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Capítulo 33

Los dioses hablan

La nívea gelidez invernal había extendido su capa, cristalizando la región, haciendo que nuestros pasos crujieran, nuestro aliento se distinguiera y nuestros cuerpos se encogieran bajo capas de abrigo.

Esa noche se celebraba el Júl, una fiesta en la que se honraba el solsticio de invierno, pero también a la familia, la fertilidad, y a los amigos ausentes. Y era precisamente mi particular ausente el que agriaba mi humor, desesperaba mi ánimo y quebraba mi corazón.

—He recibido un mensaje para ti —comenzó a decir Eyra mientras revolvía las brasas del hogar—. Es del Oráculo, y desea que te presentes ante él. Anoche realizó un utisetur y los espíritus le enviaron un mensaje.

Emergí de mis acongojados pensamientos y la miré ceñuda.

—Pues si se ha pasado toda la noche sentado a la intemperie, charlando con los espíritus y esperando una visión, y no ha muerto congelado, debe de ser importante lo que tiene que decirme —murmuré con sorna.

—No te burles, muchacha —me recriminó—. Debes respetar al Oráculo; en caso contrario, nada obtendrás de él.

Resoplé con hastío.

—Ve antes de la fiesta —aconsejó—. Has de presenciar el sacrificio y honrar a los dioses como el resto. Apresúrate.

Saqué con desgana una túnica de lana plisada roja, la más gruesa que hallé en el arcón, abierta entre los pechos, pues solía ser utilizada para amamantar, y lamenté de inmediato mi decisión.

Yo jamás le daría semejante uso ya, y aquel conocimiento contrajo mi estómago en una punzada de dolorosa acritud.

Dos veces me habían arrancado un hijo, dos veces una vida, pero lo que había resurgido de tanta fatalidad era una mujer fría, dura y decidida a pelear contra la Providencia, contra la adversidad y contra los dioses si era necesario.

Rodeé mi cintura con un ancho cordel plateado, que anudé displicente, y sobre la túnica me coloqué un chaleco de pelo de castor. Dispuse mi capa sobre los hombros, y me cubrí con el amplio capuchón. Ya salía cuando Eyra me detuvo.

—Aguarda, Freya, recuerda que es una celebración; has de lucir tus joyas.

—¿Qué joyas?

Advertí la misteriosa sonrisa de la anciana con creciente expectación.

Eyra se me acercó, deslizó mi capucha, me sentó en una banqueta y se puso tras de mí manipulando mi melena.

—Las que siempre pareces olvidar.

Recogió un grueso mechón de mi lado derecho, lo retorció y, enseñándome el prendedor con forma de mariposa, que me había regalado en mi despedida cuando partía para reencontrarme con Rashid, lo engarzó tras el mechón.

—Perfecto —murmuró complacida—la plata resalta en tu tu cabello. Y ahora…

Ante mí descendió un grueso medallón que cayó pesado entre mis pechos. Contuve el aliento cuando lo cogí con los dedos.

—Ahora seguro que te sientes mucho mejor.

Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Estreché el gran medallón de oro contra mi pecho y cerré los ojos liberando las lágrimas contenidas.

—Lo rescaté de Skiringssal cuando partimos —confesó Eyra— Deseaba conservar algo suyo.

Era el medallón que llevaba Albert el día de nuestra boda. Un círculo y, en su interior, grabados una luna y un sol. Y a mi mente acudió aquel día: lo vi ante mí, tan hermoso que resplandecía, tan emocionado que enternecía, tan enamorado que desarmaba.

Y contemplando el emblema del medallón, una frase rasgó mis recuerdos y me azotó con una atroz melancolía, tan despiadada como el latigazo de un verdugo: "Él fue mi luna, grande y mágica, pero tú, tú eres mi sol, cálido, inmenso y absolutamente necesario para vivir; sin su luz ya no podría existir…". Esa frase dicha por mí, esa explicación en la que le mostraba el calibre de mis sentimientos, comparándolos con los que una vez había sentido por Rashid, ahora sólo me recordaba que estaba muerta, pues su luz ya no me iluminaba, su calor me había abandonado, y mi ansiedad amenazaba romperme en dos.

—¿Y mi morgingjolf?, ¿dónde está mi anillo de boda?

—No lo encontré por ningún sitio.

Emití un lamento estrangulado, y sacudí la cabeza en un fútil intento de alejar el dolor.

—No llores, muchacha, pronto lo verás.

—¿Cuándo? —Me volví llorosa hacia ella—. ¿Hasta cuándo voy a sufrir, dime, mi buena Eyra? ¿Hasta cuándo?

