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Capítulo 31

Conociendo a un rey

Ante nosotros surgieron los dominios del rey Rollo Svarte el Negro.

Tras la empalizada, Hedemark era una población de apiñadas cabañas de madera oscura, con tejados pronunciados, solados de piedra y puertas decoradas. Me sorprendió la actividad que bullía en la aldea y la cantidad de mujeres, hombres y niños que nos contemplaban curiosos.

Miré en derredor, admirada de ver tal cantidad de huertos de nabos, repollos, judías y cebollas; secaderos de pescado y carne; grandes tinas alargadas donde varias mujeres teñían ropas, armadas con largas varas que removían azarosamente su colorido contenido; vacas, cerdos, gansos… eran guiados por campesinos que marcaban el camino a seguir a golpe de bastón; carretas de las que descargaban sacos de grano, fornidos granjeros; mujeres sentadas en una larga banqueta, limpiando pescado, y niños correteando a su alrededor, inmersos en sus juegos.

Al fondo, sobre la suave loma de una colina, se erguía un imponente skáli de madera de roble; el tejado acababa en el suelo, y en la unión central, sobre la gran puerta doble, se alzaba amenazadora la cabeza de un temible dragón tallado en la madera mostrando sus dientes a los recién llegados.

—Aquí fuimos acogidos cuando destruyeron Skiringssal —explicó Hiram; su mirada se oscureció ante los recuerdos—. Partí con Albert y sus guerreros hacia la aldea, cuando fuimos avisados de que Ulf había aprovechado nuestra ausencia para atacarla; cabalgamos sin descanso, azuzando a nuestras monturas sin piedad… volábamos, Freya. —Hizo una pausa para mirarme, su verdosa mirada se empañó—. Jamás vi tal terror en el semblante de Albert, su angustia era la nuestra. Y cuando llegamos y vimos el fuego, la gente corriendo y gritando, los guerreros enemigos aniquilando a mujeres y a niños… sentí tal furia, tal frustración, que grité y peleé como nunca lo había hecho… Albert también gritaba, pero tu nombre, con una agonía que erizaba la piel. Después de aquello… no ha vuelto a ser el mismo.

Tragué saliva y desvié la mirada; busqué entre la gente con la esperanza de verlo prendida en la mirada.

Mi necesidad de él era como una llama hambrienta agitada por el viento, rodeada de maleza peligrosamente seca, urgiendo con desesperación un cubo de agua, un manantial, una ráfaga de lluvia, algo que aplacara las lenguas de fuego que amenazaban con devorarme.

—Pronto lo verás, Freya —susurró Hiram, consciente de mi impaciencia—. Pido a los dioses que obres el cambio, que logres traer al hombre y hagas huir a la bestia.

Lo miré con desconcierto y preocupación.

—Soy lo que le falta, por eso no es él.

Hiram me contempló taciturno, asintió y enfiló su montura hacia el gran skáli. Lo seguimos.

Llegamos a la explanada que precedía la entrada, desmontamos y atamos prestos las monturas al cercado.

Las grandes puertas estaban abiertas de par en par. Eran colosales, adornadas con tallas exquisitas, dotadas de un realismo apabullante. Serpientes escamadas parecían ondear en la madera de roble, de listones y recuadros asomando sus singulares cabezas por debajo.

Sus lenguas bífidas parecían agitarse ante nosotros como señal de precaución. Los dinteles mostraban una trenza geométrica de perfectas proporciones uniéndose en una especie de tejadillo que sobrevolaba los portones.

—Es la residencia de un gran rey, y como tal ha de parecerlo —expuso Hiram con orgullo ante mi asombrada admiración.

—Lo parece —admití impresionada—, pero sólo hay una cosa de valor ahí dentro para mí.

Eyra me sonrió, compartiendo absolutamente mi opinión. Ella también se mostraba nerviosa.

Al menos no era la única que sentía un cosquilleo en el estómago, y la ansiedad recorriendo cada rincón de mi ser. Estaba a punto de verlo, y ese conocimiento aleteaba nervioso en mi pecho.

