Después de ver Los Secretos de Dumbledore, no he podido pensar en otra cosa. La tensión que había entre Dumbledore y Grindelwald era tan enorme que sobrepasó la pantalla del cine y me caló hasta el fondo. No he podido concentrarme en nada hasta acabar de escribir esta escena. Es una especie de continuación a la escena final de la película (una especie de escena post-créditos que me hubiera gustado ver jeje).
Espero que os guste.
EL PRECIO MÁS ALTO
Se dejó envolver por las frías calles de Nueva York. Había dejado atrás la pastelería de Kowalski hacía unos minutos y, con ella, a todos los que se reunían allí. Jacob insistió en que se quedará, pero estaba demasiado abatido para celebraciones. Así que se anudó la bufanda, se acomodó el sombrero, se levantó las solapas del abrigo y se marchó de allí con una sonrisa en los labios y el corazón compungido.
Vagó por las desiertas calles de Queens con las manos en los bolsillos, ensimismado y con la vista perdida en la inmensidad de los edificios que se elevaban sobre él. Nueva York siempre le había parecido una ciudad efervescente, bulliciosa, como si sus cimientos se tambalearan constantemente bajo el peso de su continuo movimiento. Sin embargo, aquella noche parecía tranquila, solemne. Las calles estaban desiertas y la noche era oscura; solo los más valientes —o los más insensatos— se atrevían a vagabundear a esas horas sin compañía. Pero Albus no sentía miedo, sino que se dejó envolver por esa placida sensación de soledad, de vacío, como si fuera la única persona despierta del mundo.
El peso de cargar con aquel colgante tantas semanas había desaparecido. Incluso antes de tener el pacto de sangre en sus manos, su alma había estado encadenada a él en la distancia. Había sentido su peso antes si quiera de tenerlo anudado a la muñeca. Si era alivio o pena lo que sentía debido a su pérdida, no estaba claro. Pero sabía, en lo más profundo de su ser, que se había roto algo que ya nunca se volvería a recomponer. Así que continuó su marcha sin tener muy claro a donde ir ni que debía hacer después.
El frío parecía no querer remitir, así que se encaminó hacía el primer local que encontró abierto. Había pasado una hora desde que dejó atrás la pastelería y ya casi no sentía los dedos de los pies, así que se dejó envolver por la cálida atmósfera de aquel local. Al entrar, se sorprendió pasando desapercibido. Era una cafetería cualquiera; con reservados a ambos lados del pasillo central, un camarero cansado y un par de muggles apurando su último trago antes de irse a casa.
Albus se sentó en el último reservado, se quitó el sombrero y la bufanda y se acomodó contra el respaldo. Se sentía agotado, como si hubiera estado meses a la deriva.
—¿Qué quiere tomar? —dijo el camarero desde la barra.
—¿Tiene Whisky?
—Tenemos Whisky, pero no uno tan refinado como al que estáis acostumbrados los ingleses —Olía a aceite y tenía sucio el delantal, pero se dibujó sin miedo en su rostro una sonrisa burlona.
—Tomaré el que tengan.
—Después no quiero quejas.
—No las tendrá.
—Con los ingleses nunca se sabe.
Albus desvió la mirada, desesperado por acabar con la conversación y echarle mano al trago que se le había prometido.
Cuando el camarero le sirvió, se alejó sin decir una palabra. Albus se llevó el vaso a los labios y le dio un trago. No estaba demasiado acostumbrado a beber, pero aquel Whisky era verdaderamente terrible. Albus siempre había preferido el te o las infusiones; bebidas acomodadas y propias de una vida tranquila. Sin embargo, llegados a ese punto y, después de todo lo que había pasado, se creyó digno merecedor de aquella copa. Su cuerpo agradeció el calor que el Whisky despertó en él y, antes de lo pensado, volvió a sentir los dedos de los pies.
—¿Este es uno de los sitios que frecuentas?
Escuchar su voz lo pilló por sorpresa. Por un momento pensó que le fallarían las manos y dejaría caer la copa, pero aguantó. Contuvo el aliento y respondió con lo único que creyó apropiado.
—Yo no frecuento ningún sitio.
Gellert se quedó allí plantado, esbozando una media sonrisa y una mirada letal.
—¿Vas a invitarme a una copa, Albus?
