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Capítulo 26

Al borde del precipicio

Cuando una unidad de la Kongeriket Noreg Politie, o Policía Nacional de Noruega, hizo acto de presencia, mi estado de ánimo era ya de absoluta desesperación.

Habíamos registrado la casa y los alrededores infructuosamente, y a cada minuto que pasaba el terror aumentaba hasta niveles insoportables. Las punzadas de mis pechos plenos me gritaban que mi niño estaría pasando hambre; era un lactante, no aguantaría mucho sin alimento, a menos que su secuestrador le diese leche artificial.

Albert, vestido, con la cara magullada y los nudillos despellejados, estaba sentado en el sofá a mi lado, abrazándome, asegurándome que aparecería, que estaba bien, que él me lo traería.

Karen, que había estado aporreando la puerta mientras la pelea que se desarrollaba en el interior hacía retemblar las paredes, lloraba de frustración y rabia al oír las dolorosas exclamaciones y los gruñidos sofocados. Cuando Albert por fin salió del cuarto de invitados, Karen lo maldijo y se adentró en la estancia, y allí seguían, encerrados y dándose consuelo, imaginaba.

Albert tenía los nudillos ensangrentados, un corte en el pómulo y un moratón en la mejilla. Sin embargo, tuve la certeza de que Yusuf habría salido bastante peor parado.

Dos hombres se acercaron a nosotros. Uno era alto y corpulento, con una barriga prominente que ocultaba el cinturón de su pantalón, de escaso pelo gris y mirada azul, despierta y aguda. El otro era más alto todavía, pero delgado, y mucho más joven. De cabello trigueño, perfectamente peinado hacia atrás, inquisidora mirada azul hielo, rostro anguloso y atractivo. De repente tuve la certeza de que lo había visto antes, pero no supe ubicar el recuerdo.

El hombre me miró con extraña fijeza y se adelantó ofreciéndome la mano.

—Soy el detective Hans Berg, de desaparecidos, y mi compañero Rolf Jacobsen.

Me limité a asentir mientras le estrechaba la mano; la tenía fría.

—Mis hombres están rastreando la zona e interrogando a los vecinos; tenemos que tomar las huellas dactilares, también necesitamos una foto del pequeño. ¿Está en condiciones de contestar mis preguntas, señora Andrew?

Asentí de nuevo, aunque la respuesta no era afirmativa.

—¿A qué hora se dio cuenta de la desaparición?

—A las cinco cuarenta y cinco. —Mi voz sonó extraña, rota y cansada—. Suele despertarme sobre las cuatro para su primera toma.

El detective escribía apresuradamente en un pequeño cuaderno, mientras su compañero emprendía las diligencias.

—¿No oyó el despertador?

—Mi despertador era él; en cuanto… gimoteaba por el receptor, acudía a su lado.

La angustia de nuevo me oprimió la garganta.

—¿Siempre a la misma hora?

Asentí y me limpié las lágrimas.

Albert me apretó contra él, lo miré: tenía el rostro distendido por el dolor, pero se esforzaba por mantener el control.

—Señor Andrew —espetó el inspector Berg—, tengo entendido que anoche hubo una fiesta; necesito los nombres de los invitados para interrogarlos. ¿Hay alguien más en la casa?

—Una pareja de amigos que llegaron ayer por la mañana. Sospecho de él.

El inspector lo miró con el ceño fruncido, pasó la página de su cuaderno y estudió con atención a Albert.

—¿Por algún motivo en especial?

—Anoche en la fiesta desapareció un buen rato, nuestro perro lo atacó en el exterior —respondió.

—¿Dónde está ahora?

—En el cuarto de invitados, en la primera planta.

El detective hizo un gesto a dos policías uniformados y de inmediato ascendieron la escalera.

Al cabo, posó su hierática mirada sobre mí.

—¿A qué hora vio a su hijo por última vez?

