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Capítulo 36

Un lobo huyendo

El viento meció nuestros cabellos; el mío rizado y dorado y mi ánimo era, funesto y lúgubre, y el de Asleif, blanco y brillante, como las alas de la paloma de la Anunciación, como un manto de plata ondeante que seguía de forma hipnótica.

Atravesábamos los páramos, como si en verdad fuéramos dos valquirias en caballos alados. Íbamos equipadas con el byrnie, la cota de malla, sobre nuestras camisolas cortas, el ancho cinturón tachonado, el cinto donde pendía nuestra espada y las altas botas de piel, atadas con cintas cruzadas que cubrían nuestras rodillas, no dejando lugar a dudas acerca de nuestro estatus: guerreras de un rey.

Los cascos de los caballos resonaban con fuerza en la helada tundra; mi cuerpo sofocaba las bruscas sacudidas del animal, cuando saltaba un peñasco rocoso invadido por el musgo, o sorteaba un tronco caído. Apretaba los dientes, aspiraba el fresco aroma a pino, levemente teñido de humedad, y de la podredumbre que emanaba de la madera en descomposición, e intentaba espirar parte de la furia y desasosiego que me carcomía por dentro.

Saber que pronto lo tendría frente a mí me consumía de impaciencia, pero también de inquietud. Estaba convencida de que no pensaba desaprovechar la oportunidad de demostrarle que no era una aparición; lo que ocurriera después, sólo los dioses lo sabrían.

El desvaído sol invernal comenzó a descender, dorando las cumbres y recortando contra la lontananza las altas montañas.

Más allá, vislumbré un nutrido grupo de cabañas, junto a una cascada que brotaba de uno de los impresionantes macizos y se derramaba en una pequeña laguna horadada en la roca.

El paisaje era impresionante. Un halo húmedo sobrevolaba el entorno.

Frenamos nuestras monturas y nos miramos.

—Agder —anunció Lena circunspecta.

Avanzamos de nuevo, lentamente, hacia la aldea.

Varios convecinos nos miraron intrigados, algunos con temor. En diversos carros, graznaban ocas y gansos apresados en jaulas; en torno a una fogata, algunas mujeres molían grano en un burdo mortero de piedra, mientras otras cocían masas de pan circulares en una amplia cazuela plana de hierro sobre las brasas.

Una de ellas me miró con claro estupor, se llevó la mano a la boca y trastabilló en un intento de incorporarse.

—Hola, Helga.

La mujer de Thorffin retrocedió tambaleante, negando con la cabeza.

—Loki nubla mi vista.

Desmonté y me acerqué a ella.

—No, tu vista es perfecta, soy yo.

Parpadeó incrédula, se frotó los ojos con insistencia y su mano aleteó temblorosa hacia su pecho.

—Freya, ¿también piensas torturarnos a nosotros?

Resoplé y sacudí la cabeza. Me acerqué a otra mujer y me planté frente a ella, me agaché y con mi daga corté uno de los humeantes panes. Sonreí y soplé mi bocado. Lo comí gustosa, deleitándome en el sabor a miel y a suero de leche.

—Delicioso.

Helga permaneció con la boca abierta, y expresión horrorizada.

—¡Soy yo, maldición, soy Freya!, de carne y hueso, no morí, Eyra salvó mi vida, y todo este tiempo he estado recuperándome.

Helga cayó de rodillas, trémula; sus ojos se nublaron de lágrimas y compuso un mohín desolado que no pude resistir. En dos zancadas la alcancé y la abracé con fuerza.

—Ssshhhhh… soy yo.

Los sollozos la sacudieron, pero también el alivio; reía y lloraba casi al unísono.

—¡Freya! ¡Oh, mi buen Balder! ¡Estás viva!

Le alcé el rostro y limpié sus húmedas mejillas.

—Vine a recuperar a Albert.

Parpadeó repetidas veces, hipó y miró contrita hacia atrás.

—Cuando te vea…

—Ya me ha visto.

Abrió asombrada los ojos, su rostro se oscureció.

—Está preso de un hechizo —musitó apesadumbrada.

—Al que pondré remedio mientras me quede un aliento de vida —aseguré con determinación.

—Freya… has de saber… —comenzó a decir atribulada.

—No —la interrumpí—, no puedo creer que tenga un hijo, es imposible.

Helga asintió con semblante compasivo.

