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Capítulo 17
Cuando el infierno abre sus puertas
Toda la aldea se concentró al alba para ver partir a sus guerreros.
Las mujeres sonreían entre lágrimas. Los niños somnolientos lanzaban guijarros, aburridos, deseosos de liberarse de tanto abrazo y beso de sus progenitores para embarcarse en sus juegos.
El viento del Norte se arremolinó a nuestros pies, ondeando túnicas y sayas, acariciando cabellos y tiñendo de color las mejillas de los congregados. El frío contacto resultó como la acerada caricia de un puñal, inesperada y sobrecogedora. Los asistentes se encogieron en sus capas y se frotaron las manos depositando el vaho de sus bocas en un mismo ademán.
Los guerreros, ya en sus monturas, ofrecían un aspecto extraordinario. Sobre enormes alazanes, hombres también descomunales mostraban sus armas variopintas y pesadas. Tocados con yelmos y escudos, lanzas, mazas y espadones, miraban a sus congéneres con gravedad, dolorosamente conscientes de que algunos no regresarían.
En ese momento, un guerrero avanzó con paso decidido y se detuvo delante mío. Unos ojos rasgados del color de los cielos se clavaron en mí. Albert nunca había estado tan impresionante. Rezumaba tal poder, que la gente guardó silencio como si se encontraran frente a un dios.
Llevaba puesto el yelmo de metal de forma cónica con una protección rectangular para la nariz, de forma que resaltaba sus ojos, la boca y la mandíbula confiriéndole un aspecto temible.
Sus cabellos se agrupaban en una trenza gruesa a su espalda. Lucía una cota de malla hasta las rodillas, calzas negras y unas botas de piel curtida. Un amplio cinturón ajustaba su talle; de la cadera colgaba el cinto en el que funda y espada formaban una diagonal tras él. Sobre sus poderosos hombros una, una capa roja ribeteada de pelo de nutria ondeaba a su espalda.
Solté el aliento. En verdad, parecía un dios. Estaba tan salvajemente apuesto, emanaba tanta fuerza, que su sola visión paralizaba. Era la imagen del guerrero por excelencia. Deseé detener el tiempo, abrazarlo y no soltarlo nunca. Miré su boca, por fin sonrió para quitarle algo de gravedad a su expresión.
—Creí que anoche habías tenido suficiente de mí para una larga temporada —susurró apenas.
Deseaba besarlo, pero me limité a acariciar su mentón cuadrado y firme.
—Nunca tendré suficiente de ti —contesté en el mismo tono.
Los ojos le chispearon, pero borró la sonrisa para dirigirse a su pueblo.
—El rey me reclama —comenzó—. Empieza una nueva era en la que los clanes y tribus deben decidir su destino. Se acabaron los déspotas sanguinarios, los rufianes que tras su condición de jarl devastan y saquean a su gente. Todos los habitantes jurarán pleitesía al rey, sean de la condición que sean, y rendirán cuentas de sus actos. Ninguno quedará impune de sus crímenes.
Las voces del pueblo se alzaron vitoreando a su líder.
—Marchamos a la guerra para imponer un nuevo orden, más justo; para vengar agravios e injusticias y para procurar una paz definitiva entre nuestros pueblos. Entregaremos nuestras vidas por la causa.
Una nueva ovación recorrió el prado en el que el ejército aguardaba. Finalmente se volvió hacia mí, y me taladró con la mirada. Tras dudar apenas un instante, se quitó el yelmo y me tomó de la cintura.
—Volveré —prometió—. Entonces no podrás librarte de mí, ni para ir a ordeñar.
—Júralo —musité.
No contestó, al menos, con palabras. Tomó mis labios en medio de la estruendosa aclamación de sus hombres.
Después se arrodilló y depositó un beso en mi vientre.
—Me hace tan feliz saber que, pase lo que pase, estoy dentro de ti.
Me abracé con fuerza a su pecho y paladeé cada caricia. Imprimí en mi memoria hasta los pequeños eslabones metálicos que surcaban su cuerpo. Cerré los ojos y percibí el aroma terroso de los campos, la humedad del aire, la fragancia de los arces, el canto de las cornejas y el piafar de los caballos inquietos, pero, por sobre todas las cosas, su olor, que me caló los huesos.
—Tuyo —murmuró contra mi pelo.
Alcé el rostro; con una sonrisa afectada, acerqué mi boca a la suya y proferí en un murmullo:
—Tuya.
Entonces, con evidente esfuerzo, se separó a desgano. Se puso el yelmo y montó el alazán negro como la noche. En ese instante una figura enjuta se abalanzó sobre él.
Era Eyra, que le entregó una especie de pergamino arrugado y atado con una cinta escarlata.
Albert, extrañado, se inclinó para hablarle. La anciana le susurró al oído. Poco después, la mujer desapareció entre la muchedumbre.
Albert sacudió las riendas con suavidad y me buscó con la mirada. Alcé la mano a modo de despedida. No dejó de mirarme hasta que arrió a su caballo para partir envuelto en una nube de polvo. Sus hombres lo siguieron.
El sonido atronador de cientos de cascos retumbó bajo nuestros pies. No tardaron en desaparecer tras la primera colina.
Suspiré y reprimí la intensa desazón que me quemaba el pecho. Aun flanqueada por Thorffin y Ragnar, mis guardianes, me sentía sola y terriblemente indefensa. No bien me volví, me topé con la mirada soterrada de Sigrid. Capté el mensaje a la perfección. Ahora tocaba averiguar las trampas que me aguardaban, los planes malignos de mis enemigas. Debía ir por delante si quería tener alguna oportunidad, encomendarme a mis protectores no sería suficiente. No lo sería, me repetí al percibir la expresión depredadora de mi contrincante. Debía dejar suelto al lobo de manera sistemática, siempre alerta y desconfiado.
Por el momento, ardía en deseos de hablar con Eyra. La encontré en mi cabaña. En cuclillas, observaba unas piedras redondeadas esparcidas por el suelo. Cada una mostraba en la superficie agrisada un símbolo.
La anciana cerraba los ojos, profería en apenas un susurro una entonación ininteligible y lanzaba otras tantas.
Cuando los abrió, su rostro se demudó. Justo en ese instante, reparó en mi presencia. Su pálido semblante mostró entonces el horror que sentía. Descompuesta, negó con la cabeza. De nuevo, fijó su mirada contrita en las piedras.
No era la primera vez que veía utilizar runas. Pero nunca a Eyra. Entonces recordé que ella había vaticinado mi presencia en el destino de Albert. Ahora nuevamente consultaba la suerte de su vástago. No obstante, su rostro me congeló el alma. Algo realmente horrible iba a pasar, de eso no había duda. Con el corazón martilleándome en el pecho, me acerqué a ella y miré el despliegue de runas sobre un tapiz índigo. No las conocía bien, sabía que eran veinticinco y que su significado cambiaba si caían de cara o invertidas. Lo que tenía ante mí no eran buenas noticias. La mayoría eran invertidas a excepción de dos.
—Quiero saber lo que ves —exigí con voz estrangulada.
Posé la mano en mi pecho como si con ello pudiera detener el aleteo de aquella mariposa incómoda y agitada.
—¿Estás segura? —inquirió con firmeza a pesar de su expresión titubeante.
Asentí incapaz ya de hablar. La sangre se me agolpó en los oídos.
—Bien, soy el oráculo. Tengo ese don desde que recuerdo. Visionaria, o como quieras llamarlo, para mí ha sido una maldición. —Hizo una pausa y fijó su mirada perdida en las piedras—. Solo he consultado las runas tres veces en mi vida y, a excepción de una, las demás fueron una tortura. Las piedras no mienten, ni los astros. Ellos sellan el destino de los hombres. Y el que veo aquí… —Tragó saliva y cerró los ojos con la expresión de derrota más devastadora que jamás había visto—. Es inútil luchar contra él; tan solo queda aceptarlo.
