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Capítulo 37

Un fantasma emergiendo de las sombras

—¿Es cierto que te vas?

Miré a Valdis, y en su expectación vislumbré con pesar un deje de alivio.

Asentí, mientras removía el skir; la blancura de la leche agria lamía en círculos las paredes del barril donde lo preparábamos.

—Sí, en unos días parto hacia Haithabu, y tranquila, Hiram no me acompañará.

Ni Hiram, ni Sigurd, ni Erik, ni Ragnar, ni Thorffin, ninguno de los hombres de Albert aceptaba mi decisión, mirándome con clara decepción y profundo resentimiento.

—No me importa lo que haga Hiram —repuso Valdis, ceñuda.

—Bien; en tal caso, le pediré que venga conmigo, sé cómo convencerlo.

La muchacha me fulminó con la mirada; su rubicunda expresión se asemejó al cobre de sus cabellos.

—Valdis, no soy ciega, deja de disimular; estás loca por él.

—Y él por ti —murmuró resignada.

—No lo creo, tan sólo soy un capricho pasajero; admito que está… encandilado, pero no me ama, porque en su fuero interno sabe que jamás podré corresponderle.

—Eso no impide amar —replicó la joven en apenas un susurro—, pues yo tengo el mismo convencimiento y soy tan necia que no puedo contener mis sentimientos.

Apoyé una mano en su hombro, y lo presioné ligeramente.

—Por eso sé que no me ama, acepta su derrota sin luchar. Es momento de que cambies de actitud, Valdis; conquístalo, lucha por él.

—No sé cómo —confesó abatida.

—Tienes todas las armas, sólo te falta el convencimiento de que lo lograrás.

Los azules y brillantes ojos de la muchacha me miraron esperanzados.

—¿Por eso te vas? ¿Porque perdiste el convencimiento de recuperar a tu esposo?

Desvié la mirada y la fijé en aquel líquido espeso y lechoso que giraba sin cesar, como lo hacía el destino.

—Me voy porque finalmente acepto que fuimos derrotados por el destino, y que éste nos perseguiría implacable hasta volver a destrozarnos. Me voy porque vi una tenue luz de esperanza, y de sosiego, en la vida de Albert, porque tengo el convencimiento de que conseguirá reanudar su vida sin mí. Tal vez una vida incompleta, pero tranquila.

Esta vez fue Valdis la que posó la mano en mi hombro.

—No lo entiendo, Freya: me pides que luche, cuando tú misma te niegas a hacerlo. Para poder ganar una guerra, se han de vencer muchas batallas. Claro que serás derrotada en algunas, pero si abandonas… las anteriores victorias carecerán de sentido.

Me volví hacia ella con lágrimas en los ojos.

—Hemos pagado ya un precio muy alto, ¿qué será lo próximo que perdamos en la siguiente derrota?

—Tal vez sea un victoria lo que os aguarde. Sólo los dioses pueden saberlo.

Asentí, sólo los dioses tenían aquella respuesta. Y entonces supe que el Oráculo llevaba razón, acudiría de nuevo a él.

Cuando entré en la cabaña del Oráculo, me asaltó un aroma extraño, a humedad, a rancio y bosque de pinos, con un deje acre muy acentuado.

—Heme aquí de nuevo, anciano, tal como vaticinasteis.

—Siéntate, muchacha, tu tristeza te precede.

Obedecí, crucé las manos sobre mi regazo y lo observé taciturna.

—Veo que por fin te sometes a la voluntad de los dioses. ¿Dónde quedó tu altanería? ¿Qué fue de tu coraje, mujer loba?

—Fueron vencidos por un niño.

Fijé la atención en la trémula llama de la vela que apenas lograba empujar las acechantes sombras que dominaban la estancia.

Los acuosos ojos lechosos del hombre parecieron clavarse en los míos. Sentí un escalofrío.

—¿Qué buscas en mí?

—Una respuesta —contesté.

—Dame la mano, mujer.

Se la ofrecí, y una vez más la posó sobre su rostro. Aquella aura helada me asaltó de nuevo; era el aliento gélido del anciano, un resuello del frío ultramundo.

—Pregunta.

