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Capítulo 25

El regreso del lobo

Era noche cerrada. Una lechuza ululaba, el silbido del viento se filtraba entre las ramas, arrancando hojas moribundas. A lo lejos… un aullido escalofriante. Palpé el colchón a mi lado, buscando un cuerpo cálido, pero sólo hallé una fría ausencia. Me incorporé extrañada, miré la cuna que había a mi derecha, estaba vacía. Sobresaltada, salí de la cama.

Corrí, corrí entre los troncos de los árboles, entre lúgubres sonidos nocturnos, entre la gelidez que aguijoneaba mi piel. Mis pies descalzos se hundían entre la húmeda hojarasca seca, entre helechos suaves y ramas rotas. Llegué a un maltrecho cercado… De nuevo ese aterrador ulular, de nuevo los aullidos, esta vez más cercanos. Corrí apremiada por un miedo primario, corrí buscando con desesperación; tropecé con una piedra y caí. Ante mí, dos lápidas, una más pequeña que la otra; mi búsqueda cesaba, mi corazón lo sabía. Retiré temblorosa la hiedra que las cubría… Eran ellos… mi esposo y mi hijo… Esperé al lobo, que ya se aproximaba; sentí en mi espalda sus ojos verdes, él me llevaría con ellos… Me volví hacia la bestia, la luna destelló en sus colmillos, que ya salivaban. El hedor de su aliento precedió su ataque; justo cuando me doblegaba a la muerte, una voz llegó hasta mí… «¡Lucha!».

Abrí los ojos empapada en sudor; respiraba agitadamente y el corazón golpeteaba con violencia mi pecho. Me incorporé con la ansiedad y el terror tensando todos mis músculos; conteniendo la respiración, me volví hacia él.

Albert, que en ese momento parpadeaba somnoliento, vislumbró mi pánico y de inmediato se sentó en la cama y me cogió entre sus brazos.

—Sólo es una pesadilla, amor mío, estoy aquí, siempre estaré —susurró al tiempo que frotaba con suavidad mi espalda.

Poco a poco, mis latidos se acompasaron y el pánico se disipó. Me arrebujé en su amplio pecho y cerré los ojos. Su aroma, su calidez y su dulzura fueron el bálsamo que necesitaba.

—Freya, estás temblando.

Comenzó a frotarme más vigorosamente la espalda y se ahuecó sobre mí, cubriéndome con sus poderosos brazos, como si me protegieran las alas de un hermoso halcón.

Apoyó la barbilla en mi cabeza y continuó arrullándome con susurros melosos y palabras tranquilizadoras.

—Sé por qué estás tan alterada —pronunció de pronto, con un deje de inquietud en su todavía enronquecida voz.

Se separó apenas de mí y me observó con preocupación.

—Cuando bailaste con Yusuf, fue Rashid quien acudió a tus recuerdos; te… viste entre sus brazos, por eso te desmayaste, ¿me equivoco?

Negué levemente con la cabeza, pero no lo miré a los ojos, centré la atención en un punto justo bajo la base de su cuello. No quería que viera la verdad de lo que en realidad ocurrió la noche anterior.

Cuando Yusuf regresó a la casa herido, dijimos que Thor lo había atacado porque estaba alterado con la fiesta y lo tomó por un asaltante nocturno. Mary lo curó y Karen lo mimó. Albert, en cambio, lo había mirado con recelo y, meditabundo, evitó comentar nada, ni siquiera pidió disculpas por el comportamiento del perro; tuve que hacerlo yo.

Aquel incidente ya sí que puso el broche final a la fiesta. Cuando los invitados se retiraron, musitó un seco «buenas noches» a Yusuf y a Karen, que todavía permanecían acaramelados en el sofá, me alzó en brazos bajo la intensa mirada celosa de Yusuf y me subió a nuestra habitación.

Nada dijo, tan sólo me desnudó con apremio, con una expresión extraña y oscura en su rostro, y me hizo el amor con salvaje impaciencia, con una intensidad abrumadora, más bien como el macho que marca a su hembra, como el animal que reclama a su presa, como una desgarradora proclama: «Mía», decían sus embistes, su mirada y sus besos.

—¡Mírame! —exigió.

