuché preguntarme qué deseaba. No lo miré siquiera: escapé de allí envuelta en lágrimas. Nunca lo olvidé. ¿Cómo podría teniendo una hija suya tan cerca?
La abracé tan fuerte como pude. Lloró desconsolada como nunca la había visto hacerlo. Todavía amaba a mi padre. Ahora, que sabía lo que era el amor, la compadecí.
Me imaginaba vivir para siempre sin Rashid, y la sola idea me quebraba el alma. Aquella confesión me dejó con demasiadas inquietudes. Tenía dos medio hermanos, o quizá más, y mi padre estaba vivo y no tan lejos de mí.
¿Resistiría yo la tentación?
Amanecí con unas náuseas tremendas. La cabeza me daba vueltas y me mareé cuando intenté ponerme en pie. Volví a recostarme. ¿Era posible enfermar de melancolía? Tan solo restaba una semana para verlo. Debía encontrarme más animada, sin embargo, mi apatía persistía, mi permanente cansancio me relegaba al lecho y pasaba gran parte del día dormida.
Mi madre subió a verme preocupada.
—Hoy tampoco has bajado a desayunar, Alondra. Voy a tener que avisar al médico, esto empieza a no gustarme.
Se inclinó y me tocó la frente. Negó con la cabeza.
—Te traeré algo de comer. Flora y Latifa han preparado tus dulces favoritos, seguro que…
Reprimí una arcada, mi cuerpo se convulsionó.
—Por favor, ten piedad y no me nombres la comida —rogué.
Ella me miró boquiabierta, un extraño brillo le asomó a los ojos.
—Alondra, ¿cuándo fue la última vez que sangraste?
Pensé un instante y de pronto recordé que no lo había hecho desde que había llegado. Abrí los ojos.
—¡Dios mío! ¿Crees que…?
—Tienes todos los síntomas.
Una sonrisa resplandeciente emergió de sus labios. Me abrazó alborozada y corrió a dar la noticia.
Apenas podía creer tanta felicidad. Esperaba un hijo del hombre al que amaba. No veía el momento de decírselo. Me acaricié el vientre todavía plano. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Ahí estaba su semilla, un pequeño ser que nos uniría todavía más. Las lágrimas me asomaron a los ojos. Iba a ser madre. Me recosté plena de dicha; abajo oí la algarabía de mis dos fieles protectoras: Flora y Latifa irrumpieron en el cuarto y me llenaron de besos. Ambas lloraban de alegría.
—¡Rashid morirá de felicidad!
Latifa me tomó la mano. Su cara redonda y risueña, surcada de pequeñas arrugas, mostró el cariño que me tenía.
—Criaré a ese niño con la ayuda de Alá.
—Ya basta, está embarazada y tiene que descansar —les recriminó con sorna mi madre.
—¿Más? —inquirió Flora—. Lleva descansando casi tres meses.
Cerré los ojos, no podía dejar de sonreír.
Faltaban solo dos días para que se celebrara la reunión, y Latifa subió a verme con una propuesta.
—Pido tu permiso para contarle a Rashid la buena nueva.
La miré boquiabierta, no pensaba dejar que nadie me arrebatara ese momento.
—Sé que ardes en deseos de decírselo en persona —continuó—pero no has contemplado la posibilidad de que en la reunión lo obliguen a divorciarse. En tal caso, un argumento de peso y contra el que no podrán será este hijo que viene en camino. Si él sabe que estás encinta, tendrá ganada la batalla de antemano.
Tenía razón. La miré pensativa. Si me rechazaban definitivamente, no estaba en las mejores condiciones para fugarme y menos a un lugar tan lejano.
Le confesé a Latifa nuestros planes de huida.
—¡Ah, no! Ni hablar. Sería una locura emprender un viaje tan arriesgado. Creo que mi idea es la más sensata.
Asentí entristecida. Me perdería su reacción, pero lo importante sin duda era aquella maldita reunión.
—Te contaré con lujo de detalles el encuentro —prometió.
Se acercó y me besó la frente.
—Dile cuánto lo amo —le pedí.
—Sé de sobra cuánto has sufrido su ausencia, pequeña. Ya es tiempo de felicidad.
Abandonó el cuarto. Dichosa ella que lo vería.
Llegaba la noche, y Latifa no regresaba. Un creciente nerviosismo se apoderó de mí. Paseé de un lado a otro del patio inquieta; me apoyé en el viejo pozo para intentar serenarme y acompasar mi respiración. Llené de aire los pulmones y, de nuevo, caminé como un animal acorralado.
Ahmed me miraba con preocupación. Yo le sonreí para tranquilizarlo; él me miró extrañado, alzó las cejas y negó con la cabeza como si hubiera perdido el juicio. Y es lo que pasaría si no recibía noticias.
El aldabón sacudió vigorosamente la puerta. Los golpes me hicieron dar un respingo. Ahmed corrió a la entrada. Me obligué a permanecer inmóvil deseando escuchar los rápidos pasos de Latifa, pero no eran los pies de ella los que se acercaban.
