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Capítulo 29
Entre apodos y amigos
Tras varias agotadoras jornadas de viaje, y a pesar de que la distancia recorrida me acercaba a él, mi paciencia paradójicamente se agotaba. Me mostraba irascible, pensativa y ausente.
Eyra solía observarme ceñuda, pero no replicaba, se limitaba a compartir mi hermetismo.
Una noche, acampados bajo una espesa arboleda, Fenrir se agitó inquieto.
Siempre dormía a mi lado, acomodando su peludo cuerpo en mi costado, hasta aposentar el afilado morro sobre mí. Yo agradecía su calor y seguridad, y hundía los dedos en aquel suave pelaje grisáceo arrancándole gruñidos de satisfacción.
—¿Qué pasa, amigo?
El animal, orejialto, olisqueó concienzudo el aire, y de inmediato se incorporó y observó con rigidez algún punto a mi derecha.
Escruté la penumbra. La delgada curva de la luna apenas plateaba el bosque, permitiendo a las sombras más infames adueñarse de casi la totalidad de los resguardos que formaban el espeso aligustre que nos rodeaba.
Todo parecía en calma; a unos pasos, oí el suave resoplido de uno de los caballos, un susurro de ropas, y levemente el deslizar del metal escapando de su funda.
—Shhhhh… —susurró Hiram, gateando hasta mí. Se tumbó a mi lado y me obligó a imitarlo—. Finge que duermes; nos acechan, ten a mano tu daga.
Obedecí y aguardé con el corazón en un puño.
De pronto, Fenrir ladró y se lanzó a la carrera, perdiéndose entre los matorrales.
Sentí la mano del guerrero presionando la mía contra el suelo del bosque, en muda advertencia.
Inmóvil, con el corazón atronando en mi pecho, agudicé el oído; temí por Fenrir, pero aguanté las ganas de llamarlo.
Un grito de hombre me erizó la piel y, como si fuera la señal esperada, todos nos pusimos en pie y empuñamos nuestras armas. Vislumbré a Eyra junto a mí; alzaba su puñal.
Hiram se adelantó, hizo una señal a Sigurd y en dos ágiles zancadas se perdió entre la espesura, mientras seguía los lamentos del hombre acompañados de los gruñidos de Fenrir.
Sigurd cubría nuestras espaldas, atento a cualquier movimiento, y nosotras entrecerrábamos los ojos intentando discernir siluetas en la semioscuridad, preparadas para defender nuestras vidas.
Oímos varios golpes sordos, gemidos, pasos, y el susurro de un cuerpo arrastrado entre la breña.
—Soy yo —anunció Hiram medio encorvado y jadeante, al tiempo que tiraba del cuerpo al parecer inerte de un hombre.
—Ese perro tuyo casi ha hecho todo el trabajo —masculló con un deje de reproche.
Fenrir apareció en ese instante, con la lengua fuera y agitando exaltado la peluda curva de su cola.
Corrió hacia mí, buscando su recompensa. Le rasqué orgullosa el cuello. En ese momento, detecté el olor metálico de la sangre expulsado por su aliento; me aparté, tenía todo el morro ensangrentado.
—Sigurd, comprueba los alrededores mientras despierto al intruso.
El pequeño pero robusto pelirrojo asintió y desapareció casi al instante.
Hiram pegó la espalda del prisionero al tronco de un árbol, le extendió las piernas sobre la putrefacta hojarasca del lecho del bosque y me pidió la cuerda que colgaba en su montura.
Rauda se la llevé y lo ayudé a atarlo con fuerza en torno al grueso tronco del olmo.
—¿Nos espiaba? —pregunté.
Hiram asintió sin mirarme.
—Lo raro es que esté solo, y eso me preocupa; tal vez, cuando el perro se abalanzó sobre él, su compañero logró huir. Si es así, no tardará en avisar a su grupo y vendrán por él.
