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Capítulo 22

Un buen principio

Un silbido admirado escapó de los labios de Karen cuando salió del coche.

Con los brazos en jarras y una expresión entre asombrada e incrédula, contemplaba nuestra hermosa casa de cedro, al pie del acantilado, sobre el fiordo de Steinsfjorden.

Ciertamente era una estructura impresionante, una sincronía perfecta entre lo rústico y lo moderno. Tenía un tejado pronunciado, hasta el suelo, eficaz para las abundantes nevadas invernales, y resistentes paredes de troncos, que otorgaban calidez y aguantaban los fuertes vientos que azotaban la cumbre. No obstante, los grandes ventanales, de una pieza, aligeraban la pesadez de la madera y ofrecían unas vistas impresionantes del lago. La casa poseía dos amplias balconadas, de cara al acantilado: una en el piso superior, abierta a un enorme salón, y otra más pequeña en la habitación principal, situada en la buhardilla, de generosas dimensiones; la nuestra.

Con la llegada del buen tiempo, solíamos desayunar allí, aspirando el fresco aroma de pinos y abetos y la fragancia a lavanda, que crecía en la ladera de la montaña extendiendo su manto azulado por el horizonte.

El aire límpido y oxigenado nos daba los buenos días y las buenas noches. Aquellos parajes eran mi hogar, mi particular paraíso, aunque hubiera dicho lo mismo de un terreno abrupto, yermo y desolado, siempre y cuando Albert estuviera a mi lado.

—¡Impresionante! —murmuró Karen. Sus vivaces ojillos revoloteaban inquietos por toda la propiedad, hasta que los detuvo en mí.

—Nena, muy mal lo tuviste que pasar, sí, porque… pedazo de recompensa, guapa.

—Anda, vamos; coge aire o te dará un tabardillo cuando veas el interior.

Arqueó las cejas, todavía boquiabierta.

—¿Aún es mejor? —inquirió incrédula.

—Sólo es acorde —intervino Albert.

Avanzábamos hacia la entrada principal, donde se abría el porche, con sus mullidos sofás, repletos de cojines, lámpara colgantes y una extensa mesa alargada con bancos a ambos lados.

—¡Dios santo, creo que vais a tener que echarme a patadas de aquí!

Solté una carcajada, más por la mirada espantada de Albert que por el comentario.

—Siéntete en tu casa, Karen —profirió Albert—, pero no olvides que no lo es.

Le clavé el codo en las costillas, mirándolo con reproche. Albert exhaló un leve quejido.

Karen se detuvo, lo miró con gravedad y estalló en risas.

—Tranquilo, grandullón, no puedo olvidarlo; mi apartamento seguramente tendrá el tamaño de uno de tus aseos.

La sola mención de esa palabra encendió un rubor en mis mejillas. De inmediato recibí la mirada traviesa de Albert, con su seductora media sonrisa autosuficiente.

—Karen, estaba bromeando; puedes quedarte el tiempo que quieras —confesó Albert.

—¡Ja!, ahora sí que te tomo la palabra.

Y con gesto burlón, le guiñó un ojo y se colgó de mi brazo.

Oí resoplar a Albert a mi espalda y sonreí; sería interesante descubrir hasta dónde llegaba el aguante de mi vikingo.

Mary salió a recibirnos secándose las manos en el delantal. Junto a ella estaba Thor, nuestro inmenso terranova cafe, que, jadeante, saludaba amigable a los invitados, meneando su cola e inclinando ligeramente la cabeza en espera de alguna caricia.

Hundí los dedos en su espeso y suave pelaje de un café claro que destellaba bajo el sol.

Mary era una mujer madura, algo robusta y de imponente estatura, de cabellos trigueños y lacios, estirados en un apretado moño bajo que dejaba al descubierto un rostro redondo, de mejillas sonrosadas, nariz pequeña, grandes ojos azules y expresión beatífica. Habría sido un estupendo general: su personalidad disciplinada, su perspicacia, su capacidad de trabajo, la escrupulosa rigidez de sus propias normas y la cuidadosa organización hasta del más mínimo detalle la convertían en un tesoro para mí a la hora de llevar la granja.

Clavó su aguda mirada de halcón en mis invitados, sometiéndolos a una minuciosa inspección visual.

—Mary, éstos son Karen y Yusuf.

Karen imitó su saludo anterior, dejando a la gran Mary del todo desorientada. «Karen uno, Mary cero», pensé divertida.

Tras los dos sonoros besos recibidos, se aclaró la garganta y, cuando Yusuf se acercó a ella, involuntariamente dio un paso atrás.

Cuando el hombre extendió el brazo, el semblante de la mujer de inmediato se relajó aliviado y le estrechó con brío la mano.

Reprimí una carcajada cuando vi ondear el brazo de Yusuf como si fuera una cuerda al viento.

—Encantada; pasen, les preparé el almuerzo —anunció Mary con ese acento hosco y grave con que hablaba mi idioma.

Albert le palmeó amigablemente la espalda a Yusuf, que abría sin cesar su mano derecha, en un intento de que la sangre de nuevo la recorriera.

—Ésta es la bienvenida vikinga.

Yusuf asintió intentando sonreír sin conseguirlo.

—¿Os habéis caído todos a la marmita de Panoramix? —inquirió ceñudo.

—La poción la aprendió de nosotros —replicó Albert socarrón, cediéndoles el paso.