Rashid irrumpió en el umbral del patio.
Sentí que el corazón se me desbocaba. Me contempló durante lo que me pareció un siglo. Sus ojos me recorrieron despacio y se detuvieron en mi vientre. Instintivamente lo acaricié. De nuevo se sumergió en mis ojos.
Su respiración era agitada como si hubiese venido a la carrera. En su semblante asomó una sonrisa triunfal. El amor que me tenía le brotó de todos los poros y ya sin aguantar más la distancia se abalanzó sobre mí.
Nos abrazamos henchidos de dicha. Su boca hambrienta tomó la mía con desesperación. Me tomó el rostro entre las manos y con ojos llorosos susurró:
—Te amo, Shahlaa, mi bella Shahlaa. —La voz se le entrecortó—. Acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo. Todavía estoy temblando.
—¡Bésame, tócame, abrázame! —rogué impaciente.
Obediente, me besó de nuevo. Fue un beso largo, conmovedor, que puso de manifiesto el anhelo contenido, el amor latente, el sufrimiento por la separación, la hiriente necesidad de sentirnos, de abandonarnos al deseo. Sus manos recorrieron cada curva de mi cuerpo y me apretaron contra él.
Los gemidos escaparon de nuestras bocas, a la vez que nos devoramos, queríamos recuperar todo el tiempo perdido con un solo beso.
—He venido a llevarte conmigo —explicó.
Me separé lo suficiente para mirarlo.
—Pero ¿y la reunión? No me han dado permiso para entrar y…
—No habrá reunión.
Lo miré intrigada.
—Cuando Latifa me dio la noticia, yo mismo la anulé. No hay discusión posible cuando es mi hijo el que llevas en tu vientre. Serás mi esposa les guste o no.
Sonrió orgulloso. ¡Cómo había echado de menos aquella voz suave, melodiosa como el rumor del viento! Me abrace a él, mi cuerpo libre ya de tensiones se relajó, tanto que sentí que me desvanecía. Lo último que vi fue la expresión alarmada de Rashid.
Desperté en el jergón. Junto a mí, en una silla, dormía él con la cabeza colgando y las largas piernas apoyadas en un taburete trastabillado. Todavía no amanecía. Le sacudí ligeramente una pierna y se incorporó aturdido.
—¿Qué… ocurre algo?
Sonreí. Tenía una expresión muy graciosa.
—Ven a mi lado —le pedí. Abrí las mantas para dejarle paso.
No puso objeción alguna. El espacio era demasiado estrecho, pero no necesitábamos más. Nos abrazamos adormilados.
—Me has dado un susto de muerte —espetó.
—Estaba tan nerviosa y luego tan emocionada que…
Me acarició el cabello mientras me besaba la frente.
—Tu madre dijo que era por el embarazo. Dice que es algo normal. Voy a tener que tratarte como a una reina.
Lo miré encandilada por sus mimos.
—Siempre lo has hecho.
Sonrió y volvió a besarme, esa vez, en la punta de la nariz.
—Creo que tendremos problemas para dormir aquí —adujo moviéndose incómodo.
—Bueno, es muy pequeño, pero nos apretaremos.
—Ese es precisamente el problema, que estamos muy apretados y yo… llevo tres meses de abstinencia y noto tus pechos apretados contra mí…
De repente, noté la dureza de su miembro que me presionaba la cadera.
—Tómame.
—No creo que sea lo más indicado, no sé si…
—No debes temer por el niño, es demasiado pequeño, ni siquiera me abulta el vientre, además en mi estado no debes contrariarme.
Me saqué la camisola por la cabeza y dejé que me contemplara.
—Pensé que era imposible que estuvieras más hermosa, pero lo estás. Tus pechos son aún más turgentes y los pezones son ahora un poco más oscuros. Sin duda, no podremos dormir. —En su voz se quebró el deseo contenido.
Tomó entre sus manos mis pechos y los acarició con frenesí. Bajó la cabeza para cubrir con la boca los erectos pezones. Gemí ante el húmedo contacto. Arqueé ligeramente la espalda y me abandoné al placer. Sus manos aletearon inquietas por mi cuerpo y acabaron con mi cordura. Incapaz de contenerse, se colocó sobre mí y me poseyó.
Sus movimientos lentos, delicados elevaron mis gemidos. Tuvo que sofocarlos con su boca que caía sobre la mía con delirio. Tomé sus nalgas con las manos y lo urgí a intensificar la pasión. Su mirada turbia era un pozo de contención que pensaba derribar alzando indolente las caderas. Se rindió ante mi urgencia. Y, como yo deseaba, se abandonó al placer acelerando los embistes.
No tardó en culminar. Sudorosos y felices nos fundimos en un abrazo.
—Te he echado tanto de menos que pensé que iba a volverme loco.
—Por eso me espiabas, ¿no?
Sonrió; sus negros ojos se sumergieron en los míos.