Albus no supo que decir. Lo miró con el ceño fruncido, incapaz de pronunciar palabra e incapaz de apartar la vista de él. Gellert lo había seguido hasta Nueva York y lo había encontrado.
Sin mucho éxito, Albus intentó salir de su asombro. Le hizo una seña al camarero y le pidió otra copa. Mientras tanto, Gellert se quitó el abrigo y se sentó frente a él. Se acomodó sin perder de vista a Albus, que le devolvía el gesto con servidumbre. Ya habían estado en esta misma situación unas semanas atrás, en aquella refinada cafetería de Londres. Ahora estaban en otra ciudad al otro lado del mar, después de todo lo que había pasado y sin pacto de sangre.
El camarero les sirvió.
—Este Whisky está asqueroso.
—¿Qué haces aquí, Gellert?
—Podría preguntarte lo mismo —dijo sonriendo tras su copa—. No es propio de ti beber un Whisky muggle tan malo en una cafetería cutre a altas horas de la noche.
—¿Cómo me has encontrado? —quiso saber Albus.
—Podría encontrarte en cualquier parte.
—No deberías pasearte por ahí como si nada. Tienes a todo el Mundo Mágico detrás de ti. El Macusa podría aparecer en cualquier momento.
—Supongo que no darás el aviso.
—¿Cómo sabes que no lo he dado ya?
Gellert meditó un momento sus palabras y dijo:
—La última vez que nos vimos en una situación como esta tenías algo muy valioso entre manos. Supongo que te sentirás aliviado después de haberte librado de él.
—¿Aliviado?
—Tenías mucho interés en querer romper nuestro pacto y al final lo has conseguido.
—¿De verdad crees que lo único que siento es alivio?
—¿Qué sino?
Albus dejó ir un suspiro y le dio otro trago a su copa. Por primera vez desde que había llegado Grindelwald se permitió sonreír.
—Pensaba que eras mucho más listo.
Gellert se acercó a él por encima de la mesa.
—¿Por qué, Albus? ¿Por qué lo destruiste? Podríamos haber librado esta guerra sin enfrentarnos el uno al otro. Podrías haber dejado que los demás intentaran acabar conmigo sin tener que enfrentarte a mi. ¿Por qué has elegido este camino?
—No fue culpa mía —Albus se inclinó sobre la mesa—. Tu atacaste, yo defendí y el pacto se rompió por algún motivo que aun no comprendo.
Gellert retrocedió y Albus desistió e imitó su gesto.
Empezó a nevar. Ambos miraron al exterior a través de la cristalera. El contraste de temperatura había empañado los vidrios, pero aun podían discernirse las formas del exterior a pesar de lo profunda que era aun la noche.
Se acabaron la copa y pidieron otra.
—Es realmente el peor Whisky que he tomado en mi vida —dijo Gellert después de darle otro sorbo—. El próximo sitio en el que nos encontremos lo elijo yo.
—Dudo que ahora puedas entrar en ninguna taberna mágica medianamente decente.
—Yo estaba pensando en algo más privado.
—¿Estás intentando tentarme?
—Tal vez —Gellert torció una sonrisa.
—Después de todo lo que ha pasado sigues creyendo que podría llegar a sucumbir a tus encantos —sentenció Dumbledore—. ¿Qué pretendes?
—Sólo quería charlar contigo, Albus —Gellert, que parecía algo tenso hasta entonces, se dejó caer sobre el respaldo y se pasó una mano inconsciente por el pelo—. Como en los viejos tiempos. Pensé que te gustaría, ya que tu siempre has sido dado a la melancolía.
—Nada podría volver a ser como antes, Gellert.
—Ya lo sé.
Gellert siempre parecía tan seguro de sus palabras. Albus sabía que era el tipo de persona capaz de convencer a otra de hacer cualquier cosa. Él mismo había sido testigo de sus capacidades de persuasión. Sin embargo, conocía sus debilidades. Tras aquellas palabras de seguridad, tras sus intentos de tentativa, se escondía el miedo.
Cuando destruyeron el pacto de sangre, Albus vio, por primera vez en muchos años, el miedo en los ojos de Grindelwald. Albus supo que Gellert también notó como algo se rompía para siempre, como si alguien hubiera cortado el hilo que los había estado manteniendo unidos.
—Demos un paseo —propuso Albus entonces.
Gellert asintió, Albus pagó la cuenta y se marcharon de allí.
