.
Capítulo 6
Esclava del destino
Una semioscuridad agobiante invadía el lugar y un sobrecogedor tintineo de cadenas se sucedía intermitente. El hedor era insoportable: a heces, a sudor, a sangre y a miedo. Mi codo chocó contra algo, y el tintineo se incrementó.
Asombrada, sentí un peso que me obstaculizaba los movimientos. Tanteé mis muñecas, unas pesadas argollas me mantenían los brazos sujetos a la espalda.
Entre los quejidos lastimeros y los lamentos, algunas personas murmuraban asustadas. Escuché con atención. Todas las voces eran femeninas. Una voz levemente ronca y más calmada que las demás se alzó entre el barullo.
—Debemos mantener la cordura. Serenémonos y pensemos que al menos estamos vivas. Esos malditos salvajes nos han tomado prisioneras. Algunas de nosotras seremos convertidas en esclavas, otras seremos canjeadas por lo que precisen. Encomendémonos a nuestro dios para que nuestro suplicio sea breve y recemos con ahínco para que el Altísimo nos provea de resignación. Algunas seremos llamadas a su seno. No temamos, pues nos aguarda el paraíso; cualquier sufrimiento terrenal será compensado con creces. —Hizo una pausa—. Soy sor Margaret, hermana de la Orden de Jesús Redentor. Si alguien tiene a bien seguirme, iniciaré el rezo para sosiego de nuestras almas.
La oración comenzó en un susurro que se extendió por la estancia y que creció en intensidad a medida que la letanía avanzaba. Otro sonido, más extraño, me llamó la atención. Era como un chapoteo regular y rítmico. Una nueva sensación, más turbadora, se unió al aturdimiento que todavía me embargaba. Un ligero bamboleo me acunaba. Afiné el oído y descubrí el rumor del agua batiendo la madera. Estaba en un barco. Acostumbrados mis ojos a la penumbra, pude percibir los maderos superpuestos que formaban los costados ahuecados del escotillón en el que me hallaba. El chasquido continuado eran los numerosos remos que sesgaban a paladas el agua.
El rezo cesó y con él comenzaron nuevamente los gimoteos y sollozos. Las siluetas de las mujeres encadenadas se recortaban en la oscuridad. Una voz a mi lado me sobresaltó.
—Si lo que la monja intenta es dar consuelo, no lo ha conseguido. ¿Acaso no ven que Dios nos ha abandonado? Estamos más que perdidas.
Giré la cabeza en su dirección.
—No debes rendirte tan fácilmente. Yo, al menos, no pienso dejarme vencer. Debemos estar atentas a cualquier ocasión de escapar o tal vez nuestra gente logre rescatarnos.
La mujer ahogó una risita.
—¿Rescatarnos? Nos llevarán a su tierra en los confines del mundo y, si nos venden, será a cualquier mercader sin escrúpulos. Debes de ser muy ingenua si piensas que alguien vendrá en tu busca. Para todos, estás muerta.
Pensé en Rashid, en mi recién descubierta familia y en mi madre. Un nudo atroz me estrujó el corazón. ¿Y si esa mujer tenía razón y nunca volvía a verlos? Recordé las últimas palabras de mi esposo cuando juró que me encontraría. Le creía. Su amor sería capaz de eso. Debía fortalecerme con ese convencimiento, era a lo único que podía aferrarme para mantener la cordura, para sofocar el pavor que me helaba el alma. Sin embargo, a mi mente acudía la imagen de mi esposo y mi padre, malheridos, tirados como despojos en la calzada, y mi corazón se encogió. No, me dije una y otra vez. Ellos estaban vivos. Tenían que estarlo. Y me buscarían sin descanso, solo tenía que mantenerme con vida.
Auguré que eso no iba a ser tan fácil en el momento que la escotilla de la cubierta superior se abrió y de ella emergieron cinco gigantes blandiendo sus enormes espadones. Iluminaron la estancia con antorchas y patearon a algunas mujeres que les entorpecían el paso. Frente a ellos surgió una figura encorvada. Era una anciana que no llevaba grilletes y que, a pesar de mostrar una actitud servil, evidenciaba un conocimiento con los hombres.
Intrigada, observé cómo parlamentaba con el que parecía ser el líder del grupo. Hablaban en aquella lengua tosca y gutural, solo que convertida en un leve murmullo.
A continuación, la mujer giró hacia nosotras y habló en un castellano claro, sin ningún tipo de acento, lo que denotaba su verdadero origen.
—¡En pie! Van a ser clasificadas. A la que toquen en el hombro deberá sentarse; la que no, permanecerá en pie. —Hizo una pausa y miró con severidad en derredor—. Ahorren los lamentos, de nada servirán; a partir de ahora, son thralls: esclavas.
Un estremecimiento recorrió a las presentes, pero ninguna habló. El reducido grupo de guerreros comenzó el escrutinio.
El líder, algo más adelantado, observaba con atención a las prisioneras. Tocaba en el hombro indistintamente a mujeres jóvenes y viejas. Por lo que puede observar, descartaba a las peor parecidas o a las que no eran de su gusto. El retumbar de pasos de aquel temible gigante me aceleraba el pulso y me secaba la garganta. Cuando lo tuve frente a mí, me sentí desfallecer. Su melena dorada, leonada, larga y descuidada mostraba resecos mechones manchados de sangre; su rostro también mostraba salpicaduras. Su aspecto era feroz, su semblante adusto, sus ojos, de un azul muy claros, fríos y duros. Llevaba una barba larga trenzada sobre su amplio pecho. Era alto y fornido. Los brazos parecían querer reventarle la tela de la túnica. Amenazante, se cernió con curiosidad sobre mí.
Una manaza sucia me tomó de la barbilla y me obligó a alzar el rostro. Me contempló largamente; parecía dubitativo. Entonces sus ojos se clavaron con intensidad en mi boca. Temí un beso.
Agradecida, no llegó. Cuando me soltó, respiré aliviada. Continuó su camino. No me había tocado el hombro, así que permanecí en pie aguardando mi destino.
Cuando acabó su particular clasificación, volvió sobre sus pasos. De nuevo se detuvo frente a mí. Me observó intrigado, pero siguió sin tocarme.