—Llevaba ya un tiempo viéndote pasear por la alameda. Verte me reconfortaba y, aunque me moría por acercarme a ti, lograba permanecer oculto a tu vista. Sin embargo, te veía tan triste, tu semblante antes radiante estaba pálido y tus ojos apagados; quería dejarte una prueba de que estaba muy cerca de ti, de que te añoraba tanto como tú a mí. Y, cuando te adentraste en el río, no lo pensé. —Suspiró al recordarlo—. Parecías una ninfa saliendo del agua. Ver tu cuerpo desnudo brillando bajo el sol fue una dura prueba para mí. A punto estuve de salir de mi escondrijo y tomarte allí mismo. Esa noche no pude dormir, ni siquiera lo intenté.
Lo miré enamorada. Le retiré un mechón negro de la frente.
—Por eso permaneciste bajo mi ventana.
—Sí —confesó—. Te asomaste y miraste la noche como buscándome. Sabías que estaba ahí, ¿verdad, Shahlaa?
Asentí. Sus manos se deslizaron por mis labios.
—Recibí tu beso, el viento me lo trajo.
Traspasé el arco de herradura que adornaba el portalón de entrada al palacete en compañía de Rashid. Caminamos por el pasillo flanqueado de columnas y entramos en el salón. Allí, frente a mí, se encontraba toda la familia. No vi a Eliza y lo agradecí.
—Mi esposa ha regresado —comenzó Rashid—. Trae en su vientre el regalo más preciado para mí. Alá nos ha bendecido. Atrás queda el pasado; la he perdonado como recomienda el Corán y exigiré el respeto que merece. No toleraré ningún desaire para con ella.
—Mientras respete esta casa, ningún problema ha de haber.
Taliq clavó sus ojillos desconfiados en mí.
—La respetará —aseveró Rashid—. Y ahora se retirará a descansar.
La firmeza con la que había hablado no dejaba dudas de su imposición y poder dentro de la familia. Era respetado y querido por todos, nadie se habría atrevido a contrariarlo. Había cumplido mi castigo: nada ya tenían que objetar.
Nos retirábamos cuando Eliza ingresó al salón y con sangre fría se plantó frente a nosotros.
—Celebro tu regreso. Espero de corazón que no haya más malos entendidos entre nosotras.
Deseé estrangularla.
—Entiendo perfectamente cuanto me dicen. Lo único que no comprendo es la lengua de las serpientes.
Ella cerró la boca y simuló una expresión apenada. Rashid, amenazante, le espetó:
—Te avisé que te apartaras. No volveré a consentir que la molestes y ahora menos.
Su voz cortante como un cuchillo la paralizó y nos dedicó una extraña mirada cargada de odio. Sin embargo, sus finos labios se curvaron en una sonrisa escalofriante. «Si el león te muestra los dientes, no creas que te está sonriendo».
—Recuerda, Rashid, que yo también puedo estar embarazada.
La miré atónita. El semblante de mi esposo se contrajo como si hubiera recibido un puñetazo.
—No puedo creer tanta maldad. Voy a acudir a un prestamista para devolver tu dote; saldrás de esta casa cuanto antes. ¡Lárgate y no oses volver a enfrentarte a nosotros!
Mi esposo me agarró del brazo y nervioso me llevó a la habitación.
Aturdida me senté frente al espejo, busqué en el reflejo sus ojos y no los encontré. Evitaba mirarme. Supe al instante que algo había pasado.
—Yo no confié en ti y a punto estuvimos de separarnos. Confía tú en mí y cuéntame qué urdió esa arpía para llevarte a su lecho. Porque estuviste con ella, ¿no?
Aquella certeza me carcomía por dentro y me obligué a serenarme lo suficiente para escucharlo. Necesitaba una explicación.
Él deambulaba de un lado para otro y se pasaba las manos por el pelo sin cesar.
—Fue poco después de que te marcharas —empezó angustiado—. Habíamos discutido; me había encarado con ella furioso por la situación. Le dejé claro que no volvería a tocarla y que ni siquiera quería que se cruzara conmigo. Aquella noche estaba recostado en el banco del patio. Pensaba en ti. La melancolía me abrumaba, era como una piedra en el pecho que equivocadamente intenté aligerar con algunas copas de licor. ¡Alá es sabio al alejarnos del alcohol!
Cuando mi cabeza se embotó lo suficiente, me arrastré a la habitación y me dispuse a dormir. Soñé contigo, que me besabas, olí tu perfume a jazmín, pero no eras tú. No recuerdo absolutamente nada, solo que desperté aturdido y a mi lado dormía Eliza vestida con tu camisola. La desperté horrorizado y la eché del cuarto a empujones, ella me juró que habíamos consumado. Creo que miente, pero no puedo estar seguro.
Se arrodilló frente a mí esperando mi reacción. Enterré mis dedos en su cabello y le sonreí.
—Estoy segura de que miente. Pero esta vez sus engaños no darán resultado. La creía más lista.
—Te juro que antes de que acabe la semana estará lejos de nosotros.