—Mas lo tiene, y creo que es lo único que lo ancla a este mundo.

Negué consternada. Me puse en pie y miré en derredor. Aquella afirmación era como un aguijón envenenado en mi pecho, que emitía alternativamente oleadas de furia y dolor, de igual intensidad. Ese "imposible" comenzaba a diluirse. Albert había podido tomar a otra mujer preso de… la rabia, el dolor o simplemente enturbiado por los brebajes. Y ese solo pensamiento me hizo temblar de cólera.

—¿Dónde está?

—Freya…

—¿Dónde está? —repetí entre dientes.

—En la última cabaña —respondió—, la que está pegada a la montaña, pero Freya… deja al menos que lo avise.

Hice caso omiso de sus palabras y me encaminé a través de la aldea con paso raudo. Lena me siguió.

En mi avance, reconocí rostros que a su vez me miraban demudados.

Caminé a grandes zancadas, ceñuda, decidida, pero con un atroz nudo en la garganta, con temor y ansiedad, pero, por encima de todo, con la abrumadora necesidad de tocarlo, de echarme en sus brazos sin importarme nada más.

Una mano frenó bruscamente mi avance.

—Freya.

Miré furiosa a Lena, que me sujetaba con fuerza el codo, pero cuando seguí la dirección de su mirada, mis latidos se detuvieron de repente.

Sentado en una banqueta, con la espalda apoyada en la gran pared de roca que protegía la aldea, Albert acunaba a un bebé.

Aquel temible ulfhednar, ese indómito y brutal guerrero inmisericorde, que sesgaba implacable la vida de sus enemigos, ese que había perdido la humanidad, ese que se hallaba sumido en el oscuro mundo de Loki, observaba con enternecida mirada a aquel hermoso pequeño, prodigando en su abrazo el amor que le profesaba.

Cerré los ojos y suspiré; las lágrimas acudieron nublando mi vista, mi corazón dio un vuelco, mi estómago se agitó.

Temí desvanecerme; trastabillé, y Lena me sujetó.

Contemplé de nuevo aquella conmovedora escena y mi corazón sangró.

Aquél no era mi hijo, mi hijo yacía en una tumba fría, sin haber tenido siquiera la oportunidad de formarse por completo; aquél era el fruto del hombre que amaba con otra mujer, la prueba de que, a pesar del dolor, de la desesperación, de la pérdida, siempre había un camino a la esperanza. Como el agua que intenta ser retenida, pero que al final encuentra la manera de filtrarse por algún resquicio y continuar su recorrido. La vida seguía sin mí, y aquella certeza me destrozó, pues a mi dolor se sumó la bajeza de mis pensamientos, mi egoísmo.

En una ocasión, Albert se había sacrificado por mí, por mi felicidad, por lo que creyó que sería mejor para mi vida. Y ver aquel diminuto ser entre aquellos poderosos brazos, observar la suavidad y el mimo con que lo sostenía, el orgullo de su rostro, y el amor en su mirada, había sembrado una desgarradora duda en mi interior. Yo jamás podría darle hijos, jamás podría regalarle ese semblante, de igual modo que jamás lo compartiría con otra mujer. Y si regresaba a su vida, indefectiblemente, y aunque él visitara a esa criatura, le arrebataría la oportunidad de criarlo junto a la madre de su hijo, de disfrutar a diario de su vida, de sus enseñanzas y de su protección.

Después de saber cuánto había sufrido por mi causa, ¿gozaba yo del derecho a arrebatarle uno de sus sueños? ¿Podría todo el amor que sentía por él compensar eso?

Me volví ahogando los sollozos, que, estrangulados, se deshacían en mi interior provocando unas sacudidas tan dolorosas que temí que me reventara el pecho de agonía.

—¡Vámonos! —logré musitar.

Lena abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Has perdido el juicio? Lo tienes ante ti, has de enfrentarte a él.

Me faltaba el aire, la sensación de ahogo se acentuaba por momentos. Me sentía mareada y tenía náuseas.

—No… ahora no… Necesito… pensar.

—¡Por Odín, Freya, reacciona, él te necesita!

—Yo… jamás… —ya no pude reprimir más mis sollozos. Caí de rodillas y me cubrí el rostro con las manos—… conmigo… nunca…

Lena se arrodilló a mi lado y me abrazó.

