.

.

.

Capítulo 24

Recuerdos inquietantes

Lo primero que contemplé cuando abrí los ojos fueron dos gemas celestes angustiadas, y un rostro preocupado. Oí un murmullo de voces pastosas que se solapaban, vi rostros algo desdibujados, extrañamente variopintos, conformando un segundo plano. Parpadeé, mi vista se aclaró.

—Amor mío, ¿estás bien?

Su voz, constreñida por el desasosiego, activó una respuesta automática en mí: sonreí.

Descubrí que estaba tendida en el mullido chaise longue donde solía leer, que alguien me abanicaba de forma efusiva, que una mano pequeña y suave sostenía la mía y que otra más grande y curtida se posaba en mi frente.

Asentí algo confusa. Me reclinaron ligeramente y me ofrecieron un vaso de agua.

—Gracias —murmuré—, estoy bien.

Bebí agradecida; el frescor acarició mi garganta, reconfortándome.

De repente la nebulosa que me envolvía desapareció y recordé con nitidez lo que había provocado el desmayo.

Me incorporé de golpe y miré a mi alrededor, buscándolo. De nuevo sentí mi corazón galopando en mi pecho.

Localicé a Yusuf tras Karen, que de rodillas en la alfombra era quien cogía mi mano.

Vi en sus apuestos rasgos árabes franca preocupación y un genuino asombro. Ya no era Rashid; su mirada era clara, sin matices inquietantes.

¿Qué demonios me había pasado?

¿Me había llamado Shahlaa realmente?, ¿o todo había sido una visión engañosa por su parecido con Rashid?

Seguramente fue su cercanía lo que había abierto de manera tan atroz el baúl de mis añejos recuerdos. Mi mente me había jugado una mala pasada; debía creer eso o no podría reprimir las ganas de meterlo en un avión y alejarlo de mi vida, perdiendo con ello a mi mejor amiga.

—Menudo susto nos has dado, guapa —reprochó Karen—. Tendrías que haber visto la cara de espanto que puso Yusuf cuando te desmayaste en sus brazos. Yo acababa de entrar cuando te oí gritar.

—Yo… no sé qué me ha pasado —musité algo avergonzada.

—Fue justo en un giro del baile —explicó Yusuf—. Me mirabas de una forma extraña, parecías enfadada, luego gritaste y te desvaneciste.

Busqué la mirada de Albert; vi con pasmosa claridad que había adivinado el motivo de mi desmayo. Miraba ceñudo a Yusuf; su entrecejo mostraba disgusto, una honda preocupación, y en sus facciones había una expresión que hacía doce siglos que no veía: una belicosidad fría y mortal, la cara de un guerrero preparándose para la batalla.

—Por favor, no ha sido nada, el cansancio me ha jugado una mala pasada, que continúe la fiesta.

—Ni hablar —contravino Albert —. Ahora mismo te meto en la cama. Estás lactando, cariño; necesitas tranquilidad y descanso, ha sido un día largo.

Se volvió hacia el hombre canoso que tenía a su derecha y agregó:

—Lars, por favor, échale un vistazo antes de que la suba al cuarto.

—Por supuesto, amigo.

Albert le dejó su lugar y Lars, con semblante profesional, me tomó la muñeca con la palma hacia arriba presionándola ligeramente con dos dedos, al tiempo que fijaba con atención la mirada en su reloj de pulsera.

—Su frecuencia cardíaca es del todo normal —musitó al cabo—, ha recuperado el color y no parece tener problema en centrar la mirada. Parece que todo está bien, pero para mayor tranquilidad pasaos mañana por mi consulta.

—Sí —intervino su mujer—. Puede que esté embarazada de nuevo, parece una lipotimia.

—Tora, no puedes hacer juicios tan a la ligera —le recriminó Lars—. Y menos tan indiscretos.

La mujer torció el gesto, fulminando a su marido con la mirada.

—Sería una noticia maravillosa, ¿verdad, querida? —se defendió buscando mi apoyo.

—Sí, pero una noticia que deberían dar ellos —musitó Hildur, que permanecía algo más alejada con una mirada pensativa y extraña.

—Es tarde —repuso Patricia con sonrisa dulce—, será mejor que nos retiremos. Ha sido una velada maravillosa; mañana te llamaré, Candy.

