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Capítulo 18
El regreso
Consulta del doctor Robira.
Grité y grité al tiempo que caía en el vacío.
En mitad de la caída sentí unas violentas sacudidas. Al fondo, un lejano murmullo de voces crecía en intensidad. Las molestas sacudidas también se acentuaron.
Alguien zarandeaba mis hombros con vehemencia. Comencé a enfadarme y, de pronto, pensé si aquello era posible. ¿Los muertos se enfadaban? ¿Dónde estaba? Seguro que en el infierno, aquel ajetreo que tronaba en mis oídos no podía ser otra cosa.
—¡Candy, despierta, cariño, despierta!
¿Quién era Candy? ¿Y por qué me molestaban a mí?
—¡Déjela o entrará en estado de shock! —ordenó otra voz.
—Ahora, Candice, despertará relajada y tranquila. Recordará su vida anterior junto a la actual; su mente permanecerá clara y despejada. Se sentirá descansada y aceptará su nuevo mundo. Cuando cuente regresivamente, abrirá los ojos. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Despierta!
Entreabrí los ojos. Sentí los rayos del sol antes de verlos. Cuando logré levantar totalmente los párpados, comprobé que eran del color del bronce bruñido. Era el sol del ocaso. Confundida, miré a mi alrededor. Muebles extraños, no, aquello era una mesa, y eso otro una vitrina, más allá una estantería. Estaba en un despacho. Me incorporé violentamente.
Frente a mí había dos rostros preocupados. Uno joven y otro anciano. Dos hombres intrigados.
El joven me sonrió con familiaridad.
—¿Sabes quién soy?
Un nombre me vino a la cabeza: «Terry». Como si un rayo me fulminara, los recuerdos volvieron a mí. Todo en orden. Dos vidas completamente distintas en siglos alejados, seguidas y tan separadas. Más de diez siglos de distancia.
—Terry —contesté lacónica.
El nombrado soltó el aire contenido y me abrazó.
—Excelente, todo en perfecto estado —comentó el anciano.
Su nombre también afloró a mi cabeza.
—¿Cómo se encuentra, señorita?
—Confundida, doctor, y profundamente desolada.
El hombre se ajustó los anteojos y se mesó el cabello cano con gesto nervioso.
—¿Y sabe por qué?
—Me encuentro terriblemente sola.
Permaneció un largo instante en silencio, mirándome; luego asintió para reafirmarse algo a sí mismo y, tras otra larga pausa, repuso:
—Es algo completamente normal. Su vida anterior la ha golpeado con fuerza. En toda mi carrera jamás había escuchado un relato igual, tan intenso y detallado. Permítame decirle que tuvo una vida increíble, hermosa y atroz a un tiempo, pero única y especial. Tanto que dejará una huella perpetua en su interior. No tiene otro remedio que vivir con ello.
Fue hacia un magnetófono y lo desconectó con aire triunfal.
—Todo está aquí, señorita; toda su vida como Alondra de Blanco está aquí. Créame si le digo que su hipnosis removerá ciertos círculos incrédulos de la profesión. Un relato tan vívido, tan exacto, con tanto sentimiento. Me ha puesto los pelos de punta, querida. Ha sido una experiencia increíble.
—Pero, doctor —interrumpió Terry—, las pesadillas, ¿desaparecerán? El cambio de personalidad, todos los trastornos que ha estado sufriendo, ¿la dejarán en paz? ¿Volverá a ser la que era?
El doctor sonrió beatíficamente, sus vivaces ojillos se posaron en mí.
—Me temo que la respuesta es no. Me trajo a la consulta a una mujer. Ahora se lleva a dos.
La mirada horrorizada de Terry se desplazó del doctor a mí. Me sentí como un bicho raro, un espécimen a investigar.
—Eso no es lo que nos prometió —rezongó enfadado.
El doctor negó con la cabeza, fue hasta su escritorio y tomó su libro de notas.
—Les prometí averiguar la causa, y lo hice. Pero la mente humana tiene tantos corredores y recovecos, que, por muchas salidas que uno tapie, no hay ninguna seguridad de contener una reacción. Es científicamente y humanamente imposible vaticinar qué ocurrirá con ella, cuál de sus dos personalidades o vivencias permanecerá más arraigada. Aunque espero, por el bien de los dos, que sea esta. No obstante, joven, no hay ninguna seguridad; más bien me inclino a pensar que tardará en acostumbrarse a su vida actual.