La nieve cubría las aceras como un manto; la ciudad parecía más hermosa que nunca. Albus y Gellert caminaron él uno al lado del otro a través de la avenida principal en silencio. El Whisky había calentado sus cuerpos y, aunque Albus volvía a tener los pies fríos, prefería caminar acompañado por Nueva York.
—¿Qué piensas hacer ahora? —quiso saber Dumbledore.
—No debería compartir mis planes contigo.
—Me refería a ahora, a esta noche. ¿Vas a volver a Europa?
—No creo. Quiero visitar un par de sitios antes de irme —Grindelwald se levantó el cuello del abrigo y se metió las manos en los bolsillos.
—¿Por qué has venido a Nueva York en realidad?
—Quería verte.
—¿Por qué?
Gellert sopesó sus palabras. Se detuvo, miró a Albus entornando los ojos y dijo:
—Cuando destruimos el pacto noté algo —cerró los ojos y pareció consternado—. A pesar de todos estos años, nunca pude acostumbrarme al peso de su magia. Desde el día que hicimos el pacto, he sentido su presencia dentro de mi como un espectro. Cuando me lo arrebataste, creí que dejaría de sentirlo, pero ahí estaba igualmente. Así que, en el momento en el que vi que estaba a punto de romperse, pensé que finalmente sería libre de él. Pero no ha sido así.
—No.
—He venido para saber si tu también lo sientes.
—Día y noche —confirmó Dumbledore—. Nunca he dejado de sentirlo.
Cuando crearon el pacto de sangre, hicieron uso de una magia tan antigua como los cimientos de la tierra. Esa misma magia ancestral se instauró en sus cuerpos, anudando sus almas y uniéndolas por siempre.
—Por mucho que hayamos destruido el colgante, esa magia siempre estará ahí, Albus —Gellert se acercó a él y la oscuridad de la noche los envolvió. Estaban a merced del frío, indefensos y agotados. Estaban tan cerca que Albus pudo sentir el cálido aliento de Gellert sobre su rostro, ansioso—. No hay nada que podamos hacer contra esa magia. Ni si quiera tu eres lo suficientemente poderoso, Albus.
—Supongo que estoy condenado.
—Los dos lo estamos.
El silencio se interpuso entre ellos. Se quedaron quietos mirándose en la inmensidad de aquella avenida sin nombre. Albus sabía que Grindelwald tenía razón; pudo sentir en ese mismo instante como la magia se anudaba dentro de él y lo empujaba hacía Gellert con una fuerza imparable. La magia estaba viva en su interior y también lo estaba en Grindelwald.
—Gellert, no.
Albus se apartó. No estaba dispuesto a volver a caer.
—Albus…
—No puedo.
Gellert desistió y en su rostro se dibujo el amargo sabor de la derrota. Estaba cansado y quería algo que Albus ya no estaba dispuesto a darle. Así que reanudó la marcha y Albus, que se quedó unos pasos por detrás, intentó serenarse y, después de unos segundos, le siguió.
—Han pasado muchos años desde nuestro último paseo nocturno —dijo Gellert—. ¿Cómo llevas tu reclusión en Hogwarts?
—Soy profesor, Gellert —dijo Albus—. No un recluso.
—Ya veo que tienes libertad para salir por ahí siempre que te apetece. Has estado muy ocupado siguiéndome la pista estos últimos meses.
—El Ministerio está empeñado en que sea yo quien acabe contigo.
—Ahora puedes hacerlo. ¿Quieres que volvamos a batirnos en duelo?
—Después de como acabó la última vez… —Albus recordó entonces el ensordecedor latido de Gellert bajo el tacto de su mano y como, movido por un sentimiento olvidado, bajo la varita y se alejó—. Estoy cansado, Gellert. Preferiría no volver a intentarlo.
—La carne es débil.
Gellert también recordaba el instante en el que sintió el latido de Albus y como el mundo se paralizó a su alrededor. El pacto de sangre y su magia crearon un halo mágico en torno a ellos, cegándolos del resto. Tras aquella magia solo quedaron ellos dos, sus promesas rotas y el latido de dos corazones desbocados. Gellert recordaba con ansia como intentó acercarse a Albus después de aquello, como su cuerpo lo impulso de nuevo al contacto y como, contra todo pronóstico, Albus se alejó. "¿Quién te querrá ahora, Dumbledore?" —dijo—. "Estás solo" —contestó él—, y el pacto se rompió para siempre.
