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Capítulo 28

El ulfhednar

Pasaban los días, y mi cuerpo ganaba fortaleza y resistencia en una recuperación inaudita. El ánimo fue uno de los causantes, pero no el único. Salía a caminar con Fenrir, pescaba y cazaba a su lado; me ejercité de forma insistente con el arco, y cabalgaba por los verdes prados, seguida por mi inagotable guardián. Ayudaba a Eyra en las labores domésticas, comía como un lobo y dormía profundamente en las gélidas y largas noches de un invierno incipiente. Y soñaba por el día, con un rostro y unos ojos que no se apartaban de mi mente ni un instante.

Lo echaba tanto de menos, tanto, que la sensación de desamparo comenzaba a oprimirme y a irritarme. Me moría por tenerlo frente a mí, y temía no llegar a tiempo. Pues él, creyéndome muerta, se entregaría a la batalla de forma imprudente y temeraria, buscando su alivio, como suponía Eyra, que compartía el mismo desasosiego que yo.

No obstante, aquello siempre traía discusiones entre nosotras. Yo deseaba partir de inmediato, y Eyra, más reflexiva y paciente, aguantaba mis arrebatos en silencio sin replicar; tan sólo aguardaba que soltara todos mis miedos y finalizaba la conversación con la misma frase:

"Partiremos cuando yo lo considere, no antes."

Esa noche me acosté rumiando furiosa y frustrada. No entendía qué más debíamos esperar; mi cuerpo había ganado peso, mis músculos volvían a ser elásticos y, con mi mente más alerta y aguda que nunca, me sentía fuerte y poderosa, totalmente restablecida y con unas imperiosas ganas de encontrar por fin mi felicidad. Pero Eyra esa noche ni siquiera acabó la discusión con su consabida frase, se limitó a regalarme una sonrisa enigmática y se metió en su jergón.

A la mañana siguiente, lo primero que oí al desperezarme fueron los cascos de varios caballos, y unas voces masculinas en apagada conversación.

Me incorporé de golpe. Fenrir, que dormía a los pies de mi camastro, alzó las orejas con atención y gruñó molesto cuando me levanté rauda de la cama. Sacudí con cariño su lomo y salté por encima de él, en busca de mi túnica de lana. Me la ceñí con un cinturón de cuero marrón y me envolví en una capa que sujeté con una fíbula, hermosamente labrada en oro. Descarté el turbante; me llevaría demasiado tiempo meter mi espesa y larga melena rubia en aquel recuadro de tela, así que me la eché a un lado, sobre el hombro derecho y, con toda la agilidad y premura que pude, conformé una gruesa trenza que até con un cordel.

Salí apresurada de la cabaña, consumida por la curiosidad. Fenrir abrió su enorme boca y bostezó con desidia, chasqueó la lengua, se relamió un par de veces y me siguió.

—Vamos, perro holgazán, parece que tenemos visita.

Dos hombres clavaron la mirada en mí. Uno de ellos arqueó las cejas con asombro y al final sonrió con franca admiración; el otro, en cambio, me contemplaba impertérrito. Ambos eran jóvenes y fornidos, aunque de apariencia opuesta el uno al otro.

El más alto era terriblemente apuesto: rubio, de sedosa melena larga con trenzas adornando los costados de su armonioso rostro, brillantes y almendrados ojos verdes, pómulos altos y la boca de un dios. El otro era bajo, pelirrojo, de ojos minúsculos y hundidos, frente demasiado ancha y prominente, mandíbula alargada, boca de labios finos, anodino, desabrido y poco agraciado. Ir junto a aquel hermoso guerrero era lo que menos le favorecía; un guerrero que no me era desconocido, por cierto.

—Hola, Hiram —saludé jovial.

—Hola, mujer hermosa con sentido del humor pero con esposo celoso.

Solté una abierta carcajada ante la alusión a nuestro peculiar primer encuentro. Tentada estuve de echarme a sus brazos, si no fuera porque una vez ya había intentado seducirme; eso sí, cuando desconocía quién era mi esposo.

—Me alegra verte —confesé—, aunque me alegraría más ver a tu maestro de instrucción.

Hiram me guiñó un ojo y me sonrió de medio lado. Sus dotes de seducción sin duda eran dones naturales en él.

—En este momento iba camino a engrosar sus tropas. Tuvo que marchar al sur, para ofrecer un pacto al rey Horik el Viejo, de Jutlandia, en nombre de Halfdan el Negro; si aceptan, tendremos el apoyo de un temible ejército.