—¿Hago lo correcto?

Tras un instante de silencio, deslizó mi mano por su ajado y huesudo rostro y la colocó sobre la mesa con la palma hacia arriba.

—Sí y no.

—Eso no me aclara nada —rezongué contrariada.

El anciano se encogió de hombros.

—Haces bien huyendo del halcón, y del niño, pero no de tu destino.

Resoplé confundida y nerviosa.

—¿Y cuál es mi destino, anciano?

—Aquel que tu misma forjes.

—Dijisteis que Albert ya no existía en mi presente, que me alejara, que los dioses no me eran propicios.

El hombro suspiró y alzó la barbilla, su ceño se frunció.

—Yo no he dicho tal cosa —replicó tajante.

—¿Osáis…?

—Fueron los dioses los que te enviaron ese mensaje, no yo. Mis palabras las recuerdo perfectamente: te dije que meditaras, que no te dejases llevar por la ira, sino por la astucia. Te dije, mujer lobo, que los dioses sólo ponen a prueba los corazones más valerosos… Por tu decisión, compruebo que has seguido el consejo de los dioses, no los míos.

Me levanté ofuscada, mi mente era un caos.

—Frena la ira, y piensa en frío —agregó con serenidad—. ¿Se te ha ocurrido pensar que quizá la prueba sea ésta? Envolverte en un ardid, en una trampa, en un burdo engaño.

—No hay engaño alguno en lo que vieron mis ojos.

—¿Estás segura? Dime, ¿qué vistes?

Tragué saliva, las palabras se me atoraron en la garganta, carraspeé y por fin logré musitar:

—Vi… vi a mi esposo con su hijo en brazos, y… vi a la madre del niño… juntos, como una familia.

El anciano sonrió con cinismo, negó con la cabeza y me conminó a sentarme nuevamente.

—Tu ceguera es mayor que la mía. En realidad sólo viste a una mujer, a un niño y a tu esposo acunándolo. Y es bien sabido que tu esposo es presa de los crueles juegos de Loki. Ambos estáis atrapados en las irrealidades que forjan las intrigas. Despierta, muchacha, y despiértalo a él. Y rápido, se acerca una sangrienta guerra por el trono y, si no estáis unidos cuando llegue, ninguno se salvará.

Sentí ganas de llorar; la angustia y al mismo tiempo la liberación quemaban mis entrañas.

—Si lo dioses no me ayudan, ¿por qué lo hacéis vos?

—Los dioses te prueban, yo te empujo, pero ni de ellos ni de mí depende tu destino, sino de ti misma.

—Quedo en deuda con vos, anciano —musité agradecida.

—Lo que acabo de decirte no es sino lo que grita tu propio corazón, sólo leo en él. No existe deuda alguna.

Incliné la cabeza respetuosa y me alejé hacia la puerta.

—Tan sólo te pido algo a cambio —murmuró con voz lúgubre y cansada.

Aguardé junto a la puerta, el hombre se retiró la capucha y dirigió su ciega mirada hacia mí.

—Cuando llegue mi final, no espero piedad, mas sí premura.

Lo miré confusa durante un largo instante.

—Y ahora marcha, mujer loba; lo último que veré ya de ti serán tus colmillos.

—¡Que los cuervos devoren sus nauseabundas entrañas!

Alcé el rostro de mi cuenco, como casi todos los congregados en el skáli, para observar la indignación del rey.

—¡Que las más viles alimañas desmiembren su cuerpo mientras su corazón aún lata! ¡Por Odín, yo mismo presenciaré semejante visión!

Rollo se levantó impetuoso y caminó alterado de un lado a otro del fuego.

Sus consejeros, Thorleif Spake el Sabio y el gran Orn Oso Pardo susurraron quedamente con semblante preocupado.

Rollo y Ragnar abandonaron su puesto en la larga mesa para compartir el desasosiego del monarca, mientras Erik sonreía mostrando su maltrecha dentadura a una joven sirvienta al tiempo que se rascaba la entrepierna con fruición.

Asombrada, comprobé que aquel peculiar gesto de seducción daba sus frutos, pues la muchacha, arrebolada, le devolvía la sonrisa.