—Será mejor que nos vayamos, volveremos cuando estés preparada para enfrentarte a él.

Me ayudó a ponerme en pie, pero siguió sin soltarme.

Helga nos abordó con el miedo pintado en el rostro.

—¡Por los dioses! ¿Qué ha ocurrido?

Negué con la cabeza, incapaz ya de replicar.

—Volveremos en otra ocasión —respondió Lena.

Helga asintió compungida; intentó formar una sonrisa condescendiente pero su gesto se congeló, mudando a la estupefacción, cuando miró tras mi hombro.

Intrigada, me volví y lo que vi terminó de hundirme en el más profundo y oscuro abismo.

Un mujer se hallaba acuclillada frente a Albert; parecía conversar con él, mientras acariciaba al bebé. De espaldas a mí, sólo puede ver su esplendorosa melena lacia y dorada como el sol, y la cercanía que mostraba con él.

Quise morir, quise gritar, quise correr hacía allí y golpearla, quise aullar al cielo y maldecir a los dioses, quise que la pared de roca se desplomara sobre ellos, pero, de todo lo que me embargó en ese momento, lo único que conseguí hacer fue huir.

El viaje de vuelta había sido el más veloz de mi vida. Obligué a mi montura a un sobreesfuerzo atroz, en una cabalgada enloquecida.

Por mucho que me alejara de aquel lugar, desesperada por huir del dolor, éste aumentaba lacerándome, afilado y cruel.

Al sufrimiento, se unió el abatimiento, la aparente indiferencia por todo, la ira contenida, la frustración. Me sentía como un animal enjaulado, acorralado, dividido entre dos impulsos que tiraban de mí constantemente. A veces tenía ganas de regresar y enfrentarme a él, de hacerlo mío y al cuerno con todo lo demás, y otras, de alejarme todo lo posible, regalándole la familia que ahora lo arropaba.

Apenas habían pasado dos días, en los que ni hablaba ni comía ni dormía, tan sólo miraba el fuego, y lloraba. Una incipiente determinación comenzaba a cocerse al calor de aquella hoguera de la que apenas me despegaba.

Eyra refunfuñó a mi lado, cuando aparté por enésima vez el cuenco humeante de guiso.

—No tengo hambre.

—Me importa un bledo —arguyó la anciana—no te salvé la vida para permitir que ahora mueras de hambre.

—No te pedí que me salvaras.

—Suena a reproche, muchacha desagradecida.

—No voy a comer —insistí.

Eyra, poniendo los brazos en jarras, me contempló con el ceño fruncido, asintió con severidad y salió de la cabaña en la que yo misma me había recluido.

La imagen de Albert con su nueva mujer y su bebé me atormentaba sin cesar. Yo tan sólo era una visión a la que se había acostumbrado; tal vez viviera siempre en su recuerdo y en su corazón. De cualquier modo, lo peor lo había superado, y el tiempo seguramente haría el resto. Sólo encontré un camino para mí, y era el regreso a mi querido Toledo, a los brazos de mi madre, de mi gente, a mis orígenes. Sin Albert, mi vida allí carecía de sentido.

La puerta se abrió de golpe, y Eyra entró junto con Hiram y Sigurd.

—Sujetadla —pidió Eyra.

Al instante, ambos hombres me inmovilizaron, mientras me obligaban a abrir la boca.

Forcejeé inútilmente mientras Eyra inclinaba el cuenco de sopa sobre mis labios. Tragué y tosí casi al tiempo.

—Tú decides: o te alimento a la fuerza o por tu voluntad, pero te alimentarás, condenada testaruda.

—¿Me obligarás a atarte y a engordarte como a un ganso? —inquirió Hiram mostrando su enfado.

Negué con la cabeza.

—Comeré —accedí—, pero soltadme.

—De acuerdo, pero no nos moveremos de aquí hasta que acabes hasta la última gota.

Regalé a Hiram una mirada airada, cogí el cuenco y bebí de él todo el contenido.

—¿Satisfechos?

—Dejadnos solas —pidió Eyra.

Hiram asintió mientras me miraba con honda preocupación.

Cuando los hombres salieron, Eyra se sentó frente a mí.

—Tiene un hijo, y ¿qué?, maldita sea —profirió colérica—. ¿Acaso no eres capaz de perdonar un momento de alivio, y más creyéndote muerta?

