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Capítulo 13

Huyendo del pasado

Anochecía.

El sol bruñía con su dorado resplandor el ondulado horizonte del océano; ese hipnótico halo anaranjado coloreaba también el hierático perfil de Rashid.

Inmerso en sus pensamientos, no se percató de mi presencia hasta que me apoyé en la baranda de popa. Suspiró profundamente, pero no me miró.

—No sabes cuánto lamento todo esto —comencé.

Giró levemente la cabeza, la brisa marina ondeaba en su bruno cabello, su apuesto rostro permanecía impasible, aunque percibí el férreo control que ejercía sobre sus emociones.

—La culpa es de Eliza.

Su voz sí translucía toda su amargura.

—Si no hubiera matado a nuestro hijo, nunca habrías descubierto que tenías un padre en Sevilla y, por tanto, no habríamos estado allí cuando fue atacada.

Sentí deseos de posar mi mano en su hombro, pero reprimí ese impulso por temor a su reacción.

—Eso ya no importa, no pierdas tiempo en buscar culpables ni razones. No podemos cambiar el curso de nuestras vidas, tan solo aceptar lo que nos depara y sobre todo creer que encontraremos la felicidad en cada cambio que sufrimos.

Continuó sin mirarme, pero vi con claridad el mohín de disgusto en sus labios.

—Para ti es fácil decirlo, tú ya la has encontrado —me increpó.

—Tú también la encontrarás, solo tienes que abrirle la puerta.

Dejó escapar un sonido gutural que pareció una risa sin llegar realmente a serlo del todo.

—¡Oh, qué fácil lo ves! —se burló irritado—. Imaginar que has muerto, refugiarme en mi hijo y en mi esposa, abrir la puerta de la felicidad, ¿algún maravilloso consejo más?

Esta vez se volvió completamente y me miró. Sus oscuros ojos llameaban, el semblante contraído por la furia me impactó y me dejó sin palabras.

Una vez más, Albert había tenido razón: mi presencia solo lo alteraba más, sin embargo, en lugar de dar media vuelta y regresar a la bodega, me encaré con él.

—¡Maldita sea, no sé qué decirte! Quiero consolarte, me destroza verte así, equivocadamente pensé que podría ayudarte a entenderlo.

—¡Pues no puedes ayudarme! A decir verdad, estar cerca de ti y de ese… malnacido me revuelve las tripas.

—Ese malnacido te ha salvado la vida —le recordé.

—¡Y tú me la has robado!

Sostuvimos la mirada con intensidad.

Miró mis labios y me estremecí.

De repente, me sujetó el rostro con ambas manos, y acercó peligrosamente su boca a la mía sin llegar a rozarla.

—Solo hay una cosa que deseo hacerte, y es precisamente la que no estás dispuesta a darme —susurró con los ojos cerrados.

Cuando me miró de nuevo, supe que nunca iba a olvidarme del todo y mi traición pesó doblemente en mi pecho. Iba a tener que vivir con eso, como con tantas otras cosas de mi pasado.

—¡Perdóname! —supliqué aun sospechando su respuesta.

—Nunca, nunca, ¿me oyes?

—Bien —musité profundamente apenada—. Veo que es inútil.

Ya me alejaba cuando murmuró:

—Acabarás arrepintiéndote.

Tragué saliva intentando aliviar el nudo en mi garganta. Cuanto antes me alejara de él, mejor para ambos.

No obstante, todavía quedaba Eliza. Y, en mi fuero interno, supe que solo había una manera de librarnos de ella. De seguro estarían buscándonos por toda la costa con un solo propósito. Venganza; Ulf ambicionaba el poder de Albert.

Un escalofrío me recorrió la espalda hasta la nuca, como si una gélida serpiente estuviera deslizándose por ella. La vista se me nubló y el estómago se me revolvió sacudido por unas tremendas náuseas; me doblé en dos temiendo vomitar y me agarré al mástil que encontré a mi paso. Me arqueé convulsionada, sintiendo ascender el contenido de mi estómago, pero finalmente nada salió de él. Tosí violentamente al tiempo que mis pulmones se saciaban de oxígeno con desesperación.

Una mano me rodeó la cintura, mientras que otra me apartó gentilmente el cabello. Me agité de nuevo en otra arcada, pero sin llegar a culminar en vómito. Tras un instante en el que permanecí inclinada, libre ya de náuseas, me incorporé para tomar una gran bocanada de aire fresco. Una mano me ofreció un hiyab escarlata.

—Siempre te las arreglas para conmoverme, cuando hace un instante te habría lanzado por la borda.

Miré a Rashid, que me contemplaba. Me limpié las comisuras de la boca y le sonreí.

—Gracias, pero te aseguro que no ha sido a propósito.

—Estas enferma Shahl… Alondra —corrigió—. No creo que sea aconsejable que abandones el barco, sobre todo con el peligro que supone ahora para ti.

—Sin embargo, debo hacerlo de inmediato, no deseo alargar más tu sufrimiento.

Sacudió ligeramente la cabeza y logró mostrar una sonrisa algo sardónica.

—Mi sufrimiento es el que es, y me temo que permanecerá algún tiempo conmigo, pero, por mucho que te odie en este momento, no quiero que corras ningún peligro.

Sus hermosos ojos de ébano recorrieron con lentitud mi rostro. No fue hasta mucho después que caí en la cuenta de que todavía me aferraba la cintura. Incómoda por su proximidad, por la promesa que relucía en su mirada, decidí apartarme con sutileza. Él, previendo aquella decisión, me soltó.

—Con esta luz tus ojos verdes parecen dorados, como la miel tostada que tanto me gusta. —Hizo una pausa y suspiró lentamente—. He soñado tanto con ellos…

Sus dedos me recorrieron el mentón.

Alejé mi rostro de su contacto. Pero él no retiró la mano de inmediato, la mantuvo ahí imaginado mi contorno; el dolor afloró de nuevo a su semblante. Cerró los ojos con fuerza en un intento por buscar las riendas del autocontrol con que conseguía mantenerse firme.

—Será mejor que vuelvas con él, porque, si permaneces un solo instante más a mi lado, te aseguro que tendrá que subir y matarme para que te suelte.

Giré sobre mis talones y me alejé a la carrera con el corazón tronándome alocado en los oídos. Bajé por la escotilla y solté el aire contenido antes de enfrentarme a la mirada de Albert.

Por fortuna, se hallaba de espaldas. Tal vez estaba dormido, así que permanecí al pie de las escaleras recomponiendo mi semblante y aplacando los deseos de llorar. El resto de los guerreros se hallaban al fondo de la bodega en torno a un tonel jugando y bebiendo, Ada se encontraba acurrucada en un jergón, aparentemente dormida, aunque me pareció que escrutaba tras la capa con la que se abrigaba.

Apenas me dedicaron una fugaz mirada y me ignoraron. Respiré hondo varias veces y me tumbé en un estrecho banco de madera próximo al camastro de Albert.

Fijé los ojos en su espalda. Como si adivinara mis pensamientos, se giró reprimiendo un gemido y clavó sus ojos en mí.

—Parece que no te ha ido muy bien.

