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Capítulo 35

En las garras de Loki

Sentada frente al hogar, alejando la frialdad de mis miembros, mas no de mi corazón, me apresté a escuchar el relato de Thorffin. Eyra, junto a mí, tan contrita como yo, no apartaba la vista del fuego sumida en funestos pensamientos.

—Adelante.

Erik, Ragnar e Hiram nos acompañaban en la mesa; en este último advertí una mirada compasiva, y una expresión expectante.

—Cuando logramos cargar con Albert y alejarnos de Skiringssal —comenzó a narrar Thorffin—, creí que no sobreviviría a la fiebre y a los delirios. Jamás había visto tal decaimiento en nadie. Ora sollozaba, ora gritaba, ora maldecía, hasta que caía desfallecido. En más de una ocasión tuvimos que atarlo, para que no se hiriera. Sufriendo semejante dolor, aumenté la dosis que Eyra elaboró para aletargarlo. De tal forma, la mayor parte del tiempo se lo pasaba dormitando, sumido… en… pesadillas. Llegó un punto en el que, cuando despertaba, nos miraba confuso y se limitaba a comer y a ejecutar sus tareas como si fuera una sombra. —Thorffin suspiró ante los recuerdos; su sufrida mirada me habló de la honda preocupación por su amigo—. Pero al menos era una mejoría, o así lo consideré en un principio. A excepción de que no hablaba y siempre tenía la mirada perdida, por el día obraba con aparente normalidad. Pero, por la noche, era otra cosa.

El fuego crepitó en un destello luminoso y moribundo en el que flotaron pavesas incandescentes; la sala caldeada por el hogar no logró que dejara de temblar.

—Por la noche, las más viles criaturas del inframundo acudían a atormentarlo. Se escapaba semidesnudo gritando tu nombre, persiguiendo algo que ninguno éramos capaces de ver. Solíamos encontrarlo en el lecho del bosque, magullado e inconsciente. Otras veces, tras una pesadilla, entraba en una especie de trance, y se convulsionaba sobre sí mismo aullando como un lobo. Había dejado de ser humano para convertirse en un animal atormentado.

Cerré los ojos, en un vano intento por contener de nuevo las lágrimas. Mi corazón sangraba.

—Loki lo capturó en el mundo del engaño y la confusión, jugando con él, pues te veía en cada mujer, en cada rincón; corría hacia ti, para descubrir que era un ardid de ese maléfico dios. Y, entonces, montaba en cólera, acumulando tal fiereza que consiguió hacerse temer en la batalla.

—Buscaba su muerte, lo veía tan claro como te veo a ti; no obstante, la ira lo mantenía con vida, pues peleaba con tal brutalidad, liberando la furia contenida, que se convirtió en un guerrero invencible. El día que se enfrentó a una docena de hombres y los aniquiló sin ayuda, supe que aquel que tenía a mi lado ya no era mi amigo, sino una bestia inhumana. Asolamos aldeas enteras, por orden de Rollo, en busca de los malditos Ildengum y de Harald. —Hizo una pausa para tragar saliva; sus ojos avellana se humedecieron—. Aquel día jamás se borrará de mi mente. No hicimos prisioneros, no dio tiempo.

—Entonces, decidí dejar de administrarle el brebaje. Los primeros días tuvimos que atarlo de nuevo, ya que se agitaba frenéticamente como un animal atrapado. Sus alaridos ponían la piel de gallina, suplicaba que lo soltáramos, que lo ayudáramos, gemía y sollozaba, pero fui fuerte y no sucumbí a sus ruegos.

Thorffin desvío la mirada; en ella brilló el tormento de aquellos difíciles momentos.

—Tras unos días durísimos, Albert se restableció. Lograba enfocar la mirada, su expresión era lúcida y su comportamiento, normal. Seguía sin conversar con nosotros, pero al menos nos escuchaba y, aunque la tristeza permanecía en su rostro, pensé que lo habíamos recuperado. Pero no fue así.