Me derrumbé en sus brazos y rompí en sollozos.

—Cada mañana… abro los ojos con la esperanza de verlo aparecer; cada noche los cierro soñando que lo hace. Voy a enloquecer, Eyra, no puedo soportarlo más.

—Claro que puedes; veo tu fuerza, Freya, eres una luchadora, lo demuestras a cada instante. La vida es una violenta bofetada que te gira la cara cuando menos te lo esperas, pero de nosotros depende mirar de nuevo al frente, con la mejilla dolorida, pero la mente preparada. No importa las veces que te golpee, sino las que logres levantarte. La vida es un pulso, y la tozudez, nuestra baza.

Miré a la mujer, y la gratitud y el amor hacia ella se extendieron sobre mí, como un unguento curativo, sosegando mi ánimo. A ella la conservaba y, con semejante bastión, mis diarias contiendas siempre estarían bien pertrechadas… pues, cuando diezmaban los ánimos, nada resultaba más efectivo que el empujón del aliento, de un buen consejo, el calor de una sonrisa o el refugio de un abrazo. Era mi sostén, y como tal me apoyé en ella.

Eyra me acunó, acarició mi cabello y continuó susurrándome palabras tranquilizadoras, hasta que logré dejar de sollozar.

El Oráculo era un anciano demacrado, enjuto, grotescamente inclinado por una enorme protuberancia que emergía de su espalda, de ojos inquietantemente traslúcidos y cabello cano largo, escaso y marchito. Iba cubierto por una capa raída de color pardusco, con el rostro penumbroso bajo una gran capucha y labios fruncidos.

Alzó el anguloso rostro hacia mí y asintió a modo de bienvenida.

—¿Sois ciego?

—Veo más que muchos hombres —contestó con una voz gutural y rasgada—, aunque no a través de mis ojos.

Sentí un escalofrío y froté mis brazos con vigor.

—Eyra me dijo que…

—Siéntate y ofréceme la mano —interrumpió como urgido por el apremio.

—He olvidado el gyald —murmuré apesadumbrada.

El anciano sacudió impaciente la cabeza.

—No requiero ninguna ofrenda, pues no eres tú quien viene por voluntad, te llamé para darte un mensaje.

Me senté en la estrecha banqueta y le tendí la mano con titubeo, mostrando cierta aprensión.

—No soy un ave de rapiña, muchacha, no te dejaré manca —gruñó impaciente.

Me cogió la mano, la extendió y posó mi palma en su rostro; sentí en la piel un aura fría y espectral, como la brumosa escarcha que rezuma de un lago helado.

Reprimí el impulso de retirarla.

—Anoche me visitaron los espíritus, con dos exigencias —comenzó a decir—. Te las transmitiré, pero no responderé ninguna pregunta.

Asentí a sabiendas de que no se apercibiría de aquel gesto.

—El primer mensaje es una advertencia, mujer loba: un gran halcón se cierne sobre ti, te sobrevuela en círculos dispuesto a hacerte caer en desgracia, pero contigo perecerá todo un linaje, la estirpe de un gran pueblo.

Supe al instante quién era; aunque su vestidura fuera la de un cuervo, su poder sin duda era el de un halcón.

—Y el segundo sólo es una visión: renacerás en busca de la felicidad que se te niega, pero, tras de ti, correrán la venganza y la envidia a darte caza. Aléjate del llanto de un niño y de la piedad que aún mora en tu corazón, pues sólo recibirás amargura como pago.

Aguardé, mas sólo el silencio reinó en la cabaña del Oráculo.

—¿Y Albert?

—Ya te he avisado, nada de preguntas.

El anciano liberó mi mano e inclinó la cabeza hacia su pecho.

—Pero los espíritus han de haberlo visto, él es mi futuro —insistí tenaz.

El hombre suspiró largamente, alzó de nuevo el rostro y se descubrió la cabeza.

Sus blanquecinas retinas se clavaron en mí. Su acuosa mirada titiló bajo el fulgor del candil que presidía la mesa.

—Tal vez, pero no tu presente.

Sentí un regusto amargo en la garganta, me esforcé en tragar. Alterada, me puse bruscamente en pie, derribando la banqueta.

—Os equivocáis —repliqué con firmeza—. Yo soy la dueña de mi propio destino; lo encontraré y seremos felices de nuevo.

—El hombre que buscas ya no existe. Desiste, mujer loba, los dioses no te son propicios.

Apreté los puños y fruncí el ceño. Una furia incipiente surgió de repente, como la yesca soplada por la brisa que prende en las ramas tiernas, presta a crecer y a devorarlo todo.