Abrió invitador los brazos y sin pensarlo dos veces me levanté y casi corrí a ellos. El jergón era demasiado estrecho para los dos, pero de costado y muy abrazados podríamos apañarnos. Me arrebujé en su poderoso y cálido pecho y acomodé la cabeza bajo su mentón.

Sentí sus dedos recorriendo mi espalda con suavidad, de arriba abajo, enredándose de cuando en cuando con mi pelo hasta llegar a la nuca, y allí se detuvo para masajearla con delicadeza. Dejé escapar un gemido de placer, sentí como todo mi cuerpo se desinfló y cayó laxo a un sopor embriagador.

—¿Qué ha pasado? —insistió en un susurro adormilado.

—Nunca me perdonará.

—¿Acaso esperabas otra cosa? —inquirió con algo de asombro.

—No —admití—. Aunque no pedí su perdón por mí; soy consciente de que no lo merezco, lo pedí por él. Creo que, si lograra perdonarme, podría mitigar en algo la rabia que lo consume, le sería menos difícil empezar de nuevo, sin cosas pendientes, sin rencores ni odios.

—Hay algo que no has tenido en cuenta —musitó mientras enterraba sus dedos tras mi oreja para apartarme unos mechones—: el tiempo. —Hizo una pausa y bajó la cabeza para mirarme—. Acaba de enterarse de que te ha perdido, de que un bárbaro del demonio —sonrió al pronunciarlo— le ha robado a su esposa. No puedes esperar que en tan poco tiempo se muestre comprensivo y asuma esa tragedia. Necesita tiempo, aunque incluso con él, dudo de que pueda acabar comprendiéndolo.

Despertamos al alba cuando la luz incipiente apenas grisaba las penumbras. El rumor del mar contra el maderamen, tranquilo y regular, resultaba relajante. Un intenso aroma a salitre, a madera húmeda, a robín y a lúpulo algo rancio inundaba la curva estancia.

Albert se hallaba sentado en el borde opuesto del camastro estirando con cuidado los brazos, haciendo círculos en el aire y reprimiendo sin mucho éxito gemidos dolorosos. Incluso para un hombre de su tamaño y fortaleza aquella flecha había mermado considerablemente su destreza.

Más allá, eructos, sonoros desperezos y ruidosos escupitajos terminaban de acompañar los sonidos sordos de la cubierta superior compuestos por conversaciones, algún grito a los marineros, pasos y el metálico tintineo de ollas. Ante ese último ruido, mis tripas rugieron exigentes.

Albert se volvió y me sonrió divertido.

—¿Es tu estomago el que habla? Dale los buenos días de mi parte.

—Creo que no le bastará con tus buenos deseos.

Me levanté y un mareo inesperado me tambaleó. Cerré los ojos y volví a sentarme.

—Ayer apenas comiste, estás muy débil.

Rodeó el jergón, se sentó junto a mí y apoyó un brazo alrededor de mis hombros.

Sentía un hambre voraz, apremiante y doloroso. Mi estómago rugió de nuevo, más enfadado que antes.

—No te muevas, voy a traerte una bandeja con todo lo que encuentre.

Subió los peldaños de la bodega como una exhalación, admiré su agilidad. Me tumbé y cerré los ojos deseando que el desayuno no se atrasara demasiado. Un golpe sacudió el camastro.

Molesta, abrí los ojos y me encontré con Erik y Ragnar frente a mí.

—Muchacha, ¿estás enferma?

Parecían realmente preocupados y me agradó ver esa nueva faceta en ellos.

—No, estoy bien, solo terriblemente hambrienta.

Erik sacudió levemente su larga melena dorada rijisa y frunció el ceño.

—Pues no tienes muy buena pinta, estás más pálida que el culo de Ragnar a la luz de la luna.

Ragnar lo golpeó ligeramente con el pie.

—Tampoco creo que tu culo sea algo digno de ver, los dioses solo te adornaron con esa estúpida mata de pelo, todo lo demás es pura bazofia.

Erik se encaró con su amigo hinchando el pecho.

—Por lo menos, tengo pelo.

Ragnar gruñó ofendido y se rascó la despoblada cabeza.

—¿Puedes preguntar a cualquier mujer a quién preferiría de los dos? —rezongó altanero.

En ese instante parecieron acordarse de mí y me miraron.

—¿Y bien? —repuso Erik.

—No pretenderán que elija, ¿no? Porque, si es así, diré que preferiría encerrarme con una docena de serpientes venenosas a estar con cualquiera de los dos; al menos, las serpientes no hablan.

Los guerreros me miraron boquiabiertos, pero enseguida estallaron en abruptas carcajadas. Al cabo y algo más calmados se alejaron sacudiendo la cabeza; entre murmuraciones repetían «al menos las serpientes no hablan» y de nuevo reían ante el comentario. Ada se limitaba a sonreír, aunque cuando la sorprendí se cubrió con su habitual mutismo.

Cuando Albert regresó, sus amigos todavía se limpiaban las lágrimas. Me miró asombrado y dejando sobre mis rodillas un cuenco con gachas y algunas tajadas de carne, se limitó a contemplar a sus hombres.

—¿Qué demonios les pasa?

—Se atrevieron a preguntarme a cuál elegiría —contesté mientras me lanzaba sobre el desayuno.

Thorffin, que había estado observando mientras comía una enmohecida rebanada de pan ácimo con miel, masculló:

—Sí, y parece que las ganadoras en la lucha de egos fueron las serpientes.

Apenas masticaba entre bocado y bocado. Me sentía famélica y aquello me sorprendió.

Ciertamente me notaba distinta, algo había cambiado en mí. No me encontraba particularmente enferma exceptuando las náuseas y los mareos, claro, y de repente recordé una ocasión en la que había sentido algo parecido…

Casi me atraganté cuando la verdad de lo que me ocurría me golpeó. No había sangrado desde hacía dos lunas llenas, justo cuando empecé el viaje.

—No comas tan aprisa o va a sentarte mal.

Me aconsejó Albert que me observaba con curioso asombro.

Mastiqué más lentamente y sonreí para mis adentros, albergaba una vida en mi interior, un hijo del hombre al que amaba; la felicidad me inundó, la vela de mi interior, algo trémula por los últimos avatares acontecidos, brilló con renovado brío, más alta y cegadora.

Cuando terminé con la última migaja del cuenco, giré y regalé a Albert la más luminosa de las sonrisas; me abalancé sobre él y lo besé con entusiasmo.

Me tomó entre sus brazos algo confuso, pero igual de sonriente.

—Desconocía que te gustaran tanto las gachas insípidas.

Reí y lo besé de nuevo.

—En realidad, las aborrezco.

Alzó las cejas; sus ojos celestes me escrutaron.

—El martillo de Thor nos ha golpeado con fuerza.

Pareció todavía más confundido, pero cuando deslicé una de sus manos hacia mi vientre su semblante se demudó.

Abrió los ojos, sus labios se despegaron de asombro incapaces de articular sonido. Cuando consiguió hablar, su voz sonó trémula, aunque llena de regocijo.

—Estás… Voy a ser… quiero decir, vamos a ser…

—Padres —completé embargada por la euforia.

Albert logró cerrar la boca y me contempló durante un instante sumergiéndose en mis ojos. Los suyos brillaban emocionados al tiempo que la noticia cobraba forma en su mente. Observé cómo su aturdimiento inicial daba paso al entusiasmo más desbordante seguido de una mirada enamorada e increíblemente afectada. Acto seguido, me estrelló contra su pecho, y me apretó tanto que pensé que, en lugar de reventarme el corazón de gozo, lo harían mis pulmones por falta de aire.