—Eyra, necesito que despiertes cuanto antes a este hombre; Freya, enciende la hoguera —ordenó asegurando el nudo.
Ambas nos apresuramos a realizar nuestros cometidos.
Ya con el anaranjado fulgor del fuego, pudimos comprobar el estado del hombre.
Eyra había sacado de su alforja un pote de barro, del que extrajo una extraña y hedionda hierba que calentó frotándola entre los dedos, y luego la puso justo bajo la nariz del prisionero.
Milagrosamente el hombre comenzó a toser, mientras sacudía con violencia la cabeza. Miré asombrada a la anciana, que sonreía con suficiencia.
—El orín de mis cabras, con excrementos y hojas de fresno en descomposición, nunca falla… hasta que se seca, claro está.
—¡Aparta eso de mi cara, vieja volva! —gruñó el preso.
—Sí, soy una bruja —aseveró Eyra, con una sonrisa maléfica—, así que, si no quieres que te maldiga con un galdrar, y veas cómo tu cuerpo se pudre en vida, más vale que me digas por qué nos acechabas.
—Basta con que le digas que dejarás que Fenrir termine su cena —sugirió Hiram observando entre admirado e inquieto la sangrante herida de la pierna del hombre—. Ese perro tiene el nombre apropiado, sin duda.
Eyra se rascó pensativa la barbilla y apretó los delgados labios mientras evaluaba con mirada concentrada la mordida del animal. De la herida manaba un torrente incesante de sangre.
—Si no le aplicamos un torniquete, morirá antes del alba —murmuró con fría eficiencia.
Hiram se inclinó sobre el pálido rostro del hombre, que apretaba los dientes conteniendo con estoico semblante el dolor.
—Se lo aplicarás cuando hable, no antes —sentenció con rotundidad—. ¿Quieres morir?
El prisionero miró su herida desgarrada y sanguinolenta y nuevamente a Hiram.
Negó con la cabeza.
—Pues habla; no te queda mucho tiempo, comienza a amanecer.
—Mi aldea… está a poca distancia de aquí. Hace poco, un grupo de brutales guerreros devastaron y mataron a gran parte de mi familia y vecinos… Yo… desde entonces, vigilo las inmediaciones, por temor a su regreso… Dijeron que volverían por mi hija. Vi vuestra hoguera… durante mi guardia, y decidí echar un vistazo.
El hombre languidecía por momentos con una asombrosa premura. La vida se le escapaba a través de la dentellada del perro.
Los párpados comenzaban a pesarle, al igual que la cabeza, que daba sacudidas bruscas y continuas, en una lucha infructuosa por permanecer erguida.
—¡Rápido, Eyra, se muere! —la apremié buscando con la mirada una pequeña rama con la que enrollar el paño que ya sacaba la anciana de su hatillo.
Eyra se acuclilló junto al prisionero, le deslizó la gruesa tela de algodón por la ingle, hizo un nudo flojo, me arrebató la rama de la mano, la introdujo entre el nudo y comenzó a girar para ejercer la presión adecuada.
El hombre se desvaneció.
Al instante, el incesante e intermitente flujo de sangre se detuvo.
—¿Ha muerto? —inquirí temblorosa.
Eyra palpó un lateral del cuello del hombre y negó con la cabeza.
—Aprovecharé que está inconsciente para curarlo.
Sigurd apareció con un par de liebres atadas por las patas traseras a su cinto; aún se sacudían desesperadas.
—Para que luego no digas que regreso con las manos vacías —adujo dirigiéndose a Hiram. Miró al prisionero y sacudió la cabeza—. Ese estúpido iba solo, no había más huellas. —Sonrió jactancioso y meneó la cadera donde pendían sus presas—. Bueno, las de mis dos nuevos amigos.
—Será mejor que construyamos una camilla —opinó Hiram—, tenemos que llevarlo a su aldea.
