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Capítulo 7

Un cortejo inesperado

Un entusiasmado grito de «tierra a la vista» dividió nuestros sentimientos. Por un lado, deseábamos abandonar aquel barco que, a pesar de ser el más grande de la flota, unos veintitrés metros de eslora, resultaba opresivo. Y, por otro, sentíamos la incertidumbre sobre la nueva vida como esclavas de una comunidad tan diferente a la nuestra.

Cuando el barco atracó, descendimos en fila la pasarela hasta un embarcadero de madera. El pueblo, llamado Skiringssal y perteneciente al reino de Vestfold, se hallaba cobijado en una pequeña ensenada y respaldado por unas escarpadas y verdes montañas. Multitud de cabañas salpicaban la bahía. Los tejados de pronunciada inclinación casi llegaban al suelo. En la parte delantera de la viga central, exhibían cabezas de dragones: réplicas exactas de las quillas de sus barcos. Las jambas de las puertas estaban ricamente talladas con motivos naturales. Todas las casas eran de madera con una solera de piedra caliza.

En el centro, algo más cerca de la cadena montañosa, se erguía la skáli. La casa comunal era una versión enorme de las demás, pero con dos alas más estrechas a cada lado. Imaginaba que allí se congregaba la comunidad para todo tipo de eventos. Una cerca alta de madera amurallaba el poblado y lo protegía del bosque que asomaba en el Oeste. Apenas divisaba la copa de árboles inmensos que nunca había visto.

El lugar me pareció hermoso, aunque inhóspito.

Caras curiosas nos observaban alborozadas. Mujeres acompañadas de sus pequeños recibían con júbilo a sus maridos, padres e hijos. No había pensado en que, tal vez, Albert tuviera una pareja que también lo esperara.

Lo vi descargando los tesoros robados. No parecía buscar con la mirada a nadie en especial. Saludaba y recibía palmadas de bienvenida de sus allegados. Una mujer de pelo rubio y se acercó tímida y le ofreció una jarra enorme que rezumaba un líquido amarillento. Albert la aceptó y la bebió casi de un trago. Pude percibir, desde donde me encontraba, el interés de aquella mujer. Sonreía coqueta y no se separaba de su lado. Por algún motivo, me agradó que Albert la ignorara. No deseaba competencia. No había vuelto a hablar con él desde aquel episodio junto al timón.

Habíamos cruzado alguna que otra mirada, pero nada más. Temí que se enfriara y había urdido que, ya en el pueblo, mi acercamiento sería más atrevido.

Nos llevaron a los establos para lo que se suponía sería una subasta. Eyra me había explicado con detalle cada paso que iba a tener que vivir. Las prisioneras serían subidas una a una a una especie de altillo, y los hombres libres, llamados bondis, pujarían la cantidad que estimasen justa por la que más le interesase; no eran monedas ni oro lo que allí se manejaba, eran mercancías e incluso alimentos en conserva.

Albert se había introducido en la gran cabaña rodeado por su gente. Me maravillaba lo poco que valían las esclavas; la vida de un ser humano reducida a unas libras de manteca, alguna oveja, pescado en salazón o barriles de alcohol.

Para mi sorpresa, un hombre me empujó hacia el altillo.

Muchas manos se alzaron. Intenté bajar, pero otro hombre se apostó en las escaleras. Le grité que pertenecía al jarl, pero no me escuchó. El bullicio era tal que ni yo me oía. Busqué a Eyra con la mirada, pero había desaparecido. Apabullada contemplé cómo ofrecían por mí cabezas de ganado, barriles de sal y hasta un barco. Incrédula buscaba una forma de escapar.

Estaba rodeada de hombres exaltados que se desgañitaban para hacerse oír por el que dirigía la subasta. Parecía que un hombre de complexión robusta e hirsuta barba rubia se hacía con mi posesión. Ofrecía el barco y una cabaña con todos los animales domésticos dentro. La preocupación comenzaba a alterarme. Decidí tranquilizarme; tarde o temprano desharían el entuerto.

Pensé que tal vez sería tarde cuando el hombre rubio se acercó a la tarima y, tomando mis pantorrillas, me echó sobre su espalda como un vulgar saco. Pataleé desesperada. ¿Dónde demonios estaba Albert?

Aliviada escuché un rugido que silenció aquella barahúnda.

—¡Suéltala, Thorberg! Ella no está en venta.

El tono amenazante de Albert resonó en la estancia. El hombre, contrariado, me bajó. Me dirigió una mirada entristecida.

—Ya me parecía una ganga —replicó disgustado.

—¡Le pertenece al jarl! —gritó para que todos lo supieran—. Nadie puede tocarla.

También él me miró apesadumbrado.

Pensé que me llevaría con él. Pero, tras dejar claro que debían respetarme, se marchó y me dejó sola.

Estaba claro que había decidido poner distancia entre nosotros. Por un momento, sentí los ojos arrasados en lágrimas. No. No iba a permitírselo. Al único hombre al que pertenecería siempre sería a Rashid, mi dulce Rashid. Pero ahora el peldaño hacia mi esposo se alejaba. Me sequé los ojos e imprimí determinación en mi semblante. Albert era mi tabla de salvación y me asiría a ella como fuera.

Me asignaron todo tipo de tareas: salar pescados y carne, arrancar las malas hierbas de los huertos traseros, desplumar gallinas, cortar leña y lavar ropa. Las elegidas para el jarl estábamos al servicio de la comunidad hasta que nuestro amo nos reclamara.

Éramos requeridas por las mujeres para todo tipo de trabajos duros. Durante una de esas tareas, me topé con Eliza. Había sido comprada por un pescador para que ayudara a su esposa. La encontré destripando pescado. Su semblante se cubrió de malevolencia ante mi presencia. Le sostuve la mirada con frialdad y odio. Tenía que ayudarla, así que me senté en la orilla junto a ella. A nuestro lado, una montaña de pescado refulgía bajo el sol.

—Pagarás por todo lo que me has hecho —silbó junto a mi oído en árabe.

La miré boquiabierta; deseé abofetearla.

—Lograste que me desterraran, mataste a mi hijo y conseguiste que me azotaran. Soy yo la que clama venganza.

Espió sobre un hombro, temerosa de que su ama la viera conversando.

—Todas mis desgracias son por tu culpa. Incluso esta: si Rashid no me hubiera echado de la casa, no habría tenido que huir a Lisboa y…

No pude aguantar más. La agarré por la trenza y tiré con fuerza para exponer su cuello. El pequeño cuchillo que usaba para el pescado se lo apoyé contra la garganta.

—Si vuelves a tramar algo en mi contra, si osas volver a dirigirme la palabra, te juro por la sagrada palabra del profeta que acabaré contigo.

Vio en mis ojos que hablaba completamente en serio. La solté, la punta del cuchillo le había dejado un punto rojo en el cuello por el que corría un hilillo de sangre. Se lo limpió aturdida y alejó su banqueta de la mía.

Terminamos el trabajo sin mirarnos, pero, cuando me levantaba para marcharme, un golpe seco en la parte trasera de las rodillas me derribó. Eliza tenía un tronco en la mano y sonreía.

—Tendrás que matarme si quieres que te deje en paz, porque, mientras me quede un aliento de vida, lo dedicaré a hacerte sufrir.

Me lancé contra ella. Caímos rodando hacia la orilla del mar. Pensé en el hijo perdido y la golpeé con saña. Derramé en ella toda la ira acumulada. Ella gritaba pidiendo ayuda; se defendía lanzando ciegamente sus puños sobre mí. Rodamos de nuevo contra las lánguidas olas de aquel remanso. Logré ponérmele a horcajadas y, agarrándola de la cabeza, intenté sumergírsela en el agua. De su boca abierta escaparon burbujas de aire.

Unas manos me arrancaron de ella. Un grupo de gente nos había rodeado. Eliza se levantó tosiendo, escupía agua y espuma. Me señaló con el dedo.

—¡En nombre de Loki! ¿Qué está pasando aquí?

Giré, era Albert quien me sujetaba. Eyra estaba a su lado.

—Ha intentado matarme —acusó Eliza entre jadeos.

Eyra lo tradujo. Todas las caras se volvieron hacia mí.

—Primero me golpeó ella —me defendí.

Eliza negó con la cabeza y replicó:

—Estaba tranquilamente trabajando cuando Shahlaa me clavó la punta de un cuchillo.

Alzó el rostro y todos vieron el delgado hilo de sangre que todavía brotaba de la herida, para colmo se apreciaban las rojeces dejadas por mis dedos en su cuello. Ni siquiera recordaba haber intentado estrangularla.

Los aldeanos murmuraban atónitos entre ellos. Y miraban a su hersir en espera de una decisión.

—No volverás a usar un cuchillo en ninguna de tus tareas —dictó severo— y no podrás acercarte a la esclava de Thorberg bajo ninguna circunstancia.

Eliza sonrió triunfal. Clavé en ella una mirada airada.

La gente comenzó a dispersarse. Empapada, me giré hacia Albert. Todavía me sujetaba. Me zafé.

—Empezó ella —continué disgustada—. Ni siquiera pensaba dirigirle la palabra a pesar de todo cuanto me ha hecho.

Él me miraba de forma extraña.

—No solo te refieres a lo que pasó en tu huida, ¿verdad?

Negué con la cabeza. Él parecía decidido a averiguar mi historia.

—La conocías antes, ¿no? ¿Fue una amiga desleal?

Mientras hablaba se iba acercando; yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra una roca.

—Era la segunda esposa de mi esposo.

Atrapada entre la roca y su pecho, él inclinó la cabeza hacia mí. Sus ojos me taladraron.

—No puedo creer que tu esposo no se conformara solo contigo.

—Se conformaba de sobra —repliqué altanera.

Él me regaló una media sonrisa. Sus dedos comenzaron a deslizarse por mi mejilla. Su boca estaba muy cerca.

—Tuvo que tomarla por la dote. Necesitaba dinero para su negocio; su familia lo obligó.

—Ya entiendo. —Su voz sugerente me envolvió—. Tu Rashid solo tenía ojos para ti, y ella volcó toda la rabia y el rencor sobre la favorita, ¿me equivoco? Apuesto a que te hizo más de una jugada cuando vivían juntos. Tuvo que ser un calvario; es más que obvio que es una arpía.

Asentí, no tenía ganas de explicarle nada más, aquellos recuerdos me herían el alma, sobre todo escuchar su nombre.

Él notó el cambio en mi semblante.

—¿Te llamas Shahlaa?

Asentí. Tragué saliva, era la primera vez que pronunciaba mi nombre. Su voz era tan distinta a la de Rashid, sin embargo, el tono fue parecido. ¿Lo habría dulcificado a propósito?

—¿Qué significa?

—Ojos maravillosos —contesté alterada por su cercanía. Pensé en que debía aprovechar la oportunidad. Sin embargo, la constante mención a Rashid me lo impedía.

—Muy apropiado. —Su mirada penetrante pareció escrutar mi alma—. Sin embargo, aquí serás Freya, mi Freya.

—Querrás decir la Freya de tu jarl.

Negó con la cabeza, su aliento cálido me acarició los labios.

—Soy el hersir del pueblo, la máxima autoridad aquí y, hasta que el jarl no te reclame, serás mía.

Me besó, pero esta vez con dulzura. Se recreó en mi boca. Reconocí que sabía cómo besar a una mujer. Su lengua exigía mi colaboración y yo, ducha también en esas lides, lo llevé al delirio. Cada tanto me separaba de él, lo miraba lasciva y volvía a hundirme en sus labios. Me deleité con el beso, me evadí de la realidad, solo supe que aquel hombre estaba encendiendo en mí un fuego que necesitaba sofocar. Mi túnica mojada translucía mis pezones erectos, sus manos los acariciaban con frenesí. Excitada, lo imité. Su amplio pecho, delineado por poderosos músculos, era cálido y duro. Mis manos se deslizaron por sus fuertes hombros, por su cuello. Gruñó desesperado.

De pronto, sumida en esa nube de deseo, comprendí que, si me entregaba a él, si me convertía en su amante, podría perder el interés. Ya no tendría ningún incentivo para comprarme. No obstante, ¿cómo sofocar aquella llama que ardía hambrienta dentro de mí? Lo deseaba y tuve que luchar contra eso.

De alguna forma, logré separarme de él. Sus ojos nublados por el deseo mostraron aturdimiento. Intentó besarme de nuevo, pero lo rechacé.

—Si quieres tenerme, habrás de comprarme.

Mis palabras tuvieron el mismo efecto que un puñetazo. Confuso, sacudió la cabeza. Su mirada volvió a la realidad.