Tuve que tragar la invisible bola de metal rugoso que parecía atascada en mi garganta para contestar.

—Antes de la fiesta, cerca de las ocho de la noche, le di la última toma del día. Mary tenía el receptor en la cocina y estuvo pendiente durante la fiesta, por si… me reclamaba. Cuando subí a dormir, cerca de la una de la madrugada, me asomé a su cuarto, dormía… él… suele… dormir toda la noche… y…

Las palabras se me atoraron en la garganta, disueltas en un océano de angustia y rabia. Había rechazado el tranquilizante, porque quería estar plenamente consciente de lo que pasaba a mi alrededor, aunque ahora el dolor que me sacudía hacía replantearme esa decisión.

—Entiendo —se limitó a musitar, al tiempo que inclinaba la cabeza y garabateaba en ese manoseado cuaderno.

—Voy a serles sincero de un modo lamentable, señores Andrew: las primeras veinticuatro horas son cruciales en las desapariciones; en este caso es obvio que se trata de un secuestro, por lo que hay tres vías para tener en cuenta. Una, que su hijo haya sido secuestrado para comerciar con él; otra, que lo utilicen para pedir un rescate, imagino que cuantioso, y la última y a mi parecer más… trágica: que la persona que se ha llevado a su hijo lo haga por motivos personales… venganza, odio, envidia… ¿Tienen algún enemigo o algún problema de la índole que sea con alguien de la comunidad?

Me fue imposible contestar, sollozaba desconsolada contra el hombro de Albert.

Qué ilusa pensar que el destino nos liberaría de su injustificada crueldad. Tuve ganas de gritarle a ese hombre frío y extraño, de gritarle que no, que todos los odios, las venganzas y las envidias habían quedado enterrados en un siglo lejano, aun sabiendo que parte de lo enterrado había resurgido la noche anterior… ¿Tan cruel era el alma de Rashid? ¿Tanta era su locura? ¡Por Dios santo, si me había pedido perdón! Y yo lo había despedido concediéndoselo.

Unos pasos se acercaron a nosotros, no fui capaz de alzar la mirada.

—No tengo enemigos —comenzó Albert con la voz temblorosa; carraspeó y prosiguió con algo más de control en su tono—, al menos reconocidos; alguna rivalidad profesional, pero por supuesto nada de relevancia, nada que justifique… algo… así.

—Tomen asiento —masculló el ayudante, Rolf Jacobsen, dirigiéndose a Karen y a Yusuf, que acababan de entrar en el salón.

Karen corrió hacia donde nos encontrábamos, se acuclilló frente a mí y me tomó la mano.

La miré.

—Amiga, no sabes cuánto me duele todo esto, sé fuerte, lo encontraremos, ya verás. —Su rostro húmedo de lágrimas y desfigurado por el dolor escondía una súplica—. Sólo te pido que no condenes a un inocente sin motivos ni pruebas. Yusuf es incapaz…

—Te han dicho que te sientes.

La voz de Albert, fría y hueca, tronó en la estancia con la violencia de un relámpago silenciando de inmediato a Karen. Se alzó lentamente, derrotada, y me miró con una mezcla de confusión, compasión y pena. A Albert le regaló una mirada airada; luego sus enrojecidos ojos se posaron en Yusuf, pero éste se limitaba a mirarme con expresión indescifrable.

Su moreno rostro mostraba en cada golpe la ferocidad de mi vikingo. Una furia ancestral contra Rashid tan sólo adormecida y que, ahora, con aquel fulminante golpe, despertaba en todo su vigor. Casi me asombró que Yusuf hubiera conseguido salir vivo de aquel cuarto.

Tenía el labio superior partido, sanguinolento e inflamado de un modo grotesco. Su ojo izquierdo, cerrado por completo, había duplicado su tamaño y empezaba a oscurecerse en un sombrío tono violáceo. Presentaba otro corte en la nariz, en el pómulo derecho, y moretones en ambas mejillas. Su estado era lamentable. Se había sentado en el sofá de enfrente, ahogando un quejido. Posó la mano en la parte izquierda del tórax con cuidado; dolorido, se inclinó sobre sí mismo, sin apartar la mirada de mí.