La noche empezó a clarear. Las puntas de algunos edificios empezaban a bañarse por la cálida luz del amanecer. El frío, sin embargo, no remetió y, ambos, cansados y helados hasta la médula, siguieron caminando por la gran avenida sin rumbo y sin un final a la vista.
—Ven —Gellert le tendió la mano.
Albus titubeó.
—Confía en mi.
—¿Confiar en ti?
—Vamos, Albus —Gellert esbozó una de sus sonrisas, una de esas a las que Albus nunca había sabido resistirse—. Por los viejos tiempos.
Albus no pudo contenerse y la curiosidad lo llevo a coger la mano que Gellert le ofrecía.
Cuando se tocaron, el mundo giró a su alrededor. Gellert los estaba transportando. No fueron muy lejos, pero Albus pudo sentir el drástico descenso de la temperatura. Tras un estruendo, se aparecieron en lo alto de un edificio, justo antes de llegar a la punta. Albus se tambaleó hacía el vacío por un momento, pero la mano que aun tenía cogida a Gellert lo mantuvo en su sitio.
Tenían la ciudad a sus pies. Desde aquella altura, la bulliciosa Nueva York era tan solo calles, un entresijo de avenidas y escaparates relucientes.
—Siempre te han gustado las alturas —dijo Albus.
Gellert parecía absorto ante aquella visión. Podría haber conquistado toda la urbe con un solo chasquido de dedos y gobernarlos a todos desde allí. Podría ser un rey o un emperador, podría quemar una ciudad hasta los cimientos y que esta luego se postrara a sus pies. Albus lo sabía; Gellert Grindelwald nació predestinado a la grandeza.
—Estamos en el Empire State Building —en los ojos de Gellert se reflejaron las primeras luces del día—. Aun no está acabado, pero se inaugurará esta primavera. Este es uno de los sitios que quería visitar antes de volver a Europa.
—¿Por qué?
—No sé si podré verlo acabado.
El alba interrumpió en el horizonte e inundó la ciudad con su luz. Un manto dorado cubrió Nueva York llevándose consigo la oscuridad de aquella fría noche. El hielo empezó a deshacerse en las aceras y la nieve se convirtió en grandes charcos que cubrieron las calles.
—Acaba con esta locura, Gellert —dijo Albus entonces—. El Mundo Mágico jamás permitirá que tus intenciones llegan a hacerse realidad. Acaba con todo esto y vuelve a…
—¿A qué, Albus? ¿Contigo? —Gellert se encaró a él—. Que haya perdido esta jugada no significa que vaya a perder la guerra. La partida ya está en marcha, no hay vuelta atrás.
—¡Si la hay! ¡Claro que hay vuelta atrás! —Albus parecía desesperado, al borde de la súplica—. Detén esta locura. Ya has visto cuales son las consecuencias.
Estaban cara a cara, con la ciudad a sus pies y el corazón desbocado.
—¿Cuál es el precio que estás dispuesto a pagar? —quiso saber Albus.
—El más alto.
Y entonces Gellert lo besó.
Se abalanzó sobre Albus como una tormenta. Cogió su rostro entre las manos y lo atrajo hacía él con la misma fuerza que la magia del pacto oprimía su interior. Ignoró la sorpresa de Albus y se abrió camino en su boca con la lengua. Entró sin pedir permiso, ansioso y desesperado.
Albus renegó de toda cordura, dejo sus principios a un lado y acató todas las ordenes de Gellert. Abrió la boca y le dejó entrar, se amoldó a su tacto y se aferró a su cuerpo con la intensidad propia de un hambriento.
—Estoy dispuesto a pagar el precio más alto —Gellert se separó lo justo para poder hablar, pero no remitió su contacto—. Tu eres el precio, Albus.
—Gellert.
Y esta vez fue Albus quien lo besó.
Era inútil intentar disuadir a Grindelwald. Era inútil hacerle olvidar sus principios, más cuando estos estaban tan arraigados a su ser como la mismísima sangre que corría por sus venas. Grindelwald estaba hecho de esos principios, toda su existencia se sustentaba sobre ellos. Albus lo sabía, siempre lo ha sabido. Por eso desistió y le besó. Por eso sucumbió, por qué sabia que si no podía tener a Gellert a su lado como siempre había querido, lo tendría en ese momento. Una última vez.