—Tampoco yo lo seré para ellos. Y aquí, ante el portador de sus mensajes, clamo mi reto… sí, porque los reto, los maldigo y me enfrento a ellos.

Me dirigí a la puerta, pero antes de salir me volví hacia el anciano.

—Éste es mi mensaje para ellos. Y no es ni una advertencia ni una visión futura, es un hecho.

—No es muy juicioso provocar la ira de los dioses, loba —murmuró el Oráculo reprobador.

—¡Viven furiosos conmigo! —exclamé enojada—. No dejan de demostrármelo, me lo han quitado casi todo.

—Las más duras pruebas son para los corazones más valerosos —argumentó el anciano— Medita los augurios, y actúa con sabiduría; la ira es el camino de los necios.

Sacudí la cabeza con frustración; la amargura se ancló en mi pecho con la inquina de la hiedra trenzándose en la corteza de un roble.

—No, anciano, la ira es hija de la injusticia, pero también madre de la rebeldía. No os necesito, ni a vos, ni a vuestros dioses.

—No obstante, acudirás de nuevo a mí.

Lo miré con extrañeza, pero nada repliqué.

Salí con vehemencia y ofuscación y, sumida en mis pensamientos, me dirigí al skáli.

Los cánticos flotaban en torno a una gran hoguera justo frente de la gran casa comunal. Era una especie de galdrar, un cántico enfebrecido que se utilizaba para hechizos o para pedir el favor de los dioses.

Cerca de la hoguera, sobre una mesa, varios hombres sujetaban un enorme jabalí, que gruñía y arruaba en un tono agudo que erizaba la piel, sacudiendo su peludo cuerpo con violencia.

Uno de los hombres elevó su cántico con los brazos alzados al cielo; en una mano, un cuchillo, y en la otra, un cuenco.

Pidió a los dioses venturas para el pueblo y, nombrando a Odín, a Freyr, a Njord, a Thor y a Balder, descendió el cuchillo hacia la garganta del animal y lo degolló con precisión.

La gente clamó exaltada y saltaron y bailaron en torno a la hoguera, disfrutando del sacrificio.

Uno a uno fueron untados con la espesa y cálida sangre del animal, luciendo en sus frentes la marca de los dioses complacidos.

Hiram se puso a mi lado y contempló pensativo la inmensa hoguera.

—Algo va mal.

Lo observé. Su apuesto perfil, en el que parpadeaba el refulgir del fuego, permanecía impasible. Parecía una hermosa talla, que algún escultor virtuoso hubiese modelado en un arranque de sublime inspiración.

—Todo va mal —completé taciturna.

Hiram sostuvo mi mirada, compartía mi desazón.

—Albert debería haber llegado ya, el emisario que mandaron dijo que los había visto cerca de Agder, y esa aldea está a un par de jornadas de aquí.

Observando el fuego, me perdí entre sus ondulantes lenguas rojizas, entre sus brillantes crepitaciones, entre sus voraces crujidos devoradores… y me sentí su igual. Esa misma intensidad crecía en mí, vibrando en mi interior, quemando mis entrañas, aumentando su fulgor. Poderoso, se iba adueñando de mi ser.

—Salgamos a buscarlo —propuse sin dejar de deleitarme en el influjo que ejercía la hoguera.

Los maderos que habían dispuesto formando un alto cono se desmoronaron quebrados y calcinados, y sus crujidos resonaron en la noche, liberando un humo blanquecino que zigzagueaba en volutas que opacaban la límpida oscuridad del cielo. Aspiré el pronunciado aroma a madera quemada que manaba de la hoguera, y cerré los ojos.

Inesperadamente, algo despertó dentro de mí. Era un conocimiento; sonreí.

Ese poder que latía incipiente dentro de mí, esa ira que ahora anidaba en mi interior y que crecía a un ritmo vertiginoso, era el alimento del lobo que moraba en mí, y que lo convertiría en un ser temible, siempre y cuando mi sagacidad y frialdad lograran manejarlo. Sí, habría de mostrar mi astucia, mi frialdad. Atrás quedarían la piedad, la confianza, la ingenuidad, la súplica, y hasta el honor. Como le había señalado a Rollo durante nuestra pelea, en la guerra todo vale. Y, ahora más que nunca, debía usar las más sucias tretas si quería embaucar a un taimado halcón.

—Esperemos dos días más; si no ha vuelto, partiremos en su busca —convino Hiram.

Seguimos a la multitud hacia el interior del skáli; allí la fiesta comenzaba.