Alzó la mano invitándome a arrodillarme junto a ella.
—Esta es Fehu —comenzó señalando una piedra ovalada suave y lisa con una línea vertical más oscura en el centro, de la que partían dos líneas paralelas oblicuas a la central—. Como ves, está invertida, y eso advierte de un riesgo, hay que estar en guardia.
Su largo y huesudo dedo acarició la superficie pulida de la roca en actitud reverente.
—Esta otra es Uruz —siguió y señaló una con el símbolo de un cuadrado a excepción del lado inferior simulando una puerta—. También invertida, lo que alerta de la pérdida de oportunidades. Es necesario romper con el pasado para cambiar el destino.
—Otra invertida, Turisaz. —Su símbolo era una P acabada en pico—. La suerte no está de cara, es necesario tener mucha cautela y atención.
Su dedo se movió sobre una que conocía, As. Sentí el corazón bombeando lentamente y, en cada latido, una aguja lacerándome.
—Como ves, también está al revés. Y eso indica claramente engaños, mentiras y embustes. Se está forjando una trampa pegajosa como la telaraña de una tarántula de la que no se podrá salir si caes en ella. Por eso, tantos avisos.
Frunció los labios en un rictus tenso que crispó su semblante. La insondable tristeza de sus ojos se clavó como puñales en mi pecho.
—Esta está de cara, Rad, indica viajes y movimiento.
Suspiró como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros.
—Y esta es Kano. —Señaló la que mostraba el símbolo de una punta de flecha—. Por desgracia, también invertida. Caminos que se cierran, fin, término ruptura.
Bajó la cabeza; el cabello largo y blanco le cubrió el rostro como un sudario. Alargué el brazo y deposité mi mano en su hombro, animándola a continuar.
—Isa, de cara —musitó sin levantar la mirada, aunque alargó la mano para acariciar la runa, con una simple línea vertical surcando su centro—. Representa un cese de las actividades, una congelación. Como la semilla enterrada en la nieve que debe esperar paciente a que llegue la primavera para brotar de nuevo. Esta es la única que aligera algo mi corazón.
—Perth, la muerte de alguien cercano —soltó a bocajarro.
—¡No! —grité y me derrumbé. De un manotazo violento esparcí las runas por el suelo—. No lo consentiré —gemí agónica.
—Y Wird, la runa blanca —continuó la anciana como si aquellos guijarros malditos siguieran en sus posiciones—. Representa el poder cósmico del destino, algo inesperado va a ocurrir y lo que está predestinado que ocurra no se podrá evitar.
Entonces, se volvió hacia mí con la mirada rota por el dolor. Su rostro pareció envejecer, el sufrimiento tenía ese don.
—Wird también es una página en blanco —repliqué furiosa—. Y yo escribiré en ella, cambiaré su destino. Albert no va a morir. Partiré ahora mismo y…
—Albert no va a morir.
Me interrumpió con escalofriante serenidad. Abrí los ojos desmesuradamente, sin saber si reír o llorar, la sorpresa y la confusión hicieron mella en mí. Esta vez fue la mano de Eyra la que sostuvo mi hombro.
—Estas runas hablan de ti.
Sentí como si cayera en un pozo negro, estrecho, profundo y maloliente. Llevé mis manos hacia mi vientre y me abracé. No, me dije, nadie nos hará daño. No lo permitiré. La negación que brotaba de cada poro de mi piel sacudía también mi cabeza, ponía voz en mis labios y una furia ensordecedora en mi alma.
—No —susurré—. Eso no va a pasar.
Eyra me tomó por los brazos con fuerza y me sacudió con vigor.
—Entonces huye, muchacha, monta en el primer caballo que encuentres a tu paso y parte rumbo a un puerto que te devuelva a tu tierra, al-Andalus, de donde no debiste salir.
La negación permanente de mi cabeza tomó más brío.
—Nunca lo abandonaré —musité ya sumida en el llanto.
—Lo harás; si te quedas, la muerte te llevará.
—Pero todavía estoy a tiempo, los avisos… Seré cauta, sé quién es mi enemiga.
Eyra agitó la cabeza, parecía a punto de desplomarse.
—Tu corazón ya te había avisado, ¿verdad? Ahora las runas, mi don, todo indica que el destino se cumple. Primero las advertencias, Fehu, Uruz, Turisaz, luego Rad, el viaje al otro mundo, Kano y Perth, el fin, la muerte, pero esta Isa. —Hizo una pausa en la que consiguió forzar una sonrisa breve y titilante—. Sí, Isa es el renacimiento del cuerpo y la mente, la semilla que brota y germina en un páramo nuevo más propicio, verde y fértil. Renacerás, muchacha, y él contigo. Eso es cuanto te queda, un ajado tablón a la deriva en un océano embravecido, pero un agarre al fin y al cabo.
Las lágrimas cuajaban mi rostro como los surcos de un sembrado, continuos e interminables.
—Si mi destino está marcado, ¿por qué huir?
Eyra tardó en contestar, lloraba en silencio.
—Nunca se debe dejar de correr a pesar de saber que el camino se acaba, nunca hay que dejar de luchar por una causa perdida; si no, el hombre no sería tal, ni la humanidad progresaría. Y, sobre todo, porque a pesar de las estrellas y los designios divinos, siempre hay un resquicio angosto por el que colarse. Es lo que se conoce como el libre albedrío. Si tus puertas están cerradas, pues golpéalas, empújalas, aráñalas, pero no te quedes parada, eso nunca. Si tienes que irte, planta batalla, muere como un guerrero.
—Lo haré, te juro que lo haré, pero no será huyendo —prometí embargada por una fuerza desconocida, una fuerza gobernada por la rabia, pero también por una determinación serena y firme. De alguna y sorprendente manera el miedo desapareció. No obstante, quedó el dolor y no por mí, sino por él.
Eyra pareció leer mi rostro como un libro abierto.
—Albert irá tras de ti.
Aquello fue como una bofetada traicionera.
—Acabas de decir que vivirá —increpé vehemente.
Eyra asintió con semblante vencido.
—Sí, pequeña, volverá ileso de la guerra, pero cuando mueras, morirá contigo, ambos son uno. Mi corazón de madre ya llora su pérdida, mi don trae visiones a mi mente. Lo veo abrazado a tu cuerpo inerte, gritando impotente, llorando desgarrado, maldiciendo al cielo y a todos sus habitantes inmortales; lo veo pidiéndome que acabe con su sufrimiento, y a mí posando en sus labios un veneno letal e indoloro.
Cerró los ojos, contrajo su expresión y dejó escapar un gemido que intentaba sofocar un sollozo.
—Le di la vida y se la quitaré como lo hice con su padre. Soy el verdugo de mi propio corazón, ¿acaso hay designio más infame?
—Entonces no lo hagas: ayúdalo, dale fuerzas para vivir.
Los ojos vacuos de la mujer mostraron un alma desgarrada, rota en finas hebras.
—¿Vivir sin ti? ¿Quieres que lo condene a una vida vacía? ¿Qué lo vea deambular como un fantasma doliente con el corazón sangrante? ¿Una sombra atroz del hombre que fue? No, no podría. Sé mejor que nadie cómo es esa vida y no la quiero para él. Al menos, yo lo tuve a él para escapar de la locura, pero él no tendrá nada.
Me sentía cada vez más cansada, la tensión se distendía dando paso al sopor. Mi alma necesitaba descansar para sollozar con más fuerza; mi cuerpo dormir, para luchar, y mi corazón… Mi corazón estaba lejos, camino a una guerra.