Continué acariciándole el espeso cabello, le deslicé los dedos por el cuello y dibujé invisibles círculos.
Clavé mis ojos en los suyos.
—Me secas la garganta cuando me miras así, Shahlaa.
Me levanté muy despacio sin parar de mirarlo. Parecía hechizado, hipnotizado con cada uno de mis movimientos. Me sentía poderosa, con ganas de jugar. Levanté los brazos y me liberé el cabello que tenía recogido en un moño, lo ahuequé y le sonreí. Lentamente me acaricié el contorno y tiré de los cordones delanteros de la túnica verde. Encogí los hombros y la deslicé con ligeras sacudidas. Abrí el escote fruncido de la camisola de lino que llevaba debajo y hundí una mano entre mis pechos. Eché la cabeza hacia atrás y gemí. Con la otra mano subí la tela y le mostré mis piernas, las acaricié mientras lo miraba. Terminé de quitarme la ropa. Él se levantó, sus ojos refulgían locos de deseo.
—Vas a pagar caro tu osadía.
Se abalanzó sobre mí apresándome la boca.
—Me vuelves loco, Shahlaa. Tan loco que creo que voy a estallar en llamas.
—Entonces deja que apague tu fuego.
Era mío y no solo esa noche, era mío para toda la eternidad.
Saciados, pasamos la mañana en la cama abrazados.
Rashid no apartaba las manos de mi vientre y hacía conjeturas sobre el sexo del bebé, sobre cuál sería su nombre o a quién se parecería. Me contó todo lo sucedido en la casa hasta mi regreso, me habló del auge de su comercio por mar y del talante de algunos de sus clientes.
Yo, por mi parte, lo hice partícipe del descubrimiento respecto de mi nueva identidad.
Abrió los ojos asombrado.
—¡Así que eres medio árabe! Era imposible que una cristiana fuera tan hermosa.
Le di un codazo, ceñuda, y sonrió.
—Perdona. ¿Cómo te sientes?
—Triste por mi madre y, a la vez, intrigada por mi padre.
Él contempló la inquietud de mi mirada.
—Querrías conocerlo, ¿me equivoco?
—No, pero a la vez temo que me rechace. Tal vez crea que puedo desequilibrar la paz en su familia. No sé qué hacer todavía.
Me besó dulcemente los labios y esperó a que lo mirara.
—Me gustaría acompañarte si decides visitarlo.
—Nada desearía más.
—Te amo, Shahlaa. Tanto que siento el corazón reventar de pura felicidad.
Le dije lo mismo con un beso y una mirada.
Llevaba una semana viviendo en una nube de auténtica felicidad. Solo una cosa la empañaba y era la presencia de Eliza.
Astutamente apenas se dejaba ver, pero saberla tan cerca nos incomodaba.
Rashid había librado otra terrible discusión con su familia cuando les expuso su decisión de divorciarse de ella. Todos se oponían a la propuesta de utilizar los servicios de un prestamista. En Toledo casi todos eran hebreos, y eran tachados de usureros. Pero él no se amilanó y arguyó que Eliza sembraba la discordia y ponía en peligro la paz de la casa.
Sin embargo, el taimado Taliq, al ver que su hijo había solucionado el tema económico, cambió el discurso y adujo la enemistad que esa decisión traería con la familia de Eliza. Le recordó que pertenecían a la poderosa dinastía de los Banu Qasi y, por lo tanto, eran parientes lejanos del gran Musa ibn Musa, el controvertido gobernador de Tudela. El hombre vivía en el castillo de Arnedo desde el que defendía la frontera norte del emirato. Se había rebelado contra el emir en algunas ocasiones. No obstante, habían firmado la paz. O, al menos, esa era la última noticia que se tenía. Taliq, en su incesante plática sobre todos los perjuicios que esa decisión acarrearía, logró convencer a Rashid de que esperara hasta finales de año, hasta que el reciente negocio marítimo se asentara un poco más. Si adquiría algo más de prestigio, la influyente familia de Eliza no podría socavar la reputación de él como comerciante y el menoscabo apenas se apreciaría.
Entrabábamos en julio; solo faltaban seis meses para desprendernos de ella.
Curiosamente, el mismo tiempo que restaba para el nacimiento de nuestro hijo. Una enorme sonrisa se dibujaba en mis labios cada vez que pensaba en él.
Rashid se mostraba tan entusiasmado con mi estado. Me observaba con atención el vientre y anhelaba ver alguna protuberancia en él, lo besaba y acariciaba e incluso hablaba con él bromeando sobre mí.
Diciembre sería una fecha mágica para nuestro amor.
Anochecía, el calor sofocante nos relegó al patio. La madreselva que trepaba por las columnas había florecido y era por las noches cuando su exquisita fragancia nos envolvía. Las polillas y otros insectos se aproximaban a ella para libar el néctar de sus flores amarillas con tonos rosados en el exterior. El ulular de los insectos y el relajante susurro del agua que caía perezosa de la fuente adormecían nuestros sentidos.