—Entonces ¿por qué diablos no borró esa otra vida de su memoria? —inquirió a voz en grito.
—Esa vida luchaba por salir a la luz. Lo habría hecho de una manera u otra. Suele pasar cuando hay algo inacabado, un vínculo especial, un anhelo incumplido. Por lo que hemos vivido aquí, ambos sabemos de qué se trata.
—No irá a creer que…
El doctor, se acomodó en su sillón y cruzó con elegancia las piernas al tiempo que cargaba su pipa de caoba.
—Creer eleva el espíritu, engrandece el alma. Sí, creo. Creo que debe cumplirse un destino; si no lo encuentra en esta vida, lo buscará en la siguiente. No descansará hasta encontrar su alma gemela, su otra mitad.
Terry negó con la cabeza, tensó los labios y frunció el ceño. Me ayudó a levantarme del diván; me acercó el abrigo.
—Ahí van sus honorarios, doctor. —Lanzó sobre el tablero de la mesa con desdén un sobre abultado.
De inmediato, el hombre se levantó, tomó el sobre y se lo devolvió.
—No voy a cobrar esta sesión. No sería digno si lo hiciera. Me han dado un material tan excelente, que debería pagarles yo.
Ya me arrastraba hacia la puerta cuando le doctor habló de nuevo.
—Comprendo perfectamente su enfado, joven, y lo disculpo. Yo también me mostraría temeroso de perder a una mujer como ella. Si es que realmente la tuvo alguna vez.
Un sonoro portazo puso punto final a la despedida.
Todo era conocido y desconocido a un tiempo. Todo nuevo y viejo. Todo era opresivo y deslucido. El tráfico, las máquinas, los edificios, las aglomeraciones, los ensordecedores ruidos, el consumismo, la hipocresía, la política, los noticiarios, y en definitiva, la rutina tediosa.
Mi alma se marchitaba.
Intentaba reanudar mi vida y fracasaba estrepitosamente. El corazón me dolía. La soledad resultaba desoladora. Nada me agradaba, nada me hacía sonreír, en nada encontraba gozo. Solo era feliz por las noches, cuando soñaba: y siempre soñaba con él. Sentía sus manos sobre mí, sus hermosos ojos celestes recorriéndome, su boca arrancándome gemidos. Su voz grave y suave acariciándome, repitiendo sin cesar cuánto me amaba. Veía su espectacular cuerpo desnudo junto al mío; me elevaba al paraíso.
Albert.
Repetía su nombre en mi mente durante el día. Lo convertía en voz en la soledad de las noches. Lo llamaba con insistencia, le rogaba que viniera por mí.
Terry no pudo competir con él. Se marchó de mi lado la primera semana tras la hipnosis. Yo le regalé la verdad: que estaba locamente enamorada de un hombre que había muerto doce siglos atrás. Karen tampoco aguantó mi apatía, mi desidia. Dejó de llamarme. Fue lo mejor para todos. La Candy que conocían era una simple sombra, tan solo una apariencia, un envoltorio. La mujer que ahora ocupaba su cuerpo era Freya.
Pero una Freya confundida y angustiada que vagaba en un mundo en el que no encajaba. Constantemente alerta, a la espera de una señal, un estremecimiento puntual por la cercanía de un hombre, una sensación, una mirada, pero nada.
Caminaba por las calles abarrotadas con una sensación sofocante, añorando los bosques del Norte, sus ríos, el aroma fresco de los pinos, la quietud, la paz y la parsimonia con la que la gente vivía en aquellos lares, hace tantos y tantos siglos. Vidas más cortas, sí, pero mucho más intensas, más saboreadas.
Doblé un recodo y me di de bruces con un tipo alto y rubio. Lo miré: era bastante vulgar. No sentí ni un simple hormigueo. Se limitó a excusarse y continuó su sendero de asfalto y tedio.
Me fijaba más en los hombres altos y corpulentos. Buscaba sin cesar unos ojos celestes. Aquello era absurdo, pues, si había renacido, lo habría hecho en un cuerpo diferente. No obstante, en mi caso, las semejanzas eran cuanto menos apabullantes; incluso el color verdes esmeralda de mis ojos era el mismo, como si fuese un reclamo, pensé.