Sigurd ayudó a Jorund a desmontar, todavía débil y ojeroso. Eyra silbó y Fenrir acudió, después de olisquear con demasiado interés los gansos que huían despavoridos de su letal escrutinio.

Nos adentramos en aquella gran sala comunitaria; varias lucernas prendidas en las paredes iluminaban el amplio interior, pues no había ventanas, la única abertura de la construcción estaba en el tejado: era circular, destinada a liberar el humo de la abierta chimenea.

En el centro, crepitaba el fuego del hogar, delimitado por una línea de piedras que conformaban un gran rectángulo, sobre el que se colocaban trípodes de hierro del que pendían grandes marmitas humeantes. Un cerdo ensartado en una barra de hierro, que un hombre, corpulento y sudoroso, hacía girar maniobrando una pesada manivela, desprendía unos apetitosos efluvios que inundaban la sala; la grasa goteaba sobre las brasas, y el calor hacía crujir la piel, dorándola. Mi estómago se agitó.

En los laterales se alineaban largos bancos de madera, que, por las noches, deslizadas las gruesas cortinas de paño rojo, se convertirían en minúsculas alcobas, con algo de intimidad.

En las paredes, hermosos estandartes, en los que un cuervo negro sobre fondo rojo abría sus alas y su pico, del que parecía escapar un graznido, decoraban el interior, junto con coloridos escudos y lanzas cruzadas.

Al fondo, un trono, ostentosamente tallado, lustroso y de generosas proporciones, se alzaba sobre una tarima alargada, que también sostenía dos sillas, una a cada lado del sitial, mucho menos fastuosas.

Ningún rey ocupaba ese trono.

Hiram detuvo a una muchacha con su cautivadora sonrisa.

—¿Cómo te llamas?

—Jora —respondió.

—¿Dónde está el rey, Jora?

La joven lo miró arrobada durante un instante, pareció buscar las palabras y, cuando las encontró, fue un tartamudeo nervioso lo que consiguió hilar.

—Ehhh… está en… fuera… —Dejó escapar una risita, se atusó el cabello y agregó—: Quiero de… decir… que está…

Valdis, con gesto torvo, puso los brazos en jarras y alzó la mirada con desdén.

—¡Por los dioses!, ¿no sabes hablar? —replicó molesta.

—Claro que sé —se defendió la chica, sonrojada y temblorosa—. Quería decir que el rey está fuera. —Cometió de nuevo el error de mirar a Hiram, se mordió el labio inferior y sonrió coqueta—. Con… su… espada… Me refiero al… a su adiestramiento… matutino.

La subyugada y hermosa joven bajó la cabeza y estrujó el delantal entre las manos.

—Estupendo, preciosa, tengo noticias que ofrecerle. —Hiram le regaló una sonrisa agradecida.

Las mejillas ya encendidas de la muchacha acentuaron su rubor y clavó en el guerrero una mirada más que esclarecedora.

—¿Y Albert? —inquirí, comprobando con desilusión que tampoco estaba en el skáli.

—¿Quién?

La joven alzó las cejas y sus redondos ojos se abrieron intrigados.

—El ulfhednar —aclaró Hiram.

La chica casi tembló, se abrazó a sí misma y negó con la cabeza.

—Todavía no ha vuelto y, por mí, como si no lo hace; ese hombre… es…

—Gracias, Jora. Deseo que atiendas a este hombre —interrumpió Hiram, señalando a Jorund con la cabeza—. Está malherido; su hija te ayudará. —Me agarró del brazo y me arrastró fuera del skáli.

—¿Por qué la has interrumpido?

Lo miré enojada.

Hiram alzó una ceja, chasqueó la lengua e inclinó ligeramente la cabeza.

—Creí que no querías saber nada, hasta comprobarlo por ti misma.