Miré emocionada a Eyra, que ya se acercaba con una sonrisa de suficiencia en los labios.

—Ya lo he considerado —comenzó a decir alargando las palabras y con ellas mi ansiedad— Partiremos en este mismo instante.

Dejé escapar un gritito exaltado y la abracé jubilosa.

—¡Muchacha alocada! —me recriminó con suavidad—. No podíamos partir hasta saber adónde hacerlo; había mandado mensajes a Hiram en nombre de Albert, para que a la vuelta pasara a recogernos.

—¿Te he dicho ya que te adoro?

Eyra rió complacida y sacudió la cabeza ante mi excitada actitud.

—Vamos, niña impaciente e insufrible, aunque encantadora, con esposo celoso.

Salté de alegría; era tal mi regocijo que hasta Fenrir ladró animoso, sacudiendo su peluda cola con alborozo.

—Mi hersir se morirá cuando te vea; no pienso perdérmelo por nada del mundo —anunció Hiram, que sonreía tan feliz como nosotras.

—Seguro que te devolverá su confianza —aduje recordando los celos de Albert y el alboroto que montó cuando lo descubrió en plena seducción.

—No creo —contravino el guerrero—. Me pidió que no volviera a poner los ojos sobre ti, y es lo único que no pienso cumplir.

Reí de nuevo, lo empujé divertida y me adentré a la carrera en la cabaña en busca de los fardos que llevaban días preparados para el viaje.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —inquirió Hiram.

Cargué el carcaj a mi espalda, crucé mi arco en el otro hombro y arrastré los fardos hasta donde me esperaba la reducida comitiva.

—¿Puedes?

Hiram se apresuró a ayudarme con la carga. Con presteza los alzó a mi caballo y, mientras los aseguraba con correajes, planteó:

—¿Tienes hermanas? Porque, si es así, mi próxima incursión será a tus tierras.

Negué con la cabeza. A mi mente acudió el recuerdo de mis dos hermanos de padre; mi ojos se nublaron con remembranzas dolorosas. La nostalgia por las gentes que dejé hace tanto en aquellas soleadas tierras andalusíes brotó de golpe.

—Eh, no quería entristecerte —musitó Hiram con preocupación; detuvo su mano a mitad de un nudo y la puso sobre mi hombro—. Te dejo que me golpees.

—¿Cómo?

—Sí, por cada desatino cometido, tienes mi permiso para golpearme —me explicó el joven con convencimiento.

—No haré tal cosa, al menos por esto. No tienes la culpa de que recuerde mi pasado, pues es algo que ocurrirá mientras viva; el pasado es una parte de mi vida, una parte que siempre estará presente, y que acudirá a mi mente en más de una ocasión.

Cuando terminé de hablar, me encontré con una mirada pensativa.

—No sabes cuánto lamento que no tengas hermanas, aunque dudo que, aun así, alguna pudiera superarte.

—Hiram, detente o me obligarás a golpearte —advertí en tono socarrón.

El guerrero rió jocoso, pero en su mirada permaneció su anhelo.

—Por cierto —agregó—, éste es Sigurd el Duende.

—Hola, Sigurd. —Me volví hacia el pequeño pelirrojo. Su apelativo era absolutamente apropiado a sus características físicas.

—A mí no tendrás que golpearme —murmuró sonriente.

Hiram, Eyra y yo estallamos en carcajadas. Tal vez su aspecto era el de un duende, pero su carácter era el de un bufón.

Nos dirigíamos hacia el reino de Vingulmark, hacia la aldea de Hedemark, donde moraba la residencia real de Rollo Svarte el Negro, el gran caudillo nórdico que sumaba regiones en sus numerosas conquistas.

Hiram cabalgaba junto a mí, contándome la apasionante vida del emblemático rey Rollo.

Al parecer era un hombre extremadamente justo, pero belicoso y atroz. Un hombre acostumbrado al sufrimiento. Perdió a su padre cuando tan sólo contaba con doce lunas. Muy joven tuvo que pelear para defender su reino, que compartió con su hermano Olaf.

Envuelto en multitud de escaramuzas y emboscadas, logró sobrevivir, gracias a su fortaleza y habilidad. Se había desposado con la hija del rey de Sogn, Harald Gulskeg Barba Dorada, una bella muchacha llamada Ragnhild, que le había dado un heredero. No obstante, enviudó trágicamente y, como preso de una maldición, su hijo, apenas un niño, que había sido enviado junto a su abuelo materno para su educación como futuro rey, también pereció presa de unas extrañas fiebres. Halfdan, firme como una roca, viajó hacia el reino de Sogn y reclamó para sí aquellas tierras. Nadie se opuso.