Entonces, reconsideré un detalle. Tal vez, si vivía en mi mismo siglo, podía haber una diferencia considerable de edad o tal vez ni se acordara de su vida anterior. Incluso podría estar felizmente casado, con hijos. Aquel pensamiento me derrumbó. Sentí ganas de llorar, el mundo era demasiado grande para dar con una persona que no sabía qué aspecto podría tener, ni idea de su paradero.
De pronto, una idea iluminó mi cabeza. Si yo había nacido en la misma ciudad, ¿por qué no él? Podría estar en la actual Noruega; si eso era, buscaría la sucesora de Skiringssal. Debía viajar, ¿dónde iba a encontrar un vikingo si no?
Me detuve. Un relámpago entró en mi cabeza con una imagen que aceleró mis latidos. ¿Cómo pude olvidarlo? ¡El anillo que desencadenó mi vuelta! ¡El detonante de las pesadillas! Mi anillo de bodas, las serpientes enfrentadas. Solo una persona pudo haberlo metido en mi buzón.
Él.
Las rodillas me flaquearon. Entre la confusión del regreso, la adaptación y la inmensa nostalgia, aquel importante detalle había quedado olvidado. ¡Estaba aquí! Tan cerca, que quizá había pasado a su lado. ¡Me había encontrado! Eché a correr con una sonrisa estúpida. Tenía ganas de gritar, de llamarlo entre la multitud, de dar gracias al cielo.
Llegué y subí los peldaños de dos en dos con impaciente ilusión. Abrí la puerta. Me detuve en el umbral del recibidor. Mis ojos se clavaron en el primer cajón. Me acerqué y acaricié el frío pomo de bronce. Era una pieza isabelina restaurada por mí; sin embargo, en ese momento, se había convertido en el cofre del tesoro más hermoso del mundo. Abrí despacio el cajón, con un nudo en el estómago. Los raíles se deslizaron con suavidad. La luz de la ventana iba tragando poco a poco la penumbra del interior del cubículo. Un destello dorado iluminado por el sol arrancó lágrimas a mis ojos. Ahí estaba mi anillo de bodas, mi morgingjolf.
Lo tomé entre mis manos y lo contemplé con devoción. Las serpientes enlazadas y encaradas de ojos refulgentes. Una, con ojos de esmeralda; otra, con ojos azul celeste. Nosotros, unidos hasta el fin. Solté un sollozo mientras deslizaba el anillo en mi dedo.
Ahora sí lo sentía. Cerré los ojos y alcé la mano hacia mi boca, besé la sortija imaginando sus labios. ¡Cómo deseaba abrazarme a él! ¿Pero dónde estaba? Si sabía dónde vivía, ¿por qué no me buscaba?
Unos abruptos golpes en la puerta volatilizaron mis cavilaciones. La sangre se convirtió en un líquido efervescente que cosquilleó cada rincón de mi ser. Ya giraba con el corazón en la boca cuando escuché la voz de Karen. Todas las burbujas desaparecieron en una amarga decepción.
—¡Sé que estás ahí! Abre la puerta si no quieres que la derribe. No aceptaré más negativas, ¿me oyes?
—Sí —mascullé apática—. Te he oído; yo y todo el edificio.
Abrí la puerta y la miré. Su pelo rojo me hizo sonreír, podría ser la hermana guapa de Inga la Roja.
—¿Por qué pones cara de estúpida? ¿Acaso has perdido el juicio? Sí, eso tiene que ser, porque de otra manera no tiene excusa tu comportamiento.
Entró como una tromba; lanzó su abrigo al perchero.
—Adelante —repuse cuando ya estaba casi en el salón.
La encontré tirada en mi sillón tecleando en el mando de la tele.
—Ponte cómoda —añadí sarcástica.
—¿Tienes el canal Divinity? —inquirió ceñuda.
Me senté en el sillón de enfrente y la observé. Ella sí era una burbuja chispeante y divertida.
—Creí que venías a tirarme de las orejas.
—No dudes que lo haré —respondió—. Pero quiero ver el último capítulo de Sex and the city.
Resoplé aburrida. Me fijé en los sobres que llevaba en la mano.
—¿Es una nueva moda? —pregunté divertida.
Karen frunció el entrecejo, confundida.
—Llevar la correspondencia como si fuera un abanico.
Masticaba chicle y estalló una pompa para contestar.
—¡Ah, esto! —Alzó los sobres como si los viera por primera vez.
Luego, sus ojillos azules chispearon traviesos una sonrisa coqueta jugueteó en sus labios.