—Ya me lo has advertido tú, Hiram, ahora es una bestia. Imagino que se ha convertido en una sombra de lo que fue, un ser rudo y hosco, reservado y poco amigable, pero todo eso quedará atrás, como te dije.

Eyra se acercó a nosotros, con semblante circunspecto y mirada preocupada.

—No, Freya, es algo más; ¿me equivoco, Hiram?

El guerrero negó con la cabeza, evitó su mirada y, en lugar de ofrecernos una aclaración, se encaminó hacia un sendero que rodeaba el gran skáli.

Cada mención al nuevo Albert era una piedra nueva, afilada y pesada, que oprimía mi pecho, clavando sus aristas en mi corazón compungido. Tenía que encontrarlo cuanto antes, debía salvarlo de aquello que lo tenía preso.

A nosotros llegó el metálico tintineo de espadas cruzándose, gruñidos de esfuerzo y voces masculinas alentando el entrenamiento.

Cuando doblamos el recodo, pudimos contemplar un amplio campo de instrucción justo detrás de la casa comunal.

Hombres y mujeres se adiestraban en el manejo de diversas armas: lanzas, pequeñas hachas, espadas e incluso escudos, que eran maniobrados con tal maestría que se convertían en temibles armas.

Más allá, otro grupo practicaba con el arco.

Allí era indistinto el género: mujeres guerreras se enfrentaban a hombres en las mismas condiciones. Aquello me asombró gratamente, sobre todo al comprobar la ferocidad y habilidad de aquellas grandes mujeres, de trigueñas cabelleras trenzadas, faldas cortas y botas de piel. Exuberantes y lozanas, de considerable altura y piernas vigorosas. Me deleité en ellas, admirando su fortaleza.

Un hombre imponente peleaba enardecido con su contrincante ante la admiración de los demás, destacando sobre el resto.

Era alto, muy alto, fornido, de amplias espaldas y torso musculado. Tan sólo llevaba unas ajustadas calzas de cuero curtido marrón. Su cabello negro, suelto sobre los hombros, se mecía en cada giro de su larga espada.

Frenaba cada uno de los ataques de su rival con singular ímpetu. Enarbolaba con gracilidad su espadón, alardeando de su fuerza, trazando círculos sobre su cabeza, antes de descargarlos sobre su adversario, regocijándose de su propia destreza. Rezumaba un poder y una confianza sin igual. Tras varias estocadas en las que marcó, sin llegar a tocar, a su oponente, terminó derribándolo de una fuerte patada en el pecho.

Sonriente, se retiró un largo y oscuro mechón de su frente y se volvió hacia nosotros.

Clavó sus grises ojos en mí con vivaz curiosidad.

Era apuesto, de rasgos regios; una barba recortada cubría su marcado mentón, resaltando una boca suave y plena que se distendió en una sonrisa de bienvenida. Desprendía un aura de acentuada masculinidad, como un animal en celo que busca pareja para aparearse. Y así caminaba hacia nosotros, con la cabeza ligeramente inclinada, con movimientos lánguidos y poderosos a la vez, y mirada depredadora.

Se puso frente a nosotros y me contempló con demasiado interés. Me sentí incómoda, más le sostuve la mirada con altivez.

Palmeó la espalda de Hiram cordial y musitó:

—Espero que sean buenas nuevas lo que me traigas, Hiram, pero antes… habrás de decirme quiénes son estas extrañas mujeres.

Hiram sonrió, pero en su semblante resplandeció un deje de desasosiego que me desconcertó.

—Son la madre y la esposa de Albert, gran rey.

Aquél era Rollo Svarte el Negro, evidentemente por su cabello, del mismo tono que las alas de un cuervo.

Por un brevísimo instante, capté apenas un brillo contrariado en el gesto del rey, que de inmediato sustituyó por una amplia sonrisa y una leve inclinación respetuosa de cabeza.

—Creí que su esposa había muerto.

—También él lo cree —musité— vengo a demostrarle lo contrario.