Se sumieron juntos en ese beso voraz, hambrientos. Habían estado tanto tiempo a la deriva, esperando ese preciso instante en el que todo volviera a converger, que fueron incapaces de parar.
Gellert se aferró con fuerza al cuerpo de Albus y lo volvió a transportar. Esta vez, en cambio, aparecieron en un lugar más privado. Era una vieja habitación con una única ventana al fondo. El ambiente era sucio y oscuro. Una vieja habitación de hotel, pensó Dumbledore. Había una maleta a medio deshacer en la cama y algunas camisas esparcidas encima de las sábanas. En la misma estancia había una pequeña mesa escritorio llena de papeles y una letrina.
—¿Es aquí donde te has estado escondido? —preguntó Albus después de inspeccionar la habitación.
—Nada de hoteles de prestigiosos para prófugos del Mundo Mágico.
—No deberíamos… —quiso decir Albus antes de que Gellert se acercará con los ojos llenos de peligro.
—Yo creo que sí —Gellert volvió a abalanzarse sobre él—. Tantos años… —gimoteó mientras hundía el rostro en el cuello de Albus—. Tantos años sin esto…
Lamió su cuello con fervor y resiguió con la lengua la línea de su mandíbula acompasado de los gemidos que Albus emitía sin control. Mientras acariciaba con la lengua la comisura de sus labios, Gellert le desabrochaba el pantalón y Albus se deshacía de su abrigo. Podrían haberse deshecho de la ropa con un simple movimiento de varita, pero estaban demasiado desesperados en quitársela como para pensar coherentemente en algún hechizo.
—Siempre tan elegante… —murmuró Gellert.
Cuando Grindelwald acabó de desabrochar los pantalones de Albus, le quitó el abrigo y rompió los botones de su camisa con un único movimiento. Se lanzó a su pecho con la boca abierta, lamiendo y mordiendo aquella cálida piel que tan bien conocía. Los recuerdos se acumulaban en su mente, desbordando sus sentidos e intentando evocarlos en el presente mientras recorría con la boca la desnuda piel de Albus. Este, a su vez, intentaba con sus manos desnudar a Gellert, incapaz de poder estarse quieto. Albus le obligó a parar un momento, le quitó lo que quedaba de ropa y lo empujó a la cama. Tiró al suelo las cosas que había sobre el colchón y se acomodó sobre el cuerpo de Grindelwald. Volvieron a besarse; Albus inspeccionó su boca con la lengua, entrando tan adentro como le fue posible.
La edad no había hecho mella en aquella pasión que se despertó tantos años atrás. Aquella noche, harían el amor como los jóvenes que una vez fueron. Se adentrarían en el cuerpo del otro sin remisión, dispuestos a todo. El mundo podría desmoronarse tras las paredes de aquella habitación, pero ellos dos no descansarían hasta acabar con lo que habían empezado. Desnudos y llenos de sudor, saciarían su hambre él uno por él otro. Albus dejó que Gellert lamiera cada centímetro de su piel, tan hambriento que fue incapaz de contenerse. Tubo a Albus a su merced durante lo que parecieron horas, días o semanas. Gellert conocía el cuerpo de Albus como si de el suyo propio se tratase. Conocía esos lugares en los que un solo roce podía provocar una estampida; detrás de la oreja, una caricia más larga de la cuenta en ese punto en el que se une el muslo y la cadera, la comisura de los labios…
Gellert aprovechó un momento de distracción, cogió a Albus por la cadera con ambas manos, lo hizo girar y se puso encima suyo. Ahora él volvía a tener el control. Tenía el cuerpo pegajoso y la boca seca, pero no le importó lo más mínimo. Separó las piernas de Albus con una mano, se acomodó entre ellas y, antes de entrar en él, se acercó a su oído y dijo:
—He estado pensando en este momento durante años. No ha habido una sola noche en la que no haya pensado en follarte como solía hacerlo antes. Ni una sola.
—Hazlo —suplicó Albus—. Ahora.
Y Grindelwald cumplió sus órdenes.
Acabaron entre gemidos, exhaustos. Se tumbaron él uno al lado del otro sobre las sábanas sucias, llenas de sudor y semen. Se quedaron en silencio, acompañados únicamente por sus jadeos y los ruidos de la ciudad que se colaban por la ventana. Por primera vez en toda la noche, no tenían nada que decir.