—¿Tienes la más remota idea de lo que significa esto para mí?

Lo sabía. Para él tener una familia era cuanto había aspirado tras perder a la suya de forma tan trágica. Con el rostro hundido en la vasta, cálida y dura superficie de su pecho, sonreí para mis adentros, colmada y plena.

Se separó de mí y tomó mi rostro entre sus manos encallecidas y poderosas; con mirada grave y refulgente susurró:

—Te juro por todos los dioses de Valhalla que consagraré mi vida a hacerte tan feliz como lo soy yo en este momento. Tienes mi cuerpo, mi corazón y mi alma en tus manos, eres parte de mí y por eso estamos unidos más allá de todo lo comprensible y para toda la eternidad. Soy tuyo, amada Freya.

Entreabrí los labios, ansiosa por recibirlo, y él los apresó con frenesí, plasmando en ellos toda su entrega, sellando su promesa; y en aquel instante, algo se abrió en mi interior.

Sentí un relámpago cruzar mi pecho, acompañado de un hormigueo, escalofríos repentinos y un calor abrasador. De repente me sentí flotando fuera de mi cuerpo como un extraño halo nebuloso para meterme dentro de él, de la misma manera que sentía la etérea presencia de su halo penetrando en los confines de mi alma. Fue una unión intensa, inmortal e inexplicable, unidos más allá de la vida y la muerte, más allá de lo tangible, absolutamente extraordinaria y mágica. Me sentí completa, plena y extraña. Él era mi destino, mi fin y mi principio, mi todo.

Abrumada por aquellas sensaciones, lo miré y descubrí que aquella unión todavía lo embargaba.

Temblando me abrazó de nuevo y musitó:

—Siempre supe que eras tú, desde el primer instante en que te vi —suspiró y se estremeció—; la otra mitad de mi alma.

—En cambio yo… siempre negué mis sentimientos.

—Fue por tu sentido de la lealtad.

Eras una mujer casada y, aunque me duela reconocerlo, querías a tu esposo. Yo te arranqué impunemente de tu mundo, sentías rabia, rencor y melancolía. Y yo era el culpable de todo eso.

Acarició mi mejilla con extremada dulzura.

—Pero no me arrepiento —agregó rotundo—. Habría arrasado con todo con tal de tenerte.

Sentí una tibia humedad salir de mis ojos, y deslizarse perezosa por las mejillas hasta depositar su salado sabor en mis labios.

Sí, quise a Rashid, de eso no cabía duda. Pero, a pesar de ello, no se podía equiparar a lo que Albert provocaba en mí. El de Rashid había sido un amor dulce y joven, entregado y hermoso; el de Albert en cambio era como una tormenta devastando todo a su paso, intenso, profundo y arrollador, vibrante y especial.

Y, ahora, un ser culminaba esa unión prodigándonos el cenit a nuestro amor.

Albert me alzó del suelo y, poniendo mi cuello a la altura de su boca, me mordisqueó juguetón el lóbulo de la oreja. Pataleé en el aire entre sofocadas carcajadas.

—¡Bájame o te harás daño! Tienes un agujero en la espalda, ¿recuerdas?

—¿De veras? Lo había olvidado, esposa mía.

Me bajó lentamente, deslizándome sinuosamente por su musculoso cuerpo. Sus ojos celestes y salvajes como el cielo en primavera se oscurecieron con un velo que dejaba entrever sus pasiones más bajas.

Aquel contacto encendió la lujuria. Sentí sus manos aferrando mis nalgas contra su cálida dureza.

—¿Siempre está tan… alerta? —murmuré divertida.

—Siempre y cuando estés cerca.

—Recuerda que no estamos solos —le advertí.

Sonrió abiertamente y me guiñó un ojo.

—Ahora sí.

Asombrada descubrí que tenía razón; en algún momento, sus guerreros habían salido. Me pregunté cómo demonios lograba que todo mi alrededor se diluyera en sombras cuando estaba con él.

—No osarás…

—Sí, mi bella esposa, no creerás que he despachado a mis hombres para nada, ¿no?

—¿Cuándo has hecho tal cosa? —inquirí anonadada.

—Oh, cuando me senté a tu lado mientras te embutías con entusiasmo esas horribles gachas. No he pegado ojo en toda la noche pensando en todas las cosas que deseaba hacerte.

Comenzó a besarme en la base del cuello, besos cortos y rápidos que encendían pequeñas hogueras en mi piel.

—No sabes cuánto agradezco tanta preocupación y, para que te sientas mejor, me sentaré tranquilamente en el camastro dejando que seas tú la que lleves las riendas. Aunque, te aviso, que el caballo que vas a montar no es sumiso, más bien todo lo contrario.

—¿Un semental desbocado, quizá?

Lo empujé suavemente sobre el jergón y me senté a horcajadas en su regazo remangando la túnica alrededor de mis caderas.

—Mmm… muy desbocado.

Pasé mi lengua por sus labios y del interior de su garganta escapó un gruñido lascivo.

—Si te lastimo, házmelo saber —repuse mientras enredaba mis manos tras su leonada melena dorada, acariciándole con la punta de los dedos la nuca.

Sonrió y se mostró más que divertido con mi comentario.

—Lo mismo digo —apostilló al tiempo que sus grandes manos contorneaban mis nalgas.

Tomó mis labios con ahínco y a partir de ese instante una pasión ciega y arrasadora nos envolvió en su capa relegando al resto del mundo a un segundo plano, muy, muy lejano.

El barco atracó en una ensenada resguardada por altos acantilados.

Albert decidió desembarcar a bordo de un bote para inspeccionar el terreno. No estaba dispuesto a caer en otra emboscada. Iría acompañado de Thorffin y Ragnar y dejaría a Erik como mi custodio con la orden expresa de no apartarse de mi lado y de mantener los ojos bien abiertos por si surgían dificultades. Para mi sorpresa, Ada decidió marchar con ellos.

Habían arriado un bote que, bamboleado por la corriente, se entrechocaba contra el maderamen del casco produciendo un sonido hueco y regular, parejo al palpitante pulso que me latía en la sien y que me llenaba de inquietud. Por la expresión de Albert, no me fue difícil adivinar que también le preocupaba separarse de mí, aunque fuera a tan corta distancia. Aunque lo que más lo alteraba era dejarme sola junto a Rashid, me había advertido de que en su ausencia intentaría un nuevo acercamiento, para lo cual aleccionó debidamente a Erik.

—No podrá acercarse a mi esposa bajo ningún concepto —aseveró con gravedad—, no conversará con ella sin que el traductor te informe fidedignamente cada una de sus palabras y no permitirás bajo ningún concepto que leven anclas sin nosotros; en caso de que lo hagan, tendrás que arrancar el timón o inutilizarlo para retrasarlos. Espero que no sean tan estúpidos para intentar algo. —Entonces se dirigió a mí y lo que vi en su semblante me heló la sangre—. Porque, si lo intentan, daré contigo, aunque tenga que atravesar el infierno para recuperarte; y cuando lo haga pienso matarlos uno a uno. No tendré piedad.