Toda clase de manjares se disponían en las largas mesas que habían colocado alrededor del hogar; la gente comía y bebía, alborotaba, y disfrutaba con frenesí. Me despojé de la capa, y tomé asiento en un extremo, junto a Hiram, Valdis, Jorund y Eyra.

Contrariamente a otras ocasiones en las que el abatimiento había arruinado mi apetito, tenía hambre. Pinché con mi puñal un faisán asado y condimentado con hierbas aromáticas, y lo mordí con saña. Masticaba y mordía escuchando la algarabía, pero sin mirar nada, excepto mi plato.

—Tienes peores modales que Fenrir —murmuró Eyra reprobadora—. No olvides que estás frente a un rey.

Entonces, alcé el rostro y lo encontré observándome.

—En lo que a mí respecta, ni siquiera es un halcón —repuse indiferente, ante la expresión confusa del resto—, tan sólo un cuervo molesto.

—Pues, por cómo te mira, creo que ese cuervo tiene hambre, y no es alimento lo que precisa —repuso Valdis.

Hiram se mostró enojado y huraño, y aquella actitud despertó la lengua de la joven, que aquella noche lucía su hermoso pelo rojo en un trenzado recogido bastante favorecedor.

—Claro —agregó— tras probar el primer bocado, no desistirá hasta hacerse con la pieza entera.

—¡Cállate, Valdis! —gruñó Hiram.

—Es cuestión de tiempo —continuó desafiante—. ¿O acaso no te has dado cuenta de que tendrá retenido a su esposo hasta hacerse con ella?

Por la expresión del guerrero, supe que él también temía lo mismo.

—Estás equivocada —refuté, despegando un muslo de la grasienta ave con un movimiento brusco—. Es justo lo contrario, arde en deseos de que regrese.

Todos me miraron con las cejas alzadas y expresión desconcertada.

Ni siquiera Eyra tenía conocimiento del pacto; no había considerado importante contárselo, pues no pensaba cumplirlo.

—Sea como fuere —agregó la muchacha— tu marido es un estorbo para él. Y a los reyes no les gustan los impedimentos.

Alcé el rostro del plato y la miré pensativa.

—Yo soy el impedimento, Valdis, sólo yo, mas me temo que tendré que aclarárselo debidamente.

—¡Freya! Actúa con prudencia, ese exceso de confianza puede obrar en tu perjuicio —aseveró Eyra indignada—Te comportas de un modo extraño.

—Actúo como me dejan que lo haga —alegué con gravedad—, con la frustración de un animal acorralado… pero, descuida, sabré encubrirlo, dispongo de las mañas adecuadas.

Y no bien terminé de hablar, clavé los ojos en los del rey, quien, a cierta distancia y rodeado de sus hombres de confianza, me observaba con la rapacidad prendada en la mirada.

Le sonreí seductora mientras bebía de mi copa.

—Una cerveza deliciosa a mi parecer, ¿no es cierto, Hiram?

Éste, que arrugaba el ceño y parecía tener dificultades en reprimir su malestar, se limitó a asentir.

—Vaya, parece que tienes claro tus fines, Freya —adujo Valdis complacida—Otros parecen obcecados en imposibles.

Hiram la fulminó con la mirada, y la chica sonrió triunfal, aunque detecté un leve velo compungido en sus rasgados ojos verdes.

—Hoy estás muy hermosa, Valdis —la adulé— seguro que esta noche algún guerrero buscará tus atenciones.

Hiram puso los ojos en blanco y resopló.

—Captará la atención de algún incauto, siempre que no abra la boca.

—Cierra la tuya, patán, y dedica tus cortas entendederas a seducir esclavas, que son las únicas que podrán soportar tu vanidosa necedad.

—¡Valdis! —exclamó enojado Jorund—. Muestra respeto a quien te proveyó de protección. Nos han ayudado, no seas ingrata.

—No he empezado yo, padre, sólo respondo a sus insolencias.

Eyra y yo nos miramos y sonreímos subrepticiamente.

—En eso dice verdad la joven —intervino Eyra—. Hiram, puesto que ya conoces su genio, no es muy sensato acicatearla.

—Mi comportamiento con ella sólo es culpa de sus continuos ataques —se defendió el guerrero—Parece estar siempre en guerra conmigo.

—Tal vez sea hora de sellar la paz —propuse—. Un baile puede ser el principio.

Miré al corro de bailarines que se había formado, y que jaleaban a los más vivaces. La música aderezaba la celebración derramada por flautas traveseras, mandolinas y tambores, y una modulada voz grave cantaba las gestas de los dioses en estrofas largas y armoniosas, que más de uno repetía, animando la velada.