Posó el dorso de su dedo índice en mi barbilla y la alzó con suavidad. Obedecí.

—¡Mierda! —profirió alterado—. Lo sabía, lo intuí. Anoche vi cómo te miraba, cómo te buscaba, es… ¡joder, es él!

—Todavía no —musité abatida—. Está empezando a recordar, no sabe bien qué le está pasando.

Se apartó ofuscado, apresó mis hombros y me clavó su furibunda mirada.

—¿Has hablado con él… de esto? —tronó.

Sólo me atreví a asentir, me mordí el labio inferior y hundí el cuello, encogiéndome.

—¡Maldita sea su alma inmortal! ¡Debería estar pudriéndose en el infierno! ¡Joder!

Se levantó de la cama y, desnudo por completo, comenzó a pasearse furioso por la habitación. Tenía los puños apretados, los brazos tensos, la cabeza un poco inclinada, el ceño como una oscura nube de tormenta, los labios apretados y mascullaba improperios sin cesar entre dientes.

Como un soberbio león enjaulado, de formas subyugantes, mostraba su genio y su frustración de manera temible; no obstante, causaba tal influjo que no pude más que admirar la perfección de aquel cuerpo ferozmente hermoso.

Por fin se detuvo. Respiro hondo y regresó a la cama con una determinación pintada en el rostro.

—Me da igual que sea tu amiga, hoy mismo se largarán —sentenció.

—Hoy mismo se marcharán, así se lo dije a Yusuf.

Su mirada se oscureció, los celos empañaron su semblante.

—Cuéntame lo que pasó entre vosotros: ¿intentó… besarte? —Pronunció la última palabra con voz estirada, como si la hubiera tenido que arrancar de su garganta.

—No; estaba confuso, asustado. Me dijo que sentía una rara atracción por mí que no comprendía, puesto que ama a Karen, y que el nombre de Shahlaa de alguna incomprensible manera se había fijado en su mente. Rashid resurge en él, pero Yusuf todavía domina la situación. Le dije que debía alejarse de mí de inmediato. Eso es todo.

Albert no pareció muy convencido.

—Entonces ¿por qué razón lo atacó Thor? Seguramente intentó algo y…

Esta vez fui yo la que sujetó su barbilla.

—No, no me besó, ¿me oyes? Aparta esa imagen de tu cabeza. Thor lo atacó porque me asusté y le grité que se alejara de mí.

—Será mejor que no baje a desayunar, no quiero encontrármelo, porque… si lo veo… no sé cómo reaccionaré.

Se tumbó en la cama y a mí con él. Aterricé en su pecho; automáticamente sus brazos me envolvieron y besó mi frente.

—Esta vez no pienso permitir que el destino malogre nuestra felicidad, esta vez no —musitó vehemente—. Nada ni nadie, ni la jodida Providencia, ni los putos karmas, nada va a separarme de ti. Ya sufrimos lo indecible; esta vida es nuestra recompensa, y haré más de lo que esté en mi mano para demostrarlo.

«¿Por qué?».

Esa pregunta me había estado rondando toda la noche. ¿Por qué Rashid quería volver? ¿Para recuperarme? Ahora que sabía que, una vez más, mi alma y mi corazón le estaban vedados, ¿qué haría? ¿Aceptar lo que doce siglos atrás fue incapaz de asumir?, ¿o volvería a cometer una locura?

Un escalofrío me recorrió la médula espinal, me envaré y me abracé con fuerza al pecho de Gunnar.

Bajo una nube de inmenso amor en forma de caricias, susurros y toda clase de arrumacos, volví a dormirme con un solo ruego en mi mente… «Dios mío, aleja a Rashid de nosotros…».

Un gran orbe amarillento y misterioso asomaba entre retazos de oscuras nubes desgarradas, que más parecían harapos deshilachados. Su mortecino resplandor marfileño bañaba un bosque lóbrego, de árboles sin hojas, con ramas huesudas que se alzaban de forma espeluznante, como clamando su dolor a la majestuosa luna, que las miraba indiferente.

Corría envuelta en lágrimas, seguida por una hambrienta bestia dorada. Sólo oía mi respiración entrecortada, los crujidos de las ramas secas bajo mis pies descalzos y la veloz carrera de cuatro pezuñas que ganaban terreno.

