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Capítulo 30
La furia de Thor
Comenzó a llover.
Arrebujados bajo nuestras capas, cabalgábamos despacio por el sobresfuerzo que tenía que realizar el caballo de Hiram. La rebelde muchacha montaba con él, abrazada a la cintura del guerrero y mirando una y otra vez la camilla donde su padre iba tumbado. El pobre animal resollaba cada tanto, casi lamentándose de su suerte.
Llevábamos tres agotadoras jornadas de marcha, a un paso lamentablemente lento, debido a nuestros repentinos compañeros de viaje.
A nuestro alrededor, la llanura del amplio páramo, de un verdor tan brillante que hasta resultaba cegador, comenzaba a acortarse a favor de la cadena montañosa que se alzaba ante nosotros, retadora y majestuosa.
El cielo empezó a oscurecerse y un relámpago iluminó subrepticiamente las espesas nubes agrisadas, como si hubieran sido golpeadas por Mjolnir, el martillo de Thor. Acto seguido, pareció que la carroza del dios del trueno traqueteara por ellas, en un aterrador sonido ensordecedor.
La lluvia arreció de repente, pasando de las lánguidas lágrimas de Freyr, dios de la lluvia, a una furiosa cortina de agua, como si la furia de Thor descargara sobre nosotros el Hvergelmir, el manantial del que manaban los once ríos glaciales de Nilfheim, reino de la oscuridad y las tinieblas. Y, sin duda, ese tétrico reino parecía querer envolvernos.
Un grito logró alzarse entre los lamentos del cielo y la furia de los dioses, el de Jorund el Gruñón.
—¡¿Pretendéis que me ahogue, condenados; no me habéis hecho ya sufrir suficiente?!
Detuvimos los caballos.
—¡No hallaremos cobijo en la llanura! —gritó Hiram, para hacerse oír entre la iracunda tormenta—. Hemos de apresurarnos hacia las montañas, es probable que encontremos alguna cueva en la entrada al barranco.
—Cesará la tormenta antes de que lleguemos al barranco —argumentó Sigurd—. Tu caballo lleva excesiva carga, sólo encuentro dos soluciones: una, que el herido cabalgue conmigo, y otra, ponerlo bocabajo en la camilla… —sonrió socarrón—… creo que ya ha saciado con creces su sed.
—¡Sigo ahogándome; por los dioses, sacadme de aquí! —bramó el aludido.
Hiram respiró hondo, desmontó y, junto a Sigurd, liberaron a Jorund de la camilla y lo llevaron hacia el caballo del Duende.
En el corto trayecto, el herido soltó una serie ininterrumpida de imprecaciones, lamentos, gemidos, bufidos y maldiciones que convirtieron los golpes del Mjolnir sobre nuestras cabezas en el inofensivo repiqueteo de un pájaro carpintero.
—Si vuelves a despegar los labios, maldito gigante, te juro que te los sellaré a golpes —amenazó el Duende, adoptando la furia de la tormenta en su afilado rostro.
—No sé quién corre peor suerte, amigo —murmuró Hiram, mirando a Valdis—, si tú o yo.
—Cambio mi suerte por la tuya cuando lo desees —se lamentó Sigurd. En un ágil salto, se encaramó a su montura tras el herido, que se había abrazado al cuello del animal agotado por el esfuerzo.
Miré el corcel de Hiram; el pobre animal distendía los ollares mostrando su fatiga.
—Será mejor que Valdis cabalgue conmigo —propuse—. Has de darle un respiro a tu caballo.
Hiram asintió y alzó una mano, pidiendo a Valdis que desmontara.
No me pasó por alto la mirada contrariada de la joven; recordé otra situación similar vivida, pero con una salvedad: esta vez, no era mi hombre el disputado.
—Vaya, parece que no es mi peor día después de todo —se congratuló el guerrero aliviado.
La joven lo fulminó con la mirada y pasó altiva junto a él, con la barbilla erguida y los hombros firmes, a pesar de los baldes de agua que parecían lanzarnos las nubes.
Le brindé la mano para ayudarla a montar; me regaló una mirada airada, pero la aceptó y brincó con elegancia tras de mí.
Me volví hacia ella.
—No soy un apuesto guerrero dorado, pero tendrás que conformarte.
—Prefiero cabalgar contigo —mintió— que con un patán presuntuoso.
Asentí con una sonrisa condescendiente y arreé a mi caballo.