—Tiene mucho poder, pero también muchos enemigos, casi tantos como ambición —aseveró Hiram azuzando a su montura para cruzar un riachuelo.

Sacudí las riendas y mi yegua bruna aceleró el trote, chapoteando en las prístinas aguas y ascendiendo con gracia y agilidad la empinada ribera del río.

—¿Sabes algo del jarl Harald el Implacable?

Hiram me observó con un deje furioso en su semblante.

—Sólo sé que recorre los reinos en busca de apoyos; los Ildengum, y otros clanes subversivos, se han unido a su causa: derrocar a Rollo. Su deseo es enfrentar a todos los jarls contra los reyes que los gobiernan. Mandó un emisario al más fiero jarl de todos, el del rey Horik de Jutlandia, el gran caudillo Ragnar Lodbrok, pero allí me enteré de que había partido con casi ciento veinte naves hacia el imperio franco. Ragnar está más interesado en ampliar territorios fuera de su reino, aunque dudo que aceptara tal alianza; Ragnar sólo se somete a su rey, para conseguir apoyo para sus incursiones marítimas; no es un hombre que haya nacido para someterse.

—No había oído hablar de Ragnar Lodbrok.

Hiram observó la lontananza con mirada perdida.

—Oirás hablar de él, está predestinado a conseguir grandes cosas —murmuró pensativo.

—Y Horik, ¿acudirá al llamamiento de Halfdan?

—No lo sé, es posible que lo haga —respondió—. Montó en cólera cuando supo que Harald el Implacable había intentado impeler a su jarl Ragnar a la sublevación. Pero, por otro lado, no quiere favorecer a Rollo, a no ser, claro está, que la compensación que reciba le merezca la pena. Imagino que estará meditándolo.

Sólo una cosa me preocupaba entre tanta intriga por el poder: la vida de Albert. Él tan sólo era una pieza que el rey movería a su antojo y, si se avecinaba una gran batalla, estaba segura de que él encabezaría sus tropas.

—¿Rollo confía plenamente en Albert?

Hiram sonrió; sin embargo, un velo cubrió su mirada.

—Rollo no confía en nadie, lo han emboscado demasiadas veces, pero sin duda valora la presencia de un guerrero de su talla. Albert ahora pertenece al hird del rey.

Lo miré con preocupación.

—¿El hird?

—Un séquito real, la guardia más cercana al rey; hasta conviven con la familia, si la tuviera, que la tendrá. Albert es el brazo derecho de Rollo.

—Ese rey es listo y afortunado —murmuré con anhelo.

Hiram me escrutó con curiosidad. Finalmente sonrió con algo parecido a la pesadumbre.

—Ardes en deseos de verlo, ¿no?

Asentí y dejé vagar la mirada por el hermoso paraje que nos rodeaba.

La nostalgia me sacudió; en un entorno parecido, Albert me llevaba en su montura, mientras me susurraba anécdotas de su infancia.

—Sólo pienso en rodearlo con los brazos, en besar sus labios, en decirle cuánto lo amo… y en no despegarme jamás de su lado.

—¿Y si él no responde como debería?

Lo miré perpleja, aquella posibilidad era nula. Albert me amaba más que a su vida: era imposible que me olvidara en casi seis lunas, aunque me creyera muerta.

—Responderá, no albergo duda alguna, soy todo para él, como él lo es para mí.

—Me consta el amor que te profesa, sólo que…

Frené abruptamente la montura y clavé mi mirada inquisidora en él.

Eyra y Sigurd, que cabalgaban tras nosotros, me imitaron.

Hiram adelantó su caballo y lo atravesó frente a mi yegua.

—Freya —comenzó a decir en tono grave—. Yo… no sé cómo decirte esto…

Eyra se puso a mi altura y observó con preocupación mi semblante.

—¡Habla! —exigí imperativa; un creciente temor me asaltó, encogiéndome el estómago.

—Albert no es… el mismo hombre que conociste, Freya —repuso con gesto inquieto.

—El dolor cambia a los hombres —intervino Eyra—. Volverá a ser el que era cuando descubra que está viva.