Con aquella gélida determinación en su mirada contempló fijamente a Rashid e imprimió una muda, aunque clara advertencia.

Acto seguido, me tomó entre sus brazos y me besó largamente. Cuando me soltó, vi por el rabillo del ojo a Rashid con la cabeza gacha y las manos sujetando fuertemente la baranda de cubierta; sus nudillos habían palidecido. La tensión también fue evidente en sus brazos temblorosos y en la línea de los hombros. Incapaz de imaginar la tortura que lo sacudía, volví la mirada y me sentí miserable.

Albert me dio la espalda y con un movimiento fluido y grácil cruzó la baranda y descendió por la escalerilla que colgaba sobre el costado de la nave.

Sus hombres lo imitaron. Armados hasta los dientes se alejaron con la marea.

Una espesa y lechosa neblina emergió de la costa y envolvió el bote. Apenas vislumbraba la difuminada silueta de Albert, pero sabía con toda seguridad que sus ojos seguían fijos en mí. Aunque no eran los únicos: Rashid también me contemplaba, sin embargo, y para mi sorpresa, no había rencor, ni resentimiento, muy por el contrario mostraban un brillo peculiar teñido de una apabullante determinación.

Erik no tuvo la menor oportunidad, a pesar de que peleó como un león.

Logró derribar a cinco atacantes que lo embistieron simultáneamente, pero el siguiente grupo fue más astuto y, mientras lo distraían con ataques directos, el resto de marineros lo fulminó con ondas, incluso lograron lanzarle algún que otro tonel certero que lo envió duramente sobre la áspera cubierta.

Una vez desplomado, se abalanzaron sobre él y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Esa fue la única manera de amordazarlo y maniatarlo.

Resultaba bastante obvio que estaban más que organizados; habían esperado una oportunidad y la habían aprovechado. En mitad de la contienda, y abrumada por el violento espectáculo, había intentado saltar por la borda con la esperanza de llegar a nado a la orilla. Pero eso también había sido previsto. Unas fuertes manos me sujetaron prestas.

Me debatí frenética, aunque fútilmente; mi captor no estaba dispuesto a ceder ni un ápice. Me volvió hacia él y me dirigió una sonrisa triunfal.

—Ahora soy yo el que le roba a su esposa —sentenció Rashid.

—¡Suéltame inmediatamente! —exigí al tiempo que lo empujaba con fuerza.

—¡Rápido, suelten amarras! —vociferó a la tripulación.

—¡Noo…!

Desesperada busqué con la mirada a mi tio; si alguien podía ayudarme en ese momento, era él, pero no lo encontré. Rashid parecía escudriñar algo detrás de mí; cuando lo alcanzó, me juntó las muñecas y las rodeó con una soga; le lancé una mirada furibunda.

—Has perdido el juicio, no puedes hacer esto.

Sus negros ojos de obsidiana me taladraron. Las líneas de su rostro se endurecieron.

—¿Ah, no? ¿Y por qué? Estoy recuperando lo que me pertenece por derecho.

—Yo ya no te pertenezco —le escupí acalorada—. He intentado explicártelo, pero te niegas a entenderlo.

Sus dedos se clavaron feroces en mis brazos, ahogué una exclamación.

—Sí, me niego y me negaré siempre —replicó con vehemencia—. Una vez fuiste mía y por Alá misericordioso que volverás a serlo, no importa cuánto tarde en conseguirlo, solo sé que lo lograré. Ese maldito patán me ha subestimado y ahora va a pagar duramente las consecuencias.

—Ese maldito patán, como tú lo llamas, nos encontrará y, cuando lo haga, no podré interceder por ti, te matará.

Rashid pegó su rostro al mío, su mirada hervía de furia.

—Puedo asegurarte que la muerte sería bien acogida, mi bella Shahlaa.

—Ya te dije que Shahlaa no está.

Sus labios dibujaron una media sonrisa mordaz y autocomplaciente.

—Volverá, te lo aseguro.

En un arranque desesperado, le propiné un fuerte puntapié en el tobillo.

Dejó escapar un grito y se tambaleó, momento que aproveché para encaramarme nuevamente a la baranda, sin embargo, él fue más rápido, me sujetó por las pantorrillas y tiró de mí con brusquedad. Caí a horcajadas sobre su pecho. Él gimió por el impacto, pero no tardó en apresarme por la cintura, rodó, me giró y me encontré sobre la cubierta con él encima y una mirada flamígera que me devoraba.

—Recordatorio número uno —ronroneó como un gato relamido.

Apresó mis labios para imponerme un beso ávido y apasionado. No sin esfuerzo logré separar la boca, pero él, lejos de soliviantarse, me tomó el cuello y me paseó la lengua hambrienta por la curva de la clavícula.

—Voy a borrar cada uno de sus besos, conquistaré cada parte de tu cuerpo poniendo mi baluarte en la cima. Tal vez no sea fácil, pero no desistiré.

Tenía las manos apresadas bajo la espalda y se me clavaban en la cintura, las muñecas me dolían, así que alcé las caderas para aliviar un poco la presión. Rashid aprovechó el movimiento para demostrarme la rotundidad de su deseo y ciñó sus caderas a las mías.

—¡Basta ya! —grité. Pero los hombres que permanecían en cubierta, nos ignoraban—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Me haces daño!

Me miró pensativo y de un salto se puso en pie.

—No, no puedo hacerlo, aquí —concretó—. Necesito un lugar más íntimo.

De un movimiento me alzó y, tirando de la cuerda como si fuera un animal, me llevó a empujones hasta la popa, donde tenía su camarote.

No podía estar pasando, pensé apesadumbrada y aturdida. Si no hubiera estado tan angustiada, tal vez habría apreciado lo cómico de la situación. Ahora pasaba a ser esclava del hombre con quien había soñado volver todo el tiempo. Me sentía como si un vendaval hubiera puesto, de nuevo, todo mi mundo del revés. Debía encontrar la manera de escapar de él. Estaba dispuesta a todo, aunque en mi fuero interno sabía que solo un ardid podría entretener lo suficiente a Rashid para timarlo. Y, si lo conseguía, aprovecharía la oportunidad sin dudarlo. Nadie me separaría de Albert, ahora menos que nunca.

Cuando la puerta se cerró tras de mí, me volví fingiendo calma y lo miré directamente a los ojos.

—Tú no eres así, Rashid. No eres el hombre con el que me casé.

Dio un paso hacia mí, alzó la mano y deslizó la punta de sus dedos por mi mejilla.

—Lo era hasta que me rompiste el corazón, si tengo que convertirme en un demonio para tenerte, pues que así sea.

Mi mente trabajaba a toda velocidad, quería agotar cualquier posibilidad antes de emplear la seducción.

—No puedes pretender que me enamore de un demonio —le rebatí.

—¿Acaso ese gigante tuyo no lo es?

—No, no lo es.

Rashid emitió una risita cínica y se pasó nerviosamente la mano por su espeso cabello.

—¿Pues a qué llamas tu secuestrar, violar y asesinar? Es un bárbaro que asola las costas robando riquezas y vidas, sembrando el terror, imponiendo su sangrienta ley. —Hizo una pausa y bajó la mirada con semblante afligido—. En verdad no puedo entender cómo una mujer como tú ha sucumbido ante alguien como él. Cómo has podido elegirlo cuando yo te he adorado como a una reina. No solo es despecho, Shahlaa, es incomprensión, es ira, para mí sería mucho más fácil pensar que te ha embrujado.

