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Capítulo 5
El principio del fin.
Isbiliya, año 844 d. C. (229 de la Hégira)
Sevilla apareció ante nuestros ojos después de nueve agotadoras jornadas de viaje. El polvo del camino se pegaba a nuestra piel y nos secaba la garganta.
Finalizaba septiembre y, aunque la temperatura se había entibiado, hacía un calor impropio para la estación. Anhelábamos un poco de lluvia que refrescase la brisa. Asomé la cabeza por el ventanuco de la carreta y contemplé la imponente muralla que se alzaba ante nosotros. Era la primera vez en la vida que viajaba y me sentía entusiasmada. Una y otra vez me levantaba de mi asiento y sacaba casi medio cuerpo por la ventanilla.
—Acabarás debajo de la carreta —apuntó con sorna.
Aguardamos nuestro turno de entrada tras una extensa fila de carretillas que portaban toda clase de mercancías. Caminantes y viajeros que acudían a la ciudad nos adelantaban con sus hatillos sujetos en torno a la cintura. Otros, por el contrario, caminaban solos, tal vez con alguna bolsa de monedas bien oculta entre las ropas.
Por encima de turbantes y tocados se alzaba la muralla de piedra caliza rematada por puntiagudas almenas. Cada cierta distancia, se elevaban atalayas de planta circular construidas con mampuesto de piedra caliza y rellenadas con adobe. Rashid me había contado que de una atalaya a otra se comunicaban enviando señales: de día utilizaban espejos y, de noche, fogatas.
El polvo se elevaba sobre nosotros y nos hacía lagrimear los ojos. Conversaciones en árabe llegaban a nuestros oídos. Un hombre cargaba sobre los hombros a un niño que, sonriente, me miraba. Lo observé melancólica. Mi esposo me puso un brazo sobre los hombros. Le sonreí. Sabía cómo actuar en cada momento como si estuviera dentro de mis pensamientos.
El lento traqueteo de la desvencijada carreta nos llevó por fin a la puerta de acceso. Estaba coronada por un gran arco de herradura apuntado y portaba dintel y jambas hechas de sillares. La doble hoja era de madera, gruesa y oscura punteada por refuerzos de hierro.
El guardián de la entrada iba ataviado con una túnica roja larga abierta a partir de la cintura, un parapeto de cuero negro y calzas del mismo color, un ancho cinturón que le ceñía la cintura y una correa doble que le caía sobre la cadera y que mostraba la funda de un impresionante alfanje. Su cabeza estaba protegida por un casco puntiagudo. En la mano exhibía una lanza. Sus ojos curiosos nos observaron.
—¿Vienen a mercadear? —nos preguntó. Se rascó la barba pulcramente recortada al tiempo que rodeó la carreta.
—No —contestó Rashid—. Venimos a visitar a un pariente.
El guardián me observó largamente.
—¿Es su esposa?
Rashid asintió y le dedicó un semblante adusto.
—Será mejor que no se separe ella; es fácil que se meta en problemas si la deja sola: es más hermosa que la favorita del cadí Ibn Adabbas.
—Le agradezco el consejo, pero no pensaba separarme de su sombra. —Dio por terminada la conversación: palmeó las manos y el carretero agitó las riendas para azuzar a los caballos.
La súbita sacudida nos empujó hacia atrás. El quejido lastimero de las ruedas y los cascos se mezcló con la barahúnda de sonidos y colores de Isbiliya, como la llamaban los árabes.
Era una ciudad grande y bulliciosa. El río Guadalquivir la rodeaba y la abastecía de agua: en sus orillas se alzaban las norias y nacían las acequias.
Un abarrotado puerto surgió ante nuestros ojos. Dotado de embarcaderos, estaba plagado de pequeñas barcazas de pesca, de dhows y jabeques. El viento abombaba sus velas amarillentas.
Extasiada, admiré el espectáculo.
Sevilla era uno de los puntos neurálgicos de las rutas comerciales. La actividad incesante obligaba al almotacén a acompañarse de varios ayudantes para controlar con diligencia el trabajo portuario.
Continuamos avanzando en la medina hasta llegar a la alcaicería poblada de toldos listados. Los puestos se amontonaban y exhibían variopintas mercancías. El intenso olor de las especias nos envolvió para aguijonear nuestros famélicos estómagos.
Túnicas, sayos, velos y capas flameaban con la brisa de finales de septiembre y esparcían aromas diversos.