Los guerreros hablaron un instante entre ellos y el líder desapareció ascendiendo a cubierta.
Para mi completo asombro, algunas de las mujeres que habían sido descartadas fueron arrastradas por los cuatro hombres que permanecían todavía allí. Los gritos de las elegidas que se negaban a subir obligaron a los guerreros a usar la violencia. Dos fueron golpeadas salvajemente y cayeron inconscientes. Las subieron a cubierta y dejaron la escotilla abierta con la clara intención de que escuchásemos todo lo que allí estaba ocurriendo.
Hombres borrachos canturreaban una canción ininteligible, chocaban aceros y jarras y reían enardecidos.
Escuchamos aterrorizadas cómo las mujeres pedían inútilmente clemencia, cómo rasgaban sus ropas y cómo se animaban entre ellos para abusar de ellas.
Gemidos repugnantes, jadeos sonoros y llantos de dolor me acuchillaron los oídos.
Cerré los ojos y las lágrimas contenidas brotaron libres sin otorgarme ni un ápice de tranquilidad ni consuelo. ¡Qué cruel el destino al arrebatarme la felicidad para confinarme al peor de los infiernos! Me cubrí con las manos la cabeza y sollocé.
—Yo dije que no valía la pena resistirse.
La esclava cómplice de los bárbaros habló de nuevo.
—¿Van a violarnos a todas? —inquirió una voz temblorosa.
—Casi a todas. Tan solo reservarán a las mejores para el jarl.
Otra voz surgió a mi lado. Era la compañera con la que había hablado.
—¿Quién es el jarl?
—Es su rey y permanece en las gélidas tierras del Norte.
Mi compañera me miró con envidia. Era de mediana edad, bajita, de formas orondas y rostro amable.
—Seguro que tú serás para él —afirmó.
—Mi destino será igual de aciago que el tuyo, aunque lo posterguen —repliqué apesadumbrada.
La mujer me miró y bajó la cabeza, los ojos se le ensombrecieron.
—No imaginas lo que daría yo ahora por postergar lo que se me avecina.
Deseé abrazarla y sentirme abrazada. Anhelé una palabra de consuelo, una mano en el hombro, una mirada cariñosa. Pero estaba sola en mi desgracia, sola y encadenada. Debía enfrentar mi destino fuera el que fuera.
No sé en qué momento logré dormirme, solo sé que desperté conmocionada por unos gritos ensordecedores. Miré a mi alrededor y aturdida descubrí un hombre que se acercaba con premura. Retrocedí todo lo que daban las cadenas hasta que choqué contra el maderamen del barco. Entonces me acorraló.
Unas manos mugrientas rasgaron violentamente mis ropajes. Me debatí pataleando frenética. Con las manos encadenadas era una presa más que fácil. El hombre, de cabello trigueño, ralo y enredado, me abrazó y mordisqueó el cuello; un vendaje ensangrentado le rodeaba el brazo, lo reconocí: era el que había herido a Rashid.
Apestaba a alcohol y a podredumbre; su aliento me mareó. Me apresó con su enorme cuerpo para evitar de esa forma mis constantes patadas. Giré la cabeza asqueada para evitar su boca infecta; aquel monstruo buscaba mis labios y reía ante mi obstinación. Noté cómo sus dedos se clavaban en mis senos desnudos y sentí una arcada ascender por mi garganta. Deseé vomitar, tal vez así desistiera en su ataque.
Sin embargo, no fueron las náuseas las que lo alejaron de mí: fue un puño lanzado sin conmiseración contra su oreja. El hombre aturdido se tambaleó aullando de dolor. El guerrero que lo había golpeado le gritaba como pidiéndole explicaciones, dudaba de que mi atacante pudiera oírlo. El salvaje golpeado desapareció de mi vista.
Ahora, frente a mí, tenía al líder de los ojos azules que me contemplaba absorto. Su mirada libidinosa recorría mi pecho desnudo, mi vientre y se detenía completamente asombrado en mi depilado pubis. Giró la cabeza como mirándolo desde otro ángulo e imaginé que nunca habría visto algo parecido. Dio un paso hacia mí y alargó un brazo. Me rozó la mejilla, y yo ladeé la cabeza para evitar el contacto. Su mano entonces se dirigió a mi cabello. Tomó un mechón, lo acarició entre los dedos y lo olfateó. Acercó el rostro a mi cuello y aspiró profundamente. Suspiró. Tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo. Imprimí en mis ojos todo el odio que me inspiraba. Furiosa, levanté la rodilla para golpearlo, pero él, más rápido a pesar de su imponente tamaño, se retiró a tiempo.
Me sonrió. Pronunció una frase en su lengua y esa sonrisa cínica se evaporó. Nuevamente me contemplaba interesado. Volvió a hablarme, y yo decidí expresarme en un lenguaje que estaba segura de que entendería. Lo escupí. Nuevamente sonrió al tiempo que se limpiaba la mejilla con el dorso de la mano. Y, de repente, se cernió sobre mí. Su boca cayó sobre la mía sin dejarme tiempo de reaccionar.
Me sujetó por la cintura para inmovilizarme. Me sentí asqueada cuando su lengua ávida me exploró. Fue un beso salvaje, atroz y afortunadamente corto. Se retiró más por miedo a que intentara morderlo que porque deseara acabarlo. Sus ojos azules, ahora flamígeros, me recorrían voraces; no obstante, se alejó de mí. Se acercó a la anciana esclava y le dio una orden. Ella asintió, y él ascendió a cubierta para mi total tranquilidad.
Todavía respiraba agitadamente cuando la mujer se me aproximó con una capa raída.
—Eres afortunada, muchacha. Serás para el jarl y ninguno de esos patanes podrá tocarte.
La miré furiosa.
—Pues para no poder tocarme bien que lo han intentado.
—Ulf estaba tan borracho que ni siquiera midió las consecuencias, y el hersir Albert… Debiste de impresionarlo mucho para lograr menoscabar su pétrea voluntad. Es un hombre duro y frío como los hielos de su reino; jamás muestra sus sentimientos ni debilidades, aunque imagino que unas buenas jarras de aguamiel suavizan el carácter de cualquiera.