Alcé la vista al techo y resoplé.

—¿Ves, Freya? Ni sin dientes pierdo mi apostura —susurró sin dejar de agasajar a la joven con su horrenda sonrisa.

—No se puede perder algo que nunca se tuvo.

Hiram se atragantó con la cerveza y casi la escupe sobre Valdis, que frente a nosotros nos miraba curiosa. Ambos se miraron y estallaron en carcajadas.

Erik me miró mostrando su indignación.

—Veo que olvidaste mis dotes de conquista, en cada fiesta me cobraba una pieza —replicó ofendido.

—Lo único que recuerdo es ver perros correr.

Hiram se carcajeó doblado en dos, mientras golpeaba la mesa con el puño; Valdis reía estentóreamente, contagiando las risas a su alrededor.

Erik me fulminó con la mirada.

—Pues creo que la que va a tener que correr serás tú, y ni tendré que molestarme en perseguirte, ya hay quien desea darte unos azotes.

Seguí su mirada, que al instante brilló maliciosa.

El rey se dirigía ceñudo hacia mí.

Cuando llegó a mi altura, sentí su poderosa presencia detrás. Lo ignoré cogiendo de nuevo el cuenco entre mis manos.

—¿Osas burlarte de mi desdicha? —bramó.

Me volví lentamente hacia él.

—No me burlaba de vos, mi señor.

—Ponte en pie para hablar con tu rey.

Suspiré largamente, y me levanté del banco para encararlo.

—Cuando el rey llora, su pueblo llora; cuando el rey grita, su pueblo grita; cuando el rey ríe, su pueblo ríe. ¿Acaso me he reído?

Negué con la cabeza sosteniendo su acerada y enfurecida mirada.

—Serás castigada.

Abrí los ojos con estupor.

—¿Quiere decir eso que vos también lo seréis? He creído entender que pueblo y rey habían de sentir lo mismo.

Apenas fui consciente de que su mano se alzaba, hasta que restalló contra mi mejilla, me tambaleé y me desplomé contra el banco.

—La insolencia se paga con latigazos, date por satisfecha con mi clemencia.

Sentí la tensión de Hiram; logré posar la mano en su muslo y presioné ligeramente para que se abstuviera de intervenir. El guerrero se envaró; no fui capaz de mirarlo.

La mejilla me quemaba y la ira desbordaba mi ánimo.

Me puse de nuevo en pie y lo enfrenté mirándolo con desprecio.

—Agradezco, pues, vuestra clemencia, y más cuando sirve para desfogar frustraciones. ¿Os sentís ya mejor?, ¿o necesitáis continuar golpeando a mujeres?

Los afilados ojos grises del rey resplandecieron coléricos. Bufó como un buey, me cogió por la muñeca y me arrastró con violencia al exterior de la casa comunal. Nadie se atrevió a seguirnos.

Salimos al frío de la noche, me llevó hasta el campo de entrenamiento y desenfundó su espada.

—Ármate —ordenó iracundo—. No eres una mujer, eres una perra insufrible, una loba sibilina. Eres un guerrero que habré de matar o tomar para tranquilidad de mi alma.

Miré a mi alrededor y luché por no perder el control; localicé una espada junto a la empalizada y fui por ella seguida por el cuervo más ofuscado que jamás existió.

—Anoche la tomé —silbó entre dientes—, Ragnhild fue mía.

Empuñé mi espada y me coloqué en posición.

—Y no lo consiguió, mi futura reina no lo logró.

Fruncí el ceño y lo observé temerosa y desconcertada.

—¿Qué fue lo que no logró?

—Hacerme sentir una mínima parte de lo que tú me provocas, tan sólo estando en la misma estancia que yo.

Rollo retiró un mechón de su larga melena negra, separó las rodillas y cruzó su espada en el aire; el sonido me erizó la piel.

—¿Qué artero hechizo elaboró esa vieja volva para hacerme perder el juicio de esta manera?

Nos miramos desafiantes mientras deambulábamos en círculos.

—Existe una cura —musité— dejadme marchar y el hechizo se romperá.

La boca de Rollo se arqueó en una sonrisa insolente.

—¿He dicho que quiera curarme?