Stear, su marido, palmeó la espalda de Albeet, que todavía permanecía tenso.

—Patricia lleva razón, gracias por una fiesta tan agradable; ahora cuida de tu adorable mujercita, amigo mío, mañana nos vemos.

Albert le estrechó la mano y asintió con semblante taciturno.

—No dudes de que lo haré, Stear, no vivo para otra cosa… y gracias por acompañarnos en este día tan especial.

La pareja se despidió de todos y se marchó. A continuación Lars y Tora los imitaron.

Me incorporé con cuidado; inmediatamente Albert me cogió por los hombros.

—Estoy bien, cariño, de veras, puedo levantarme sola —argüí confiada—. Y necesito tomar algo y charlar un rato, no… no quiero retirarme todavía.

Albert entrecerró los ojos y me observó todavía intranquilo, pero asintió y se encaminó hacia el mueble bar.

—Voy a buscar a Ingrid —anunció Hildur—, dijo que iba a hacer una llamada, pero hace ya un buen rato que ha salido.

Britta y Karen me flanquearon a ambos lados del sofá, mientras Yusuf desaparecía de la sala tras Hildur, afirmando que necesitaba un cigarrillo.

—No me extraña que te marearas, querida —dijo Britta—; después de ese bailecito con tu marido, seguro que toda la sangre se te agolpó en un solo sitio, dejándote la cabeza sin riego.

—Madre del cielo, eres más bruta que yo —aseveró Karen entre carcajadas.

Reí con ellas, sintiendo cómo mi inquietud se aligeraba.

—Si mi Knute me dedicara uno de esos bailes… —suspiró divertida—… primero, me derretiría de gusto y, en vez de morder la almohada, me lo comería enterito, y segundo…

—Te despertarías —la interrumpió Karen muerta de la risa.

Britta estalló en una abrupta carcajada.

—Oh, cielo, sí… —logró musitar entre risotadas—. No me lo imagino contoneándose así… Es más tieso que una vara.

—Eso no es malo —murmuré, ya rendida a la risa.

Ambas se reclinaron entre carcajadas, limpiándose fútilmente las lágrimas.

Albert me acercó un vaso cuadrado con un dedito de guisqui, sin hielo, como me gustaba.

Esta vez sonreía sin reparos; miró agradecido a Karen y a Britta y se alejó junto a Knute, que paladeaba un gintónic frente al ventanal de la esquina.

Me llevé el borde del vaso a los labios; el aroma dulzón e intenso del guisqui me asaltó.

—Mi caso es a la inversa —comenzó Karen—. Yusuf se ha empeñado en que baile para él, y nada menos que la danza del vientre, como si eso…

Ya tragaba cuando aquellas palabras cerraron mi garganta. Tosí con violencia y de inmediato Karen me palmeó la espalda.

—Hoy no es tu día, diablos, Candy —adujo Karen—. Parece que te haya mirado un tuerto.

Britta arqueó sorprendida las cejas; un brillo socarrón asomó a sus ojos.

—¿Un tuerto?

—Sí, eso decimos en mi país cuando tienes muchos incidentes seguidos, es como una racha de mala suerte.

Britta asintió divertida.

—¿Te… te hace bailar? —inquirí sintiendo cómo el ardor del licor revolvía mis jugos gástricos.

—Sí, hasta me compró un vestido de odalisca, si a cuatro velos puede llamársele vestido, claro.

—¿De… qué color?

Karen me miró extrañada, frunció el ceño preocupada y puso la mano en mi frente.

—Estás muy rara, ¿seguro que te encuentras bien?

Asentí, aunque adivinaba que había vuelto a palidecer.

—¡Contesta!

Karen miró a Britta sorprendida, después se dirigió a mí.

—Tengo dos: uno azul intenso oscuro, casi añil, y otro azafrán, como mi pelo; se vuelve loco cuando me los pongo, creo que Mary ya dio fe del encuentro.

Britta volvió a reír.

Respiré hondamente y me puse en pie, rezando porque mi voz no revelara el terror que me dominaba.

—Necesito algo de aire, ahora vuelvo.

—¿Te acompaño? —preguntó Karen confundida por mi extraña actitud. Forcé una sonrisa tranquilizadora.

—No, quédate con Britta, será sólo un momento; además, necesito ir al baño.