Eyra, sabiamente, decidió montar al perro en su corcel. Ayudada por Hiram, consiguieron asegurarlo con una cuerda a su silla, a pesar de la reticencia de Fenrir, que gemía de un modo lastimoso.
Con la carga repartida de forma equitativa, pudimos acelerar nuestro galope hasta adentrarnos en la penumbra de un estrecho sendero.
La sinuosa senda nos conducía al fondo del barranco, que atravesaba la escarpada cordillera que debíamos traspasar para llegar a Hedemark.
La cascada de agua que descendía de las laderas se acumulaba en el camino y crecía a un ritmo preocupante.
—¡Esto no me gusta, Hiram! —grité girando la cabeza hacia él.
—No te preocupes, Freya, más adelante el camino asciende.
Azucé a mi montura y chapoteó con brío los profundos charcos que empezaban a desbordarse. El sendero comenzaba a convertirse en el cauce de un río.
Valdis se pegó a mi espalda enlazando con fuerza sus brazos a mi cintura; el traqueteo del caballo nos sacudía bruscamente. Apreté los dientes resistiendo las afiladas gotas de lluvia como si fueran agujas de pino que impactaban con violencia contra mi rostro, reduciéndome visibilidad y lacerándome la piel.
Con el zarandeo, la capucha había caído a mi espalda empapada y pesada, el frío comenzó a mellarme y el temor, a oprimirme.
Ante mí, no eran montañas lo que se alzaba, más bien se me antojaba estar cruzando dos colosales masas de agua que apenas se abrían para dejarnos paso, como Moisés atravesando el mar Rojo. Por desgracia, parecíamos representar más bien el papel de los egipcios cuando las aguas se cerraron sobre ellos.
Llegamos al primer recodo de aquel estrecho desfiladero y, como había predicho Hiram, comenzaba el ascenso.
—¡No lo conseguiremos! —gritó Valdis tras de mí.
Hiram se puso a mi lado, detuvo su montura y observó con preocupación la fuerza torrencial con que descendía el agua de la montaña.
Supe que ya no podíamos dar la vuelta, nuestra única salida era continuar el camino.
—¡No lo sabremos si no lo intentamos! —contesté a voz en grito.
Hiram clavó en mí sus claros ojos y frunció el ceño; sus facciones adquirieron una feroz determinación y asintió vehemente.
—¡Sigamos!
Miré a Eyra antes de continuar, y hallé en sus ojos la seguridad que buscaba. La fuerza retenida en mí recobró su intensidad. Podía con aquello, podía con todo con tal de llegar hasta él.
Enrollé las riendas en mis manos, afianzándolas fuertemente, pegué las rodillas a los flancos de mi yegua y espoleé con dureza la montura al tiempo que gritaba con todas mis fuerzas, instigando al animal, que avanzó sobresaltado y nos sacudió con violencia.
Incliné mi cuerpo hacia delante, tensando cada músculo, mientras agitaba las riendas una y otra vez entre gritos de furia y aliento, luchando contra la naturaleza, con unos ojos azulados como único estandarte ondeando en mi mente.
El caballo luchaba con afán en la subida, con la desesperación de salvar su vida. Sus pezuñas se escurrían casi continuamente, pero el animal recuperaba el equilibrio relinchando y resoplando, todo un ejemplo de tozudez y valor.
Por fin llegamos al siguiente recodo, allí la pendiente era bastante más llevadera; nos detuvimos para recuperar el resuello.
—¡Thor está descargando toda su furia contra nosotros! —exclamó Sigurd—. ¡Pocas veces he visto una tormenta igual!
Jorund, abrazado al cuello del caballo, giró la cabeza para mirarme; tenía el rostro crispado de dolor. La lluvia arrastraba por su pierna la sangre que manaba de su ingle. Maldije para mis adentros.
—¡Hemos de encontrar pronto un refugio, apresurémonos! —sugerí con preocupación.
Reanudamos penosamente la marcha, agotados y ateridos de frío, azotados por un clima inclemente, zarandeados por el gélido aliento de la montaña, que parecía buscar nuestro retorno con su empuje.
Cada piedra, cada montículo, cada recodo parecían crecer en dificultad a medida que avanzábamos, pero no porque el escarpado terreno empeorara, sino porque nuestras fuerzas mermaban a un ritmo considerable.