Negó con la cabeza, perpetuando esa sonrisa ladina. Su penetrante mirada me recorrió con lascivia.

—Lo que en verdad deseo —agregó estirando las palabras— es caer preso de tu hechizo, loba; lo que en verdad me corroe por dentro es la necesidad de hundir mi espada en ti… una u otra, la que prefieras.

Se frotó la visible erección que llenaba sus calzas y se lamió los labios.

—Ni la una ni la otra, mientras me quede un aliento de vida —sentencié apretando los dientes.

—Elegiré yo, entonces.

Y tras esas palabras, el cuervo desplegó sus alas.

Rollo, con la velocidad de un ave rapaz, se cernió con vehemencia sobre mí.

Contuve con bastante fortuna las primeras estocadas. En cada choque, el impacto recorría mi brazo en oleadas dolorosas. No tuve más remedio que esquivar cuanto me fue posible cada envite. En mi continuo retroceso, cada vez más debilitada, más angustiada, me apercibí de que me estaba acorralando contra el extremo del cercado.

Cuando mi espalda tocó la valla, Rollo frenó mi estocada con su espada, pegó la frente a mi acero y lo hizo retroceder con la cabeza hasta acercarse a mi rostro. De un solo e impaciente movimiento, me desarmó y apresó mis labios.

Lo mordí y él gruñó.

Pero no desistió: su lengua incursionó en mi boca con la violencia de una furibunda ola contra un acantilado. Jadeé y lo empujé, lo golpeé y sólo conseguí animar su pasión.

—Esta noche, loba, serás mía, o los dioses bajarán del Asgard dejando sus tronos a los hombres.

Me debatí impotente. Lo maldije, y giré la cabeza evitando su boca. Rollo, desesperado, me sujetó por la melena y tiró de ella hasta alzarme el rostro.

—No luches contra tu destino; Odín te trajo hasta mí, y mi reina serás.

—Ni me llamo Ragnhild ni puedo daros hijos; romperías la profecía, atraerías la desgracia sobre vuestro pueblo y la ira de los dioses.

Rollo me miró largamente, embebiéndose de mi rostro.

—Ya tengo a quien va a dármelos. Ahora conseguiré lo que realmente quiero, una reina guerrera que batallará conmigo fuera y dentro del lecho.

—¡No soy vuestra reina! —repliqué furiosa.

—No, no lo es.

Nos volvimos hacia esa voz fría, grave y susurrante.

Albert nos observaba cabizbajo; sobre su cabeza, la de aquel lobo desecado. En su poderoso y desnudo pecho, cubierto por la plata de una luna llena, unos extraños símbolos destacaban en complejos trazos oscuros.

—Ella es mi draugr —susurró quedo—, el fantasma que me persigue, y mi nidstang, mi maldición, la muerte que tanto anhelo, pero que me rehúye.

Contuve la respiración y sentí que el corazón se detenía en mi pecho, que la sangre se agolpaba en mis miembros y la cabeza giraba sin parar.

—Ella, rey Rollo —continuó amenazante—, es mía incluso muerta. No entiendo por qué intentáis atrapar un fantasma, ni por qué la veis con tanta claridad como yo, sólo sé que verla en los brazos de otro hombre, rey o no, me desquicia, a pesar de saber que es el envoltorio que usa Loki para torturarme.

—Arrebátamela, entonces, ulfhednar.

Rollo me liberó y se encaró a Albert. Ambos afianzaron sus pies, sopesaron sus aceros y se desafiaron ceñudos y concentrados.

—Albert —proferí en un quebrado hilo de voz que logré arrancar de mi cerrada garganta.

Ambos me ignoraron. Se observaban tanteando sus fuerzas, escudriñándose con fiereza.

—¿Te enfrentas a tu rey por un fantasma? —recriminó Rollo.

—Pelearía por ella hasta convertida en piedra.

Rollo fue el primero en descargar un mandoble que Albert contuvo con maestría.

Deseé gritar que no era un fantasma, deseé abalanzarme a sus brazos, deseé llorar de impotencia, pero supe que cualquier movimiento rompería su concentración, haciendo peligrar su vida. Me obligué a permanecer inmóvil con el corazón sangrante de agonía.