—No, es tu correo. Me lo dio un tipo en la puerta. Me preguntó que si conocía a la del segundo izquierda, y le dije que sí. —Hizo una pausa y silbó—. ¡Y qué hombre más guapo! Es un adonis.
—¿Otro? ¿Cuántos llevas en tu colección?
—Muchos, por fortuna, pero ninguno como este, te lo aseguro. Es un ejemplar único. Apuesto lo que quieras a que es extranjero, un ruso o alemán, algo así, porque un rubiazo así no es de aquí, seguro. Además, tiene acento.
El corazón se me detuvo. A ese paso me iba a dar un infarto antes de encontrarlo.
—¿Cómo has dicho?
—Eso: que tu cartero es bellísimo.
Me levanté como una centella y salí del apartamento. Bajé las escaleras como poseída por el espíritu del coyote hasta llegar a la puerta. Pero el correcaminos había volado. Recorrí la calle una y otra vez, asomándome en cada esquina, pero nada, ningún gigante rubio a la vista.
De pronto una voz chillona llegó hasta mis oídos. Karen estaba asomada al estrecho balcón de mi casa.
—¡Ey, amiga, no sabía que estuvieras tan desesperada! —gritó a pulmón.
Alcé la cabeza. Mi sola mirada le cerró la boca. La gente nos observaba. Cuando regresé, la encontré, esta vez sí, abanicándose con las cartas y sonriendo intrigada.
—¿Quieres darme eso de una maldita vez?
Le arranqué los documentos. Los miré curiosa y malhumorada.
—¡Qué humos! Es lo que tiene la abstinencia.
Preferí guardar silencio y revisé la correspondencia para intentar serenarme.
—Además, he venido a eso, a que le des al pobre Terry una oportunidad. ¿O creías que venía por mí? Nada de eso, si no quieres ser mi amiga, peor para ti. —Hizo una pausa y agregó—: resulta que yo sí quiero, y ya sabes que siempre me salgo con la mía. Así que ¿qué te pasa ahora?
Las cartas cayeron a mis pies. Mis temblorosas manos solo agarraban con fuerza aquel papel.
Era un pasaje de avión a Oslo solo de ida.
Junto a aquel, otro pasaje de tren a Tonsberg en el condado de Vestfold. Y otro pequeño papel manuscrito con letra inclinada y elegante: «Ven a tu hogar, Freya, ya hemos esperado demasiado».
Casi me desplomo. Karen, alarmada por mi expresión, me sujetó con fuerza. Miré de nuevo aquel papel. Debajo de las líneas había dibujado un mapa: era una ruta en coche hasta un lugar recóndito.
Pegué los papeles a mi pecho y respiré profundamente. Por enésima vez ese día, lloraba, pero de inmensa felicidad. Quería que lo siguiera, no sabía muy bien por qué, ni qué planeaba, pero nadie en el cielo podría impedírmelo.
Sonreí entre lágrimas, miré a mi amiga y la abracé con fuerza.
—Estás para encerrarte, ¿lo sabías? —gruñó.
Entonces, estallé en carcajadas.
—Creo que tengo mucho que contarte.
Karen tiraba de una de mis maletas como si se tratara de un caballo percherón. Le hablaba malhumorada, le lanzaba patadas cada vez que la maleta perdía el equilibrio y tironeaba a trompicones.
—¿Has metido tu apartamento aquí dentro? —refunfuñó—. Hay empresas que se encargan de eso, ¿lo sabías? —Sopló furiosa un mechón de su frente—. ¡Oh!, claro que lo sabías, pero es mejor abusar de tu pobre amiga. ¿Te parece divertido verme dar patadas como una mula?
Asentí al tiempo que agachaba la cabeza, me había lanzado el bolso.
—Debería darte vergüenza —continuó—; me abandonas y encima me utilizas como mozo de carga.
Yo, que mantenía mi propia batalla con otras dos, logré lanzarle mi sonrisa más arrebatadora.
—Eres un encanto, y prometo compensarte.
El ceño de Karen se suavizó. Luego, compuso una mueca testaruda y respondió:
—¿Cómo piensas compensarme si puede saberse? Te marchas con los vikingos al otro lado del mundo; me dejas sola y desamparada.
Adelantó su labio inferior en una expresión compungida.
—¿Tú, sola? ¡Ja! Eso es imposible, por no mencionar lo amparada que estás casi todo el tiempo.