Más adelante, Rashid me señaló la mezquita mayor, la aljama llamada de Umar ibn Adabbas en honor al cadí de Sevilla. Me asombró el imponente alminar que se erguía orgulloso sobre nuestras cabezas construido en piedra arenisca de un color ocre marrón. Junto a la mezquita se hallaba la madraza, de planta rectangular, especializada en la enseñanza de la ciencia religiosa, jurisprudencia y derecho canónico a los jóvenes musulmanes que vivían dentro de ella.
Por fin, la carreta se adentró en los establos de un al-funduq, un edificio público que alojaba a los visitantes y forasteros.
Rashid descendió y entregó unas monedas al carretero.
—Búscanos una habitación confortable.
Me tomó de la mano y me ayudó a bajar.
—Creo que necesitamos un baño.
Anduvimos un trecho y, cerca de la aljama, encontramos un hamman.
Nos adentramos en los baños públicos.
Mi esposo desapareció en la sala de los hombres, y yo ingresé a la de las mujeres. Bajé unas escaleras hasta llegar a una especie de sótano abovedado que era el primer recinto, el vestidor.
Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra. Una mujer de mediana edad me ayudó a desvestirme. Me sentía sucia y acalorada.
Tras entregarme un paño blanco y calzarme unos chapines, me acompañó a la siguiente sala. La sala del vapor. La luz tenue que desprendían las velas colocadas sobre estantes invitaba a la relajación. El ambiente, demasiado húmedo, era escarlata y parecía la misma entrada al infierno. Envuelta en el paño, me tumbé sobre una tarima y sentí languidecer cada músculo.
Sobre mí se alzaban arcos de herradura de medio punto apoyados en columnas ricamente labradas con atauriques vegetales; en la bóveda se abrían lucernas con formas octogonales cubiertas por vidrios de vivo color carmesí por los que pasaban huidizos rayos de sol.
Las paredes, unas con zócalos coloridos y otras con rojos estucados, formaban un rectángulo. En el centro se hallaban dos piscinas de agua fría. Al final de la sala, una estrecha galería abovedada conducía a un aljibe, el pozo que abastecía de agua al edificio.
El vapor ascendía y humedecía el ambiente. Pequeñas gotas de vaho perlaban los azulejos y las pieles de las visitantes.
Madres, hermanas, hijas, amigas se reunían en agradable conversación a la vez que se enjabonaban, se depilaban, se untaban con aceites de tomillo, romero, laurel y se adornaban con henna, embelleciéndose para sus hombres entre risas y camaradería. Algunas incluso comían y bebían.
Cerré los ojos e inmediatamente me evadí del mundo. Las voces suaves y el murmullo del agua elevaron mi espíritu. Ajena al tiempo, me dejé llevar por el embrujo del lugar.
Una mano me sacudió ligeramente, abrí los ojos aturdida. Había llegado mi turno.
La mujer que trabajaba allí me ofreció un vaso de té y una bandeja con dátiles y naranjas. Le sonreí y bebí agradecida. Me desprendí del húmedo paño de algodón y me adentré en la piscina. Evité nadar, pues no estaba bien visto por los musulmanes, y me recosté en la sumergida escalinata de mármol.
El frescor del agua evaporó mi letargo y me entonó el cuerpo. Era tan agradable, tan excitante que recordé aquel baño en el Tajo. Deseé estar entre los brazos de Rashid.
Salí y me dejé hacer. Una de las esclavas me invitó a ponerme en cuclillas. Enjabonó enérgicamente mi cuerpo de arriba abajo con rítmicos movimientos circulares. Me lavó el cabello y le aplicó aceite de argan mecha a mecha. Luego, me aclaró con recipientes de madera llenos de agua fría que, en contacto con el cálido pavimento, provocaban vaharadas de vapor. Me restregó el rostro con tierra de Armenia para suavizarlo. Para mi asombro, depiló todo el vello de mi cuerpo, incluido el del pubis, con una mezcla de caramelo y limón y me cubrió con fragantes ungüentos que me dejaron la piel tan suave como la seda. Depositó unas gotas de almizcle y laurel en determinadas zonas, coloreó mis ojos con kohl y, finalmente, me introdujo una pequeña corteza de nogal en la boca para mejorar el aliento y sonrosar mis encías.
Unas mujeres que me observaban me hicieron un gesto para que me acercara.
—¿De dónde eres? —quiso saber una de ellas.
—Vengo de Toledo.
—Por alguna razón, me resultas familiar. He visto esos ojos en alguna parte.