—¿A eso llamas buen carácter?
La anciana me sonrió taimada al tiempo que cubrió mis hombros con la capa de sarga y la ató concienzudamente.
—Espero que no tengas que sufrir el mal carácter de Albert el Temible.
Ya se marchaba cuando le pregunté:
—¿Cuál es su nombre?
Los ojillos vivaces de la anciana se velaron con la sombra de un recuerdo.
—Soy Eyra, pero hubo un tiempo en que mi nombre fue otro.
—También yo poseo dos nombres.
Me contempló pensativa, sus finos labios se curvaron en una mueca indefinible.
—Entonces muy pronto serán tres.
—Sin embargo, seguiré siendo la misma.
Negó con la cabeza, esta vez sí sonrió con sorna.
—No tienes ni idea de cuánto vas a tener que cambiar, apenas serás una sombra de lo que eres. Si quieres sobrevivir a esto, deberás amoldarte a tu nuevo destino. —Hizo una pausa—. Con el tiempo, llegarás a olvidarte del pasado, porque recordarlo será demasiado doloroso.
—Jamás lo olvidaré —espeté con decisión.
—Peor para ti.
Tras varios días de hacinamiento en la nave de los mayus, arribamos a un puerto.
Descendimos la pasarela cegadas por la blanquecina mañana otoñal. Hacía frío y agradecí a Eyra que me hubiera ataviado con una túnica bajo la capa. Mi hermoso vestido desgarrado fue guardado por la esclava.
Frente a nosotras, surgió un campamento improvisado con tiendas de lona rayada. Baluartes extraños con imágenes de dragones y serpientes enroscadas nos recibieron ondeantes. Grupos de hombres conversaban mientras nos observaban curiosos.
Habían soltado nuestros grilletes para atarnos con cuerdas unas a otras en una fila demasiado extensa. La mayoría caminaba cabizbaja, arrastraban pesadamente los pies, claramente indiferentes ya a su destino.
Comenzó a llover y los hombres se resguardaron en las tiendas mientras que nosotras permanecimos a la intemperie. El agua arreciaba y las más debilitadas comenzaron a temblar. Intenté acercarme a la mujer más próxima en busca de calor. Las demás hacían lo mismo. Y así pasamos el día y la noche.
A la mañana siguiente, aterida de frío, famélica, y con todos los músculos del cuerpo gritándome su dolor, me levanté del fango. Rodeada de pinos, retamas y arbustos de romero comprendí dónde me encontraba. Estaba en Qadis, el lugar desde donde había partido la incursión hacia Sevilla. Quizá todavía tenía la oportunidad de escapar.
Miré a mi alrededor para buscar algo con lo que pudiera rasgar las cuerdas, que más parecían maromas por lo gruesas. Maniatada era prácticamente imposible buscar nada. Solo había una manera.
—Intenta morder mis cuerdas, y yo haré lo mismo con las tuyas.
La mujer a mi derecha me miró como si hubiera perdido el juicio.
—Estamos en Gades. Si nos vuelven a embarcar, estaremos perdidas. Es nuestra última oportunidad.
La mujer cayó de rodillas tras de mí y tiró con sus dientes fuertemente.
—Es imposible romperla, aunque tal vez logre aflojar el nudo —explicó en árabe.
Asentí y miré nerviosa hacia las tiendas. El alba despuntaba; no teníamos mucho tiempo. Otras mujeres comenzaron a imitarnos.
Froté mis muñecas insistentemente; el esfuerzo de mi compañera empezó a dar sus frutos. Noté cómo las escupía para facilitarme la tarea. El áspero cáñamo comenzó a ceder la presión; encogí los dedos hacia el interior de la palma y forcejeé con empeño. Por fin liberé los brazos. Sin pérdida de tiempo, me dispuse a ayudar a mi liberadora. Las demás, animadas por nuestro éxito, se afanaron en su tarea con renovado entusiasmo.
Cuando mi compañera escapó de sus ataduras, se lanzó a correr a campo traviesa en una alocada huida. Decidí huir en dirección opuesta. Otras tomaron diferentes caminos.
No miré atrás. Troté con desesperación con una sola imagen en mi mente. Rashid. Mis ganas de verlo dieron alas a mis pies.
Un grito de alarma surgió a mi espalda. Era una voz de mujer. Una voz que me resultaba familiar. Habló en árabe.
—¡Escapan!
Casi inmediatamente sentí retumbar bajo mis pies decenas de pisadas veloces. Aceleré el paso cuanto pude. Los pulmones me ardían en el pecho. Jadeaba entrecortadamente. El cansancio pronto comenzó a hacer mella en mí. El chapoteo de sonoras pisadas surcando las ciénagas que yo dejaba atrás se aproximaba peligrosamente.
Desesperada, aceleré cuanto pude. Saltaba arbustos, maderos caídos, sorteaba árboles, giraba una y otra vez temerosa de que una mano agarrase mi capa en cualquier momento. Escuché jadeos a mi espalda. Varias voces se comunicaban a los gritos. No pude evitar girar.
Horrorizada descubrí a tres guerreros corriendo tras de mí; estaban muy cerca. Dos de ellos me flanqueaban y el más cercano a mí me seguía el rumbo como un perro de presa. Estaban acorralándome. También escuché los gritos de otras mujeres.
Solo un milagro podía ayudarme, y Dios parecía haberse vuelto en mi contra. No sé cuánta distancia había recorrido, solo sabía que había errado el camino. Frente a mí apareció una enorme marisma. Dudé si cruzarla o bordearla, y fue esa duda la que terminó con mi huida.
Un puño se cerró en mi capa y me hizo trastabillar y caer sobre el lodo. Un enorme cuerpo impactó contra el mío y me cortó la respiración. De alguna manera, logré encontrar las fuerzas necesarias para girar y empujarlo. Pero de nada sirvió. Golpeé su pecho con fuerza, y el guerrero me sujetó las ensangrentadas muñecas. Grité más por ira que por sufrimiento.
En realidad, no sentía dolor ni cansancio, solo una furia desbordante. Me convulsioné con violencia en mi afán por apartarlo de mí, pero nada daba resultado.