—Te tendrá a ti —logré decir.
—Sí, por primera y última vez me llamara madre.
Entonces vino a mi cabeza el pergamino y lo entendí todo. Las piezas iban ocupando su lugar, un lugar aterrador.
—Se lo confesaste todo en esa carta, ¿no es cierto?
—Sí; cuando regrese, necesitará una madre más que nunca.
Asentí. Sentí un regusto amargo en la boca.
—¿Sabes al menos quién acabará con mi vida?
—No será quien imaginas —contestó en un hilo de voz.
—¿Ni Sigrid, ni su madre?
Eyra negó con la cabeza.
—¿Eliza? ¿Tal vez Ada?
De nuevo negó, la bilis estallaba en mi garganta inundándome en un abismo acerbo y sofocante. Los jugos del estómago se revolvían contra las paredes como olas salvajes que devoran el costado de una nave.
—Será un hombre —concluyó—. Es cuanto puedo decirte.
Entonces la negrura tiró de mí, no sentí el golpe contra el suelo.
—¿Quieres dejar de molestarme, estúpido tramposo? —rugió Thorffin.
—¿Me estás llamando tramposo? —se defendió Ragnar—. Que Thor baje del Valhalla y me golpee con su martillo si eso es cierto. Te gané limpiamente, enorme oso rojo, y lo sabes.
—Si a mover a escondidas tus figuras lo llamas ganar limpiamente, entonces sí, lo has hecho.
Ragnar se levantó ofuscado y apartó de un golpe la mesa que los separaba. Era la tercera vez que tenía que detener una pelea.
Comenzaba a aburrirme. Me maldije por haberlos iniciado en aquel juego de estrategia, el shatranj, un juego muy popular en el islam y un homenaje a la victoria de Alejandro Magno en su marcha hacia la India.
El juego constaba de dos ejércitos, cada uno con carros, elefantes, infantería y caballería en torno a un rey y su ministro. A cada grupo de piezas se le otorgaba unos movimientos determinados mediante los cuales debía derrocar al rey contrario. Aquel juego tan popular en al-Andalus; solo se jugaba en moradas de nobles y príncipes. Las piezas y tableros solían ser de una finura exquisita. Unas veces de marfil, otras de cristal de roca y piedras preciosas. Aquí eran de madera de haya, pero bastante logradas por cierto.
—Basta, basta —proferí con voz cansina todavía tentada por dejar que se mataran el uno al otro—. Me gustaría dar un paseo, me siento algo mareada.
Se habían convertido en mi sombra, incluso hasta dormía franqueada por aquellos dos colosos. Era demencial y, sin embargo, necesario. Me puse en pie y salí de la sofocante cabaña.
Aspiré el aroma fragante de los arces y me envolví en mi chal de lana. Caminé hacia el lado opuesto de la aldea hacia el embarcadero. Solo el mar conseguía aliviar la quemazón que tiznaba cada recoveco de mi ser.
Habían pasado tres semanas desde su partida, tres semanas semejantes a tres siglos. Lo echaba tanto de menos que ya me sentía muerta antes de estarlo. Solté una carcajada abrupta pero breve que silenció a los hombres que me seguían aún en plena discusión. Los ignoré.
Durante todo ese tiempo, mi mente se había preparado para tan trágico fin. ¿Era posible aceptar la muerte cuando te sientes tan viva? Mis manos revolotearon sobre la ya incipiente curva del abdomen, acariciándolo con mimo. Al menos, esta vez, mi pequeño no partiría solo. Sin embargo, a pesar del convencimiento que había caído como una pesada losa sobre mí, a veces percibía una tenue brisa de esperanza, como filtrada a través del resquicio de una puerta. ¿Sería el libre albedrío ofreciéndome una oportunidad? Quería creer que sí.
De cualquier forma, por muy alerta que estuviera, no había forma de adivinar cómo y cuándo pasaría. Solo restaba esperar y disfrutar de cada instante, de cada exhalación, de conversaciones y miradas, de sonrisas y sensaciones.
Todo cuanto me rodeaba gozaba de una dimensión nueva, más intensa y emotiva. Resultaba desgarrador descubrir los diferentes tonos que adquiría un crisantemo con el discurrir del día y cómo el rocío tildaba de plata las hojas de las acacias y los robles, cómo les imprimía misticismo y cómo el espesor de la niebla matutina flotaba sobre los arbustos como un aura espectral e hipnótica.
A menudo cerraba los ojos; entonces, acariciada por el sol evocaba mi tierra, mi origen. Veía las polvorientas calles de Toledo azotadas por el abrasador calor del mediodía de agosto, escuchaba el rumor del Tajo serpenteando entre los numerosos puentes pedregosos, perdiéndose en sus meandros y descansando perezoso en un ribazo oculto.
Rostros amados surgían ante mí con sonrisas sempiternas. Cada instante, cada sensación, por insignificante que pareciera, era paladeada hasta la saciedad, masticada con lentitud y engullida con placer. Tras todo eso, un soterrado matiz rebelde bullía agazapado en un rincón de mi alma, presto y dispuesto a atrapar un asidero.
Un rostro, no tan amado, se plantó frente a mí con una sonrisa indescifrable.
—Necesito hablar contigo —comenzó Ada.
Una suave brisa levantó uno de sus ingobernables rizos; le ocultó en parte el rostro. Ella, con gesto brusco, lo acomodó tras la oreja. Con semblante apremiante me tomó del brazo y me alejó unos pasos de mis guardianes.
—Ya no escuchan, ¿qué tienes que decirme?
En tres semanas su actitud había cambiado radicalmente. Tal vez por la ausencia del hombre que la convertía en mi rival, tal vez porque Ragnar ganaba terreno; de cualquier modo, agradecí no tener que lidiar con su genio. De manera habitual se acercaba a ofrecerme consuelo y buscaba consejos y conversación. Quería creer que había ganado una amiga, ella me había pedido perdón por sus arranques; yo de corazón olvidé agravios y desconfianza: después de todo no era mi verdugo.
—Se trata de Sigrid, algo trama.
Otro aviso.
—Cuéntame lo que sepas —la insté.
—Anoche la escuché hablar con su madre. Han mandado un emisario hacia la contienda en busca de Ulf; le piden regresar con urgencia para hacerse cargo de un obstáculo importante.
Me miró significativamente.
—Eres tú, ¿verdad? Planean matarte.
—Al menos ya sé qué esperar y de quién —repliqué con frialdad.
Ada abrió desmesuradamente sus oscuros ojos.
—¿Lo sabías? —inquirió boquiabierta—. ¿Y estás ahí tan tranquila?
Señalé con la cabeza a los hombres que aguardaban pacientes tras de mí.
—¿Por qué si no iba a llevar vigilancia intensiva?
—Bueno, y ¿qué piensas hacer?
—Defenderme, por supuesto.
Ada tenía la boca tan abierta que temí que se le desarticulara la mandíbula.
—¿Defenderte dices? Por favor, huye ahora que estás a tiempo. Marcha junto a tu esposo; él te protegerá.
Sonreí. Jamás imaginé escuchar esas palabras de su boca. Ada me mirada como si hubiera perdido el juicio.
—Él ya tiene bastante con proteger su propia vida.
Ella tomó mi mano entre las suyas: su expresión preocupada me conmovió.
—Entonces yo te ayudaré —se ofreció—. Sé que tienes a esos dos ogros gigantescos a tu servicio, pero ninguno puede camuflarse como yo. Estaré alerta y te mantendré al tanto de lo que descubra.
—Uno de esos ogros es tu esposo —le recordé.