El corazón me dio un vuelco.
—Busco a mi padre. Se llama Amin abd al-Yaced, y creo que posee un puesto junto al río.
Las mujeres se miraron asombradas.
—¡Basmala! Alá sabio y misericordioso te ha traído hasta nosotras.
—¿Dónde puedo encontrarlo? —inquirí nerviosa.
—Vive en una casa en los arrabales con su esposa y sus tres hijos. —Frunció el ceño, meditabunda—. Pero son tres varones.
Me miró desconfiada y dubitativa; finalmente, negó con la cabeza.
—¡Vaya truhán! —exclamó—. Un hombre así debe de tener hijos por doquier: no he visto nunca ojos así.
Casi todas las mujeres suspiraron al unísono.
Sonreí para mis adentros.
—¡Muchacha, si hubiera tenido un cuerpo como el tuyo, sería dueña de la alcazaba, y el cadí sería mi siervo!
Las mujeres prorrumpieron en carcajadas.
En mi interior creció el desasosiego. Pronto estaría frente a mi padre, y su reacción me aterraba.
Embellecida y perfumada, salí del establecimiento en busca de Rashid. Él ya me esperaba impaciente y sus ojos se iluminaron cuando me vieron. Se acercó y me olfateó el cuello.
—¡Mmm…! Deliciosa —susurró.
Sus labios depositaron un beso en mi boca.
—Sé dónde encontrar a mi padre —comencé—. Unas mujeres me relacionaron con él por mi parecido, les dije su nombre y me explicaron que vivía en los arrabales. Tengo tres medio hermanos.
—Los arrabales son bastante extensos —explicó—. Podríamos probar primero por la alcaicería y después por los puestos que encontremos junto al río.
Asentí y salimos del establecimiento.
La noche era clara, estrellada y coronada por una sublime luna llena. La temperatura había bajado considerablemente. Estaba en nuestra habitación y, mientras miraba el cielo, sentí una fresca brisa. Me puse la camisola de dormir y cubrí mis hombros con una mobatana de mi madre.
Pensé en ella. Cuando le comuniqué mi intención de viajar a Sevilla, un halo de melancolía la invadió y sus ojos brillaron con la remembranza de aquel amor que la había marcado para siempre. Me dio su bendición y un consejo: «El que nada espera, nunca sufrirá desengaños».
Al cabo, Rashid apareció con una expresión preocupada.
—Debemos irnos —me comunicó.
Sus ojos aguantaron mi confusa mirada.
—No sin verlo primero. Sea lo que sea podrá esperar.
Movió negativamente la cabeza.
—Acabo de escuchar a unos hombres en la taberna y, si lo que allí se ha hablado es cierto, corremos un gran peligro. —En su voz se asentaba una firme determinación.
—No puedo irme ahora que lo tengo tan cerca.
Caminó de un extremo al otro. Me miró de nuevo y se acercó resuelto.
—Escúchame, uno de esos hombres dijo que a su casa había llegado un pariente de su mujer que vive en Coria del Río. Se encontraba malherido y vivo de milagro. Según él, la noche anterior habían asaltado su aldea y habían matado a cuantos encontraron a su paso. Dijo que eran unos demonios de lengua extraña.
—¿Tanto miedo por unos asaltantes? Estamos en una ciudad amurallada bien preparada para la defensa —repliqué.
—¿No lo entiendes? Son las bestias del Norte. Por lo visto, tienen un campamento en Qadis, en Gades, aterradoramente cerca de aquí; si remontan el río, no tardarán en llegar. Otro aseguró que el gobernador de Lisboa, Ibn Hamz, hace cosa de un mes los rechazó bravamente durante varios días. Los nordumâni desistieron y los vieron desplazarse hacia el sur. —Hizo una pausa para tomarme de los hombros antes de continuar—. ¡Shahlaa, su flota la componían casi ochenta barcos y más de la mitad de grandes dimensiones! Puede que estén al llegar. —Se pasó las manos por la cara con nerviosismo.
—¿Qué te hace pensar que vendrán aquí? —Empecé a inquietarme.
—Isbiliya es una ciudad rica. Además, ¿por qué crees que han intentado aniquilar a los aldeanos de Coria?
Me encogí de hombros.
—Para que no pudieran dar la voz de alarma al ver pasar ante sus casas una flota como esa. Es lo único que puedo imaginar.
Percibió mi inquietud y me abrazó.