Me acerqué a él y esperé hasta que de nuevo me miró.

—No se trata de comparar, pues tú posees todo cuanto una esposa anhela en su hombre. Se trata más bien de lo que mi corazón ha elegido, incluso cuando yo todavía me aferraba a tu recuerdo. Luché por ti y perdí. Me negué a aceptar la realidad, como tú haces ahora, pero sé muy bien que es inútil, pues la verdad acaba envolviéndote. Lo amé mucho antes de que mi mente fuera consciente de ello. No hay más. Y sí puedo decirte que no es como piensas. Es noble, leal y valiente. Y por su pueblo es capaz de todo, incluso de saquear si así lo ordena su jarl, pero jamás violó a nadie y nunca mató si no en mitad de una batalla o en defensa propia, estoy segura de que se arrepiente de más de una cosa, pero quién no. Además, me ama con su alma y daría la vida por mí. No te imaginas cuánto luchó. Sufrió hasta lo indecible, incluso renunció a mí para que volviera a tu lado. Solo que ya era demasiado tarde. La verdad llegó a mí y me sacudió con la fuerza de un huracán. No importa qué hagas conmigo, ni dónde me lleves, nunca dejaré de amarlo.

—Eso mismo me dijiste en una ocasión —me reprochó con la voz estrangulada.

—Y lo sentía.

—Entonces, si me olvidaste a mí, también lo olvidarás a él.

Negué con la cabeza. La húmeda mirada de Rashid estaba consiguiendo remover las polvorientas ruinas de mi pasado. Recuerdos atesorados en mi memoria a los que había acudido incesantemente cuando la melancolía me doblegaba resurgían. Una vida plena y feliz a su lado. Las agradables noches en el patio rodeados de la madreselva y perfumados con jazmines y rosas. El relajante gorgoteo del agua recorriendo los canales que surcaban las baldosas formando un rectángulo, el zumbar de insectos en las tórridas noches estivales, los versos cantados a la luna y los apasionados besos entre estrofas y pausas intencionadas.

Todo me golpeó y me dejó sin resuello. Suspiré y me obligué a bajar la mirada para vivir del pasado.

—A él jamás lo olvidaré —musité en un hilo de voz.

—Entonces, está claro que lo que sentiste por mí no brilla con la misma intensidad.

Suspiré y me decidí a utilizar la última baza antes de degradarme ante mí misma.

—Cuando no has visto el sol, el brillo de la luna te parece hipnótico y subyugador, y sin duda lo es, pero cuando sale el sol y te golpea en el rostro, cuando las entrañas parecen hervir en tu interior y el corazón amenaza con derretirse, entonces te das cuenta de que necesitas de él para vivir, anhelas cada rayo, persigues su luz. Y ahora más que nunca necesito su calor.

Rashid tragó saliva, apretó los puños y cerró los ojos en un intento por detener las lágrimas. Una se le escapó, se deslizó perezosa por su mejilla y le cayó por el mentón. Con el rostro desfigurado por el dolor, giró con brusquedad, incapaz de mirarme.

Mi corazón sangraba con él. No lo amaba, pero sin duda lo quería. Y en mi interior supe que, si hubiera decidido volver junto a él, ese cariño se habría elevado a algo más y, aunque nunca se habría convertido en el sol que ahora brillaba dentro de mí, podría muy bien haberme conformado con el plateado resplandor de la luna.

Había apuntado acertadamente, ahora tan solo quedaba el golpe de gracia. Me sentí mezquina a pesar de saber que era completamente necesario.

—Rashid, has de liberarme. Albert me encontrará, no solo le has arrebatado a su esposa, también a su hijo.

Se volvió completamente aturdido. Abrió los ojos desmesuradamente y los fijó en mi vientre.

Inconscientemente lo cubrí con las manos, en un gesto protector. Cuando clavó sus ojos en los míos, comprobó con horror que decía la verdad.

Negó con la cabeza y retrocedió tambaleante. Aquella revelación lo desoló. Se acercó a la mesa que presidía la estancia y de espaldas a mí apoyó las manos en el rugoso y envejecido tablero. Cabizbajo permaneció unos instantes temblado, sintiendo cómo el mundo de nuevo se abría bajo sus pies.

—No importa —espetó con la voz rota—. No, no me importa. Lo criaré como si fuera mío.

La pena, el dolor y la angustia se tornaron rabia y frustración.

Lamenté estar maniatada porque deseaba sacudirlo para que entrara en razón.

—Este niño tiene un padre, y no voy a permitir que se lo arrebates. No puedes ser tan vil y despreciable para hacer tal cosa, ni siquiera en nombre del amor que dices tenerme. ¡Porque, si me amaras, respetarías mi decisión, maldita sea!

Rashid me encaró con los ojos brillantes de odio, negros como dos pozos sin fondo, carentes de alma, febriles y rabiosos. Me encogí, aquel hombre era un desconocido para mí.

—¡Cállate, mujer! —gritó perdido ya todo el control—. Nada de lo que me digas va a hacerme cambiar de opinión. Y, aunque no dejes de repetir que no me quieres, sé que pronuncias mi nombre en sueños, sigo dentro de ti y voy a desenterrar tus sentimientos.

Como un ser abyecto, me desgarró la túnica y dejó mis pechos al descubierto.

—Me tiene sin cuidado que tu mísero gigante acabe conmigo, que lleves en tu vientre a su hijo, nada de eso me importa, ¿lo oyes bien?

Me empujó con violencia al suelo, exhalé un gemido cuando comprendí lo que se disponía a hacer.

—¿Que pronuncio tu nombre en sueños? —inquirí desconcertada—. ¿De dónde…?

—Recordatorio número dos.

—No —supliqué—. Por favor, no lo hagas.

Sin embargo, él ya no escuchaba. Su mirada se nubló con la lujuria y la ira que lo sacudía. Se bajó las calzas y se abalanzó sobre mí totalmente enajenado.

Volví la cabeza, y le negué mi boca.

Pero sus manos acariciaban con violencia, apretando y estrujando como un náufrago agarrado a un odre de agua, con una mezcla de desesperación y entusiasmo a partes iguales.

Cerré los ojos y sollocé impotente cuando su pierna abrió las mías y se colocó hábilmente entre ellas. La imagen de Harald el Implacable asomó a mis pensamientos, me sentí asqueada y, al contrario que en aquella ocasión, permanecí inmóvil, para dejar que aquel extraño entrara en mí y desplegara sobre mi cuerpo su propia frustración.

Paradójicamente, y a pesar de la brusquedad con que exploraba mi cuerpo, no sentí nada; tan solo un amargor y una decepción inigualables. Nada podía excusar aquello. Con Shahlaa murió Rashid, al menos el que había sido mi esposo en aquel lejano al-Andalus.

Rashid jadeaba extasiado con cada empellón. Besaba mis lágrimas, mis pechos, mi cuello, al tiempo que se movía con ímpetu y hambre acumulada. Cuando se derramó con un grito sofocado, clavé mis ojos en los suyos. Aterrado por lo que vio en ellos se desplomó laxo sobre mí y sollozó con violencia entre mis senos.