Rashid se levantó, tomó la vela que llevábamos para leer y encendió los farolillos uno a uno. Instantáneamente, la penumbra se escabulló y liberó de su yugo los vivos colores de las petunias, crisantemos, geranios y zinnias que yo misma había plantado. El jardín parecía la entrada al edén.
Pero en todo edén hay una serpiente.
Eliza observaba subrepticiamente desde la ventana de su habitación en la galería superior, en la esquina opuesta a la nuestra. Pude ver su inconfundible sombra junto a la celosía.
¿Cuánto tiempo llevaría ahí? Nada le dije a Rashid, no quería agriarle el humor.
—Embelleces todo cuanto encuentras a tu paso.
—¿También a ti?
—A mi vida. Y no tengo duda de que nuestro hijo será hermoso.
—Tú lo eres. Eres un hombre apuesto y gallardo.
—¿Por eso me amas? —inquirió alzando una ceja.
—Te amaría, aunque fueras un adefesio.
—Mientes.
Él sonrió veladamente mientras forzaba un gesto de reproche.
—¿Cómo pretendes que un adefesio conquiste a la mujer más hermosa de Toledo? Jamás habrías aceptado mis atenciones.
—Tal vez —contesté divertida.
—Doy gracias a Alá por no ser mal parecido.
Me acerqué a él, que todavía llevaba la vela en la mano.
—Y yo, por haber heredado los ojos de mi padre, que tanto te impresionaron.
Le arrebaté la vela y la deposité en el suelo.
—No me impresionan solo tus ojos. Es más bien todo el conjunto.
Su mirada me recorrió. Me rodeó la cintura y me acercó a él.
—Pues doy gracias por haber heredado todo el conjunto.
Sonrió de nuevo. Me besó con ardor y el deseo se manifestó implacable. Sus manos, ya diestras en esos manejos, camparon alegremente por mi cuerpo. Estaba siendo demasiado atrevido, alguien podía vernos. Inmediatamente recordé a Eliza. Gruñí como única protesta y lo empujé ligeramente. Logró separarse a desgana. Miré hacia la ventana y respiré aliviada al no ver su sombra.
—Pueden sorprendernos —le recordé.
Me miró un tanto confundido.
—Cuando te beso, pierdo la noción de la realidad. Es como si todo se detuviera, como si todo a mi alrededor se diluyera en sombras. Como si mi alma necesitara beber de la tuya, es una necesidad vital, acuciante que me acecha sin tregua.
—Dar de beber al sediento es un mandamiento de la Biblia —aduje.
—También lo refleja el Corán.
—Entonces, ¿por qué esperar?
Me tomó en brazos y me llevó a la alcoba.
También allí se encontraba el edén.
Apenas amanecía y escuchamos, como cada mañana, el cántico del muecín que llamaba a la oración del alba, el al-fayr, desde el minarete de la Mezquita Mayor. Rashid se había levantado y se hallaba arrodillado sobre la alfombra persa que utilizaba para sus rezos debidamente orientada a la Ka'ba. Con cada repetición de la oración, inclinaba la cabeza hasta tocar el suelo.
Dios es más grande, Dios es más grande.
Doy fe de que no hay más divinidad que Dios.
Doy fe de que Muhammad es el mensajero de Dios.
Acudid a la oración.
Acudid a la salvación.
La oración es mejor que el sueño.
Dios es más grande.
No hay más divinidad que Dios.
Lo contemplé inmerso en sus rezos.
Los salat eran cinco a lo largo del día. La ferviente fe de los musulmanes detenía el ajetreo de la ciudad y la convertía en un templo de oración y recogimiento. Aquel súbito cambio siempre me había impresionado.
Yo ahora era musulmana, sin embargo, mis ritos no habían cambiado. Rashid me respetaba, nunca me había impuesto ninguna de sus liturgias y, aunque a menudo discutíamos sobre párrafos del Corán, jamás me había recriminado que siguiera las enseñanzas de Jesús.
El rezo terminó y Rashid se levantó. El sol resplandecía en su cabello. Se encontró con mi atenta mirada y sonrió. Tomó la chalina de fino algodón blanco y se la enrolló en la cabeza con desenvoltura. Ya compuesto el turbante, se acercó a la cama y me besó.
—Saba'a AlKair, mi dulce Shahlaa.
Le acaricié el mentón, él giró la cabeza y me besó la palma de la mano. Dejó los labios un instante allí sin dejar de mirarme.
—Para mí no sale el sol hasta que no abres los ojos.
Su dedo índice delineó el contorno de mi boca.
—Y para mí cae la noche cuando te vas de mi lado.
Sonrió complacido. Se incorporó y se despidió hasta la noche. Tenía muchos asuntos que atender ese día. Algunos de sus barcos habían arribado al puerto y lo esperaba un inventario largo y tedioso.
Una de las sirvientas, la joven Nadwa, trajo mi desayuno algo cabizbaja.
—Shukran, Nadwa.
Por lo general era Latifa quien me atendía.