—No pienso arruinarme por ti.

Lo empujé indignada.

—Bien. Entonces no me deseas tanto como creía. Desfoga tus instintos con cualquier otra.

El semblante se le oscureció amenazando tormenta.

—Eres la mujer más cruel que hay sobre la Tierra. Empiezo a compadecer al jarl.

Aquello me sobrepasó; él no tenía ninguna intención de comprarme, y yo había estado a punto de entregarme a aquel patán.

—Escúchame bien: no seré de tu jarl y, si tú no estás dispuesto a comprarme, encontraré a otro que lo haga.

Me apretó los brazos furibundo. La fuerte atracción que sentíamos se tornó en ira.

—¡Escúchame tú a mí! Nadie en este pueblo tiene ni el poder ni la riqueza suficiente para comprarte; ni siquiera yo.

Intenté escapar sin éxito.

—¡No puede pedir tanto por mí!

—Sí, puede, y lo que pida será poco.

Volvió a besarme con desesperación. Plasmó su ansia, su irritación en mis labios. Me deseaba tanto que temblaba. Notaba en mi vientre su virilidad, me aplastaba con su cuerpo. Me devoraba con desenfreno.

—Moriré si no te poseo —susurró agónico.

Aquella frase trajo de nuevo a Rashid a mi mente. Era cuanto necesitaba para alejarlo de mí. Lo empujé y me alejé a la carrera.

Sin cuchillo para ejercer debidamente mis funciones, me limitaba a lavar la ropa y trabajar el huerto. No cultivaban mucha variedad de vegetales; en ese momento, recogía cebollas y apios. Debía apresurarme, pues todavía tenía que preparar el skyr: una especie de leche espesa que salaban y fermentaban para conservarla en grandes vasijas de modo que aguantara todo el invierno. También preparaban quesos y mantequilla. Otra de las tareas que me aguardaba era el ordeñe de cabras. Cuando terminé con el huerto, decidí atender primero a los animales para aprovechar el débil sol de la mañana. Tomé un cubo y caminé perezosamente hacia el cercado.

Los animales balaban hambrientos, los alimenté y acaricié un pequeño cabritillo que mamaba de su madre. Cerré los ojos y dirigí el rostro al sol.

Echaba tanto de menos la calidez de mi tierra, el calor de la gente. El amor de Rashid, las largas charlas con mi madre. Recordé a Flora y sus mimos, a Latifa con sus sabios consejos, las anécdotas de mi tío, los juegos de palabras de Patty y el hermoso atardecer junto al Tajo. Las polvorientas callejuelas de la ciudad, las piedras de las murallas, el ocre y verde de los campos, sus oliveras y pinos, sus higueras y parras, los terrenos surcados de vides, el sonido de las norias, de las fuentes, incluso el canto del muecín reverberando en mis oídos. Los alegres mercados, las coloridas vestimentas, la melódica lengua árabe y el seco y elegante castellano, el latín de las liturgias. Las mezquitas, iglesias y sinagogas. Mi vida. Ahora, mi pasado.

Las lágrimas me recorrieron el rostro, no abrí los ojos, deseaba que la imagen de mi ciudad permaneciera todavía viva en mi cabeza. A mis pensamientos se acercaron unos ojos. Eran negros, almibarados y profundos. Lo sentí. No pude evitar sonreír. Estaba vivo y pensaba en mí. Me buscaba, estaba segura. Y me encontraría; no podía ser de otra forma. Nuestro amor era demasiado intenso. Volveríamos a vernos y, aunque tuviera que entregar mi cuerpo, jamás entregaría mi corazón. Pronuncié su nombre y me dejé acariciar por cada letra, por cada sonido.

Me abracé y suspiré.

Cuando abrí los ojos me sentí observada. Giré la cabeza y ahí estaba él. El gran hersir, que me observaba con atención. Se hallaba cepillando a su caballo, un enorme ejemplar negro de pelaje abundante. Su mirada brillaba con un deje de anhelo y una pizca de desazón.

Me preguntaba cuánto tiempo había estado ahí contemplándome. ¿Habría leído el nombre de Rashid en mis labios? Parecía celoso, así que podía imaginar la respuesta.

¿Qué esperaba él de mí? No podría ser tan estúpido de esperar mi amor. Era evidente que lograba encontrar mi lascivia y, aunque mi cuerpo me traicionara, mi alma le resultaría inexpugnable.

Sentada en la banqueta me dispuse a ordeñar la cabra más cercana. Lo ignoré, aunque sabía que él seguía observándome. Era la primera vez que lo hacía y, aunque necesité algunos intentos, logré llenar el cubo. Parte de la leche se había derramado en mis manos. Chupé un dedo, saboreándolo.

Albert me observaba con lujuria. No podía creer que inspirara en él ese deseo tan apasionado. Tal vez, necesitara un último empujón. Me levanté y caminé lentamente, pasé por su lado y no lo miré. Desde nuestro último encuentro no habíamos cruzado palabra. Pero él siempre se las ingeniaba para ocuparse de sus quehaceres cerca de donde yo estaba. Le gustaba mirarme y esperaba anhelante que yo hiciera lo mismo. Le devolvía alguna que otra mirada, pero acababa ignorándolo, sabiendo cuánto lo aguijoneaba aquello.

Quería torturarlo, enloquecerlo para que entregara hasta el más insignificante trozo de tierra que tuviera. Actuaba con perfidia y premeditación, pero a mi defensa siempre acudía mi honestidad; jamás lo engañé. No le prometía amor eterno, solo lo utilizaba para librarme de un mal mayor, y él lo sabía.

En el camino de vuelta tropecé con la joven rubia que perseguía pertinazmente a Albert. Se llamaba Sigrid, era muy bonita, alta y esbelta. Sus azules ojos, intensos como un cielo estival, se fijaron en mí con algo de envidia. No podía reprochárselo. Era más que evidente para todos el interés que yo despertaba en su hersir. Aunque sabían que le estaba vedada, lamentaban verlo así. Su tosquedad habitual había tocado límites insospechados, golpeaba a los hombres ante cualquier distracción. Se ofuscaba enseguida y bebía en demasía. Apenas hablaba con nadie, y la pobre Sigrid hasta temía acercársele. Todos y cada uno de ellos me miraban acusadoramente.

—¡Esclava! —llamó altiva—. ¿Dónde está el hersir?

—En el prado, con el caballo —contesté.

Se retiró un mechón suelto del pelo y me contempló ceñuda.

—No entiendo qué ve en ti.

—Pregúntaselo a él.

Ya me marchaba cuando me frenó agarrándome el cubo lleno de leche; en el bamboleo se derramó gran parte del contenido. La miré malhumorada.

—No te he dado permiso para que te vayas.

No quería más problemas, así que esperé en silencio.

—¿Sabes que esta noche hay una gran fiesta? Vendrán nobles de otras aldeas, y quiero estar radiante. En mi cabaña he dejado un vestido rojo y quiero que me busques algunas flores para el pelo. Puedes irte.

Apenas me alejé unos pasos cuando escuché a unos hombres jaleando entusiasmados.

Volví, dos hombres se habían entregado a una pelea brutal.

Uno de ellos era Albert, que tan solo cubierto por unas apretadas calzas grises lanzaba puñetazos feroces sobre el rostro de su contrincante: un enorme pelirrojo de ojos avellana, robusto y peludo, que más bien parecía un toro endemoniado por la forma de arremeter bajando la cabeza. En uno de esos embistes alcanzó a Albert en mitad del estómago. El hersir dejó escapar una aguda exclamación y cayó al suelo. Su oponente puso los brazos en jarras y estalló en carcajadas. Albert se levantó como un rayo y se lanzó de nuevo a la pelea lanzando un puñetazo tremendo contra la mandíbula del hombre. La sangre brotó de la boca del pelirrojo. Curiosamente, no paraba de reír.

Eyra apareció a mi lado.

—Son unos salvajes —comenté apabullada.

—Estas tierras lo son.

—¿Cómo se atreve ese hombre a enfrentarse a su hersir?

Se apoyó en el cercado y contempló atenta la pelea.

—No se está enfrentado a él.

Sorprendida miré de nuevo la escena. Seguían golpeándose.

—¿Ah, no? ¿Y qué demonios están haciendo si no?

—Están divirtiéndose.

Abrí los ojos confundida. Eyra rio.

—Thorffin es su mejor amigo. Ya desde niños les gustaba medir sus habilidades. Thorffin el Gigante es el más fuerte de la aldea, y a Albert le gusta retarlo de vez en cuando; es una especie de entrenamiento para ambos.

A decir verdad, parecían disfrutar a pesar de las caras amoratadas. Contemplé más atentamente a Albert: me llamaba la atención la cantidad de cicatrices blanquecinas que le cruzaban el pecho y parte de la espalda.

—Son cicatrices de batallas, ¿verdad?

Eyra asintió.

—Ha estado a punto de morir un par de veces. Dicen de él que es temible porque lucha sin importarle su vida; creen que es un berserker, un guerrero que pelea semidesnudo enfebrecido por la ira, pero yo sé que nunca ha consumido beleño, un hongo alucinógeno que enardece el ánimo. No lo necesita. Se entrega al combate de manera intrépida y arriesgada. Su arrojo atemoriza a sus enemigos y consigue que huyan incluso antes de que empiece la contienda. Siempre he pensado que buscaba la muerte.

Aquello me sobrecogió.

—Pero ¿por qué?

—Nunca ha tenido nada que lo ancle a la vida desde que perdió a su familia. Hasta que llegaste tú.

Tragué saliva. Albert sudaba copiosamente; sus ojos azules centelleaban, su larga melena estaba recogida en una trenza a su espalda, jadeaba tambaleante frente a su amigo. La fiereza de su semblante provocó una extraña picazón en mi interior.

La fuerte masculinidad de aquel hombre me sacudió.

Lo deseé.

Como si mi mente hubiera emitido alguna especie de señal, Albert me miró. Lo que vio en mis ojos pareció gustarle y me sonrió. Una agradable calidez me envolvió. Se centró más jubiloso en el combate y, esquivando algunos derechazos, logró por fin derribar al gigante de un codazo en la mandíbula. La gente aplaudió y vitoreó a su hersir.

Ayudó a su amigo a levantarse. El muchacho le sonrió mostrando el hueco ensangrentado en el que antes había tenido un diente.

—¡Por todos los dioses que moran en el Asgard! ¿De dónde has sacado esa fuerza?

Albert se acercó a la valla en la que yo me encontraba y me regaló una mirada cargada de anhelo.

—De mi lobo.

El profundo y claro verdor de sus ojos me desarmó. Todos los que estaban allí me miraron extrañados. Sentí que, si no despegaba los ojos de él, acabaría tomándome en mitad del prado.

Hice acopio de toda mi voluntad y rompí el influjo que unía nuestras miradas. Le di la espalda y me encontré con la mirada resentida de Sigrid. Sus ojos chispeaban furiosos, los celos la corroían.

—¡Esclava, te he dado una orden!

No le contesté y a desgana me alejé de allí.

Salía de la cabaña de Sigrid cuando Albert apareció ante mí; parecía haber estado esperándome. Se hallaba apoyado, indolente, contra un gran arce con los brazos cruzados sobre su amplio pecho. La punta de uno de sus pies trazaba círculos en la tierra; cuando me vio, una media sonrisa se apoderó de sus labios.

—Tengo la sensación de que las tareas que te encomiendan no son de tu agrado —comentó con sorna.

Lo miré algo irritada.

—Desde luego, no son tan divertidas como tus entrenamientos.

Su rostro mostraba la dureza a la que lo había sometido su amigo. Tenía un corte en el labio, un pómulo amoratado y los nudillos despellejados.

—No negarás que aquí has aprendido cosas nuevas. Hasta hace poco, no tenías ni idea de limpiar pescado, de ordeñar ni de cultivar absolutamente nada.

Caminé hacia mi siguiente encargo sin mirarlo, él me acompañó.

—Y sigo sin tener idea, como ya habrás comprobado.

Arrancó de la rama de un arbusto una hoja dentada y la masticó pensativo.

—Alguien tiene que ocuparse de vigilar a los esclavos. —Me echó una mirada furtiva y añadió—: sobre todo si son tan agradables de contemplar.

No le contesté; me dirigía al bosque en busca de ortigas y giré en esa dirección. Justo cuando pasábamos por un enorme sauce, levantó gentil una de sus largas ramas para que yo pasara.

Continuó caminando a mi lado.

—¿Piensas seguirme a todos los sitios?