Partimos al alba, con el herido en unas parihuelas improvisadas, arrastrado por el caballo de Hiram. Tras haber recibido los expertos cuidados de la sabia Eyra, cuyos conocimientos transgredían cualquier ciencia conocida, pues estaba segura de que algo mágico movía sus manos, el prisionero había recuperado la consciencia y nos guiaba.
No tardamos en llegar a un reducido grupo de cabañas apiñadas; algunas de ellas eran tan sólo un puñado de rescoldos ennegrecidos.
Nadie salió a recibirnos.
Nos detuvimos y desmontamos mirando a nuestro alrededor. Las únicas señales de vida que encontramos fueron unas ocas aleteando dentro de un recinto, y un par de cabras atadas a un cercado; junto a ellas, había un balde medio lleno de leche.
—¿Dónde están? —inquirió Hiram mirando con recelo a su alrededor; rápidamente enarboló su acero y se puso en guardia.
Sigurd lo imitó.
Observé al prisionero; sus sesgados ojos azules se cubrieron con un velo de indecisión.
Me acerqué a él y me arrodillé a su lado.
Era un hombre de mediana edad, alto y corpulento, con un flamígero cabello rojo, ahora enredado y sucio, que se pegaba a un rostro ancho de huesos marcados, todavía pálido.
—Nada has de temer de nosotros —murmuré con suavidad—. Sólo somos viajeros con rumbo a Hedemark. Comprendo tu desconfianza, por lo que seguiremos nuestro camino; imagino que tu gente aguarda que nos marchemos para salir.
Me incorporé justo cuando una flecha silbó junto a mi oreja izquierda.
—¡A cubierto, nos atacan! —bramó Sigurd.
Hiram se abalanzó sobre mí, me tiró al suelo y me cubrió con su cuerpo. Tras el doloroso aterrizaje, llegaron los dolorosos recuerdos de aquella cala en Aalborg. Albert había hecho exactamente lo mismo cuando sufrimos el ataque de Ulf y Eliza, cuando las flechas surcaron el aire como una letal bandada de veloces cuervos, rompiendo con sus silbidos la brisa de aquella costa.
Abrí los ojos; tenía el rostro sepultado en el cuello del guerrero. Su cabello dorado platinado se me antojó más oscuro; su cuerpo, más poderoso; su aroma, el de otro hombre. Una punzada de anhelo me sacudió.
Oí un largo y agudo silbido y las flechas se detuvieron. Hiram alzó la cabeza, fijó la mirada más allá de los caballos y su cuerpo se destensó. Entonces me observó.
Iba a decirme algo, pero se prendó de mi mirada, o más bien de mi desgarrada expresión.
Deslizó los ojos hacia mis labios, y los demoró ahí. De su boca escapó un suspiro. Como movida por una fuerza superior, alcé la mano y la llevé a su mentón. Acaricié levemente su contorno hasta llegar a la barbilla, después ascendí hasta sus generosos labios y los repasé con la yema de los dedos. Hiram gimió y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, me percaté de que no eran celestes, y de que aquélla no era su boca, ni aquél su rostro, y me encogí de dolor. La pura necesidad de él había enturbiado mis sentidos.
Salí de golpe de aquel endemoniado encantamiento, del influjo de los recuerdos, e hice ademán de apartarlo, pero él no se movió.
—Podría haberte durado un poco más —se quejó en un susurro contenido—aunque, si me hubieras llegado a besar… me habrías hecho caer en desgracia para siempre.
Respiró hondo y, tras un último vistazo anhelante a mis labios, se puso en pie y a mí con él. Fue entonces cuando los vimos.
Era un grupo reducido de ancianos, mujeres y niños, que se apiñaban suspicaces y nos miraban con evidente desasosiego.
Una joven de cabellos de fuego, mirada relampagueante y briosos andares se dirigió hacia nosotros con los brazos pegados a los costados, los puños apretados y los labios oprimidos en una mueca de furia apabullante.