Le guiñé un ojo; ella me sonrió.
—Prometo invitarte pronto y, mientras tanto, te mandaré un souvenir.
Sus ojos se encendieron. La sonrisa maliciosa que exhibió me anticipó lo que quería de recuerdo. Dos hombres nos contemplaron. Karen compuso su rostro y sonrió seductora. Acto seguido, hizo el intento, sobreesforzado en mi opinión, de tirar de la maleta sin conseguirlo. Inmediatamente, los hombres acudieron a ayudarla. Sacudí la cabeza divertida. Karen me guiñó, cómplice, un ojo. Al pasar por mi lado la oí susurrar:
—Nunca falla.
El otro joven, igual de galante, me ofreció su ayuda. De modo que ambas caminábamos por la estación tomadas del brazo, seguidas de nuestros mozos particulares.
—El moreno tiene su encanto, ¿no crees?
Giré para contemplarlo más de cerca. Era alto y grande, bastante atractivo, de pelo oscuro y piel olivácea, con ojos penetrantes, cejas gruesas, labios perfilados, hoyuelos en las mejillas. Una barba cuidada y delgada delineaba su mentón hasta cubrirle la barbilla.
—Parece un talibán, uno de esos terroristas islámicos —repliqué.
—Por eso —alegó ella echando otro vistazo—; parece peligroso. Eso es excitante, aunque seguro que en la cama es un corderito. Sé lo que digo.
—¿Tienes que evaluar a todos los hombres con ese peculiar barómetro?
—¿Para qué sirven si no?
Sacudí la cabeza. Era inútil razonar con ella.
Llegamos a la estación. De allí, iría a la estación central, después en taxi hasta el aeropuerto; luego, vuelo directo a Oslo. La ilusión era mi compañera de viaje; la impaciencia, mi equipaje; el amor, mi transporte.
—Aquí nos despedimos —anuncié.
Karen y yo nos abrazamos con fuerza. Aspiré su perfume, agua de jazmin. Cerré los ojos. Quería a aquella mujer. Una amiga como no había otra. Era como el primer rayo de sol tras la tormenta, fuerte y vigoroso. Iluminaba mi existencia, y no estaba dispuesta a perderla.
—Te escribiré —prometí—. Cuando esté instalada, podrás venir de visita cazavikingos.
Esta vez fue Karen la que rio, a pesar de tener los ojos llorosos.
—Suena bien. ¿Te imaginas? Yo, vestida de amazona, con una red gigante en mis manos, corriendo detrás de los vikingos más guapos de Vikingolandia.
Reímos alborozadas. Los ayudantes nos contemplaban. Habían depositado las maletas en el tren y aguardaban una propina de carácter más bien carnal.
—Bueno, amiga, tienes una difícil decisión por delante: ¿el talibán o el ejecutivo?
Karen giró para contemplarlos más detenidamente.
—Sin duda, el talibán: me gusta el cordero.
—Bueno, que te aproveche.
Ladeó levemente la cabeza y me contempló reprobadora.
—No te las des de mojigata.
Una voz átona chirrió por los altavoces avisando mi partida.
Nos abrazamos de nuevo.
—Ve, y dile de mi parte que es un vikingo con suerte.
Subí tras un último saludo y me adentré en el vagón. Localicé mi asiento entre las alineadas cabezas; lo ocupé abrazada a mi bolso. Miré por la ventanilla. Sonreí al descubrir a Karen amarrada al brazo del atractivo talibán. En verdad parecía un tipo peligroso, aunque, al mirarla, sonreía con la inocente admiración de un adolescente.
Cuando el tren arrancó, sorprendí la mirada confundida de mi amiga dirigida hacia su flamante conquista. Había sentido algo, de eso estaba segura. ¿Sería aquel hombre el definitivo? Solo los dioses podrían saberlo.
Me recosté en mi asiento y cerré los ojos. Había empezado el viaje hacia la felicidad.
Llegué a la Oslo Sentralstasjon, la estación central de ferrocarril, a primera hora de la mañana. El cielo permanecía cubierto. A pesar de que mayo acababa de abrir sus puertas, la temperatura era baja. En la inmensa y futurista estructura arqueada, dediqué unos minutos a admirar los enormes arcos que conformaban la estación. Abarrotada de tiendas y restaurantes, los viandantes charlaban en desacostumbrados susurros. A pesar de estar infestada de gente, el índice acústico era considerablemente bajo. Se escuchaba perfectamente el hilo musical, los avisos. Mi tren para Tonsberg salía en un par de horas. Decidí desayunar y leer un rato.