—Puede ser. No quiero que te pierdas, el bosque es muy tupido. Tampoco deseo que te expongas a ningún peligro; dada tu ignorancia en casi todo, es muy fácil que te enredes en cualquier arbusto o incluso que te desangres intentando cortar cualquier hierbajo o que caigas en el río y…

—¡Basta!

Me detuve y me planté frente a él.

—Creo que sobreviviré a la peligrosa misión de recoger ortigas. Así que puedes dar media vuelta y buscar otro entretenimiento.

Fruncí el entrecejo y le di la espalda. Apenas comencé a alejarme, mis pies se tropezaron contra la retorcida raíz de un roble, semioculta por los frondosos helechos. Trastabillé, solté el cesto que llevaba y me aboqué hacia una superficie rocosa.

Contuve la respiración. Una mano me rodeó la cintura y evitó el desastre.

Me ciñó contra su pecho, me miró con expresión divertida y, algo altanero, musitó:

—Voy a tener que acompañarte si quiero que conserves todos los dientes. No te imagino mellada, aunque creo que estarías muy graciosa.

Sonrió ante la imagen que evocó.

Furiosa más con mi torpeza que con su burla, le estampé la cesta contra el pecho.

—Mis dientes no son asunto tuyo.

Continué la caminata. Parecía disfrutar irritándome y me siguió.

—¿Con qué piensas recogerlas? ¿Con las manos?

De nuevo me volví hacia él.

—Sé perfectamente que producen urticaria, así que usaré el bajo de mi camisa —repliqué un tanto airada.

Albert ensanchó su sonrisa y entrecerró los ojos estudiándome.

—Bueno, si vas a remangarte la camisa, necesitarás la protección de un guerrero; uno nunca sabe cuántos rufianes pueden estar acechando.

Ahora era yo la que sonreía.

—¡Vaya si lo sé! Tengo al peor delante de mí.

Abrió desmesuradamente los ojos fingiendo asombro.

Reconocí mi objetivo en un claro a los pies de un gigantesco arce. Las flores de un verde amarillento se mecían plácidas por la brisa. Me acerqué y en cuclillas arranqué unos matojos usando el borde de la delgada túnica de lino que llevaba.

Él se apoyó contra un árbol cercano mientras me observaba.

—¿No te has parado a pensar en que mañana amanecerás con unas horribles ronchas en los tobillos?

Lo miré ceñuda y de pronto se me ocurrió que tenía razón. El líquido que rezumaba el tallo estaba impregnando el lino. Maldije para mis adentros.

Albert se acercó despacio, me puso en pie y se agachó. Me dedicó una mirada petulante y, de un tirón, arrancó parte de la camisa y me dejó con las pantorrillas al descubierto.

—Solucionado.

Lanzó lejos la tela y de su cinto sacó una daga. Instintivamente di un paso atrás. Él me sonrió y me arrebató la cesta. Con un rápido movimiento segó toda la planta y recogió hasta la última flor.

Me entregó el canasto satisfecho.

—¿No vas a darme las gracias?

Su mirada se tiñó de lascivia.

—No de la manera que desearías, no al menos hasta que cumplas ya sabes qué requisito.

Albert resopló simulando tedio.

—Ya me lo decía mi padre. Las mujeres son interesadas por naturaleza. Recuerdo perfectamente cada palabra. —Se aclaró la voz e imitó en tono grave—: «Hijo, si alguna vez encuentras una mujer que solo hable cuando se lo pida, que no se queje por cualquier cosa y a la que le dé igual cuántas ovejas tengas, cásate con ella».

Lo miré divertida. Aquella faceta suya me sorprendió.

—¿Y qué decía tu madre al respecto?

Se rascó la barbilla moviendo la trenza de su barba de un lado a otro.

—Decía que, si seguía dándome consejos, iba a quedarme solo toda la vida. Que una mujer así no existía ni en el Asgard.

Mi mirada interrogante lo obligó a añadir:

—El Asgard es la mansión en la que viven los dioses.

Reí. Me habría llevado bien con su madre. Tomó la cesta llena, mi mano y me alentó a caminar.

—Quiero mostrarte un sitio.

Su mirada brillaba. Caminamos en silencio. Subimos una empinada colina pedregosa. Albert tenía que ayudarme constantemente para que no cayera rodando colina abajo. Finalmente, y tras agarrarme fuertemente a un enhiesto brezo para tomar impulso, logré culminar la cima. Lo que se presentó ante mis ojos me cortó el aliento. Era el paisaje más hermoso que jamás había contemplado.

Rodeado de verdes y brillantes laderas pobladas por miríadas de brezales, un río plateado refulgía bajo el sol. Las claras aguas espumeaban contra las rocas que sobresalían de él, y pude ver las alargadas sombras de los peces nadando a contra corriente.

Albert me observaba orgulloso. La pradera se extendía hasta la falda de una gran montaña y se perdía en el abrazo de un bosque de olmos.

—¡Es hermoso!

Me agarró una mano y bajamos a la carrera.

—¿Te gustaría aprender a pescar? —Su mirada del mismo azul que aquel cielo chispeó con entusiasmo—. Vamos, será divertido.

—Espero hacerlo mejor que lo demás.

Suspiré y nos acercamos al río. Noté el frescor que manaba de él y, algo acalorada, me arrodillé para remojarme la nuca y el escote. Ahí estaba de nuevo aquella mirada. Esta vez le sonreí. Nos descalzamos y de la mano me llevó de piedra en piedra hasta que se decidió por una ancha y plana en la que nos tumbamos los dos boca abajo.

—Solo tienes que tener paciencia y guardar absoluto silencio.

Metió las manos en el agua y las depositó en el lecho del río, luego las hundió tan solo un poco en el fango. Observé su expresión concentrada y sus ojos clavados en aquella superficie espejada y ondulante. Al cabo de un rato, los peces, que tenían un tamaño considerable, se escurrieron rozando sus manos, pero él continuaba inmóvil esperando la ocasión. La técnica consistía en confiarlos, supuse, hasta que pensaran que aquellas palmas eran solo un cálido refugio. De repente, alzó las dos manos a una velocidad vertiginosa y expulsó abruptamente del río un enorme pez anaranjado que cayó convenientemente en la orilla. El pobre animal boqueaba y se retorcía en busca de aire.

—Nuestro almuerzo: un delicioso salmón a la leña —adujo triunfal.

Me miró, nuestros rostros estaban muy cerca. Sus ojos pasaron a mis labios.

—A falta de un manjar mejor —murmuró algo apenado.

Me ayudó a levantarme y regresamos a la orilla; mi camisa estaba empapada. También la suya, así que se la quitó y la extendió sobre unos arbustos. Me miró inquisitivo y alargó la mano con la esperanza de que lo imitara.

—Ni hablar.

Sonrió; ya había imaginado la respuesta. Su traviesa mirada simuló desilusión.

Escogió unas ramas secas y las apiló con precisión. Sacó unas piedras del morral y las frotó enérgicamente sobre un puñado de yesca que había ahuecado con suavidad. Sus movimientos eran elegantes, precisos y teñidos de cotidianidad. Admiré los poderosos músculos que se contraían ante el movimiento. Pensé que podría partir un tronco sin inmutarse siquiera.

Se agachó y sopló delicadamente. Un sinuoso hilo de humo gris comenzó a ascender y se evaporó en el camino. Otro soplido y vi el resplandor anaranjado de una incipiente llama que parpadeaba vacilante. Sus grandes manos se curvaron protegiendo la débil chispa, sus labios se fruncieron de nuevo y de ellos escapó un ligerísimo suspiro. La llama se avivó.

Inmediatamente, y con sumo cuidado, fue añadiendo delgadas ramitas secas. No tardó en limpiar el salmón y ensartarlo en una rama que clavó en el suelo. La inclinó en el ángulo preciso para que las llamas no abrasaran al pescado. Me echó un vistazo y se rascó la barba.

—Creo que uno no será suficiente. Me comería un caballo. Es tu turno.

Me levanté y me dirigí a la misma piedra. Imité cada uno de sus pasos y esperé. Él me contemplaba con interés.

Parte de mi melena se sumergió en el río. Vi los rubios mechones agitados por la corriente en torno a mis quietas manos. Los peces acudieron curiosos. Estuve tanto tiempo inmóvil que la rugosa superficie de la roca comenzó a clavárseme incómoda en las costillas. Me picaba un costado y la punta de la nariz, pero aguanté la tentación de aliviarme. De pronto, lo que parecía una carpa se escurrió entre mis palmas, no lo pensé. La impulsé con toda la fuerza y velocidad que pude. Un poco tarde me di cuenta de que no había calculado la trayectoria. Me volví expectante. El pobre pez describió un chorreante arco en el aire y cayó sobre mí. Sentí su impacto en la frente, me incorporé aturdida y me escurrí de la roca. En la zambullida me golpeé el tobillo contra una piedra del fondo. Salí a la superficie avergonzada y dolorida.

Las estentóreas carcajadas de Albert fueron como agujas en mi orgullo. Le regalé una mirada furibunda.

Empapada llegué a la orilla. Él todavía se limpiaba las lágrimas de los ojos; intentaba reprimir las carcajadas sin éxito.

—¡Por Odín que hacía tiempo que no me reía tanto! Es la primera vez que veo una carpa pescando una persona.

Reanudó las carcajadas con más vigor, si aquello era posible. Se retorcía golpeando el suelo.

—Tenías que haberte visto la cara cuando el pez voló sobre ti… Ja, ja…

Agarré el primer tronco que tenía a mano y se lo lancé a la cabeza. Le dio en la coronilla.

—Si vuelves a hacer alguna mención más, te juro que el siguiente lo acertaré en tu entrepierna.

Me miró divertido.

—De acuerdo, no me burlaré más de ti. —Su sonrisa se ensanchó. Sus afilados ojos brillaron sopesando mi enfado—. Tengo la sensación de que puedes tener buena puntería porque… —Hizo una pausa y sin poder evitarlo agregó—: porque es imposible que seas tan torpe en todo.

Tomé una piedra, entrecerré los ojos y apunté. Albert, que continuaba riendo, esquivó el proyectil y se lanzó sobre mí.

Yo ya estaba buscando otro y su impacto me derribó sobre la mullida hierba. Rodamos y forcejeamos con un tronco que había logrado tomar en la caída. Asombrada me escuché riendo. Él me lo arrebató y me inmovilizó con su cuerpo. Sus ojos se clavaron en los míos. No había sorna en ellos.

—En cuanto a la puntería, es algo que tendremos que averiguar; de lo que no hay duda, es de tu habilidad para hechizar a los hombres.

Me besó con pasión y yo lo dejé. Con la mano derecha me sujetó el mentón con fuerza mientras que la izquierda me acariciaba el costado. Su lengua tenía el poder de hacerme olvidar. Mi piel comenzó a reclamar caricias que no llegaban. Él se separó y me miró pensativo. Parecía estar calibrando sus posibilidades en cuanto a mí. Aquello me extrañó.

Sabía que no me era indiferente, que respondía a su anhelo, que, si lograba abotagarme de deseo, acabaría sucumbiendo a él. Sin embargo, y por algún desconocido y misterioso motivo, se alejó de mí.

Me dejó temblando en la hierba, aturdida y con los labios enrojecidos. Lo observé dirigiéndose al río con la intención de seguir pescando. Me deseaba, eso resultaba obvio. Había decidido darse un baño antes, imaginaba que para aplacar la protuberancia que le llenaba las calzas.

No me levanté, permanecí tumbada mirando el cielo, pensando en mi propia estupidez. Me pregunté cómo era posible que estuviera dispuesta a entregarme con tanta facilidad a otro hombre. A un hombre que no estaba dispuesto a comprarme y que parecía divertirse jugando conmigo. Podía haberme tomado sin ningún compromiso y no lo había hecho. Debía de pensar que era una vulgar ramera, demasiado fácil para él. Seguro que compadecía a mi esposo. Ya me había llamado «perra lasciva» una vez y, sin duda, eso era lo que pensaba de mí. ¿Dónde demonios tenía el orgullo? Lo miré concentrado sobre la piedra buscando peces entre las rocas. Parecía pensativo, y su semblante se contraía inmerso en sus propias cavilaciones.

¿Cómo haría para sofocar el deseo que me provocaba? Sentí deseos de salir corriendo. Sin embargo, sabía que eso solo pondría en evidencia lo mucho que me afectaba, así que decidí permanecer inalterable. Respiré hondo y me incorporé.

El salmón empalado goteaba sobre la hoguera y liberaba un delicioso efluvio. La piel plateada se había abombado crujiente, la tersura de la carne asomaba incitadora. Lo retiré del fuego.

Me sobresalté cuando Albert dejó caer a mi lado otros tres peces.

—Con esto tendremos incluso para la cena.