No tardaría en darme alcance, el cansancio comenzaba a lastrarme. Cada respiración se asemejaba a inhalar bocanadas de fuego; mis pulmones sufrían, mis rodillas flaqueaban, el terror bombeaba mi corazón, mis sentidos se afinaban y mi determinación se afirmó.

Lucharía.

Busque a mi alrededor, localicé una rama, larga y gruesa, la cogí con apremio y me detuve frente a un gran tronco, pegando la espalda a su rugosa superficie.

El lobo se detuvo frente a mí.

Clavó sus verdes ojos en los míos y aulló a la luna.

Ajusté bien mis dos manos en torno a la base de la rama y la alcé por encima de mi cabeza. Estaba preparada; apreté los dientes y luego esperé.

A mi mente acudieron dos voces. Una me gritaba que me rindiera, que ellos estaban muertos; la otra, que luchara. Las dos me atormentaban.

Sofoqué un sollozo, las lágrimas inundaron mis ojos, un puñal invisible entraba y salía de mi corazón. La visión de sus lápidas me hizo bajar los brazos, hundí los hombros y gemí de dolor.

Otros aullidos se sumaron al de mi perseguidor. No llamaba a la luna, sino a su manada.

Al menos moriría cerca de donde ellos estaban…

Me incorporé entre temblores, con el corazón bombeándome a mil por hora, la garganta seca y una sensación opresiva tensando mi estómago. De nuevo miré a mi derecha, esta vez Albert no despertó. Dormía a mi lado, aunque parecía ser presa de un sueño no muy agradable por la crispada expresión de su rostro.

Sentí el impulso de besarlo, pero me contuve. Miré la hora y de inmediato mis ojos se clavaron extrañados en el receptor de bebés, que permanecía desacostumbradamente mudo a esa hora. Hacía casi dos horas que le tocaba la toma, pues faltaba poco para las seis.

Salí como una centella de la cama: mi pequeño Amin poseía el gen de la puntualidad noruega; más de una vez habíamos bromeado sobre eso, su estómago era un órgano sistemáticamente metódico y exacto, a las mismas horas reclamaba su alimento.

Aquel inaudito silencio me encogió el corazón.

Corrí por el pasillo como si aquellos pocos metros fueran kilómetros, abrí la puerta de su cuarto y me abalancé sobre la cuna. El azulado resplandor de la lámpara nocturna iluminó un colchón vacío.

Un gemido escapó de mis pulmones, el pánico más atroz me invadió. Posé temblorosa la palma de mi mano en la suave sábana bajera de franela verde.

Estaba fría. Tal vez… tal vez… Mary…

Abandoné la habitación a la carrera con el corazón en la boca, y un amargo regusto de bilis ascendió por mi garganta.

Bajé los escalones de tres en tres, salí de la casa y enfilé hacia la cabaña de Mary y Arne. En mi dolorosa urgencia, la esperanza asomaba tímida como una luz a la que necesitaba agarrarme.

Hacía frío, pero apenas lo notaba; mi liviano camisón rosado de satén ondeaba contra mi piel en mi carrera, acariciándola con su frío tacto, como si una garra del inframundo paseara por mi cuerpo. Sentí náuseas.

Llegué jadeante al fondo de prado, donde el hytte rojo y blanco destacaba contra el verdor de las laderas, todavía más acentuadas por el rocío de la mañana.

Llamé a la puerta con agitada insistencia.

Una Mary completamente despierta, impolutamente vestida y escrupulosamente peinada, adornada con su sempiterno delantal, me abrió con expresión asombrada.

—¿Dónde… dón… de… está mi hijo? —logré preguntar jadeante.

La mujer abrió los ojos de forma desmesurada y sus cejas se arquearon frunciendo su frente; aquella expresión desgarró mi corazón.

—Sabe muy bien que no subo a las habitaciones hasta que ustedes bajan —repuso confundida—. Tal vez su amiga…

No la dejé terminar; corrí de nuevo, esta vez hacia la casa; no era el rostro de Karen el que acudió a mi cabeza.

—¡Señora, voy con usted! —gritó tras de mí.

A grandes zancadas entré como una tromba en la casa y ascendí a la primera planta casi sin tocar el suelo.