Albert ya se dirigía hacia mí cuando lo frené con una sonrisa.

Salí de la casa con el corazón en la garganta y las lágrimas pugnando por derramarse. Cuanto antes lo enfrentara, mejor; sabía que me llamaría loca, que lo negaría todo, o eso creía, pero estaba decidida a poner las cosas en su sitio.

Los ladridos de Thor me desconcertaron; provenían del acantilado. No solía ladrar por las noches; dormía en la cocina, sobre una alfombra tejida por Mary. ¿Qué hacía en el exterior?

La fría brisa nocturna acarició mi rostro; me abracé y aceleré el paso. No era fácil andar con tacones entre la fragante hierba; afortunadamente una gran luna plateaba los parajes, iluminando mi camino. Los ladridos cada vez eran más intensos y agudos, casi como aullidos.

—¡Thor! —grité.

Una pausa y de nuevo ladraba como alma en pena.

Lo encontré justo al borde del acantilado, andando de un lado a otro, inquieto y nervioso.

Aquella mole cafe se recortaba contra el azulado firmamento.

—¡Thor! —Me agaché para recibirlo y él acudió con vehemencia; lo abracé y lo acaricié mientras él jadeaba junto a mi cuello.

—¿Qué te ocurre, precioso? Shhhh… Tranquilo, ya estoy aquí.

Me erguí e intenté empujarlo por el collar, pero el animal no se movió ni un ápice; su gran cabeza peluda miró hacia el acantilado y gimió lastimero.

—Thor, vamos, regresemos a casa; ¿qué te pasa?

Me acuclillé frente al perro y le acaricié el morro y el pecho.

—¡Cálmate, todo está bien!

Dulcifiqué mi tono, aunque la opresión de mi pecho se intensificó con una señal de alarma que se agudizaba por momentos.

Thor siguió gimiendo; sus enormes ojos castaños se clavaron en los míos con una intensidad extraña.

Me puse en pie e inspeccioné con curiosidad el borde del acantilado.

Abajo relucía la superficie del lago con el resplandor marfileño de la luna. Varios veleros se mecían sobre sus aguas; sus luces iluminaban apenas la noche. La negrura de las majestuosas montañas se recortaba contra un cielo punteado de estrellas.

De repente oí a Thor gruñir tras de mí; me volví hacia el animal sobresaltada y me encontré con la figura de un hombre inmóvil.

Estaba a unos pasos, contemplándome.

—Parece un lobo en vez de un perro. ¿Es peligroso?

La voz de Yusuf alertó todos mis sentidos. Sentí cómo me latía una vena en la sien, tragué saliva y me acerqué al animal.

—Mucho, casi tanto como yo —murmuré luchando contra mis ganas de gritar y correr. El terror me invadió; combatí para sofocarlo.

—Te he visto salir de la casa y te he seguido —confesó.

—¡Lárgate, si no quieres que ordene a Thor que se lance sobre ti!

—¿Qué te pasa conmigo? —preguntó en tono suave—. Necesito saberlo, yo… tampoco sé lo que me pasa contigo…

—Sé quién eres, me llamaste Shahlaa…

El hombre asintió; la piel se me erizó, la angustia convirtió mi estómago en un volcán en erupción y mi corazón en un martillo que atronaba ensordeciéndome.

—Pero no sé por qué razón —musitó cogitabundo—; no entiendo por qué no soy capaz de apartar los ojos de ti. Te juro que amo a Karen, llevo en la maleta un anillo de pedida, pensaba dárselo aquí. Sin embargo, tú… —su voz sonó apesadumbrada, con un deje amargo y asombrado—… no sé qué diablos me ocurre desde que llegué… no sé qué jodido hechizo ejerces… pero sea lo que sea te ruego que me liberes.

—¿Por qué obligas a Karen a que baile danzas árabes para ti, por qué elegiste los vestidos de esos colores en particular?

El hombre sacudió la cabeza, parecía realmente abatido y confuso.

—No lo sé, es una predilección y… joder, ¿qué tiene eso que ver?

Tragué saliva, aquello no podía estar pasando; Yusuf todavía no lo sabía, pero su antiguo yo comenzaba a emerger.

—¿Por qué pronunciaste ese nombre?

—¿Shahlaa? Pues… no lo sé, es un nombre que me viene a menudo a la cabeza, ni idea del motivo… imagino que debí de oírlo en algún sitio y se me fijó.