—Todo cambió cuando el rey nos llamó y acudimos a su corte, dejando Agder, donde moran los supervivientes de Skiringssal, entre ellos por fortuna mi esposa y su hijo.

—Aquí, el hermetismo de Albert lo aisló del resto de los hombres, hasta que en una fiesta volvió a cambiar.

—Se mostró más irritable e impaciente, más violento de nuevo. Buscaba enfrentamientos continuos, se liaba a golpes con quien se atreviera a molestarlo, rugía por las noches y penaba por el día. Rollo, a tenor de su comportamiento, aconsejó que el mejor lugar para él era el campo de batalla. Recuerdo sus palabras, fueron: "Es un depredador y, como tal, ha de ofrecérsele una buena presa". Y así nos envío a por Hake el Berseker.

Thorffin desvió la mirada hacia dos jóvenes asustados, sentados en un rincón. Uno era apenas un niño de rubios cabellos, y la otra, una muchacha muy bonita de dorada melena trenzada y grandes ojos azules que abrazaba protectora al niño y miraba con semblante temeroso a su alrededor.

—Ragnhild y Guthorm —informó—, los hijos del rey de Ringerike, el valeroso Sigurd Hart. Ese condenado berseker, tras una celada en un bosque, mató al rey, y luego viajó a Stein; capturó a los hijos de su víctima, con la intención de desposar a la princesa Ragnhild, justo cuando llegamos nosotros. Albert se enfrentó a Hake en un combate a muerte, pero llegaron sus hermanos en su defensa y, mientras Albert acababa con ellos, el muy perro logró escapar junto a Starkad el Viejo, el más despiadado guerrero de estos lares. Al menos logramos arrebatar de sus garras a los vástagos del rey.

—Para entregárselos a otro perro —murmuré.

—Pero a un perro rey —apostilló Hiram.

Thorffin observó compasivo a la muchacha.

—Creedme si os digo que aquí logrará ser una buena reina, y no una esclava maltratada, Rollo sabrá darle el lugar que merece; tan sólo desea de ella su reino y que le dé hijos varones.

Me limpié las lágrimas y miré a Eyra, que permanecía en silencio, con el ceño fruncido. Mi dolor era el suyo.

Pasé el brazo por sus hombros y apoyé la cabeza en ella.

—Confía, mi buena Eyra, lograremos traerlo de vuelta.

Eyra se volvió hacia mí y asintió.

—Rezo a los dioses por él —susurró acariciando mi cabello— y por mí.

Alcé la vista hacia ella; la culpa congestionaba su rostro como una pesada losa aplastando la mullida hierba.

—Mi brebaje contribuyó a enloquecerlo, Freya —musitó en un hilo de voz—. Creí ayudarlo, soliviantando su pena con mi remedio, y sólo logré acentuar su sufrimiento; soy una necia.

—No, no te permito reprocharte nada, a ti menos que a nadie. Fue un compendio de sucesos, sólo eso, de ninguna manera premeditado, al menos por tu parte.

Thorffin volvió ofendido el rostro hacia mí.

—No me refería a ti, buen Thorffin, nadie hubiera deseado un amigo mejor.

Todos me miraron con curioso asombro.

—Pensad, ¿a quién le interesa que Albert se haya convertido en el más sanguinario ulfhednar?

—A un rey ambicioso —masculló Hiram, comprendiendo de repente.

—Y un rey acostumbrado a manejar voluntades con el conocimiento de ciertos hongos y raíces.

—¿Crees que emponzoña la mente de Albert con algún brebaje? —preguntó Erik demudado.

—Estoy convencida. Thorffin acaba de relatarme que Albert recayó cuando vinieron aquí, y más concretamente en una fiesta. Eyra habló anoche con la mujer que metió la pócima en el barril de cerveza.

—Isgerdur, se llama —apuntó Eyra.