Rollo sonrió ladino, asintió aprobador y me tendió cortés la mano. Se la ofrecí.

—No hay que ser muy observador para ver que la suerte de mi ulfhednar acaba de mejorar de repente —murmuró recorriendo mi rostro con los ojos; se detuvo en mis labios.

—¿Dónde se encuentra? —pregunté sin contemplaciones.

El rey se volvió hacia Hiram, le pasó el brazo sobre los hombros y, mirándome de soslayo, contestó:

—Deja que me lave, señora, antes de atenderte debidamente. —Sonrió malicioso, subrayando su pícara respuesta.

Y se adelantó, junto con Hiram, rumbo al skáli.

Eyra me aferró el antebrazo; la miré inquisidora.

—Cuídate de él, Freya. No me gusta cómo te mira.

—No me preocupa, sé cuidarme —argüí con firmeza.

Eyra negó con la cabeza, su expresión adquirió gravedad.

—No cometas el error de subestimarlo, es un gran rey; en estas tierras, es un dios. Y mucho me temo que acaba de clasificarte como una posible presa. No te fíes de él, es un hombre artero e inteligente. Sé cauta.

Asentí, intentando disipar la neblina de preocupación que se cerraba en torno a mí.

—Puede que él sea un peligroso depredador, pero convendrás conmigo en que ya no soy una presa. Lo necesito para encontrar a Albert y, si tengo que mostrarle mis colmillos, lo haré.

—No son tus colmillos lo que me inquieta que muestres, sino tus otras armas, y ésas serán las que habrás de utilizar, Freya, pero con tiento, con mucho tiento. Deberás hallar el equilibrio, y usar tu astucia; hasta que encontremos a Albert, vas a tener que aprender a caminar en el borde de un acantilado sin caerte.

—Caminaré hasta en el filo del abismo al ultramundo, hasta en la entrada del mismo infierno si hace falta, y lo sabes.

La mirada de Eyra se veló con una desazón que oscureció su rostro.

—Lo sé, muchacha, y, mientras luchas por conservar el equilibrio, haré mis propias averiguaciones, nos urge encontrarlo.

Seguimos a los hombres hasta la parte delantera del skáli.

Rollo se acercó a una especie de abrevadero y hundió la cabeza en el agua; cuando la sacó, la agitó como un perro y, ahuecando las manos, cogió agua y se lavó con fruición los sobacos, los costados, el cuello, el rostro… y, frotando su duro abdomen en círculos, dirigió los ojos hacia mí con una clara intencionalidad: provocarme.

Agarró un balde cercano, lo sumergió en el abrevadero y se lo volcó sobre la cabeza sin dejar de observarme con una sonrisa taimada.

Ahí, completamente empapado, sacudiendo su larga cabellera, las gotas resbalando por su piel y aquellos ojos gris como el plomo cargados de anhelo, supe que aquel que tenía enfrente era el primer obstáculo en mi búsqueda.

Cuando aparté la mirada de aquel soberbio hombre, me encontré con la de Hiram, y hallé en la belleza verde de su mirada la misma preocupación que en la de Eyra, pero la de él matizada, además, por un sutil brillo celoso.

Respiré hondo, cerré los ojos y recé para mis adentros, suplicando con desesperación encontrar por fin a mi león.

Rollo cogió un paño arrugado y se secó insinuante. Estaba usando sus armas de seducción, sabedor de su atractivo, pero desconocedor de lo inmune que era ante ellas. A pesar de ello, decidí mantener mi interés; todos los reyes tenían el mismo punto débil, eran susceptibles a los halagos.

Se colocó una túnica hasta la rodilla, que ató con un sencillo cinturón, y nos hizo el gesto de seguirlo al interior del skáli.

—¡Me muero de hambre, Isgerdur! —exclamó con voz atronadora.

Una mujer robusta se afanó presurosa junto a las ollas y llamó a otras dos más jóvenes para que la ayudaran.

Nos condujo hacia una larga mesa y con gestos nos indicó que tomáramos asiento.