Miró al mencionado con el ceño fruncido, pero al cabo suavizó su expresión y consiguió dedicarle una burda sonrisa.
—Por eso lo sé —se limitó a contestar con un dejo de tristeza.
—¿Tan infeliz te hace?
Negó con la cabeza, permaneció pensativa, como ausente, hasta que su pequeña nariz se arrugó en un mohín testarudo.
—La verdad es que me estoy acostumbrando a él, pero… es… tan grande y rudo.
Sonreí de nuevo, aquella confidencia era otro paso en la dirección correcta.
—Ellos son así, pero poseen un corazón límpido y noble. Son desproporcionados incluso en sus sentimientos.
Asintió, en sus mejillas se encendió un pequeño y sonrosado fuego que me llevó a adivinar que hablaba en un sentido físico literal.
—Muchas elevarían plegarias a los dioses —bromeé.
Sin poder evitarlo, solté una carcajada. Ada, contagiada, también rio, atrayendo la atención de los hombres. La pasmada expresión de Ragnar no hizo sino incrementar nuestras carcajadas.
—No irás a decirme que es como su cabeza, ¿no? —prorrumpí entre risas, señalando la alopécica cabeza del guerrero.
—Casi… —contestó entre lágrimas, sus carcajadas le impedían proseguir.
—Ahora entiendo por qué andas tan despacio.
Ada se dobló en dos convulsionada por la risa.
—A veces no puedo ni dar un paso —logró articular.
Tras el último y descontrolado acceso de carcajeo conseguimos calmarnos. Ada se secaba las lágrimas con la manga de su túnica.
—Hacía tanto tiempo que no me reía así —confesó.
—Es estupendo, ¿no es cierto? Deberías hacerlo más a menudo, es la mejor terapia que conozco para casi todo.
—Sin duda —confirmó—. Ahora me doy cuenta de lo equivocada que estuve contigo y lo injusta que fui. El día que me encontraste cambió mi suerte.
Un brillo extraño destelló en sus ojos. Enseguida me vi catapultada hacia su delgado cuerpo y envuelta en un abrazo cálido y agradecido.
—Si vuelves a darme las gracias, te vomitaré encima.
Ada me soltó y se apartó unos pasos.
—No me eches la culpa de tus náuseas.
Sonreí poseída por una satisfacción gratificante.
—Tranquila, ya me libré de ellas.
Caminamos tomadas de la mano, saboreando una amistad cargada de promesas.
Tres noches después, unos golpes en la puerta impulsaron a Thorffin fuera de su camastro. Ragnar, algo más somnoliento, se restregaba los ojos, evidentemente confuso.
—¡Por la túnica de Loki! ¿Quién perturba mi sueño? —vociferó el primero.
De una zancada llegó a la puerta y la abrió, una ráfaga de viento sacudió su roja cabellera.
—¡Nos atacan! —gritó Ada; no pude ver su rostro, pero sentí su miedo.
Me puse en pie. Corrí hacia ella.
—Es un grupo numeroso, he visto las antorchas, estoy segura de que es Ulf —explicó.
Thorffin frunció el ceño.
—¿Y cómo sabes que son enemigos? Tal vez sean los nuestros que regresan —replicó receloso—. Aunque, si fueran los nuestros, habrían sonado los cuernos de las atalayas. Y no oigo nada.
Ada, con los ojos desorbitados, miró angustiada a su esposo.
—Es cierto, llevan las espadas en alto, no hay que perder el tiempo. No sé qué ha pasado con los malditos cuernos, pero están a punto de llegar —casi gritó. De un salto se acurrucó en los brazos de Ragnar.
—Solo hay una manera de saberlo —masculló Thorffin al tiempo que salía a la carrera—. Tú quédate con ellas —ordenó ya fuera de la cabaña.
Una sola pregunta rondaba mi cabeza, una a la que no encontraba explicación y que sembraba una imagen en mi cabeza: la runa As, mentiras y engaños. Miré a Ada; me dejé llevar por mi intuición.
Palpé la daga que siempre llevaba en un cinto colgando sobre la cadera. Supe que esa noche tendría que usarla.
También sentí el puñal escondido en mi bota. Los recuerdos de cómo usar las armas afloraron frescos a mi cabeza. Estaba preparada. Entonces, llegaron los gritos.
Cuando abandonamos la cabaña, el infierno iluminaba la noche. Cientos de antorchas incendiarias caían sobre los tejados. Guerreros a caballo descargaban mandobles a diestra y siniestra sobre hombres, mujeres y niños. Dejaban a su paso un reguero de muerte. Por doquier cuerpos ensangrentados cubrían sembrados y senderos. Alaridos aterrados rompían la noche.
Ragnar sacó la espada y se abalanzó de un salto sobre el primer asaltante que encontró. Ada soltó un grito de espanto y se abrazó a mí.
—¡Al escondite! —lo oímos gritar al tiempo que desmontaba de un mandoble a uno de los jinetes. La sangre ya teñía su rostro.
Sin pérdida de tiempo, Ada me arrastró con ella. Sorteamos varias monturas y corrimos entre aquel pandemónium rezando para nuestros adentros. El fuego ya lamía las cabañas. El humo denso se nos metía en la garganta, lo que nos provocaba toses violentas. En uno de los giros, nos topamos con Susana, que sollozaba agazapada en un rincón de un huerto trasero. Al vernos, salió a nuestro encuentro para unírsenos en la huida.
Íbamos hacia la playa. Ada nos dirigía mirando con ansiedad hacia un lado y otro, con los ojos enrojecidos y lacrimosos. Corríamos por la arena húmeda, asentada, cuando escuchamos los cascos de un caballo tras nosotras. Sentí los latidos retumbando como un eco perpetuo en mi interior. La sangre se agolpó en mis venas.
Aceleré el paso hasta que sentí arder los pulmones. Ada y Susana quedaron rezagadas. Mi objetivo era un peñasco con una pequeña abertura que daba acceso a otra cala. Miré atrás. Lo que vi me frenó en seco. El guerrero había tomado a Susana por el cabello y la arrastraba tras él dando tumbos. Sus gritos me atravesaron el alma.
De un rápido movimiento desenfundé la daga y me puse en guardia. Pero Ada me agarró con fuerza; tiró de mí, me obligó a correr tras ella.
—Ella ya está muerta —aseguró.
Jadeantes, logramos llegar al peñasco; el rumor de las olas colisionando contra el acantilado sofocaban la batahola de destrucción que habíamos dejado atrás. Ada me obligó a pasar primero y, en apenas un instante, nos encontramos a salvo en aquella playa desierta.
Ambas respirábamos agitadas, cada una contemplando el semblante de la otra. Mi primer pensamiento fue para Eyra; el segundo lo tenía frente a mí. No había tiempo que perder.
Subrepticiamente, simulé inspeccionar el lugar para colocarme detrás de ella. De un movimiento raudo, la apresé por los hombros presionando la punta de mi daga contra su cuello.
—Un solo movimiento y cubriré la arena de sangre de rata.
Ada se envaró, notaba sus latidos en mi mano.
—Porque eso eres tú, una rata inmunda y traicionera.
—Has perdido el juicio —se defendió inmóvil—. No sé de qué hablas.
—¿De veras? Entonces dime: ¿cómo sabías que nos atacaban?
La escuché tragar saliva, se frotó las manos contra la túnica.
—Ya dije que los vi llegar a la aldea —insistió algo trémula.
—¿Desde dónde los viste llegar? Dijiste que viste sus antorchas. Es obvio que entraron por el bosque, y solo hay una forma de ver eso: desde las atalayas. Ahora, miserable rata vil e infecta, dime ¿qué hacías tú en lo alto de una atalaya? No, no me contestes; lo haré yo por ti: matabas al vigía.