Un muchacho de cabellos castaños y facciones agraciadas se acercó a donde estaba Valdis esbozando una sonrisa, la cogió por el codo y la sacó a bailar. No me pasó desapercibida la mirada escrutadora que dirigió a Hiram.

Al instante, el guerrero se puso en pie y me cogió del brazo.

—Bailemos.

Accedí tras apurar mi copa.

Acalorada, me desprendí indolente del chaleco de pelo de castor y me uní a la multitud que danzaba.

Nos adentramos en el corro que habían formado y giramos, saltamos y reímos al son de alegres melodías. Los hombres que aún permanecían sentados a sus mesas restallaban las palmas de las manos contra el tablero, siguiendo el ritmo de los tambores.

En parejas, se adelantaban bailando en el centro del amplio círculo de danzarines, entre palmadas, risas y silbidos.

Hiram me arrastró con él y, de la mano, giramos juntos. El guerrero sonreía con diversión, y entusiasmado me guiaba en un baile frenético.

Me dejé llevar por la euforia, abotargada de dolor, alcohol y resentimiento. Sentí ganas de rebelarme contra el mundo, contra los hombres y contra los dioses.

Me sentía mareada, embotada y ardiente, pero, por encima de todo, desesperadamente necesitada. No sabía qué me estaba sucediendo, sólo era apenas consciente de que mi cuerpo despertaba, de que el hambre carnal tomaba el testigo de mi voluntad, de que mis pezones se endurecían suplicantes, mi boca se entreabría clamando un beso y mi entrepierna gritaba su soledad.

Movida por un impulso, me abalancé sobre Hiram y, colgada entre sus brazos, me embriagué de su obnubilada mirada verde.

—Ardo, Hiram…

Y sin añadir más explicación, me lancé a su boca. Sobresaltado, permaneció inmóvil y confundido, mientras yo lograba que mi lengua se filtrara solapada y buscase la suya. Envarado y tenso, me aferró por los hombros con la intención de alejarme, pero yo gemí y froté mi cuerpo contra el suyo; aquello debilitó su decisión.

No tardó en reaccionar sucumbiendo a mi pasión. Sus manos recorrieron mi espalda, se arqueó sobre mí y me besó con voracidad, desatando su hasta ahora contenida presa de emociones.

—Freya —susurró contra mis dientes, y de nuevo me besó con delirio.

Lo deseaba, me urgía poseerlo, y al mismo tiempo mi conciencia batallaba por hacerse con el control. Debía detenerlo, debía detenerme; sin embargo, logramos desplazarnos a un rincón sin despegar los labios. Hiram me inmovilizó con su cuerpo, mientras sus manos se filtraban por la abertura de mi escote y acariciaba mis pechos. Gemí, jadeé, mordí y arañé, en un estado extrañamente febril, enloqueciendo al hombre que tenía sobre mí.

—¡Esa presa es mía, Hiram, aunque agradezco que la temples para mí!

Ni él ni yo logramos separar nuestras bocas ante aquella voz grave y autoritaria. Era como si estuviésemos presos de un hechizo y su influjo nos encadenara a una pasión mutua.

—¡He dicho que la sueltes!

Una mano grande sacudió el hombro de Hiram.

El guerrero se volvió ofuscado. Contrariado, descubrió que aquella inoportuna exigencia provenía de su propio rey.

Sentí la mirada hambrienta de Rollo sobre mis hinchados labios.

—Ella no es vuestra, noble señor.

Rollo esbozó una media sonrisa y arqueó la ceja izquierda con cínico asombro.

—Tampoco tuya, gusano, y ahora apártate antes de que mi impaciencia se convierta en rencor. Es la segunda vez que me contradices, no habrá una tercera

—advirtió enojado.

Hiram me contempló con un amasijo de emociones crispando su bello rostro: furia, anhelo, frustración e impotencia. Justo cuando pensaba que se retiraría, algo peligroso brilló en su mirada. Por algún motivo intuí que pensaba enfrentarse a su rey; tensó los hombros y se volvió hacia Rollo con el ceño fruncido.

Me adelanté a él, colándome entre aquellos dos grandes cuerpos, y me encaré a Hiram, dispuesta a salvarle la vida.

—¡Obedece a tu rey!

A pesar de la autoridad en mi tono, vio la súplica en mi mirada; negué sutilmente con la cabeza, rogándole en silencio que desistiera.

Dio la impresión de debatirse en lo que me pareció una eternidad, hasta que agachó la cabeza vencido y se alejó empujando con el hombro con sequedad a Rollo, que torció el gesto con furia.