Un miedo primario, brutal e inclemente golpeaba cada terminación nerviosa; las pulsaciones se me dispararon y la angustia oprimió mi tripas, retorciéndolas de un modo implacable. Una única palabra se repetía en mi cabeza… «No, no, no, no, no, no…».

Abrí la puerta conteniendo la respiración.

Karen dormía abrazada al desnudo y lampiño pecho de Yusuf; me precipité enloquecida hacia la cama y me lancé sobre él.

—¡¡¡¿Dónde está mi hijo… dónde, maldito?!!! —grité desaforadamente.

Y grité y grité, aullé y aullé mi dolor y mi angustia, mientras, a horcajadas sobre él, lo golpeaba.

Karen se despertó sobresaltada y se sumó a mis gritos, e intentó apartarme de Yusuf, que había abierto los ojos y me contemplaba como si fuera parte de sus sueños. Éste parpadeó de pronto e intentó frenar mis enloquecidos ataques.

Karen, llorosa y asustada, gritaba mi nombre, mientras Yusuf se zafó y consiguió inmovilizarme pegándome a su pecho en un abrazo doloroso.

—¡¡¡Tranquilízate, no sé de lo que me hablas!!! —exclamó aturdido.

—¡Suéltala!

Aquella voz grave y ronca dejó traslucir un matiz peligrosamente amenazante, una frialdad mortal que detuvo aquella locura al instante. El gélido tono de Albert surtió efecto.

Yusuf obedeció de inmediato, pero seguía sin apartar los ojos de mí. Karen enmudeció entre lágrimas. Puse las palmas de las manos en el cálido pecho del hombre y, pegando mi frente a la suya, clavé la mirada en sus ojos de obsidiana y siseé entre dientes:

—Te mataré, Rashid, esta vez seré yo… devuélveme a mi hijo.

Yusuf se embebió de mi rostro con el desconcierto, el asombro y una pizca de anhelo tiñendo su semblante.

Unas fuertes manos me apartaron de él. Un poderoso pecho me cobijó, y en él me derrumbé. Esta vez los sollozos tomaron el control absoluto.

Los brazos de Albert me sostenían, el dolor me devoraba, la furia se acrecentaba y las fuerzas me abandonaban.

De repente, Albert me apartó sujetándome por los hombros.

—Marchaos todas de aquí —ordenó con fiereza, sin mirarme a los ojos; su tensa expresión contenida resultaba aterradora—. Mary, llévatela y dale una tila, registrad cada rincón de la casa y llama a la policía; yo voy a empezar el primer interrogatorio.

Yusuf, temeroso, se puso en pie; tan sólo llevaba un bóxer blanco y Albert, sólo su liviano pantalón de pijama. Ambos se contemplaron, evaluándose.

—No sé dónde está tu hijo, no he salido de la habitación en toda la noche, Karen puede corroborarlo —adujo con voz firme.

—Y lo corroboro —repuso Karen limpiándose las lágrimas y poniéndose entre ellos—. ¿Por qué pensáis que ha sido él? ¿Qué está pasando?

—Salid todas de la habitación —exigió Albert de nuevo sin apartar su acerada mirada de Yusuf.

Karen se abrazó a su novio, negando con la cabeza.

—Tendrás que sacarme a la fuerza; llama a la policía si quieres, pero yo de aquí no me muevo.

—Obedece, Karen —espetó Yusuf; su tono no admitía replica—. Lleva a tu amiga al salón, consuélala. Todo se aclarará, estoy seguro; soy inocente y no temo nada. Albert y yo… tenemos que hablar.

Karen miró esperanzada a Yusuf y asintió. Se acercó a Albert y, encarándolo, pronunció:

—No te atrevas a tocarlo.

Se acercó a mí y, entre ella y Mary, me sacaron de la habitación; en mi nube de dolor, supe que la tormenta se desataría en cuanto cerráramos la puerta.

CONTINUARA

Mmmmm, esto me huele a que la pelirroja cara de zorra, se llevo al bebé, no entiendo como unos padres se vallan a dormir sin antes echarle una ojeada a su cria, ahhh se me olvidaba, se la pasan todo el tiempo calientes con ganas de follar y follar , ahí están las consecuencias.

Abrazos.

Aby.