—¿Qué le habéis hecho a mi padre, condenados…? —Alzó el puño hacia Hiram; éste le apresó la muñeca y, en un habilidoso giro, le dobló el brazo contra la espalda y se pegó a ella, inmovilizándola.
—¡Quieta, pequeña arpía, no me obligues a partirte el brazo!
—Tu padre nos acechó en el bosque —comencé a explicar con voz tranquilizadora—pensamos que eran asaltantes y mi perro lo atacó, pero lo hemos curado y venimos a entregártelo. No buscamos problemas, sólo somos viajeros.
La joven me miró; su ceño seguía fruncido, aunque había dejado de debatirse.
—¡Valdis —gritó el prisionero—, dice la verdad!
—¡Suéltame, patán! —exigió la muchacha revolviéndose contra Hiram; éste la soltó y la contempló con los brazos en jarras y una sonrisa pendenciera en los labios.
—¿Valdis? —inquirió mirándola seductor.
—Para ti, soy Furia Roja, mentecato.
Para sorpresa de la muchacha, Hiram estalló en una alegre carcajada. Ése fue el sonido que relajó los ánimos de todos.
—¿Mentecato? —pronunció Hiram sacudiendo la cabeza.
—¿No me digas que también eres sordo? —respondió cortante la chica.
—No soy sordo ni mentecato; para tu suerte, soy un hombre paciente.
La joven pelirroja asintió y se limitó a sostener retadora la mirada del guerrero. Hiram avanzó hacia ella.
—Entonces, hola, Valdis Furia Roja, yo sólo soy Hiram.
—¿No tienes apodo? —preguntó curiosa—. Todo el mundo tiene uno; apuesto a que el tuyo es tan ridículo que te avergüenza decirlo.
Disimulé una sonrisa; aquella jovencita era todo un desafío para alguien acostumbrado a hacer enmudecer a cuantas mujeres se ponían en su camino.
—En realidad, Hiram, yo también me pregunté cuál era tu apodo —repliqué divertida—. Porque tienes que tener uno, ¿no?
Hiram me fulminó con la mirada y frunció el ceño.
—¿Vas a ponerte de su parte? —preguntó sorprendido.
—No, sólo es curiosidad.
Le regalé una sonrisa cándida, pero él frunció el ceño.
—Bien —repuso Valdis lacónica—. Tendré que llamarte Hiram Sin Apodo.
No pude aguantar la risa. Hiram bufó y comenzó a enrojecer.
—No vas a llamarme de ninguna maldita forma, porque no volverás a verme en tu vida.
Ambos se encararon el uno a la otra, en la misma posición, con las piernas ligeramente abiertas, los brazos en jarras, el ceño arrugado y un mohín furioso en sus rostros.
—Sí tiene apodo —anunció Sigurd con una sonrisa maléfica en su rostro de duende.
—Ni se te ocurra…
Sigurd levantó la mano para tranquilizar a su amigo, se rascó la barba y asintió.
—No te preocupes, amigo, no diré a nadie que tu apodo es Belleza Dulce.
Abrí los ojos asombrada y reprimí una sonrisa; miré rauda hacia otro lado. Pero Hiram no iba a correr la misma suerte con Valdis la Deslenguada.
—¿Hiram… Belleza Dulce?
La muchacha soltó una estruendosa risotada; casi en el acto fue acompañada por sus convecinos, que, risueños, murmuraban chanzas y burlas que provocaban más risas.
El pobre guerrero, congestionado en una mueca furiosa, se acercó a su amigo, que reía a mandíbula batiente, y le propinó un puñetazo en el mentón. El Duende redobló sus carcajadas sentado en el suelo.
—¡¿Tendré que suplicar a Odín que mande a alguna de sus valquirias para que liberen mis casi roídos huesos de esta camilla?!
Ese reclamo logró frenar las carcajadas de Valdis, que corrió junto a su padre y comenzó a desatarlo.
—Será mejor que partamos —murmuré a un ceñudo Hiram.