El guerrero esperó paciente tumbado sobre mí; todavía me apretaba las muñecas por encima de la cabeza y se apoyaba en los codos al tiempo que me contemplaba.
Jadeamos exhaustos por la carrera; su aliento cálido y algo dulzón me rozó los labios y me alertó de inmediato por la cercanía.
De nuevo, comenzó a llover. Mechones mojados de su largo cabello me rozaron los hombros. Las gotas arrastraron mis lágrimas, aunque no mi frustración.
La celeste mirada de Albert el Temible me sobrecogió. Frunció el ceño al tiempo que me susurró algo incompresible.
Clavé mis ojos en los suyos. Sostuvo mi mirada con gravedad. Permanecimos durante un largo rato así. Bajo la lluvia, prácticamente sumergidos en el barro, mirándonos intensamente.
Su rostro inexpresivo estaba a escasos centímetros del mío, su barba trenzada cosquilleaba en mi barbilla. Contemplé la dureza de su mentón, los altos pómulos, la boca ancha, la nariz recta y los ojos refulgentes como el cielo calmo. Él hizo lo mismo conmigo.
Entonces, recordé una frase pronunciada por mi amado Rashid: «Tienes el poder de dominar a los hombres». ¿Podría dominar yo a aquel bárbaro de mirada dura e impenetrable? ¿Sería capaz de someterlo a mi voluntad? En ese momento, lo único que deseaba era su muerte.
La tormenta arreció. El cielo se oscureció, el sonido de un trueno sobre nosotros lo sacó de su ensimismamiento.
Se levantó, y a mí con él. Me dio la espalda y caminó de regreso al campamento arrastrándome de la mano. Sus largas zancadas me obligaron casi a correr para evitar que me arrancara el brazo.
Me debatía para obstaculizar su avance. Giró la cabeza y me miró con hosquedad, harto de mi resistencia. De un fuerte tirón me pegó a su pecho. Me rodeó la cintura con una mano mientras que con la otra me agarró el mentón. Su boca cayó imperiosa sobre la mía. Quiso dejar claro quién mandaba: me introdujo la lengua y gobernó a su antojo el beso. No me sometí. Le arrebaté el control cuando mi lengua entró en su boca. Lo besé con violencia. Mis manos le agarraron con fuerza la nuca e instintivamente froté mi cuerpo contra el suyo.
Me deseaba. Sus manos tomaron con fuerza mis nalgas. Jadeaba enardecido, exhalando gruñidos satisfechos. Lo besé como había besado a Rashid tantas veces y, ante su recuerdo, me sentí asqueada.
Me separé, y él, todavía aturdido, me contempló jadeando. Su semblante no dio crédito a lo que hice a continuación. Le agarré la mano y caminé delante de él; ahora era yo quien lo llevaba al campamento. Sin embargo, no me iba a resultar tan fácil someterlo: con un rápido movimiento me alzó del suelo y me depositó sobre su hombro.
Volvía a ser la prisionera.
Capturaron a casi todas las mujeres, sin embargo, la que me había ayudado había logrado huir. Me alegré por ella. Fuimos de nuevo atadas, pero esta vez habían apostado guardias. Los guerreros se cobijaron en sus tiendas, podíamos verles las siluetas a contraluz. Habían encendido velas, comían, bebían y parlamentaban. La lluvia había cesado, pero empapadas tiritábamos. Ahora, sin truenos que nos camuflaran, nuestros estómagos reclamaban ruidosos alimento. Llevábamos casi dos días sin comer.
Una figura encorvada salió de la tienda principal. Tras ella, dos fornidos guerreros arrastraban un caldero. Eyra llevaba un cazo en la mano. Se acercó a nosotras y, frente a cada una, depositó en el suelo una gran cucharada de gachas de avena. Nos lanzamos hambrientas y, arrodilladas, lamimos hasta la más lejana brizna de hierba que contuviera algo de aquel engrudo insípido.
La mujer se acercó a mí.
—Te han delatado —me susurró sin volverse apenas.
La miré confundida. Mi pelo embarrado lucía trazos de gachas pegadas; lamenté no poder chuparlo, mi estómago seguía rugiendo.
—¿Delatado? ¿A qué te refieres?
—Una mujer dijo que fuiste tú quien instigó la huida, que eres peligrosa, que tu esposo es tan poderoso que movería cielo y tierra para encontrarte, que sería mejor que te mataran y dejaran tu cuerpo aquí; de ese modo, tu familia ya no tendría motivos para reunir un ejército en tu búsqueda.
—¿Quién ha podido decir eso?
—La misma que dio la voz de alarma: su traición le valió un puesto de confianza. Ahora come en la tienda, caliente y arropada. Los soplones son muy útiles para los amos que poseen muchos esclavos.
Tragué saliva. La avena comenzó a sentarme mal. Me sentía mareada, no entendía nada.
—¿Cómo les explicó todo eso?
—Yo tuve que traducir. Conozco varias lenguas. Les soy de mucha utilidad.
La anciana me miró meditabunda. Se rascaba la barbilla.
—¿Y tú que has hecho para ganarte tal enemiga?
—Nada de lo que tenga que arrepentirme, te lo aseguro. Por cierto, ¿ha dicho su nombre?
La anciana asintió, parecía disfrutar de la situación.
—Se llama Eliza.
La miré boquiabierta. No podía creer mi mala suerte. El ser más vil que había jamás conocido había estado todo el tiempo a mi lado. Y ahora de nuevo escupía su perfidia contra mí.
—Veo que la conoces.
—Sí, para desgracia mía. Pero soy yo la que tiene una cuenta pendiente con ella. —De pronto, se me ocurrió que tal vez estaba en la ciudad urdiendo algún plan contra mí—. ¿La capturaron en Isbiliya?
—No, fue hecha prisionera en Lisboa los primeros días de agosto.
Permanecí en silencio intentando asimilar aquello; Eyra puso una mano en mi hombro.
—¿Los ha convencido?
—Irónicamente sus argumentos han conseguido el efecto contrario. Les ha hecho ver que eres valiosa y que podrían pedir por ti un cuantioso rescate. No van a matarte, aunque temo que te darán un escarmiento.