—Eres familia del mejor guerrero de mi hird, gozas del derecho de compartir mi mesa —alegó sentándose a la cabeza. Alzó una mano y al cabo aparecieron dos hombres: uno enjuto, nervudo y de mirada huidiza, cabellos claros y semblante cauto, y el otro grande y recio; me recordaba a Thorffin, aunque de cabellos castaños.

— Éstos son mis consejeros —comenzó a decir Rollo—. Éste es Thorleif Spake el Sabio —señaló al más enclenque, que asintió con ligereza— y éste es el gran Orn Oso Pardo.

Asentí a modo de saludo, al igual que Eyra.

Distinguí en una esquina a Jorund, tumbado en un banco, que era atendido por su hija, y a Sigurd, que bebía en silencio de una enorme jarra. A Fenrir no lo localicé.

—Bueno, Hiram —musitó el rey, llevándose la jarra a los labios—, ¿aceptó la alianza el condenado rey Horik?

Las mujeres nos sirvieron humeantes escudillas con una sopa espesa y oscura.

—Mandará un mensajero con la respuesta —contestó el guerrero—. Creo que exigirá parte de nuestras tierras por combatir a vuestro lado.

Rollo torció el gesto y estrelló el puño contra la mesa; el líquido de los cuencos retembló, bailando sobre los bordes.

—Ese malnacido, condenado bellaco hijo de Loki, cagado por un troll deforme —profirió Rollo indignado—. Si su jarl, Ragnar Lodbrok, se alía con Harald el Implacable y los Ildengum, él y yo no tendremos reino que gobernar, y el muy necio aún quiere diezmar mi región.

—Ragnar marchó con todas sus naves hacia el imperio franco —adujo Hiram— después de atacar y conquistar el reino de Sambia y de los curonios; su ambición no ha hecho más que crecer.

Rollo permaneció meditabundo, mientras Thorleif Spake el Sabio le susurraba algo al oído.

—¿Con cuántos hombres partió Ragnar? —preguntó el rey, con un brillo peculiar en los ojos.

—Creo que alrededor de cinco mil —contestó Hiram.

El rey sonrió complacido.

—Ésa es una noticia estupenda, Hiram.

Éste agrandó los ojos con asombro.

—El viejo Horik no tendrá más remedio que ser mi aliado… mientras me convenga, claro. Mandaré de inmediato otro mensajero con un nuevo acuerdo.

—¿Puedo saber qué vas a ofrecerle?

Rollo, que se mostraba eufórico, mordió con hambre una rebanada de pan de centeno y respondió.

—Su reino.

Hiram sacudió confundido la cabeza, y el rey soltó una carcajada jactanciosa.

—¿Acaso no ves, mi buen Hiram, que, sin los suficientes guerreros, Jutlandia está desprotegida? Voy a amenazar a ese bastardo con arrebatarle el reino si no me ayuda, y, cuando lo haga y aniquilemos a los jarls rebeldes, le haré una visita personal, aunque no seré muy cortés.

Soltó una carcajada pretenciosa y estampó eufórico el puño sobre la mesa.

La astucia de Rollo el Negro me sobrecogió; su ambición resultaba inconmensurable: pensaba ganar con tretas viles un aliado para sus fines con una promesa que no iba a cumplir. Su ardid lo libraría de la amenaza de los insurrectos, y además ganaría un nuevo territorio.

Como adivinando mis pensamiento, posó en mí su anhelante mirada. ¿Sería yo otra de las conquistas que pensaba cobrarse? El escalofrío que recorrió todo mi cuerpo me dio la respuesta.

Comimos mientras los hombres perfilaban su estrategia, Eyra y yo en completo silencio, sumidas ambas en nuestros pensamientos. Por su parte, Hiram se dividía en atender a su rey, lanzarme subrepticias miradas y soportar las coquetas miradas de las muchachas que nos servían, entre ellas Jora.

—Y, ahora, es tiempo de dedicarte mi atención, como prometí —anunció el rey, dirigiéndose a mí.