—Gracias —susurró.
Alcé las cejas inquisitiva.
—Por no reírte de mi apodo —añadió.
En realidad era un apodo más que apropiado; imaginaba que, siendo aún más joven, su belleza habría resultado casi angelical; por fortuna la madurez había cincelado sus rasgos agudizando su masculinidad, convirtiéndolo en un hombre hermoso a secas. Sus ojos, de un brillante tono verde, mostraban, tras su enojo, una ternura que invitaba a consolarlo en un abrazo, aunque bien me guardaría de ofrecérselo.
—He estado a punto —admití divertida—pero me he resistido.
—Odio ese apodo —masculló—. ¿Quién puede tomarse en serio a un gran guerrero apodado así?, ¿qué escaldo sería capaz de narrar las hazañas de un hombre con ese condenado apelativo?
No pude evitar posar la mano sobre su hombro y oprimirlo en muestra de apoyo.
—Déjame decirte algo, gran guerrero: no has de avergonzarte por ser un hombre apuesto y dulce, estoy segura de que eres muy envidiado por todos, pues, además, tu hermosura no resta fuerza y valor a tu conducta. Acabas de demostrarme que eres valiente, noble y leal. No me extraña que las mujeres se maten por ti.
Hiram distendió sus mullidos labios en una sonrisa agradecida.
—Casualmente, aquí hay dos mujeres que no sucumben ante mis encantos.
Negué con la cabeza, y miré a la belicosa joven pelirroja.
—Una, sólo una, la otra no lo tengo tan claro.
Hiram siguió la dirección de mi mirada y se encontró con los ojos curiosos de la joven.
—A veces, Hiram, las mujeres solemos enfrentarnos a lo que nos hace vulnerables, sobre todo a las que más les cuesta someterse.
—Sea como fuere, ahora sólo quiero perderla de vista; esa flacucha sólo despierta mi instinto asesino.
Sonreí. Eyra, que había atado con una cuerda a Fenrir y se había limitado a observar la escena, se acercó al prisionero.
—Procura mantener limpia la herida y no habrá complicaciones —aconsejó.
—Creo que estáis en deuda conmigo —aseveró el hombre con semblante adusto.
Eyra negó con la cabeza.
—Yo no lo creo —manifestó la anciana con convencimiento.
—Habéis estado a punto de matarme —puntualizó el rufián— creo que es justo que, a cambio, me otorguéis una gracia.
Eyra sonrió taimada, pasó la mano por el lomo de Fenrir y replicó:
—Mi perro estuvo a punto de matarte, por tu completa necedad; yo, a cambio, te liberé de la muerte. Estamos en paz.
Eyra se volvió hacia nosotros e hizo el gesto de partir, sacudiendo impaciente la mano.
—¡No podéis marcharos! —exclamó el hombre desesperado.
Todos lo miramos confusos.
—Vamos —apremió Eyra—, demostrémosle que podemos.
—Tenéis que llevaros a mi hija; señora, os lo suplico por los dioses, que parecen tener ganas de verme.
Eyra se detuvo y le sostuvo la mirada con creciente asombro.
—Vaya, ¿ya no soy una volva?
El hombre, sumiso, negó con la cabeza.
—No se han de tener en cuenta las palabras de un hombre que acaba de ser casi devorado por una bestia —explicó él.
—Si es una disculpa, la acepto —concedió Eyra—, pero no pienso separar a una hija de su lisiado padre.
Dio dos pasos hacia su caballo cuando el hombre bramó de nuevo.
—¡Pues llevadme a mí también! —suplicó—. Valdis no está segura aquí, ese… maldito berseker regresará por ella.
Eyra se detuvo cuando ya encajaba el pie en el estribo. Bufó, respiro hondo y se volvió para mirarlo.
—¿Un berseker? —pregunté acercándome al hombre incorporado en la camilla.