Lo miré interrogante, él me sonreía. Su expresión volvía a estar relajada.

—¿Piensas retenerme todo el día?

Me contempló y, cuando abrió la boca para contestar, la cerró de improviso. Al rato, musitó:

—Come tu salmón, te espera un día muy duro.

Tras el almuerzo, Albert me llevó a la pradera en la que pastaban los caballos. El suyo era un enorme ejemplar negro con musculosas ancas que brillaban al sol. El animal agitaba la cola espantando insectos mientras degustaba el forraje; su larga crin caía con gracia hacia un lado. Apenas echó una rápida ojeada a su amo y volvió a sumergir el hocico en la alta y fragante hierba. Cuando me acerqué a él, sus oscuros y húmedos ollares se agrandaron. Me olfateó con interés.

—Los caballos necesitan oler a las personas para identificarlas; aprovecha esta inspección para acariciarlo, así ganarás más rápidamente su confianza.

Albert había insistido en enseñarme a cabalgar. Decía que era algo primordial. Yo no acababa de entender para qué necesitaba una esclava aprender a montar, pero, si tenía intención de huir, y la tendría si no lograba escapar del jarl, me sería de mucha ayuda. ¿Habría pensado Albert en esa posibilidad?

El caballo giró el cuello, le ofrecí la mano para que la olfateara. Sentí el cálido resuello en la muñeca. Con la otra mano le rasqué detrás de la oreja, pareció complacido y emitió una sonora exhalación. Un enorme ojo negro se clavó en mí. Me vi reflejada en aquella bruñida esfera. Imaginé que el caballo me estaba grabando en su memoria.

—Parece que le gustas. No es habitual, suele ser bastante arisco.

—Como su dueño.

Me miró un tanto sorprendido.

—¿Piensas que soy arisco?

—Sí, siempre pareces estar de mal humor.

Rascó meditabundo el cuello del caballo, y el animal torció agradecido la cabeza, solo le faltaba ronronear para parecer un gato.

—Ser el hersir es un cargo de mucha responsabilidad. Todos acuden a ti con este o aquel problema y esperan que tú lo resuelvas. Cargan sobre mis hombros dudas, altercados y necesidades, y yo en la medida de lo posible las satisfago. A veces me siento como el padre de todos ellos, y tener tantos y tan dispares hijos te agria el carácter.

Se estaba dejando conocer. Deseaba abrirse a mí. Y lo poco que había ido descubriendo ponía más en evidencia mis faltas hacia mi esposo.

—Nunca lo había pensado —repuse y volví la mirada al caballo.

Albert continuaba sus caricias. Miré su mano: grande, callosa y curtida, pero de líneas elegantes que se movían con delicadeza por el pelaje del animal y no pude evitar imaginarla en mí. Reprimí un suspiro.

—Estoy acostumbrado a la responsabilidad, pero tener tantas almas a mi cargo requiere estar siempre alerta, dispuesto para lo que surja; la severidad, la disciplina y la justicia han de tener el peso justo en cada momento. No tengo mucho tiempo para diversiones; incluso, cuando las tengo, mi cabeza nunca se evade del todo.

—¿No has pensado en dejar el puesto algún día?

Sonrió con ligereza.

—Todos los días. Pero no puedo dejar mi cargo hasta que el jarl me sustituya y, aun así, no pienso marcharme hasta que compruebe que mi sustituto es digno de mi gente.

Admiré su lealtad; esa consagración por las gentes denotaba no solo un gran corazón, sino una extraordinaria capacidad de sacrificio. Resultaba evidente que su sueño era otro.

—¿Qué harías si eso llegara a pasar?

Apoyé una mano en el largo y bruno cuello del caballo. Percibí el pulso del animal lento y regular, el mío en cambio se había acelerado; la punta de sus dedos rozaron los míos. No aparté la mano ni la mirada.

—Como ya te dije, tengo unas tierras al norte y algunas cabezas de ganado. Sueño algún día con construir una granja y vivir tranquilo. Con suerte, encontraré alguien que me quiera lo suficiente para compartir esa vida.

Y ese alguien no podía ser yo, pues en mi caso solo tendría una cosa o la otra. Sin embargo, no entendía su cambio de actitud: a sabiendas de que no pensaba comprarme, parecía querer conquistarme, pero ¿para qué?

Albert me contemplaba; por su expresión parecía estar decidiendo algo. Miró alternativamente mis labios y los arreos del caballo que descansaban en el suelo. Por fin se decidió y se inclinó para tomar la brida. Parecía tenso, contenido y pensativo.

Colocó el bocado, ajustó bien las correas y depositó con firmeza la silla de montar; el animal resopló. Albert le rascó con suavidad entre los ojos.

—Bien, dame tu pie izquierdo e impúlsate con el derecho.

Los estribos estaban demasiado altos para mí.

Se inclinó y entrelazó los dedos a la espera de mi pie. Lo encajé en sus manos y con un movimiento rápido subí a lomos del alazán. Él sujetó con firmeza las riendas y subió detrás de mí con una sorprendente agilidad para un hombre de su tamaño.

—Es más fácil de lo que parece. Solo si sacudes con fuerza las riendas, el caballo comenzará a caminar; cada vez que las agitas, el animal incrementará la velocidad del paso al trote; una nueva sacudida acompañada de un firme toque con los pies y te encontrarás galopando como una valquiria.

Asentí. Tragué saliva. Era consciente de su cuerpo caliente y duro pegado a mi espalda. Me obligué a prestar atención.

—Para frenar —continuó— tan solo debes atraer las riendas hacia ti; dependiendo de la velocidad a la que vayas, deberás tirar con más o menos fuerza. Por supuesto, debes estar preparada para la sacudida.

Soltó las manos de las riendas y las colocó sobre mis rodillas. La túnica abierta por los lados mostraba mis piernas más de lo debido.

—Has de presionar tus muslos contra el caballo para asegurarte una mayor estabilidad.

Sus grandes manos apretaron mis piernas como demostración. El contacto me quemó.

—Eres fuerte, te será fácil hacerte con el caballo.

Hubo un silencio incómodo, sus manos permanecían sobre mis muslos.

—¿Cómo cambio de dirección? —inquirí.

—¿Qué? ¡Oh sí! —contestó algo turbado; carraspeó y recuperó el control—. Es sencillo: tan solo has de girar las riendas en la dirección que desees.

Su mano me rodeó la cintura para ceñirme más a él.

—Te haré una demostración.

Agitó las riendas y el caballo comenzó un lento traqueteo. Observaba su mano manejando diestra al animal. Sin embargo, era su otra mano la que me desconcentraba. Albert me pasó las correas y dejó que experimentara.

Sacudí con vigor dos veces y el caballo se puso a pleno galope. Sentí la fuerza de aquella hermosa bestia bajo mi cuerpo. El viento me azotó la cara y, por primera vez desde que fui secuestrada, me sentí libre.

Cruzábamos la pradera como un águila sobrevolando un páramo.

Todos mis sentidos se enardecieron. Tuve más conciencia de todo a pesar de la rapidez con que lo atravesaba. El cielo se me antojaba más azul; los colores rojizos y verdes de los prados, más vivos. El aroma de la hierba fresca, de la tierra fértil, del heno recién cortado y del almizclado perfume de la montura eran tan profundos que, por un instante, me sentí parte de todo, integrada con la naturaleza, en plena sintonía con mi alrededor. Y, desde luego, con el hombre que se pegaba a mi espalda y que con movimientos acompasados a los míos robaba el sosiego de mi alma. Parecimos fundirnos en uno solo. Era tan consciente de sus manos en mis caderas como del aire que me agitaba los cabellos.

Hubo un momento en el que creí estar volando; deseé cerrar los ojos y disfrutar de aquella sensación.

Albert pareció leerme el pensamiento y me arrebató las riendas. Sonreí. Apoyé la cabeza en su pecho, cerré los ojos y extendí los brazos. Sin duda, volábamos.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que deseé no parar nunca. Por primera vez, me sentí feliz. Sumida en el olvido. Con él me sentí a salvo de todo.

De pronto, el caballo perdió velocidad de forma gradual hasta detenerse. Escuché el sonido de las olas golpeando con furia. Abrí los ojos.

Estábamos en la cima de un impresionante acantilado. Me asombró que el animal hubiera querido acercarse tanto a aquel cortante. El paisaje me cortó la respiración. A ambos lados se sucedían abruptas formaciones rocosas que descendían casi en vertical hacia el mar. Las olas rompían contra las paredes lamiéndolas, el agua de un intenso azul oscuro se perdía en la inmensidad.

Me giré en la montura. Los ojos de Albert me sobrecogieron, su mirada penetrante, su semblante indescifrable. Deseaba saber dónde nos encontrábamos, pero cometí el error de mirar su boca.

Me agarró fuertemente la cintura y me besó de forma arrolladora. Sentí que todo me daba vueltas. Fue un beso intenso, largo y cargado de pasión no satisfecha. Jadeé, y él gruñó. Cuando nos separamos, respirábamos entrecortadamente.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté intrigada.

—Algo que solo tú puedes darme.

Llevaba cuatro meses en la aldea y era la primera fiesta que presenciaría. Todos hablaban de los invitados que acudirían y aquello hizo que en mi mente bullera otro plan, tal vez más arriesgado. Si acudían nobles de otras regiones en busca de tratados o negocios, tendrían riquezas. Y eso significaba que, si lograba cautivar a alguno, podrían comprarme. Sin embargo, el nuevo plan tenía demasiados cabos sueltos. ¿Podría entregarme a un nuevo desconocido? Con Albert habría sido más fácil, por algún motivo él despertaba mi deseo con demasiada facilidad.

Tras la fascinante mañana con Albert, y en un intento por alejar cualquier pensamiento, dediqué el resto de la tarde a trabajar. Cuando llegó la noche, estaba más que agotada. Sabía que debía ayudar a servir a los ilustres invitados el banquete que preparaban alborozadas las mujeres. Habían asado en una gran parrilla varios jabalíes. Enormes bandejas de comida eran adornadas con frutos y hojas. A escondidas, pude robar algo de comida y me llené lo suficiente para aguantar la velada. Me senté junto al tronco de un árbol caído y me dormí. Una mano me sacudió apremiante.

—¡Muchacha! ¡Despierta, estás desaprovechando tu última oportunidad!

Eyra me tiraba del brazo.

—Está a punto de comenzar. Han llegado los invitados.

Me arrastró somnolienta hasta una cabaña vacía. Una gran tina manaba vapor en el centro de la estancia.

—Tienes que bañarte. He conseguido algo de jabón entre los bienes robados y algo más que no podrás creer.

Me dejé desnudar y empujar dentro de la tina. El agua estaba caliente, humeaba y me sentí como dentro de un hamman. Recliné la cabeza y la anciana frotó mi larga melena con aquel jabón de olor penetrante. Era tan agradable sentirse cuidada. El sopor me invadió de nuevo. A Eyra se le ocurrió una ingeniosa manera de espabilarme. Derramó sobre mí un cubo de agua helada. Salté sorprendida de la tina mientras la anciana reía complacida.

—Mira, muchacha, hasta aceites perfumados tienes a tu disposición.

Me preparó al igual que Latifa lo hizo en mi noche de bodas; me ungió con ellos y secó mi pelo con un paño.

Cuando me mostró el vestido, me quedé boquiabierta.

—No puedo ponerme eso, soy una esclava.

—Pero eres la esclava del jarl. Además, no hay ninguna prohibición con respecto a la ropa. Y esta noche necesitas encontrar un comprador.

Me deje vestir y peinar.

El atuendo era una túnica de color verde a juego con mis ojos; demasiado estrecha para mis formas. Mis grandes senos asomaban oprimidos por el escote cuadrado, más atrevido de lo que habría deseado. La seda se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel. Las mangas y el ribeteado del cuello formaban filigranas doradas. Seguramente había pertenecido a alguna gran dama bastante más menuda que yo. Busqué con la mirada la sobretúnica y no la encontré, miré interrogante a Eyra.

—No vas a llevar nada encima —aclaró sonriente.

—¿Has perdido la cabeza? ¿Pretendes que salga a servir solo con esto?

Eyra asintió.

—No veo el momento de que hagas tu entrada. La envidia contorsionará los rostros de las mujeres y los hombres bajarán la luna para ti. Esta noche pertenecerás por fin a uno de esos hombres y alejarás para siempre al jarl. Esa bestia inmunda no pondrá un solo dedo sobre ti. Y estoy segura de que, aunque empieces siendo una esclava, terminarás siendo una gran señora.