Más allá, pudimos divisar cómo la falda de la montaña mostraba una amplia oquedad, que, aunque no llegaba a ser una cueva, al menos nos cobijaría de la tempestad, pudiendo descansar en las entrañas de aquella piedra caliza que parecía querer retenernos para siempre.
Hiram se adelantó con su maltrecho alazán, que renqueaba exhausto, tembloroso y cabizbajo, al límite de sus fuerzas.
Llegamos a aquel entrante, que por fortuna fue lo suficientemente amplio como para que pudiéramos resguardarnos en él.
Desmontamos trémulos y calados hasta los huesos y nos cobijamos al fondo del entrante.
Sigurd e Hiram ayudaron a Jorund a desmontar; yo hice lo propio con Eyra y Fenrir.
—Muchacha, desata mi fardo y mi hatillo —me ordenó aquélla con premura—. Creo que es hora de ponerme con labores de costura.
Una Valdis chorreante la miró como si hubiera perdido el juicio, desconocedora de que el trapo que usaría la anciana sería su propio padre.
Tumbaron al maltrecho Jorund sobre una capa de pelo de nutria. Eyra desenrolló un rectángulo de piel curtida, donde guardaba sus útiles y hierbas secas agrupadas en ramilletes atados, y se dirigió a los hombres con firmeza.
—Debéis sujetarlo con toda la fuerza de la que seáis capaces —explicó Eyra—, como si lucharais con un temible oso que desea liberarse para devoraros.
Sigurd sonrió de medio lado y arqueó una ceja y frunció el cejo a un tiempo.
—¿Como si? Es exactamente a lo que nos enfrentaremos.
Hiram soltó una abrupta carcajada.
—Pues no me pillas en el mejor momento ahora mismo, quizá acaba devorándonos —arguyó entre risas.
—Lo que está claro es que hoy los dioses no parecen favorecernos —musitó socarrón el Duende.
Ambos hombres rieron mientras sujetaban al hombretón que medio inconsciente nos observaba con mirada vacua.
—¡Mi padre no es ningún cobarde! —estalló Valdis—, resistirá el dolor como el más valeroso de los guerreros.
Los hombres no replicaron, pero de inmediato desviaron la mirada con sendas sonrisas incrédulas bailando en sus rostros.
—Eso lo veremos ahora —respondió Eyra mientras pasaba hilo de algodón por el ojo de una aguja de hueso, larga y delgada.
—¿Preparados? —preguntó bajándole las calzas al herido. Le separó las piernas, inspeccionó la herida y le pidió a Valdis que se sentara sobre la pierna sana.
Sigurd sujetó la pierna herida mientras Hiram lo aferraba de los hombros.
—¿Pre… prepa… rados…? —musitó Jorund entrecortadamente, preso de la confusión y la debilidad—. ¿Pa… ra… qué?
Eyra apenas alzó la vista y musitó:
—Para gritar.
Y sin dilación, colocó otro torniquete en la ingle, apretando con fuerza cada giro entre los incesantes alaridos del hombre que se convulsionaba con fuerza inusitada.
La herida, en la parte interna del muslo, mostraba sus bordes desiguales; el desgarro en los tejidos impedía que se pudiera coser con facilidad, así que la anciana tuvo que unir con fuerza los bordes más cercanos de la atroz dentellada y coserlos con soltura y rapidez en puntadas precisas y hábiles que iba entrecruzando para impedir que se escaparan.
Tan centrada estaba en la destreza de Eyra, que tardé un rato en darme cuenta de que los gritos habían cesado.
Miré al grandullón, para descubrir que el dolor lo había dejado inconsciente.
Hiram me sonreía; se había puesto en pie y se sacudía el cabello y las ropas.
—Parece que este oso no nos devorará hoy —musitó divertido.
—Sí —convino Sigurd—, ha estado muy ocupado aullando; menos mal que se desmayó, pensé que me quedaría sordo de por vida.
Los hombres rieron socarrones, ante la furiosa expresión de Valdis.
—Ya quisierais el valor de mi padre —refunfuñó dolida—. Se enfrentó a ese manco horrible, mientras yo escapaba a las colinas. A punto estuvo de matarlo.
Hiram miró a Sigurd, frunció el ceño y se rascó meditabundo la nariz.
—Antes de que lo atacara Fenrir, parecía bastante entero; de hecho, ese mordisco es la única herida que tiene.
Los orificios nasales de la pelirroja se distendieron en un mohín de furiosa impaciencia.
—He dicho que estuvo a punto, el berseker lo amenazó, y lo golpeó, y dijo que volvería por mí.