Se limpió la boca con la manga de su túnica y se puso en pie.

—Dejadme a solas con mi invitada —ordenó, con voz grave y firme.

—Mi señor —replicó Hiram con la inquietud desdibujando sus hermosas facciones—. No olvidéis que es la esposa de Albert y sólo anhela encontrarlo; tal vez, si desvela su paradero, yo pueda acompañarla hasta él, no es necesario que perdáis vuestro tiempo con ella.

Rollo miró furioso a Hiram y apretó los labios formando una línea blanquecina.

—¿Cómo osas decirme lo que he de hacer? —bramó—. Yo no olvido nunca nada, más bien parece que eres tú el que olvida quién es ella. La celas como si fueras su esposo. Y ahora, retírate, si no quieres que te azote por insolente.

Hiram, ofendido y ofuscado, se limitó a bajar la cabeza con gesto sumiso, y antes de retirarse me regaló una mirada admonitoria.

El rey cogió mi mano y me llevó al fondo de la estancia. Allí, tras unos espesos cortinajes, apareció una alfombra de lana azul índigo y, sobre ella, multitud de cojines y mantas enrolladas.

—Toma asiento.

Obedecí, reprimiendo el impulso de salir corriendo.

Me acomodé entre almohadones en una esquina, deseando que él ocupara el centro, pero no fui afortunada; se pegó a mí.

—Viéndote, casi comprendo por qué Alberr enloqueció; debió de perder el juicio cuando te encontró y, por supuesto, cuando te creyó muerta. Loki lo llevó a su mundo y ahí sigue.

—Para eso estoy aquí, para hacer que regrese junto a mí.

Rollo me dedicó una media sonrisa sardónica, sopesando mi respuesta.

—Me temo que tu labor será más ardua de lo que imaginas.

—Eso es problema mío.

—Sin duda —convino—, y uno muy grande; sin embargo, puedes gozar del favor de un rey en tu empresa, si te muestras complaciente.

Rollo se inclinó de forma peligrosa sobre mí; contuve las ganas de apartarme, no podía dejarme amedrentar o estaría perdida.

—Por supuesto que seré una súbdita complaciente —hice una pausa, dedicándole una mirada sugerente—, cuando lo encuentre.

Rollo rió abiertamente; me miró admirado.

—Vaya, compruebo fascinado que tus dones no son sólo físicos. Y, como acabas de comprobar, me gustan los tratos.

—Lo que acabo de comprobar es que los incumples.

Rollo rió de nuevo más estentóreamente.

—Puedo asegurarte, deliciosa impertinente, que esta vez cumpliré mi trato, y… —pasó el dedo índice por mi mejilla—… me aseguraré de que tú también lo hagas.

Aquello me encogió el estómago; no obstante, me obligué a sonreír seductora.

—Y será mejor que concretemos nuestro pacto, no quiero malentendidos —aseveró deslizando el dorso de la mano por mi cuello; retiró mi melena a un lado, despejando mi piel, al tiempo que acercaba sus labios, sin llegar a posarlos. Su aliento me provocó escalofríos—. Mi tarea será llevarte ante él; la tuya, complacer mis deseos. Sin embargo, me siento en la obligación de advertirte algo.

—¿Y es…?

—Puede que lo que encuentres no sea lo que esperas.

Sus oscuros ojos se entrecerraron perspicaces, calibrando mi expresión.

—Nada me importa, sólo estar a su lado.

Rollo me apresó la nunca; no volví el rostro hacia él, mostrándome imperturbable. Él acercó la boca al lateral de mi cuello y pasó la lengua por la sensible piel, despacio, deleitándose en mi sabor.

—Mmmmm… eres un bocado apetitoso, peligrosamente apetitoso, teniendo en cuenta a quién perteneces; pero ¿qué gran victoria no conlleva riesgo?