—Veo que el señor Andrew ha comenzado los interrogatorios por su cuenta —murmuró perplejo el inspector. Lanzó una mirada condenatoria a Albert y se dirigió a Yusuf.

»Será mejor que lo llevemos al hospital, allí le harán un parte de lesiones, porque supongo que querrá poner una denuncia por… esta salvaje agresión.

El inspector apretó los labios y miró a Albert con evidente desaprobación.

—Estoy bien —mintió Yusuf, con una mueca dolorosa. Su labio superior se hinchaba por momentos—. No pienso denunciar a Al… al señor Andrew.

El inspector miró a su compañero y sacudió la cabeza reprobador.

—Creo que se equivoca, señor…

—Yusuf ibn Sarîq —respondió cortante—. Inspector, creo que debería concentrar toda su energía en encontrar al bebé, cada minuto que pasa es esencial. Colaboraré de buena gana en lo que precisen, si debo acompañarlos… —Miró preocupado a Karen, que descompuesta se enlazaba a su brazo casi con desesperación.

—De momento me conformaré con que responda a algunas preguntas. ¿A qué hora sucedió el incidente del perro?

—Bien entrada la medianoche —respondió—. Si me pide que concrete, me atrevería a decir que posiblemente cerca de la una de la madrugada.

—¿Acababa de conocer a los señores Andrew's?

Yusuf asintió.

El inspector Berg arrugó meditabundo el ceño y releyó su libreta con interés. Acto seguido, escrutó a conciencia a Albert y a Yusuf, intentando descifrar sus semblantes.

—Bueno, señores, es evidente que me ocultan algo. —Dirigió su gélida mirada hacia Albert y, tras una breve y tensa pausa, añadió—: Señor Andrew, si desea encontrar a su hijo cuanto antes, le aconsejo que sea del todo transparente en sus declaraciones, hasta el más insignificante detalle puede resultar asombrosamente esclarecedor. A partir de ahora imagine que soy su padre confesor.

Albert le sostuvo la mirada con la cabeza erguida; la rigidez de sus hombros reflejó la tensión que contenía.

—A la hora en la que el señor Ibn Sarîq fue atacado por el perro, su hijo dormía en su cuna. El intervalo horario aproximado en el que sitúo la desaparición de su hijo es entre la una y las cuatro de la madrugada. Cierto que el señor Ibn Sarîq tuvo acceso al bebé a esas horas, pero su convencimiento de que es el culpable, no hay más que ver su brutalidad sobre él, requiere de un móvil. Nadie comete un delito sin una motivación. Si acababan de conocerse, ¿cómo explica tanta animadversión?

—Desea a mi esposa —respondió Albert, ciñéndome más contra él.

Karen abrió los ojos de forma desmesurada. Muda de asombro, me miró e indagó en mi rostro; me derrumbé más, si acaso aquello era posible.

—¿Os habéis vuelto locos? —nos increpó casi al borde del histerismo.

Yusuf posó la mano derecha en su rodilla y la presionó ligeramente. Karen lo miró envuelta en una neblina de indignación y confusión, que se acentuó cuando el hombre que amaba negó con la cabeza en completo abatimiento, pidiéndole silencio con la mirada. Parecía decidido a asumir el peso del mundo entero sobre sus hombros.

—¡No pienso permitir más injurias contra él! —bramó Karen, poniéndose de pie con brusquedad.

El inspector hizo un gesto a su ayudante, y éste se acercó a Karen.

—¡Tranquilícese, señorita! Todo se aclarará, es una situación dura para todos, pero le ruego calma.