Ada no contestó directamente, pero lo hizo su silencio.
—Después tú o tus aliados se encargaron de abrir el portón de entrada. Solo me queda una cuestión por discernir. ¿Por qué?
—Por monedas de plata, por la libertad, por envidia, por odio. ¿Necesitas más motivos?
De toda su atroz exposición, solo lo primero llamó mi atención.
—Explícame lo de la plata, ¿quién te pagó?
—Yo.
Aquella voz melodiosa logró el efecto esperado, la sorpresa. Me volví como envuelta en una pesadilla, con movimientos lentos y pesados. No podía creer lo que veía. Ada aprovechó aquella interrupción para escapar.
El hombre que había salido de entre los peñascos debía de estar a millas de allí; sin embargo, caminaba lentamente hacia mí con mirada penetrante y porte altivo. Sus oscuros ojos se detuvieron en Ada. Asintió satisfecho, como muda aprobación a su trabajo. Entonces levantó una bolsa pesada y se la entregó.
—Aquí acaba nuestra sociedad, pequeña gala —murmuró en árabe.
Yo todavía no podía salir de mi asombro, parpadeaba en un vano intento por negar aquella visión. Sin embargo, era real. Ahí estaba aquel rostro apuesto, que tanto había adorado en otro tiempo, Rashid, mi otrora amor, trocado en pesadilla.
—¡Tú!
Algo se iluminó en mi cabeza y, con suma claridad, vi otra pieza encajada. Ada, carcomida por la envidia y la necesidad de poseer a Albert, había formado alianza con la otra parte, de manera que ambos salieran beneficiados. Ella fue quien le había dicho a Rashid que yo lo nombraba en sueños haciéndole creer que en el fondo todavía sentía algo por él. Aquello provocó el secuestro y mi posterior violación.
Sentí la mirada de Rashid fija en mí, pero cubierta de una máscara de frialdad que no había visto antes.
—Veo con claridad cómo funciona tu mente, Shahlaa, cómo intentas descifrar el extraño acuerdo entre la pequeña y yo.
Alcé la daga y la sacudí en un amplio movimiento circular.
Rashid frenó su avance; no obstante, sonrió.
—Te has convertido en toda una guerrera, ¿eh? Tendré que domarte. No imaginas las ganas que tengo.
—¡Ni un paso más, maldito! —escupí entre dientes.
El resplandor de la luna arrancó destellos de la afilada hoja.
—Ada se presentó ante mí cuando mi corazón roto sangraba tu pérdida, pero Alá, en su infinita sabiduría, tendió su mano hacia mí, otorgándome su favor. Ella quería a tu hombre y yo a ti. Para asegurarme su lealtad, le ofrecí dinero. Ya sabes que ante todo soy un comerciante. —Sonrió ladino y continuó—. Cuando me golpeaste —frunció levemente el ceño y se tocó la coronilla—, me llevaron al camarote. La astuta Ada se coló en él mientras me robaban la mercancía. Me ayudó a recuperar la consciencia y me puso al tanto de la situación. Entonces forjamos el plan. Puse un hombre que hacía de intermediario entre ella y yo.
Unos hombres aparecieron tras él con turbantes blancos. Sus marineros. Otro agujero surgió en mi corazón.
—¿Y mi tío?
—¡Oh, sufrió un desagradable accidente! Cayó por la borda.
Ciega de furia y odio me lancé contra él. Descargué mi daga hacia su pecho. Él saltó hacia atrás con la agilidad de un gato; la hoja se deslizó por su antebrazo. La sangre comenzó a empaparle la manga.
Aquello no me detuvo. Me abrí de piernas y flexioné las rodillas para conseguir más estabilidad al tiempo que me inclinaba veloz hacia delante moviendo la daga en círculos letales.
Rashid esquivaba cada ataque, concentrado en mi siguiente movimiento.
—Lo haces muy bien, preciosa, vamos, ven por mí.
Apreté con fuerza la mandíbula y decidí fijar mi objetivo en su costado. Así que salté hacia el lado contrario engañándolo y, sin dilación, esperando su regate, lo sorprendí justo donde quería.
Enfilé mi brazo hacia su cuerpo y logré clavarle más de media daga en la cintura. La sangre comenzó a brotar oscureciendo sus ropas. La cara de Rashid se encogió entre el dolor y el asombro. Me había subestimado. No obstante, no era una herida mortal. Sus hombres comenzaron a rodearme, pero a una señal de Rashid se detuvieron.
—¡Es mía!
De pronto, escuché una voz lejana gritando mi nombre. El corazón me dio un vuelco en el pecho. Ahora fue él quien aprovechó mi desconcierto. Saltó sobre mí como un tigre; me derribó sobre la arena. La daga se perdió en la noche.
Tendido sobre mí, inmovilizó mis manos por encima de mi cabeza y mis piernas bajo las suyas. Con la nariz pegada a la mía susurró:
—Mía o de nadie.
Aquel que tenía sobre mí era mi verdugo. En sus ojos avellanados, titilaba un brillo de locura. Aquel no era mi Rashid. Entonces comprendí que él también había muerto ese día, el día en que me había convertido en esclava.
El hombre que tenía ante mí no era sino un burdo recuerdo, un pálido reflejo del que recordaba, pero carente de la esencia, del alma que un día tanto había amado. Solo tenía una oportunidad y era ganar tiempo.
El libre albedrío jugaba en ese instante su carta. La voz que me buscaba era la de Albert. Reprimí las ganas de llorar, casi podía escuchar los resortes de mi cerebro estrujándose en busca de una oportunidad.
—Entonces seré tuya, tuya de nuevo —musité entre jadeos.
Nariz contra nariz sentí un aliento en la boca.
—Esta vez no vas a engañarme, Shahlaa. Sé que solo es una treta, pero no va a funcionar. Ahora me odias, pero yo cambiaré eso.
Entonces sentí un acceso de rabia tan agudo que amenazó con ahogarme. Por su maldita obsesión había llegado incluso a masacrar a un pueblo. Me retorcí desesperada sin conseguir moverlo ni un ápice.
—Estás loco si crees que podré enamorarme de un vulgar asesino. ¡No sabes cuánto te desprecio! Esa gente inocente está pagando tu locura y jamás voy a perdonártelo.
Se separó apenas. Para mi horror, desenfundo su daga curva.
—Que yo sepa, no es mi gente la que está atacando el pueblo, ni siquiera fue mi idea. Todo se lo debo a Ada: los ejércitos del mundo se han perdido un gran general.
Gruñí y de nuevo me agité.
Rashid, harto de mi resistencia, apoyó la daga en la base de mi cuello.
—Te conviene ser sumisa —aconsejó.
—¿Quién está atacando la aldea entonces?
—Los hombres de un tal Ulf. Ella lo ideó todo.
Entonces la aludida se acercó para arrodillarse junto a nosotros.
—Me gané la confianza de Sigrid haciéndole creer que estaba de su parte. Ella ardía en deseos de deshacerse de ti y, bueno, yo le di la solución. La insté a que mandara llamar a las tropas de Ulf para arrasar el pueblo y matarte durante el ataque. Una maravillosa forma de distraer a tus guardianes mientras te arrastraba aquí, al punto de encuentro.
En su rostro azulado por la noche una sonrisa pérfida emergió con lentitud.
—Para mí vales mucho más viva. —Alzó la pesada bolsa de sarga y la sacudió arrancando un tintineo metálico—. Y con el mismo resultado: hacerte desaparecer.
—¿Tanto me odias?
La sonrisa se amplió. De pronto se inclinó y depositó un beso en mi frente.
—No, querida, no te odio, pero me estorbas. Tengo una meta y debo apartarte para llegar a ella, eso es todo.