En ese preciso instante, un grupo de guerreros salió de la tienda. Albert iba a la cabeza. Se acercaron a mí. Me puse en pie intentando sofocar los temblores que me sacudían. Un hombre de cabello rojo ensortijado y panza prominente sacó una daga y se acercó con determinación. Me soltó y me llevó ante su líder.
Albert llamó a Eyra a su lado. A continuación, habló con aquella voz gutural y profunda, que alzada debería de ser como el estallido de un trueno.
—La próxima vez que intentes escapar, tres de tus compañeras morirán. —Habló en voz alta para que todas pudiesen escucharla—. Ahora serás azotada ante ellas y así será cada vez que te rebeles. —Sus ojos imperturbables me miraron con frialdad. Le sostuve la mirada y fingí indiferencia. Me desaté la capa y giré. Me abracé al árbol más cercano y esperé con los dientes apretados. El primer latigazo rasgó el tupido paño gris de la túnica; el segundo, mi piel.
Intenté alejar el dolor que me abrasaba pensando en lo único bueno que ese día me había traído: descubrir que pedirían un rescate a Rashid. Algún día volvería a su lado, solo eso me importaba. El tercer latigazo me sacudió como un relámpago lacerante. El cuarto me hizo temblar las rodillas. El quinto las dobló, y con el sexto me desplomé con la espalda en llamas. No sentí el séptimo.
Boca abajo en una especia de hamaca, Eyra colocaba trapos untados en un verdoso y maloliente ungüento sobre mi maltrecha espalda. El solo roce del aire me lastimaba. Gemía dolorida aguantado a duras penas la cura.
—Muchacha, has demostrado más valor que muchos guerreros, no vas ahora a quejarte por mis cuidados.
Intenté hablar, pero me castañeteaban los dientes. Eyra me tocó la frente y pareció alarmada.
—Ardes en fiebre. Tendrás que levantarte.
Negué con la cabeza. Temblaba de manera incontrolable. Estaba muerta de frío.
—Tengo que meterte en el mar, la sal curará más rápido las heridas, y el frescor del agua bajará la fiebre. No puedo hacer nada más.
Desapareció a la carrera. Enseguida apareció con dos hombres. Uno era el líder. Albert me tomó en brazos y gemí cegada por el dolor. Corrió a la orilla y se adentró en el agua. Se arrodilló en la arena y me colocó de cara a él. El frío del agua me sobrecogió. En ese instante, me di cuenta de que estaba desnuda.
Albert me tomó de la cintura para dejar que arqueara la espalda sobre el mar.
Las olas me lamieron las heridas, al instante sentí como si un millar de agujas se me clavaran en la piel. Cerré los ojos y apreté con fuerza los dientes, por un momento temí perder el conocimiento.
Incliné el cuerpo todavía más y sumergí la cabeza en el agua. Las fuertes manos de Albert me apretaban con fuerza las caderas. Apenas saqué la nariz para respirar; aguanté estoicamente el dolor y logré mantenerme así un largo rato.
Algo más despejada, me incorporé y me encontré con la mirada algo desconcertada del líder. Me contempló el rostro y lentamente deslizó la mirada por mis senos y mi vientre. Ambos estábamos de rodillas con el agua por la cintura. Sentí sus dedos acariciar suavemente mis caderas. Sus ojos ya no eran fríos e inexpresivos, muy por contrario, era fuego lo que veía en ellos. De sus labios escapó una frase.
Cerré los ojos, la debilidad me llevó. Me abracé a su pecho e imaginé que era Rashid quien me levantaba y me llevaba. Caí en la negrura. Soñé con mi amor.
Cuando desperté, los temblores habían cesado. Sentí la liviandad del lino sobre la piel. Seguía boca abajo. Miré en derredor, no estaba sola.
—Debes comer algo. Tus heridas curan y tu cuerpo necesita fortalecerse.
Asentí. Tenía un hambre lobuna.
Eyra me alimentó pródigamente. Al menos, en ese infierno, había un ángel que velaba por mí.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
—Casi una semana, pero mañana partiremos. Varios knörr llevarán los tesoros y las esclavas al reino de Vestfold; los demás volverán por el río para saquear nuevamente.
—¿Qué es un knörr?
—Son los barcos de los madjus —respondió al tiempo que me limpiaba la boca.
Ante mi expresión inquisitiva contestó de nuevo.
—Los madjus o mayus, adoradores del fuego, los nordumâni, las bestias del Norte.
Cerré los ojos y, para mi sorpresa, la imagen de Albert frente a mí en el mar me asaltó.
—¿Oíste lo que me dijo cuándo me sujetaba en la orilla?
La anciana asintió. Su cabello blanco y desmadejado le ocultó parte del rostro, pero creí ver en su mirada un brillo divertido.
—Dijo que jamás imaginó ver a Freya salir de las aguas.
—¿Freya?
—Freya es una de las muchas divinidades de su religión. La diosa del amor y la belleza.
Guardé silencio. Sabía que no le era indiferente, los pocos instantes en que sus ojos habían bajado la guardia ante las emociones, me habían hablado de interés y deseo. Tal vez sí tenía poder después de todo.
—Muchacha, realmente lo has impresionado, no sé si fue tu exótica belleza o tu bravura, pero se siente atraído por ti. Tal vez, si eres lista, tengas una oportunidad.
—¿A qué te refieres?
—A que tal vez consigas no llegar a ser esclava del jarl. Si usas bien tus encantos con Albert, él podría comprarte.
No entendía nada, se suponía que pedirían mi rescate, qué más daba de quién fuera esclava. Y así se lo dije a la anciana.
—Tu rescate podría tardar mucho tiempo en llegar y, mientras tanto, es vital de quién seas. El jarl es un hombre despiadado, cruel. Te violará hasta que se harte de ti y luego te entregará a sus hombres y puede que hasta a sus perros. Para cuando te rescaten, serás tan solo un despojo. En cambio, Albert, a pesar de su fiereza, de su rudeza, posee buen corazón. Y, por cómo te mira, no creo que te cueste mucho derretir su frío muro de indiferencia. Nunca lo había visto bajar tanto la guardia con nadie. Anoche lo descubrí observándote, habría dado lo que fuera por escuchar sus pensamientos.
