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Capítulo 39
Una mujer olvidada por la felicidad
Abrí los ojos y parpadeé repetidas veces intentando aclarar mi vista. La penumbra vestía la cabaña, aunque el ajetreo exterior evidenciaba que el día se hallaba ya en todo su esplendor.
Distinguí una silueta sentada junto a mí en el camastro. Sonreí y me desperecé cerrando los ojos. Recibí un suave beso en los labios, y una caricia en mi mejilla; mi sonrisa se amplió.
Unos dedos se pasearon por un mechón de mi cabello, rozando mi pecho. Me estremecí.
—Mmmm… no despiertes de nuevo al lobo, o no podremos dar un paso —murmuré juguetona.
—Es en lo único que pienso, en despertarlo para mí.
Aquella voz me envaró, despejando mi aturdimiento de un plumazo. Abrí sorpresivamente los ojos y mi primera reacción fue intentar cubrirme con la manta y retroceder hasta la pared.
Miré asustada a mi alrededor con semblante desencajado.
—¿Qué… qué haces aquí?
Rollo dibujó una media sonrisa pretenciosa, alzó la ceja izquierda y me guiñó un ojo.
—¿Sabes? Llevo un buen rato aquí sentado, observándote, preguntándome por qué demonios no te tomo de una maldita vez y acabo con mi tormento. Y aún no he encontrado respuesta.
—¿Dónde está Albert, maldito?
Intenté imprimir a mi voz un tono amenazante, sin conseguirlo. El miedo comenzó a aflorar inundando mi pecho, como si gotitas de escarcha lo cubrieran.
—Albert está donde tiene que estar, a mi servicio.
En un fiero impulso, aferré con fuerza la manta de pelo y me encaré a él fulminándolo con la mirada.
—¡No vas a separarlo de mí! —siseé furibunda—. ¡Porque te juro que antes te mato!
El hombre se inclinó hacia mí, sosteniendo con gravedad mi mirada.
—Voy a darte un consejo, perra endemoniada: no te acerques a mí, no me tientes, porque yo sí que te juro que mi templanza pende de un hilo. Anoche, presencié cómo tu bárbaro te poseía sobre la hierba, cómo se hundía en ti y cómo te retorcías bajo él, y a punto estuve de matarlo allí mismo. Pero es demasiado valioso para mí. Así que esperé, a la intemperie, pegado a la puerta de esta cabaña, escuchándote gemir. Y tejí mi plan.
Se puso en pie; su mirada libidinosa me recorrió con anhelo.
—Regresé al skáli, descargué mi frustración en mi reina, rogando a los dioses un instante de calma, de alivio, de conmiseración, pero no me escucharon. Ni siquiera pude tomarla porque sólo ardo por ti. Y sé que acabaré enloqueciendo si no te consigo.
—Acabarás muerto si me consigues —escupí con desprecio—, porque, si osas tomarme a la fuerza, lo pagarás con tu vida.
Negó con la cabeza y chasqueó la lengua.
—No es lo que pretendo ni lo que me satisfará. Lo que realmente ansío es que seas tú quien me busque, quien suplique yacer conmigo, quien se rinda a mis pies.
—Eso no ocurrirá ni en el mejor de tus sueños —proferí sardónica.
Sonrió con prepotencia; sus oscuros ojos se entornaron ligeramente, brillando con perfidia.
—Pobre loba, te tengo en mis manos y aún no te has dado cuenta.
Contuve el pavor que me producían aquellas palabras, pues las sabía tan ciertas como que el sol salía por el este y se ponía por el oeste.
—Escúchame —suavizó su voz y se acercó de nuevo a mí—tú quieres algo que yo tengo y yo quiero algo que tienes tú. Hagamos un intercambio.
El abatimiento comenzó a mellar mi ánimo; el dolor, a barrer mi interior, y el miedo, a estrangular mi pensamiento con visiones aterradoras.
Asentí apenas; respiraba agitadamente.
—Dime que Albert está bien, necesito verlo.
—Albert está en Agder. Mis hombres lo llevaron allí con su verdadera mujer y su hijo. Es donde debe estar hasta que acuda a la batalla al frente de mi ejército.
—Eso… eso no puede ser —gemí desolada.
—No voy a engañarte —confesó lacónico—. Llamé a esta puerta en mitad de la noche. Albert me abrió, lo hice salir y mis hombres lo golpearon por detrás. Ordené que lo llevaran junto a su familia, y que lo obligaran a beber doble ración del brebaje.