Dio un paso hacia mí. Retrocedí.

—Creo que tú sabes lo que me está pasando, y quiero que me lo digas.

Abatió los hombros e inclinó la cabeza, las sombras cubrieron su rostro.

—He soñado con tus ojos muchas veces, mucho antes de verte en la estación —admitió compungido—. No te conozco de nada; sin embargo, cuando te vi con tu gigante, bailando tan… sensual, deseé arrancarte de sus brazos, deseé…

Su voz se perdió en la noche, en un silencio que gritaba su verdad.

—¡Maldita sea! —proferí furiosa, ya no con él, sino con el condenado destino, con esa rueda que giraba a través de los tiempos, utilizando las mismas almas para su cruel juego.

—Es mejor encender la luz que maldecir la oscuridad; ilumíname, te lo suplico.

Aquello me derrumbó; las lágrimas escaparon de mis ojos, los sollozos rompieron mi garganta.

Yusuf hizo ademán de acercarse.

—¡No te acerques a mí, ni se te ocurra tocarme!

Thor, al oír la crispación de mi voz, se lanzó sobre Yusuf.

El hombre gritó cuando aquella enorme bestia marron como el chocolate lo derribó sobre la hierba. Corrí hacia ellos e intenté que Thor soltara su presa; afortunadamente, Yusuf había interpuesto el antebrazo en la mordida.

—¡Suéltalo, Thor!

Lo cogí del collar y tiré con todas mis fuerzas; el perro cedió, liberó sus fauces y huyó a la carrera. Me acerqué a Yusuf, que, jadeante, intentaba incorporarse.

—¡Joder, me ha mordido!

—Déjame que vea la herida.

Se remangó con cuidado; tenía la marca del mordisco y sangraba.

—Tendrá que verte un médico, aunque no parece profunda.

Ya me retiraba cuando me sujetó el brazo.

—¡No necesito un médico, necesito una respuesta!

Sostuve su mirada; descubrí que tenía más miedo que yo.

—No voy a darte una respuesta, pero sí una solución. Marchaos, aléjate todo lo posible de mí, intenta hacer feliz a Karen y sobrelleva como puedas tus recuerdos.

—¿Recuerdos?

Asentí, me sequé las húmedas mejillas y tragué saliva; de repente me sentí muy cansada.

—No son sueños los que te atormentan, sino recuerdos. Te pido que no le digas nada de esto a Karen, mantengámosla ajena a todo; no quiero que sufra.

—Tampoco yo.

Respiré hondo y me dispuse a regresar, cuando de pronto me encontré entre sus brazos.

—Siento que te amé profundamente, pero también que te provoqué un gran dolor. ¿Quién eres?

—Fui Alondra, pero también Shahlaa; ambas murieron, sólo ha vuelto Freya. —Hice un pausa.

Su mirada azabache brillaba iluminada por su convulso fuero interno—. Tú fuiste Rashid, mi esposo, al que amé, odié y compadecí, pero también al que perdoné.

—Esa frase… mi dulce Shahlaa… la tengo escrita en mis cuadernos, y la repetía sin cesar como si fuera un mantra o una azora coránica. A veces pensaba que estaba enloqueciendo.

Sacudió la cabeza contrito, y se pasó las manos por su espesa melena bruna.

—Voy a darte un último consejo: no te aferres al pasado, vive tu presente y lucha por tu futuro.

—Karen merece que lo intente —musitó.

Aquellas palabras lograron que respirara con normalidad.

—Invéntate alguna cosa, pero mañana tenéis que coger el avión de vuelta.

Asintió y me soltó.

No lo miré, me encaminé a la casa. Oí su voz a mi espalda.

—Adiós, Shahlaa…

Cerré los ojos. Intenté cerrar mi corazón al dolor, pero no lo conseguí.

CONTINUARA

Y vuelve la burra a el trigo, yo lo corro de mi casa ese mismo día, ese hombre desde que apareció, supe que podría ser la reencarnación de Rashid.

Hay Candy, espero que tantos siglos de vejes que tiene tu alma te enseñaran ser más inteligente y precavida.

Y esa pelirroja puede ser Ada, yo ni loca le suelto a mi marido a una víbora y menos para bailar una canción suave.

Abrazos.

Aby.