—Quiero que me enseñes su lengua.
La anciana sonrió. Ya se marchaba cuando le agarré la mano.
—¿Por qué me ayudas?
—Eres lista, muy lista. Con la mitad de tus atributos, yo habría conseguido ser la monarca de sus tierras. Tal vez tú lo consigas, por eso te ayudo.
—No quiero ser la reina de estos bárbaros, solo quiero volver con mi familia —admití con pesadumbre.
—A veces, muchacha, la vida te ofrece lo que no quieres y no te queda más remedio que tomarlo.
Los temibles knörr eran aprovisionados para la larga travesía que nos aguardaba. Más parecían monstruos marinos que embarcaciones. En sus quillas, se alzaban feroces tallas de dragones que mostraban la dentadura. Eran barcos largos y anchos, aunque de poco calado, construidos con maderas superpuestas, tachonadas de orificios por los que asomaban larguísimos remos. En la parte superior de los costados apostaban coloridos escudos de madera circulares, algunos con hendiduras astilladas. El velamen era cuadrado, de paño listado en color rojo y blanco, que en ese momento se abombaba henchido por un viento del este. Por una estrecha pasarela subían el cargamento.
Sentada en el suelo, maniatada nuevamente junto a mis compañeras, observaba el ajetreo de los hombres que desmontaban el campamento. Albert los dirigía con firmeza, con órdenes precisas y concisas que nadie discutía, pero a la vez ayudaba a los guerreros. Era obvio por qué lo respetaban. No pedía nunca nada que no estuviera dispuesto a hacer él mismo. Lo observé detenidamente. Su altura era más que considerable, su espalda ancha y musculada, su torso amplio y prominente. Se había desprendido de la sobretúnica corta de lana que llevaba, y la camisa corta de lino se le pegaba al cuerpo humedecida por el sudor; un amplio cinturón de piel curtida marrón oscuro le ceñía el talle.
Pude observar cada uno de sus poderosos músculos que se estiraban y encogían mientras trasladaba pesados baúles. Sus brazos, como dos colosos, levantaban sin demasiado esfuerzo todo tipo de pesados objetos.
Su apariencia era verdaderamente amedrentadora. No supe descifrar si era bien parecido; su expresión casi siempre huraña y su mirada ceñuda, además de esa barba descuidada que lucía, ocultaban cualquier atisbo de apostura. Lo único que realmente resaltaba del fiero rostro era el intenso color azul celeste de sus ojos. Hundidos y alargados, parecían iluminados desde dentro.
El débil sol de otoño lograba sacar reflejos grises a la larga y alborotada melena dorada del gigante.
De pronto, como si hubiera intuido que lo observaba, se volvió hacia mí.
Sorprendido por mi escrutinio, se detuvo en seco. Su fornido pecho se agitaba todavía por el esfuerzo. Deslicé a propósito mi mirada sobre aquella enorme masa de músculos. Tras un instante, volví a indagar en sus ojos. Logró mantener esa expresión hierática, sin embargo, observé un leve gesto que delató un ligero nerviosismo. Tragó saliva y se humedeció los labios.
Inmediatamente me dio la espalda y continuó con el trabajo. Era la antítesis de Rashid. Carecía de dulzura, de gentileza, de sensibilidad. Sería imposible cerrar los ojos e imaginar que era mi esposo. Solo habría una manera de obligarme a yacer con él, y era tener el pleno convencimiento de que era tan solo un peldaño escarpado que debía subir en mi ascenso por volver con los míos. Sería parte de un plan premeditado para la consecución de un solo objetivo. Si lograba embaucarlo lo suficiente, si conseguía envolverlo en mis redes, no solo me liberaría de la amenaza de aquel jarl perverso; tal vez podría acelerar mi rescate, además mientras tanto conseguiría un protector. Y, con Eliza cerca, debía contar con un buen aliado.
Mi espalda curaba bien. Las costras empezaban a desaparecer, aunque las cicatrices permanecerían como un recuerdo más de la vileza de mi enemiga. Afortunadamente no embarcamos juntas. Recordé otro proverbio musulmán: «Si alguien te muerde, te hace recordar que tú también tienes dientes». El siguiente mordisco lo daría yo.
No solo pensaba en Eliza, pensaba en todos y cada uno de cuantos me habían apartado de la felicidad. Devolvería cada golpe, esperaría la traición y trazaría con frialdad mi venganza.
Atrás quedaba la ingenua Alondra, la dulce Shahlaa. Todavía desconocía mi nuevo nombre, pero sí sabía que la nueva persona en la que me estaba convirtiendo se ganaría el apelativo de taimada.
Llevábamos semanas navegando por alta mar. La travesía, pesada y tediosa, solo había servido para acelerar mi aprendizaje de la lengua nórdica. Era un lenguaje complicado formado por dieciséis runas que componían un alfabeto llamado futhark. Fui una alumna aplicada y tuve una maestra extraordinaria que incentivaba mi enseñanza y me obligaba a pedir las cosas en esa lengua o me dejaba sin comer.
Eyra se admiraba con mis progresos; ayudada por mi estómago, comencé a entender cuanto me decía. Incluso me enseñó a escribirlo. Usar bien la lengua de mis captores era otra arma que aprovecharía en mi favor. Las demás mujeres se acercaban curiosas, y una de ellas, Susana de Marlot, capturada en Galicia, había aprendido con la misma celeridad que yo. A pesar de tener más o menos mi edad, me recordaba a mi madre. Su cabello claro liso y sus ojos azules eran similares a los de ella. Era bonita y de apariencia dulce y frágil. Se adivinaba su noble cuna, cultivada y de maneras exquisitas. Tendría que crearse una fuerte coraza si quería sobrevivir. No tardamos en congeniar y nos contamos nuestras vidas, ora reíamos, ora llorábamos. Encontramos en aquella amistad solaz y consuelo.