—¿Qué pasó anoche? —inquirió Thorffin intrigado.

Hiram me miró y enrojeció de un modo visible.

—Celebramos el Júl, y… bueno… la gente se… digamos que… se obnubiló de pasión.

—¡Ah, eso! —profirió Erik con una sonrisita traviesa.

—Sí, eso, que pareces ya conocer —aduje cáustica.

—Todos conocemos esas… celebraciones.

Imaginé a Albert con alguna mujer, o tal vez con dos, tal y como las disfrutó Rollo, y una punzada atravesó mi pecho.

—Necesitamos averiguar quién hace el preparado —sugirió Eyra— y cambiarlo por otro inocuo.

Recordé el día en que me metí bajo el solado de la cabaña de Eliza, entonces la mujer de Thorkel, y agregué a sus barriles de aguamiel su propio veneno, la dañina adelfa.

—Ha de ser similar al que tú le preparaste, Eyra, pues provoca las mismas reacciones en él —repuso Thorffin.

—Puede ser; sin embargo, parece menos aletargado de lo que debiera. Puedo adivinar que se ha usado beleño blanco y raíz de mandrágora, pero no belladona; es otra planta, de eso estoy segura.

En ese momento apareció Rollo surgiendo tras los pesados cortinones de su alcoba, y se acercó a los temblorosos jóvenes, al fondo de la sala.

Conversó amigablemente con ellos; desde donde estábamos no oíamos sus palabras, pero surtieron efecto por la sonrisa agradecida que esbozó la joven princesa.

Cuando reparó en nosotros, se disculpó cortés con los hermanos y se acercó, clavando sus ojos grises y avarientos ojos en mí.

—Hola, Thorffin. ¿Dónde está Albert? Como veis, lo aguarda ansiosa su gentil esposa. Por fin podré disfrutar de ese gran reencuentro.

Su cínica sonrisa me provocó náuseas.

—Partió, regresará esta noche —contestó escueto.

—Ooohhh… ¿y no se llevó a su hermosa hembra con él?

El rey bostezó y se desperezó indolente.

—Apenas he dormido —se disculpó—, anoche la fiesta se alargó demasiado —aclaró sin apartar sus ojos de los míos.

Ninguno osó hablar; me puse en pie dispuesta a marcharme.

—Querida, llevas el mismo vestido de anoche, deberías cambiarte, se ve muy arrugado, accesible y revelador —fijó con ofensiva atención la vista en mi escote—, pero igual de tentador.

Los hombres, excepto Hiram, que distendía los orificios de la nariz conteniendo su furia, me contemplaron boquiabiertos.

—Agradezco vuestra apreciación, gran rey, como agradezco que os conformarais con dos esclavas y me dejarais huir de vuestras garras.

Rollo me fulminó con la mirada.

—Tal vez, y viendo la indiferencia que causas en tu esposo, pronto tenga dos hembras de más nivel a mi alcance, una reina —dirigió la mirada hacia la joven Ragnhild— y una loba guerrera.

—Espero que no lo toméis como un agravio, pues no lo es. Pero he de confesar que, aunque no estuviera casada, no soy mujer de compartir.

A Rollo le brillaron los ojos con diversión.

—Eso dependería de si satisfago debidamente tus… necesidades.

—Ni aun así.

El rey rió y alzó la mano llamando a Jora, que de inmediato dejó de alimentar el fuego, cogió una jarra y una copa y las depositó en la mesa.

—Y ahora, ve a entrenar como haces a diario, creo que tienes que liberar mucha frustración. Anoche aprendí una valiosísima lección: no hablar de mis estrategias delante de extraños.

Me guiñó un ojo y me despidió con un gesto de la mano.

Eyra y yo abandonamos el skáli.

Rumiaba mi furia, mi impotencia y mi dolor; tenía ganas de golpear algo.

—Ve a la cabaña, ponte algo más cómodo y sigue el último consejo del rey, lo necesitas. Yo mientras averiguaré cuanto pueda del brebaje.