Hans Berg estudiaba cada uno de nuestros gestos, buscando en nuestro silencio las respuestas que no dábamos. Pero ¿cómo explicarle a ese hombre nuestro pasado? ¿Cómo contarle que el amor era capaz de traspasar la mortalidad, que prevalecía a través de los tiempos, pero que tras él habían viajado también sentimientos ponzoñosos y vengativos? La reencarnación no sólo estaba supeditada a almas nobles, no; la maldad viajaba, obcecada en su objetivo de tortura y rencor. Unas almas buscaban purificarse a través de distintas vidas; otras se enquistaban, sorteando de alguna manera el supuesto infierno de los condenados, para perfilarse en una maldad perpetua.

Recordé una creencia del hinduismo sobre este tema que decía que las reencarnaciones sucesivas estaban regidas por la ley del karma, acumulación de méritos y deméritos a través de las encarnaciones precedentes. Éstas no cesarían hasta que se rompiera la cadena de los efectos y las causas. El alma tiene que liberarse del samsara, descubriendo finalmente la verdad; sólo entonces vendrá la liberación, la bienaventuranza, el samadhi. En la fe cristiana, la resurrección es símbolo de purificación; la reencarnación compartía ese punto, sólo que además se le añadía otro más esperanzador: una nueva oportunidad para enmendar los errores o consagrarlos.

¿Qué buscaba Rashid? ¿Atarme a él? ¿Por eso había raptado a mi Amin? ¿Venganza? ¿Qué, en nombre del cielo?

—Eso no se sostiene, señor Andrew —masculló impaciente el inspector, pasándose la mano por el cabello—. No hace ni veinticuatro horas que llegaron a su casa, y ya cree que siente una atracción enfermiza por su mujer y que, a consecuencia de eso, ha secuestrado a su hijo. —Bufó exasperado—. Miren, desconozco qué esconden, sólo sé que, si no me da una razón de peso para que sospeche en firme de este hombre, no puedo hacerlo.

Albert no replicó; aparentemente permanecía tranquilo y atento, sólo yo sabía que su interior era un caos de emociones retenidas a duras penas, como si vientos de distintas latitudes convergieran en un mismo punto, formando una incipiente tormenta que tarde o temprano estallaría sin piedad.

—No podrán salir de la propiedad hasta nueva orden, y más le vale que no vuelva a tocar al señor Ibn Sarîq, porque me obligará a actuar de oficio, ¿entendido?

Albert asintió con semblante inexpresivo.

Un ingente desfile de agentes uniformados entraban y salían de la casa, entre susurros y órdenes quedas. El último se dejó la puerta abierta; justo en ese momento una mole marron y extremadamente rápida surgió del pasillo de la cocina y se precipitó al exterior entre ladridos agudos.

Me incorporé como accionada por un resorte. A mi mente acudió la inquietud de Thor la noche anterior: ya antes de que yo llegara buscándolo, él parecía nervioso junto al acantilado.

Sin poder articular palabra, con el corazón atronando con violencia en mi pecho y una plegaria repetitiva flotando en mi mente, salí tras él a la carrera. Oí mi nombre, pero no me detuve.

Corría jadeante tras el animal, pero su silueta café ganaba distancia; apreté los dientes y aceleré todo lo que pude. Me dolían los pechos, que, llenos, se sacudían pesados, enviándome punzadas lacerantes; la bata de seda se abrió y comenzó a escurrirse por mis hombros; estiré los brazos hacia atrás y dejé que el viento me la arrancara. Perdí una zapatilla, y me deshice de forma apresurada de la otra agitando el pie.

Thor se dirigía hacia el mismo lugar.

Tras de mí, varios hombres corrían; supe de quién eran los pasos que me seguían más de cerca.

El perro esta vez no se detuvo en el borde del acantilado; se agachó y forcejeó bajo la cerca de madera; poco a poco comenzó a escurrirse entre el suelo y el tronco que aprisionaba su enorme mole. La fragante hierba, húmeda de rocío, lo ayudó en su empresa. Justo cuando le daba alcance, el animal desapareció ante mis ojos.