Una vez al día, nos turnábamos en grupos de cinco para subir a cubierta a respirar aire fresco. Aquella aparente recompensa para unas era un duro trance para otras. Las seleccionadas para el jarl, entre las que se encontraba también Susana, éramos respetadas por los hombres, las demás se exponían a la lascivia de los toscos guerreros.
Aquella mañana, solo subimos tres; tan solo yo podía respirar tranquila asomada a la borda. Mis compañeras, temblorosas, se pegaban a mis costados; enlacé sus cinturas.
—Cerremos los ojos y dejemos que el aire llene nuestros pulmones —les susurré—. Disfrutemos del sol e imaginémonos en otro lugar. En nuestra mente nadie puede entrar, cobijémonos en ella.
Escudriñé a mi espalda, temerosa de que algún guerrero se aproximara en busca de las mujeres. Pero la única espiada era yo. Albert me observaba apoyado indolente en un banco junto al timón. Lo sujetaba con fuerza y, mientras me observaba, movía los dedos para acariciar la madera de roble como si fuera mi piel. La gravedad de su mirada me cortó la respiración.
El viento me agitó el cabello y me pegó la túnica contra el cuerpo. La celeste mirada del líder centelleó. Dejé que se deleitara con mis formas y me pregunté si no estaría sobrepasando mi descaro. No quería que se abalanzara sobre mí como un animal salvaje, y eso era lo que en verdad gritaba su mirada. En teoría, debía respetarme, pero el instinto podría traicionarlo y llevar al traste mi plan. Debía seducirlo progresivamente, enamorarlo si acaso poseía tal capacidad, enloquecerlo hasta convertirlo en mi siervo. Giré y contemplé el océano. Sentí su mirada quemándome la espalda.
Agitada intenté acompasar la respiración cuando escuché unos pasos a mi espalda. Tomé aire y pensé en la mejor manera de enfrentar la situación, sin embargo, cuando miré, era otro hombre el que se acercaba.
Ulf, el guerrero que había destrozado mi vestido en aquel intento por forzarme, me miraba con seriedad.
—Esperaré hasta que el jarl se harte de ti. —Hizo una pausa y agregó—: y cuando sea mi turno sabrás lo que es un hombre de verdad, pequeña thrall. Hasta ese momento, tendré que conformarme con tus amigas.
—Un hombre de verdad no fuerza a una mujer, se la gana. Solo eres un miserable.
Aunque mi pronunciación no fue perfecta, comprendí por su expresión que había elegido bien cada palabra. Alzó la mano airado, pero su descenso se detuvo en seco. El puño de Albert se cernió sobre la muñeca del hombre.
—Vuelve a tus obligaciones.
Ulf echó chispas por los ojos y obedeció sin rechistar. Me había ganado otro enemigo, pero también un protector. Sonreí para mis adentros.
Para sorpresa mía, Albert me tomó fuertemente del brazo y me arrastró hacia el timón. Las mujeres corrieron a refugiarse al escotillón.
—¿Desde cuándo sabes nuestra lengua? —preguntó al tiempo que me sentaba en el largo banco de madera.
—Desde hace unas pocas semanas.
Pareció sorprendido. Me miró admirado y me obsequió una deslumbrante sonrisa que me desarmó. Era la primera vez que la veía y pensé que era una lástima que no se prodigara tanto con ellas. Notó que le miraba los labios y su expresión cambió.
—No sé a qué estás jugando, pero te advierto que es una partida peligrosa.
—¿De veras? ¿Cómo de peligrosa? —lo provoqué.
—Así de peligrosa.
Tomó mis hombros y me besó con fuerza. Respondí con igual fervor. Tuve que apartar a Rashid de mis pensamientos una y otra vez. La sensación era más agradable de lo que habría querido admitir. Súbitamente me soltó.
—¡Por Odín que nublas mi entendimiento!
Todavía arrebolada por el beso, le sonreí incitante.
—¿Quién es Odín?
Sacudió la cabeza en un intento por alejar la pasión.
—Es el dios de la sabiduría, la guerra y la muerte.
—¿Cuántos dioses tienes?
Deseaba proseguir la conversación al tiempo que prodigaba mis encantos con miradas y gestos. Él me miraba hechizado.
—Bastantes. Te queda mucho por descubrir.
¿Hablaba de su cultura o de él mismo? Alcé una mano en apariencia distraída y jugué con un mechón de su pelo. Le miraba intencionadamente la boca.
—¿Y piensas enseñármelo tú?
—Lo haría con gusto si me pertenecieras, pero no es el caso.
—Tú hiciste la selección, ¿acaso piensas quedarte sin tu parte del botín?
Sonrió ladino.
—Ahora lo entiendo todo. Te han hablado del jarl, ¿verdad? Y crees que seduciéndome conseguirás librarte de él. Muy a mi pesar debo confesarte que pierdes el tiempo. No puedo tomarte como esclava.
Indignada me separé de él. Su sonrisa me aguijoneó el orgullo.
—Me deseas, no te atrevas a negarlo ahora. Entonces ¿por qué no puedo ser tuya?
Sus ojos me contemplaron pensativos.
—Nada desearía más que hacerte mía —confesó—. Pero hay una jerarquía que debo respetar. Mis esclavas no pueden ser más hermosas que las del jarl. —Hizo una pausa para acariciarme la mejilla—. Y créeme que pocas pueden rivalizar con tu belleza.
Mi mente funcionaba a toda velocidad buscando desesperada algo a lo que agarrarme.
Instintivamente continué con mi estrategia.
—Pero ¿y si el jarl no llegara a verme?
—Él tiene ojos y oídos en todas partes.
Se me acababan los recursos. Necesitaba algo de tiempo para pensar y decidí besarlo de nuevo. Él me recibió de buena gana. Intenté cavilar alguna nueva estrategia, pero la pasión del líder me sobrepasaba. Sus manos más audaces contornearon mi cuerpo y por un momento pensé que eran las de Rashid. Me dejé arrastrar por el beso y, de algún modo, me encontré tendida sobre el banco con aquel hombre sobre mí. Para tener que respetar la jerarquía, había perdido totalmente el control. Entonces pensé que, si me tomaba, ya no le quedaría más remedio que urdir una forma de quedarse conmigo.
Ya consumado el agravio, solo le restaría pagar las consecuencias.