Karen revoloteaba, entre exclamaciones sorpresivas, por la gran entrada donde se abría la amplia escalinata al piso superior. A la derecha se encontraba una vasta sala de estar con una larga rinconera de piel beige frente a una impresionante chimenea de piedra natural; más allá, un comedor acogedor en un rincón acristalado, por el que se contemplaba un gran arce, de tronco imponente, y las verdes laderas, dando la impresión de estar en el exterior. A la izquierda del recibidor había un corredor que llevaba a uno de los aseos de la planta baja y, más allá, en el otro extremo, se hallaba una cocina de considerables dimensiones y una enorme despensa, repleta de provisiones, ya que era muy normal que nos quedáramos atrapados durante las largas heladas, pues la nieve hacía los caminos infranqueables. Adoraba esas semanas de completo aislamiento, porque las pasaba prácticamente tirada en la alfombra junto a la chimenea, sobre el regazo de Albert, disfrutando de cada segundo, riendo, comiendo, jugando, amándonos, evocando recuerdos, a veces dolorosos pero que necesitábamos airear para aligerar nuestras almas.

Solos él y yo… y ahora nuestro adorado Amin.

—¡Es… es… demonios, es la leche! —exclamó Karen estupefacta.

—Albert la construyó —aduje orgullosa.

—Alucinante, ahora me explico esos brazos.

—No lo hice yo solo, no soy Sansón —espetó Albert sonriente.

—No, pero casi —repuso con admiración.

Eché una ojeada a Yusuf, que no parecía muy complacido con la efusividad de Karen hacia Albert.

—Vayamos arriba, vuestro cuarto está en la segunda planta; podéis cambiaros y refrescaros si lo deseáis antes de almorzar.

—Iré por las maletas —anunció Albert.

—Puede que hayas construido esta supercabaña —comenzó a decir Yusuf—, pero te aseguro que serás incapaz de levantar tú solo una de las maletas de Karen, ni con ruedas pudimos arrastrarla; voy contigo.

Albert asintió y ambos salieron rumbo al coche.

Cogidas del brazo, con una sonrisa de oreja a oreja, la conduje hasta el cuarto que les había asignado. Abrí complacida las puertas batientes.

Ubicada en una esquina, contaba con un ventanal imponente frente al acantilado, una gran cama delante de la chimenea, un pequeño sofá de chenilla azul, una tele de plasma, un largo arcón a los pies de la cama y su baño particular. Resultaba una habitación cálida y confortable.

—Esto es un sueño, amiga; te juro que ni el mejor hotel con más encanto del mundo puede compararse a este paraíso en las montañas.

—Es mi sueño, sí, del que no quiero despertar nunca.

Karen sostuvo mi mirada; sus ojos azules se humedecieron, asintió con una sonrisa emocionada y avanzó hacia mí. Nos estrechamos en un emotivo abrazo.

—Te he echado tanto de menos… —murmuró contra mi pelo.

Cuando nos apartamos, nos cogimos de las manos y las agitamos como adolescentes histéricas.

—Aaaahhhh… —exclamó y dejó escapar una risita alborozada—; van a ser unos días inolvidables, lo sé.

Asentí igual de ilusionada.

—Y ahora, mucha casa, mucho paisaje, pero ¿dónde está el Ferrero Rocher?

La miré confundida, pero alerta a sus siguientes palabras; de repente entendí y estallé en una carcajada.

—Sí, tu pequeño bombón dorado, tu Amin.

Sin parar de reír, tuve que sentarme en la cama, doblada en dos.

—Lo serviré… en el postre —logré decir entre carcajadas.

Karen se sentó a mi lado, contagiada por mi risa; ambas nos tumbamos en la cama.

—Ñam, ñam… qué rico…

Estallábamos en carcajadas cuando entraron Albert y Yusuf rojos como pimientos por el sobreesfuerzo, sudando y fulminando a Karen con la mirada; las risotadas de ambas aumentaron.

—Ahora sí me creo que vienes con intención de quedarte a vivir —gruñó malhumorado Albert mientras se limpiaba el sudor con el antebrazo.

—Si sólo son cuatro cosillas —replicó Karen entre risas.

—¿Cuatro cosillas? —se quejó Yusuf—. ¿Cuándo desmontaste la catedral de Toledo para traértela despiezada?

—¡Por Dios bendito, parad o me meo! —profirió riendo a mandíbula batiente.

Karen se levantó de la cama como un rayo y fue derecha al baño.

—¿La catedral? —inquirió Albert—. ¿No le has dicho que somos unos bárbaros paganos?

Yusuf rió con ganas.

—Creo que se ha empeñado en cristianizar nuevos territorios, mírame a mí.

Con la manos en la mandíbula, que ya me empezaba a doler, oí la voz de Karen a través de la puerta cerrada.

—¡Mierda, no he llegado!

Las carcajadas inundaron la habitación.

Albert, que se limpiaba las lágrimas con la palma de la mano, observaba cómo Yusuf, apoyado en sus rodillas, se sacudía entre risotadas.

Me hizo una señal hacia la puerta, me tendió la mano y ya más recompuesta la acepté.

—Os dejamos —murmuró—, ahora sí necesitáis cambiaros.

Yusuf asintió sin mirarnos, alzó una mano a modo de despedida y abandonamos la habitación todavía entre risas y cogidos de la cintura.

—Un buen principio, ¿no crees?

Albert besó mi frente y asintió feliz.

CONTINUARA