Eyra vivía a través de mí lo que habría deseado vivir ella: era una forma de realizar sus sueños, los sentiría y los disfrutaría. Sin embargo, yo no estaba tan segura de que todo fuera como ella aseguraba. Temía pagar aquel osado atrevimiento. Me presentaría como una reina siendo tan solo una esclava. Pero lo haría. ¿Acaso tenía algo más que perder?

Eyra terminó con mi pelo que, tras cepillarlo, refulgía como el sol. Apartó de mi rostro dos mechones y los giró formando una corona alrededor de mi cabeza, los agarró con una horquilla de concha y me contempló admirada.

—Brillas como la estrella más radiante del firmamento, hasta los dioses del Valhalla bajarán esta noche para contemplarte.

—Más que vestida, me siento atrapada por el vestido.

Soltó una carcajada.

—Deberías dar gracias por tener un cuerpo de pecado; si te avergüenzas de él, es que eres una necia.

—Necia o no, hay algo llamado «decoro».

Eyra abrió los ojos de forma exagerada.

—¿Aquí?

Sonreí y respiré hondo, temí reventar la seda.

—¡Un momento! ¿Puedes caminar?

Fui yo la que reí. Probé dar unos pasos, me incliné y afortunadamente las costuras seguían en su sitio.

—Creo que puedo hacer todo menos agacharme.

Jubilosas salimos de la cabaña. A cada paso, me ponía más y más nerviosa. Miré a Eyra.

—Si me preguntan de dónde he sacado todo, diré que yo misma lo tomé. No quiero que te involucren de ninguna manera, ¿me oyes?

—Me habría gustado ser tu madre —confesó ella.

—De alguna manera, lo eres.

Nos miramos risueñas.

—En realidad, puedo ser tu abuela, pero me habría gustado más ser tu madre para haber podido yacer con tu apuesto padre.

Reímos de nuevo.

Cuando entramos en la casa comunal, la algarabía cesó. No pude evitar recordar la noche que bailé para los invitados de Rashid, la noche de mi destierro. Supe al instante que esta vez también surgirían dificultades. Caminé con porte de reina.

Los hombres me miraban atónitos; las mujeres, con asombrada indignación.

Busqué con la mirada a Albert y no lo encontré. Solo veía caras extrañas, la mayoría, toscas. Sin saber muy bien qué hacer, me dirigí a la mesa central y tomé una gran jarra con cerveza. Me acerqué a los hombres para llenarles las copas. Y entonces lo vi. Estaba irreconocible. Se había afeitado la barba: su rostro libre de vello era más apuesto de lo que había imaginado, las duras líneas del mentón le conferían una masculinidad subyugante, su boca de líneas suaves aparecía bien definida, los hermosos ojos azules resaltaban chispeantes, la melena dorada aparecía peinada hacia atrás sujeta por dos trenzas atadas con un cordel. Vestía una túnica corta de hilo blanca y, sobre las calzas, llevaba unos pantalones grises algo abombados hasta la rodilla, botas de piel y, como siempre, un ancho cinturón negro que marcaba su estrecho talle. Una capa corta finalizaba el atuendo. Sin duda, era un hombre guapo, muy guapo a decir verdad.

Me miraba embobado. Sus ojos casi me acariciaban. Paralizado ante mi visión, tragó saliva un par de veces. No era el único que me contemplaba absorto. Otro hombre de distinguidos ropajes se acercó a mí y me tomó de la mano.

—¿De dónde ha salido tan espectacular belleza? Por tu aspecto, seguro que de la otra parte del mundo. ¿Persia? ¿Bizancio? ¿Tal vez Siria?

Lo miré. Seguro que él podía pagar mi precio. Sin embargo, solo sentí aversión en su presencia. Ninguno de los nobles que veía me agradaba.

—Soy de al-Andalus.

—Desconocía que los tesoros de ese reino fueran de tal calidad. ¿Tienes amo?

Albert no podía quitarme los ojos de encima, yo tampoco despegaba los míos de él. El magnetismo que empezábamos a sentir se rompió cuando Sigrid apareció y se sentó en sus rodillas. Él no la apartó, muy al contrario, la besó sin apartar su mirada de mi rostro.

—No, no tengo amo todavía, aunque me reservan para el jarl.

—Ese condenado tiene suerte.

Me acerqué más a él espoleada por la actitud de Albert.

—Tú podrías ser el afortunado si me tomas como esclava.

El hombre me rodeó la cintura.

—Seguro que ese bellaco me pide algún dispendio, pero tú bien lo vales.

Aguanté las ganas de apartarme y dejé que me besara.

Todavía con las miradas entrelazadas, besábamos a otras personas. Deseé arrancar a la fastidiosa Sigrid de su regazo. Y, por el modo en que Albert miraba al hombre que me abrazaba, adiviné que deseaba lo mismo.

El hombre me soltó y me tomó de la mano, parecía buscar un lugar más íntimo.

—He de asegurarme que mi oro será bien invertido, preciosa, debo ver bien de cerca la mercancía, aunque esa túnica no deja nada a la imaginación.

Me sentó en uno de los bancos laterales de la sala, en un rincón, cobijados por la penumbra. Y casi al instante sentí sus sucias manos sobre mí. Tuve ganas de llorar. Se me hizo imposible aguantar más el manoseo, los besos robados, los susurros que pretendían ser incitantes. Me levanté arguyendo que necesitaba orinar. Pero, justo en el momento en que lo hacía, Albert apareció con semblante fiero, embargado por el temor de que hubiera desaparecido para siempre.

Nada dijo, solo me tomó de la mano y me sacó de allí.

Rodeamos la cabaña y, junto a la empalizada, se detuvo.

—No voy a permitir que otro hombre te toque.

Había luna llena y pude ver sus ojos con total claridad.

—¿Me mantendrás intacta para tu jarl?

Me rodeó con los brazos. Acercó su rostro y pegando su frente a la mía contestó:

—Te mantendré intacta para mí.

Instintivamente alcé el rostro y él buscó mi boca con frenesí. Supe que aquella noche sería suya. Lo deseaba y, contagiada por su urgencia, lo acaricié, lo besé como si fuera el último día de nuestras vidas. Comprendí que estaba perdida, solo podía entregarme a él, a nadie más, ya nada importaba. Me olvidé del jarl, de mi vida, de todo. Solo fui consciente de sus besos, de sus manos incendiando cada palmo de mi piel.

Arrebolados por la pasión, encontramos su cabaña sin despegar los labios. Cerró la puerta de una patada y se separó lo justo para desnudarme. Libre de la seda, Albert me contempló extasiado.

—Cuando te tuve frente a mí, desnuda en la orilla, ardiendo de fiebre y con la espalda magullada, hice gala de mi mayor autocontrol. Admiré tus firmes y generosos pechos mientras te sumergías. Me moría por acariciarlos, por devorarlos. Ahora nada me lo impide.

Se cernió sobre mí enloquecido. Su lengua, sus manos y su mirada me llevaron al delirio.

Lo ayudé a desnudarse. Recorrí los poderosos músculos de su vasto torso surcado por aquellas sinuosas y suaves cicatrices, las seguí con los dedos. Jugueteé con el vello que le asomaba tímido en el centro del pecho y descendí hacia sus caderas. Lo miraba deliberadamente gozando con su expresión contenida.

Mis manos tomaron sus nalgas duras y suaves. Era como acariciar una piedra pulida. Él suspiró. Su miembro erecto se aplastaba contra mí.

—Tómame —supliqué.

Me tendió en el jergón y se colocó sobre mí. Me contempló durante un instante. Sus ojos brillaban como dos gemas. Su afectado semblante me emocionó. Le pasé mis dedos por la dura línea de la mandíbula hasta llegar a la barbilla, los subí hasta sus labios dibujando su silueta. La intensidad de su mirada, el deseo que asomaba hambriento a ella era apenas sujetado por un hilo de autocontrol. Parecía querer grabarme en su mente antes de abandonarse al placer.

Me contoneé sinuosa bajo él rompiendo a propósito aquel delgado hilo. Me besó con ardor. Sus manos inquietas arrancaron de mi garganta hondos gemidos y le enardecieron los sentidos. Abrí las piernas, y él, aceptando la invitación, me penetró.

Un gruñido satisfecho escapó de su garganta. Se movió con lentitud, saboreando cada empellón. Un placer intenso nos embargó. Los gemidos subieron en intensidad. Dejó de besarme solo para hundir su mirada en la mía. Incliné la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, gemía incontrolablemente.

—No —susurró él de pronto—. Quiero que me mires.

Los abrí nuevamente. Su celeste mirada era húmeda y profunda.

—Soy yo el que te posee —agregó con voz ronca.

Comprendí a lo que se refería. Él temía que con los ojos cerrados imaginara que era Rashid quien me tomaba. Aquello me conmovió. Alcé las caderas y él aumentó la intensidad de los embistes.

Le rodeé el cuello y lo besé salvajemente. Parecía arder. Los músculos de su espalda ondulaban bajo mis manos. Sabía que no podría aguantar mucho más, así que, para grabarme más a fuego en su mente, decidí ofrecerle otra perspectiva.

No sin esfuerzo, logré girarme invirtiendo las posiciones. Estando yo arriba, tuve el control absoluto. Debía asegurarme que entregaría incluso su alma al jarl por mí.

—Ahora soy yo la que te posee.

A horcajadas comencé a moverme. Cimbreé el cuerpo sin dejar de mirarlo. Él al principio mostró desconcierto. Era evidente que ninguna mujer lo había tomado de esa forma. Su expresión se tornó cautivada, embelesada y sorprendida. El placer que reflejó me hizo sentir poderosa.

Sus manos me acariciaron las caderas, y sus ojos devoraron mi cuerpo totalmente expuesto danzando sobre el suyo. Me arqueé hacia atrás sin dejar de moverme. Él jadeaba consumido por el mismo placer que me envolvía a mí. Sentí como si un rayo me hubiera atravesado el cuerpo y lancé un profundo gemido. De mi cuerpo brotó aquella humedad.

Albert me miraba extasiado. Volví a inclinarme sobre él y le tomé la boca. Mis senos se aplastaron contra su pecho y, sin dejar de moverme, lo llevé al clímax. El grito de él me sobresaltó. Su enorme gozo se liberó. Sentí la calidez de su simiente en mi interior. Me abrazó con fuerza. Temblábamos.

Cuando lo miré, descubrí unas lágrimas contenidas en sus ojos. No supe si de felicidad o de placer. Hice ademán de moverme, pero él me detuvo.

—Quiero seguir dentro de ti.

Lo había hecho. Y además lo había disfrutado. La traición a Rashid me golpeó de pronto. Tan solo seis meses tras nuestra separación y ya yacía con otro hombre. Me sentí miserable. El destino jugaba conmigo. Cerré los ojos y en mi mente le pedí perdón. ¿Me aceptaría de nuevo sabiendo en lo que me había convertido? Sin embargo, otra pregunta arrastraba mi alma a un pozo más oscuro: ¿volvería a verlo? ¿Era posible que la providencia hubiera puesto a Albert en mi camino a sabiendas de que esa sería la única vida que me esperaba?

—Jamás había sentido nada parecido —murmuró.

Me incorporé a medias y le sonreí. Encontré una mirada grave y pensativa.

—Ninguna mujer me había enloquecido de esta manera. —Hizo una pausa, tomó un mechón de mi pelo y se lo llevó a la boca—. Supe que eras distinta a todas desde el primer momento en que te vi.

—Albert —susurré.

Sonrió, su mano se enrolló en el mechón.

—Es la primera vez que lo pronuncias. ¿He dejado de ser un bárbaro del demonio?

Asentí, su sonrisa se extendió.

—Adoro tu cabello dorado como el oro, ondulado como las olas de un mar tranquilo, suave como la caricia del viento. Adoro tus hermosos ojos verdes, grandes y profundos como un océano. Y tus labios suaves, rosados y plenos son como una fruta madura, dulce, exquisita que no puedo dejar de saborear. Nunca en toda mi vida había deseado nada tanto. Temí perder la cordura si no te poseía.

Me besó. No me atreví a hablar del jarl, no hacía falta. Supe que no iba a entregarme. Me tenía y no iba a soltarme. Sus palabras dejaron bien claro el poder que yo ejercía sobre él.

—Te deseo de nuevo —gimió.

—¿Tan pronto? —inquirí asombrada.

—Llevo meses de privación.

—No te creo. Muchas veces te he visto con alguna mujer en el regazo, esa Sigrid no se despega de ti.

Sonrió jactancioso.

—Habría podido tomar a la que quisiera, pero solo te quería a ti. Estuve a punto de desfogarme con Sigrid, pero no pude hacerlo. La pasión no surgía. No era su cuerpo el que yo anhelaba.