Negué con la cabeza y sentí que me pesaba, casi tanto como me pesaba el corazón.

—No se trata de perdón, Eyra, todo lo contrario. No, no puedo reprocharle nada, pocos hombres han sufrido tanto como él —aclaré con la mirada perdida.

—Y, aun así, ¿pretendes alargar su agonía evitando el encuentro? —me increpó indignada.

—No habrá ningún encuentro.

Eyra se levantó de golpe con ofuscación.

—¡Si tengo que traerlo ante ti, lo haré, y creo que ya he tenido demasiada paciencia, muchacha estúpida!

—Sea como fuere, Eyra, él tiene una familia; conmigo nunca la tendrá.

Eyra abrió demudada los ojos; al cabo se pasó las manos por el cabello, resopló y se sentó de nuevo.

—¿De veras crees que tiene una familia? ¿No escuchaste lo que contó Thorffin? ¿No lo viste salir del skáli? ¿No entiendes que ya no es un hombre? Es mi hijo; lo vi crecer, vivir, luchar y sufrir, y lo que me encontré el otro día no era él, sino una vil sombra, que yo ayudé a crear. Y te juro, Freya, que no pararé hasta recuperarlo, hasta volver a uniros, ¿y sabes por qué?

Las lágrimas recorrían nuevamente mis mejillas y el nudo de la garganta me atenazó con más fuerza; logré sostenerle la mirada, pero fui incapaz de hablar.

—Porque sin ti está muerto.

Bajé derrotada la cabeza, gemí y sollocé.

—Ningún hijo, ningún terreno, ninguna mujer, ninguna riqueza, conseguirá que su corazón lata como antes.

—Eyra… yo vi cómo miraba a ese niño… yo… Oh, Dios, Eyra… los perdí a ambos…

La anciana, con los ojos húmedos, se acercó hasta mí y me cobijó en su abrazo.

—No, a él no, a él nunca lo perderás porque estáis unidos por toda la eternidad.

Cogió mi rostro en sus manos y me clavó una mirada conmovida y penetrante.

—Os pertenecéis, ¿lo oyes? Encontraréis la manera de que pueda estar en contacto con el niño, pero lo primero de todo es convencerlo de que no eres parte de sus sueños. Lucha, te lo ruego, lucha por él.

Su súplica me desgarró el alma.

Recordé una ocasión en que Albert me explicó cómo, de la tragedia de una persona, surgía la felicidad de otra. Cómo la rueda del destino jugaba con nosotros, cómo sus avatares moldeaban nuestras vidas. Sin mí, había nacido un niño y una mujer gozaba del favor del mejor hombre del mundo; un rey había ganado al mejor guerrero, y una princesa y su hermano habían escapado del infortunio a manos del cruel Hake, y de ese suceso, Rollo tendría el linaje real que unificaría los reinos. ¿Qué ocurriría si regresaba a su vida? ¿Qué otros acontecimientos trastocaría mi decisión?

Suspiré cansada, desolada y angustiada.

—Ahora, Eyra, comprendo algo que antes no entendía: si el destino se empeña en separarnos, ¿por qué he de luchar contra él? Desde el principio todo lo tuvimos en contra, y luchamos denodadamente por nuestro amor. Dime, ¿de qué nos sirvió? Tras tantas trabas, intrigas y traiciones, ahora comprendo que mi sitio no es éste, que ambos estaremos mejor separados, porque nada podemos contra la Providencia, nada, Eyra, y te juro que a nadie le duele esta verdad más que a mí. El Oráculo me advirtió; tal vez sea mi futuro, tal vez en otra vida… pero no en ésta.

Eyra hundió los hombros, su faz se oscureció y su rictus se tensó con un dolor agudo.

—No puedes estar más equivocada —repuso con voz estrangulada—. Las trabas no son sino pruebas, que has de salvar. Un amor como el vuestro es envidiado hasta por los dioses; si renuncias a luchar es que tu amor por él no es tan profundo como creía.

—Es justo a la inversa: renuncio a él porque lo amo y lo amaré hasta el fin de los tiempos. Y a mi lado sólo hallará sufrimiento.

Eyra permaneció en silencio mientras negaba con la cabeza. Su desolación me apuñalaba.

—Entonces el error es mío —adujo con honda tristeza—creí que eras un lobo, pero los lobos no huyen, los lobos no abandonan a su manada.

CONTINUARA