—¿Qué deseáis, rey cuervo? —inquirí con intención de desviar su furia, centrándolo en mí.

Los plomizos ojos del hombre me gritaron la respuesta antes de que sus labios formaran las palabras.

—A ti, mujer.

—Y me tendréis —aseguré— cuando cumpláis nuestro acuerdo.

—Eso era antes de descubrir que sólo eres una perra lasciva.

Ya se abalanzaba sobre mí cuando lo detuve posando las palmas de las manos en su fornido pecho. Era más grande que Hiram, más atemorizador, pero también sobrecogedoramente viril, dotado de una masculinidad que azotaba los sentidos, prometiendo placeres casi salvajes. Sentí su influjo, y esa fiebre traidora que me obnubilaba se alzó de nuevo como una espesa niebla, languideciendo mi consciencia.

—No lo seré con vos —repuse sin mucha convicción. Me mareé y cerré por un momento los ojos.

—Eso ya lo veremos.

Su gran mano me ciñó la cintura y me aplastó contra su pecho; la otra cogió mi mandíbula y la alzó con hosquedad.

Sólo distinguí una sonrisa triunfal, antes de perder contacto con la realidad.

La boca del gran rey cayó sobre la mía, sin admitir réplica. Aquella lengua no era suave, ni gentil, sino brusca e imperativa.

El voraz dominio del beso acentuó la sensación de irrealidad, sumiéndome en un mundo onírico, pero a la vez en un vívido malestar. En mi mente comenzó a nacer la negación, la rebeldía. El lobo se agitó inquieto en mi interior. Lo notaba cada vez más hambriento, husmeando su alimento: esa ira burdamente agazapada que recorría mi ser, cubierta apenas por un liviano velo de frialdad y control.

—Voy a hacerte mía, Freya, y ni Albert ni los dioses van a impedírmelo.

Apenas se separó de mí para arrastrarme por toda la sala hasta el fondo del skáli.

A pesar del mareo y la confusión, me apercibí de que a mi alrededor varias parejas se fundían en impúdicos abrazos, inmersos en besos y caricias como si aquella fiebre que me dominaba se hubiera extendido en una plaga lujuriosa común.

Tras atravesar y sortear el frenesí de mujeres y hombres, riendo, bebiendo y besándose, Rollo me adentró en sus dominios privados, su lokrekkja, su alcoba, separando los gruesos cortinajes de lana azul.

Me lanzó encima de la cama, y se cernió amenazador sobre mí.

—No imaginas cuánto te deseo —susurró quedo—. He sufrido, maldita loba. Regodeándote delante de mí todo el tiempo, viéndote entrenar, sintiéndome golpeado por tu poder, por esa sensualidad que emanas a cada paso. Ninguna mujer se me había resistido nunca; es algo nuevo para mí, y es un tormento que pienso liberar ahora mismo.

—Soltadme —exigí en un apagado balbuceo.

Me sentía sin fuerzas, sin voluntad, desgarrada entre una apremiante necesidad carnal y el deseo de alejarlo a golpes. Sin embargo, supe que mi cuerpo, por algún ladino hechizo, me había despojado de la energía necesaria para luchar contra aquel gigante.

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué era incapaz de pelear?

—Deja que te muestre las habilidades de un rey, déjate llevar por el placer que estoy dispuesto a brindarte. Cuando acabe contigo, no querrás salir jamás de mi lecho.

Clavó en mí una mirada decidida en la que brillaba su lascivia, se relamió, entrecerró los ojos y tomó de nuevo mi boca. Noté cómo sus manos abrían con vehemencia el escote de mi vestido. Apartó la boca de mis labios para enterrarla en mis pechos, que, enhiestos y de pezones orgullosos, se tensaron ante la húmeda suavidad de su lengua.

Cerré los ojos e intenté resistirme al placer, al oscuro deseo que me obnubilada. Apreté los dientes y mis puños se cerraron sobre la manta de pelo que cubría la cama, que nos ofrecía un lecho cálido y confortable. Y estrangulé mis gemidos. La lengua del hombre jugueteaba, lamía, mordisqueaba; sus grandes manos abarcaban mis pesados senos, alzándolos mientras rozaba su barba y su rostro contra ellos. Me mordí el labio inferior y no pude evitar gemir de placer. No obstante, en lugar de disfrutar de aquel goce, me procuraba un malestar amargo. Tenía que escapar de allí, pero ¿cómo?

De repente, mientras el hombre subía mi falda y acariciaba el interior de mis muslos, provocándome escalofríos, Albert llegó en mi ayuda.