—Hake, el guerrero más brutal y despiadado de estos lares, lidera un grupo de doce hombres temibles, entre ellos Starkad el Viejo, un sanguinario. Fueron ellos los que saquearon la aldea, buscaban algo.
Hiram gruñó y apretó los dientes.
—¡Ese malnacido!
—¿Lo conoces? —inquirí.
Hiram asintió, se pasó la mano por su espesa melena lacia y frunció el ceño.
—Mató al rey de Ringerike, el noble Sigurd Hart; al menos logró dejarlo sin mano antes de perecer. También emboscó al rey Rollo; por fortuna logró escapar de la celada en el bosque.
Rollo no suele olvidarse de sus enemigos y quiso dar buena cuenta de uno tan peligroso como Hake. Lo persiguió y acorraló; en el ataque mató a los hermanos del berseker, Hysing y Helsing, pero el desgraciado logró escapar y abandonó su reino jurando vengarse; fue cuando Rollo tomó como suya la región de Vingulmark.
Sentí un escalofrío recorriendo mi espina dorsal.
—Tal vez se dirija hacia allí para vengarse.
Hiram negó con vehemencia la cabeza; sus ojos se velaron con una inquieta preocupación.
—No es tan necio, no atacará de frente, algo trama. Debemos avisar a Rollo de que ha pasado por aquí. No tenemos tiempo que perder.
—Se prendó de mi Valdis —repitió angustiado el hombre— y juró que se la llevaría; moriré antes de permitir eso.
La joven se abrazó a su padre y hundió el rostro en el pecho del hombre.
—Ya has sufrido demasiado, padre, no voy a separarme de ti.
Permanecimos en silencio, observando el cariño familiar que nos regalaban.
Supe que no podíamos dejarla allí, no a manos de aquel ser implacable. No obstante, el recuerdo de mi otrora compasión por Ada, que había decidido fatalmente mi destino, me planteó una seria cuestión. Si cada decisión, por nimia que pareciera, era capaz de marcar nuestro futuro, ¿qué sería lo más sensato?: ¿hacerlas a un lado, enmudeciendo la conciencia, o enfrentarlas y seguir siendo fiel a nuestros más nobles principios?
Ambos caminos conllevaban un riesgo; el primero, luchar hasta el desgaste contra tu naturaleza y sobrellevar los remordimientos, perder esa esencia que te hace más humano. Y el segundo, arriesgarte a que paguen con traición una bondad. Por fortuna, para el segundo camino había una protección, la desconfianza, y ése sería mi escudo.
—La llevaremos con nosotros —anuncié con decisión.
Eyra me observó con un extraño brillo en sus ojos, que no supe interpretar.
—¿Estás segura? —se limitó a preguntar.
—No, pero quiero seguir siendo yo.
Sonrió con orgullo y asintió.
Hiram me observó con admiración, completamente de acuerdo con mi decisión a pesar de su mal comienzo con la temperamental joven.
—Imagino que hemos de cargar también con ese bellaco, ¿me equivoco? —pronunció sagaz la anciana.
—Este bellaco tiene nombre —replicó ofendido el aludido—. Soy Jorund…
—Déjame adivinar —lo interrumpió Eyra—, ¿Jorund el Gruñón?
Valdis dejó escapar una apagada risita y miró a Eyra con apreciativo asombro.
—No me equivocaba, después de todo —rezongó el hombre—: eres una volva.
CONTINUARA
Hiram es como un Anthony, así me lo imagino, pero como no sabía que volvería a salir en el segundo libro, no lo bautice Anthony, pero me lo imagino como el.
La pelirroja no es como Ada, creo que quedó prendada de mi Anthony vikingo y es que son tantos pero tantos nombres que aveces me confunde, el rey Rollo, tenía otro nombre, muy parecido a otros, decidí cambiarlo porque se que este hombre se obsecionara con Freya, y tiene a Albert en su poder y en sus garras.
Lo leí en la sinopsis.
Abrazos .
Aby