Tras degustar una humeante taza de café, un poco de arenque ahumado sobre una crujiente tostada y mermelada de arándanos, retomé la lectura de mi guía para aprender unas palabras básicas escandinavas. Estaba tan enfrascada en la lectura que no noté que un hombre alto se sentaba a mi izquierda.
—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó en correcto inglés.
Era alto y bien parecido, de clara ascendencia nórdica. Sonreía cortés. Me pregunté si sería algún trabajador de la estación.
—No, gracias, estoy perfectamente —repuse con otra sonrisa.
Reanudé la lectura, pero aquel hombre no se inmutó. Parecía atisbar por encima de mi hombro.
—Si le interesa nuestra lengua, puedo serle de mucha ayuda. ¿Qué tal un paseo por la ciudad? Seré su guía particular. Antes de que acabe el día, aprenderá más de lo que pueda enseñarle ese libro.
Negué con la cabeza; sonreí para suavizar el rechazo.
—Es muy amable, pero mi tren sale en menos de dos horas.
El hombre alzó una ceja con aire misterioso y sonrió de forma insinuante.
—No imagina la cantidad de cosas que puedo enseñarle en ese tiempo.
Por su expresión, era fácil adivinar lo que tenía en mente. Negué de nuevo, esta vez sin sonrisa. Entonces me levanté. Era obvio que no cejaría en su empeño. Era el típico hombre que no sabía interpretar correctamente los signos.
Tras una leve inclinación de cabeza a modo de despedida, me dispuse a buscar otro banco. Una mano firme y cuidada me detuvo. El hombre, sin borrar su sonrisa, se incorporó acercándome a él.
—No quería molestarla.
Estaba empezando a enfadarme de veras.
—Pues lo está haciendo, suélteme —siseé.
En ese preciso instante, un viandante distraído tropezó con él. El impacto fue tan fuerte que casi lo derribó. Una voz grave y profunda se disculpó.
El viandante estaba envuelto en una gabardina con los cuellos levantados, que ocultaban la mitad inferior de su rostro. Un sombrero, escondía la mitad superior. Pero, aun así, llamaba la atención su altura y corpulencia. Pareció echarme un ligero vistazo antes de perderse entre la multitud. Lo seguí con la mirada. Antes de doblar un recodo, volvió la vista atrás. Supe que me miraba.
Sentí algo extraño en el estómago, así que lo seguí. Me sentí atraída por él como una mariposa por la llama de una vela. Aceleré el paso, percibí la adrenalina bombeándome las venas.
La gente se arremolinaba a mi alrededor; en mi súbita ansiedad los apartaba con demasiada vehemencia.
Respiraba entrecortadamente cuando llegué a la esquina.
Busqué agitada entre la multitud de viajeros un sombrero de ala y lo localicé. Corrí casi con desesperación. Llegué junto al hombre y logré agarrarlo del hombro. Un hombre muy alto, de mediana edad, me miró malhumorado.
—¿Som skjer? —masculló irritado.
No es quien busco, pensé decepcionada. Pero me disculpé utilizando su idioma.
—Jeg beklager.
Me volví y caminé pensativa. Mis ganas por verlo, por estrecharlo entre mis brazos, empezaban a causar delirios. Respiré profundamente e intenté serenarme. Miré el enorme reloj que presidía la sala y busqué un lugar tranquilo donde sentarme a esperar. Pronto, me dije, muy pronto.
Llegué a Tonsberg al mediodía.
El cielo estaba despejado, tan solo algunas hebras blanquecinas rompían el azul celeste.
Conforme me acercaba a mi destino, los nervios comenzaban a despuntar, atacándome la impaciencia y la inquietud a partes iguales.
Tonsberg era el típico pueblo noruego de casas de madera pintada rodeadas de espesa y verde vegetación. Todo limpio e incólume, cuidado y tranquilo. Por la expresión beatífica de la gente, deduje que la vida allí era plácida, un paraíso dentro del modélico modo de vida escandinavo. Noruega estaba considerado el mejor país del mundo para vivir. Era un país rico a raíz del descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte en los años 60. Se trataba de una sociedad moderna e igualitaria, donde primaba la familia y no el trabajo: la envidia de toda Europa.