Esa misma pregunta se fijó en mi mente. Cada paso, cada acción, conllevaba una responsabilidad, y a veces esa carga se volvía tan pesada que desvirtuaba el fin, emponzoñando una buena acción, convirtiéndola en algo sucio e imperdonable.

Coloqué las palmas de las manos en su enorme e hinchado pecho y lo aparté con suavidad.

—¿Dónde está? —susurré, mirándolo con fijeza.

—Dicen que el sol calienta, pero aquí, en los confines del mundo, sale poco y es tibio, apenas como la caricia de una madre. Pero ahora sé que es verdad. Veo el sol en ti, y ardo.

Me atrapó las muñecas y llevó mis manos a su boca; besó uno a uno mis nudillos.

—¿Dónde está? —repetí inalterable.

Rollo suspiró y me observó largamente.

—Lo mandé a traerme una reina, lo que no imaginé es que fuera la suya, y que vendría a la puerta de mi casa.

Comenzaba a perder la paciencia; zafé mis manos de su presa con brusquedad y me puse en pie.

—Jugáis conmigo —lo acusé contrariada—. Albert está de regreso, ya no os necesito, el trato está anulado.

Rollo rió jocoso, pero sus ojos despedían un brillo amenazante. Se puso en pie y se cernió sobre mí.

Con su gran manaza, aferró toda mi mandíbula y me obligó a mirarlo.

—Claro que me necesitas, más de lo que crees.

Intenté retroceder, pero él no me soltó; terminé acorralada en una esquina.

—¡Soltadme, bestia inmunda!

Me debatí, hasta que aprisionó mi cuerpo contra la pared. Tanteé la daga que llevaba en la cintura y la empuñé, presta a utilizarla.

—Creo, Freya la Loba, que es mi deber enseñarte a comportarte ante un gran rey. No, no temas, no voy a forzarte; sé cómo te enfrentaste a ese jarl, y admiro a las mujeres con coraje. —Acercó la boca a la mía y, clavándome su pétrea mirada, agregó—: Además, me gusta tomar mujeres complacientes. Aun así, he de someterte a mi autoridad, para que aprendas a respetarme.

Lo miré con temor; el hombre sonrió justo antes de caer sobre mi boca.

Me atrapó con ferocidad, con hambre, con violencia. Su lengua buscó un resquicio y lo encontró. Me beso bruscamente, con apremio; la dureza de sus labios lastimaba los míos. Cerré los puños y lo golpeé; de nada sirvió.

A pesar de sus anteriores palabras, el deseo lo nubló lo suficiente como para acariciar mi cuerpo; sus manos se cerraron en torno a mis nalgas, derramando en mi boca un ronco gemido.

Asustada, llevé con habilidad mi mano de nuevo a la daga, la desenfundé y la deslicé con rapidez hacia el cuello del rey, oprimiendo el filo contra su garganta. De inmediato se detuvo, se apartó con lentitud y, para mi asombro, sonrió malicioso.

—¡Cómo voy a disfrutar cuando te tenga!

—No hay trato alguno —insistí.

Rollo se separó de mí a regañadientes, con esa perpetua media sonrisa maliciosa.

—¿Sabes lo fácil que sería para mí mandar un mensajero y enviarlo a cualquier otro lugar, uno muy remoto? ¿Tienes idea de lo condenadamente sencillo que sería ordenar que lo maten? Sí, preciosa, dependes de mí. El trato sigue en pie y no es la única cosa. —Se llevó la mano a la dureza que resaltaba en su entrepierna, con mirada turbia y gesto excitado.

—Muy pronto disfrutaré de ti, presiento que será mi mejor encuentro. Ahora, y sólo ahora, puedes retirarte.

No tuvo que repetírmelo; salí despavorida, con el corazón atronando en mi pecho y las lágrimas quemando mis ojos.

Estaba en sus manos, pero encontraría la manera de zafarme de ellas.

CONTINUARA

YAGUI FUN... No, ella no se ha acostado con Hiran, se durmió pensando en Albert y sintiendo sus besos.