—¡Maldita! —lo escupí—. Nunca lo conseguirás, nunca.
Ada chasqueó la lengua con sorna. Agachada, me levanto la barbilla para que viera su rostro más de cerca.
—Cuando Rashid te lleve, le haré creer que has muerto; quemaré el cadáver de otra mujer si es necesario. Descargará toda su furia contra Sigrid y, cuando todo se calme, bueno ahí estaré yo para consolarlo. Tendré paciencia, te lo aseguro. Con el tiempo, sentirá que me necesita; me haré imprescindible para él. Aunque nunca llegue a amarme como a ti, será mío: eso es cuanto deseo.
—Te equivocas, no sabes cuánto —murmuré derrumbada.
Entonces, Rashid se incorporó arrastrándome con él. Me puso delante de su cuerpo sin dejar de apuntarme con la daga y me rodeó fuertemente la cintura.
—Hora de irnos —anunció.
Fingí un ataque de tos. Me doblé como sacudida por una arcada violenta. Mientras me sujetaba el abdomen con una mano, con la otra tanteé rápidamente el puñal.
Me doblé todavía más, como si en efecto estuviera vomitando.
Extraje el puñal y lo escondí en mi mano. Con suma cautela oculté parte de la hoja en la manga de mi camisola.
—Creí que ya te habías librado de las náuseas —comentó Ada con sorna.
Rashid, sin soltarme la cintura, giró ligeramente la cabeza y silbó hacia sus hombres. Una parte de mí gritaba que aceptara ese destino. No moriría, al menos no mi cuerpo, y mi hijo nacería. Pero otra parte me decía que mi hijo crecería junto a un asesino inmisericorde, que ambos seríamos esclavos y desdichados. Ni siquiera tenía la certeza de que Rashid dejaría a mi hijo con vida.
Así que solo tenía ante mí un camino: soltar al lobo y clamar al Cielo una última oportunidad.
Cerré los ojos. En silencio elevé una plegaria a quien quisiera escucharla, ya fuera Alá, Jesucristo, Yahvé o los dioses del Norte: ahora solo me tenía a mí misma. Aguardé un instante.
Agucé los oídos con el corazón palpitante, anhelando con el alma volver a escuchar su voz. Sentí que llegaría a tiempo, pero nada llegó, tan solo gritos lejanos de agonía, el crepitar del fuego que devoraba la aldea y las olas, lentas y perezosas, calmas y relajantes, cruel contraste con la tragedia que presenciaban.
Entonces tragué saliva, tal vez por última vez, y actué.
Mi primer objetivo era Rashid, sus hombres se acercaban demasiado aprisa. No tenía mucho tiempo. Vislumbré la abertura en la roca, aquella delgada brecha iluminada por un vibrante resplandor anaranjado que parecía extender su brillante mando hacia la arena. Más parecía la antesala del infierno que mi única salida. Más allá de la playa, las crestas de las olas también reflejaban aquel infierno de llamas.
Entonces reparé en el peñasco: una imagen se grabó en mi cabeza. Sonreí. En ese mismo peñón, por la cara que daba a la aldea, Albert había desatado la pasión que sentía por mí a los pocos días de mi llegada. Recordé con lujo de detalles la pelea con Eliza en la orilla y cómo Albert me amonestaba con la excusa de llevarme hacia ese montículo rocoso, cómo me aprisionó contra él y me devoró con la boca.
De nuevo cerré los ojos y sentí sus labios sobre los míos. La sensación era tan vívida que gemí. Abrí los ojos. Las lágrimas escaparon. Lo amaba tanto, lo necesitaba tanto. Mi amor, pensé, nunca te olvidaré, esté donde esté. Ese fue mi último pensamiento humano. El animal que llevaba dentro emergió de las profundidades, más furioso y hambriento que nunca. En un único movimiento liberé el puñal y giré con la velocidad del rayo. Rashid, en ese momento, volvía la cara hacia mí.
La hoja sesgó su rostro. El tajo en diagonal surcó el lado derecho de su cara, desde el nacimiento del pelo hasta la barbilla. La sangre manó de la carne rasgada.
Rashid soltó un alarido y se derrumbó sobre sus rodillas con las manos cubriendo su maltrecho rostro. Libre de su presa, y ante la asombrada expresión de Ada, me lancé sobre ella. La sujeté por detrás. Rodeé su cuello con mi brazo presionándole la garganta.
Apunté el puñal hacia la vena que palpitaba enloquecida en la fina piel y susurré con frialdad:
—Creí que eras más lista. No se debe desear lo imposible.
Ejercí algo más de presión hasta que la escuché gorgotear y silbar por falta de oxígeno.
—Tendrás una muerte rápida —siseé—, aunque no será por piedad, sino por falta de tiempo.
Mi mano no titubeó. Rebané su garganta con lenta precisión.
La sangre salió a borbotones como una grotesca fuente escarlata incesante, espesa y cálida. Su hedor metálico inundó el aire salado y húmedo de la noche. El cuerpo de la muchacha se convulsionaba contra mí; pude sentir cómo la vida se escapaba de él. La sujeté con más fuerza.
Miré al frente. Los marineros se habían dividido en dos grupos. Uno atendía a Rashid y el otro corría hacia mí. Eran tres piratas bereberes sucios y peligrosos; no tendría ninguna oportunidad si me enfrentaba a ellos.
Solté el cuerpo ya inerte de Ada. Corrí y grité como alma que lleva el diablo. Gritaba su nombre una y otra vez.
La abertura estaba cada vez más cerca, al igual que los pasos de mis perseguidores. La brisa con regusto ahumado y salobre agitaba mi cabello y mi ropa. Podía escuchar el aliento agitado, jadeante, de los piratas. Aquello trajo otro recuerdo a mi mente.
El día que intenté escapar de él. Corría a través de las marismas de Gades. También en esa ocasión escuché sus fuertes pisadas ganar terreno, su aliento tras de mí, su mano agarrando mi capa. Cayó sobre mí y me inmovilizó contra el barro. Llovía. Nuestras miradas quedaron enlazadas.
El corazón se me encogió de nuevo. Lloré de rabia y ansiedad. Aquella imagen, rostro contra rostro con la lluvia acariciándonos, envolviéndonos. Casi la sentí en mi piel.
Anonadada, descubrí que gotas de agua golpeaban mi rostro. Había comenzado a llover.
Corrí con más ahínco. Contuve el aliento cuando una mano rozó mi espalda. Salté hacia delante y trastabillé con unas piedras.
Aquello casi me hizo perder el equilibrio.
La mano entonces agarró mi túnica. Grité y lancé una patada que logró su objetivo, un gemido de dolor y mi liberación. Casi había llegado. El corazón me saltaba del pecho y mis pulmones gemían doloridos. Agaché la cabeza. Gruñí agarrándome a la desesperación. Un último esfuerzo.
Entonces alcancé mi objetivo. No miré atrás, pero sabía que ellos estaban muy cerca. Una voz tras de mí me heló la sangre. Era casi un aullido desesperado.
—¡Shahlaa!
No pude evitar girar. No podía creer que, herido como estaba, pudiera continuar persiguiéndome. Así era. Recordé una frase de mi madre: «No hay reto inalcanzable ni meta imposible que la terquedad no logre». Aquello imprimió fuerza renovada a mis piernas y aire extra a mis pulmones. Atravesé la oquedad como una centella. Salí a la amplia playa que llevaba al embarcadero. Ante mí se desarrollaba una batalla.
Relinchos de caballo, alaridos de dolor infrahumano, entrechocar de metal, demonios de pelo largo y ensangrentado despedazándose entre sí. Cuerpos mutilados, retorcidos, amontonados. Oscuridad rota por hebras rojizas y una lluvia fina, pero persistente.