Me negué cualquier atisbo de compasión.

—Esto es cuanto conseguirás de mí. Un cuerpo vacío, un alma rota y, por supuesto, todo mi desprecio —le escupí.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y recompuso a duras penas su expresión desolada con una máscara de dureza y rencor.

—Lamento que tenga que ser así, pero no me dejas otra alternativa. Eres mía, yo solo tomo lo que me pertenece. La próxima vez, no seré tan rudo… me hiciste perder los estribos.

—No habrá próxima vez. Antes de que te des cuenta tendrás a Albert sobre ti arrancado la vida de tu cuerpo.

—No volverás a pronunciar el nombre de ese bárbaro.

Se apoyó sobre las palmas de las manos y se levantó.

Lo miré con todo la aversión que me inspiraba.

—Ese «bárbaro» jamás me habría forzado de la manera que tú lo has hecho, nunca voy a perdonarte esto.

Él se levantó turbado y tembloroso. Su apuesto rostro se contrajo en una mueca feroz y agónica.

—No necesito tu perdón como tú no necesitas el mío. Si comparamos el dolor que nos hemos prodigado, estarás de acuerdo conmigo en que mi sufrimiento no es comparable con el tuyo, de modo que estamos en igualdad de condiciones. Estoy preparado para recibir todo tu odio, ya nada me importa siempre que te tenga cerca de mí.

Resoplé furiosa, apoyándome en las manos logré sentarme para aliviar el escozor que latía en mis magulladas muñecas.

—Recibirás algo más que mi odio —proferí con voz helada—, también mi compasión, porque si te importa más una mujer que te desprecia, que tu esposa, tu hijo y tus creencias, entonces eres el ser más bajo y estúpido que camina sobre la faz de la Tierra.

No contestó. Se acomodó la ropa incapaz de sostener mi mirada, luego giró y rebuscó en un estante. Tomó una capa y me cubrió con ella.

—He traído algunos de tus vestidos —musitó—. Traeré el arcón para que elijas.

Dejé escapar una risita desdeñosa.

—Desátame, la soga está desollándome.

—No soy tan obtuso —contestó mordiente—. Aunque, si te lastima, la sustituiré por algo más cómodo.

Deseaba abofetearlo, pero me limité a encogerme de hombros.

Comprendí que la única manera de escapar era mostrarme dócil y sumisa, hacerle creer que acataba la decisión de volver. Sin embargo, necesitaba hablar con Erik si es que estaba consciente; debía planearlo con él.

—Entonces soy una esclava, ¿no?

—Hasta que desees dejar de serlo —espetó.

—No seré otra cosa para ti, así que mi lugar está en la bodega, porque, si paso un minuto más a tu lado, voy a acabar vomitando y no por culpa de mi estado.

Rashid torció el gesto; con el ceño fruncido, se acercó a mí, me levantó del suelo, acomodó la capa sobre mis hombros y me empujó hacia la puerta.

—Si lo prefieres, pues que así sea. Necesitas estar sola para asimilar todo esto y, cuanto antes lo hagas, mejor. Vuelves a tu tierra con los tuyos, acabarás dándome las gracias.

Solté una espantosa risotada.

—Gracias ¿por qué? ¿Por ultrajarme? ¿Por separarme de mi hombre? ¿Por negarle a mi hijo un padre? ¿Por convertirme en la mujer más desdichada del mundo? ¡Jamás! —Clavé mis ojos en él, que ardía colérico—. Me equivoqué contigo, Rashid ibn Taliq, temeroso de Alá, hijo del gran imán, benévolo y respetado comerciante. Sí, cuánto me equivoqué, no eres nada a mis ojos, y en ellos solo verás un solo «recordatorio» del demonio en que te has convertido, pues ahora es lo único que veo.

Me sacó a empellones del camarote y me llevó hasta la bodega envuelto en el silencio.

Su rostro estaba enrojecido, no supe si de vergüenza o de ira, tampoco me importó. Me sentó en una esquina y me ató a la parte inferior del palo de mesana. Fue tan brusco que tuve que apretar los dientes para no gritar, pues tironeaba de la soga que me rodeaba las muñecas mientras la deslizaba por el mástil. Sin dirigirme ni una sola mirada se volvió y me dejó allí maltrecha de cuerpo y mente.

Contrita, miré en derredor y descubrí algo más allá a Erik. Estaba tendido de costado en el suelo, inconsciente y encadenado a una de las cuadernas. Lo llamé con insistencia.

Al cabo, detecté un tenue movimiento.

—¡Erik! —siseé—: ¡despierta!

Un leve quejido seguido de un gruñido aturdido.

—¡Erik, maldita sea, nos han capturado! ¡Ragnar estará riéndose de ti, y Albert va a despellejarte vivo!

El maltrecho guerrero pareció volver en sí muy lentamente. Se incorporó a medias y se desplomó de nuevo, incapaz de reaccionar.

—¡Rápido, levántate, van a cortarte el pelo!

Aquello sí funcionó. El guerrero se incorporó como accionado por un resorte, miró a ambos lados con la mandíbula desencajada y aturdido sacudió la cabeza para alejar aquel sopor que lo envolvía. Cuando logró enfocar la vista me localizó.

—¡Por los dioses, estamos metidos en un buen lío!

Tenía un ojo medio cerrado, una brecha a un lado de la cabeza que rezumaba sangre sobre el lado izquierdo de su rostro y la nariz del tamaño de un rábano e igual de roja.

—No te preocupes, muchacha, Alvert nos alcanzará —añadió con una abierta sonrisa que mostró una boca sanguinolenta a la que le faltaba un diente. Con la lengua tanteó la oquedad y arrugó el ceño.

—¡Maldición, me falta un diente!

—Créeme, ese no es el peor de tus problemas —repliqué—. Espera a verte la cara.

Abrió el ojo sano con asombro y con la mano se tanteó cada magulladura.

—Te juro que van a pagar por esto, me han arrebatado toda mi belleza.

Asombrada de que nadie le hubiera dicho a ese hombre que su rostro ya era una piltrafa antes de que lo golpearan, me limité a resoplar y agité la mano para llamar su atención hacia el verdadero problema.

—¿Cuánto crees que tardará Albert en darnos alcance?

—Me temo que tendrá que buscar una aldea en la costa para hacerse con un barco, no sé exactamente dónde desembarcaron. Solo espero que se hagan pronto con un knörr, porque, cuando lo hagan, nos alcanzarán enseguida, esta pesada nave no tiene nada que hacer con nuestros barcos, no hay nada más veloz en los mares.

—Pero también cabe la posibilidad de que tarden demasiado y no puedan seguirnos la pista —apostillé—. Creo que deberíamos intentar escapar antes de que nos adentremos en alta mar.

Erik negó con la cabeza.

—Seguro que ya estamos muy lejos de la costa, no pensarás lanzarte al agua, ¿no? Lo único que tenemos que hacer es destrozar el timón, dejar inservible este botarate y esperar.

Asintió para confirmar su plan y me sonrió dejando su mella al descubierto, torcí compasivamente el gesto y él raudo se cubrió con la mano.

—¡Oh, buen Thor, mis dientes! —se lamentó.