Hiram continuaba mirándome preso de un inquietante desasosiego, que me hizo sospechar que algo más ocultaba.

—¿En qué ha cambiado? —pregunté temerosa.

—En todo —respondió cogitabundo.

—No te creo —repliqué altanera.

Hiram me contempló un instante, sacudió la cabeza y se retiró el cabello de la frente en un gesto impaciente.

—Me creerás cuando lo veas. —Hizo una pausa; vi compasión en su mirada—. Por eso te llevo con él, tú eres la única esperanza que nos queda para que regrese a nosotros, para que vuelva a ser el que era.

Disipé el desasosiego con una sonrisa confiada.

—Lo será, Hiram, yo me encargo de eso.

El muchacho me devolvió la sonrisa cargada de esperanza.

—Sí; te llamaba su loba, y como tal habrás de lidiarlo, pues en eso se ha convertido él, en un lobo temible. El más fiero ulfhednar que hayan conocido estas verdes tierras.

—¿Ulfhednar?

La verde mirada del guerrero volvió a oscurecerse, como un paño oscuro que cubre un amargo recuerdo, queriendo ocultarlo pero perfilando de forma macabra su contorno.

—Es parecido a un berseker, pero más temible, atroz y letal. Un guerrero enfebrecido, que marcha a la batalla semidesnudo, tan sólo tapado por unas calzas, con la espalda cubierta con la piel de un lobo y con la cabeza del animal sobre la suya, absolutamente convertido en esa fiera, sin un ápice de humanidad, ni compasión. Creo que ya no recuerda quién fue.

Intenté tragar saliva, pero me fue imposible. Noté atorada en la garganta una bola de angustia y temor que me privaba de aire.

Hiram notó al instante el cambio en mi semblante, y posó una mano en mi hombro mostrándome su apoyo.

Intenté sonreírle pero me fue imposible.

—Venciste a la muerte, muchacha —recordó Eyra con firmeza—. No te resultará muy difícil vencer a un lobo.

"No", me dije, y más sabiendo la fortaleza y fiereza de la loba que yo guardaba en mi interior, esa que me había ayudado a sobrevivir en más de una ocasión, la que había luchado contra el jarl, la que había matado a Ada, la que había sobrevivido. Y si había de llamarla de nuevo, lo haría, una y mil veces, las necesarias, para luchar por mi vida y por mi felicidad.

Más animada, sacudí las riendas y mi yegua bruna inició su trote enérgico.

—Dices bien, Eyra; a nada temo ya, y sólo hay un propósito a mi regreso: recuperar a mi esposo.

Eyra ensanchó los labios con orgullo y arreó a su montura con igual determinación. Junto a los caballos caminaba Fenrir, acompañándome en mi búsqueda.

Ante nosotros surgieron las altivas montañas, que se perfilaban en un desvaído tono añil, como majestuoso fondo de una inmensa llanura, surcada por ruidosos y vivaces riachuelos, y bosquecillos de olmos y abedules.

Aspiré el perfumado y fresco aire silvestre y clavé los ojos en las espesas nubes que se arremolinaban en apretados grupos, como si quisieran fundirse unas con otras para formar un mullido manto níveo, acaparando de forma egoísta los tenues rayos solares para ellas solas. Las más livianas resplandecían de oro, mostrando solapadamente la belleza de aquellos mágicos haces, pero privándonos de su calor.

Cabalgábamos a buen ritmo, por un terreno firme y fácil, en silencio, cada cual sumido en sus propios pensamientos; los míos sólo tenían un nombre.

Nos detuvimos al mediodía para comer. Eyra me lanzaba miradas escrutadoras, calibrando mi ánimo, y yo siempre me esforzaba por imprimir ligereza a mi sonrisa, y confianza a mi mirada; no obstante, la agudeza de la anciana parecía recalar incluso en mi alma, y supe que leía mi mente con claridad meridiana. Lo sabía, pues mi semblante era un reflejo del suyo propio.

Sin embargo, ninguna expuso los recelos y las preocupaciones. Comimos escuchando la conversación de los hombres. Sigurd comentaba las hazañas del gran Ragnar Lodbrok, lamentando no formar parte de sus guerreros, e Hiram intercambiaba observaciones, dirigiéndome fugaces pero insistentes vistazos, como evaluándome con notable inquietud. Tuve la impresión de que me ocultaba algo más.

No quise indagar; temí hallar una respuesta que me perturbara más, y no deseaba que el desasosiego creciera más de lo que lo hacía.