Entre toda esa mortal barahúnda, Albert peleaba con ferocidad contra otro hombre. Ulf, el traidor. Junto a ellos, el cuerpo ensangrentado de una mujer, Eliza, que agonizaba tirada en la arena. Una brecha profunda surcaba su vientre. En un último aliento de vida me divisó y clavó sus negros ojos en los míos. Fui la última testigo de su muerte.
—¡Albert! —grité a pulmón tendido.
Otro recuerdo me asaltó, sepultándome por su intensidad. La misma escena, con los personajes invertidos, en la lejana Isbiliya. El destino parecía mofarse de mi suerte.
Albert me miró y en sus claros ojos asomó el alivio.
Perdida la concentración, su oponente descargó un mandoble en su pecho. La cota de malla absorbió el golpe, pero cayó hacia atrás. Entonces Ulf aprovechó la ventaja para contraatacar con más energía. Albert alternaba la parada de cada estoque con vistazos horrorizados en mi dirección. Parecía desesperado por escapar del asedio de Ulf y correr a mi encuentro.
Yo continuaba corriendo, aunque a duras penas mantenía el equilibrio. Sentía la presencia de Rashid cada vez más cerca, pero las fuerzas empezaban a fallarme. Sentía que no era capaz de llegar hasta él. Esa desesperación arrancaba sollozos de impotencia de mi garganta. Las rodillas me fallaron y caí.
Presurosa y asustada me apoyé en las palmas de las manos y me impulsé hacia arriba. No logré incorporarme.
El impacto me dejó sin respiración. Rashid me embistió con la fuerza de un navío a la deriva. De nuevo forcejeamos. La brecha vista desde cerca era escalofriante. Por milagro, no había dañado el ojo, pero los bordes sanguinolentos e inflamados deformaban su antaña apostura.
—Mía o de nadie —repitió.
Me debatí contra él, pero, de alguna forma, consiguió apresar mis muñecas por encima de mi cabeza con una sola mano. El claro y aterrador brillo de la locura teñía su mirada. La sangre de su rostro caía sobre el mío mezclada con la lluvia. Grité. Volví la cabeza en busca de Albert.
Había recibido una herida en el hombro que sangraba abundantemente. Sus ojos no se apartaron de los míos. De pronto gritó mi nombre. Echó a correr como un demonio enloquecido.
Ver a aquel gigante correr con una máscara de furia desatada en el rostro ensangrentado y desesperado haría huir a todos los dioses del Asgard, pero no al pobre loco insensato y ciego que tenía sobre mí.
Sin embargo, y desde donde estaba, vi a Ulf lanzarse tras él. Alzó los brazos con la espada en alto y descargó el golpe.
Grité de puro terror, sentí un dolor físico tan agudo que temí ver a Albert yacer en la arena, pero fue más rápido. Leyó en mis ojos el peligro, se frenó en seco, posó una rodilla en la arena, bajó la cabeza y lanzó una estocada mortal hacia atrás sin ni siquiera mirar. Ulf cayó sin vida tras él. La estocada le atravesó de lleno el pecho.
—Perdóname, mi amor, perdóname —musitaba Rashid contra mi oído—. Ahora estaremos siempre juntos.
Lo miré sin entender, confusa por sus palabras. No tuvo tiempo de añadir nada más. Un diablo rugiente se abalanzó sobre él, arrancándomelo de encima.
Rashid ni siquiera se resistió. Tumbado boca arriba con Albert a horcajadas, clavó su mirada en mí. Su expresión ni siquiera se alteró cuando la hoja entró en su pecho, tan solo un leve crispamiento contrajo sus facciones. Una inusitada complacencia pareció invadir sus últimos instantes. Casi pude ver el amago de una sonrisa. Al tiempo que la vida escapaba de su cuerpo, pareció rejuvenecer como liberado de una agonía que lo había estado aplastando, envejeciendo un alma transida.
Durante aquella breve metamorfosis, pude ver al Rashid que conocí, al joven emprendedor, dinámico y seductor que tan feliz logró hacerme. De nuevo sus labios formaron la frase «Ana asif», lo siento.
Cuenta una leyenda árabe que, en un viaje por el desierto, dos amigos discutieron. En el calor de la disputa uno propinó una bofetada al otro. El ofendido escribió en la arena: «Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro». Reanudaron el camino y llegaron a un oasis donde decidieron bañarse. El que había sido abofeteado comenzó a ahogarse y su amigo lo salvó.
Al recuperarse tomó un estilete y grabó en una piedra: «Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida». Entonces el salvador le preguntó intrigado:
—¿Por qué después de que te lastimé escribiste en la arena y ahora en la piedra?
Sonriendo contestó:
—Cuando un gran amigo nos ofende, hemos de escribirlo en la arena, donde el viento del perdón y el olvido se encargará de borrarlo. En cambio, si nos regala algo grandioso, hemos de grabarlo en la piedra del corazón para que ningún viento de la tierra pueda extinguirlo.
Quise cerrar el corazón a su súplica y no pude. Porque las frases que había cinceladas en él eran más numerosas que las ofensas delineadas en la arena. El amor lo enloqueció; dicen que un loco es como un niño, impulsivo y caprichoso.
El dolor que antes me había sacudido regresó, más punzante. Llevé la mano hacia mi costado y gemí. Entonces entendí su mirada, sus palabras. Me había condenado.
Miré la sangre que teñía mis dedos, oscura y densa. Me había apuñalado en el costado mientras gritaba alertando a Albert. Mi destino había quedado sellado. Las runas no mentían. Volví a mirarlo, peleaba en silencio con la muerte aguardando mi respuesta. Su sufrimiento era desgarrador.
Asentí.
Las lágrimas velaron sus ojos, dibujó una dulce sonrisa y se rindió. Expiró pronunciando mi nombre.
Albert tenía los dientes apretados, el rostro contorsionado por la furia, mientras seguía hundiendo su ensangrentada espada en el cuerpo sin vida de Rashid.
Cuando reparó en el rostro pétreo y desfigurado de su enemigo se detuvo. Siguió su mirada perdida hasta mí y recuperó el control. Saltó como impulsado por un resorte hasta donde me hallaba tendida y, con sumo cuidado, me incorporó entre sus brazos. Miró conmocionado mi rostro; la preocupación lo taladró.
—Estás empapada en sangre —observó con voz chirriante.
—La mayoría no es mía —contesté en un intento por ignorar el dolor y la frustración que crecían a partes iguales—. Además, tú no estás mucho mejor.
Albert contempló un instante mis ropas rasgadas y los largos mechones pegajosos por la sangre reseca. Se encogió de hombros.
—El lobo ha hecho un buen trabajo, ¿eh? —mencionó con orgullo, aunque su semblante titilaba conteniendo el llanto—. Aún estoy temblando, nunca he sentido un terror tan intenso.
Sonrió ya entre lágrimas. Me abrazó con tanta fuerza que no pude contener un agudo gemido.
Sobresaltado me separó de su pecho y, con el corazón acelerado inspeccionó mi cuerpo. Sentí la delicadeza de su mano sobre mí acercándose a la herida del costado. Alcé la cabeza y la observé con detenimiento. Era pequeña pero profunda. La sangre manaba lenta, pero incesante. Estaba en el costado derecho en la mitad superior del torso. Rashid sabía lo que hacía.
De súbito me vi catapultada de nuevo hacia su pecho. Me abracé a su cuello y me levantó con premura. Como si lo persiguieran todos los demonios del averno, corrió por la playa hasta el pueblo con un gesto desesperado en su hermoso rostro.