—Pero Coria no está lejos; habrían llegado ya, ¿no?
—Tal vez la masacre de Coria fue obra de una avanzada —dedujo.
—Entonces, habrá que avisar al cadí. Hay que alertar a la ciudad.
Rashid, como por impulso, sacó de su baúl una cimitarra debidamente enfundada. La liberó y la contempló circunspecto. Ensimismado, acarició la empuñadura adornada con filigranas.
—Ya mandaron un mensajero a la alcazaba. Ruego por Alá que lo escuchen.
—¿Cuánto tiempo nos queda?
—Qadis está a unas tres jornadas de aquí —conjeturó pensativo—. Y, si lo de Coria fue anoche, deben de estar en camino; tal vez mañana…
Cerró el baúl y me miró con gravedad.
—Iré a avisar para que preparen la carreta: mañana antes del alba partiremos.
Avancé hacia él y lo detuve.
—Tengo que alertar a mi padre. —Mi tono fue resuelto.
Me miró largamente.
—No sabemos con certeza dónde vive y…
Vio en mi expresión que no pensaba transigir.
—De acuerdo —concedió—, yo mismo te lo traeré.
Lo miré boquiabierta.
—¿Y cómo piensas lograr eso?
—He conseguido cuanto me he propuesto en la vida. —Me sonrió y añadió—: indagaré con mi fiel amigo, él nunca falla. —Alzó la pequeña bolsa de piel llena de dírhams de oro que ocultaba bajo el cinto.
—Cuídate.
Tomó una capa, me sonrió desde la puerta y desapareció dejándome atribulada y angustiada. Por primera vez, vislumbré la posibilidad de perderlo. La negrura que veía era tan intensa y abrumadora que rápidamente la deseché de mis pensamientos. Todo saldría bien, me dije. Fui hasta la cama a sabiendas de que no podría dormir hasta tenerlo conmigo.
Cabeceaba en una suerte de duermevela poblada de pesadillas llenas de demonios de pelo largo cuando unos golpes secos me envararon.
Aturdida fui hasta la puerta, alguien llamaba con insistencia. Cuando abrí, me vi reflejada en mis propios ojos.
El hombre mostró el mismo asombro que yo. Consternado abrió la boca sin que le saliera palabra alguna. Me contempló con atención sin apenas creer lo que veía. Yo también lo observé con curiosidad.
Era bastante alto, su tez más oscura que la mía, sus pómulos elevados, la nariz recta y la boca generosa resaltada por una barba corta y cuidada tan zaina como su cabello. No llevaba turbante y, al igual que a mí, los rizos se le ondulaban ligeramente reflejando en cada curva el brillo rutilante que desprendían las velas. Y sus ojos de un verde esmeralda intenso a la vez eran grandes y almendrados con motas doradas, con largas pestañas oscuras, menos rizadas que las mías.
La única diferencia radicaba en el color de cabello y el género.
—¡Que Alá misericordioso y compasivo me ayude! —exclamó enternecido—. Era cierto, ese muchacho no me engañaba.
—¿Padre? —La impresión fue tal que sentí ganas de llorar.
—¿Acaso tienes alguna duda ahora que me ves frente a ti? Alá en su infinita sabiduría plasmó mi apariencia en ti para que no hubiera interrogante alguno. —Hizo una pausa y se acercó a mí. Sus ojos brillaban emocionados—. ¡Hija mía!
No pude aguantar el llanto. Él me acogió entre sus protectores brazos. Calmó mis sollozos con palabras cariñosas y me acarició el cabello con ternura acumulada.
—Eres hija de María. —Ahogó un suspiro—. Hija de mi primer amor. Nunca pude olvidarla.
Permanecimos en silencio. Más calmada, lo miré.
—¿Te casaste con otra sin olvidarla? —Intenté que no sonara como un reproche sin conseguirlo.
—Ella marchó con su esposo, y yo aligeré mi sufrimiento viajando por el mundo. Luego, decidí instalarme aquí y conocí a Samila. Ella me dio paz y cariño. Acabé queriéndola; nada supe de tu madre todos estos años, aunque reconozco que algunas noches todavía sueño con ella.
Le conté lo acontecido en nuestras vidas. Incluso el intento frustrado de mi madre por contarle de mi existencia. Y él, perplejo, fruncía el entrecejo aturdido por la jugada del destino. Se frotó la frente y me miró apesadumbrado.
—Si la hubiera sabido viuda antes de desposarme… —Me tomó las manos y me miró con honda congoja.