—¡¡¡Thor!!! —grité presa de la angustia.

Me asomé resollando al acantilado, apoyé las manos en el suave y pulido tronco de arce e, impertérrita, descubrí al animal deslizándose agachado mientras descendía con sumo cuidado por un lateral del barranco. No lo pensé.

Franqueé la valla. Ya tanteaba con la punta de mis pies descalzos un punto de apoyo para descender el angosto sendero que había elegido el perro cuando unas fuertes manos me apresaron los brazos. Fui elevada como una ligera muñeca de trapo y estrechada contra un amplio pecho cálido y jadeante.

—Iré yo, ni se te ocurra seguirme —ordenó con voz estrangulada.

Observé la expresión determinada de Albert; sus ojos reflejaban la angustia que había sentido viéndome saltar la cerca.

Saltó el vallado y comenzó el descenso.

—¡Ten cuidado!

Alzó el rostro hacia mí; en la celeste brillante de su mirada vi la firmeza de un guerrero, la angustia de un padre y el amor de un esposo.

De todas las penurias vividas en otro siglo, lo que ahora devastaba mi interior no tenía parangón con nada de lo sentido. Jamás un terror tan primario me había asolado de aquella forma; mi presión arterial amenazaba con reventarme el corazón, las náuseas me azotaban inclementes, escalofríos violentos erizaban mi piel, se me había cerrado la garganta y un escalofriante cosquilleo me recorría la espina dorsal.

Con todos mis sentidos alerta, inclinada peligrosamente sobre el tronco del cercado, observaba a Albert aferrarse a piedras, a matojos, buscando puntos de apoyo seguros para avanzar.

Al instante, aparecieron varios policías y el inspector Berg.

—¡Joder, debería haber esperado! —exclamó el inspector. Tras aquel exabrupto, se dirigió a uno de los agentes—. ¡Que traigan de inmediato una cuerda!

El aludido corrió como alma que lleva el diablo.

—Es una temeridad, una locura; puede despeñarse por ese barranco. ¡Mierda!

Se quitó la chaqueta y la corbata con movimientos acelerados, mientras me observaba ceñudo.

—Será mejor que espere la cuerda —aconsejé en un mortecino hilo de voz.

—Siempre dando órdenes —masculló airado.

Lo miré sin entender sus palabras, no me conocía de nada. En su azul mirada brilló una extraña familiaridad, que me desconcertó todavía más.

Ignorando mi consejo, atravesó la valla y estudió el terreno antes de aventurarse en el descenso. Cuando volvió a mirarme, se embebió de mi rostro con una expresión anhelante, algo de frustración, pero sobre todo con una firme decisión.

—Tranquila, lo traeré de vuelta, esta vez sí.

«¿Esta vez sí?». No me dio tiempo a replicar, descendió ladera abajo con bastante soltura.

Asomada a aquel barranco, sentí más angustia, inseguridad y temor que si bajara por él.

Albert había desaparecido de mi vista, y el inspector Berg recorría con extremada precaución el mismo trayecto.

Mi mente sólo era capaz de procesar un ruego, con desesperante insistencia… «Por favor, por favor, Dios mío, devuélvemelos…». Y entonces mi mente traidora y cruel trajo a mi memoria el recuerdo de las pesadillas de la noche anterior, sometiendo mi dolor a una tortura apenas soportable. La visión de las dos lápidas pesó como una losa sobre mí.

Gemí, me aferré a la valla, la vista se desdibujó, me mareé, las rodillas comenzaron a flaquear, mi estómago se convulsionó.

—Apártese, señora —ordenó una voz.

Cuando abrí las manos y me separé de la cerca, no me sostuve, caí de rodillas, hundí los hombros y sollocé, mientras el policía ataba una cuerda al tronco y lanzaba toda la longitud de la soga hacia el abismo.