Bebí el té casi de un trago. Al terminar, noté un sabor diferente que dejó en mi paladar un amargor extraño. Miré a la muchacha que observaba circunspecta mis guiños.
—Está realmente horrible. —Intenté sonreír—. Latifa ha debido de levantarse bastante aturdida para prepararme semejante brebaje.
La sirvienta, de origen bereber, me dedicó una sonrisa constreñida. Noté cierto nerviosismo en sus ademanes.
—Tal vez equivocó las hierbas —aventuró.
Era más que posible, desde luego, la hierbabuena habitual no estaba presente ni el anís estrellado con que a veces lo aderezaba. ¿Qué diantres había bebido?
Nadwa esperó intranquila mientras terminaba con mi pan de higos.
—Cuando veas a Latifa dile que quiero verla, tal vez algo aturulle a esa cabeza suya. Quiero ser informada de todos los contratiempos que surjan, siempre me oculta las cosas para que no me preocupe, pero no tengo otro quehacer aparte de la labor y la lectura.
—Como disponga.
Se mostraba seca y distante. Ya había bromeado con ella en alguna ocasión, no entendía muy bien su reciente formalidad.
—¿Te sucede algo?
Negó con la cabeza, pero se mordió el labio inquieta. Parecía reprimir las ganas de contármelo. Decidí averiguarlo más tarde. Le devolví la bandeja ya vacía y le sonreí. Imaginé que saldría corriendo, sin embargo, permaneció inmóvil. Una o dos veces miró hacia la puerta como si temiera que alguien apareciera.
—Empiezas a preocuparme.
En su expresión se reflejó la duda que la embargaba. No obstante, logró dar la vuelta y salir para dejarme sumida en un molesto desasosiego.
Los fuertes retortijones empezaron al mediodía. Eran punzadas lacerantes que acuchillaban mi bajo vientre. Inmediatamente me asusté por la intensidad del dolor. Grité para pedir ayuda. El siguiente pinchazo me contrajo. Jadeé y caí al suelo. No podía ponerme de pie. El dolor me aguijoneaba el vientre y me cortaba la respiración. Literalmente me retorcía sacudida por convulsiones intermitentes.
Una cálida humedad brotó de mi interior. Sentí algo denso y pegajoso descender por mis piernas. Miré horrorizada la sangre que rápidamente se extendía por mi túnica. Inmediatamente pensé en mi hijo.
—¡No! —grité desesperada—. ¡Dios, no lo permitas!
Con cada contracción la sangre manaba a borbotones. Aullé de dolor. La puerta se abrió, y Latifa, horrorizada ante la escena, se arrodilló en el suelo junto a mí. Tras ella aparecieron dos siervos que me levantaron y me depositaron en el lecho. Con la mirada nublada por el sufrimiento agarré su cabeza y la pegue a la mía.
—¡Ayúdame! —supliqué agonizante—. ¡No dejes que lo pierda!
Latifa, temblorosa y asustada, observó la sangre que ya se esparcía por toda la cama. Sus ojos llorosos me arrancaron el alma.
Una nueva punzada más intensa que las anteriores me atravesó el abdomen como un rayo furibundo en mitad de una tormenta y llegó a la parte baja de mi espalda. Grité de dolor y me desplomé sobre Latifa, que ya sin tapujos lloraba desconsolada.
Escuché que llamaban a un médico. La vista comenzó a nublárseme. El martirio continuaba y convulsionaba todo mi cuerpo; ya demasiado debilitada para gritar, aguanté cada sacudida envuelta en llanto.
Agradecida, me dejé llevar por la oscuridad.
Desperté desorientada. Me dolía la cabeza. La habitación estaba en penumbras, no sabía muy bien si anochecía o si era el alba lo que estaba a punto de romper.
Giré la cabeza a la derecha y encontré a Rashid acostado a mi lado. Dormía, parecía estar sumido en alguna pesadilla por los movimientos bruscos que le sacudían los párpados. Su barba crecida me sorprendió. Y entonces recordé.
Instintivamente me toqué el vientre; un dolor agudo me sacudió el alma. Él ya no estaba allí. Ya no lo sentía. Cerré los ojos, las lágrimas escaparon en un vano intento por aliviar mi pena. Mis hombros involuntariamente se sacudieron en violentos sollozos. Maldije a Dios, se llamara como se llamara, me había arrebatado a mi hijo. Jamás podría perdonarlo.
Rashid despertó sobresaltado, se volvió hacia mí e intentó abrazarme. Por alguna razón, lo rechacé. Estaba furiosa con el mundo y descargué en él mi ira. Lo golpeé, lo empujé, le grité. Finalmente, logró controlarme. Me apresó con fuerza entre sus brazos y esperó a que me tranquilizara. Me rendí desolada.
—Alá lo quiso así. Hemos de acatar su voluntad.
Lo miré colérica, deseé golpearlo de nuevo.
—¿Vas a venerar a un dios que ha matado a tu hijo?
La mirada de Rashid mostraba todo el sufrimiento que sentía.