—¿Podrás perdonarme?
—Lo haría si hubiera algo que perdonar, pero fue el destino el culpable de todo esto.
—Sin embargo, yo me siento…
Le sonreí, él me limpió las lágrimas con la punta de los dedos.
—De nada sirve lamentar y pensar en lo que habría sido; lo único importante es lo que será a partir de ahora. Quiero conocer a mis hermanos.
Me devolvió una sonrisa aún más ancha.
—Por supuesto. Si me dejas, querría recuperar el tiempo perdido. Ahora tengo una bella hija para conocer.
Rashid entró y mi padre habló.
—Tu esposo es un hombre obstinado y voluntarioso. Casi me sacó a rastras del jergón.
Conocía de sobra su tenacidad. Yo era viva prueba de ello.
—Ahora viene la peor parte —avisó Rashid.
Dejó que fuera yo quien hablara.
—Debes recoger a tu familia y abandonar la ciudad.
Su mirada esmeralda mostró incredulidad. Le relaté la amenaza de un ataque inminente y me miró como si hubiera perdido el juicio. Seguidamente observó a Rashid que asentía con la cabeza.
—¿Es verdadera esa amenaza?
—Solo hay evidencias, para mí, claras —contestó—, pero en absoluto certezas. Sin embargo, y en honor a tu hija y su afición por los proverbios, te diré que los imprudentes son herederos de la necedad y los prudentes se rodean de conocimiento.
—¿Pero adónde iremos?
—Lo más lejos que podamos. Rentaré otra carreta para tu familia. Marcha aprisa, Amin.
Mi padre me miró asombrado; inmediatamente se despidió y salió a la carrera.
El sol apenas asomaba por el horizonte y doraba ligeramente los tejados de las casas. La oscuridad retrocedía perezosa y se cobijaba en rincones y estrechos callejones.
Desde mi ventana no divisaba el río, pero la bruma que desprendían sus aguas envolvía la medina. Me desperecé alargando los brazos. De pronto, un ensordecedor ruido me sobresaltó. Un vocerío atronador surgió del horizonte. Eran gritos de guerreros enardecidos.
Corrí a la ventana y me asomé con espanto. Me encontré con cabezas asomadas a la calle que se miraban confundidas entre ellas.
Lo siguiente que escuché fue una sucesión de silbidos incesantes.
Todos los sonidos procedían del río.
La gente salía curiosa a la calle y se encaminaba hacia al puerto.
—¡No! —grité—. ¡Huyan, son los nordumâni, están atacando la ciudad!
De los que lograron escucharme, unos entraron aterrados en sus casas y otros, los más escépticos, continuaron avanzando hacia el puerto.
Me debatía entre la necesidad de avisar a la gente y aguardar el regreso de Rashid. La delgada figura de unos niños que se mezclaban con la multitud que ya ocupaba las calles me decidió.
A mi olfato llegó el olor del fuego; pequeñas nubes brotaban aquí y allá desde los tejados. Estaban lanzando flechas incendiarias. La gente que alcanzaba el puerto corría despavorida y chocaba de frente con la que intentaba indagar.
El caos fue monumental.
Los niños quedaron atrapados entre los dos grupos y estaban a punto de ser aplastados. Miré a mi alrededor y abrí el baúl. Sin dudarlo, saqué de la funda la temible cimitarra de Rashid y bajé a la calle.
Aquella masa de gente entorpecía mi camino, sin embargo, yo empujaba con apremio y me deslicé en busca de los niños.
—¡Corran! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Nos atacan las bestias del Norte!
Encontraba caras aterradas y confundidas. Me resultaba imposible penetrar en esa marea de gente enloquecida. Escuché el llanto de aquellos pequeños atrapados en la barahúnda y, sin pensarlo, alcé la cimitarra.
La gente se alejaba de mí lo suficiente para localizar a las criaturas: eran una niña y un niño de unos cuatro y seis años respectivamente. Lloraban desconsolados. Conseguí llegar hasta el final de la calle en la que se agazapaban entre las piernas de la masa. Tomé en brazos a la niña y logré que el pequeño me asiera fuerte de las faldas.
Retrocedí lo andado y me oculté en un soportal.
—No hay de qué temer. Ahora solo es necesario permanecer muy callados. Vamos a escondernos, estoy segura de que no es la primera vez que juegan a este juego.
Los dos asintieron aterrorizados.