—Solo has perdido uno —señalé—, pero tienes toda la boca inflamada; cuando te cures, todo volverá a la normalidad, serás el galán que solías ser.

El semblante del hombre se iluminó esperanzado. Por qué un hombre como él gozaba de vanidad era todo un misterio.

—¿De verdad?

Asentí y me recosté dolorida buscando una manera de aliviar un poco el ardor en las muñecas. Al hacerlo, mi capa se abrió un poco y dejó ver el escote desgarrado de mi túnica. Erik clavó los ojos en él, y la furia asomó a su rostro congestionándolo más.

—¡Te han forzado! —Parecía realmente turbado—. ¡Albert va a matarme!

Ahí estaba la verdadera preocupación. Respiré hondo y negué con la cabeza.

—Jamás lo sabrá, ¿me oyes? Por nada del mundo debe enterarse. Esto es problema mío, y yo lo resolveré. Ahora solo tienes que decirme cómo puedo inutilizar el timón, ¿de acuerdo?

—Pero, él debe…

—No, y te repito que, si le dices una palabra de esto, te juro que la paliza que acaban de darte no será nada comparada con lo que yo te haré. Te ataré a un poste y te arrancaré todos los dientes, uno a uno, ¿entendido?

Erik asintió, aunque no de buena gana.

No podía permitir que Albert volviera a sentirse impotente y frustrado por no haber podido evitarlo, sobre todo porque la única responsable era yo. Había subestimado a Rashid, lo creía un caballero y así se lo había hecho creer a Albert. Jamás se me habría ocurrido imaginar que pudiera convertirse en el ser mezquino que era ahora.

En ese momento, Erik sacudió la cabeza con evidente desaprobación; en su mirada asomó el reproche, pero me mantuve firme.

—Estoy esperando instrucciones —le recordé.

—Para romper el timón, lo primero de todo es que tus manos no estén atadas a la espalda. Lo segundo es poder subir a cubierta sin que te vean, y lo tercero es conseguir algo que haga de palanca para desencajar el engranaje de la pala del timón, pero se necesita mucha fuerza. Así que está más que claro que es algo imposible, a no ser, claro, que logres liberarme.

Lo miré indecisa, sin saber si reír o llorar.

—Debe de haber otra opción.

Resoplé malhumorada.

—No podemos esperar, es demasiado arriesgado.

—¿Acaso no confías en Albert?

—Confío en él, pero desconfío de todo lo demás y ahora estamos a expensas de esa parte.

Erik se encogió de hombros y se recostó de nuevo.

—Gracias —murmuré arrepentida de mi brusquedad con él— por haberme defendido.

De nuevo se encogió de hombros.

—Tan solo cumplía órdenes —manifestó con indiferencia.

Sin embargo, y a pesar de que decía la verdad, supe que en cierto modo me había ganado su simpatía.

—Gracias de todos modos.

Emitió una especie de gruñido a modo de contestación y se arrebujó con intención de dormitar.

A solas con mis pensamientos, mi mente buscó una forma para conseguir mis propósitos.

Y de pronto supe que solo un hombre podía ayudarme y era precisamente el que no aparecía por ningún lado.

Unos pasos firmes que bajaban la escalinata me envararon. La tenue luz del alba se filtraba por la abertura.

Contuve la respiración y recé para que fuera Roberto, pero no tuve suerte.

—Espero que hayas recapacitado —repuso Rashid.

Mantuve una expresión fría y lo miré con desdén, aunque reaccioné a tiempo. Clara como la luz del día, la solución irrumpió en mi cabeza.

—Sí, he recapacitado.

Abrió los ojos con asombro, aunque la desconfianza todavía le prendía el semblante.

—Me alegra oírlo, ¿y de qué manera lo has hecho?

—Aceptando mi nueva situación.

Se arrodilló junto a mí y, no sin suspicacia, me escrutó el rostro.

—¿Y piensas que voy a creerte después de los juramentos que me has dedicado?

—Admitirás que te los has ganado, te creía más galante y paciente.

Rashid rio con ganas, aunque el brillo que titilaba en sus negras pupilas no era de diversión.

—No vas a engañarme, me odias, no puedes simular la aversión que te causo.

—«Decepción» sería más adecuado.

Dejó en el suelo la bandeja que llevaba y me alzó el rostro.

—Tú también me has defraudado, y eso no ha cambiado lo que siento.

—Porque yo no he cambiado, excepto en mis sentimientos hacia ti. En cambio, tú… Tú eres pérfido y cruel, no puedo encontrar en ti al hombre del que me enamoré. Si pudieras hacerlo regresar, quién sabe, tal vez…

Recé para mis adentros. Rogué por que mordiera el anzuelo.

—¡Vamos, confiesa tu plan! No vas a embaucarme con tus encantos después de todo lo que me has hecho pasar. ¿Qué es lo que pretendes?

—Está bien. Te propongo un trato.

Rashid me acarició la mejilla, instintivamente retrocedí.

—Quiero ver a mi tío, necesito su consuelo y su apoyo, a cambio haré que regresé Shahlaa. Me tendrás de nuevo, pero como siempre soñaste, con el mismo entusiasmo de antaño. Y, si Albert no viene a buscarme, entonces aceptaré volver a tu lado. Pero solo si prometes traer de vuelta a mi Rashid.

Aquella promesa ablandó de inmediato se feroz expresión. Sus ojos se tornaron soñadores y supe que había conseguido mi objetivo.

Aunque me pregunté cómo iba a conseguir convertirme en alguien que no existía.

—Quiero una prueba —exigió.

Tragué saliva y cerré los ojos ahuyentando a Albert de mi mente.

—Desátame.

Esta vez no puso objeciones.

Sacó una daga del cinto y sesgó la gruesa soga que me oprimía las muñecas. Una vez liberadas, suspiré aliviada al sentir cómo la sangre inundaba de nuevo mis manos. Las abrí y cerré hasta que dejé de sentir aquel hormigueo molesto.

Me dolían todos los huesos por haber dormido sobre la dura, fría y húmeda cubierta de la bodega, por no hablar de las náuseas matutinas, pero deseché cualquier malestar y me centré en un solo objetivo.

Rashid aguardaba ansioso, expectante e ilusionado.

Me acerqué lentamente a él. Coloqué mis manos en sus hombros y los acaricié en círculos, a continuación ascendí hasta la nuca y le masajeé la zona como sabía que le gustaba. Sonrió y cerró los ojos encantado con aquella sensación. Lo oí suspirar satisfecho. Muy despacio acerqué mis labios a los suyos y los rocé. Mordisqueé su labio inferior y le sentí temblar.

Por fin lo besé evocando tiempos mejores, intentando plasmar una pasión que no sentía, y una dulzura forzada. Rashid gimió descontrolado. Sus manos me rodeaban la cintura, y me ceñí con fuerza a su cuerpo. Mi lengua entraba en su boca enlazándose con la suya, al tiempo que mis manos recorrían su espalda provocando estremecimientos.

Jadeaba completamente extasiado con mi entrega.

Finalmente me separé.

—Esto es solo el principio de lo que obtendrás si consientes el trato.

—¡Shahlaa! —musitó todavía con los ojos cerrados—. Claro que consiento, ya sabes que daré cualquier cosa si vuelves a mi lado.