Clavé las uñas en la empuñadura de la espada y observé cómo luchaban aquellos dos formidables gigantes.

Albert mostraba una ferocidad que yo jamás había visto, pero, a la vez, una frialdad y un control sobrecogedores.

Sus largas trenzas se mecían en cada giro; la cabeza del lobo se reclinó como una capucha, danzando de un lado a otro en cada movimiento, confiriéndole la ilusión de estar vivo, como si se debatiera tras su espalda presto para saltar sobre su enemigo. Aquella impactante imagen de verlo luchar como un letal depredador, de ver su hermoso cuerpo, surcado por extraños símbolos, su amplio y remarcado pecho atravesado por cintones de cuero, sus rasgados ojos entrecerrados centrada en la pelea, ausente de todo excepto de su enemigo, encogió mi estómago. ¿El dolor podía cambiar tanto a un hombre?

Rollo se afanaba en resistir los mandobles que tan certeramente descargaba Albert; aun así, se vio obligado a retroceder en su posición, abrumado por la rapidez de su adversario.

—Probé el sabor de tu draugr, y no fui el único que tomó su boca —musitó de forma entrecortada Rollo, como artimaña de distracción—. Es deliciosa esa perra lujuriosa tuya —agregó regalándome una fugaz mirada anhelante.

Albert lo fulminó con la mirada; la luna destelló en sus claros ojos. Apretó los labios, frunció el ceño y enconó sus continuos lances.

—Probasteis los labios de Loki, miserable, no los de ella —silbó entre dientes.

—Permíteme demostrártelo.

Rollo retrocedió sin volverse, alargó una mano y apresó mi brazo con fuerza, acercándome a él.

Albert se detuvo con la espada alzada y la mirada indescifrable.

Rollo sonrió malicioso y, sin dejar de apuntar su acero hacia Albert, me pegó a su costado, rodeando mi cintura con la mano libre.

Su mirada brilló ladina.

—Aunque no lo parezca, te estoy otorgando un gran favor —me susurró—, uno que espero me sea devuelto algún día.

—¡Soltadme, cuervo repulsivo!

Y tomó mi boca con vehemencia. Lo empujé fútilmente y pateé su pantorrilla.

Oí un movimiento delante de nosotros y, antes de poder discernir lo que ocurría, Rollo me puso de parapeto frente a él, ante el ataque de Albert.

Frenó su espada cuando casi ya rozaba mi pecho.

—¿A qué esperas? Ella es sólo una ilusión, se diluirá ante nosotros y no habrá motivo que nos enfrente —incitó el rey.

Albert se sumergió en mis ojos; el dolor que había en ellos era abrumador.

—No quiero que desaparezca, por mucho que me atormente.

—Soy yo, amor mío, estoy viva, vine por ti —gemí desesperada.

—¡Entonces, llévame, llévame de una maldita vez! —suplicó con voz quebrada—. ¿Es éste, pues, mi final, mi Freya? ¿He de caer bajo el acero de mi rey? ¿Serás tú la valquiria que me guíe al Valhalla?

Cayó de rodillas ante nosotros e inclinó derrotado la cabeza.

—He deseado tanto este momento —musitó en un apagado hilo de voz.

Intenté zafarme de Rollo, las ganas de abrazarlo me desgarraban. Las lágrimas inundaban mis ojos y la impotencia deshacía en amargor la ira que me sacudía.

—En tus manos está, loba, tú decides su destino.

Rollo acercó la boca a mi oreja, aspiró mi aroma, su mano se abrió contra mi vientre, ciñéndome contra su cuerpo, en mis nalgas noté su dureza. Supe lo que esperaba de mí, como supe que le daría cuanto me pidiese.

—Conoces mis deseos como yo los tuyos.

La risa apagada del rey me sacudió con él.

—Bien. —Me soltó fijando la mirada en Albert, quien, inclinado, esperaba su final—. Disfrutad mientras yo os lo permita; pronto será mi turno y no admitiré tretas, ni réplicas.

El rey se alejó a grandes zancadas; volutas de aliento envolvían su cabeza fundiéndose con la noche.

CONTINUARA