Me giró y se puso sobre mí.

—Te he estado esperando —agregó. Su mirada se cargó de lujuria—. Y hasta que no colmes todo mi apetito no saldrás de esta cama.

Tuvo que llegar el alba para que se sintiera saciado. Apenas habíamos dormitado algo sacudidos por tanta pasión. Cuando por fin, plenos, nos abrazamos con la única intención de descansar, la noche se retiraba empujada por una luminosidad todavía mortecina. Débiles haces de luz se filtraban por las ventanas. Por un momento, esperé ver en el suelo de la cabaña el dibujo de pequeñas estrellas y lunas proyectadas por la celosía de mi antiguo cuarto. Eché de menos el aroma del jazmín, de la lavanda y del romero ascendiendo del patio, además del ronroneo acariciador de la fuente sobre el apagado ajetreo de la ciudad. Tampoco descansaba mi cabeza sobre un pecho acanelado y lampiño.

De nuevo, Rashid acudía a mis pensamientos. Sentí ganas de llorar. La piedra que colgaba en mi pecho pesaba tanto que no podía respirar con normalidad.

Amaba a Rashid y, aunque Albert estaba resultando más gentil de lo que había esperado, mi corazón lo clamaba a él, a mi esposo. Mi dulce y tierno Rashid con su mirada zaina que me erizaba la piel. Ansiaba escuchar su voz aterciopelada prodigándome todo el amor que sentía. Aquellos recuerdos eran como dagas en mi pecho.

Necesitaba alejarme de él. Me levanté con cuidado. Albert dormía plácidamente.

Caminé a la ventana y apenas la entreabrí. Cerré los ojos esperando encontrar una suave brisa, sin embargo, fue una ráfaga gélida la que me golpeó. Miré sin ver. No veía las majestuosas y verdes montañas de aquella tierra. Ni oía el agitado rugir de las olas sobre las rocas del acantilado, era mi tierra la que veía, mi río el que escuchaba. Lloré en silencio. Una voz que tampoco era la de Rashid me volvió a la realidad.

—¿Añoranza?

Estaba prácticamente junto a mí, ni siquiera había escuchado sus pasos.

Asentí.

Lo miré, no supe interpretar su expresión. Parecía consternado.

—Tu ciudad era muy hermosa, no tiene comparación con esto —musitó.

Era astuto, había preferido no mencionar a mi esposo.

—No era mi ciudad. Estaba allí de viaje. Mi ciudad era Toledo.

—Imagino que también debe de ser hermosa.

—Lo es. La más bella de todas. Porque en ella viven las personas que más amo.

Su semblante apenas se contrajo. Aguantó mi mirada.

—¿Y qué buscabas en tu viaje?

Continuaba pasando por alto mis sentimientos. Lo miré fijamente, de pronto sentí ira.

—Buscaba a mi padre. No lo conocía y, cuando lo hice, llegaste tú. —Un profundo sollozo escapó de mi garganta. No pude continuar la frase—. Ni siquiera sé si está vivo; aquella horrible espada en su costado…

Albert intentó abrazarme, pero rehuí su contacto.

—Tu esposo estaba contigo, ¿no?

Por fin ahondaba en su verdadera preocupación.

—Sí. —La furia comenzó a dominarme—. Y no, no está muerto. Gritaba mi nombre cuando me alejaron de su lado.

Me di vuelta. Rememorar aquella escena me estaba matando.

—Tal vez lo mataron después.

Negué con la cabeza.

Albert me abrazó por detrás, me debatí rabiosa. Lo golpeé intentando que me soltara. No movió ni un músculo. Tan solo me sujetaba con firmeza, aguardando mi calma. Sollocé incontrolablemente y, cuando comencé a sosegarme, me atrajo hacia él y me abrazó.

—Tu vida ahora es esta; cuanto antes lo aceptes, mejor.

Lloré en sus brazos, nada dije, pero me hice una promesa: no me permitiría nunca olvidar a Rashid.

—¿Conoces a Helga?

Aquella pregunta me desconcertó. Lo miré. Asentí. Era una mujer de cabellos casi blancos, aunque joven, amable y cariñosa, que me había requerido para limpiarle el huerto en alguna ocasión. Me agradaba ayudarla, siempre se había mostrado cortés conmigo; tenía un niño pequeño de pelo rojizo y aviesos ojos azulados. Más de una vez había jugado con él.

—Es la mujer del hombre que mataste.

Abrí la boca muda de asombro. Recordaba vivamente cómo había clavado la daga en el cuello de aquel gigante de pelo rojo que había herido a mi padre. El guerrero que luchaba con Rashid me había mirado sorprendido.

—Y sabe que fuiste tú quien lo mató —añadió.

Tragué saliva. Ella no me guardaba ningún rencor.

—Helga sabe que fue víctima de la situación, no de tu daga.

Quería hacerme entender que todos éramos víctimas y culpables de algo al mismo tiempo. Que era el destino el que nos manejaba y que, como la pobre Helga, debía aceptar esos avatares como parte de la vida. Pero eran ellos quienes habían movido la ruleta de la providencia y provocado la fatalidad. Las víctimas tan solo defendían sus vidas.

—Imagino que fue el guerrero que peleaba con Rashid quien te lo contó, ¿no? Yo solo defendía mi vida.

Me miró indeciso, dudaba si seguir hablando; finalmente tomó aire y continuó.

—Voy a contarte toda la verdad. Ulf era quien peleaba con tu esposo. Y yo, que había estado persiguiéndote, presencié la escena. Vi cómo él te miraba. Tu amado Rashid.

Parecía intentar sacar hasta el más doloroso recuerdo. Le miré con odio.

—Fui yo quien te raptó. El que te alejó de él.

Por eso conocía el nombre de Rashid: lo había oído de mis labios.

El dolor se me reflejó en el rostro, volví a golpearlo. Albert me sujetó las muñecas.

—¡Maldito! ¿Me perseguías?

—Te vi correr en el cruce de una calle, parecías buscar a alguien. Tu belleza me sobrecogió, pero no fue eso lo que me hizo seguirte. Luchaba con dos hombres y huí de la reyerta para alcanzarte. Esos hombres están vivos gracias a ti.

—Te odio —le escupí.

Me ignoró, volvió a hablar sin apartar los ojos de los míos.

—Te seguí porque te reconocí.

Con la mirada embargada en llanto lo miré atónita.

—Eyra me echó las runas antes de partir a la conquista. Tres veces las repitió y las tres coincidieron. Dijeron que encontraría al lobo que acechaba mis sueños, aquel lobo de pelaje dorado de mi infancia. Que marcaría mi destino, aunque corría el peligro de que devorara mi alma. Y, cuando te vi, supe que eras el lobo con cuerpo de mujer. Tus ojos habían poblado mis sueños durante años.

No podía creer lo que oía. ¿Mi vida se había truncado porque me parecía a un lobo? Noté cómo la sangre se me agolpaba en la cabeza, la furia me embargó.

—¡Estás loco! Completamente loco.

—Eres mi destino.

—No, nunca. No sé lo que buscas en mí, pero sea lo que sea no lo encontrarás.

—Busco que algún día me mires como lo mirabas a él.

Sin duda, deliraba. Me había entregado al hombre que había arruinado mi vida. ¡Y encima esperaba que lo amara!

—Escúchame, nunca voy a mirarte así. Nunca, porque jamás te amaré. No importa las veces que tomes mi cuerpo, mi corazón siempre será de Rashid. ¡Lo amo a él! Y siempre será así —le grité desesperada.

Albert me sujetó las muñecas en la espalda y rabioso me besó intentando borrar mis palabras.

Lo mordí.

—Saca toda tu rabia, tu dolor. Necesito tu alma vacía y limpia para sembrar en ella.

—Mi alma esta yerma, seca, nada brotará ya de ella.

—El tiempo me ayudará a curarla. He querido revelarte toda la verdad para que viertas sobre mí todo tu odio; para que podamos empezar desde el principio sin cuentas pendientes.

Un pensamiento se filtró en mi mente para sembrar aún más inquietud.

—Me raptaste para ti, pero me elegiste para tu jarl. Algo no encaja.

—Mis hombres tienen ojos en la cara. Tenía que fingir que serías para el jarl; sin duda, eras la más hermosa, aunque ya tenía pensado comprarte.

—¿Y todo este tiempo has dejado que te sedujera para convencerte? ¡Incluso me rechazaste!

—En realidad, no las tenía todas conmigo, el jarl es un hombre imprevisible y temía que hubiera llegado a sus oídos tu singular belleza. Esas tierras son lo único que tengo y nunca dudé en entregarlas por ti. Las veces que te rechacé solo lo hice movido por los celos. Aunque he de reconocer que he disfrutado enormemente con tu seducción. Me conquistabas con tus miradas sin saber que ya estaba conquistado. Me incitabas con tu cuerpo cuando ya me había rendido a tus encantos. Y aquel día, en el barco, solo quería ponerte las cosas difíciles para alargar el juego. Sabía que no te rendirías, solo temí perderte cuando anoche en la fiesta te vi junto a uno de los nobles más ricos de la región. Estabas tan arrebatadora.

Cuando terminó de hablar, lo abofeteé con todas mis fuerzas. Todo había sido un juego para él cuando el sufrimiento me había quemado las entrañas.

—Prefiero mil veces pertenecer al jarl.

—Es demasiado tarde, hace días que partió el mensajero. No tardará en llegar el contrato.

—¿Y si no acepta lo que le ofreces?

—Lo aceptará, las tierras que poseo lindan al norte con una de las regiones que ambiciona conquistar. Son de un clan enemigo. Siempre las anheló.

La cabeza me daba vueltas, el odio y la ira me sacudían por igual.

—Eres mi esclava.

Negué con la cabeza.

—A partir de hoy seré tu lobo. Y te juro por mi dios que no cejaré hasta devorarte el alma.

Nos sostuvimos la mirada y nos retamos mutuamente. En la mía refulgía la venganza que pensaba cobrarme. En la suya, una determinación apabullante por conquistarme.

—Ya has empezado a hacerlo —masculló.

Aquella noche de luna llena, de pensamientos funestos y de ataques de llanto culminó de la manera más grotesca. Con un incendio.

Compadeciéndome de mí misma, me arrebujé en el irregular jergón en un vano intento por conciliar el sueño. Solo podía pensar que era un objeto, una posesión, un juguete roto que danzaba sin rumbo a merced de un destino caprichoso y cruel cuando un intenso olor a humo se filtró por la puerta.

La cabaña de las esclavas seleccionadas para el jarl en la que me hallaba se encontraba en una esquina del pueblo casi cobijada por una abertura en la roca, algo más alejada de las demás. Alertada, me incorporé, no tardé en escuchar el crepitante rumor del fuego. Susana y otra esclava llamada Blanca, natural de Lisboa, se agitaron en sus lechos. El humo les rodeaba las cabezas y, entre toses, abrieron los ojos.

—¡De prisa, tenemos que salir de aquí! —urgí y corrí hacia la puerta.

Ante mi sorpresa, no se abrió. Forcejeé apremiante.

—¡Está atrancada! —exclamó Susana.

No contesté, retrocedí y golpeé con el hombro. Apenas temblaron algunos maderos. Volví a la carga, esta vez, lanzando patadas con toda la fuerza de la que era capaz.

Blanca, viendo con pavor que mis esfuerzos resultaban infructuosos, se lanzó a la única abertura cerrada a cal y canto por las contraventanas de roble.

—¿Quién ha cerrado la ventana?

Nos miramos cada vez más aterradas. Empezaba a ser evidente que nos habían encerrado para ser cocinadas.

El humo ya llenaba la estancia. Tosíamos sofocadas. Me acerqué esperanzada al único balde que teníamos y recé para que estuviera lleno.

Blanca se me adelantó y lo tomó con intención de apagar las lenguas de fuego que ya lamían los quicios de la puerta.

—¡No! —grité y me precipité sobre ella.

Susana, más adelantada que yo, logró detenerla.

—¿Qué demonios pasa? ¡Vamos a achicharrarnos si no lo apagamos!

—¿Y piensas apagar un fuego que rodea toda la cabaña con un solo cubo de agua a través de una maldita puerta cerrada? —espeté furiosa.

—¿Y para qué diantres sirve el agua? ¿O acaso piensas esperar a que el fuego entre para recibirlo como es debido? Para entonces nos habremos asfixiado.

No repliqué, el humo me quemaba la garganta. Me arranqué un trozo de lino de la camisola y lo empapé en el agua. Después me cubrí parte de la cara con él, atándolo fuertemente tras mi cabeza. Las demás me imitaron. Con el resto del agua nos mojamos el pelo y los hombros.