Escondí el mío en la curva de su cuello y apreté los dientes. Las sacudidas de la carrera imprimían agujas en mi cintura; el dolor se extendía amenazando arrebatarme el conocimiento. Luché contra la negrura que tiraba de mí. Me aferré fuertemente a él.
—Te pondrás bien, amor mío, te lo prometo —jadeó a la carrera, sorteando cadáveres y saltando obstáculos como un atleta, poderoso y grácil aún en su impetuoso apremio.
Cerré por un momento los ojos y sentí su fuerza. Los atronadores latidos de su corazón, el calor que manaba de su hercúleo pecho; todo en él era de una vitalidad sublime. No podía dejar que me siguiera. Iba a perderlo: aquel dolor hacía palidecer al sufrimiento físico y al pánico a la muerte.
Llegamos al centro del poblado y se detuvo en mitad de aquel esperpéntico espectáculo.
—¡Eyra! —aulló.
Las cabañas a nuestro alrededor eran devoradas por un fuego frenético y voraz. Los supervivientes abrazaban a sus seres queridos perecidos en la batalla. Llantos y desolación inundaban la noche. Albert, tras recuperar brevemente el resuello, gritó de nuevo, con una voz potente y rasgada.
—¡Madre!
Aquel rugido feroz tuvo su recompensa. La mujer apareció en la entrada de su cabaña, una de las pocas intactas. Parecía más anciana que nunca marchita; derrotada avanzó a trompicones hacia nosotros.
—¡Rápido, pásala dentro!
Albert se precipitó desesperado en el interior, me depositó en un camastro y se arrodilló a mi lado.
Eyra me miró con el semblante demudado y contenido. En sus ojos vi de nuevo la verdad: el fin. El sufrimiento de la mujer era tan patente que terminé pensando que era yo la afortunada. Se inclinó sobre mí. Puso una mano sobre mi frente y me susurró.
—Espero que estés preparada para el viaje.
Asentí y, a continuación, escrutó mi herida. En su rostro vi la confirmación de mi suerte. Después se enfrentó con su hijo.
—Es sangre negra —constató empapando su dedo índice en ella—. No puede hacerse nada. Su segundo órgano más vital está dañado severamente. Tendrá una muerte lenta. Se irá apagando como una vela, no sufrirá mucho.
Albert negaba con la cabeza. Sus hombros comenzaron a sacudirse, su expresión a crisparse. Y entonces estalló.
—¡No! ¡Malditos todos! Maldigo una y mil veces.
Aullaba al cielo, retando a sus dioses. Aquello me rompió el alma.
—¡No lo consentiré!
Entonces bajó la cabeza y estalló en sollozos violentos. Me abrazó y me acunó mientras continuaba profiriendo una única palabra: «no», de forma incesante.
Se separó de mí. Su mirada me taladró. Nunca sus ojos habían sido tan azules y límpidos. Quise sumergirme en ellos como en un estanque encantado en lo profundo del bosque bajo un cielo despejado y tranquilo. En ellos encontré paz e intenté transmitírsela.
—Te amo, amor mío; lo seguiré haciendo allí donde vaya. No tengo miedo, ya no, pero tienes que vivir por mí. Tienes que ser fuerte, todavía tienes una larga vida por delante.
El dolor y la determinación que vi en sus ojos me paralizaron.
—No, no podré. No. No quiero, ¿lo oyes? —sollozó y apretó los dientes como si el sufrimiento fuera insoportable—. Tú eres mi alma. Mi todo, mi luna, mi sol y mis estrellas. Eres a quien rezo, por quien respiro y cuanto necesito. Si me dejas, iré a buscarte y te encontraré; juró que lo haré.
Le sonreí. Eyra lo supo siempre.
—Bésame —supliqué.
El letargo comenzaba a hacer mella en mí.
Albert tomó mis labios con la intensidad del condenado, con desesperación, agonía, ansiedad y pasión. Abrí mi boca para él y dejé que su lengua enloquecida me devorara. Era como si quisiera imprimir en mi maltrecho cuerpo su esencia, su vitalidad. Enredé mis manos en su cabello. Saqué fuerzas de flaqueza para atraerlo más: quería meterlo dentro de mí.
El beso fue una lucha vana por fundirnos el uno en el otro. El ímpetu comenzó a abandonarme. Él notó mi debilidad y me soltó, pero sin apartar mi rostro del suyo: sus ojos enrojecidos se embebían de mis facciones, casi con reverencia.
—Mírame, amor mío, quiero ver esa luz esmeralda hasta el final, sumergirme en ella. Quiero que me recuerdes, ¿lo oyes? No me olvides, te buscaré a través de los tiempos, pero tienes que esperarme. Jura que lo harás.
—Lo juro.
Fue mi alma la que contestó. Mi ser entero gritaba de angustia y le pedí al Creador que nos uniera de nuevo en otra vida. No lo olvidaría nunca, ni siquiera en la muerte. Si volvía a nacer, lo buscaría incansable, y él a mí. Estábamos unidos para toda la eternidad, unidos hasta el fin de los tiempos.
—Te esperaré —tartamudeé.
Luché contra el cansancio, contra la negrura opresiva que me cercaba, contra el sopor frío que conquistaba cada palmo de mi cuerpo.
—Siempre volveremos a estar juntos.
—Sí, mi amada Freya. Retaré a todos los dioses del Asgard si es necesario, pero te encontraré de nuevo. —Hizo una pausa para recuperar la voz rota por los sollozos—. Mi amor, estás tan bella incluso en tu partida.
De repente me alzó en brazos y salió de la cabaña. Eyra, envuelta en llanto, nos siguió. En la intemperie, rodeados de luz y oscuridad, de vida y muerte me alzó hacia el cielo.
—Me arrebatan a mi esposa y a mi hijo —clamó—. Pero habrá un día en que los recuperaré. ¡Los reto malditos, vengan por mí!
Me bajó, me acurrucó entre sus fuertes brazos. Vencido, se sentó en el lodo conmigo en su regazo. La lluvia lavaba nuestras heridas. Su mano acarició el hijo moribundo que abultaba mi vientre. Tan solo cinco lunas de gestación. Pero yo lo cuidaría, él también volvería. Juntos los tres, felices para siempre.
Con las miradas atrapadas, enlazadas como la hiedra a un roble, sentí los primeros estertores de la muerte sacudiéndome. Mi visión se nubló, y se convirtió en un círculo estrecho y nebuloso. Una luz intensa y blanca, brillante e hipnótica como una mañana nevada, parecía llamarme, la seguí. Atrás vi a Albert constreñido en una mueca agónica, escuché su alarido y recé por él. Una mano pequeña, casi diminuta se cobijó en la mía. Sonreí. Anduve sobre el sendero de luz convencida del reencuentro. Iría tras de mí. Su madre lo ayudaría y me encontraría, no tenía ninguna duda.
El camino se cortó en seco. Ante mí surgieron rostros conocidos y risueños. De pronto caí y floté: floté en la nada.
Pero no estaba sola.
CONTINUARA
Casi no podía terminar con este capítulo porque mis anteojos se empañaron y no por el tapabocas, que capítulo tan intenso y doloroso, como dije anteriormente la Ada era una demonía y el árabe un maldito loco, fueron los causantes de su muerte y la de su hijo.
Llore a mares por Eyra que perdía a una hija, a su nieto y según su visión pronto a su hijo por su.propia mano, llore por Albert que perdía su todo, su amor, a su Freya y a ese ser inocente que crecía en el vientre de su madre... Que triste vida la de Alondra, en esta vida no pudo lograr ver a sus hijos nacer, vivió en un mundo cruel y despiadado, donde ser hermosa era peor que una maldición.
Abrazos .
Aby.