—No, voy a venerar a un dios que ha salvado a mi esposa. —En su voz percibí el miedo que lo había embargado—. Cuando regresé y me encontré con esto, el médico estaba junto a tu cama. —Hizo una pausa como si le costara revivirlo—. Dijo que habías perdido mucha sangre y que era posible que no despertaras. Llevas inconsciente tres días.
Cerré los ojos. Ahora sí me sentía seca. Seca y derrotada.
—Estás viva, mi amada Shahlaa, y eso es lo único que importa. Seremos bendecidos con otros hijos. Mi amor curará tu herida.
No le contesté. Estaba tan cansada.
—Solo necesitas tiempo para reponerte. Muchas mujeres sufren abortos, creo que es algo normal y más en el primer embarazo.
Abrí los ojos acuciada por un único pensamiento.
—No ha sido un aborto natural.
Me asombré de mis propias palabras.
Rashid, boquiabierto, tomó mis hombros y me contempló temeroso.
—Todavía deliras, ¿verdad?
Negué con la cabeza. El amargo sabor de aquel horrible té junto con el incompresible nerviosismo de la joven sirvienta despertaron mis sospechas.
Le narré lo ocurrido aquella trágica mañana. Su semblante se oscureció. Frunció el ceño y apretó inconscientemente los puños. Me miró visiblemente consternado. Un mismo nombre ocupaba nuestros pensamientos.
—Te juro, por lo más sagrado, que desentrañaré lo ocurrido. Y, si hay un culpable…
Salió de la cama como impulsado por un resorte. Podía escuchar los latidos de su corazón retumbándole en el pecho. Deseé tener la fuerza suficiente para seguirlo, sin embargo, la cabeza seguía dándome vueltas. Volví a recostarme vencida. Clavé los ojos en el velo turquesa que coronaba la cama. Me imaginé tumbada en el ribazo del río contemplando el cielo estival, ignorante todavía de la maldad que albergaba el mundo. Esa inocencia no volvería nunca. Me toqué el rostro, estaba mojado.
Lloraba.
Cuando volví a despertar, estaba sola. Tenía la boca seca. Miré a mi alrededor para buscar la jarra de cobre que Latifa solía llenar de agua. La hallé en la pequeña mesa talladaque estaba justo en el centro de la estancia. Me levanté despacio. Las piernas me flaquearon al principio, pero logré caminar con bastante estabilidad. Tomé la jarra y bebí directamente de ella. Una gran parte de su contenido se derramó en la pechera de la camisola.
Agradecí el frescor. Algo más reconfortada, me dirigí a la ventana y la abrí. El sol estaba alto, escuché el peculiar sonido que emitían las chicharras. El calor seco y asfixiante me golpeó. Entrecerré los ojos, la luz me cegó. De repente, un soplo de aire me acarició el rostro. Me incliné ligeramente hacia delante en mi anhelo por disfrutar de su contacto. En ese preciso instante, escuché el correr de unos pasos tras de mí. Unas manos me sujetaron la cintura. Me volví aturdida. El asustado rostro de Rashid me contemplaba.
—No pensaba lanzarme al vacío —aclaré al ver su reacción.
Me alejó de la ventana y me inspeccionó el rostro.
—Pues lo parecía.
Más calmado, su respiración se acompasó.
—Solo necesitaba despejarme. Quería refrescarme.
Cerró las ventanas y me sentó en los almohadones que rodeaban la mesa central.
—Pues me temo que no has elegido un buen día. Este bochorno se hace insoportable —comentó. Entonces reparó en la mojada camisola—. Veo que has conseguido tu propósito.
—Me moría de sed.
Me acarició el cabello. Tomó un cepillo del arcón en el que guardaba mis enseres y comenzó a cepillarlo. Ninguno habló.
Aquello me relajaba, cerré los ojos Para disfrutar de aquella agradable sensación. Sentí sus labios en mi frente y luego en mi barbilla. Hizo una pausa y finalmente su boca cubrió la mía.
Mantuve los labios cerrados. Abrí los ojos.
—Necesito saber la verdad.
Indagué en su mirada y descubrí una honda tristeza.
—Fue ruda.
Lo miré sin entender.
—La ruda es una planta medicinal muy peligrosa para las mujeres embarazadas, pues provoca fuertes sangrados y ocasiona el aborto. —Hizo una pausa y tragó saliva, su voz era contenida—. Su sabor es bastante desagradable y en grandes cantidades la hemorragia puede provocar la muerte. A ti te echaron en el té tres partes más de lo aconsejado. —Su voz se apagó.
—¿Fue ella, verdad? —Mi voz fue atonal.
Asintió levemente. La ira cobró forma en su rostro.
—Latifa y yo interrogamos a Nadwa. Nos confesó toda la verdad entre sollozos. Eliza encontró la planta junto al río y preparó la infusión, la sirvienta lo presenció, sin embargo, asegura que desconocía las propiedades de la ruda. Eliza le mintió cuando le dijo que solo te provocaría algún incómodo problema intestinal, que quería indisponerte para que yo durmiera con ella. Le habló de lo injusto de su situación, de lo triste que se sentía por saberse ignorada y vilipendiada por mí. Que como esposa tenía los mismos derechos que tú… y la convenció. Nadwa no imaginó hasta qué punto llegaría la travesura.