Me dije a mí misma que tenía que ser fuerte, que todo saldría bien, que debía mantener la serenidad, pero la pesadilla estaba tan fresca en mi mente, tan vívidamente espeluznante, que me era imposible borrarla para recuperar el control.

No. Otra vez las pesadillas, aquello era más de lo que podía soportar.

—¡Candy!

Karen se abalanzó sobre mí y me cobijó entre sus brazos. Lloramos juntas un dolor difícilmente soportable; en memoria del inmenso cariño que nos profesábamos, ambas olvidamos por un momento reclamos y preguntas; en honor a la amistad que compartíamos, nos dimos consuelo mutuo.

—Lo encontrarán, amiga, lo sé, confía en ello, no puedes hundirte, no lo permitiré, ¿me oyes?

Se separó de mí, me secó las húmedas mejillas con el dorso de la mano y me acarició con infinita dulzura.

—Debo obligarme a pensar eso… o me volveré loca —admití trémula.

Karen asintió y forzó un amago de sonrisa.

—Hildur ha llegado, está prestando declaración al ayudante del inspector, el señor Jacobsen; asegura que su prima no durmió anoche en casa. Britta, Knute, Stear y Patricia también están aquí, están… afectados por la noticia.

«Ingrid», pensé; ¿era posible que ella…? Debía hablar con Hildur.

—Volvamos a la casa —sugirió Karen, ayudándome a levantarme.

Negué con la cabeza, no hasta que Albert regresara a mi lado.

A lo lejos oí el silbido monótono de las sirenas de los coches policiales. Rastreaban la zona.

De pronto, otro sonido se sumó a la batahola que flotaba por el valle resquebrajando su habitual armonía: un ladrido apagado, proveniente del fondo del barranco; seguidamente, un grito masculino y voces pidiendo ayuda.

Se me encogió el corazón.

Varios policías se inclinaron sobre la cerca, uno de ellos la cruzó y se deslizó por la cuerda.

Me precipité de nuevo sobre el cercado, desde otro punto, y me incliné desesperada por captar algún movimiento.

Una voz opacada gritó una frase que me heló la sangre; reconocí en ella al inspector.

—¡¡¡El señor Andrew se ha despeñado!!! ¡Necesitamos más efectivos, y una unidad de urgencias médicas! ¡Pidan un helicóptero de rescate, aprisa!

Sentí que la cabeza me daba vueltas; apoyé todo mi cuerpo sobre el tronco de arce y, de puntillas, con el alma en vilo y el corazón sangrando, me asomé todo lo que pude. Un grito escapó de mi garganta:

—¡¡¡¡¡Aaalbeeeeeeert!!!!!!

Un crujido me sobresaltó; la cerca se desplazó, no me dio tiempo a recuperar el equilibrio y caí al vacío.

Grité presa de un terror que despertó cada terminación nerviosa apresando todos mi sentidos en una agonía sin igual.

Noooooooooo… Mi garganta se cerró y una imagen me acompañó en la caída: Albert sosteniendo a mi bebé; no vi nada más… sólo negrura…

CONTINUARA

Bueno, me retracto jajaja, ella revisó a su bebé antes de acostarse, yo la verdad no soy partidaria de dejar solo en una habitación a un bebé tan pequeño, pero todos no piensan como yo, el árabe Rashid no fue y pienso que el no este en esta época para hacerles daño, es esa pelirroja, Ingrid, ella puede ser la reencarnación de una de las enemigas de Freya, no creo que sea Eliza ya que ella no estaba enamorada de Albert, ella odiaba era a Alondra con toda el alma.

Que situación tan complicada y que nervios con lo del bebé, y si la criaturita estuvo en el acantilado desde la hora en que Thor ladraba ? No concuerda porque Candy lo revisó antes de acostarse, entonces a quien le ladraba el perro?

Estoy que me como las uñas.

Un abrazo .

Aby