—Lo odio —mascullé colérica.

—Él a ti no.

Y se alejó hacia los almacenes de grano, dejándome embargada por la ofuscación.

Mientras entrenaba, mientras esquivaba estoques y lanzaba ataques, mi mente divagaba.

Sólo lo veía a él, su pétrea expresión, su rigidez, la frialdad de su mirada, y la indiferencia que me regaló.

Me creía una aparición, una de sus continuas visiones, por eso me había ignorado. Debía demostrarle que no lo era, no podía ser tan difícil. Me moría de ganas de tocarlo, de besarlo; sólo pensar en su rechazo me desgarraba el corazón. Ambos estábamos vivos, todo lo demás no importaba.

Lena, en un veloz giro, deslizó con precisión su filo por mi costado, simulando herirme.

—Hoy no estás centrada, Freya, pude haberte matado una decena de veces.

—Cierto, estoy demasiado furiosa —admití.

—¿Con tu esposo?

Lena se secó el sudor de la frente con el antebrazo, con gesto hosco envainó su espada y me conminó a seguirla fuera del campo de entrenamiento.

—Sé dónde está.

Abrí los ojos esperanzada.

La guerrera, de rostro arrebolado, claros ojos y plateada melena, miró con desconfianza en derredor y susurró:

—Suele refugiarse en Agder cuando algo lo atribula demasiado; es una aldea cercana, entre las montañas.

—¿Donde viven los superviviente de Skiringssal?

—Sí, él… allí… Freya, has de entender que él te cree muerta.

—¡Por los dioses! ¿Adónde quieres llegar?

Lena bajó la vista, suspiró, pareció meditar un instante y finalmente logró sostenerme la mirada con decisión.

—Suele visitar a su hijo.

De repente, el mundo se detuvo, el viento dejó de soplar, los pájaros de cantar, la hierba ya no susurraba, cesaron los murmullo de la gente, hasta la mujer que tenía frente a mí pareció desdibujarse. Ni siquiera sentía frío, ni cansancio, ni el peso de mi propio cuerpo. Nada, sólo un vacío tremendo a mi alrededor; me vi flotando sobre un agujero negro.

Lena se abalanzó sobre mí y me sujetó; me sentí como un muñeco de trapo zarandeado y roto.

—No… no puede ser… —balbuceé—Apenas han pasado… siete lunas nuevas desde que…

—Su hijo es un bebé, Freya; no lo he visto, pero lo comentó la esposa de un comerciante.

—Es… es del todo imposible.

Lena me ayudó a sentarme en un tocón, fue a buscar un balde de agua, empapó un trapo y me lo puso en la frente. Estaba helado.

—¿Mejor?

Negué con la cabeza, y negué con el corazón. Eso no podía ser cierto, no tenía sentido. Albert sería incapaz de yacer con una mujer cuando me acababa de perder, por no mencionar lo poco probable que era traer al mundo a un niño de tan temprana gestación. No, me dije, estaban en un error.

—Seguro que es una confusión —mascullé más para mí misma.

—Sólo hay una manera de comprobarlo —opinó ella.

Miré a Lena; en su celeste mirada vi lo que había de hacer.

Me puse en pie, aún algo mareada, y me dirigí a los establos seguida por la guerrera.

—No necesito compañía —repuse atravesando los portalones.

La mujer sonrió sarcástica, sacudió la cabeza y enfiló hacia uno de los caballos.

—Claro que la necesitas, no tienes ni idea de dónde queda Agder, pequeña bondi.

Resoplé y asentí claudicando.

Ambas pertrechamos con premura las monturas, nos cubrimos con gruesas capas y montamos con ligereza.

—Gracias —proferí.

—Tengo debilidad por las discusiones de pareja —arguyó guiñándome un ojo.

Sonreí quedamente y aticé mi montura.

Partimos al galope.

CONTINUARA