Susana tomó las pieles que colgaban de las paredes y las puso sobre nuestras cabezas. Las tres nos apiñamos y esperamos a que la puerta que ya comenzaba a ennegrecerse se debilitara lo suficiente para poder derribarla.

Temblábamos abrazadas. Los ojos de Susana buscaron valor en los míos. No sé lo que encontró. Intenté mostrar serenidad, pero no dejaba de pensar que, si no lográbamos traspasar la puerta, la cabaña se convertiría en una pira funeraria. Sus manos pequeñas y pálidas estrujaron las mías. Clavamos la vista en la puerta, las llamas comenzaban a devorarla.

La viga principal del techo comenzó a crujir. Nos movimos a tiempo de evitar que se desplomara sobre nosotras.

Blanca gritó aterrorizada. El calor empezaba a ser insoportable. Nos cobijamos en una esquina.

Sentí un rápido movimiento a mi izquierda y un tirón fuerte que me arrancó bruscamente la piel con la que me envolvía. Blanca, abrumada por el horror, corrió hacia la puerta antes de tiempo.

Apenas tuvimos oportunidad de reaccionar; su cuerpo chocó contra la llameante madera y, como un demonio salido del averno, golpeó repetidas veces. Su túnica se prendió y enloquecida se tiró al suelo. Las llamas le subieron por las piernas. Sin dudarlo, nos despojamos de las pieles que todavía conservábamos y la golpeamos con ellas. Blanca aullaba y suplicaba. El olor a carne quemada impregnó el aire.

Empecé a marearme.

Entre el rugido del fuego y el crujir moribundo de la madera se filtró uno más desconcertante que me aceleró los latidos. Un golpeteo sordo y rítmico comenzó a quebrar la madera a mi espalda que, astillada, se abrió lo suficiente para dejar entrever el filo de una enorme hacha.

Nos retiramos al rincón opuesto con la esperanza soliviantando nuestros temores. El grueso tronco que conformaba la pared del fondo se fragmentó y cayó. Una cara conocida nos miró.

—¡Rápido, por aquí, la cabaña está a punto de derrumbarse!

La voz de Albert nos impelió hacia la abertura.

Entre Susana y yo logramos sacar el cuerpo inconsciente de Blanca por la oquedad. Él lo tomó por los hombros, lo deslizó con una suavidad pasmosa. Ayudó a salir a Susana y, por último, estiró una mano hacia mí.

Cuando atravesé el agujero, me estrechó contra su pecho. Temblaba al igual que yo. Me reconforté en su abrazo y, cuando finalmente me miró, vi angustia en sus ojos.

—¿Estás bien, Freya?

Asentí; sin previo aviso me soltó y quede allí, aturdida, todavía necesitada de consuelo. Miré a mi alrededor y comprendí el motivo de su brevedad. El incendio se había extendido. Vi dos de las cabañas colindantes devoradas por las llamas. Los hombres intentaban apagar el fuego con agua y con paladas de tierra.

Albert llevaba en brazos a una niña pequeña que sollozaba contra su hombro. Le acariciaba el cabello y le susurraba al oído. La pequeña lo abrazaba desconsolada. Mi mirada sobre él cambió. La ternura que mostró hablaba de un corazón compasivo; sus actos, de un hombre noble y valeroso. Empezaba a lamentar que solo me viera como una esclava, una mujer a la que deseaba, un sueño engañoso que arrastraba desde su juventud. Sin embargo, no podía apartarlo de mis pensamientos.

Albert dejó a la niña con una anciana y volvió a entrar en la cabaña.

Parte del techo se había desplomado y temí por su seguridad. Inquieta, me acerqué para observar. En ese momento, la niña que gimoteaba se escapó y corrió tras él al interior de la casa en llamas.

El corazón se me detuvo cuando el ennegrecido dintel cayó sobre la pequeña y la dejó tirada en el suelo. Cuando llegué junto a ella, no se movía. El madero chamuscado le aprisionaba la espalda. Sin pensarlo, lo tomé con las manos y con toda la rapidez de la que fui capaz lo levanté lo suficiente para alejarlo de la niña. La tensión me liberó momentáneamente del dolor. Agarré su cuerpecito y me alejé corriendo. Caí de rodillas junto a un abrevadero y metí a la pequeña dentro. Gemí y me dejé caer junto a la hierba. El dolor me sacudió.

Una mujer se acercó y metió mis manos en un cubo con agua. Gemí de nuevo. Sudaba y temblaba al mismo tiempo.

—La pequeña Gwilyn vivirá gracias a ti.

En ese momento, el cuerpo laxo de una mujer atravesó una de las ventanas y cayó sobre el huerto. Acto seguido, Albert saltó por ella precipitadamente, tosiendo con violencia y con la cara cubierta de hollín. Permaneció un rato de rodillas convulsionado por la falta de aire.

Me descubrí respirando aliviada y me tumbé jadeando, no sabía si por el dolor o por el esfuerzo.

Cerré los ojos, sentí movimiento a mi alrededor, unas mujeres sacaban a la niña del agua. Sabía que estaba viva; al menos respiraba. Una mano me tocó en el hombro.

—¡Muchacha, levántate! Cuanto antes te cure las manos, mejor.

Eyra me las tomó y las contempló pensativa.

—Mmm… ya han salido las llagas. Primero te pondré la clara de un huevo, eso te aliviará y ayudará a la cicatrización, después el aceite de caléndula hará el resto. Vamos.

Apenas la escuchaba, sentía el fuego saliéndome de las palmas y extendiéndose por mis brazos. Me castañeteaban los dientes. Unos brazos fuertes me alzaron.

—Si sigues temblando así, vas a morderte la lengua.

Albert me sonrió.

—No necesito que me ayudes, puedo caminar sola. —Y para demostrárselo me desprendí de su abrazo.

Había decidido poner distancia entre los dos. Lo que me hacía sentir era demasiado arriesgado para mí.

Él, molesto, no insistió.

—De acuerdo —espetó con los brazos en jarras—. Has demostrado tener agallas, así que no veo por qué no vas a poder andar por ahí con las manos abrasadas.

Lo miré con rencor. Enderecé la espalda y logré dar un par de pasos. El intenso dolor había llegado a los hombros y me recorrían la espalda unos espantosos calambres. Las rodillas me flaquearon. Sentí que me desplomaba, sin embargo, no llegué al suelo. No supe bien que estaba pasando, solo supe que un pecho amplio y cálido me dio cobijo y que floté en unos fuertes brazos.

Desperté en un jergón que no era el mío. Estaba sola en una cabaña que reconocí como la de Albert. Intenté frotarme los ojos, pero mis manos vendadas lo imposibilitaron.

Estaba cubierta por una piel de buey; junto a mí, en un taburete de tres patas, habían depositado un odre. Estaba sedienta. Acerqué mi boca a él y lo tomé con los dientes. ¿Y ahora qué? En mitad de ese pensamiento la puerta se abrió y mi amo entró llevando un cuenco repleto de caldo.

—Aguarda, deja que lo abra.

Me lo arrebató de la boca y quitó el tapón. Lo acercó de nuevo y bebí como si hubiera estado una semana perdida en el desierto. Satisfecha, volví a recostarme.

—Llevas dos días dormida. Eyra y yo hemos estado curándote.

Lo miré. Estaba muy guapo. Sus ojos azules iluminaban la estancia. Carente de barba, sus facciones destacaban en toda su armonía. Los pómulos altos, la frente ancha, el mentón pronunciado, la boca ancha y suave, la mirada serena, el gesto tierno y su larga melena suelta y leonada con dos trenzas cayendo a ambos lados del rostro le conferían una masculinidad salvaje. Sentí que el corazón se me encogía. Distancia, me recordé.

—Con Eyra habría sido suficiente.

Reprimió un mohín de disgusto y me acercó el cuenco.

—Te sentará bien. Es caldo de carne, te lo envía Ylva, la madre de la niña que salvaste.

—¿La mujer que arrojaste por la ventana?

Asintió y sus ojos adquirieron un tinte apesadumbrado.

—Su marido pereció entre las llamas, no llegué a tiempo.

La pena se le reflejó en el rostro. Luché contra las ganas de consolarlo. Deseaba decirle que había sido muy valiente, que al menos la madre vivía y sobre todo agradecerle mi propia salvación; las palabras se arremolinaban en mi cabeza buscando una salida: en su lugar, cuando abrí la boca, musité:

—No tengo hambre.

Mi sequedad lo irritó, pero logró controlarse. Se esforzó por sonreír.

—Debes comer. Abre la boca o me obligarás a alimentarte a la fuerza.

Negué con la cabeza.

—No quiero nada que venga de ti.

Me observó durante un momento y se levantó airado. Dejó el cuenco en la mesa y paseó de un lado a otro. Estaba furioso. Su vano intento por sosegarse no dio resultado y se volvió hacia mí.

—¿Qué quieres que haga? Te he salvado de la crueldad del jarl, de las garras de la muerte y estoy intentado darte lo mejor de mí mismo. Pero nada parece dar resultado. ¿Qué tengo que hacer para obtener tu perdón?

Sus hermosos ojos chispeaban apasionados.

—¿Para qué quieres mi perdón?

—Ya lo sabes.

Apretaba la mandíbula, la tensión le contraía las facciones.

—Así que es verdad, esperas que te mire como lo miraba a él cuando me arrancaste de sus brazos, ¿no?

El tono burlón de mis palabras lo paralizó. Se levantó dispuesto a marcharse. Pero yo aún no tenía suficiente.

—Dime, gran hersir, ¿por qué ese empeño? ¿Acaso es una nueva meta que te has propuesto conseguir? ¿Un reto para tu gran ego?

Su expresión herida me taladró el corazón.

—Nunca me han amado de esa forma. Yo solo quería saber qué se siente cuando otra persona está dispuesta a entregar hasta el alma por el ser que ama. Y, sin duda, en aquel momento, tú la habrías entregado por él.

—¿Y con qué derecho le robaste a un hombre lo que tan sabiamente se había ganado?

Albert me miró sombrío.

—Tomo lo que deseo, y en ese momento eras tú.

—¿Qué se puede esperar de un bárbaro?

Se lanzó sobre mí desquiciado, me sujetó con fuerza la barbilla y me besó con ira.

—Ahora eres mía te guste o no. Te he comprado y empiezo a lamentarlo.

Me aparté con desprecio.

—Todavía no, no hasta que llegue el contrato.

Días después, apareció un mensajero con el contrato firmado por el jarl. Albert inteligentemente no se había acercado a mí. Tal vez pensó que me apaciguaría o simplemente temía un enfrentamiento. Mis manos habían sanado, y agradecí poder reanudar las tareas para mantener la mente ocupada.

Él se había empeñado en investigar el misterio del incendio. Sin duda, habían intentado atentar contra mí o contra alguna de mis compañeras, pues las llamas comenzaron en la cabaña de las thralls. La puerta atrancada así lo demostraba, pero quién o por qué nadie lo sabía.

Mi única enemiga se había defendido diciendo que había pasado la noche cuidando de su ama que llevaba indispuesta varios días. Y Thorkel, el esposo, ojeroso y pálido, había confirmado su testimonio. Así que, de momento, nada podía hacerse.

A pesar de eso, Albert había decidido colocar un turno de guardia por la noche. En cuanto me fue posible, visité a la niña que ya sonreía con su madre. Las quemaduras en la espalda habían sido leves y hasta era posible que ni cicatriz le quedara. De Blanca no podía decir lo mismo: sus piernas siempre serían un recuerdo de aquella noche infernal. Eyra aseguraba que podría caminar y, para alguien que había estado a punto de cruzar al otro mundo, era toda una proeza.

Tras mi intervención en el incendio, las gentes me acogieron de manera más calurosa. Recibía sonrisas y acudían a conversar conmigo amigablemente. Les gustaba escuchar relatos de mi querida tierra y reían ante mis descripciones de juegos y danzas. Era invitada a cenar y respetada por la comunidad a pesar de mi condición de esclava. No obstante el cariño que me brindaban, la piedra de mi pecho seguía allí pesada y dura. Temía ver a Albert, lo evitaba en la medida de lo posible, y sin embargo, añoraba su presencia, sus miradas, sus lecciones.

Caía la tarde. El invierno se acercaba. La temperatura había descendido considerablemente. El sol parecía lejano y difuminado en el horizonte, su luz era blanca y lánguida.

Curiosamente, en verano nunca se ponía del todo y, en invierno, decían que casi nunca asomaba en aquellas lejanas tierras jalonadas de glaciares, meandros y altas montañas.