Fueron sus ojos, tan celestes como el cielo primaveral, tan límpidos como los estanques horadados en la roca, tan brillantes como el reflejo del sol en el acero, los que reforzaron mi decisión y aclararon mi mente.

Mi cuerpo se hallaba preso en la tórrida nube de placer con que Rollo me castigaba; incapaz de usar la fuerza física, sólo me quedó una opción: dejar que mi lobo encontrara su alimento, la ira, pero vestida de astucia y frialdad.

—Os… os propongo otro trato.

El rey tardó en alzar el rostro de mis sensibilizados pechos.

—Lo único que me interesa ya de ti es lo que estoy a punto de obtener.

Se coló entre mis piernas, arremolinando mi túnica en torno a mis caderas para tener mejor acceso a su premio, y gruñó excitado.

—Tal vez sí os interese saber que la pasión de la que vais a disfrutar os va a costar el reino.

Entonces sí logré captar su atención. Fijó la mirada en mí, confuso e intrigado, pero aún velada por el deseo que lo consumía.

—¡Calla, sólo te está permitido abrir la boca para gemir rendida ante mí!

—¡Condenado bellaco! —proferí con desprecio—Escucharéis mi propuesta, queráis o no. ¿O acaso deseáis malograr vuestros planes por una mujer, que además no es, ni será, vuestra?

—¡Maldita seas, no atenderé tus locuras hasta haber satisfecho mi lujuria!

Me debatí bajo él fútilmente, maldije carecer de fuerzas, maldije la inusitada languidez que aún me abotargaba. De nuevo recurrí al ingenio.

—De acuerdo —musité— Tomadme si os place, pero luego no os lamentéis cuando Horik caiga sobre vos.

—¿Horik? ¿El rey de Jutlandia? ¿Acaso Loki confunde tu juicio?

—Sí, Horik, del que esperáis lealtad para luego pagarle con traición.

Rollo palideció, me estrujó los hombros con sus fuertes manos y me sacudió sobre el lecho.

—¿Qué diantres pasa con ese bribón?

—Pasa que, si no os separáis de mí y juráis no volver a tocarme, pronto sabrá de vuestras mañas. ¿Y qué creéis que pasará cuando sepa que, tras su apoyo, pensáis conquistar su reino?

El semblante del rey se congestionó por la furia, me taladró con la mirada. Crispado y tenso, descargó el puño en el colchón.

—Que no sólo no os ayudará —continué—, sino que buscará alianzas para enfrentarse a vos… y, si su jarl Ragnar Lodbrok acude a su llamamiento, seréis vos quien pierda el reino y la cabeza.

Rollo me contempló regalándome todo su rencor y frustración; su rictus, rígido y contenido, apenas mostraba lo que debía de sentir en su interior.

—¿Has pensado, pequeña arpía, que nada me impide tomarte como deseo y matarte después?

—Claro que lo he pensado, por eso ya dispuse a alguien que partiera con mi mensaje si me sucedía algo.

Sostuvimos la mirada desafiantes y retadores, nariz con nariz, respirando agitados. Rollo frotó su endurecida virilidad contra mi entrepierna en gesto frustrado, masculló una maldición y se apartó.

—Eres una víbora astuta y cruel. Esta vez ganas, mas te aviso: no sé cómo ni cuándo, pero serás mía, vas a pagar cara tu osadía. Nadie intimida a un rey y sale indemne.

Salió de la cama y me contempló pensativo.

Me incorporé y me puse en pie dispuesta a alejarme a la carrera, ocultando mi alivio, pero Rollo se interpuso en mi camino.

—Aguarda.

Lo miré con extrañeza y temor.

Sonrió malicioso y se despojó ante mí de su camisola. Su enorme pecho, adornado de temibles músculos, duro y moldeado, con una leve pincelada de vello oscuro en el centro, aguijoneó mi bajo vientre. Por fortuna, logré mantenerme impasible ante su escrutinio.

—¡Dejadme salir!

—Todavía no.

Asomó la cabeza a través de la cortina e hizo un gesto de aviso.

—No puedo tocarte, ¿no es así?

Negué con la cabeza, expectante y alerta.

Casi al instante aparecieron dos esclavas; eran esbeltas, de cabellos claros como el trigo en verano y ojos azules, una más bonita que la otra. Me observaron con demasiado interés. Una de ellas se relamió lasciva.

—Ellas tampoco —puntualicé nerviosa.

Rollo rió mientras cogía a las mujeres y las conducía al lecho.