—¡Para enturbiar de nuevo su conciencia! —casi grité clavando las uñas en la manta—. ¡Para hacerle creer que esta noche fue fruto de su imaginación, para convertirlo en un esclavo servil, en un alma en pena, en un monstruo furioso, en la más temible arma para tu ejército!
Rollo asintió mientras observaba mi rostro con semblante pétreo.
—Soy su rey, y me debe su vida y cuanto posee. Y no lo liberaré hasta que cumpla su cometido… y hasta que tú cumplas el tuyo.
Sentí unas tremendas ganas de llorar, que amordacé con la lazada de cólera devastadora que me asaltó. No me sometería, pero habría de fingir que lo hacía.
Retiré la manta y me mostré desnuda ante él. Una llama violenta prendió sus ojos.
—¡Adelante, mísero rey, aquí me tienes!
Tras pasear con delirio la mirada por cada tramo de mi piel con una expresión duramente contenida, apartó la vista y se dirigió a la puerta.
—Así no —musitó clavando los ojos en los míos.
—Así, ¿cómo?
—Furiosa y dolida.
Me dio la espalda y caminó hacia la puerta.
Resoplé con fuerza, froté mi rostro con desesperación y entonces sí, la angustia me oprimió con tanta fuerza que un violento sollozo escapó de mí.
—Albert amenazó con matarse si al alba yo no estaba con él. Y si muere, ninguno de nosotros obtendrá lo que quiere. Yo moriré con él… y tú conmigo. Palabra de loba.
Rollo se volvió y me contempló un largo instante.
—Dudo que Albert recuerde lo que pasó anoche, y hasta es posible que no recuerde ni su nombre. Quizá me excedí en la dosis, los celos son una emoción difícilmente gobernable. —Me dedicó una sonrisa maléfica—. En cuanto a ti, voy a darte un consejo: no lo busques, porque, si lo haces, ordenaré que lo maten. Ahora cálmate, reflexiona y, cuando estés preparada, tranquila, sumisa y ardiente, búscame. Serás mi perra lujuriosa y complaciente hasta que parta a la batalla; entonces y sólo entonces, cuando se decida mi suerte en ella, liberaré a tu Albert y podréis marcharos lejos de mí. Palabra de rey.
Salió de la cabaña con paso firme, dejando tras de sí la ponzoña de su presencia, de su mirada y de sus palabras.
Sentí ganas de chillar, de llorar y de luchar. De correr tras él y clavarle mi daga en la espalda.
Acorralada, ésa era ahora mi condición. Estaba a su merced, a su capricho. Y supe que sólo había dos caminos posibles: o me convertía en su amante o buscaba la manera de acabar con él. La segunda posibilidad fue la que más me sedujo, aunque quizá, para llevarla a cabo, tendría que utilizar la primera.
Tenía que matar a Rollo Svarte el Negro.
Pensar en Albert de nuevo inmerso en su burbuja de irrealidad, abotargado por el maldito brebaje, ausente y torturado, me superó. Y, de repente, el fugaz latigazo de un pensamiento alejó mi pesadumbre.
Salí del lecho y me vestí con premura.
Aspiré una gran bocanada de aire y apreté los dientes. La furia me sacudía, debía controlarme.
Aguardé inmóvil un tiempo, mirando los rescoldos de la hoguera, trazando el plan en mi mente, regodeándome ante cada paso marcado, disfrutando de mi inminente venganza.
Ahora más que nunca necesitaba de mi astucia; nada de lágrimas, ni de compasión, nada de lamentaciones ni súplicas. No, aquella Freya había muerto; aquella mujer que fue vapuleada por el destino, que gimió su amargura y aguantó los estoques enemigos, había desaparecido.
Golpe por golpe, lance por lance.
Rollo probaría su maldad. No era tan sagaz después de todo, pues, en lugar de esconder su punto débil, lo mostraba con imprudencia. Yo era su debilidad, y ante mí sucumbiría.
Me descubrí sonriendo en una mueca extraña, y en ese momento supe que nada ni nadie me detendría. Que la mujer que saldría de esa cabaña no era la misma que había entrado. Que iba a demostrar a dioses y a hombres que yo, una mujer olvidada por la felicidad, lucharía hasta desfallecer por conseguirla y que no importaban las armas que habría de esgrimir, sólo el fin.
Era mi turno.
CONTINUARA