—Bien, entonces, hay que hacer silencio para no ser descubiertos. ¿Está claro? —Tuve que alzar la voz para hacerme oír.
Debía llevarlos a la carreta y esconderlos allí hasta que llegara Rashid y pudiésemos escapar. Pero, cuando asomé la cabeza, vi que la muchedumbre corría horrorizada. Aullidos y lamentos me atronaban los oídos. Debían de estar cerca. Tragué saliva y respiré profundamente. El terror ocupaba cada fibra de mi ser, sin embargo, no tenía otra opción que salir o estaríamos atrapados.
Tomé de nuevo a la niña y pedí al niño que subiera a mi espalda. Estaban muy delgados, pero rogué a Dios que me diera las fuerzas suficientes para llegar.
Me lancé a la callejuela rumbo a la hospedería. Corrí sin mirar atrás. La multitud huía: algunos portaban a sus hijos, otros, algunos pocos enseres.
Fui empujada con violencia y a punto estuve de caer. La pequeña gritó y escondió su cabecita en mi hombro. Logré estabilizarme y continué. Estaba llegando y vislumbré la puerta de los establos. Una figura familiar me salió al encuentro.
—¡Rápido, pasa!
Rashid tomó de mis brazos a la niña y nos adentramos en el cobertizo. Apenas quedaban carros. Olía a heno y a estiércol, pero sobre todo a miedo. Grupos de personas se habían refugiado allí, tal vez, a la espera de familiares.
Mi esposo me miró con furia.
—¡Me has dado un susto de muerte! ¿Por qué saliste del cuarto?
No contesté, todavía intentaba acompasar la respiración. Miré a los niños que se acurrucaban bajo mis faldas.
Rashid se acercó a mí y me abrazó, pude sentir que temblaba.
—No podía dejarlos a su suerte; habrían muerto sepultados.
Los miré. La pequeña me observó con los ojos muy abiertos. Parecía aterrada. Me agaché junto a ella y acaricié su ensortijada melena.
—¿Cómo te llamas?
—Amaal. —Su dulce vocecita se me clavó en el alma—. Y mi hermanito, Yusuff.
Les sonreí para tranquilizarlos y les expliqué que trataríamos de escapar y que encontraríamos a sus padres cuando todo se calmara.
—Todo saldrá bien, pequeños. —La niña me abrazó—. Me llamo Shahlaa, y él es mi esposo.
Unos golpes en los portalones nos sobresaltaron. Rashid me arrebató la cimitarra.
—¡Aprisa, escóndanse en la carreta!
Subí a los niños y me agazapé contra ellos. Los caballos resoplaron agitados. Entreabrí apenas el toldo de la capota y escudriñé el exterior.
Rashid esperó tras la puerta, sable en mano, hasta que una voz conocida lo llevó a abrir con premura los postigos. Amin entró acompañado de dos de sus hijos. Estaba herido: un tajo abierto le atravesaba el brazo izquierdo, sangraba profusamente.
Salté del carro y corrí hacia él. Sin miramientos levanté mi túnica y arranqué un trozo de tela de la larga camisola. No le hablé, le hice un torniquete como vi hacer una vez a Flora con Ahmed.
Mi padre y mi esposo me miraban asombrados.
—He visto guerreros tardar más tiempo en reaccionar, hija. Pero no hay tiempo para esto, mi esposa se escondió en los baños junto a la mezquita; he de ir a buscarla. La multitud nos separó. Lleva al bebé.
Le apreté con fuerza el nudo de la improvisada venda y le besé fugazmente la mejilla.
—Voy contigo, estás herido y vas a necesitar ayuda —propuso Rashid.
—¿Dónde demonios están los soldados, la guardia del cadí? ¿Por qué nadie se enfrenta a esos salvajes? —inquirió iracundo.
—Han huido —respondió mi esposo intentando mantener la calma, aunque sus ojos mostraban indignación—. El cadí y toda su guardia nos han abandonado. Cuando recibieron el aviso, escaparon asustados a Carmona. Cuando fui en tu busca, me encontré con un informante. Justo en ese momento divisamos las naves de los mayus. Una flecha hirió a mi hombre. Tuve que ayudarlo a regresar a su casa. —Me miró—. Por eso me retrasé.
—¡Qué Alá nos proteja! Vámonos; temo por mi esposa —apremió Amin.
—Déjame acompañarte, padre —espetó el mayor de los muchachos.
—Ni hablar, tú te quedarás aquí para cuidar a tu hermano —ordenó con aplastante firmeza.