Me levanté y volví a dirigirme a la ventana; aunque cerrada, la brisa se filtraba por la celosía.
—Con la confesión —continuó Rashid— buscamos a Eliza. Estaba tranquila en su alcoba. Cuando la vi, perdí el control. Me lancé iracundo sobre ella y la habría estrangulado si mi padre y mi tío no me hubieran detenido. En ningún momento admitió la verdad. Juraba con un aplomo apabullante que la criada mentía. Afortunadamente, Latifa, astuta, registró la habitación mientras Eliza se defendía de nosotros. Y en un pequeño cajón oculto en su arcón encontró algunos brotes de ruda. Fue entonces cuando el demonio mostró la cara.
Encolerizada, golpeó a Latifa. Y se revolvió contra nosotros. Blandía una pequeña daga. Pudimos reducirla. No quieras imaginar las barbaridades que salieron de su boca. Te odiaba tanto que hasta saliva escupía cuando hablaba de ti. Según ella, le habías robado cualquier posibilidad de ser feliz, de que yo la quisiera y… ya no volverá nunca más.
—Quiso matarme y, en parte, lo ha conseguido. Ha matado la mejor parte de mí.
Mi apatía pesaba como el yunque de un herrero. Rashid se acercó y me abrazó.
—La mejor parte de ti, Shahlaa, está aquí —dijo y señaló mi corazón—. Y aquí —continuó señalando el suyo—. Y, mientras esas partes estén unidas, seremos capaces de superarlo todo. —Lo miré abatida, perdida, afligida—. Date tiempo, mi amor. Juro que no pararé hasta volver a encender esa hermosa luz esmeralda de tus ojos.
Nos abrazamos hallando consuelo y sosiego.
Finalizaba julio y, más recuperada, pasaba las tardes en el jardín. Todavía lloraba a escondidas y maldecía para mis adentros. Afortunadamente el cariño de mi gente actuaba como bálsamo reparador.
Mi madre me visitaba a diario, también a Patty se le permitió acompañarme. Mi tío, Flora e incluso el gran Ahmed acudían a cenar. Latifa preparaba sus mejores guisos para ellos, y eso nos convertía a todos en una gran familia. Rashid me colmaba de atenciones, mimos y arrumacos y, a pesar de tanta entrega, por lanoche tumbados y abrazados juntos esperaba en silencio una breve señal de mi parte que acabara con nuestra castidad, pero no llegaba. Él, necesitado de ese tipo de cariño, parecía contagiado por mi abatimiento.
Esa noche, luego de una copiosa cena y de haber despedido a todos los invitados, Rashid se quedó en la sala redactando cartas a los clientes. Ya ni siquiera insistía en su empeño.
Le miré el rostro a la luz de la vela y, cuando alzó los ojos para desearme buenas noches, me sobrecogió la aflicción de su semblante. Su alma estaba tan sedienta que empezaba a languidecer. Subí pesarosa a la alcoba, me desnudé y elegí una camisola de fina seda marfil, traslúcida y suave, con un escote ribeteado de bordados de oro. Me senté a esperarlo. Tardó un buen rato en subir.
Cuando me vio, su semblante se iluminó. Me puse de pie y dejé que me contemplara subyugado.
Sin embargo, parecía necesitar una señal más contundente.
Recordé su mirada cuando vio la pechera de mi camisa mojada aquella mañana. Tomé la jarra de la mesa y bebí de ella.
Intencionalmente vertí el contenido sobre mis pechos. Los pezones instantáneamente se me endurecieron claramente visibles bajo la liviana seda. Él contuvo la respiración. Su mirada era flamígera.
—Vuelves a ser tú —espetó emocionado.
Nos buscamos casi con violencia. Me tomó entre gruñidos y jadeos salvajes. Hambriento hasta desfallecer, se cernió sobre mí enardecido.
Esa noche nos buscamos de nuevo, pero, ya saciados, fue la dulzura, la ternura la que nos gobernó. Cariciassugerentes, miradas almibaradas, besos lánguidos, dulces como la miel y promesas susurradas fortalecieron nuestro amor.
—Voy a soñar toda mi vida con tu imagen echándote agua por el cuerpo. Eres la mujer más sensual que conozco.
Me miró pensativo. La firme línea del mentón se endureció apenas, sus labios se ensancharon en una resplandeciente sonrisa.
—Vamos a viajar a Sevilla —anunció.
—¿Có… cómo?
Inmediatamente los latidos de mi corazón se aceleraron.
—Has perdido un hijo, es justo, pues, que ganes un padre.
Lo abracé emocionada; hasta ese momento, no me había percatado de lo feliz que aquello me hacía.
—Te amo, mi dulce Rashid.
CONTINUARA