—Estoy tentado de entregarte a Hake —espetó Hiram—sería el final de tan poderoso guerrero… Un día contigo… está resultando mortal.
Sigurd se esforzó por estrangular una sonrisa burlona, compartida por Hiram, pero, al mirar a los ojos de su amigo demasiado tiempo, ambos prorrumpieron en sonoras carcajadas.
Valdis resopló iracunda; sus mejillas pálidas enrojecieron visiblemente y sus rasgados ojos azules destellaron letales. Miró en derredor, se agachó y cogió una piedra del suelo.
—¡Valdis, no…! —grité.
Sin pensarlo dos veces, la lanzó contra la cabeza de Hiram.
El sonido hueco contra el cráneo del guerrero reverberó entre las paredes de piedra. Hiram abrió los ojos espantado, se llevó una mano al lateral de la cabeza donde había impactado el guijarro y se palpó con cuidado entre la melena.
Me abalancé sobre él justo cuando sus rodillas se flexionaban ligeramente; logró conservar el equilibrio.
—¿Has perdido el juicio? —le increpé indignada.
La muchacha mostró en su rostro un profundo arrepentimiento. Se mordió el labio inferior con preocupación y logró articular una disculpa, pero fue incapaz de mirar a Hiram a los ojos.
—Otra que tiene el apodo acorde —rezongó Eyra, que agotada se tumbó sobre su piel de oso y cerró los ojos.
Pasé el brazo de Hiram sobre mis hombros, lo sujeté por la cintura y lo ayudé a tumbarse. Me recliné sobre él preocupada; su cabello dorado empezaba a teñirse de rojo. Le separé algunos mechones para poder ver la herida.
—No hurgues en la herida —se quejó fijando los ojos en mi rostro.
—Tal vez necesites que Eyra te dé algunas puntadas.
—No me refería a esa herida.
Entonces reparé en que estaba prácticamente sobre él, con mi boca demasiado cerca de la suya.
—Deberías quitarte la ropa —sugirió para mi asombro.
—¿Co… cómo?
Entonces sonrió abiertamente ante mi arrobo.
—Estás empapada —explicó—. Y, aun exhausto como estoy, furioso con esa arpía y con un dolor de cabeza que será mi compañero esta noche, no puedo dejar de reparar en cada una de tus turbadoras curvas. Y soy un guerrero leal, Freya, pero no dejo de ser un hombre, y tú sigues siendo la mujer más arrebatadora que he conocido nunca.
Tragué saliva, aturdida por su ardiente exposición, asentí azorada y me separé de él.
—Veo que… te encuentras bien —murmuré.
—No imaginas cuánto.
No fui capaz de sostenerle la mirada. Me incorporé, cogí mi piel y una manta y me agazapé en un rincón.
Tumbada de espaldas al guerrero, sentí sus ojos en mí.
Sabía el hechizo que ejercía el deseo, era como una niebla densa que flotaba en el ambiente, pesada y opresiva, tan poderosa que doblegaba voluntades. Y allí, en una oquedad en la roca, me asaltaron dulces recuerdos de pasión compartida en un entorno similar, en la famosa explanada de los espíritus, donde Albert y yo habíamos gozado de nuestros cuerpos hasta el delirio.
Mi piel fría despertó; un calor comenzó a hormiguearme y deseé con desesperación sentir unos brazos rodeándome, un cuerpo aprisionándome, una ávida boca devorándome. Y me encogí sobre mí misma, con tal abandono y desolación que sentí ganas de llorar de frustración. Mi necesidad de él era tan acuciante que se convirtió en un dolor casi físico.
Esperé hasta que las respiraciones se regularon, hasta que la penumbra y el silencio reinaron en aquel reducto pedregoso; entonces me levanté y saqué de mi hatillo un vestido seco.
Comencé a desprenderme con lentitud de mis ropajes mojados. Me zafé todo lo silenciosamente que pude de la sobretúnica y de la camisola de paño; desnuda, escurrí mis largos cabellos, e intenté secarme todo lo que pude, antes de vestirme. Para que mi melena no mojara el nuevo vestido, me la recogí en la coronilla, la retorcí en varios giros, formé un moño y me acosté envuelta en la manta. Casi al instante me dormí; entre la neblina de mis sueños sentí unos labios sobre los míos.
Albert, Albert, Albert… amor mío… El sueño terminó de llevarme, pero no con él.
CONTINUARA