Miré a Rashid con el corazón en un puño. Negué con la cabeza.
—Volveremos enseguida, los baños están cerca de aquí.
Rashid me besó precipitadamente y me entregó la pequeña daga que siempre lo acompañaba.
—Espera en el carro con los niños; cuando regresemos, saldremos como centellas de este lugar.
Empuñó con fuerza el arma y salió junto a mi padre. Cerré los portalones y subí a la carreta acompañada de mis medio hermanos. El mayor tendría un año menos que yo, diecisiete, y el pequeño, doce. Jamil y Said, así se llamaban, me miraron impresionados. Veían a su padre en mí.
—Tú eres Shahlaa, ¿no?
Jamil pronunció mi nombre con desprecio.
—Por ti discutieron mis padres anoche —agregó resentido.
—¿Ella es nuestra hermana? —preguntó Said.
Asentí cogitabunda. Debí de haber esperado esa reacción.
—No he venido a robarles el padre. Tan solo quería conocer a mis medio hermanos. Soy la única hija de mi madre.
Me miraron recelosos. No era el momento de conversar.
Esperamos en silencio. Los gritos continuaban, los pasos acelerados que golpeaban los adoquines se sucedían interminables. Había pasado demasiado tiempo. Ya deberían de haber regresado. Algo andaba mal, podía presentirlo. El nudo que me atenazaba el estómago me aceleró el pulso. No podía quedarme de brazos cruzados mientras los dos hombres de mi vida podían estar en peligro. Miré a Jamil.
—Iré a buscarlos. Te dejo a cargo.
No se opuso. Nada dijo, simplemente asintió. Estaba aterrado al igual que yo. Le apoyé una mano en un hombro y le sonreí.
—Volveré con ellos —prometí.
Bajé del carro y salí. Fuera se había desatado el pandemónium. La muchedumbre corría en todas direcciones chocando unos con otros. Un grupo de andalusíes que se había organizado y armado avanzaba hacia el puerto. Me filtré entre ellos para evitar ser arrastrada por la multitud que huía despavorida.
Llegué al final de la calle, doblé a la derecha y continué rumbo a la aljama. Escudriñé a mi alrededor con ansiedad. No los veía por ningún sitio. Tropecé con algo blando y caí al suelo. Di de bruces con el cadáver de una mujer. La habían degollado. Horrorizada, me incorporé.
La sangré inundaba la calle principal. Varios cuerpos descansaban inertes en la calzada, clara muestra de que los hombres del Norte habían desembarcado. Instintivamente apreté con fuerza la daga.
El entrechocar del metal se alzaba por encima de gritos y lamentos. Estaban muy cerca de mí. Sentí el impulso de girar y correr al refugio, pero la desesperación por encontrar a mi esposo logró aplacarlo. Entonces los vi.
Mi padre se hallaba inclinado sobre el cuerpo flojo y ensangrentado de una mujer; a su lado un manto arrugado con la forma de un cuerpo pequeño permanecía inmóvil y trágicamente silencioso.
Me sentí desfallecer, aquel diminuto cuerpo era mi hermano.
Unos hombres peleaban encarnizadamente; de pronto, me encontré en mitad de la contienda.
Los invasores eran todavía más grandes de lo que imaginaba y más temibles; parecían demonios ataviados con pieles de oso. Sobre sus cabezas llevaban un casco de hierro puntiagudo con protección para la nariz; a algunos el yelmo les protegía los ojos como si de una máscara se tratara.
Los pocos ciudadanos que les hacían cara comenzaban a retroceder. Asustada, corrí hacia Amin que, desolado, sollozaba junto al cadáver de su esposa. Lo sacudí vigorosamente. Tardó en mirarme y, cuando lo hizo, pareció no reconocerme.
—¡Debemos irnos! No puedes hacer nada por ellos —le grité.
Él no reaccionaba. Su brazo sangraba de nuevo. Lo zarandeé hasta lograr que volviera a mirarme. Tenía la cara amoratada, su ojo izquierdo apenas podía abrirse.
—No puedo marcharme sin ellos —contestó.
Lo tomé del brazo sano e intenté tirar en vano de él. Era como empujar una roca anclada al suelo.
Los guerreros se acercaban, el chasquido de las espadas silbaba sobre mi cabeza.
—Entonces yo tampoco me iré sin ti.
Con el corazón en la boca me senté junto a él. De mis labios salió la pregunta que bullía lacerante en mi cabeza.