Eyra me observaba preocupada. Juntas preparábamos skyr en la casa comunal.

—Muchacha, has conseguido lo que te proponías, ¿por qué darle vueltas al pasado?

Ella conocía todo lo acontecido con Albert.

—Sabes que mi desgracia se la debo a él. ¿Crees que puedo olvidar eso?

Eché un puñado más de sal al caldero.

—Deberías. Él solo seguía su destino. Las piedras se lo indicaron.

La miré con resentimiento.

—¿Y qué hay de mi destino?

Los ojillos de la anciana brillaron.

—Tal vez no era el que pensabas.

Eyra tomó una larga pala de madera y removió el níveo líquido.

—No voy a conformarme —espeté decidida.

—¿Y qué maravilloso plan estas ingeniando? —se mofó.

Había pensado mucho en eso.

—Le haré la vida tan insoportable que acabará por librarse de mí. Lo obligaré a pedir mi rescate. Con el oro podrá comprar tierras, ganado y las esclavas que le plazcan.

Rio divertida. Pero, al ver mi mortificado semblante, se acercó y me tomó la barbilla.

—Te creía más lista, muchacha. Estás luchando contra ti misma. Acepta tu nueva vida, permítele a Albert sanar tus heridas, obtener tu perdón. Y, si el destino vuelve a poner a tu esposo en tu camino, corre a su lado si es lo que quieres. Pero hasta entonces no te llenes de amargura.

—¿Jugó conmigo desde el principio?

Me apartó un mechón de pelo y lo depositó tras mi oreja.

—¿Acaso no es un juego el amor?

—Ahora querrás hacerme creer que me ama, ¿no?

—Él no es un hombre caprichoso ni voluble. Ha sufrido mucho. Desde pequeño tuvo que trabajar como una mula. Apenas tenía barba y ya había librado duras batallas. Su vida no ha sido fácil. Su padre y su hermano mayor murieron a manos de los Ildengum, un clan hostil de las montañas. Su madre murió de fiebres poco después. En cuanto a las mujeres, nunca mostró un excesivo interés por ninguna, tan solo tomaba a la que le apetecía para desfogar sus instintos. Ha cargado con la responsabilidad de todo un pueblo, protegiéndolo y alimentándolo. La comunidad es su familia y jamás se ha quejado. Nunca, óyeme bien, nunca lo había visto tan entusiasmado con nadie como contigo. No sé si es amor, pasión o devoción, pero sea lo que sea es grande, muy grande.

—Sin embargo —comencé apesadumbrada—, yo no puedo dejar de amar a mi esposo, está metido en mis huesos, en mi piel, en mi alma. No puedo dejar de sentir rencor hacia Albert, de culparlo de todo. No puedo olvidarme de todo lo que siento aquí. —Me señalé el pecho—. De la ira y del dolor. Para colmo de males, veo a Eliza cada día, que, no solo me trae sinsabores, sino continuos recuerdos de él.

La huesuda mano de la mujer se apoyó en mi hombro.

—Entonces ten paciencia. El tiempo será el único bálsamo capaz de sanarte.

Intenté sonreír, pero mis labios solo dibujaron una extraña mueca.

—Tal vez no puedas luchar contra tus emociones —agregó—, pero al menos sofócalas.

Oímos unos pasos rápidos recorrer la gran sala. Susana se acercó a nosotras, parecía nerviosa.

Se dirigió a mí. Llevaba un cubo de leche. Venía de ordeñar.

—Acabo de ver hablando juntas a Sigrid y a esa árabe que peleó contigo. —Hizo una pausa, se puso una mano en el agitado pecho, miró repetidas veces a la puerta y continuó—: conversaban sobre ti.

—Si recordara cómo hacerlo, me santiguaría —masculló Eyra.

Susana sí lo hizo.

—¿Escuchaste lo que dijeron?

—Tan solo algunas palabras sueltas, pero creo que traman algo. Hablaban de un mensaje y de la visita del jarl, decían que pronto desaparecerías de sus vidas.

—¿La visita del jarl?

En mi cabeza sonó una voz de alarma.

Susana asintió. Sus azules ojos brillaron inquietos.

—Temo por ti, amiga. Esas mujeres son crueles, están celosas y no pararán hasta quitarte de su camino.

—Se cuál es el alcance de Eliza, mató a mi hijo todavía en mi vientre.

Me miraron incrédulas.

Susana se volvió a santiguar.

—Debes contárselo a Albert. Sospecho que el incendio también fue un ardid de ellas. Eliza es una zorra astuta, no sé cómo lo hizo y creo que nunca lo sabremos, pero no parará hasta… —Eyra no terminó la frase—. Ambas son demasiado peligrosas, él te protegerá.

—No necesito que me proteja. Ya estoy sobre alerta. Andaré con cuidado.

—¡Muchacha orgullosa! Déjate de tonterías, esto es demasiado grave. Prométeme que se lo contarás.

Asentí, aunque no pensaba hacerlo.

Llevaba dos noches sin poder dormir. Y, a pesar del intenso frío, necesitaba salir a caminar. Me dirigí a un estrecho y sinuoso sendero que conducía a un bosque cercano. La espesa vegetación susurraba bajo mi falda. La luna llena me plateaba la piel y agrisaba el cabello.

Mis pensamientos, la mayoría funestos, flotaban a mi alrededor hirientes.

En un intento por escapar de ellos y de mi infortunio, corrí entre la maleza hasta agotarme. El vaho de mi garganta y la neblina suspendida sobre los helechos me transportaron a otro lugar. Fue como si estuviera en mitad de un sueño y me alivió pensar, aunque fuera por un momento, que despertaría junto a Rashid.

En el camino de vuelta, fui sorprendida por Thorffin.

Salía de la cabaña de Helga a hurtadillas, me miró sorprendido, pero nada dijo. Me alegré por ellos, la vida, en su continuo movimiento, colocaba las piezas hasta encajarlas. Albert tenía razón, solo nos quedaba aceptar lo que estuviera escrito.

A la mañana siguiente, varias personas amanecieron enfermas, aquejadas de un fuerte dolor estomacal, vómitos violentos e incluso diarreas sanguinolentas. No podíamos hacer nada por ellos, tan solo sujetarles la frente cuando les sobrevenían las arcadas y refrescarlos con paños húmedos.

—Es la primera vez que veo algo así —comentó Eyra desconcertada—. Es cierto que en alguna ocasión, al consumir algún alimento en mal estado, un grupo de gente ha enfermado, pero en este caso se me escapa al entendimiento. Ninguno ha comido lo mismo y todos bebemos del mismo pozo.

El viejo Olaf fue el primero en morir.

La gente comenzaba a pensar que una ola de furia divina había caído sobre ellos. Se sentían castigados y no entendían el motivo.

La segunda fue la dueña de Eliza. Ingunn, la esposa de Thorkel.

Para entonces el pánico se había extendido. Los enfermos ya encomendaban sus almas, y las familias rezaban suplicando por sus seres queridos.

—Loki anda suelto y juega con nosotros —había dicho Asdis, la madre de Sigrid, sin dejar de mirarme con desconfianza—. Sin duda, alguien le ha abierto la puerta.

Loki era un dios malvado y cruel, hijo de Odín, el padre de todos los dioses, que al parecer disfrutaba atormentando a los mortales. La insinuación dirigida a mí de manera tan directa, me incomodó. Supe al instante que alguien estaba difundiendo un rumor; recé para que no se arraigara en el corazón de esas gentes.

Afortunadamente nadie más murió. Y al cabo de unos días todos se restablecieron. Sin embargo, sentía miradas furtivas a mi alrededor acompañadas de siseos y murmuraciones malintencionadas. Fuera lo fuera sea que habían sembrado, parecía germinar demasiado deprisa.

La noche dio paso al alba, no había podido dormir y necesitaba refrescar los pensamientos; con esa idea me dirigí al embarcadero. Sobre mis hombros llevaba una capa de lana verde que ondeaba movida por el viento. Mis cabellos se agitaban al mismo ritmo. El mar se encrespaba al igual que mis pensamientos.

Eliza, ahora llamada Var, y Sigrid no descansarían hasta librarse de mí. Venganza, celos y envidia se habían aliado en mi contra. Debía estar alerta. Sin embargo, solo me quedaba esperar su próximo movimiento.

—Pareces una diosa contemplando su reino.

La suave voz del hersir flotó entre la neblina.

No lo miré. Se acercó y se detuvo a mi lado.

—Necesito saber lo que ocurrió.

Seguí contemplando el mar.

Desde que me había sido revelada la verdad, el destino de Rashid seguía siendo un misterio. Albert me había capturado, pero Rashid había quedado herido con Ulf a su espalda. Había evitado enfrentarme a Ulf, más por miedo a lo que podría contarme, que por perder los estribos con un hombre tan despiadado. Pero ahora necesitaba saberlo y tenía la certeza de que Albert conocía los detalles.

—Si quieres saber si él sigue vivo, solo puedo decirte que Ulf no lo mató. Recogió el cadáver de Hakon el Rojo y lo llevó a la nave.

Suspiré aliviada. Mi esposo estaba vivo.

—Necesito estar sola.

Mi mirada seguía perdida entre las olas; el mar se había oscurecido, cubierto por nubes enojadas.

—Haré lo que sea para conseguir tu perdón.

Su súplica no me afectó. Sin embargo, recordé las palabras de Eyra.

—Todavía no estoy preparada para dártelo.

—Tengo el contrato en mi poder. Eres mía, tenemos todo el tiempo del mundo.

Seguía sin mirarlo. Mi cabeza abotargada de emociones e inquietudes era incapaz de pensar con claridad.

—No puedo soportar tu distancia, tu frialdad. Te necesito —imploró angustiado.

El lobo me poseyó.

—Más me necesita Rashid.

Ahí estaba mi primera dentellada.

Furioso, me tomó por los hombros y me volvió hacia él.

—Te prohíbo que vuelvas a pronunciar su nombre.

Lo miré. Parecía compungido y desesperado.

—¿Vas a prohibirme también que piense en él?

La segunda.

—¡Sí, maldición!

La furia lo sacudía, pero también el dolor.

—¡Entonces mátame y tus órdenes serán cumplidas!

La tercera y definitiva.

Bajó la cabeza con pesar, parecía vencido. No le veía los ojos, pero apretaba con fuerza los puños. Cuando alzó el rostro, su mirada resentida me taladró.

—Está bien: si así lo quieres, así será. Eres mi esclava y como tal yacerás conmigo todas las noches, te someterás a tu amo en todo lo que se te ordene.

—Como desee el hersir —contesté con frialdad.

Me arrastró rumbo a la cabaña. Cuando cerró la puerta, se plantó frente a mí. Respiraba agitado, sus ojos se oscurecieron.

—¡Desnúdate! —exigió.

Obedecí sumisa, quería mi cuerpo y lo tendría, pero sin alma.

Me contempló con rostro inexpresivo.

Bajé la mirada y esperé.

Se abalanzó sobre mí. Me besó ansioso, me acarició esperando una respuesta que no llegaba. Pero no se desanimó. Me tumbó en el jergón y me recorrió con la lengua. Con semblante decidido y furioso continuó buscando mi placer, mi respuesta. Sus besos me estremecían. Me negaba el goce, luchaba contra él, pero, avezado en esos manejos, supo poco a poco y con inagotable paciencia encender la chispa.

De nuevo mi cuerpo me traicionó. Comencé a gemir. Mis manos empezaron a buscarlo y mi boca terminó rindiéndose a su asalto.

Volcamos la furia que sentíamos en aquel deseo que nos devoraba. Nos tomamos enloquecidos.

Albert, generoso, esperó hasta que yo alcanzara el placer. Me miró de una forma extraña cuando se derramó sobre mí.

Por un momento, creí ver su alma. Su intensidad me sobrecogió. Vi sufrimiento y miedo, esperanza y anhelo, promesas y perdón.

El lobo se marchó.

—Te amo —musitó. Tenía los ojos arrasados en lágrimas—. Y cruzaría el infierno por ti.

Ahí estaba. Lo que siempre había estado en sus ojos cada vez que me miraba. Ahora lo veía y a mi alma seca llegó una fina lluvia. No sabía si sería capaz de amarlo, pero sí sabía que era incapaz de odiarlo. Era un principio, y se lo dije con una mirada y un beso.

—Te amaré por los dos —susurró con la voz rota.

Sentí que la piedra de mi corazón comenzaba a aligerarse. El rencor se alejaba, conmovido por la profundidad de su amor.

—Dejaré que cures mis heridas —musité.

La mirada se le iluminó. Aquello era un triunfo para él.

—Es cuanto necesitaba oír.

CONTINUARA