—Sería interesante —admitió—, pero no hallaría goce en ver cómo te tocan sabiéndote vetada para mí. En cambio… —hizo una pausa para desasirse de sus calzas. Su miembro basculó pesado, enhiesto y altivo; tragué saliva y desvié la mirada rauda hacia su rostro a tiempo de ver una sonrisa engreída—… en cambio… —repitió mientras subía al lecho y se arrodillaba frente a mí esperando que las esclavas se desnudaran—… gozaré de ti de otra manera, una muy singular. Y no vas a moverte de ahí hasta que te lo ordene, a menos que quieras ver a Hiram azotado hasta morir.

Sentí la garganta reseca y el pulso alocado en la sien, sólo fui capaz de asentir.

Las mujeres, libres de sus vestiduras, se pusieron una a cada lado del hombre; los tres estaban de rodillas sobre el lecho, frente a mí. Rollo rodeó a ambas por la cintura y me dedicó esa media sonrisa sardónica y pendenciera que lo caracterizaba. Luego, besó a una de las mujeres al tiempo que me echaba fugaces vistazos. Se inclinó y cogió uno de los pezones de la otra mujer y lo lamió sin dejar de mirarme. Su mano se escurrió entre las piernas de la esclava y acarició su dorada femineidad arrancando reiterativos gemidos de su garganta.

Volví la cabeza escandalizada.

—¡Mírame, maldita loba! —exigió feroz—. No te atrevas a despegar tus ojos de los míos.

Obedecí y presencié sus juegos sexuales, entre avergonzada, irritada y excitada.

Rollo era diestro en las artes amatorias, sabía cómo complacer a una mujer; en realidad colmaba a dos con bastante fortuna. Aquel trío ya llevaba tiempo entrenándose en aquellas lides, adiviné.

Una de las esclavas se inclinó hacia delante, apoyada en sus manos, ofreciéndose ardiente al hombre, arqueándose y elevando las nalgas. Rollo se puso tras ella, la tomó de las caderas, se inclinó y lamió la curva de su espalda, con la mirada engarzada en la mía. Azotó juguetón la nalga izquierda de la mujer, y se irguió ante mí, con semblante grave y contenido. Retrocedió de forma somera y de un solo envite se introdujo en ella, arrancando el largo y placentero gemido de la mujer que sacudía febril su larga melena.

Rollo, con el rostro parcialmente cubierto por su negra y lacia cabellera, copulaba con ferocidad frente a mí sin despegar sus ojos de los míos.

Recogió en su puño la melena trigueña de la esclava con la que fornicaba y la obligó a incorporarse, deslizando la mano hacia el sexo de la mujer, acariciándolo al tiempo que la penetraba.

Los gemidos, jadeos, gruñidos, los golpes secos de la carne contra la carne, el aroma almizclado que manaba del goce carnal, la tentadora imagen del placer desatado, todo embriagaba mis ya debilitados sentidos.

Fascinada al ver aquella escena, mi cuerpo traidor se sacudió por una aguda punzada de deseo. Pude sentir la humedad de mi entrepierna. Recé por no mostrar mis emociones.

—Descubre tus pechos y acaríciatelos —ordenó Rollo.

Paralizada, lo contemplé con sofoco.

—¡Ahora, maldita sea, o me importarán un bledo tus amenazas!

Retiré las dos bandas de lana plisada que cubrían mis pechos y se los mostré. Comencé a acariciarlos, y no pude contener un gemido. Rollo cerró los ojos con semblante atormentado, pero, cuando de nuevo los abrió, vi tal deseo en ellos que temí un ataque. No obstante, se centró en la cópula incrementando el ritmo de su embates. Tomó en sus manos los pechos de la esclava y los amasó con frenesí sin dejar de embeberse de los míos.

Finalmente, un grito quebrado y largo anunció su liberación.

—Freyaaaa…

Era a mí a quien tomaba usando otro cuerpo. Abrumada y sobrecogida por la situación, por su bruna y encendida mirada, sentí un aleteo nervioso en mi vientre. Sólo deseaba salir corriendo, huir de él, de todos, y correr, correr tras mi vida, esa que parecía esconderse de mí, detrás de unos ojos celestes.

—Algún día… loba, algún día… y entonces… no necesitaré ninguna otra mujer. Puedes irte.

Ésa fue la única orden que acaté con premura, impaciencia y agrado.

CONTINUARA

Esas eran las películas xxx de la antigüedad, todo en vivo, yo pienso que a ella estaba drogada, de repente sintió calentura, ese rey va a terminar enamorado de Freya y sera peor para ella.

Esto no pinta nada bien .

Abrazos.

Aby.