—¿Dónde está Rashid?
Contuve el aliento. Amin me miró aturdido.
—No sé. Él me salvó la vida, cuando… cuando vimos cómo… —Cerró los ojos y respiró hondo—. Cómo se enzarzó en la pelea contra uno de esos salvajes; creo que lo mató, pero aparecieron más.
Fui yo quien cerró los ojos. Sentí que el pulso me aguijoneaba las sienes. Me encontraba en medio de la pesadilla más abominable que alguien pudiera imaginar. Abrí los ojos. Cuerpos mutilados, sangre, gritos, sollozos, hombres desesperados peleando por su vida. Y, en mitad de aquel infierno, lo vi. Rashid levantaba una espada que no era la suya y la descargaba contra uno de esos gigantes. No parecía él: enardecido por el combate, fruncía el ceño con determinación, gruñía y gritaba iracundo con cada estocada.
Mi corazón se encogió. Me erguí horrorizada, su oponente lo doblaba en tamaño. Rashid retrocedía conteniendo a duras penas las acometidas de su adversario. De repente, unas fuertes manos me enlazaron la cintura y me alzaron en el aire. Dejé escapar un grito. En ese instante, mi esposo miró en mi dirección. Su rostro concentrado se desencajó. Abrió los ojos espantado.
—¡Shahlaa! —chilló.
La punta de una espada voló hacia su cabeza. Grité enloquecida. Se agachó a tiempo. Su contrincante aprovechó la distracción para arrinconarlo en una esquina. Pataleé, cabeceé y mordí como una fiera. El gigante de pelo rojo y casco reluciente me alzó sobre un hombro sin inmutarse. Rashid me miraba angustiado incapaz de escapar de la refriega.
—¡Amin! —aulló desesperado—. ¡Tu hija, ayúdala! ¡Sálvala!
Mi padre giró la cabeza y lo miró. De pronto, un brillo peculiar le iluminó los ojos. Se levantó como un endemoniado y embistió contra el gigante que me cargaba. Caí al suelo en mitad de la escaramuza. Horrorizada, comprobé que mi padre tan solo iba armado con la furia que brotaba de su interior como un torrente incontrolable. El guerrero pelirrojo blandió una espada y la hundió en su costado.
Amin abrió los ojos asombrado.
—¡Noo…! —rugí.
Mi padre se desplomó sobre el pavimento. Las lágrimas impotentes que mojaban mi rostro no impidieron que viera con claridad lo que tenía que hacer.
Saqué la daga del cinto de mi túnica y me acerqué al guerrero. Él me apresó de nuevo. Ya me alzaba cuando, con un movimiento preciso y certero, clavé mi daga hasta la empuñadura en su cuello. La sangre, cálida y viscosa, fluyó a borbotones, me salpicó el rostro y empapó mi ropa. El hombre cayó de rodillas con una expresión de desconcierto en el semblante.
El guerrero que batallaba con Rashid me observó atónito. Gritó algo en una lengua extraña y al instante aparecieron dos hombres más.
Mi esposo aprovechó el desconcierto para herir a su oponente y, sin dudarlo, corrió hacia mí. Sin embargo, no llegó. Una espada le atravesó el hombro a la altura de la clavícula. Cayó de rodillas. Estiró el otro brazo y lo alargó para tocarme. Me arrojé junto a él y lo besé. Me abracé con fuerza a su cuerpo, temblaba atormentado, colérico, impotente.
Una mano me agarró con fuerza de la cintura y me separó bruscamente de Rashid.
—¡Suéltala, maldito! —exclamó entre dientes.
Mi captor me apretó contra su cuerpo y me miró con fijeza. Era un guerrero enorme de aterradores ojos celestes. Me debatí colérica. No conseguí separarme ni un ápice. La expresión atormentada de Rashid fue lo último que vi. Fui cargada nuevamente sobre la espalda del bárbaro y llevada como un objeto por las callejuelas. Una voz, la voz de mi amor, llegó hasta mí.
—¡Juró que te encontraré! ¡Estés donde estés, te encontraré, Shahlaa!
Su voz se rompió en un aullido estremecedor. Su rabia reverberó en las paredes del callejón como un eco que rebotaba partiéndome en mil pedazos.
—¡Rashid! —vociferé rota de dolor.
—¡Shahlaa, Shahlaa, mi Shahlaa…!
Fue mi nombre lo último que escuché. Tambaleada y derrotada, me sumí en la negrura más absoluta.
CONTINUARA