—Entonces llévame hasta él.

Rashid me puso en pie y, tomándome de la cintura, me arrastró fuera de la bodega. Antes de salir, capté una mirada reprobatoria de Erik, negaba con la cabeza. Sin embargo, ambos sabíamos que no había otra opción.

Me condujo hasta la cubierta principal, a un lateral de la toldilla, donde se abría una puerta. Abrió con una llave y se soltó en el umbral.

—Tuve que retenerlo aquí para evitar que se inmiscuyera. No creo que esté muy contento, pero acabará por comprenderlo. —Hizo una pausa y sonrió—. Al igual que tú.

Me limité a sonreír.

—Volveré por ti dentro de un rato, tu prueba me ha puesto al límite.

No contesté, me adentré en la oscura estancia y choqué contra algo, era el camastro donde mi tío parecía dormir. Al instante, la puerta se cerró tras de mí.

—¡Tío, despierta, soy yo!

—¿Alondra? ¿Eres tú?

Tanteé en la penumbra hasta que hallé su mano. Inmediatamente la envolvió y me acercó a él abrazándome con suavidad. El pequeño ventanuco que se abría al fondo apenas lograba iluminar el estrecho camarote.

—¿Qué ha pasado? Escuché el alboroto, pero no me dio tiempo a ver nada. Alguien me golpeó.

Maldije para mis adentros.

—Lo que pasa es que Rashid ha enloquecido, y solo tú puedes ayudarme.

Le conté lo sucedido sin escatimar ningún detalle y aliviada comprobé el horror en su rostro mezclado con incredulidad.

—Sin duda, ha perdido el juicio; comprendo que esté herido, que esté sufriendo un calvario, pero nada lo exime de la culpa de lo que te ha hecho, sobre todo en tu estado. ¡Oh, querida mía, tenemos que remediarlo de alguna manera!

Me abrazó de nuevo con infinita ternura. Ya no pude contener más las lágrimas. Me desahogué a conciencia, empapando su hombro.

—¡Ya, pequeña, todo se resolverá, te lo prometo!

Ahogué un sollozo y limpiándome la nariz lo contemplé esperanzada.

—Tío, tienes que inutilizar el timón para dejar el barco a la deriva, tenemos que darle tiempo a Albert para que nos alcance.

Roberto recordó de pronto a mi esposo y su rostro se demudó en una expresión de auténtico terror.

—¡Por Cristo! Ese gigante tuyo va a matarnos a todos.

—No si puedo evitarlo.

Aquello no lo tranquilizó lo más mínimo.

—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso estando aquí encerrado?

—Le haremos creer que estás dichoso de que haya decidido regresar, yo me encargaré de que te libere. Sé perfectamente cómo entretenerlo, pero has de ser rápido; cuando lo hayas hecho, baja a la bodega y libera a Erik, no se me ocurre nada más.

Por el brillo de su mirada cerúlea supe que a él sí.

—Cuando Rashid descubra nuestras artimañas no tendremos escapatoria. No, creo que sería mejor arriar el último bote y que escapes en él. Yo lo retendré.

Ultimábamos detalles cuando Rashid irrumpió sin previo aviso.

—No puedo esperar más —confesó bastante animado.

Visiblemente agitada, me abracé de nuevo a Robert. Muchas cosas podían salir mal, la sola idea de que le ocurriera algo malo me descomponía.

—Deseo pedirte que lo liberes. Le he contado que aceptaré volver y está encantado con la idea.

Rashid miró con perspicacia a Roberto para luego indagar en mi rostro.

—No hasta que estemos más alejados de estas costas.

Me acerqué a él y lo miré con dulzura.

—Me prometiste volver a ser el que eras, además, te repito que Roberto desea lo mismo que tú.

—No puedes imaginar la alegría que acaba de darme. —Frunció el ceño y señaló acusador a Rashid con el dedo índice antes de añadir—: a pesar de que desapruebo las maneras. Nunca vuelvas a hacerme algo así. La cabeza todavía me da vueltas.

Rashid asintió y, tomándome de la mano, me arrastró fuera.

—Bien, entonces ordena a los hombres que desplieguen la vela mayor —dispuso dirigiéndose a Roberto—. Hemos de alejarnos cuanto antes de estas tierras.

—Así lo haré, hijo, sin pérdida de tiempo.

Fui conducida de nuevo hasta el camarote de Rashid.

—Bien, Shahlaa, estoy esperando mi recompensa.

Trémula, aunque decidida, me acerqué a él y lo besé de nuevo. Sin embargo, el rechazo que me produjo provocó una rigidez que él rápidamente notó.

—Yo… voy a necesitar tiempo —inventé.

—Deja que alimente tu deseo, mi adorada Shahlaa.

Haciendo acopio de valor asentí y permití que fuera él quien tomara el control. Me besó suavemente, como tanteándome. Reprimí el impulso de alejarme, de golpearlo. Traté de sofocar la ira que de nuevo me dominaba. Sus labios tersos y amorosos se prodigaban en mi cuello, en el lóbulo de mi oreja, en un intento por encender mi deseo.

—Es solo que… no es tan fácil.

Se pasó las manos por el pelo retirándolo de la frente en un gesto irritado.

—¡Basta! —exclamó furioso—. No pienso dejarte ir, ahora debes elegir cómo quieres que te tome, por las buenas o por las malas, porque te juro por la palabra del profeta que no pasará ni un solo día sin que seas mía, hasta que te acostumbres de nuevo a mí, hasta que olvides que una vez existió otro hombre.

Se me abalanzó y me tomó entre sus brazos.

—De acuerdo —concedí esperando aplacar su ira—. Cálmate, voy a cumplir mi palabra.

Un grito nos paralizó, Rashid no me soltó; me pegó a él en un ademán posesivo. En su mirada asomó el miedo.

—¡Nos atacan! ¡Piratas a estribor!

CONTINUARA

Les soy sincera, leyendo este capitulo me tomo dos días porque me daba un coraje leer lo tonta que es esta mujer, y el tonto de Albert al dejarla en el barco.

..Primero: Ada porque se fue con ellos? Acaso esa mujer sabía lo que pasaría? Sera que ella y Rashid lo planearon?

.. Segundo: A esta mujer la violan y no trata de defenderse? Que pasó con la loba? más bien es una vaca muerta, así Rashid se sentirá mal y se arrepentirá, jajaja que ingenua , si este árabe lo que desea es su cuerpo, esta obsesionado con su cuerpo de DIOSA, el lo que siente por ella es pura lujuria , pasión, pero no amor, porque si en realidad la amara no lo forzaría y menos a sabiendas que esta embarazada, y lo que me dio más coraje fue que ella después se deja manosear de su violador, el ser violada es como normal para ella?

..Albert, pobre de mi vikingo, el si la ama con todo su corazón, pero mijo que te paso? Como dejas a tu esposa con su otro esposo en el barco? Obvio que este se iba a aprovechar de tu generosidad y tu viendo como estaba emocionalmente ese árabe, se la regalas en bandeja de plata servida hasta con patatas (hijo).

Hay chicas, sinceramente son tres novelas, pero con esta protagonista no puedo, no es que me desagrade, ella en realidad me desespera.

Así que continuemos , ya faltan pocos capítulos.

Abrazos.

Aby.