Por donde mirara había cabezas de un rubio claro, ojos celestes y sonrisas corteses. Una amable anciana me indicó un establecimiento en el que alquilaban coches y, después de unos simples trámites y un jugoso intercambio de coronas, salí con un Toyota Aigo de color rojo.
Sentada frente al volante, rebusqué en mi bolso el papel con las indicaciones. Contemplar aquella caligrafía me encogía el corazón de una manera especial. Sonreí. Céntrate, me dije. Respiré hondo y leí con atención. Mi destino era un fiordo llamado Steinsfjorden en el municipio de Buskerud. La primera indicación me señalaba que debía tomar la calle Nedre Langgate. Debía seguir por allí hasta la intersección con la E18; luego, tomar esa autovía con dirección a Oslo. Previo pago de varios peajes, y tras 81 kilómetros de recorrida, se me indicaba que saliera por la E16 con dirección Honofoss/Sandvika/Bergen.
Inmediatamente, me encontraría con una rotonda en la que debía tomar la segunda salida en dirección Ringeriksveien/E16 y, tras unos 18 kilómetros, había que salir hacia Nes i Hole. Y así continuaba con metódica precisión detallando cada giro y desvío. Bueno, pensé, gracias al cielo tengo un GPS instalado en el Toyota, porque de otra manera seguro que se secaría el dichoso fiordo antes de que yo lo encontrara.
Ingresé la ruta en el ordenador de a bordo y me dijo incluso cuándo llegaría. Una hora y treinta minutos me separaban de él; 122 kilómetros a través de parajes de ensueño hasta mi hogar. Metí la llave y encendí el motor.
Llegué sin ningún problema hasta mi destino. El fiordo era impresionante, rodeado por altas montañas de un verde intenso, pequeñas cabañas se diseminaban aquí y allá como migas de pan sobre un mantel esmeralda. Algunas tenían porches sobre el agua y veleros amarrados a pequeños embarcaderos. El lugar era de una belleza arrebatadora.
Las indicaciones se completaban con el ascenso por un serpenteante camino hacia la cima de una rocosa colina.
Arranqué de nuevo, puse primera y aceleré. El Toyota gruñó y salió disparado hacia arriba. La pendiente era pronunciada; giraba rodeando la montaña. Cuando llegué a la cima, me detuve en una explanada abierta y salí del coche.
Lo que vi me dejó sin respiración: una inmensa cabaña de madera de cedro se erguía orgullosa asomada al acantilado. Era una réplica exacta de un skáli, pero con mejoras. Amplios ventanales se abrían al frente, una chimenea asomaba junto a una buhardilla que, curiosamente, poseía un amplio balcón. Un porche inmenso se abría en la entrada principal con todo el mobiliario necesario para disfrutar de una comida al aire libre. Junto a la cabaña, una leñera y lo que parecía un cobertizo. Más allá, colindando con un prado brillante y espeso, una cerca blanca delimitaba el campo de juegos de vacas y cabras.
Un perro salió entre ladridos a mi encuentro. Era un enorme animal con pelaje marrón claro, un terranova de dimensiones apabullantes.
—Bien, bien, tranquilo —le susurré cuando llegó hasta mí.
Acaricié su gran cabeza peluda y le rasqué las orejas. De pronto escuché un sonido extraño. Un toc-toc hueco, como el picoteo de un enorme pájaro carpintero. Provenía de la leñera que había tras la cabaña.
Me dirigí hacia allí seguida por mi inusitado anfitrión. Entonces, el corazón se me detuvo. Frente a mí, un hombre con el torso desnudo cortaba leña. Su amplia y musculosa espalda se contraía en ondulaciones cada vez que descargaba el hacha. Pero lo que me secó la garganta fueron las cicatrices que surcaban su espalda. Eran casi las mismas que Albert tenía.
Su cabello rubio claro bailaba sobre sus abultados hombros. Mis ojos recorrieron con avidez cada palmo de aquel cuerpo apolíneo. La estrecha cintura, las nalgas firmes, y las piernas largas y musculosas estaban enmarcadas por unos estrechos vaqueros desgastados. Un aletazo de excitación me embargó.
Suspiré de manera inconsciente.
El hombre se detuvo, congelado en sus movimientos. Sin mirarme clavó el hacha y respiró hondo.
—¿Albert?
Y entonces, giró hacia mí.
CONTINUARA