Gellert chasqueó los dedos y apareció en su mano un paquete de cigarrillos. Sacó uno y se lo llevó a los labios. Entonces Albus se incorporó y se levantó de la cama. Buscó su ropa en el suelo y empezó a vestirse.
—¿Ya te marchas?
—No deberías fumar —dijo Albus mientrss se abrochaba los pantalones—. Ya tienes una edad.
—¿Crees que estoy viejo?
—Eres viejo.
Albus sonrió para sí mismo.
Gellert seguía tumbado en la cama, desnudo y con el cigarrillo en los labios. La tenue luz que entraba por la ventana dibuja sombras sobre su cuerpo, acentuando algunas partes más que otras. Albus intentó no mirar, pero a esas alturas, de nada servía ya la mojigatería.
—Hay ciertas cosas que mejoran con la edad —dijo Gellert—. ¿No crees?
Albus suspiró tras una sonrisa.
—¿Qué pasa? ¿No ha sido lo suficientemente bueno? ¿Acaso hay alguien que te lo haga mejor que yo?
—Ojalá pudiera decir que sí.
—No tenemos porqué renunciar a esto —Gellert parecía triunfante.
—¿Eso crees?
Gellert dejó ir una bocanada de humo.
—Creo que podríamos retomar ciertos vicios —dijo—. De vez en cuando.
—¿Tu plan es librar una guerra contra el mundo muggle y de vez en cuando quedar conmigo en habitaciones de hotel para echar un par de polvos?
—No tiene por qué ser en un hotel, puedo pasarme por Hogwarts a visitarte lo fines de semana.
—¿Te parece divertido? —Gellert dejó ir una carcajada—. Estás loco.
Albus volvió a retomar lo que estaba haciendo, buscó su camisa y su corbata y empezó a vestirse. La sonrisa desapareció de los labios de Gellert cuando se dio cuenta de que Albus realmente planeaba irse.
—Entonces, ¿se acabó? ¿Está ha sido la última vez?
Albus suspiró.
—Si, Gellert. Se acabó —sentenció—. Tu mismo lo dijiste. ¿Quién me querrá ahora?
Entonces Gellert se puso en pie de un salto y salvó la distancia que los separaba. Cogió la mano de Albus y se la llevó al pecho, allí donde latía su corazón. Con la otra mano, apartó la camisa a medio abotonar de Albus y la colocó sobre su pecho desnudo. Su piel aun estaba cálida y pegajosa, fiel testigo de lo que había pasado entre aquellas sábanas.
—No necesitamos un pacto de sangre para saber que esto es real —dijo sin romper el contacto. Albus tampoco se movió—. Nunca he sido tu enemigo y nunca lo seré, pero contigo o sin ti, reduciré su mundo a escombros. Si decides ir contra mi, tu también caerás.
—Es una locura.
—¿Por qué eliges protegerlos a ellos cuando yo te lo ofrezco todo?
—No los elijo a ellos —dijo Albus—. Siempre te elegiría a ti.
Albus puso su mano libre sobre la de Gellert, esperó unos segundos y, con suavidad, la apartó de su pecho.
—Pero he de elegir lo que es correcto, no lo fácil.
Albus acabó de vestirse, se puso el abrigo y se anudó la bufanda. Recogió el sombrero del suelo y lo miró ensimismado.
—Ojalá todo hubiera sido distinto —dijo—. Pero ahora he de marcharme.
Gellert se quedó allí plantado, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo. En su interior ardía un fuego que creyó haber extinguido, pero supo entonces que la traición de Albus nunca sanaría y que la herida jamás cauterizaría.
—Se escribirán historia sobre nosotros —dijo Gellert antes de que Albus girará el pomo de la puerta—. ¿Estás seguro de que quieres que sea esta la historia que se cuente de nosotros?
—No podría ser de otro modo —dijo Albus abatido.
—Podría, pero tu ya has elegido.
Albus se puso el sombrero, miró una última vez al hombre al que amaba y se marchó.
La próxima vez que se vieran sería la última.
Y esto ha sido todo.
¿Quién sabe lo que nos deparará las dos siguientes películas? Aunque todos sabemos el final. Hasta entonces, solo nos quedará fantasear con lo que pudo ser.
Espero que os haya gustado.
Lúthien.