Albert intentaba reprimir los gemidos que salían de su garganta para evitar que fuéramos descubiertos por los hombres que remaban en la cubierta principal.
Ocultos por el gran velamen nos sumergimos en la pasión.
Acariciaba mi cuerpo con frenesí. El deseo me traicionó gozando de cada contacto, de cada sensación. La enardecida entrega del hombre era similar a la del que amaba. Y eso me llevó al delirio.
Justo cuando Albert me subía la túnica hasta las caderas, pronuncié el nombre de Rashid. Bruscamente se apartó de mí. Con el semblante aún nublado por el deseo, me miró claramente decepcionado.
—Evocas a tu esposo para soportar estar conmigo —sentenció. Sus ojos se oscurecieron.
¿Cómo sabía que estaba casada y que ese era el nombre de mi amado? Compuse mi túnica y me senté de nuevo. Miré al frente y reprimí el impulso de llorar.
—Solo él me había tocado antes que tú.
Ambos permanecimos en silencio intentando asimilar lo que sentíamos en ese momento.
—Pues, para ser mujer de un solo hombre, te comportas como una perra lasciva.
La ira brillaba en su voz.
No me pude contener. Alcé la mano y se la estallé en la mejilla. Furiosa, me levanté. Antes de que pudiera dar un solo paso, él ya me había sentado en sus rodillas. Decidí calmarme. Me acarició el cabello; yo no lo miraba: él contemplaba mi perfil en silencio. Agarró mi barbilla y me obligó a mirarlo.
—Una vez vi un lobo. —Su mano se enredó en mi melena—. Tú me lo recuerdas. Era de pelaje dorado como tu pelo con ojos verdes como los tuyos. Yo era muy joven, pero sabía que, si no trepaba pronto a un árbol, él me devoraría. Y, sin embargo, aquellos hipnóticos ojos me paralizaron. No podía dejar de mirarlos, era como si una fuerza sobrenatural me atrajera hacia él. El lobo avanzaba hacia mí, lentamente, calculando cada movimiento; tuve la certeza de que pronto sus afilados dientes me rasgarían el cuello y aun así no podía moverme. Por alguna razón que todavía desconozco, comenzó a alejarse hasta que desapareció. Tal vez no le parecí apetecible o tal vez percibió la llamada de la manada. De cualquier modo, me sentí como un imbécil. Pude haber muerto y no había movido ni un dedo.
Suspiró y, cuando volvió a hablar, su voz se convirtió en un susurro, como si hablase con él mismo.
—Así me siento contigo. Me hipnotizas, me subyugas, me haces perder el control que tan duramente forjé. Sé que eres peligrosa y, sin embargo, no puedo alejarme de ti.
Tenía un nudo en la garganta. ¿Qué estaba pasando?
—No solo eres hermosa —continuó—. Eres inteligente, sagaz, compasiva, sensual y demasiado audaz. Posees un valor fuera de lo común. Y además eres increíblemente rápida. —La mención a mi huida dibujó una leve sonrisa en sus labios. Su mirada afectada me sobrecogió—. Pero, a pesar de todo eso, tu destino está marcado. Y no sabes cuánto lo lamento.
Cerró los ojos y se acercó a mi boca, pero no la encontró. Me levanté con una mezcolanza de emociones que me desbordaron. Encontré el proverbio adecuado para la ocasión. Era mi última jugada.
—Quien quiere hacer algo, encuentra un medio; quien no quiere hacer nada, encuentra una excusa.
Me miró con fijeza, sus profundos ojos se velaron pensativos.
Corrí fuera de su alcance. Bajé al escotillón con el corazón compungido. Había sembrado la última semilla. Tendría que esperar a ver si germinaba; si tanto lo cautivaba, encontraría una solución. Si no, estaría irremediablemente perdida.
Todavía no podía creer la rapidez con la que me había convertido en una mujer fría y calculadora. No obstante, me sentía mezquina. Me tumbé en un vano intento por dormir. Mis ojos permanecieron abiertos: las palabras de Albert me repiquetearon en la mente.
—¿Qué bulle en tu cabeza, muchacha?
Eyra se sentó junto a mí.
—¿Hay alguna forma de que Albert me reclame como esclava?
La mujer me miró intrigada, indagó en mi semblante y sonrió como confirmando su teoría.
—Ya lo tienes, ¿verdad?
—Creo que sí, pero de nada servirá si no encuentra una solución.
—Solo hay una.
Me incorporé con el corazón aleteándome en el pecho.
El rostro enjuto y arrugado de la anciana se acercó al mío.
—Debe comprarte al precio que le exija el jarl.
Frunció el ceño y se sujetó la barbilla abstraída.
—Aunque no sé si tendrá suficiente oro para hacerlo. Posee unas tierras que ha ido acumulando al Norte y unas cabezas de ganado. Le ha costado mucho trabajo reunirlas. Es cuanto tiene. Creo que sueña con retirarse definitivamente allí y formar una familia; si las pierde, no tendrá nada. Pero, muchacha, ¿tú vales eso?
Negué con la cabeza. La mezquindad que me aplastaba se convirtió en ruindad. ¿Tenía derecho a hacerle eso? La anciana me adivinó los pensamientos.
—¿Serás capaz de arruinar la vida de un hombre?
—No solo es un hombre, es uno de los hombres que me arrancó de mi vida, de mi amado, de mi madre y de mi recién descubierto padre, de mis hermanos y de mis amigos. De todo cuanto conocía. De la felicidad en la que vivía. No es un hombre, es un bárbaro que saquea y mata sin piedad. Y, sí, soy capaz de todo con tal de volver a mi vida. Lo odio, los odio a todos.
La veta de ira que había imprimido a mi discurso no mitigó la piedra que tenía en el corazón. ¿Sería capaz de engañar a mi conciencia? ¿Cuántas veces tendría que repetirme esas mismas palabras para poder conciliar el sueño? Otro argumento acudió a mí para soliviantarme la culpa.
—Cuando pida el rescate a mi esposo, podrá comprar de nuevo sus tierras. Recuperará lo perdido.
—Tal vez entonces sea lo que menos le importe.
CONTINUARA