Limpié las migas de pan de centeno de la falda de mi túnica, guardé el taco de venado ahumado y seco que Hiram había fileteado y tomé el odre vacío, con intención de llenarlo en el cristalino arroyo que serpenteaba a nuestro lado.

Sigurd afilaba su enorme hacha, casi más grande que él, y Eyra alimentaba a Fenrir, al tiempo que mantenía una curiosa conversación con el animal.

Hiram se acercó a mí, pero no dijo nada, tan sólo me observaba. Parecía debatirse con algo.

Inclinada sobre el arroyo, esperando que la corriente engrosara el volumen del odre, musité:

—No quiero saberlo.

Hiram se acuclilló a mi lado y sonrió impresionado.

—Eres muy lista.

—Sólo observadora; llevas la duda pintada en la cara como si fueran pinturas de guerra.

Chasqueó la lengua con diversión y sacudió su esplendorosa melena dorada.

—Está claro que no puedo mentir, mi maldita cara habla antes que yo.

Sonreí a mi vez. Esa maldita cara, como él la llamaba, no necesitaba mentir para seducir a nadie.

—Freya… —comenzó a decir.

—No —insistí—. Sea lo que sea, prefiero descubrirlo cuando lo encuentre.

Hiram arqueó las cejas, mostrando su desconcierto.

—¿No prefieres estar preparada para lo que te vas a encontrar?

—Prefiero solventar en el acto lo que me vaya a encontrar antes que torturarme con posibilidades, que seguramente me roben el sueño antes de tiempo.

—Sin duda lo harían.

—¿Puedo pedirte algo?

—Lo que quieras —se apresuró a responder.

—No me animes más.

El hombre soltó una carcajada abierta y estentórea, que resonó a lo largo del valle, provocando el vuelo de varias cornejas que sumaron sus chirriantes graznidos a la risa de Hiram.

—Lo intentaré —concedió el guerrero, con la risa aún prendida en su mirada.

—No, lo harás… o me veré en la obligación de despellejarte con mi daga.

—Una mujer dura, ¿eh?

Me puse en pie, con el odre lleno, y le lancé una mirada burlona mientras cerraba el recipiente.

—Sí, algo de mujer tiene mi loba.

Me encaminé hacia mi yegua y até el odre a la montura. Hiram me siguió.

—No fue tu belleza lo que cautivó a mi hersir —murmuró a mi espalda— y es eso lo que necesitarás para recuperarlo; sin embargo… si no lo consigues con él… hay más hombres que seguro que sucumben ante ti.

Me volví y le sostuve la mirada, estaba demasiado cerca.

—No, no hay más hombres, no para mí.

Hiram encogió los hombros; su expresión se entristeció, pero al instante me regaló una sonrisa de afligida aceptación.

—Ésa es mi desgracia —masculló con una sonrisa superflua, intentando suavizar la intensidad de su mirada.

Apoyé la punta del pie en el estribo y con agilidad me alcé sobre la silla, me acomodé y lo miré con severidad.

—No, tu desgracia será volver a enfrentarte a la ira de tu maestro instructor, si prosigues con esa actitud.

Arreé al caballo y me adelanté hacia la suave pendiente de una mullida loma. El viento mecía los altos brotes de hierba, esparciendo su fragante aroma por el páramo.

Cerré los ojos y lo llamé con la voz del corazón. Cada poro de mi piel clamaba sus caricias. Mi necesidad de él empezaba a ser desesperante.

"¿Dónde estás, amor mío?".

Suspiré hondamente y me repetí en mi cabeza que volvería a verlo, que mis labios saborearían los suyos de nuevo, que mi piel despertaría bajo sus caricias, que mi alma se enlazaría a la suya en el encuentro de nuestras miradas subyugadas. Sí, me dije, un amor como el nuestro no podía derrocarse; ni siquiera la muerte o el olvido lo lograrían.

Cuando el grupo se reunió a mi alrededor, perro incluido, proseguimos el trayecto.

CONTINUARA

ulfhednar: Guerreros de similares características eran los Úlfhednar (Úlfhedinn en singular). La única diferencia era que los Úlfhednar vestían con pieles de lobo, de ahí susignificadoetimológico que los define como vestidos con piel de lobo.

La verdad no pinta nada bien el panorama con respecto a Albert, que secretos no le han dicho a Freya , ella va a sufrir y con lo atolondrada que es , se que le pasara de todo .

Abrazos.

Aby.